27 sept. 2013

Todo aquello hacía que en mi cabeza surgiera un mundo nuevo

CONTAR HISTORIAS

 

Gori, era un compañero del colegio,

que el maestro se empeñaba en llamarle Gregorio. Era pequeño de estatura y remolón, por lo que siempre acababa castigado de cara a la pared o sin recreo.

 

Cuando se puso enfermo

mi madre me compró un TBO (cómic de la época) para que se lo llevara a su casa, porque mi madre era de esa clase de personas que cree que hay que visitar a los enfermos.

 

Gori se puso muy contento.

Su pleuritis lo mantenía en casa, en reposo absoluto.  Al día siguiente lo expliqué en la escuela y Marta, una chica de unos doce años (en Cadaqués, todos los niños y niñas del pueblo íbamos a la misma clase, excepto los parvulitos que tenían un aula para ellos solos), propuso ir a visitar a Gori el sábado por la tarde.

 

Aquel sábado sólo acudimos a casa de Gori,

Marta, Gemma, una niña de mi edad, dos hermanos gemelos de nueve años, mi hermana y Ferrán. Aquella tarde descubrí las cualidades de Marta.

 

Empezaba a anochecer

cuando nos propuso explicarnos un cuento. Estábamos todos sentados en la enorme cama de Gori (que debía ser la de sus padres), el techo de la habitación debía de estar a una altura de cinco metros y la poca luz que entraba por el balcón no llegaba a iluminar la parte alta de la estancia.

 

Marta, sabiendo que era la mayor de todos,

desplegó toda su ciencia y comenzó a improvisar un cuento. Se lo estaba inventando en aquel mismo momento. Nos iba adjudicando a cada uno un papel en el cuento, definiendo el carácter de cada personaje (que éramos nosotros con nuestro propio nombre) a medida que la acción avanzaba.

 

Así adjudicaba el papel de viejo sabio a Gori

que impartía sentencias y consejos, a Gemma le daba un papel de niña divertida, curiosa y metementodo; a los gemelos les otorgaba el papel de espías que se podían cambiar uno por el otro sin que los demás lo advirtieran, a mi hermana la contentaba con el papel de la perfecta ama de llaves, etc…

 

El relato era apasionante

pues todos queríamos saber cómo nos iríamos comportando a lo largo de la historia.  Marta se guardaba para ella el papel de madre superiora de un convento y era la que dictaba las normas de comportamiento y a mí me tenía por su secretaria.

 

Todo aquello hacía que en mi cabeza surgiera un mundo nuevo. Tardé muchos años en encontrar algo igual, pues en los libros que entonces estudiábamos eso era imposible.

 

Aquella tarde Marta

nos hizo descubrir lo bello que es contar historias.

 

                                                                   Johann R. Bach

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