16 ago. 2013

Los negocios, las cosas se adelgazan, pierden fuelle

           TRONCO EN LA PLAYA

 

A veces el sol de mediodía;

a veces puñados de lluvia fina y la playa cubierta de pedazos de madera de antiguas costillas de barcas que murieron patas arriba como los escarabajos, te devuelven el sentido de la mirada.

 

Los negocios, las cosas se adelgazan,

pierden fuelle y las fogatas de inquietos madrugadores que no saben cómo empezar el día se vuelven insignificantes como las columnas de humo mismas.

 

En la arena aún son visibles

huellas de pares de pies de cuerpos jóvenes, que han pasado lentamente por la playa, enamorados; vibrantes sus pechos, rosadas conchas, pisadas que corren sobre el agua sin temor y abrazos abiertos para el apareamiento del deseo.

 

Y la noche y tú aún sobre las aguas,

por encima de esos pasos, escucháis el crujido entre los guijarros sin ver rostros. Pero sus voces, pesadas como el paso de los bueyes permanece allí,

entre las venas del cielo y el embate del mar contra las rocas, una y otra vez.

 

Piensas que la tierra no tiene asideros

para que puedan llevarla a hombros, ni pueden las pocas figuras que se mueven por la playa al amanecer, por sedientas que estén, endulzar el mar con la mitad de una pizca de agua.

 

Pero de vez en cuando una cabellera

medio rizada, de una figura que se mueve con soltura, va al encuentro de un gran tronco que la marea ha depositado en la arena de forma que impide a una barca hacerse a la mar.

 

A cada golpe de ola

el cadáver de árbol cede al empuje del pescador unos centímetros, hasta dejar libre un corredor por el que se arrastrará la barca hasta el oscuro mar.

 

Ese bello cuerpo,

hecho de un barro que él mismo no conoce tiene alma como los demás vecinos del pueblo. Sí, sí. el árbol caído también tuvo alma, pero finalmente ésta abandonó aquellas fibras leñosas, endurecidas tan fuertemente que impedían la propia respiración.

 

El árbol, por su grosor

debía tener unos doscientos años. Su vida perteneció a una escala -en el espacio y en el tiempo- diferente de la del trigo que no tarda en germinar.

 

De la misma manera

no le tomó mucho tiempo a aquella playa medio desierta, cubierta de nubarrones en llenarse de locura disfrazada de suspiros humanos. 

 

La última noche que ella estuvo allí

fue una noche normal, excepto por su partida –eso hizo que aquella cabellera no muy larga y rizada sintiera distinta la Naturaleza- Ambos se dieron cuenta de pequeñas cosas que antes se les habían pasado por alto.

 

Mientras ella se despedía

-se engañaban diciendo que era por poco tiempo- sus bocas se apretujaban y no podían hablar. Luego ambos consintieron en que ella marchase. Él se volvió hacia el tronco que impedía la salida de su barca y descargó sobre él toda su tristeza.
 
                                  Johann R. Bach

Sin luna sólo veo piedras no la idea en que la eternidad podría abrirse ante mí

     El Triunfo de Galatea

 

¡Oh noche!

 

Sé que me llamas

al claro del bosque junto a rocas de oro y jacintos, pero aún no he encontrado el hilo de Ariadna que me conduzca a la salida de este laberinto.

 

Sé que me llamas

Para conducirme junto a Acis desde el ámbito en que la claridad es un diamante, pero aún no puedo oírte desde la sangre.

 

¡Oh noche!

 

No ignoro

que me llamas a la verdad sobre tu espacio ciego de crisol, pero me cuesta oírte desde el carbón. Camino y no veo mi propia sombra ni cómo mi sangre forma un rio; la luz de las estrellas se me muestra confusa entre tantos negros nubarrones.

 

Sin luna sólo veo piedras,

no la idea en que la eternidad podría abrirse ante mí y limitar mi pena y que todo lo que te imita es pura conminación de la intención.

 

¡Oh noche!

 

Sí, sí. Oigo tu llamada

a despedirme del Monasterio, a abandonar el sendero de su rosada bruma en el que he vivido con luz inexistente y que tantas veces soñé con ello.

 

Sí, sí. Oigo tu llamada

a abandonar la confusión que me aproximaba al tormento rojo, entre lamentos roncos y reflejos, pasión de soledad desolada. Sí. Bendigo tu paciente llamada desde las puertas abiertas ardiendo que me abres al otro lado de los muros del Monasterio.

                                                                                           Johann R. Bach

eN LA MULTITUD DEL MERCADO TODOS SE ENZARZA NEN UNA BATALLA DE FUTUROS

      EL ACOSO DEL TIEMPO

 

El tiempo tiene hambre de ti

-lo sabes bien-  quiere consumirte y vaciarte de todo cuanto puedas tener de valioso:

 

envidia tu cuerpo,

la materia donde tiene asiento el recuerdo que te permite ir y venir por las calles de los años con secreta libertad.

 

Eso te obliga

a vivir con disimulo, perdida entre la multitud, a un palmo de ella, evitando que el tiempo te advierta, para que pase de largo y sin embargo se deje ver ante ti:

 

sus testigos,

sus observadores, sus escribas. Aunque nadie te haya confirmado en tu puesto, y precisamente porque nadie lo ha hecho.

 

En la multitud

del mercado todos se enzarzan en una batalla de futuros subjuntivos -por si hubiere lugar…- mientras que en tu mundo surge una necesidad, al modo oriental, de hallar consuelo en los detalles más nimios;

 

acaso sean ellos

los únicos que permanecen incontaminados, sin expandirse, a lo largo del tiempo. Observas que alguien se aferra a lo inútil y encuentra consuelo.

 

Pero también:

la utilidad es adictiva; muchas cosas están a tu alcance y sin embargo pudieran ahogarte de asirte a ellas. Sigue nadando entre los restos del naufragio pues tu tabla de náufrago aún está por llegar.

 

Los que ahora buscan

tu afecto tienen que abrirse paso sin piedad entre acumulaciones de materia inerte, entre trizas de alimentos fermentados de aves y mamíferos abandonados, ir directamente al hueso, la médula.

                                                                     Johann R. Bach

A partir de ahora miraré pensativa como la callada vela que brilla en la penumbra

  CARTA DE DESPEDIDA DE ELISA

 

Ya todo es amargura.

Torpes sueños de Pigmalión ya no son esperanza. Se alejan de mí ansias hipocráticas por el hosco camino de los imposibles.

 

En los dominios de mi profesión,

los límites de la mínima elegancia y generosidad se han visto asaltados por el engaño de los trepas, mientras que

 

yo distante, empeñada

en prolongadas discusiones y enredada en las marañas de mis colaboradoras he perdido el tiempo en busca de una conciencia espiritual que es humo (para una inmensa masa con ojos parcheados) y se halla en suelo extraño.

 

Presiento que el final

está próximo. Pero no en el sentido de esas agoreras que anuncian el fin del mundo con el único objetivo de ganar adeptas para sus sectas, sino en el sentido de que el final es mi final: los últimos sucesos  me han dejado un pesado cansancio.

 

Todo se precipita en el vacío.

Agobiada por una vida cargada de años y desengaños, pienso que la fortuna, como buena mujer, es áspera y desafecta con los viejos y denostada por las más jóvenes.

 

Las personas que decían querer colaborar

con la causa de una verdadera espiritualidad se rebelan (ah, ¡qué codicia la suya!) demostrando que no buscan más que su propio beneficio y se disponen a seguir viviendo de la mentira.

 

Pero lo que más me desalienta

es que, de nuevo, el azote de la egolatría surge pérfido y sangriento bajo el disfraz de la espiritualidad. Las estafas así vistas, fructificarán cuatro veces más que los naranjos.

 

Aunque por otro lado

eso es también un signo de que en los próximos tiempos lo espiritual seguirá creciendo; y, que todas esas chupasangres morirán porque no tienen ninguna idea, real y propia, que ofrecer.

 

¡Qué lástima que yo no pueda ver esa Nueva Era!

 

Las desventuras colman

el ocaso de mi vida. A la oscura incomprensión de los míos he de añadir la desaparición -por enésima vez en la historia de la medicina-del interés en paliar el sufrimiento humano.

 

La enfermedad, la desgracia,

la tristeza y la depresión vuelven a ser –como en otras ocasiones objeto de lucrativos negocios donde lo que prima es la cronicidad del enfermo para eternizar los beneficios.

 

Por mi parte paseo

mi renuncia en silencio. En soledad, el ánimo se revela ligero entre los arbustos y las grises estatuas.

 

Bajo la lluvia de noviembre

siento que un tupido frescor destina la mañana a mis recuerdos amorosos y es cuando el rígido talante mantenido durante tanto tiempo se desploma.

 

Tal vez me equivoqué de país

o de época o, tal vez no supe dominar tantos arduos escollos como me acontecieron. Ahora sumida en la penumbra de la tarde que decrece acercándose al invierno,

 

quiero tan sólo releer dulcemente

mis queridos poemas, pues sospecho que mi desaparición de la escena será el preludio de esa esperada etapa de luchas intestinas para hacerse con el pequeño hueco que con tesón logré construir.

 

Dejé todos los valles

de las vidas, dejando las caricias a mis hijos con la manos; codilleras de rosas que cantaban y me servían de apoyo, mares como pedazos de cristal bajo mis alas negras como cielo encapotado.

 

Me olvidé del cuerpo

-el mío- a la fuerza; sirviéndome de él sólo como pauta para explicar el de otros; y, quise convertir mi sangre humeante en un combustible para mi piel para irradiar optimismo y entusiasmo contagioso.

 

A veces –es cierto-

me refugié entre las telas de un absoluto del que ignoraba la forma y el sentido, pero no la fuerza (o la intensidad) con que acogía mi pasión.

 

Creo, por otra parte,

que no se tienen alas y se tiene la sombra de sus blandos movimientos.

Se tiene un horizonte

que respira y que acompaña siempre la promesa resquebrajando lívido la losa de su confinamiento irremediable. El universo entero es para siempre al que dijo que no dentro de llamas.

 

Ahí quedarán mis libros

en el rincón de donde quizá hubiera sido mejor que se hubieran quedado a reposar un poco más. En ellos he ido delimitando subliminalmente el gran cáncer de la humanidad: El miedo y la traición por miedo.

 

Pero para poder leerlos

Hace falta una cierta dosis de generosidad que es precisamente lo que no abunda. Hay que buscar la luz que, por mínima que sea, es belleza y las galaxias nos la envían empaquetada en millones de clústeres.

 

Si ha quedado

alguna cosa pendiente en relación con mi actividad profesional os podéis dirigir a Andrés y a Leo que quieren seguir al pie del cañón porque aún tienen mucha generosidad por repartir.

 

Dando las gracias

a todos aquellos que, de una forma u otra, colaboraron el proyecto de Homeo-Psycho (en especial a Mater Amabilis, a Palas Atenea y a La Profe de Mates) me despido de todos vosotros.

 

A partir de ahora miraré

pensativa como la callada vela que brilla en la penumbra del comedor mientras una mano de plata sirve la cena en una noche como esta con viento, sin estrellas, sin luna, con lluvia y ojos de té.

                                                                                    Johann R. Bach

VIVIR NO SÓLO ES NECESARIO, SINO TAMBIÉN POSIBLE

     EL CIELO DE PARIS

 

Paris te pareció

como un concierto denso una invasión doliente, como un campo de brazos sosteniendo en cada uno de ellos una vela.

 

Las aguas del Sena

a su paso por Maisons Alfort nunca chocan contra los muros de la Rive Droite, prefieren desbordarse hacia Choisy-le-Roi  en dirección a Vitry-sur-Seine y el Marne gusta de descarrilar aguas abajo  como si tuviera algún tipo de enemistad con los sufridos periecos de Charenton-le-Pont.

 

Todo sucedía

como si las aguas quisieran penetrar en ese rincón del Val de Marne y unos ríos meditabundos por su inquietud egoísta, por su curvo e incontable desplazamiento, estrangularan lentamente las centellas.

 

Los frondosos árboles

se mojaban en lo abierto; de las brasas de las chimeneas de la Mairie ascendían sus inciensos vigilantes que no podían hablar de lo que podían arder.

 

En su interior los altares

yacían. Vivir no sólo es necesario sino también posible, pero las cunas son las letras y los números y el escrito es una enfermedad iluminada por su mismo temblor.

 

Aquella primera tarde

todo en París estaba en paz, todavía aquel centro de Maisons Alfort era como una ciudadela con doble monumento: La Mairie y La Gare  y el número 12 de la Avenue de la Republique te pareció, en medio de una floristería y una tienda de animales, el más sagrado de los números.

 

Como una reina

mirando desde un palacio de espuma parecías segura de vivir entre nuevos jardines y rosarios de besos bajo un friso de púrpura y donceles con sombreros de vidrio. El cielo desprotegido, pero contento, te miraba mirar.

                                                                Johann R. Bach

MIS VIAJES

Mis viajes de dama solitaria

 

                                                                                              Ziza Madeiros

 

Mis viajes de dama solitaria

descendiendo por la estratosfera como por una escalera de caracol se suman al antiguo color de las pupilas. Después de vivir en el Hospital ¿es que acaso volví a mirar igual?

 

¿No se fijó un color

como un extraño cúmulo de algas en mis viejas pupilas?

 

Lo mismo que en los pliegues

mínimos de mi piel se fosilizan besos y desdenes, así mis ojos filtran esa franja turquesa del mar que acuna islas en medio del Lago de los Sueños,

medusas de amatista al amanecer, blancura de navíos varados.

 

Mi piel es vertedero de memoria

lo mismo que el poema.

 

Pero quizá mis ojos

extrañamente abiertos y brillantes, después de tanto tiempo sin sol, de repente dibujen empapados de luz un boscoso archipiélago perdido en el Egeo.

 

La dulzura de la seda del párpado,

es la misma que la seda de la ingle o la de la seda roja del cielo de la boca, o la seda blanca, escondida, de la nuca.

 

Asaltan mi memoria los recuerdos

del deseo de besos en mis numerosos y pequeños lunares de la espalda, en la crisálida de seda del ombligo mientras la seda digital se enreda en el ovillo del pubis.

 

La piel como sedante

atempera mi memoria. Extendida al sol se renueva.

 

                                                                                             Johann R. Bach

15 ago. 2013

EL ARTE SEGÚN MARTA

MARTA ESCRIBE UN ARTÍCULO

EN LA VANGUARDIA

 

Al girar la esquina de la Calle Mallorca

con el Passeig de Gracia me topé con Marta. Hubiera querido esquivarla, pero se me tiró al cuello y no pude huir. Me llenó la cara de besos. ¡Aguanta! –pensé-, aunque realmente hacía meses que no la veía.

 

No tenía prisa y decidí escuchar,

pacientemente, otro más de sus discursos.

 

Acabo de entregar a La Vanguardia

algunas de mis opiniones sobre arte y me han prometido que se publicarán el viernes. Aguántame cinco minutos y te cuento resumidamente en qué consisten.

 

"La obra de arte nace de tres fuentes

–comienza su discurso con el entusiasmo que le caracteriza y con un brillo diamantino en sus ojos-, de tres causas:

 

De la tradición que viene del fondo primordial y de las constantes adquisiciones hechas por hombres de talento que nos legan con el tiempo, sin pausa, la vida moral y pensante de la Humanidad entera, cuyo gran libro, escrito en letras vitales porque son de su sangre, está constantemente abierto ante nosotros en nuestros templo, sobre nuestras paredes, en cualquier obra de arte realmente sincera y sentida mediante la que reconocemos nuestra propia nobleza, nuestra grandeza.

 

"Respira Marta –le digo-,

toma un trago de la naranjada que aún no me voy.

 

De la realidad –continua-, dicho de otro modo, de la Naturaleza, que es un medio puro para expresar nuestro sentimiento y comunicarlo a nuestros semejantes, y fuera del cual nuestra propia ambición de crear permanece en un estado de sueño, de abstracción y, de alguna manera, de una simple palpitación que sin él no tiene ni siquiera un órgano perfecto para aparecer con fuerza, con plenitud, en toda la claridad y la pureza de su expresión suprema.

 

Estoy esperando ansioso el desenlace

–le interrumpo el monólogo-, porque algo interesante te reservas para el final o ¿no?

 

Finalmente –pienso que me alegra esa palabra-,

 

la obra de arte nace de nuestra propia invención personal, y la intuición original que combina todo, resume todo, que busca un sostén en el pasado y en la vida presente para dar un organismo nuevo a la obra contemporánea, un temperamento que se rejuvenece sin tregua mediante el desarrollo constante de la vida humana, cuyo progreso parece inevitable y modifica incesantemente los medios de expresar el arte.

 

Estoy asombrado Marta

–le digo esperando clemencia-, pero ella continua:

 

Estos tres modos del verbo,

del verbo eterno de la belleza, aparecen de forma plena y constante en las grandes épocas, cuando una civilización libremente expandida puede intentar elevarse hacia su verdad sin obstáculos. Ejemplo: Fidias, Leonardo da Vinci, individuos sagrados que han elevado el arte hacia alturas plásticas inaccesibles, tal vez perdidas para siempre y hacia las que se dirigen constantemente los grandes espíritus para amar, rezar y recogerse.

 

¿Todo eso va a salir en La Vanguardia del viernes?

Sí –contesta lacónicamente.

 

Una obra de arte sincera

–continua incansable Marta- sólo aparece en su hora; para ser bien entendida, necesita su momento: tal maestro ha realizado su obra demasiado pronto, este otro demasiado tarde; es raro que una gloria feliz crezca libremente alrededor del genio, sobre todo en nuestra época, en la que cada artista busca solitariamente su voz, sin otro iniciador de su sueño que él mismo.

 

Fin. ¿Cómo se te ha quedado el cuerpo?

–me pregunta casi jocosamente-

 

¿te gusta el fondo del artículo?

Pues, la verdad sí –le digo- aunque un poco largo ¿no?.

 

¡Uy! Las ocho y veinte; me voy que llego tarde

 

Me abraza y me llena otra vez la cara de besos. Por lo menos Marta –hay que reconocerlo- sabe premiar la paciencia. El viernes no me hará falta leer el artículo.

                                                                                       Johann R. Bach

¡Oh noche! Heme aquí ante ti Diosa de las Tinieblas

PALACIO DE LAS PALABRAS SECRETAS

 

¡Oh noche!

Heme aquí ante ti Diosa de las Tinieblas

en éxtasis de bosque, con el delirio en las sienes; entre flores, exhaustas de su propio aroma y mis ojos entre los ojos de tus estrellas y mis labios llenos de sal entre las olas.

Heme aquí, postrada

en esta vigilia junto a un mar sin luz, separada de cuánto no me amó y abandonada por aquellos que sí me amaron.

¡Oh noche!

 

Ante ti vengo a llorar

cuando ya nadie quiere ver mis lágrimas, cuando de mi pecho ya no surge más que resentimiento y sangre desprendida de viejas cicatrices.

 

Aquí me tienes después del crepúsculo

perdida entre brumas que gimen como espirales de caracolas vacías;

lamentándome de haber olvidado tu regalo de aquellas lluvias de estrellas de tantos agostos envueltas en tomillo y romero.

 

¡Oh noche!

 

Rosa de roja rosa

que abrazas lo intocable y lo real, levanta tus vientos de tramontana y arrástrame como a las joyas hacia la luz violeta pues cuando llegue la hora de las amatistas quisiera ser una de tus sombras elegidas para construir tu Palacio de Palabras Secretas.

                                                                                           Johann R. Bach

 

Los poemas de Rilke me impresionaron

EL MONÓLOGO DE PALMIRA

 

 

Bajo una dulce música de jazz,

estábamos todas estiradas en el suelo hablando unas con otras. Eran tan sólo las tres de la mañana y nadie hacía el mínimo gesto para marcharse a casa.

 

Estábamos tan bien

que queríamos detener el tiempo, evitar un final. Fui al lavabo y me arreglé un poco y al volver las encontré a todas haciendo un corro sentadas y escuchando lo que decía Palmira.

 

Ignoraba de qué iba el asunto,

pero ni loca iba a perderme aquello. Me senté tras la espalda de Anaïs y me dispuse a escuchar como las demás. Hablaban de poesía…

 

                             EL MONÓLOGO DE PALMIRA

 

"…Aunque desde el bachillerato

yo había leído la poesía con la certeza de que era una manera de escribir distinta a todas y que no podía usarse como la prosa de las novelas o la de los libros de estudio (aunque tenía una imprecisa afinidad con los rezos religiosos),

 

creo que mi primera noción

concreta de la poesía en tanto que actividad soberana y sin relación con la experiencia inmediata se produjo cuando tropecé con Rilke.

 

Los poemas de Rilke me impresionaron,

pero más aún la convicción inmediata de que aquellos versos, aun siendo su origen a veces a partir de una traducción de los clásicos griegos, tenían una fuerza superior a cualquier poeta vivo de los que yo leía entonces.

 

Me preguntaba entonces

¿Cómo podía alguien emocionarse, o cavilar sobre nuestro destino, a partir de las palabras que hace milenios concibió el extraño habitante de un lugar remoto

 

poblado por gente

que se alimentaba de queso de cabra, aceitunas negras e higos y cuya economía, por así llamarla, se sostenía con las incursiones pirata que emprendían durante el verano por el Egeo? ¿Cómo podía seguir siendo actual Sófocles?

 

En realidad la pregunta

estaba mal planteada. No era actual Sófocles sino atemporal, o mejor aún, ahistórico. La poesía es aquello que se escapa de la historia. Más allá de lo inmediato está lo profundo del poema, lo poético, es decir, la materia prima de la poesía, aquello de lo que trata.

 

Llegado a este punto me podríais preguntar entonces ¿de qué tratan los poemas?

 

Yo diría que la poesía

es siempre un homenaje y que si el poema no es un canto, entonces no es un poema. Todas sabéis lo que se siente cuando nuestras voces se elevan hacia el cielo como el vuelo de los pájaros. Pues al leer un poema se ha de sentir ese mismo canto.

 

Recuerdo que las monjas

de mi juventud me paseaban por las clases de las niñas mayores para exhibirme como una exótica futura poetisa cuando en realidad yo lo único que hacía era leer versos en voz alta, pero aquello me permitía pasear la mirada por entre aquellas aburridas colegialas.

 

Y de vez en cuando descubría

entre ellas unos ojos vivos que se clavaban en los míos produciéndome una extraña y agradable sensación en el vientre.

 

Emocionada, desviaba mi mirada

de la suya para evitar los ojos de una niña y alternando la vista entre los versos y la ventana veía un enorme castaño en flor.

 

Yo hubiera jurado

que esa imagen la vi realmente al mirar por la ventana, pero con el tiempo y a medida que iba leyendo poesía me surgió en un momento dado la idea de que aquello fue una imagen virtual de un significado evidente:  el castaño era el símbolo fálico (el sexo masculino deseado por mí en aquellos momentos con fuerza).

 

El árbol crece

y se lanza hacia el cielo impulsado por una potencia inextinguible, explota en el florecer y en el fructificar, danza a la luz del sol como un bailarín colosal.

 

Es como un verso final

que completa el canto: la música que baila el árbol es la potencia del "bios", la música de la vida terrestre. El castaño es la danza de la vida; nosotras somos música viviente.
                                                                  Johann R. Bach

No hay pizarras en la puerta (de La Cafetera) que indiquen un menú

CARME  E.  Una ninfa del barrio

   

Este es –Gracia- un barrio de jarana,

música, danza, teatro, parrilladas de carne al amanecer, manifestaciones sociales etc…

 

No obstante, tengo la impresión

de que nunca sucede nada. Es como si me hubiera escapado de una película con final previsible y mi universo hubiera tomado la forma de La Cafetera.

 

No hay pizarras en la puerta

que indiquen un menú, aunque realmente eso me da igual porque no tengo hambre.

 

La terraza está continuamente llena

y los parasoles cuadrados recién estrenados acogen durante todo el día a gente que tiene ganas de hablar, cerveza doble en la mano, sintiéndose en el mejor de los mundos.

 

El tráfico está restringido

y sólo las motos perturban un poco la tranquilidad del Carrer de l'Or y sus ciruelos bordes. Es verano y la tarde se prolonga más allá de lo estacional debido al adelanto de la hora.

 

La mujer sentada en una de esas mesas

lee un diario que no distingo cuál es por estar en el interior del local, sentado en la barra, muy separado de ella. Toma un refresco pues el alcohol le sube la libido.

 

De sus delicados brazos destacan músculos,

Sin un gramo de grasa subcutánea, como cuerdas y tras su fina piel se le marcan las venas como raíces al descubierto.

 

Sus ojos un poco saltones

bajo una frente totalmente despejada demuestran un carácter enérgico y juvenil. Sólo las venas visibles de sus sienes indican su edad aproximada.

 

En la pantalla del televisor

un grupo de "mecánicos" parece empeñado en destrozar un automóvil. No sé de que va la película porque mis ojos están clavado en la mujer de la terraza.

 

Se trata de una actriz de teatro

y me consta que ha sido galardonada con numerosos premios. Me siento afortunado por tenerla de vecina. El volumen de su enjuto cuerpo contrasta con el peso específico que le atribuye la televisión. Sus películas son casi exclusivamente de profundo calado sicológico.

 

Como está sentada a contraluz

veo su inconfundible silueta con su pelo recogido, una arquitectura efímera que le confiere un aire de sacerdotisa y ella lo sabe. Estoy seguro de que cualquier hombre podría ser feliz a su lado y, sin embargo, es una mujer solitaria.

 

Es, la suya, una estampa

que compite con éxito con la bella estatua de La Virreina. ¿Qué le ha llevado a vivir en este barrio bohemio? ¿Acaso está cicatrizando las heridas de algún desengaño amoroso?

 

Una música desafinada de clarinete

entorpece mis pensamientos e interrumpe el bellísimo momento de estar tan sólo a unos metros de mi famosa vecina Carme, cuyo apellido quisiera retenerlo exclusivamente para mí, como una forma humana de adoración hacia una de las ninfas del barrio.
                                                                                    Johann R. Bach