19 sept. 2014

con los párpados caídos como para evitar que me dañe el brillo de tus estrellas;

Caída de la hoja en la noche

¡Oh noche!

 

Voy paseando por la plaza,

con dificultad para caminar, con los hombros y la cabeza poseídos de una silenciosa inclinación signo de grietas y fisuras antiguas;

 

con los párpados caídos

como para evitar que me dañe el brillo de tus estrellas; para guardar las pocas lágrimas que me quedan, con las solapas del abrigo levantadas.

 

¡Oh noche!

 

Ya sé que tu dignidad es deliberada;

que sabes perfectamente lo que está en juego, como un niño que con sus llamadas de atención trata de borrar la sombra en los ojos de sus padres;

 

un día envías lluvia

otro día viento; y, a veces con la luz apagada de la luna, decaimiento, pero muchas otras veces ilusión genuina, como si precisamente por haber alcanzado la edad adulta necesitara tu frescor y tu benevolencia como cosas de lo más normal, adscritas al orden natural.

 

¡Oh noche!

 

Con el tiempo mi agotamiento

tus lapsos de tregua circadiana han ido cobrando una importancia inesperada; tienen el aroma del bálsamo para los rasguños del día a día, de hechizo contra el mal de ojo de la vida misma.

 

Esas treguas que nos regalas

no son precisamente de cartón piedra y nos permiten respirar por un instante ese aire más limpio, habiéndose parado los motores de millones de automóviles, más sencillo, como de quien todavía está aprendiendo a caminar.

 

¡Oh noche!

 

Tú eres la auténtica máquina

de abrir espacios de promesa, de libertad anchurosa en los que hasta el alma respira mejor; y, la mejor palanca para abrir una puerta insospechada en la casa de siempre.

 

¿Qué es ese monótono ruido?

¿Qué es lo que perturba tu silencio cuando el viento está en calma? Sólo son hojas que caen, esa forma incandescente de morir de las hojas: quemadas por el frío mientras miran al cielo.

 

                                                                  Johann R. Bach

18 sept. 2014

Dame un pequeño aviso y me hallarás presto pues tan cerca estoy de ti.

MUROS NOCTURNOS

 

Cierto día te dije:

"No te quejes de mis silencios", ya que

 

por fin –y gracias a ti-

amo de mi existencia las horas tenebrosas en que más sensibles son mis sentidos.

 

En ellas he hallado,

como en documentos antiguos, mi vida cotidiana ya vivida,

 

lejana y superada,

como viaje leyenda.

 

En ellas he aprendido

que una séptima vida inmensa, intemporal, de amplios espacios tengo.

 

Y a veces soy

cual árbol maduro y susurrante, que alguna vez sobre la tierra húmeda cumple

 

el raro sueño aquel,

que el antiguo muchacho –en torno al cual se empujan sus cálidas raíces-

 

perdió en tristezas y en canciones.

 

Si a veces te molesto,

mi Diosa Cercana, con duros sobresaltos, en la larga noche, es porque rara vez

 

tu respirar escucho,

 

y te encuentras –lo sé-

sola en la oscuridad de tu lecho.

 

Y si algo necesitas,

ya no hay nadie disponible debido a lo avanzado de la hora y que

 

a tu palpar alcance

un simple vaso de agua.

 

Yo siempre escucho.

 

Dame un pequeño aviso

y me hallarás presto pues tan cerca estoy de ti.

 

Sólo un delgado muro

de mil kilómetros de grueso existe entre nosotros y es por azar que separa nuestros mares;

 

pues suceder podría

que a una llamada tuya, o de mi boca,

 

llegara a derrumbarse

sin rumor ni sonido.

 

Ya sabes que

Cierto día te dije:

"No te quejes de mis silencios".

 

                                                              Johann R. Bach

17 sept. 2014

Reparé en la delicadeza acuática de tus manos, recorrí tu rostro con mi lenta mirada y la sombra que se impregnaba en el fino mantel cuando tú te inclinabas.

PRIMER INSOMNIO EN DELFOS

 

Soñé (o quizá no lo soñé)

que nos servía el vino un joven helénico cuando se derramaron unas gotas del oscuro odre sobre la mesa

 

donde Baco extendía su alegría.

 

Reparé

en la delicadeza acuática de tus manos, recorrí tu rostro con mi lenta mirada y la sombra que se impregnaba en el fino mantel

 

cuando tú te inclinabas.

 

Parecía el centro sosegado de una rosa.

 

Nunca habías aprendido a beber en porrón;

te valía la belleza del cuerpo y el conocimiento nocturno de todas las salivas.

 

Afuera… tal vez en Delfos

los cascos dorados de los caballos se enterraban en el polvo, los carros estaban listos, de las islas llegaba

 

el silencio perturbador de los sueños,

 

la ciudad se movía

y ataba las puntas durísimas de una estrella en duraluminio.

 

Este cuerpo mío, pasajero,

debía partir al amanecer y las calles ya habían comenzado a soportar el rumor de miles de gentes

 

ansiosas de conocer el oráculo.

 

En el fulgor cítrico –en mi sueño-

de los campos de naranjos que rodeaban el Templo de Apolo,

 

recuerdo

que aún no tenías los diecisiete años y el vino era puro.

 

Por la mañana

cuando los dioses cansados se reclinaban en sus lechos vegetales y sobre el mar surgían

 

constelaciones de repente palpables

se tornó dulce volver a amar como cualquiera de los adolescentes del mundo marítimo.

 

De nuevo me obligaste

a inventar el insomnio y a saciar la sed con la ambrosía de tus cabellos.

 

                                                                Johann R. Bach

14 sept. 2014

Fui reclutado en mi infancia por los Carmelitas cuando mi orgullo era innecesario ¿acaso no había mejores?,

ORACIÓN SÉPTIMA

 

ORACIÓN SÉPTIMA

 

¡Oh noche!

 

Sé que no tengo excusa.

Sé que además de ciego he sido más sordo que inteligente, pero esta noche oigo tu voz nítida. Sí, sí, te oigo.

 

Tu mensaje de ir erguido

entre los que están de rodillas, entre los que vuelven la espalda y los derribados en el polvo, me llega al alma con toda claridad.

 

¡Oh noche!

 

Me salvé para no vivir;

he de dar testimonio y no tengo mucho tiempo. El cómputo final es lo único que cuenta, por ello atravesé las puertas de mi propio monasterio y heme aquí escuchando tus apremiantes llamadas.

 

Mi ira ruge impotente

en mi pecho -y necesita ser como el mar- cada vez que escucho la voz de los humillados y golpeados, pero… ¿qué puedo hacer?

 

¡Oh noche!

 

Me sorprende tu deseo

de que no me abandone mi hermano el Desprecio para los delatores verdugos cobardes que sólo esperan ir al entierro de miles de personas honestas y con alivio arrojar terrones de azúcar al objeto de que sólo la carcoma escriba su biografía retocada;

 

me sorprende que me exhortes

a no perdonar cuando en verdad no está en mi poder perdonar en nombre de los traicionados.

 

¡Oh noche!

 

Fui reclutado en mi infancia

por los Carmelitas cuando mi orgullo era innecesario ¿acaso no había mejores?, pero ahora, siguiendo tu consejo me guardo muy bien de aquellos que no precisan de tu cálido aliento surgido de los astros y de los que no puedo esperar ningún consuelo.

 

Hoy, cuando te retires

y en las cumbres de las montañas los rayos rosados del amanecer den la señal como los tambores del cuartel para que la sangre diga a la estrella de mi pecho que repita los viejos conjuros de la humanidad, sus cuentos y leyendas, repetiré las grandes palabras con terquedad

 

como los que marcharon

por el desierto y murieron en la arena aunque no espero premio alguno y, sin embargo me alcance una zurra de risas completada con un homicidio en las colinas de un basurero.

 

¡Oh noche!

 

Oigo tu voz. Sí, sí, nítidamente.

Oigo tus consejos y me da sosiego cuando me dice: Sé fiel. Ve.

 

                                                                                         Johann R. Bach