30 abr. 2017

En su lengua las aves nos vienen a decir, mediante esa especie de concierto polifónico del amanecer, que hay que cruzar mares y puertas de monasterios


PALABRAS PARA ELISA

No creímos que tras la pena indecible de tus palabras
al decirnos adiós para siempre, los gorriones pudieran seguir cantando.

En su lengua
las aves nos vienen a decir, mediante esa especie de concierto polifónico del amanecer, que hay que cruzar mares y puertas de monasterios antes de que las caricias amorosas surjan de nuestra mirada.


Tus palabras fueron un canto permanente a la esperanza,
un "allegro ma non tropo" y sólo ahora sabemos que el silencio sin ellas es mucho más denso. Entre las cosas que, con insistencia, nos mostrabas vimos surgir, como el humo de las sombras, el miedo y sus símbolos. ¿Quién podía pensar que alguien quisiera matar a un granado o a un olivo?

Tu piel, mucho antes de ser ceniza, sabía sus nombres
–la vid, el almendro, el membrillo- y sus secretos, así como se fortalecen sus espíritus: aguantando las patas de la lluvia, el vendaval y el malhumor de Eolo y la agresión de los incendios provocados por los temibles rayos –atributo de Zeus- que de vez en cuando nos alcanzan con su ira. 

Nuestros ojos dan pena
porque ya no podrán leer tus poemas y nuestros labios evitarán nombrarte para evitar el sufrimiento al recordarte. Y sin embargo tus ideas seguirán palpitantes, de labio en labio, revoloteando en el aire, con sus alas ya imposibles para nuestras voces ya un tanto apagadas.

¡Oh Elisa!

Diosa de labios rojos y corazón entreabierto,
sólo pudo con tu fuerza el odio de un genio adverso. Sólo una espina rodeada de la belleza de una rosa penetró con el misterio: desaparición siempre repetida, sacrificio que es eterno.

¡Oh Elisa!

Sólo una rama de muérdago como una línea
de frío titanio por la niebla atravesando te traspasó con su cuerpo. En ese momento los gemidos de los lobos rayaron el firmamento y pequeñas luciérnagas con sus linternas iluminaron la noche sin luna.

                                                    Johann R. Bach

Hay un Gigante Blanco que monta guardia, inalterable, el hacer y deshacer de todo


LAS NOCHES DEL SOLSTICIO DE INVIERNO EN EL ÁPEX

Cuando sople el gregal
y la ceniza vaya cubriendo nuestras sienes haremos la colada de los años y los desengaños.

Encumbrados sobre la cresta de un tiempo
al que ya no es necesario someterse porque ya todo se ha cumplido oiremos que alguien dice:

Hay un Gigante Blanco
que monta guardia, inalterable, el hacer y deshacer de todo. Le daremos la razón, sin dudas ni reservas.

Bebamos a pequeños sorbos
las últimas copas de vino y brindemos junto a todos los relojes que marcan la hora justa del prodigio.

                                                   Johann R. Bach

29 abr. 2017

Sí. El planeta sigue girando sobre sí… (Y) ¡Es tanto lo que tiene que decirte!


ALGO QUE CONTARTE

Ha subido ya
casi ochenta escalones de los ochenta y cuatro de una vida. Empiezan a aparecer los días en que se encuentra sin aliento mientras sus ojos ven como el cielo cada noche se mueve sobre su cabeza.

Sí. El planeta sigue girando sobre sí…
(Y) ¡Es tanto lo que tiene que decirte!

Las golondrinas han vuelto
y las calabazas se hinchan de agua y todo se agradece como tus mensajes. Las calles se han llenado de libros… y de rosas al año de platino forrando.

Una idea sencilla,
como una margarita, le alegra la vida: Tras de él algo vibra, aletea y brilla como una estrella más…

y  es que tú sigues leyendo lo que te escribe. 

                                                               Johann R. Bach

26 abr. 2017

Pronto pondrán un ser vivo (un virus) en Marte sin haber pisado jamás su superficie

AGRADECIMIENTO A LEO P. HERMES Y
A TODOS LOS LECTORES DE MIS ESCRITOS


Amigo Leo, he leído con gran placer
tus palabras de elogio a mi novela Una Rodilla Herida y también a tu cariñosa crítica sobre mi forma marciana de escribir y no puedo por menos que agradecer tu atención. Ya sabes es bueno que hablen de uno aunque nos atribuyan cosas horribles.

Sí sí. Agradezco
a todas aquellas personas que, poco o mucho, me han leído y que han opinado sobre lo que escribo. Agradezco hoy, después de varios años de actividad crítica a Julio Gelbenzu, la Profe de Mates, Xana Garcia, Patricia, Bárbara, Rosa Villalta, Dora Campos, Pilar dehesa, Pilar Novales, Rosi Torres, Andrés, Anna Kunstbaur, Teresa Mater Amabilis, Griselda Corni Fino, Asun Ferrer, Maria Jesus Fiuza, Carmen Peratilla, Anna Pino, Gloria Peraita, Rosalva, Silvia Martinez, Misteri d'Elx 777, … No sigo porque por larga que sea la lísta siempre me dejaría amigos por nombrar. A todos ellos les agradezco aquellas palabras que me enviaron y que me ha animado a seguir escribiendo.

En cuanto a tus palabras Leo tengo
que decirte que en efecto, se puede estar en dos estados a la vez.
Pronto pondrán un ser vivo (un virus) en Marte sin haber pisado jamás su superficie. Quizá ya lo hayan colocado y guarden silencio sobre sus resultados. La realidad del Mundo del Ápex se va abriendo paso en los oscuros espacios interestelares y es que la realidad se ha deshecho por todas partes, empezando por lo más mostrenco, que es el dinero, que ya es pura ficción.

Lo propio de los humanos
-se afirma en los cursos que voy siguiendo con auténtica pasión-, es crear ficciones (el viaje a la luna, la epidemia del VIH, el Estado…): el dinero se ha hecho poesía, y la crisis de los activos tóxicos se deriva de esas licencias poéticas que ya no tienen fin. Las crisis actuales son esta exvida actual. Los bancos centrales y los jueces anticorrupción van inventando la realidad como si fuera una telenovela, un culebrón… cuántico.

La especie humana
ha irrealizado todo en una narración enloquecida que se enrosca sobre sí misma como una placa de grafeno y la única esperanza es la ciencia, que está tardando muchísimo en dar el siguiente paso. De momento la inteligencia artificial sólo para ganar partidas en las consolas y para vigilarnos más de cerca, así que estamos esperando como el santo advenimiento el fin de este mundo para poder estrenar otro.

Las expectativas son inmensas, más que nunca.
Cada día trae algo… Ya se puede, por ejemplo, amar con pasión y hacer el amor estando al mismo tiempo en mares diferentes, pero a efectos prácticos seguimos en la deuda infinita: Aunque sea con GPS estamos ya en el Mundo del Ápex, mezclándonos "seres vivos" con personas que ya emprendieron ese "Largo y Apasionante Viaje".

Las quejas
porque esta revolución científica no cambia nuestras vidas como lo hicieron las anteriores son ya unánimes. Nadie comprende cómo a estas alturas del relato tecnológico todavía estemos angustiados porque hemos de pagar el recibo de la luz. Los economistas ya confiesan abiertamente, por fin, que no entienden nada, mientras que por otro lado algunos/as escritores/as seguimos rigiéndonos por los criterios de aquellos que fueron y han sido proveedores de metáforas.

Y ante todo este mundo
que se retuerce como una hélice diabólica sigo por el camino que entre todos habéis ayudado a encontrar: ser un hombre que sueña a un hombre.

                                                                                             Johann R. Bach

aunque no entandamos nada intuimos que algo está al caer…


MIRADA A UNA NOVELA SURREALISTA

He leído la novela Una Rodilla Herida
y no tengo que hacer el menor esfuerzo para recordar la emoción y el impacto con que leí la tetralogía formada por Dibujos y Paisajes de Cassia, El Arte Gótico de los Huesos, Retales de Algodón y Arcilla de Ánfora Romana que Johann R. Bach escribió bajo la especial visión metafísica y surrealista.

Escribo estas letras reconociendo que,
aún a pesar de haber estudiado en la misma facultad que Johann, advierto como aquel profesor de biología que con una tranquilidad pasmosa afirmaba que los genes tienen una función muy escurridiza: "Es decir, no tenemos ni idea".

Ahora mismo podría parafrasear a Kafka
(el juego de la vida como una distracción mientras esperamos el vuelo hacia el Mundo del Ápex) o al mismísimo Faulkner ("una habitación a pensión completa alquilada en el Purgatorio a cambio de su vida") y decir que en una primera lectura me dio fiebre y me dejé invadir por una atmósfera con la pretensión de instalarme en aquel clima mental tan suyo.

Entre las páginas de esta novela
se sospecha la finísima guía de lectura de Proust, la exculpación del hombre emborrachado de Babel a propósito de Hölderlin, el vuelo panorámico sobre textos poco visitados franceses, la justa invitación a leer a Jünger, las rutas alternativas que Mann propone para adentrarse en el mal…

(Inciso:
la forma salvaje con la que están escritos los materiales de toda la obra está garantizada y que, lejos de los soberbios despliegues de erudición y sabiduría vital a los que nos tiene Johann acostumbrados cuando saca brillo y destellos inesperados a un muerto, aplica aquí un trabajo de "collage" casi inevitable.)

Lo ideal sería
que el lector abandonase aquí la reseña y se lanzase ya a reverdecer o amplificar sus propios entusiasmos. Pero como tampoco quiero que abandonen mis propios comentarios y de alguna manera tengo que justificar la minuta aquí van unas palabras sobre el estilo de R. Bach.

En primer lugar
no es necesario insistir demasiado: aquí en esta nueva novela, se incita a extraer palabras y conceptos y literatura en general de Google ese gran baúl de donde tanto se puede aprender. Y, en segundo lugar, hay que convenir en que detrás de cada escrito hay una voluntad estilística que se expresa de múltiples maneras: en aforismos, en el gusto por arrancar la pieza del sitio más inesperado, la misteriosa y poco ortodoxa precisión verbal… Pero sobre todo en el gusto por la escritura, por momentos golosísima, cuando el progreso de la argumentación se ralentiza para narrar la intensidad de la pasión juvenil, el carácter destructivo del "fluido temporal", el vuelo de los gorriones o la pasividad con que las cigüeñas le sacan a las tardes la raíz cuadrada o una fantasmagoría provocada por tres días de intensa fiebre.

Johann muestra una versión asilvestrada
del gusto que encuentra Proust en la metáfora autónoma, que como todo el mundo sabe supone una condensación repentina como un requiebro y feliz del lenguaje, desprendido de su función utilitaria, sorprendido de su propio poder.

Cuando pienso
en la ya extensa obra de Johann R. Bach me figuro casi siempre a una inteligencia extraña en busca de un género particular, o si se prefiere, una inteligencia que se niega a pagar peajes. El resultado me parece interesantísimo, fascinante por momentos.

Digámoslo de una vez:
a la altura de una exigencia que le haga justicia su prosa poética suena un tanto marciana (como casi todo lo afrancesado o lo germánico afrancesado en nuestro muy anglosajón mundo). De esos relatos acompañados de misteriosas imágenes, como alegorías entre escrito y escrito prende la sospecha de que en los poemas largos alguien más importante que el lector lleva aburrido desde que traspasó el ecuador.

Una Rodilla Herida
parece un lamentarse de que la ciencia que nos domina y nos lleva no acaba de instalarse en las artes y las letras. La física cuántica nos da el laser, el GPS, la medición exacta de un segundo en millones de años, diagnósticos asombrosos de la resonancia magnética.

Es una novela en la línea
de todas las anteriores en la que de una manera u otra se dice que la ciencia es contraria a las intuiciones y a los sentidos con los que captamos el mundo… aparente. Kant ya dijo que no podemos conocer la cosa en sí -la realidad-, que solo la apreciamos desde nuestra configuración.

La física cuántica nos dice
que al mirar algo lo alteramos. Experimentamos en vivo este estar y no estar, pero a la vez estamos en el mundo violento, vacío y desesperado. Nos vemos ya como ADN, cuatro letras, pero sin entender la gramática. Y, sin embargo…, aunque no entandamos nada intuimos que algo está al caer…

Mientras esperamos podemos leer a Johann R. Bach.

                                                                         Barcelona a 23 de abril de 2.017
                                                                                          Leo P. Hermes

Libre de virus. www.avg.com

25 abr. 2017

Colgada del cielo una luna de estaño lanzaba su lluvia blanca


UNA LUNA DE ESTAÑO

Algunos matemáticos sostienen
que yo nací así, con este caràcter, porque estadísticamente era no solamente posible sino inevitable.

Era lo que todo el mundo venía a decirme:
que era unabuena chica, atenta y servicial y me aconsejaban buscar un marido más alto que yo, que me llevara diez o quince años, culto y, sobre todo, adinerado (no hay cuadro –decían- más dantesco que la pobreza en una mujer).

Nadie hizo nunca referencia
a que fuera simpático, amable y respetuoso. Las referencias que mis compañeras del "insti" hacían sobre el sexo tenían un fondo jocoso que nunca entendía. Nadie me habló de amor ni del placer de la conversación del después...

Alguien insinuó a mimadre
sobre la necesidad de llevarme al psicólogo por ser hija única. Recuerdo vívamente el día queme hicieronuna revisión médica: anotaron en una ficha que luego pasaría a través de la Red por todos los hospitales del mundo que tenía el clítoris hipertrofiado lo cual me asustó mucho. En esa misma ficha figuraba también que estuve hospitalizada y operada a causa de una apendicitis aguda y que salí curada una semana más tarde.

A medida que me iba haciendo mayor
aumentaba sobre mí la presión social: me decían que tenía todo lo necesario para entregarme al Hombre mientras que mi dote se reducía a una pequeña radio de pilas a mi diario.

Así caí en el pozo oscuro
donde sólo contaba la opinión de él: cuando había paz, mi marido estaba por la paz, cuando eno tro país estallaba la guerra, soñaba con participar en ella.

Aporté tres hijos al mundo
que copiaron los modales y conceptos de su padre y me trataron como una ama de llaves sin sueldo, incluso se avergonzaban de mi idioma adoptando el de él... el delos vencedores.

El azar quiso,
contra todo pronóstico estadístico, que aquella màgica noche la luna se rompiera al pasar entre las piedras de la tartera: mi pensamiento progresó caminando del brazo rebosante de timidez de Francis, entre opciones libres aparentemente contrarias pues tenía laimpresión de moverme entre injusticias simétricas, como entre dos filas de ahorcados.

Rompí el cielo al unirme a un hombre
veinte años más joven, más pobre y menos letrado que yo aunque de su pecho brotaba pura poesía.

Cierto día me despertó la luz de la lamparilla de su mesita de noche: Francis estaba escribiendo un sueño que había tenido. Me pasó la hoja de papel y leí sus palabras tres veces.

¡Qué extraño sueño!

Colgada del cielo
una luna de estaño lanzaba su lluvia blanca
sobre una barca que ascendía con la marea
y los olivos con el viento
se llenaban de balanceos...

Tu pelo,
al echarte en la hierba anegada de noche,
huyó con las estrellas.

                                                                               Johann R. Bach

Libre de virus. www.avg.com

19 abr. 2017

Me dijeron que había tenido una muerte digna: confesado, absuelto y estremauciado y que era indudable que tendría su plaza en el Paraíso de Ámbar Gris


PARAÍSO DE ÁMBAR GRIS

Cuando llegué al Albergue, desposeída ya de todos mis derechos, ya había aceptado mi nuevo empleo como una suerte de un Mundo Provisional de duración indefinida. Alejada de todo aquello que había significado una vida llena de proyectos que, aunque fueron fracasando paulatinamente uno a uno, gracias a ellos, había mantenido viva el alma.

La Directora del Centro de Acogida me presentó a Carla una monja de edad mediana diciéndole: "Petit Gris sustituirá a Dominique". Pero en voz baja añadió: "Antes dale algo de comer".

Me costó muchísimo aguantar la risa al saber mi nuevo apodo: llamarme Petit Gris1. Era un eufemismo pues mi estatura de un metro noventa, de esqueleto bien formado aunque mis músculos parecían cuerdas liadas a mis huesos debido al hambre padecida durante año y medio. La monja debió fijarse en mi cara soportada por unas enormes mandíbulas en la que sólo el hoyuelo de la hermosura le daba un aspecto humano. Debió adivinar al verla deslucida que, efectivamente, necesitaba comer algo. Su mirada se llenó de esa "piedad profesional y huidiza" que tanto me desagradaba.
Me hizo entrar en una sala con paredes llenas de estanterías abarrotadas de latas de sardinas, melocotón en almíbar, leche condensada, mejillones en salsa americana botellas de sidra, de vino y Calvados y cajitas de todos los colores de queso de Camembert. Sobre una amplia mesa reposaba en cesto lleno de panecillos redondos y de la nevera tomó la monja con aire de generosidad un plato de una especie de albóndigas en salsa picante.

Lo dispuso todo como si de un festín se tratara y adornándolo con una jarra de vidrio transparente en la que vertió un líquido que en un primer momento pensé que era agua sucia, pero que gracias a su color burdeos se me ocurrió pensar que era vino, aquella agua de vida que casi había olvidado. La monja abrió su boca como disparando una frase y me dijo: "Come hasta quedar satisfecha" y me dejó sola.

Tuve la sensación de haber muerto y comenzar una nueva vida en un Paraíso de Ámbar Gris (de ahí mi apodo de Gris) en el que abundaban los manjares, el vino y la miel. Tengo que decir que en mi Estancia Anterior tuve siempre la sensación de que estaba atrapada en el Purgatorio, Por eso la alegría que me iba invadiendo el cuerpo a medida que aquel líquido rojo disminuía su nivel en la botella.

Naturalmente acabaron los panecillos y las albóndigas en mi estómago… y el vino subido entre las sienes. Me sentía eufórica y pensé que en el cielo se debían alimentar así. Y calmada en gran parte el hambre una duda empezó a surgir en mi mente con gran inquietud: si el trabajo habría de ser tan duro como para necesitar tamaña alimentación.

La monja entró de nuevo en la sala y vi cómo por su rostro se reflejaba algo parecido a una sonrisa, si es que era posible que un trozo de tea vieja pudiera sonreír. "Ten", me dijo ofreciéndome un paquete de ropa gris: "aquí tienes tu uniforme". Casi ni me la miré. ¿Qué importancia tenía el color de la ropa? Solamente el color sepia me hubiera alterado como un mal presagio.


Le pregunté a la monja si habitualmente tendría aquella comida y aquel vino. Ella contestó: "Sí y dos veces al día; incluso en los días de abstinencia el vino no te ha de faltar". Aquí el corazón ha de estar fuerte para servir sin reparos a todo lo que los clientes nos pidan… a todo lo que nos pidan".

Yo estaba fascinada, estupefacta.
¡Aquellos manjares dos veces al día!

Ni el último rey de Francia debió tener esa dieta le dije. La monja me miró asombrada y me preguntó si había hecho alguna vez aquel trabajo. ¡Y además dos jarras de vino con tres cuartos de litro cada una! Sentía dentro de mí una fuerza monstruosa que se acoplaba perfectamente con mi cuerpo "masculinizado". Esa euforia me hacía pensar que cualquier tarea la podría hacer de buen grado. La monja Carla me dio un frasquito en el que había un líquido aromático y me aconsejó que lo llevara siempre conmigo para combatir los malos olores de algún cliente "raro". Me acompañó a la cocina y por la ventanilla me indicó una mesa en la que se habían instalado cuatro damas y me dijo: "Anda ve a servirlas en todo lo que te pidan… en todo lo que te pidan"

Me puse rápidamente mi uniforme de ámbar gris y fui hacia la mesa en cuestión. Anoté en un pequeño bloc "la comande": cuatro raciones de cuscús pues era el plato preferido de los jueves, dos raciones de una docena cada una de mejillones a la crema, cuatro raciones de pomme mousseline3, cuatro raciones de crevettes2 con limón y cuatro chevalines4 a la crema. De postre la de más edad y la más joven pidieron ananas5 en almíbar y las otras dos damas dos raciones de Munster6. De bebida las cuatro pidieron Côtes du Rhône7 y para poder digerir todo ese banquete cuatro copas de Trou Normande8.

En el transcurso de aquella Grande Bouffe9 tuve ocasión de observarlas con detalle: la de más edad tenía una cara estrecha como la de un caballo, los ojos redondos, y de negro azabache, el pelo gris peinado a ambos lados de la cabeza partida por una línea central.

Tenía aire de intelectual y sus movimientos eran lentos, pero tan precisos que al cortar la carne parecía un cirujano con su bisturí. Las otras dos damas de mediana edad hablaban poco y comían a dos carrillos sin levantar la vista del plato, una de ellas llevaba el pelo corto, casi rapado mientras que la otra lucía una hermosa cola de caballo adornada con una beta roja.

La más joven, una chica de unos quince años, aunque provista de unas grandes gafas se parecía a la más mayor por lo que deduje que podría ser su nieta. Aburrida por la conversación de las mayores, miraba hacia todos lados, probablemente para distraerse. En un par de ocasiones sus ojos se toparon con los míos y asombrada por mi insistente mirar los mantuvo mirando los míos. Sus labios eran gruesos y su tez rosada con pecas diminutas bajo los ojos y dispuestas en grupos simétricos respecto del eje de la nariz. Comía poco, dejando la mayor parte de la comida en el plato rechazando totalmente el vino.

Al acabar la comida, recogí los platos, botellas, servilletas y vasos y con el mantel haciendo bolsa todos los restos de comida. Lo estaba depositando todo en la cocina cuando Margot la mayor de las cuatro entró y me dijo si no le haría un masaje pues le dolía la espalda. La monja que estaba fregando los platos me miró y me hizo un movimiento de asentimiento con la cabeza. Fui tras ella y entré en su habitación despistada totalmente en cuanto qué hacer.

La Dama Mayor se desnudó de forma rápida, me dio un frasco de aceite con aroma de canela y se tendió de espaldas en una camilla que parecía una tabla de planchar. Percibí sobre el alto canapé, bajo la lámpara roja, pesada y vulgar, enferma, soñolienta, paseando sus alocados y lascivos ojos sobre mi pecho, a una vieja mujer que ya no se reconocía con la escritora que de otro tiempo.

Estuve masajeándole los huesos de los hombros y de la espalda hasta que se giró colocándose en posición de decúbito supino.

Las costillas sin tetas eran como las de un barco desguazado boca abajo, en el pubis destacaban dos quillas de chalupa varadas en mitad de una playa. En el pubis apenas quedaban cuatro pelillos blancos. Vestida y rociada con colonia era como una presencia disfrazada, pero desnuda y de cerca exhalaba de su cuerpo un fuerte olor cadavérico, nada atractivo por cierto.

La Dama Mayor abrió las piernas y me dijo autoritariamente: ¡Venga! ¡Remata la faena! ¡Con la lengua! Sorprendida y a punto de vomitar saqué del bolsillo el frasquito que me había dado Carla y puse una gota extendida sobre mi labio superior. Pude acabar la faena a duras penas, pero lo hice.

Cuando salí de la habitación fui a sentarme en un banco del jardín trasero y mis ojos buscaban el horizonte cuando un carillón marcaba los cuartos anunciando una hora. Respiraba profundamente cuando las campanadas me recordaban a Proust cuando se veía bajo el cielo de "los campanarios de Martinville" en los que el sonido de las campanas era dorado traducción musical del encanto del sol al atardecer; y toda su existencia futura ya quedaba afectada…; como la mía…

Bajo mis pies notaba la hierba fresca y dejé que mi espalda se apoyara totalmente en el respaldo de madera y aún desorientada con la conciencia perdida de las cosas y de mi misma. Estuve pensativa durante un buen rato, me sentía agobiada, deslomada, consumida, hasta que una voz dulce como la miel me dijo sacándome de mi ensimismamiento:

"Buenas tardes. ¿Puedo sentarme un rato con usted?

Naturalmente le contesté. Aquella presencia llena de vida me hizo sentir un cosquilleo en mi estómago parecido al del deseo de vino. Me contó que ella había venido al Albergue a la fuerza y que se sentía muy desgraciada. Después de la muerte del abuelo, las tías y la abuela habían decidido venir todas juntas a este Albergue.

Me dijeron que había tenido una muerte digna: confesado, absuelto y estremauciado y que era indudable que tendría su plaza en el Paraíso de Ámbar Gris, y que seguramente le presentarían algunas entre la que escoger.

Aspirando con fuerza llegó hasta mi cerebro el aroma de rosas procedente de su piel rosada. De repente la chica empezó a llorar y se abrazó a mí como el náufrago a su tabla. Aquello me hizo bien. Comenzaba a sentir el orgullo de mi oficio: un oficio que me permitía comer hasta hartarme, beber vino todos los días y besar de vez en cuando a alguna jovencita perdida en el paisaje de este Paraíso de Ámbar Gris… aunque hay clientes y clientes…

Estaba ya en mi dormitorio, metida en la cama cuando oí unos golpecitos en la puerta. Al abrirla me encontré con la chica que ruborizada me pedía si podía dormir conmigo. ¿Cómo iba a negarme? Se metió directamente en la cama como niña asustada y nos pasamos casi toda la noche hablando. Fue una experiencia maravillosa el haber encontrado una hija. Aquello era realmente el Paraíso de Ámbar Gris:

mi antigua vida se había perdido
para siempre entre las estrellas…
Lejos han quedado las tardes
de Venus en el cielo y su susurro
inclinada sobre Adonis moribundo.

                                                            JOHANN R. BACH


(1)      Nombre popular del caracol "Helix aspersa" bastante más pequeño que el famoso Helix pomatia o Caracol de Bourgogne.
(2)      Crevettes. Pequeñas gambas.
(3)      Pomme mouseline. Puré de patatas.
(4)      Chevalinnes. Carne de caballo en láminas cortadas perpendicularmente a la fibra.
(5)      Ananas. Piña.
(6)      Munster. Queso que no puede, siéndolo, tener la apelación de origen de Camembert.
(7)      Côtes du Rhône. Vino tinto bastante suave de graduación alcohólica inferior a 13 º
(8)      Trou Normande. sorbete de calvados, leche, crema de leche y azúcar fino de repostería.
(9)      Grande Bouffe. Título de la película de 1973 donde se comía hasta reventar. Comilona



10 abr. 2017

Los vecinos no oyen sino su paso


VIUDA DE MARINERO

Cabizbaja parece, enjuta,
casi una anciana aunque anda deprisa, con la mano crispada y sin un color grosero que ose desfigurar su boca y sus ojos.  

Los vecinos no oyen sino su paso
que se aventura, en la noche, torpemente, escaleras abajo, sin mano que la ayude.

Enviudada por segunda vez
de un amoroso marinero se engaña:

Su recuerdo es una voz quebrada
que se la oye mal, aunque se preste oído, le gustaba más su marido –su Ulises particular- de vuelta que en alta mar.

                                                                        Johann R. Bach

5 abr. 2017

El pregón se subió a la Red de Redes


UNA GRIETA en UN paisaje DE CIGÜEÑAS

La mañana estaba en una fase ya avanzada y el sol muy alto
cuando llegamos a nuestro paisaje familiar un antiguo corral del que hacía ya años habían desaparecido los animales de granja.

La tierra soporte de las plantas estaba escarbada.
Todo lo demás seguía en orden, en silencio, El responsable del diminuto desmonte era una gallina que en su corto vuelo había caído en el corral como mosca presa de patas en la miel.

Durante nuestra ausencia
se había alimentado de caracoles y lombrices de tierra a falta de grano del que probablemente estaba acostumbrada. Se preguntó a vecinos y amigos si alguien había perdido una gallina. Nada. Nadie sabía nada. Finalmente el alcalde ordenó un pregón en el que se instaba a quien fuera propietario de la gallina a informarse en el Ayuntamiento.

El pregón se subió a la Red de Redes
y, sorprendentemente, en menos de veinticuatro horas, más de dieciocho mil personas habían visitado el video-audio del pregón sobre el extravío de la gallina quebrándose el paisaje como si por el pueblo hubiera pasado Elton John.

A la mañana siguiente el alcalde -con nuestra ayuda-
acorraló a la gallina, la agarró con alguna dificultad por el cuello y la metió en un saco, quedando así el animal bajo la tutela provisionalmente de La Autoridad.

El resto del fin de semana
transcurrió apaciblemente ante una lluvia persistente que invitaba a no salir de casa y observar como el agua iba regando la parra, el espigado laurel y los rosales recién podados.

Hay que decir que en el muro del Casal del pueblo
crece la viña virgen y los pregones se escuchan como en una novela de Proust cuando se ve bajo el cielo "los campanarios de Martinville" en los que el sonido de las campanas es dorado traducción musical del encanto de la lluvia; y toda su existencia futura ya ha quedado afectada;

y, con la memoria
de aquellos seres queridos de un paisaje aplastado contemplamos a otros seres que sólo son de aquí, de este pueblo; buscando ese oro líquido, su presencia a lo lejos, en el tradicional y vasto paisaje de cigüeñas, almendros y olivos. 

El incidente de la gallina ha significado
sólo una pequeña grieta en un paisaje de cigüeñas.

                                                                        Johann R. Bach

4 abr. 2017

sé que el mar nacerá otra vez


LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ

No me gustaría encontrarme otra vez
con sólo una caña en las manos; en una noche desierta, la luna menguante, oliendo la tierra a la última lluvia.

A veces, aún murmuro entre dientes:
"la memoria duele ahí donde la toques. Hay sólo un cielo pequeño donde no cabemos todos".

Y, sin embargo, sé que el mar nacerá otra vez
y de nuevo la ola acariciará las playas, cerca de nosotros, disponible, regalando su música al viento.

                                                                  Johann R. Bach

1 abr. 2017

el Ángel Montserrat se paseaba por el Ensanche con una lámpara apagada.


UNA IMAGEN INDELEBLE

Le mandé flores por carta.
Aún no existía el Mundo de Internet ni Amazon.

Las letras le llegaron como un ramo de claveles
dos días antes de sus bodes de plata. Hoy vive en Prilly un barrio de Lausana en un ambiente de ascetismo parecido al de Brigitte Bardot.

Siempre me acuerdo de ella cuando visito alguna iglesia:
su cuerpo exhalaba mirra e incienso, sus labios grana me excitaban viéndola besar los pies de algún santo. Yo admiraba embelesado el tacto de nácar de sus dedos sosteniendo el misal y sus rizos azabache acariciaban sus limpias mejillas. Me la imaginaba corriendo por la playa, en su trote los pechos sacudidos, madurados como granadas por el deseo. Tumbada al sol con sus ojos de té me parecía ver bajo el biquini su pubis vitrocerámico.

Recuerdo un día que llovía cuando salíamos de misa:
era aquél un planeta homérico en el que llovía bastante más que en el nuestro. En el quiosco se voceaba la aparición de dos periódicos que nunca leí: "El Noticiero Universal" y "La Prensa": ¡Ciero, la Prensa! ¡Ciero, La Prensa! A mí aquella publicidad me parecía la misma que oía en la playa: ¡Coco, coco, hay coco! ¡Coco, coco, hay coco!

Ajenos a aquellas voces "publicitarias",
en un arrebato de atrevimiento, le dije: "Mira el cielo: cuando se ponga al fin este sol de arco iris, tendrá un solo color y estará todo en calma".

Aquello era la Barcelona gris enajenada de libertad
y como consuelo me aficioné al paisaje urbano a la luz de la luna en el que sólo transitaba por las calles El Vigilante con su bastón y su manojo de llaves.

Sorprendentemente, Ella me escribió después de recibir las flores diciéndome que el Ángel Montserrat se paseaba por el Ensanche con una lámpara apagada.

¿Por la Sagrada Familia?
Le pregunté en la siguiente carta que le debió llegar cuatro días más tarde.

"No, -contestó-, por el Hospital de San Pablo".

Tuve la impresión
de que escribía las cartas para ella no para mí. Aunque… no sé cómo decirlo… la memoria se pone dura bajo esa luz antigua, masa que el sol reseca.

¡Y qué clase de masa!

Una masa origen de las jaquecas del fracaso…
el sentimiento de no haber estado ni entonces ni ahora a su altura. La masa endurecida de mi memoria ha podido enterrar su recuerdo.

He de acostumbrarme a convivir con su imagen.

                                                                           Johann R. Bach

30 mar. 2017

Anida en mi mente la ilusión:


UN SUEÑO… COMO NOSOTROS

He recogido durante años
la almendra y roto su cáscara;
he liberado el fósforo y la trementina
de los pinos frente al mar;

en los golpes de voz,
como las del pastor
dando órdenes a su perro,
la deriva rápida de la nube.

Anida en mi mente la ilusión:

El fuego claro que ardía al atardecer
en la casa que hemos amado,
aquella leña menuda,
aquellas bolas de papel arrugado,

aquel atizador,
aquella súbita llama
casi un relámpago,
un sueño…, como nosotros.

                                        Johann R. Bach

Hilillos de luz y penumbra


La araña del tiempo

Ahora, desatados los vientos del siglo,
ya todo son grises centrifugados
con diminutos puntos amarillos.

Hilillos de luz y penumbra
bajo las patas industriosas
de la araña del tiempo.

Reluce en la escarcha anaranjada
la telaraña, a través del cielo gris
de nuevo, venciendo la ventisca de los días.

                                                 Johann R. Bach

29 mar. 2017

...vuestra ley será mi ley”


ÚLTIMAS NOCHES CON SÓCRATES

Escucho todas las noches
la voz del viejo encerrado en mi misma celda; la oigo caer en el corazón, serena, como sin movimiento:

"Y si me condenáis a beber veneno 
os lo agradeceré; vuestra ley será mi ley".

Miro el mar por el ventanuco
tratando de distinguir entre las sombras blancas de la luna una nave helénica detenida desde hace días en la bahía.

Todas las respuestas del mundo
no serán suficientes para que le perdonen la vida.

                                                                         Johann R. Bach

28 mar. 2017

Silencios amados de la luna


DESPUÉS DE LA TORMENTA DE NIEVE

Atrás ha quedado el Puerto de La Panadella
y sus clapas de nieve,
al final de una tormenta primaveral,
la luna se ha sobrepuesto a las nubes y
las casas frente al mar se han vuelto esmalte.

Silencios amados de la luna.

                                                 Johann R. Bach

27 mar. 2017

Plutarco, Platón, Sófocles, Demócrito, Tales de Mileto... no os hemos olvidado


SABIOS DE ANTIGUAS CIVILIZACIONES

Sólo lo sorprendente satisface plenamente. En general la metáfora es tanto más sorprendente cuanto más alejada esté de su significado.

En ese sentido un libro es mediocre cuando resulta estar lleno de contenidos masticados.

Los textos reaccionarios les parecen obsoletos a los contemporáneos y de una actualidad sorprendente a la posteridad. Escribamos, pues, textos "atribuibles" a sabios de antiguas civilizaciones.

Con ello conseguiremos que cada una de las sucesivas ortodoxias de una ciencia le parezca verdad definitiva al discípulo.

Plutarco, Platón, Sófocles, Demócrito, Tales de Mileto, Eratóstenes, Pitágoras, Sócrates, Aristóteles… amigos… no os hemos olvidado; os releemos de vez en cuando y seguimos soñando con aquellas maravillosas Ofelia, Desdémona, Níobe, … con Venus llorando a Adonis.

                                                                                                     Johann R. Bach


26 mar. 2017

Rechazaba casarse y formar una familia pues no veía en ello una solución a su psiquismo


FRANCIS EL GUIA DE MONTAÑA

Muy distinto a su marido Francis parecía haber brotado
bajo el azar de las calles y como una hierba mezquina peleó para sobrevivir entre las fachadas y la acera mientras los transeúntes no eran para él más que simples sombras.

Él creía que el recuerdo de aquellos tiempos
ya no era más que una voz quebrada.

Francis se volvió poco a poco
en una persona tímida que hacía todo lo posible para rechazar los recuerdos aunque su memoria le traicionaba y que, de vez en cuando,
volvía a alzarse, como un fuego que uno aplasta…

¡Nada importante de este mundo!

Intentó abrirse paso en la vida trabajando aquí y allá… Sin éxito. Finalmente encontró acomodo en las tareas de un camping de alta montaña pues lo que más le encantaba eran los minerales y la observación en el sotobosque el crecimiento de las ortigas y la gayuba.

A veces se detenía en un claro
y sentía –es cierto- que el aire era oprimente, ácido, suntuoso, erótico y triste. Lo soportaba estoicamente gracias a su buen carácter que le exhortaba a valorar la vida en la naturaleza como mal menor.

Era extremadamente correcto
y translúcido en el trato. Daba la sensación por su delgadez de que se había ido desgastando aunque físicamente era de naturaleza resistente. Al igual que uno de esos elegantes galgos que parecen no disponer de espacio en el cuerpo para los órganos vitales, se diría que en su interior carecía de algo que le permitiese llevar una vida animal o emocional. Todo él parecía una superficie pulimentada.

Era en comparación al marido de Flordeneu
un hombre sólido dotado de unos labios gruesos como destinados al más largo beso. Y por supuesto, más moreno, más alto, con los ojos grises y una nariz griega, quizá normanda. Su cabeza era huesuda y angulosa exenta de cualquier adiposidad. Él mismo creía que se iba desgastando con el tiempo, como una antigua cuchara de plata.

Rechazaba casarse y formar una familia
pues no veía en ello una solución a su psiquismo aunque siempre reconoció que sólo escribir entre dos el mundo tendría algún sentido tal y como debió decir a Adán soñador una Eva inquieta. Del Francis niño ya no quedaba más que un brillo que le hace soñar que con la llegada de Flordeneu a su vida despunta el día, que con ella es más sencillo entrar en el futuro llevando para luego un poco de esa fruta madura, por la gracia de la cual el azul se une al verde en la noche de la hierba.

                                                                                                  Johann R. Bach