26 abr. 2014

También las ventanas son ojos sin vida.

LA LOCURA  

                                                            Siempre hay un poco de locura

                                                            en el amor, pero siempre hay

                                                            un poco de razón en la locura.

                                                                                                Nietzsche

Entre el subir la cortina

y la toma de conciencia de un nuevo día le siguen al viejo poeta, cercanos, los párpados preñados,

 

como una llama azul, intensos,

ante el viento inmutables, en la pequeña ensenada mediterránea, soportando los primeros hilos de luz y

 

la visión alucinante

de unos remos sin espuma varados en la fría arena, lisos y brillantes junto a una barca recién llegada.

 

También las ventanas son ojos sin vida.

 

El fogón de la cocina

del piso superior crepitaba bajo la cafetera preparada por la asistenta. En la planta baja el viejo escritor solo estaba:

 

sin esperanza de blancos veleros,

sin nubes, sin gaviotas aún, que la calma del mar quebrantaran, que la del cielo rompieran.

 

De sobrenombre Erasmo

–¿de Rotterdam?-, Ferrán en lo alto de la escalera se detiene:

 

¿Sabe que es otro sueño?

 

(Sí, sí, no pongáis esa cara.

En realidad Erasmo es una persona de origen catalán como lo fue el segundo hijo de Colón).

 

Primero un pie arriba, luego otro,

estremeciéndose como la raíz de mandrágora que oye el chucho buscador de trufa y

 

respira para gritar; para gemir, para gritar.

 

De par en par las puertas

del pasillo se balancean, y hay oscuridad de punta a punta en su trayecto. El pasillo parece alargarse más y más.

 

Pero una de las puertas está cerrada

e impide el paso al anciano personaje. Detrás de ella la más refinada pianista parece blandir un roto collar de tintineantes notas, que de algún modo

 

música femenina es.

 

En el pomo de la puerta

el anciano filósofo coloca su mano, recuerda su libro preferido (El Elogio de la Locura), entre libros y retratos de una familia llena de gloria y a cuestas con el misterio de su mente, se despierta;

 

aspira el aroma del café

que ha preparado la asistenta, intenta ordenar las alegorías producidas en su sueño y se pregunta:

 

¿Tierra y cielo han renunciado

a sus hechicerías de la temporada, a su verborrea sutil? ¿Se han sometido?

 

Ni ésta ni aquél

tienen todavía, aparentemente, proyectos para sí mismos, dicha -o felicidad- para nosotros.

 

Las palabras doradas de la lámpara

despiertan a una rama, una simple rama dentro de un jarrón con agua insulsa, una ramita con brotes y, sin embargo, sin porvenir.

 

La mirada del viejo sabio

se apodera de ella, viaja. Se imagina bajo un cerezo en flor en la isla de Okinawa y confunde las gotas de su sudor con el rocío de la mañana.

 

Luego, ya cabizbajo,

de nuevo, todo languidece, se arma de paciencia, se balancea y sufre.

 

En su interior se pregunta una vez más:

¿qué es lo que lleva a un defensor de la razón a escribir una obra en la que la locura habla en primera persona?

 

Piensa en todo lo que ha escrito,

leído y visto, en la ambición, el orgullo, la vanagloria y el engaño y, considerando que no es momento para meditaciones serias, decide divertirse escribiendo.

 

En su mente hace ya tiempo

ue ensalza la locura (o más bien en la que la locura se ensalza a sí misma).

 

Todo lo que ha visto,

le lleva a pensar que ésta es la fuerza que mueve el mundo. La razón, la cordura, al parecer no lleva a ningún lugar:

 

cuanto más sensata es una persona peor vive,

el cuerdo no emprende a menudo grandes acciones (el miedo al fracaso es un freno),

 

se ensalza la ignorancia o el error,

se admira a quien más incompetente resulta, las ciencias no conducen a la felicidad, la civilización es un castigo.

 

Pero cuando Erasmo afirma todo esto

reconoce también su propio fracaso y el de todo su pensamiento. Tal vez, por eso, el viejo humanista haya optado en este caso por divertirse escribiendo el encomio de la estulticia.

 

El anciano sabio

no puede evitar resistirse a un mundo en el que la insensatez es la madre, el origen, de todo lo que se valora, en el que la incompetencia se premia, la ignorancia proporciona una vida agradable y la sabiduría sólo supone desdicha.

 

¿No es un mundo

sorprendentemente siempre actual?

 

El Imperio de la Tontería –cree el viejo poeta-

se sigue manteniendo hoy, con muchos más matices con muchas nuevas formas.

 

Ése todo que abarca la locura

ha ido colonizando nuevos terrenos conforme lo ha hecho el hombre, tan íntimamente ligado a ella.

 

Moja sus fríos labios con el quemante café.

No quiere despertar o ¿sí quiere? La oscuridad va desplegando su color, azul oscuro a través de los cristales:

 

Ni una nube

que haga la noche más apagada, ni una luna con su mácula deslustrada, sino sólo una estrella aquí y allá, un nítido punto suspendido en la bóveda celeste como una burla de nuestra vida y de todo nuestro minúsculo deseo.

                                                             Johann R. Bach

 

25 abr. 2014

"Pobre poeta -me dijo la gitana-, eres un alma maldita, sin suerte"

Blues en Google para Emilia

 

Cariño,

al leer tu carta siento algo extraño en mi corazón. Es algo contagioso de lo que me tengo que proteger.

 

Es algo parecido

a eso de despertarse con la boca seca; algo que me obliga a ponerme la mano sobre mi pecho.

 

No sé si me amas porque me necesitas…

porque necesitas un médico especial, individual, irrepetible… aunque sea viejo, sin poros en la piel y con los labios adelgazados; o,

 

porque quieres ser la muñeca de alguien

para tener siempre tu dosis de analgésicos, de antidepresivos, tu dosis de seguridad.

 

Das la impresión

–perdóname si soy descortés contigo- que quieres ser la muñeca de alguien para aliviar la angustia de tu pecho

 

siempre que me puedas presentar como un trofeo.

No importa como yo sea, ni siquiera si no soy más que un espejismo. Sólo te importa ser la muñeca de alguien…

 

para tener siempre tu dosis

de opiáceos y anodinos.

 

Lo de tu dosis de sexo

carece de importancia porque para ti la sexualidad no es más que la dosis de sexo que tu creas que, en último extremo necesito.

 

Cuando recibí tu carta

fui a una gitana para que leyera los surcos de mi mano mi futuro, y me dijo:

 

"Pobre poeta, eres un alma maldita, sin suerte"

 

Y tú diciéndome

que quieres ser la muñeca de alguien, para tener siempre tu dosis de opiáceos y anodinos, es decir,

 

para que tengas siempre mi dosis de amor,

dosis de amor que calme en el amanecer tu mal humor y por las noches te muestre como una princesa que me ha tocado en la lotería de Google.

 

Decididamente la gitana tenía razón:

Soy un alma maldita, sin suerte. Perdóname por el mal que te hice al no decirte que yo no soy más que un espejismo con los labios más delgados que la piel del mar.

 

                                                                     Johann R. bach

 

22 abr. 2014

El viejo poeta chino echa una mirada al muro y alucina: ...

LA NOCHE DEL VIEJO POETA CHINO

 

Se despierta el casi anciano poeta.

Bien pasada la medianoche, hacia las tres el sudor y la acidez en la saliva lo sacan de su amodorramiento,

 

Se sienta en el borde de su bajo camastro

y con los brazos apoyados sobre las rodillas respira profundamente para reabsorber el gusto agrio del vino sin digerir aún.

 

La enclaustrada oscuridad

y el sueño al viejo poeta chino le ofrecen sus lotos. No para percibir allí donde todo es feo, corroído por la tuberculosis del tiempo, descorazonador

 

-esto es belleza;

no para desear allí donde la muerte es la única consumación- sabiduría.

 

El viejo sabio tiene calor,

se levanta, se mueve lentamente para no despertar la casa, desliza suavemente la puerta corredera y baja al jardín, se estira sobre la grava y mira a las estrellas,

 

alucina al oír un ligero cric-cric junto a su oreja.

 

Es un caracol que busca

desesperadamente a su amada pues teme el calor del amanecer. Necesita apresurarse para restregarse con ella unas cuatro horas y su escala el mes de junio es el último de su tercera vida.

 

El viejo poeta se levanta,

entra en la casa y vuelve al lugar con una jarra de vino espeso, oxidado en una esquina de la habitación que hace las funciones de dormitorio, escritorio y sala de visitas.

 

La premura le ha acelerado los latidos

y ya no oye el cric-cric de su amigo el Helix aspersa la especie que tiene siete vidas como los gatos,

 

respira hondo sucesivas veces,

al cabo de un rato alucina al oír de nuevo los latidos de aquel mínimo corazón que se mueve entre su hojarasca para participar en la danza del mundo.

 

El poeta descubre junto al muro

otros dos congéneres y… alucina pensando que aquel abrazo puede durar unas cuatro horas, tiempo que en nuestra escala significaría estar copulando siete días –sin sacarla como se dice vulgarmente-...

 

El poeta, con presteza, escribe:

 

"La noche es un inmensurable

y profundo silencio: pronto el amanecer vomitará los fétidos vahos de las cloacas de la ciudad.

 

¡Oh suprema belleza de la noche

que no conoce limitaciones!

 

-las estrellas o los dentados filos

de los dientes de la carcoma. Desesperada, mi mente la ha deseado: nunca mi sangre, cuyo pulso es un ritmo del mundo como el del caracol".

 

Vuelve el poeta su vista hacia el cielo,

 

piensa en el otro extremo,

en la inestable Beatriz musa y gran amor de un tal Dante Alighieri indiferente a los besos como a las matemáticas un mal alumno. Ella también es una mazmorra,

 

no un modo de vida;

 

una mazmorra de Occidente

que, sin duda alguna, eleva a muchas almas hacia la luz, no te da muerte; pero a fin de cuentas lleva al mismo punto.

 

Reflexiona, casi en voz alta,

el viejo sabio chino:

 

¿Cuál es, pues, la medida elemental?

Aceptar el mundo como es, aunque metafóricamente, revelando el caos de la naturaleza con un alma, moldeando transitoriedad con la eternidad.

 

El poeta, llegado a este punto,

bebe tres largos tragos de vino y escribe:

 

"Cuando las flores son pensamientos, y los solitarios sauces llorones fuentes de ambiciosos anhelos; cuando nuestras acciones son el poema del que

 

todas las geografías y arquitecturas

y toda ciencia y todos los trastos viejos son palabras, cuando el blanco voluptuoso de una diosa del amor hace juego con cierto candor del alma;

 

entonces se habrá encontrado,

la permanente y viva belleza.

 

No es –continua escribiendo el poeta- una gema cara

e inasequible; no es una almohadilla perfumada para olerla sólo cuando la gente se hace demasiado pestilentemente insistente.

 

No es un nacimiento de raros oboes,

no visible sólo desde las diez hasta las seis por licencia administrativa con sus tasas correspondientes, ni alguna cosa bien alejada, sino

 

una ética, una forma de creencia y práctica,

de fe y obras en su implicación con los auténticos hilos de la vida".

 

Yo no deseo este pequeño claustro,

mi humilde morada, para los sonrosados monjes que vienen de vez en cuando a visitarme…"

 

El lápiz se detiene en la mano trémula

para echar otros tres buenos tragos de vino antes del amanecer

 

El viejo poeta chino echa una mirada

al muro y alucina: allí siguen aún en su dulce abrazo los caracoles. Piensa en seguir escribiendo, en leer, y

 

cuando el pensar le falle,

sentirse inconmensurablemente más sutilmente, creativo tal vez a ratos.

 

                                                                           Johann R. Bach

 

 

 

21 abr. 2014

Debemos huir del polvo situado en las farmacias

LA BELLEZA DEL VIEJO POETA CHINO

 

Es corto el trayecto del poeta chino;

sale a media mañana de su pequeña casa, pisa con suavidad los pétalos caídos de las flores del cerezo.

 

En su zurrón lleva un mendrugo de pan,

un trozo de queso del que le regaló su nieta hace tres días, un diente de ajo y un pequeño odre de vino tinto.

 

Es corto el paseo que va a dar el poeta.

 

No irá mucho más allá

del puente de madera que cruza el estanque. Al pasar le saludan los peces de colores porque ya saben que a la vuelta les tirará las migajas que se han quedado en el fondo del zurrón.

 

Los privilegiados gorriones

serán los primeros en recoger los minúsculos trozos de pan seco. El viejo poeta no irá mucho más allá del puente de madera.

 

El pan duro para los pájaros

–musita entre dientes-, el vino para mí.

 

Al otro lado del puente

hay una roca que alguien puso allí para que el sabio poeta se sentara a mirar la belleza de las glicinas, a oír el trino de las golondrinas y a

 

confiar en el tiempo,

que es la esencia de la belleza.

 

Al viejo poeta, casi un anciano

no le hizo falta en su juventud estudiar matemáticas para medir su escala en el tiempo.

Después de tres largos tragos de vino,

mira en el estanque la quietud de las aguas en la que flotan los nenúfares y alucina ante las imágenes que se reflejan.

 

Saca de su pecho un cuaderno y escribe:

 

"Vivimos

entre las eternas degeneraciones de las apoteosis. El ocaso se deshace en una tenue nieve gris y en el profundo océano de la medianoche, inmensurable como el olvido y

 

se contrae en el verde charco del amanecer.

 

Las flores se reducen a polvo

con su propio resplandor. En las orillas de los viejos ríos resisten las patéticas cepas de las viñas y los fantasmas de los que ya nos han abandonado se esfuerzan por regresar a la vida…"

 

El viejo poeta repite la dosis de vino

y sigue escribiendo en el reverso de la página:

 

"Los bosques están llenos de olor a lo pasajero…"

 

Titubea el poeta,

mira fijamente la quietud de las aguas del estanque y observa detenidamente una araña de agua que de no moverse será pronto engullida por algún pez de color rojo.

 

Sigue alucinando

tras una tercera ronda de tres largos tragos de vino:

 

"La belleza, pues,

es ese instante de descenso en que la apoteosis inclina sus alas hacia el abismo, instante en que el pez mezclará en su jugo gástrico a esa alegre criatura que no hacía más que tomar el sol junto a los nenúfares.

 

Los límites de la curva

se pierden parabólicamente en algún lugar del infinito. Nuestros ojos sentimentales ven sólo el tramo intermedio de esta degeneración -que los científicos modernos llaman entropía-,

 

sin conocer ni los extremos superiores

ni los inferiores, que algunos han creído encontrar, ángeles primigenios y demonios de exterminio".

 

Alza, el anciano poeta, la vista al cielo;

acaba con los restos de vino y se pregunta:

 

"¿Acaso he dicho yo

que la mortalidad es belleza?"

 

Ha sido una debilidad –escribe-

El sentido del tiempo es un síntoma de anemia del alma, por el que fluye el angélico icor1.

 

Debemos huir del polvo

situado en las farmacias sobre los frascos de porcelana que contienen los venenos medicinales.

                                                                      Johann R. Bach

 

1.        En la antigua cirugía, líquido seroso que rezuman ciertas úlceras malignas, sin hallarse en él los elementos del pus y principalmente sus glóbulos. En la mitología griega este fluido era la sangre de los dioses.

Puse una pequeña porción de sal... en su vida

SIN FLORES ESCASEA LA PRIMAVERA

 

Cuando entré en la casa noté

que mi maletín aumentaba de peso, comencé a sentir en los pies la hinchazón el efecto tan conocido por mí, el fuerte olor del ácido ascórbico se mezclaba con la alta humedad relativa de un día de lluvia.

 

A través de un largo y oscuro pasillo

Luisa me condujo hasta el comedor donde Amelia casi una anciana aguardaba mi visita, sentada en una silla cargada de años.

 

Amelia, casi una sombra,

se confundía con los viejos muebles que, desamparados como ella misma no regalaban precisamente alegría. Llevaba puesto un chal subido hasta las orejas y con un leve movimiento de mano nos saludó.

 

No puede hablar –me aclaró Luisa-

debido a que tiene la lengua muy hinchada. Echando una rápida ojeada al entorno me apercibí del tremendo espacio vacío en las paredes empapeladas con antiguos dibujos arsenicales,

 

la puerta de salida al balcón

daba la sensación de que no se había abierto desde mucho tiempo atrás y de la ausencia de flores en las macetas sujetadas al viejo hierro forjado.

 

Sin más preámbulo acerqué una linterna

al rostro de Amelia y la observé atentamente. Me sorprendieron sus ojos de cuero, llorosos, enormes, con párpados superiores edematosos. Brillaban extrañamente en una cara aniñada limpia de vello bajo sus pequeñas orejas, bajo su barbilla y sobre su enorme labio superior.

 

El labio inferior estaba escindido

en dos por una enorme fisura mediana. El desamor y el resentimiento contra todos y contra todo era evidente y sus lágrimas eran de impotencia, no de dolor físico.

 

No me sorprendió su enorme lengua

sino el oscuro color del azul de metileno. El agresivo tratamiento contra el herpes ubicado en la lengua la había puesto a las puertas de una posible muerte por asfixia.

 

Siendo aún un niño,

mi padre me había enseñado, que un médico si no disponía de medicamentos, los inventaba y empleaba todos sus recursos para fabricarlos.

 

Así que, habiendo deducido

que Amelia necesitaba la sal de la vida, le pregunté a Luisa –la vecina- si no había nadie que pudiera cuidarse de ella. Me respondió que Amelia rechazaba cualquier clase de compañía excepto la un pequeño perro que le prestaba durante el día un vecino de la misma escalera.

 

Puse una pequeña porción de sal

en un vaso de agua removiéndola fuertemente con una cucharilla. Le introduje unas cuantas gotas de aquella agua salada en los pocos intersticios que la lengua dejaba en su boca.

 

A continuación lancé el agua sobrante

y rellené otra vez el vaso sin enjuagar agitando con la cucharilla también mojada de la dilución anterior. Le puse otras cuantas gotas en la boca. Y así repetí la operación hasta siete veces.

 

La inflamación cedió.

Le dije a Luisa que abriera la puerta del balcón, que plantara flores en las macetas y pusiera azúcar mojado en moscatel para atraer a las abejas, porque lo que necesitaba Amelia era otra primavera.

 

                                                                     Johann R. Bach

ángeles como aquellos a los que oí musitarse entre sí ...

LA CAIDA DE LOS ÁNGELES

 

Todo empezó con la caída de los ángeles…

Los continentes emergieron entre unos mares poco salinizados; el agua dulce de la lluvia permitió el brote de helechos entre las rocas y

 

La flor de árnica conquistó las cumbres nevadas,

las margaritas se instalaron a millones en los campos, las caléndulas –auténticos paneles  solares- comenzaron a acumular calor,

 

las abejas inauguraron la primavera:

polinizaban toda clase de flores y sintetizaron la miel del romero, del tilo… y los peces se atrevieron a volar y habitar grandes espacios de aire cálido y

 

transportaron en sus bodegas

semillas de especies lejanas extendiendo la vida; y, de la diversidad, la luz reflejó en los cielos los colores de los mares.

 

Unas criaturas

a las que se les habían atrofiado las alas lo observaban todo. De sus ojos tristes surgió una chispa de entusiasmo mientras sus cejas peinaban la lluvia:

 

Todo empezó con la caída de los ángeles…

 

Tiempos duros habían de venir:

rocas secas en lugar de alimento, el peinar de abuelas y madrastras como consuelo, el cojear de famélicos animales domésticos;

 

tiempos de toses en los sótanos,

dolores de cervicales como símbolo del fracaso; el alejamiento de la hierba del hipérico en el momento del salto a través de la hoguera de San Juan;

 

tiempos en que la traición obligaría

a la muda abnegación del hombre a una conversación de toda la noche, mientras que la mujer había de llevar en los pensamientos leña para la quema de los falos;

 

tiempos, en fin,

en que toda ayuda, para la vida, sería poco:

 

inventaron para ello,

aquellos seres de luz blanca, la música sencilla, los cuentos para niños, el dibujo figurativo, el huecograbado y el arte rupestre, …

 

la poesía para soñar con esperanza

y para la cicatrización de las heridas sufridas en el delicado pecho por las decepciones y los abandonos.

 

Todo empezó con la caída de los ángeles…

 

Pero también ellos bebían vino,

partían el pan y se acostaban con mujeres mortales, y por eso, ebrios, buscamos de nuevo señales en los cielos,

 

entre las estrellas en noches sin luna.

 

Todo empezó con la caída de los ángeles…

ángeles como aquellos a los que oí musitarse entre sí mientras conducían el coche en el que me llevaban hacia las oportunidades de la juventud:

 

"¡Bajito, bajito, no le vayamos a despertar".

 

                                                               Johann R. Bach