3 ago. 2013

Quise contarle a mi hijo mayor la historia de Sinué El Egipcio...

SI TÚ, HIJO MÍO, QUIERES SER MÉDICO

 

Quise, hace ya mucho tiempo,

contarle a mi hijo mayor –años más tarde lo intenté también con los otros- la historia de Sinué El Egipcio:

 

El pequeño Sinué quería ser soldado.

Su padre un modesto médico de un barrio pobre, mostrando entusiasmo, le dijo: el domingo arréglate tu túnica y péinate con aceite de mirra. Te llevaré a ver a un general héroe de muchas batallas.

 

El muchacho contento y feliz

esperó inquieto a que llegara el día señalado para la entrevista, pues según su padre para hablar con tal personaje se debía coger número como en la pescadería.

 

Finalmente llegó el ansiado momento

de conocer al general. Sinué cogido de la mano de su padre se paró ante un personaje enjuto cuya piel se pegaba a sus huesos como la tinta al papel, sin piernas, sentado en una tabla.

 

Tenía una jarra vacía en las manos

y el padre de Sinué le dio unas monedas con las que el hombre pidió a un aguador que le llenara la jarra de cerveza. Una vez hubo bebido el primer trago preguntó qué batalla querían Sinué y su padre que se les contara.

 

Sinué no pudo soportar tanta miseria

e instó a su padre a regresar a casa. Por el camino, después de meditar sobre aquella entrevista dijo con voz algo queda: Creo que será mejor que me haga médico como tú. 

 

Mis hijos no me escucharon.

Demasiado fácil la moraleja para ser eficaz.

 

Ahora, después de cincuenta años

de profesión si algún joven me pidiera consejo sobre la posibilidad de comenzar los estudios de medicina le diría más o menos lo siguiente:

 

¿Quieres ser médico, hijo mío?

 

Es ésta una aspiración

de un alma generosa, de un espíritu ávido de ciencia.

 

¿Deseas que los hombres

te tengan por un dios que alivia sus males y ahuyenta de ellos el temor?

 

¿Has pensado en lo que va a ser tu vida?

 

Tendrás que renunciar a la vida privada:

mientras la mayoría de los ciudadanos pueden, terminada su tarea, aislarse lejos de los inoportunos, tu puerta estará siempre abierta a todos.

 

A toda hora del día

y de la noche vendrán a turbar tu descanso, tus aficiones, tu meditación; ya no tendrás horas que dedicar a tu familia, a la amistad, al estudio. Ya no te pertenecerás.

 

Los pobres -acostumbrados a padecer-,

te llamarán sólo en caso de urgencia. Pero los ricos te tratarán como un esclavo encargado de remediar sus excesos:

 

sea porque tienen una indigestión

o porque se han resfriado, harán que te despierten a toda prisa tan pronto como sientan la menor molestia.

 

Habrás de mostrarte muy interesado

por los detalles más vulgares de su existencia; habrás de decirles si han de comer ternera o pechuga de pollo, si les conviene andar de este modo o del otro cuando salen a pasear.

 

No podrás ir al teatro ni ponerte enfermo: tendrás que estar siempre listo para acudir tan pronto como te llame tu "amo".

 

¿Eras severo en la elección de tus amigos?

¿Buscabas el trato de hombres de talento, de almas delicadas, de ingeniosos conversadores?

 

En adelante, no podrás desechar

a los pesados, a los cortos de inteligencia, a los altaneros, a los despreciables.

 

El malhechor tendrá tanto derecho

a tu asistencia como el hombre honrado: prolongarás vidas nefastas y el secreto de tu profesión te prohibirá impedir o denunciar acciones indignas de las que serás testigo.

 

¿Crees firmemente

que con el trabajo honrado y el estudio atento podrás conquistarte una reputación?

 

Ten presente que te juzgarán,

no por tu ciencia, sino por las casualidades del destino, por el corte de tus uñas y pelo, por la apariencia de tu casa, por el número de tus empleados, por la atención que dediques a las chácharas y a los gustos de tus clientes.

 

Los habrá que desconfíen de ti

si no tienes barba o bigote; otros, si no vienes de Asia; algunos, si crees en los dioses; y muchos otros, si no crees en ellos.

 

¿Te gusta la sencillez?

Tendrás que adoptar la actitud de una persona soberbia que no se acerca a según quien.

 

Si eres activo y sabes lo que vale el tiempo,

no podrás manifestar fastidio ni impaciencia: tendrás que escuchar relatos que arrancan del principio de los tiempos cuando uno quiere explicarte la historia de su estreñimiento.

 

Los ociosos vendrán a verte

por el simple placer de charlar: serás el vertedero de sus nimias vanidades.

 

Aunque la Medicina es ciencia oscura,

que, gracias a los esfuerzos de sus fieles, se va iluminando poco a poco, no te será permitido dudar nunca, so pena de perder tu crédito.

 

Si no afirmas que conoces la naturaleza

de la enfermedad, que posees, para curarla, un remedio que no falla, el vulgo irá a charlatanes que venden la mentira que necesita.

 

No cuentes con el agradecimiento

de tus enfermos. Cuando sanan, la curación se debe a su robustez; si mueren, tú eres quien los ha matado. Mientras están en peligro, te tratan como a un dios: te suplican, te prometen, te colman de halagos.

 

Apenas empiezan a convalecer,

ya les estorbas. Cuando les hablas de pagar los cuidados que les has prodigado, se enfadan y te denigran. Cuanto más egoístas son los hombres, más solicitud exigen.

 

No cuentes con que este oficio

tan duro te haga rico. Te lo aseguro: es un sacerdocio, y no sería decente que te produjera ganancias como las que saca un mecánico, un carpintero o el que se dedica a la política.

 

Te compadezco si te atrae

lo que es hermoso: verás lo más feo y repugnante que hay en la especie humana.

 

Todos tus sentidos serán maltratados.

Habrás de pegar tu oído contra el sudor de pechos sucios, respirar el olor de míseras viviendas, los perfumes harto subidos de las cortesanas;

 

tendrás que palpar tumores,

curar llagas verdes de pus, contemplar orines, escudriñar los esputos, fijar tu mirada y tu olfato en inmundicias, meter el dedo en muchos sitios.

 

Cuántas veces -en un día hermoso y soleado-

al salir de un banquete o de una representación de Sófocles, te llamarán para que vayas a ver a un hombre que, molestado por dolores de vientre, te presentará un orinal nauseabundo con un trozo de mucosa solidificada, diciéndote satisfecho:

 

Gracias a que he tenido la precaución

de no tirarlo. Recuerda entonces que has de agradecerlo y mostrar todo tu interés por aquella deyección.

 

Hasta la belleza misma de las mujeres,

consuelo del hombre, se desvanecerá para ti. Las verás por la mañana, desgreñadas, desencajadas, desprovistas de sus bellos colores, olvidada por los muebles parte de sus atractivos.

 

Dejarán de ser diosas

para convertirse en seres afligidos de miserias sin gracia. Sólo sentirás por ellas compasión.

 

El mundo te parecerá un vasto hospital,

una asamblea de individuos que se quejan. Tu vida transcurrirá a la sombra de la muerte,

 

entre el dolor de los cuerpos y las almas,

viendo unas veces el duelo de quien es destrozado por la pérdida de su padre, y otras la hipocresía que, a la cabecera del agonizante, hace cálculos sobre la herencia.

 

Cuando a costa de muchos esfuerzos

hayas prolongado la existencia de algunos ancianos o de niños débiles y deformes, vendrá una guerra que destruirá lo más sano que hay en la ciudad.

 

Entonces te encargarán que separes

los menos dotados de los más robustos, para salvar a los enclenques y enviar a los fuertes a la muerte.

 

Piénsalo bien mientras estás a tiempo.

Pero si, indiferente a la fortuna, a los placeres, a la ingratitud; si, sabiendo que te verás muchas veces solo entre fieras humanas, tienes el alma lo bastante estoica para satisfacerse con el deber cumplido,

 

si te juzgas suficientemente pagado

con la dicha de una madre que acaba de dar a luz, con una cara que sonríe porque el dolor se ha aliviado, con la paz de un moribundo a quien acompañas hasta el final; si ansías conocer al hombre y penetrar en la trágica grandeza de su destino,

 

entonces:

hazte médico, hijo mío.

 

                                                                                     Johann R. Bach

 

 

 

Dibujé en un taburete de madera la banda de Moebius...

          FILOSOFÍA DE LA PASIÓN

Yo, Tulia Martínez Folch

una desconocida licenciada en Filosofía y Letras, hermana de Sylvia,

me rompí los cuernos corrigiendo galeradas de enciclopedias para ganar algo de dinero.

 

Mientras vivía con mi hermana

y otras tres estudiantes más en el Carrer del Carme, frente a la antigua biblioteca leía y leía para olvidarme del frío que se instalaba en mis tuétanos.

 

Dibujé en aquellos días

en la superficie pulida de un taburete de madera la idea de la banda de Moebius: cada vez que me sentaba en él sentía crecer el vello de mi pubis.

 

Sí, sí. No era lo mismo

que reinventar la sopa de ajo, pero mientras pensaba en eso me frotaba las manos y así combatía el helor que penetraba por unos vidrios más delgados que un plano imaginario.

 

Los problemas clásicos de la filosofía

-el espacio, el tiempo, la muerte…- me importaban un pimiento. Me importaba la amistad, el amor, el sexo, la santidad, pero esas cosas no estaban en el dominio de la facultad.

 

Cuando algo me hacía gracia

mi pecho estallaba de gozo neurasténico y de mi garganta salía una brutal carcajada inevitable, que resonaba en las aulas como un grito de guerra. La mirada de todos parecía censurarme.

 

No quise inventar

otro concepto del ser porque no quise hacer el ridículo como los demás compañeros. Bastante ridícula me sentía ya después de aquellas bestiales carcajadas que se me escapaban de vez en cuando.

 

Esa palabra –el ser-

me parecía dura, incolora e inodora y al oírla mis manos se agitaban incomprensiblemente. Era como una estridente alarma, como el chasquido al pisotear hormigas.

 

Cuando se hablaba de la muerte

yo pensaba en la piedra filosofal y en el derrumbamiento del sol y miraba la expresión de los compañeros. Ni se inmutaban. Nadie lloraría por nosotros como filósofos muertos.

 

Tardé años en comprender

que hiciéramos lo que hiciéramos el espacio no se diluiría ni en agua ni en alcohol; y, el tiempo no se detendría en su enloquecida carrera.

 

Nadie pudo jamás explicarme

por qué la experiencia erótica nos obliga al silencio; por qué nos aleja del resto de la sociedad y nos deja en la soledad.

 

No ocurre así con una experiencia

que es tal vez cercana, la de la santidad que nos aproxima a los demás hombres.

 

¿Es posible amar

sin haber enloquecido previamente? ¿Es posible la santidad sin la locura de renunciar a tus propios deseos? Y finalmente ¿es posible alguna de esas opciones sin apasionamiento?

 

O es la filosofía la suma

de los posibles, en el sentido de una operación sintética, o no es nada.

 

Esa proposición anodina

exenta de apasionamiento de la filosofía oficial de la facultad es propia de una sociedad de ancianos y por lo tanto inadmisible para mí.

 

Por esas razones

y en lo referente al triángulo sagrado

-santidad y amistad, sexo y amor, actividad filosófica-, me vi obligada a declararme autodidacta.

 

No es cierto que los duendes

sólo crecen en el bosque. A mí me visitaban a menudo. Conozco muy bien su olor peculiar y también puedo asegurar que la mayoría de ellos no tiene la barba blanca.

 

Tampoco es cierto

que aparecen de uno en uno. A veces tardan algunas semanas en aparecer, pero a menudo se presentan a puñados.

 

Cuando tocaban a mi puerta

en tropel les daba, para acogerlos como se merecían, una fecha apuntada en un billete de metro. En más de una ocasión atendí a uno por la mañana y otro por la tarde.

 

Muchas compañeras de la facultad

decían que si fuera posible coger un buen puñado de esos juguetones duendecillos, dejarlos secar y colgarlos en los árboles, tal vez tendríamos paz.

 

Es posible que sean –ellas- demasiado exigentes.

                                                                                          Johann R. Bach

 

Desde un cuello ligeramente largo, resbala una catarata de finos cabellos

   PERFIL DE ANÉMONA PULSATILLA

Paciente muy paciente y amorosa

de carácter dulce y manos rosadas, de sus ojos simétricos parecidos a los de una egipcia Diosa del Amor se descuelgan fácilmente las lágrimas cuando una nube cubre el sol y en su radiografía se observan sombras de antigua soledad.

 

La frialdad de las pinzas Kocher

envidia la de unas manos que sin duda algún día fueron al encuentro de otras ardientes.

 

Desde un cuello ligeramente largo,

resbala una catarata de finos cabellos laberinto de brillante maleza, en el que se percibe una mancha escarlata -denominada popularmente deseo-

 

producida por el falaz incendio

de una boca que sin duda algún día fue al encuentro de la suya. A la altura de su máximo perímetro dos fuentes de horas estelares se niegan a olvidar sus abriles.

 

En el resto de su pecho

se transparenta el esqueleto doblado de una estrella fugaz y como en un ganglio calcinado se guarda una fósil respiración de otro ardiente pecho que sin duda algún día descansó en el suyo.

 

Más abajo, en la zona del hipogastrio,

media luna de hierba, pradera de reposo de centauros, se aprecia un desprendimiento de sombras; reinos que nunca pudieron amanecer.

 

En sus carnosos labios

se acumula la tensión el placer y el dolor a pesar de ser hipotensa. Ese cuerpo de diosa egipcia sin duda algún día fue en busca del Centauro Quirón.

                                     Johann R. Bach

 

Miraste en la arena los escombros que dispersó la segunda pleamar

         LA SOLEDAD DEL CIENPIES

Entre la inmensidad y tú

está naciendo el día. Avanzas árbol arriba mientras llega el aire, avanzas hacia su nombre y la luz sobre tus párpados cubre las últimas heridas que no cerraron con el sueño.

 

Ayer algún político envidioso

de tus cien pares de zapatos, decidió reducirte los pies a la mitad; te clavó un arpón cerca del corazón, aprisionó tu dulce paseo.

 

El dolor sacó lo más primitivo de tus entrañas:

 

retorciéndote

como en el baile de la muerte, escupías grasa y alquitrán, tartamudeando, en forma de sílabas que se unían para injuriar. Poco a poco la fatiga te venció, pocas dudas albergaba ya tu soledad,

 

te disponías a ver, por última vez, el mar.

 

Miraste en la arena los escombros

que dispersó la segunda pleamar, piedras de espuma nómada, profundas humedades. Por su cadencia se abrían translúcidos tus cientos de dedos entre la inmensidad y tú.

 

La ola. El mar. La playa en fuga.

 

La persistente flotación de las gaviotas

y el deseo del suave aroma entre los labios de la compañera esperándote en un lecho de hojas frescas cubierto por un manto de estrellas apenas apagadas por el Árbol de la Luz.

 

De repente tu mente se volvió

hacia tu anillo herido. Alguien ordenó retirarte el catéter de tu vena cava; el agua espejeante de sí misma para sortear las horas altas te celebraba y

 

deletreaba tu nombre

exagerando tus activos rebautizándote como Miriápodo, como la vida

en flor de otro lenguaje. El aroma de la compañera aún te llama en la aurora;

 

reanudas tu marcha

con los 98 pares de botas restantes; te está nombrando con la suya.

                                                                                                Johann R. Bach 

 

Cuéntanos cómo se llenan de humo los síes en la boca

   LAS ARRUGAS DEL CIELO

LAS ARRUGAS DEL CIELO

 

Mira Pilar cómo es el Destino:

Es sólo un sendero forestal de montaña…

 

Aunque las nubes se abrieran paso

hasta el conocimiento del cielo y lo iluminaran un instante, sientes que un grave y oscuro pensamiento hace mucho que eligió su soledad.

 

Cuánto fastidia –tú lo sabes bien-

que alguien diga que existes tan sólo en tus poemas, aunque después de pensarlo bien, agradeces a tus fantasmas una vida apasionada, sostenida por versos,

 

por el aire que respiras,

la ropa que te pones y te quitas ante la pantalla del ordenador y escribes junto a un rumor vacío de ascensor y el murmullo del piano del vecino.

 

Recuerda esos años

que tu mente fue el reino de las dudas, de la prisa por llegar al Monte Parnaso, sumergida en tu voz de caracola y te gustaba el bosque como un color al que el cuerpo se entrega

 

como verde y continua esperanza.

 

¡Escribe Pilar!¡Escribe!

En tus frases cortas nada existe desde que te secuestran los veranos y el futbol arrastra masas con más pasión que una encendida religión.

 

¡Describe Pilar!

Describe el cielo arrugado descansando en la hierba del parque, describe bajo las notas del piano de Arvo Pärt el peso de su larga cabellera de nubes;

 

cómo tu cazadora adolescente

brilla más envejecida, reflejando los pocos hilos de luz que logran atravesar el aire pintado de gris oscuro.

 

¡Escribe Pilar!¡Escribe!

Cuéntanos cómo se llenan de humo los síes en la boca, cómo los abrazos matan el malhumor, cómo la vida trepa por los árboles y los ascensores;
 
cómo invade la vida
con sus dedos geografías

que creían ser, por arrugadas, inhóspitas.

                                                                                       Johann R. Bach

 

Cuando la luz del sol se solapa con el sonido del eco...

    ENTRE OBRAS DE ARTE

 

Tuve ocasión de observar

a Marta Guillamón cómo iba y venía airosamente lejana, entre inciertas imágenes inertes de antigua y cansada belleza en El Louvre ya oscuro,

 

cuando la luz del sol se solapa

con el sonido del eco y resbala en los grandes ventanales; afuera llueve chispeando y retumba el viento delicadamente.

 

Vi cómo sus ojos se elevaban

hacía la cúspide de la pirámide transparente como si en su imaginación el sol y las estrellas que flotan en el aire libre le pidieran entrar también en el museo.

 

Leí las palabras que escribió

en su cuaderno azul el de los poemas celestes:

 

"La tierra de forma de níspero

–según John Glenn el primer astronauta americano que orbitó sobre la tierra- y nosotros sobre ella, su rumbo, es sin duda grandioso,

 

no sé cuál sea,

sólo sé que es grandioso y que es felicidad, y que el designio que envuelve todas estas imágenes aquí no es una especulación".

 

"Según los astrónomos

este níspero cargado de obras de arte viaja hacia un punto en el firmamento denominado Ápex y este viaje mismo no es algo que pueda ser retrasado en una contingencia".

 

"Todos estos siglos de arte

viajan con sus reliquias hacia ese punto al cual se dirige el sol a una velocidad de vértigo -14 km por segundo-,

 

con todas estas joyas bien protegidas

por expertos paleólogos y sujetadas con nudos marinos como una delicada carga en las bodegas de un avión".

 

Tuve ocasión de observar

a Marta Guillamón cómo iba y venía en el incesante laberinto de los pasadizos, entre inciertas imágenes inertes de antigua y cansada belleza en El Louvre ya oscuro.

 

                                                                                Johann R. Bach

 

 

2 ago. 2013

...una noche con un recuerdo empapado de sudor de bailarina

     TORMENTA DE VERANO

 

Frente al Lago de los Sueños

una tormenta de verano entra en escena precipitadamente, obliga a la gente a dejar las flores bajo la lluvia, que destruye

 

el afelpado dibujo hecho en la arena

por un niño con los dedos.

 

Más tarde aparece una noche

con un recuerdo

empapado de sudor de bailarina;

 

una noche bajo la cual

con la agrietada luz de la luna cuece porcelana el poeta que envejece.

 

Solitario y afligido como está,

removido por un texto irónico debajo de las notas del pulso, busca un rayo igualmente solitario que rehúya los cementerios del pésame a quien los vivos asustan.

 

Una noche como las muchas que avanzan

como si la tristeza pespunteara con presentimientos los blancos trajes de nadie…

 

Y, sin embargo, existe la posibilidad

de que ningún mal presagio se nos venga encima como una tormenta de verano.

                                                                                    Johann R. Bach

No le quedó más remedio que emprender la Senda de los Fracasos

De nombre OROFERNES ACTUAL

 

Este que aquí sobre algunos bieuros1 veis,

cuyo agraciado y fino rostro no sonríe aunque lo parezca, es Orofernes Actual, hijo del que fuera Conde de los Granados.

 

Cuando era niño aún,

del palacio paterno lo expulsaron. Lo enviaron a Roma su ciudad natal, para que allí creciese en el olvido entre gentes extrañas.

 

Sin temor, igual que un griego auténtico,

tuvo la plenitud del placer de la Noche Romana. Siempre en su corazón latino, más griego en los modales y en la lengua ceceante,

 

ornado de turquesas falsas,

como un helénico vestido, ungido con esencia de lavanda, entre la hermosa juventud de la Ciudad Eterna, el más bello era él, el del busto más perfecto.

 

Cuando los sublevados

limpiaron de pretendientes el camino hacia el trono y le hicieron rey, lanzóse sobre esta realeza para gozar de un modo nuevo cada día, reunir euros, dólares, oro, marfil y plata rapazmente

 

y contemplar envanecido

el orgullo de los elefantes yaciendo a sus pies. De la marcha del país o de su influencia sobre los negocios de sus familiares lo ignoraba todo.

 

Sus súbditos han comenzado

a explicar chistes públicamente que antaño estaban prohibidos so pena de ser acusados, los humoristas que así lo hicieran, del delito de Lesa Majestad.

 

Presionado por la prensa y sus ministros,

pidió perdón con la promesa de no volver a matar elefantes; abandonó por algún tiempo la embriaguez y la lascivia

 

y aún aturdido y con torpeza urdió

algunas intrigas, intentó vagos actos, concibió ciertos planes para salvar a sus familiares de las fauces de una Ciega Justicia.

 

No le quedó más remedio

que emprender la Senda de los Fracasos por la que a cada paso va dejando un lastre de miseria moral.

 

Algún poeta narrará en el futuro

los detalles de su aniquilación o quizá la historia lo desdeñe por insignificante.

 

Habrá que esperar

aún algún tiempo para conocer con exactitud la "crónica de un destino anunciado": quizá el mismo que su efigie en las monedas.

 

                                                                                     Johann R. Bach

 

(1)     Bieuro: moneda de dos euros

 

LOS OJOS CLAVADOS EN EL FUTURO

         CUMPLEAÑOS (II)

 

Parece increíble,

pero puedes mirar atrás y ver sesenta años. Y allí, al final de la mirada -a cada año un metro de distancia-, un ser humano ya completamente reconocible, las manos apretando los puños al dormir,

 

los ojos clavados en el futuro

 

con la mezcla de terror

y desesperanza de alguien que sabe de su próxima aniquilación.

 

Completamente familiar

aunque todavía, por supuesto, muy joven has vuelto a ir al cine y a oscuras has vivido cómo dos manos se buscan entre sí.

 

Mirando ciegamente hacia adelante,

con la expresión de alguien que clava los ojos en la más completa oscuridad recuerdas con cariño a aquella niña que no acababa de encajar:

 

la imperfecta

para quien el recreo era un suplicio.

 

En tu opinión, no cumples con la definición

de niña, una persona que puede esperarlo todo del futuro y, sin embargo, los otros te van mirando sorprendidos, constantemente amistosos, con la cámara, mientras dices "Lluiiiiiiis";

 

muchos de ellos sonríen

realmente con verdadera convicción, y acuden a tu memoria todos esos años plagados de inseguridades, de sueños bonitos, de disgusto por ti misma, y, también inundada

 

de desprecio hacia lo común y corriente;

 

eternamente relegada a la soledad,

dominada por lo trágico, donde la inmensa voluntad de vivir sólo era algo a rechazar te ha sorprendido aprender a los 60

 

con qué se llena una vida vacía

 

                                                                                  Johann R. Bach