30 abr. 2016

Cada alma busca un atajo para tapar su sombra,

   
UN PAISAJE PARA CADA SOLEDAD

Sabes que, a veces, el tierno amor escoge sus lugares y cada pasión tiene un rincón, un modo diferente de abrazarse ante una pantalla de TV, o de apagar las luces. Sabes que hay espacios declarados de interés especial bastante más tarde de ser recorrido por tus pasos como gozoso paseo.

Sabes que hay el recuerdo de un beso en cada portal y ascensores que hubieran deseado quedarse quietos, sin electricidad, observando la escena, miles de escaleras llenas de pequeños paréntesis en cada rellano. Cada ilusión tiene formas distintas de incendiar corazones o pronunciarlos nombres al coger el teléfono.

Cada alma busca un atajo para tapar su sombra, desnuda, con las sábanas cuando suena el despertador. Hay una fecha en cada esquina, junto a un árbol de cada calle, un rencor deseable, un arrepentimiento, a medias en el cuerpo.

Cada amor tiene números o letras diferentes para escribir: "volveré a las 23.30 horas" como una invitación a una larga noche bajo la música de una lluvia torrencial. Como el primer cigarrillo, los primeros abrazos también escogieron su taberna y se ampararon en los decorados públicos de Las Ramblas.

Así cada escena marginal donde las fiestas juntan la soledad, la música y el deseo, se viste con sus mejores flores y galas, casi siempre precipitadamente, con retraso, y no en la oscuridad, sino en esas horas en que cada tiempo de dudas necesita un paisaje.

                                                                 Johann R. Bach

29 abr. 2016

los paisajes de sus recuerdos de niña en los que se confundían colores como “castaño” y “avellana”.


EN LOS PIRINEOS

Embutí, a última hora, como siempre,
en mi bolsa de viaje un pijama dos libros y dos leotardos –uno azul y otro negro- y después de besar a Clementine bajé a la carrera las escaleras. Cassia me esperaba nerviosa aunque contenta, sentada al volante de la furgoneta cargada de huéspedes y de ilusiones.

Partimos hacia el sur de Francia
y se podría decir que la combinación de todos nosotros era explosiva, pero no fue el caso, más bien casi nadie abrió la boca durante el viaje, en las ocho o nueve horas de carretera hacia Las Cabanas. Niko leía una novela mientras que Laia y el resto escuchaban la música de la radio. Las cervezas que continuamente íbamos consumiendo servían con su aroma el efecto organoléptico suficiente para que los olores corporales exacerbados por la calefacción del vehículo quedasen completamente camuflados.

Cuan viajas mucho, basta con mirar el paisaje, desde las ventanillas, para ver cómo el país va cambiando de fisonomía. Llegamos a Las Cabanas bajo un cielo oscuro y amenazador, a través de una niebla densa, hasta que llegamos a media tarde, a una pensión, un edificio rojizo que como diría un trovador, "también fue nuestra posada". Descendimos del coche en medio de un frío paralizante, menos mal que la "posadera", una señora pelirroja y rubicunda, llena de vida, abrió la puerta y nos invitó a entrar.

Aquel no era uno de esos hoteles impersonales,
sino que parecía una casa de gente acomodada, tan atestado de toda clase de tapetes y ornamentos que casi no había sitio para sentarse. Las habitaciones de los huéspedes eran tan tentadoras y tan frescas, con su mobiliario antiguo y sus sábanas de Holanda, que no apetecía salir de allí por nada del mundo.

Pero la verdadera revelación
la tuvimos al día siguiente, al alba, cuando nos despertamos en la luz deslumbrante de la mañana y bajamos al salón a tomar el café y los dulces. Por la ventana se veía un paisaje increíble: un jardín con cipreses como sólo había visto en Setcases, y al fondo, una cadena de montes en el horizonte, límpidos y polifacéticos, cubiertos de nieve. "Los Pirineos", nos dice la dueña del hotelito con una especie de orgullo.

Cassia estaba especialmente emocionada
pues esos montes formaban parte de la geografía imaginaria algo distintos de los paisajes de sus recuerdos de niña en los que se confundían colores como "castaño" y "avellana"con los propios nombres de Los Pirineos. El café de aquella mañana y la conversación con la señora pelirroja, llena de buena voluntad para con aquellos "parigots tête de veau" de adopción que habían caído en su pensión, todo se mezclaba con ese nombre tan fascinante, los Pirineos.

                                                       (de la novela "Dibujos y Paisajes de Cassia")
                                                                                  Johann R. Bach

Leía poesía todas las tardes en su habitación


EL mecánico AJUSTADOR

El mundo de Niko era un mundo miniaturista.
Vivía entre espacios creados por él mismo en los que la tolerancia en las distancias era milimétrica y a menudo ciertas piezas mecánicas se ajustaban hasta la centésima parte de un milímetro.

Los problemas técnicos que debía resolver
se basaban casi exclusivamente en crear espacios rellenables en moldes de acero templado preparados para reproducir miles de piezas de aleaciones ligeras previamente fundidas.

Él denominaba al taller donde trabajaba
"el Pequeño Infierno" pues los hornos donde se fundían los metales –cinc, aluminio…- estaban permanentemente a temperaturas que oscilaban entre los 380 y los 450 grados centígrados. Las máquinas no podían ser refrigeradas y el calor en la nave producía sudoración y deshidratación continua. Lo único que Niko apreciaba de aquel ambiente era el olor a café tostado producto de los gases que se desprendían del cinc.

La ducha laodicea (tibia)
al acabar la jornada era el premio a su trabajo. Cuando Niko llegaba a casa, aseado, bien peinado, oliendo a colonia de lavanda, nadie diría que trabajaba en un lugar sucio y horrible calificable de "pequeño infierno". Era escrupuloso, ordenado en sus cosas, poco hablador e introvertido. En su cara destacaba una nariz recta, una boca algo desproporcionada rodeada de unos labios gruesos rojos. En su frente se apuntaban tres arrugas horizontales propias de personas preocuponas y más arriba un pelo crespo y rizado formando una auténtica cabeza de escarola. Solamente en sus gruesas cejas aparecía una abundante e inquietante caspa blanquecina.

Leía poesía todas las tardes
en su habitación para librarse de aquel mundo de tubos de cobre, moldes de acero, noyos, agujas extractoras. No cerraba la puerta que daba al pasillo cerca de la puerta de entrada hasta hora muy avanzaba. Se sumergía en la poesía y en el ensueño con la finalidad de conocerse a sí mismo, pero fuera del mundo de los pequeños moldes rellenables por inyección a presión a través de un conducto de tránsito dinámico con forma de cuello de cisne (goose neck). Buscaba una esfera, un espacio donde descubrir la flor del espíritu. A juzgar por su sonrisa, Cassia mantenía la creencia que aquella casa de huéspedes era precisamente el lugar adecuado para Niko puesto que era de esas personas que, al igual que un caballo, no pueden estar solas.

Cuando con ocasión de una avería en los motores del ascensor una vecina le decía al resto del corrillo de vecinos  

¿Cómo vas a encontrar entre nosotros a
algún mecánico competente?

Otra vecina respondió, casi con enfado,
a esa pregunta con las siguientes palabras:

Queda sólo uno,
pero es un pobre soñador de sueños…

                                                   (de la novela "Dibujos y paisajes de Cassia")
                                                                                 Johann R. Bach

28 abr. 2016

Las pestañas largas y tímidas inclinadas sobre las letras;


EL CABELLO PLATINO DE CLEMENTINE

Caían ya las sombras grises del cielo de París
y la lluvia no cesaba su repiqueteo sobre los vidrios de la sala de estar. Clementine leía, Laia calculaba estructura y Cassia dibujaba mientras que Antoine y yo las observábamos en silencio como si quisiéramos oír la lluvia como música de fondo.

Entre todos nosotros
se levantaba el aura de Clementine que por momentos su rostro se encendía. Las pestañas largas y tímidas inclinadas sobre las letras; la mano izquierda, con un anillo rojo en su anular, posada sobre las rodillas, y el dedo índice de la mano derecha siguiendo los renglones.

Cascadas de cabello de brillante platino
se derramaban sobre su pecho… El moño que normalmente lucía durante el día había desaparecido… Clementine no buscaba entre las hojas de aquel libro la árida filosofía ni la política encarnizada que retiene en cárceles a los exaltados y a los temerarios, sino el amor verdadero que, como las rosas prensadas entre las páginas, no muere jamás.

                                                     (de la novela "Dibujos y Paisajes de Cassia")
                                                                                 Johann R. Bach

27 abr. 2016

Donde escribíamos “pechos virginales” se nos exhortaba a decir “promontorios rotundos”.


CONCESIONES SURREALISTAS

Hubo un tiempo que la censura nos obligaba a:

En lugar de la palabra cárcel nos "aconsejaba" definir ese espacio como la "Mina de Sal", contrariando así a los presos que preferían el término de "hotel".

Donde escribíamos "pechos virginales" se nos exhortaba a decir "promontorios rotundos".

En lugar de "intoxicación por plomo de los linotipistas" nos indicaban que era mejor referirse a la embriaguez de Minerva.

Y la "cadera redondeada de una mujer" quizá fuera mejor decir "el apoyo de la jarra de vino de la vestal".

La misma censura nos aconsejaba que al nombrarla lo hiciéramos con la palabra eufemística "Tripanosoma".

Y en caso de tener problemas con las autoridades se nos aconsejaba acudir al cuñado antes que a un abogado. De ahí la máxima que ha dado la vuelta al mundo: "El hombre es un cuñado para el hombre".

…………………….   …………………….   …………………..   …………………….    ………

Tan sólo hacía un año
que Laia había terminado sus estudios de arquitectura y aún estaba embriagada de grandes proyectos, de cálculos matemáticos complicados, de planos, croquis, estudios de detalle… cuando, inesperadamente, le surgió un trabajo.

Llegó a casa llorando. Nunca había imaginado que su primer trabajo iba a consistir en la remodelación de un pequeño jardín situado en el interior de una manzana de casas. Cuando hizo la visita se encontró con un espacio lleno de puertas, ventanas, vigas y ladrillos viejos amontonados en las paredes, bajo a las ventanas de las viviendas de las plantas bajas.

La mitad del jardín estaba acotado por una tupida malla alámbrica a modo de una gigantesca jaula en la que se hallaban encerrados cientos de gatos esperando su liberación. Casi no había espacio para la hierba sobre la cual descansaban papeles arrugados y botellas de plástico, denominadas eufemísticamente como “res derelicta” (es decir: cosas abandonadas, sin dueño).

Sólo de pensar que había gente que recogía gatos de las asociaciones protectoras de animales, que luego los desparasitaban y vacunaban para su posterior venta, ya le venían ganas de vomitar. Y ¿qué decir de toda la basura acumulada durante meses, quizá años, en aquel pequeño reducto? Cassia al verla tan desolada no pudo evitar un sentimiento de solidaridad y de empatía hacia aquella joven promesa. Vamos –le dijo- llévame a ese lugar, haremos unas fotos y nos pondremos manos a la obra con ese encargo de rehabilitación de un espacio urbano.

Siempre hay que hacer concesiones al aceptar un trabajo.
Ésa es la parte oscura de nuestro mundo.

                                                         (de la novela "Dibujos y Paisajes de Cassia")
                                                                                  Johann R. Bach

L'Àngel Montserrat. Felicitaciones a los/las Montserrats


EL ÁNGEL MONTSERRAT

El 27 de abril ha sido siempre un día sagrado para Cassia.
Recuerdo que en esa fecha, justo el día del primer aniversario de nuestro traslado al apartamento de Clementine.

Después de un año
de haber vivido en aquella pequeña mansión Cassia había transformado la casa en una romántica pensión y para celebrarlo preparó una cena a la que acudimos todos. Clementine estaba exultante y con el aspecto radiante del que se ha sacado de encima quince años. A partir de aquel día se hizo devota, al igual que Cassia, del Ángel Montserrat.

Éramos nueve a la mesa
y todo discurrió, a pesar de la abundancia del tinto "Côtes de Rhône", con moderada alegría: Cassia había convertido en tan sólo un año un apartamento decadente y triste en una casa de huéspedes en la que todos, respetaban la intimidad de los demás como único precepto de aquella sencilla comunidad.

Realmente no teníamos que ir a Montmartre
o al Sacré-Coeur para tener París a nuestros pies. París –según Cassia- como antesala del Mundo del Ápex no es una acumulación de edificios sino un estado del espíritu que se percibe en todas partes, en el aire, en los copos de nieve, en el conocido paisaje de edificios coronados con tejados originarios de verdoso cinc oxidado. Es la única ciudad del mundo –afirma Cassia cada vez que tiene ocasión de hacerlo- en la que, al cabo de media hora, te sientes un vecino más.

Así pues, los ocho huéspedes de Clementine
éramos ya unos parisinos de pura cepa (a pesar de que ninguno de nosotros había nacido en Francia) cuando llegamos al Beaubourg, al Centro Georges Pompidou. Cuando trepábamos por sus tubos transparentes hasta llegar al último piso sentíamos la satisfacción de ver a través de unas escotillas futuristas un paisaje que sólo en sueños se puede manifestar.

París era para nosotros
una ciudad fundamental para nuestra mente como la intuición del espacio y el tiempo, tan ilusoria como ambos, que se extiende, compacta y leve al mismo tiempo, como una especie de tarta diáfana, en todas las direcciones, con extrañas singularidades aquí y allá que sobresalen de la calina de los bloques y de las ramas de los plátanos: la cúpula dorada de los Inválidos, la forma de nave espacial a punto de despegar bajo las órdenes de un comandante excepcional como es el Ángel Montserrat.

                                                                (de la novela "Dibujos y Paisajes de Cassia")
                                                                                           Johann R. Bach


26 abr. 2016

La vida... un pequeño fajo de acumuladas infelicidades


JUNTO A CASSIA

Junto a Cassia
todo adquiere significado.

Cuando oí decir a Clementine
que se había sentido durante años, en la soledad de la casa como náufraga en su propio mar y que no había sido durante mucho tiempo más que un pequeño fajo de acumuladas infelicidades soportadas estoicamente a lo largo de que ella llamaba vida,

me hizo pensar que quizá
un día claro de sueños y de fuego
nos podría devolver
al lugar de donde vinimos.

Sin embargo, junto a Cassia,
junto a sus dibujos de rostros y paisajes,
todo adquiere significado por más que
una gran niebla envuelva los sentidos.

Junto a Cassia
todo adquiere significado.

Junto a Cassia se hacía fácil comprender cómo la humanidad fatigada se agita triste en su sueño. La beoda sueña que es santa, Cervantes fue el sueño de Sancho Panza. El “Sin Techo” domina ahora decenas de países, mientras que muchos políticos sobre todo autoritarios buscan sus coronas de laurel en la ciénaga.

Cassia insistía, a menudo, en hacernos partícipes de su ruego:

Ángel Montserrat señor de los sueños del Mundo del Ápex posa tu dedo en el pesado diamante que todos tenemos bajo la meninge, llénalo de visiones como la copa de un vino de Côtes du Rhône, haz que la eternidad nos parezca no sólo un instante, sino toda una serie de instantes eternos.

Ángel Montserrat señor de los sueños del Mundo del Ápex, haz que seamos eternos e indestructibles, haz que brillemos como soles sobre abismos y profundidades. Haz que nuestro sueño ensombrezca con tu luz nuestra extraña epopeya aquí en París, hincha su delicada vela con el invisible soplo de la Ensoñación de los ángeles hoy aún desconocidos, de la Fantasía de los Bosques Sagrados;

Haz que el lánguido serafín no vuelva a arrastrar sus alas por los contenedores de basura y el asfalto de alquitrán territorio de diablos envidiosos, sino que anuncie el futuro escrito en el polvo estelar.

                                                    (de la novela "Dibujos y paisajes de Cassia")
                                                                             Johann R. Bach

El suelo, si es posible, lo desearía de cerámica antigua color mangra


LAIA LA ARQUITECTA

Hablándole a Laia, arquitecta dulce y comprensiva,
con una carpeta llena de dibujos entre las manos, Cassia va y le dice que quiere una casa que tenga espacio donde leer y remover libros, donde prosas y poemas se encuentren tan a gusto como ella dibujando.

Le gustaría –insiste machaconamente en ello-
que los techos tuvieran altura para que pudieran volar todos los pájaros que están en su cabeza y los ficus que crezcan junto a los grandes ventanales puedan alcanzar una altura, por ejemplo, de cinco metros.

El suelo, si es posible,
lo desearía de cerámica antigua color mangra y en el centro de la casa la luz cenital resbalase como la lluvia regando la lavanda y el romero de un pequeño jardín.

Las ventanas podrían ser enteras (puertas)
por donde además de la luz pudieran pasar las personas, un par de dálmatas, un gato e incluso una tortuga.

Laia, sin dejar de sonreír,
le dice a Cassia que ya afina el lápiz. Parece que por un proyecto de esas características no se va a disgustar.

Porque toda felicidad
que de siempre ha hecho temblar los corazones, toda grandeza que a punto está de destruirnos tan sólo por el atrevimiento de haberla pensado; cada uno de los amplios pensamientos que se transforman…

hay un instante
en que no eran más que un encogimiento de labios, la elevación de unas cejas, zonas sombreadas en la frente; y ese trecho alrededor de los labios, esa línea sobre los párpados, esa oscuridad en un rostro…, quizá ya existieran en la arquitectura de la cara de Laia exactamente igual:

como un dibujo en la piel de una diosa, como en el surco de una roca frente al mar, como la huella de un gorrión sobre un fruto…

Cassia prepara también en la mente su propio proyecto: Un dibujo al carboncillo del bello rostro de Laia.

                                                                              Johann R. Bach

El ciclotrón abandonado de aquel pueblo se hallaba invadido por los chinches.


SEGUNDO DÍA DE FIEBRE

La fiebre no cedía en el segundo día. La ascitis iba en aumento. Ya no eran solamente los gases los que inflaban mi vientre, sino que los líquidos se iban acumulando también en los huecos de mi abdomen. De vez en cuando comprobaba que Clara estaba a mi lado como la más fiel de las amigas. Su marido debía estar enojado en la soledad de su camastro del semisótano.

Volví a cerrar los ojos y me encontré de nuevo de la mano de Clara viendo un alambique que se extendía a lo largo de kilómetros enteros, un bosque de tubos parecido al del Centre Pompidou de París que destilaba una gota de calvados.

Vimos a un viejo decapitar una langosta que la pleamar había arrojado a sus manos junto al Mont Saint Michel; también a un guitarrista al que había mordido un lagarto. Vimos a una mosca que luchaba con una araña y a un enfermo que sonreía a una mariposa. Clara y yo seguíamos viendo alucinadas como el mundo entero pasaba ante nuestros ojos:

Vimos a un hombre perdido en una fábrica intentando deshacer una especie de nudo gordiano hecho con cable de cobre robado de una catenaria de ferrocarril y a un sabio atado a una carretilla despojado de sus sandalias y a un lobo suspirando con tristeza escondido en un monte gallego.

La mano de Clara pasando por mi frente me despertó y me alegré de que mi sudor hubiera disminuido. Agradecí sus atenciones con un abrir y cerrar de ojos y volvía a mis ensoñaciones. En aquella nueva alucinación vi, a una joven que se entregaba en una panadería de pueblo al carpintero mientras en la pared blanqueada por la harina se proyectaba una película de espías al revés y un disco antiguo de vinilo sobre el cual se paseaba una mariquita.

El ciclotrón abandonado de aquel pueblo se hallaba invadido por los chinches. En mitad del acogedor viejo camino que llevaba al lago dormitaba un sombrero con la pluma pelada. Más abajo un montón de termonucleares y en un taller de marroquinería especializado en curtir piel de araña un adolescente se enfrentaba a sus padres.

El termómetro debió detenerse en algún nivel alto pues la fiebre me hizo ver cómo Clara protestaba mientras observábamos impotentes a un pueblo del norte humillando a otros pueblos del sur, un ejército de prisioneros arrastrando una locomotora y una punta de lanza dibujando un girasol.

No puedo pasar por alto la angustia que sentí al ver a un tirano tirando de la cadena en su trono mientras una oleada de sangre barría municipios enteros en los que sólo resistían un mequetrefe vomitando diamantes un auténtico ministro de hacienda, un cadáver al que la muerte le sorprendió en pie junto a una farola y un doctor que, no pudiendo huir de tantos heridos a los que curar, sacándose los ojos.                                                                                                               
                                                                             Johann R. Bach

25 abr. 2016

Mientras dibujaba Cassia hablaba poco,


CLEMENTINE POSÓ PARA CASSIA

Clementine estaba encantada de posar para Cassia.
Era como si de repente toda la atención que la vida le había denegado se le presentaba ahora a raudales. Se sentía observada hasta en sus mínimos detalles y... también admirada... como una diosa que se posaba sobre la tierra para que la dibujaran.

Cassia sospechaba
que tras los movimientos insignificantes que hacía Clementine mientras hacía de modelo cuando creía que no era observada, tomados al vuelo, podían contener una fuerza expresiva inimaginable, porque no estábamos acostumbradas a acompañarlos de una atención tensa y activa.

Sin perder de vista
el modelo excepcional de Clementine y abandonando el papel a su mano experimentada y rápida, Cassia dibujaba un buen puñado de gestos nunca vistos en su rostro (siempre desapercibidos) y que resultaban ser de una fuerza expresiva inmensa.

Mientras dibujaba Cassia hablaba poco, pero de vez en cuando para no aburrir a Clementine hacía preguntas de esas que llamamos sociales. A qué se dedicaba usted de joven? Ella contestaba como sin dar importancia a la cosa: "Escribía novelas".

¡No me diga! –exclamaba Cassia sorprendida-
y ¿sobre qué escribía? Sobre… -parecía meditar la respuesta- cosas que pasaban en un colegio de ricos. ¿Fue usted –preguntó Cassia cada vez más intrigada- a una escuela de ricos? No. Pero había leído –dijo sonriendo Clementine- mucho sobre el tema. ¡Ah! ¿Y sobre otros temas? También escribí sobre sexo duro… También había leído mucho sobre eso…

Esta vez las sonrisas estallaron en verdaderas carcajadas.

                                                                                      Johann R. Bach

Me miro ahora la mano que sostiene el bolígrafo


LA AVERSIÓN AL TABACO DE LOS LAGARTOS

Muchas veces he intentado escribir un diario en el que volcar todos los apuntes de aquellos sueños de mi vida, coloridos y extraños, en absoluto psicoanalizables, más bien una especie de cuentos de hadas, una especie de Jardines Paradisíacos situados en este rincón del Ápex en el que me ha tocado vivir.

Creo que la riqueza de luz y colores de mis sueños provenía del hecho de que dormía con los ojos abiertos de par en par, como no he visto dormir a nadie más. Y no culpo a aquellos que huían de mí, porque contemplarme mientras dormía podía ser espeluznante, como velar a una muerta.

No pretendo explicarte en este escrito por qué tuve aquella aventura tan extraña con Pablito un asunto inexplicable como todo lo natural. Tampoco quiero aburrirte explicándote cómo, finalmente, encontré al Hombre de mis Sueños. Pienso tan sólo en convocar a mi pasado, una serie de imágenes que sustituyan el caos en el que me he movido siempre.

Ahora, desde que ellos, pobres viejecillos abrumados por la preocupación, notaron algo raro en mí (queda casi ya en el olvido aquella historia de cubrir los espejos para impedir que yo viera mi pequeñez y otras más), desde que ejercité mis atipladas cuerdas vocales, permanece el recuerdo de algunas tardes doradas, nostálgicas, en las que, al otro lado del permanente muro de ladrillo rojo, no se oía nada más que el crujido de algunas hojas al sol y la cantinela de los lagartos que sólo un oído con hiperacusia como el mío podía escuchar.

Como en antes, permanezco demasiadas horas en la cama y sobre la silla de ruedas, confundida por la soledad y la emoción, y a mi mente vienen, dolorosos, desgarradores, fragmentos de recuerdos muy antiguos, desde la más lejana infancia.

He pensado en anotar alguno de esos relámpagos violetas, de esas luminarias puntiformes que siento mientras, con la cabeza hundida en la almohada, contemplo las rayas gruesas doradas, de la pared opuesta a mi cama y las flores de la cretona de las cortinas. Pero no al modo cervantino, demasiado esteta para lo que yo puedo pretender. Por lo demás, el discurso de El Quijote me resulta, lo quiera o no, familiar antes incluso de saber quién era el Miguel de los migueles.

También es extraño que haya experimentado, en mi tardía adolescencia, todas las sensaciones aparentemente tan particulares, tan irrepetibles, de algunos escritores famosos: conozco el efecto de las novelas de Cervantes y sus perfumados paisajes…

Mientras pensaba en lo que estaba escribiendo el viejo lagarto ha asomado dos o tres veces la cabeza por la ventana. Le he hecho un gesto con la mano con el que intentaba ser amable, cada vez, para que me dejara escribir. Finalmente le he dicho que me daba miedo que llamen al médico y que me vea obligada, a actuar en esa comedia llamada normalidad.

Me miro ahora la mano que sostiene el bolígrafo. La roja laca de las uñas se ha levantado casi por completo. Mi escritura es en cierto modo distinta a la de antes; sin embargo, mi letra aún es fácilmente legible. Admiro tu tenacidad –me ha dicho el viejo lagarto-, me asombra tu poderosa memoria que te permite describir fácilmente los recuerdos fulgurantes de tu infancia.

Si amigo mío, aunque no siempre son agradables los recuerdos de cuando yo era niña. Recuerdo una vez que al pasar por una esquina de mi casa vi a tres hombres en camisa blanca, perfilados sobre el cielo rojo como una llamarada, fumando y hablando tranquilamente. Por lo demás, no había testigo alguno, sólo los muros inmensos de ladrillo rojo, con ventanas ennegrecidas por el hollín, de unos talleres abandonados ya por aquel entonces. No puedo asociar a aquellas imágenes enigmáticas ni un sonido ni un olor.

Al pasar junto a ellos intenté mirarles a la cara echando la cabeza hacia atrás. Me parecieron inmensos, les llegaba hasta poco más arriba de las rodillas. Se inclinaron hacia mí. Tenían unas caras monstruosas, sólo carne y sangre. Reían sin ruido, uno de ellos me cogió de los sobacos y me lanzó hacía arriba para volver a cogerme al instante. Empecé a gritar, pero también sin sonido, y finalmente me depositaron en el suelo. Recuerdo que estaba mareada, la vista se me nublaba y un sudor pegajoso y frío recorría mi frente. Finalmente después de tambalearme vomité y la náusea se apoderó de mi cuerpo.

Conozco esa sensación –dijo el lagarto después de escuchar mi relato- pues siendo yo un joven y apuesto lagarto caí en manos de unos niños que no se les ocurrió otro juego que meterme en la boca una colilla de cigarrillo. El tabaco me mareó y sentí todas esas cosas que me has contado. El exceso de saliva me hizo sentirme muy mal, pero fue lo que me salvó. A mí me salvó mi madre que me cogió en brazos a pesar de empaparle el pecho y cuello de la blusa.

                                                                                                       Johann R. Bach

Mirar el agua te conmueve cuando cae sobre la tierra en forma de lluvia


FRAGMENTOS DEL MUNDO

Piensas –creo-
en recoger cantos rodados cristales pulidos por el roce de arena y mar, conchas y esqueletos de pequeños animales marinos, fragmentos, como tú, del mundo. Mirar el agua te conmueve cuando cae sobre la tierra en forma de lluvia o granizo porque sabes que beberé junto a ti cada noche aunque estés en otro espacio.

Tu piel se barniza bajo el sol como la madera,
desciendes por las dunas artificiales hechas para protegernos de las pulsantes invasiones; deambulas pensativa y feliz junto a la arena bañada por el  mar,  por los senderos de la memoria tatuando con tus besos mi imaginación y también los plexos.

Sabes que el día es frágil.

                        Johann R. Bach

“Nada en el mundo desea retroceder”


CONVERSACIONES CON UN LAGARTO

Me extrañó mucho, la verdad, oír en boca de un viejo lagarto el Segundo Principio de la Termodinámica: la irreversibilidad de todo proceso en la naturaleza. "Nada en el mundo desea retroceder" –me dijo aquel viejo lagarto que se quejaba de necesitar los baños de sol sobre el muro de piedra y al mismo tiempo sentir que el calor formaba parte de su envejecimiento. "Todo tiende hacia adelante –añadió el sabio lagarto- y, finalmente, tendrá lugar un gran avance de la naturaleza": "Las piedras, se harán plantas, las plantas se convertirán en animales, los animales se transformarán en hombres y los hombres se transfigurarán en dioses".

Después de meditar un poco sus palabras le objeté: ¿qué será entonces de las buenas personas, de los pobres que ya se cuentan por miles de millones y de los viejos dioses de El Olimpo? "Eso ya se verá, querido Johann -me contestó el estrábico lagarto- es probable que abdiquen o se jubilen de alguna forma honorable. Mi filósofo natural de piel jeroglífica me contó algunos otros Principios de La Teoría de Cuerdas aún por establecer, pero di mi palabra de que nada revelaría hasta el día de Año Nuevo.

                                       Johann R. Bach

24 abr. 2016

En todo caso Cassia se propuso contar la historia de Clementine


LAS MANOS DE CLEMENTINE

Las pupilas de Cassia
se achicaban al observar las manos marfil puro de Clementine mientras nos servía el té. Quería indagar quién dominaba aquellos temblorosos dedos. ¿Quién era aquella mujer?

Era una anciana.
Y su vida era, probablemente, la de una de aquellas personas que no pueden ser narradas fácilmente. La vida de Clementina podría haber sido una vida que comenzó y que, aún avanza, avanza hundiéndose vejez adentro, y para nosotras era como si hubieran transcurrido centenares de años.

No sabíamos nada de ella.
Podíamos, sin embargo, suponer que tuvo, como es natural, una infancia, fuera la que fuera, una infancia sumida en la pobreza, dada su extensión en aquellos años, oscura, tentadora, incierta. Y quizá aún la conservaba pues aquella infancia…, como dice San Agustín ¿a dónde habría ido?

Quizá aún conserve –pensaba Cassia-
todas las horas pasadas, las horas de espera y de la desesperanza, las horas de la duda y las largas horas de aprieto; puede que sea la suya una vida que no ha perdido ni olvidado nada, una vida que se ha ido recogiendo a medida que pasaba. Quizá: no sabíamos nada de Clementine.

Pero nada más de una vida como la de ella –creía Cassia-
podía surgir una plenitud y una abundancia de tanta transcendencia; sólo de una vida como aquella, en que todo es simultáneo y se mantiene despierto y nada pasa desapercibido, podría continuar siendo joven y fuerte y emprender día a día la inmensa obra de llenar una casa de amabilidad y cariño incluidos los líos con los vecinos, sus episodios y detalles personales.

En todo caso Cassia se propuso contar su historia
como la historia de una niña que a menudo se olvidaba de comer porque le parecía más importante recortar figuras de aquellos cartones recortables con peana blanca para poder ponerlas derechas sobre la mesa, y se metía entre los días de su juventud un encuentro que habría de contener una promesa de grandeza futura, una de aquellas profecías a posteriori tan populares y conmovedoras.

Fuera por la razón que fuera,
Clementine esperó y esperó sin desfallecer aquel brillante futuro de una vida mejor para la que no dejó de prepararse jamás. Y con los años su habilidad manual creció a la par con la dulzura y sencillez de su corazón. Por cierto, demasiado grande para este planeta.

                                                                            Johann R. Bach

Es la permanencia del deseo; el deseo, mano de hierro,


EROS:

Todo sucede como si descendiera del brazo de los pulpos el armazón, la carne y las costillas del navío que vuela sobre las volutas de la tormenta:

Es la permanencia del deseo; el deseo, mano de hierro, que mantiene el timón, ferozmente lanzado hacia las playas de las ligeras lanas de tu vestido.

Arrodillado -con música de jazz en mis oídos- entre tus piernas como el centauro Quirón mis ojos descendían entornados como los ojos de té, como un imán al centro más ardiente de tu cuerpo.

                                                                            Johann R. Bach