11 may. 2013

CUANDO LLEGA EL DOMINGO, SE ABURRE ...

LOS MOMENTOS OSCUROS DE MARTA GUILLAMON

 

Marta Guillamon,

como cualquier humilde poeta, no podía permanecer muchas horas o días en la estratosfera, por eso se acurrucaba a menudo entre lágrimas nuevas que corren como los ríos de tinta entre las desgracias de las primeras planas de los periódicos.

 

En sus peores momentos pensaba

en ese ejército de cobardes con gusto por la dictadura a quienes quizá volvamos a ver en el poder, en países en los que la gente ha olvidado las injusticias del pasado y en su orgullo no perdonan los errores de los demócratas.

 

¡Ay! ¡Con qué prisa renunciarán las gentes

a sus derechos colocando en los gobiernos a los supervivientes de nuestro tiempo de álgebra condenada! Se han empeñado en mirar el diente del caballo regalado. Se va a postergar otra vez la parte imaginaria que, también ella es susceptible de acción.

 

Marta Guillamon,

como cualquier humilde poeta, necesita detenerse unos pocos minutos en la librería de Simón, comer "unes galtes de porc" a la plancha con una buena guarnición de patatas fritas junto a unas tostadas de pan con tomate y ajo y un buen porrón de pitorro fino cargado de vino tinto en el restaurante El Glop, dar un buen apretón de manos al camarero de turno, un fuerte abrazo a su amiga de la mesa contigua y un beso en los labios del acompañante fortuito.

 

Marta G. ,

como cualquier humilde poeta, se deshace día a día, de todo lo que obstaculiza la lucidez y frena la confianza. Se convence cada día más, después de dos pruebas concluyentes, de que el ladrón que se introdujo entre nosotros y entre los empleados de la banca sin que nos diéramos cuenta es irrecuperable.

 

Rufián (y alardea de ello),

maligno como una sabandija, flaquea ante los desposeídos de tierras y pisos, chapoteando en la reseña del horror como un puerco en el cieno. De él no se puede esperar nada, a no ser los disgustos más graves, cuando como a los demás parásitos, le nombren ministro.

 

Cuando llega el domingo,

se aburre como el resto de los jóvenes y por ello siempre soñó con una semana de veinticuatro días, para trocear el domingo. Una hora de domingo añadida a cada día, preferiblemente a la hora de la siesta.

 

Sueña con una sociedad

que nunca más le vuelvan a mentarle el domingo.

                                                                                               Johann R. Bach

No somos pocos los que aprendimos de ella

   CARTA ABIERTA A TULIA

Gracias Tulia por tus comentarios.

Ignorábamos que desde tu Colombia seguías los escritos de Elisa, que lamentas su marcha, pero la biología del corazón manda sobre la del cerebro.

 

No eres tú sola

la que encuentra a faltar esos impulsos que salían de la mano de una persona que escribía sin detenerse a pensar si era mucho o poco lo que volcaba sobre la web (www.homeo-psycho.es) o el Blog (Homeo-Psycho).

 

Pero aunque seguiremos

publicando, de vez en cuando, algunos de sus escritos creemos que debemos tomar su silencio como el preludio de un silencio más profundo.

 

A pesar de que Elisa había llegado

a dominar un cierto arte de comunicar esperanza y no poco optimismo,

 

no somos pocos

los que aprendimos de ella que la escritura no atrapará nunca el tejido candente de la realidad, cada vez más ininteligible, cada vez más un delirio de vida inexplicable.

 

Como los místicos,

inmóviles y silenciosos ante las cosas grandes y pequeñas, comprendió Elisa la pequeñez del lenguaje para describir la belleza del mundo y

 

la increíble concordancia

de mariposas, hormigas, luciérnagas, olivos y almendros, membrillos y libros; fórmulas matemáticas y leyes físicas, historias de amor desencadenando la Guerra de Troya

 

y cómo un simple caballo de madera,

solitario y abandonado en la arena llevaba en el silencio de sus entrañas el germen para desempatar la última batalla.

 

Quizá Elisa haya hecho

lo que le dictaba su corazón y coherentemente nos indica que hay un tiempo para hablar y un tiempo para callar.

 

Escribir nunca fue para ella una obligación.

Era, según había expresado en varias ocasiones, una actividad anómala; y, sería, sensato por nuestra parte, comprender que es difícil pasar toda una vida en estado de excepción.

 

Recordemos de ella

sus primeros poemas, saturados de impudicia adolescente, la incontinencia sentimental que nos hacía creer que aquello que sentía era tan original que

 

nos exhortaba a consultar

continuamente a Google y otras fuentes sobre temas tan dispares como un lema de la mecánica cuántica relacionado con los anillos de un simple gusano de seda.

 

El comentario de Andrés (desde México)

sobre los escritos de Elisa son tan elocuentes que no podemos dejar que caigan en saco roto. A propósito de Yo, Santiago Huguet nos envió el siguiente comentario.

 

"Me encanta la creación de ese carácter,

las contradicciones que le mete Elisa, las tan entendibles pretensiones absurdas, la tan comprensible futilidad agria, ese intento del personaje de crear un mundo lleva a que ella, Elisa, sí crea un mundo dentro de ese personaje. Las figuras, las metáforas, los movimientos y cambios en las palabras y sentidos a menudo a primera vista absurdo crean en mí asociaciones con sensaciones. A veces Elisa es irónica hacia ella misma, a veces hacia el mundo. Por ejemplo el que haya inventado la Naranja". :)

 

"¿qué personaje fue este? ¿Le contó la viuda de él?"

 

El tiempo medicó a Elisa ciertamente,

como a un enfermo crónico hasta que llegó a comprender aquella inteligente sentencia de Rilke:

 

"La poesía no son sentimientos, son experiencias".

 

Cuando cambió de registro

perseguía, sin duda inútilmente, una vieja modernidad que identificaba con una vida activa, apasionada como nunca y

 

bohemia hasta cierto punto,

residuos del narcisismo lírico juvenil y con ingenuo menosprecio por la sonoridad del verso.

 

Comenzó a escribir en prosa recortada,

y sus versos se convirtieron en carros dispuestos a atravesar el pedregal, pero sorprendentemente

 

sus lectores empezaron a comprender

mejor esa escritura surrealista llena de sugerentes líneas de pensamiento trazadas como el vuelo de las abejas: Creando siempre hexágonos.

 

Vayan con ella

nuestros recuerdos y agradecimiento por sus escritos, lamentando que probablemente nadie encontrará a faltar sus versos no engendrados, callados en su tiempo de silencio.

 

Algunos creemos que la entendemos

como te entendemos a ti, Tulia. Pero deja que seamos sinceros: no pases pena; si Elisa ya no escribe para ti, otros lo harán;

 

algunos te escribirán

poemas cuyo efecto balsámico agradecerás; otros, te enviarán copias de sus versos escritos, dignos de ser recordados y que nunca llegamos a aprender.

 

Cuando había pocos poetas,

los ángeles se aprendían de memoria la última estrofa. Pero ahora hay pocos ángeles y muchos poetas.

 

A pesar de la excelencia

de los escritos de Elisa, ningún serafín se sabrá de memoria su último verso, ni nunca recogerá el Nobel aunque en broma lo soñaba.

 

Tú Tulia, no eres muy diferente.

Reflexiona y encontrarás algunas sorprendentes similitudes: a veces un silencio elocuente, a veces la sensación de que no tienes ninguna misión superior que te obligue.

 

Tu conciencia te murmura

que no deberías resistirte a averiguar más sobre las profundidades de la realidad.

 

Un día la realidad –como Elisa-

se dará cuenta que la poesía no tiene corazón sino unos ojos enormes como los tuyos y un oído finísimo.

 

De repente la realidad –como Elisa-

comprenderá que no ha sido para la poesía más que un pozo inagotable de metáforas y se esfumará.

 

Reposa si tienes ganas.

Y de vez en cuando te visitaremos como tú visitas nuestra página web y como antiguos patricios

 

tomaremos en silencio una copa

de vino tinto en tu jardín salvaje oscuro como el regusto de los taninos entre las plantas que crecen palpitantes y nos bañaremos con sales bóricas.

                                                                                    Leo P. Hermes                                                                 

Tú, Marta, costruiste tus propios mapas...

   LA ESFERA DE RIEMANN

 

                                                                               Amanecer en Cadaqués

 

Suena el despertador.

Aún no sabes dónde estás, dudas de tu propio nombre Marta Guillamon, la almohada está mojada de saliva, los primeros hilos de luz entran por las ranuras de las persianas,

 

una preciosa mariposa roja – perfil negro-

reposa al otro lado del vidrio; no sabes si aún estás soñando,
si realmente ese bellísimo insecto respira,

 

llena sus pulmones de aire

y orienta sus frágiles alas como los girasoles y acumula calor en su corazón para amar, o es sólo la imagen de una crisálida sobre el cristal que vive,

 

arrastrando sus anillos como cadenas,

sobre un paisaje plano y en otro tiempo, condenada a multiplicar sus músculos y a soñar, eternamente,

 

que de la corteza de sus hombros

crecerán hermosas alas de colores para poder posarse sobre el cristal de la ventana de tu esfera.


Todo el Universo empieza a girar,

empiezas a recordar que contiene cosas, por ejemplo tú, Cadaqués, el color magenta y el anaranjado del amanecer;

 

los números en tu cabeza

dicen palabras que se te quedan en el rabillo del ojo, siguen un camino donde las casas están cerradas para ellos; encienden como otras veces una lámpara cuya claridad les hace saltar las lágrimas; saben que nunca los han contado, ¡son demasiados! Son el equivalente de libros cuya clave se perdió.

 

Podrías aumentar la lista

porque el universo, se sabe, puede coincidir con el infinito sueño de ser Nada. Podrías proponer el verano de 1973, o una pareja de cigüeñas que regresan a su nido de verano en un campanario, o los chicos Migale lassiodora que se enamoran de la maestra,


o el poema que se conoce

antes de ser leído; y todavía nada habría empezado a perder su derecho al vacío.

 

Tú, Marta, construiste tus propios mapas:

Te situaste en el punto más alto de una esfera imaginaria donde todo punto del paisaje tiene en ella una y sólo una imagen.


                                                                                       Johann R. Bach

y, en mi mente han aparecido las líneas de un paisaje sin sueño ...

        LOS  ESPEJOS  DE  GEORGINA

  

 

Cuando me trasladé

a casa de Georgina quedé presa como una libélula del aura de los espejos que en ella encontré. Allí todo es un espejo que invade tus ojos, se empeña –te obstinas- en asediar la imagen imprevista.

 

Allí no sólo el agua,

el metal terso, la página blanca, la piedra que conforma sus estatuas, sino también sus manos que imponen su orden en las cosas, la fuga del tiempo y su retorno, siempre imprevisto, el miedo a los pasos que van negando los caminos.

 

Hoy mismo, después de contemplar el espejo,

colgado a mi altura, no para verme sino para buscarla a ella cuando no está en casa, me he estado fijando en las dos luces iguales que presiden su superficie intachable, de la que he logrado desterrar pared y cortinas;

 

y, en mi mente han aparecido

las líneas de un paisaje sin sueño; el aire mismo se ha prestado al olvido de los problemas con mi exmarido.

 

¿Es todavía espejo o es ya fuente?

He tenido la sensación que no quisiera parecerme a alguien que no se atreva a contemplar su propio rostro. He sentido cómo al mirar ese espejo realmente la estaba esperando como un único esfuerzo.

 

Me he puesto a leer

–uno de mis mayores placeres-, y un insecto diminuto se ha parado en el margen de una página; lo aparto sacudiendo la hoja (delicadamente, para no hacerle mal) y casi al instante, de un salto se ha situado allí de nuevo.

 

Parecía como si me invitara

a fijarme en él: era un díptero, todo él de color verde con algunas manchitas amatistas, no doméstico, casi triángulos equiláteros las alas lucían paralelas al papel en que posaba las patitas, me ha recordado a las libélulas.

 

Demasiado abierto,

el cuerpecillo casi tocaba el blanco de la página. Un trazo firme de precioso verde esmeralda, extremadamente sutil, bordeaba las alas transparentes,

 

como celofán cristalino

me exhortaban a mirarlas bien para percibirlas mejor, a fijarme en la perfecta simetría de su vivo soporte.

 

Suavemente

intentaba apartar a aquel diminuto ser con la punta del bolígrafo, pero se volvía a instalar tan cerca del libro, sin intentar huir que me pareció que buscaba compañía aunque no fuera yo de su misma especie.

 

He intentado ahuyentarlo

de nuevo con un ligero soplo. Se resistía a marchar. He pensado que era una vida ya sin instinto de conservación, que su final estaba próximo y me he desentendido;

 

hasta sentirla posada

en la parte de mi mano ¡temblor! que yo no veía, la que estaba frente al libro, esperando, toda, el momento de pasar la hoja, la vuelta del tiempo…

 

He continuado leyendo y pasando páginas:

mi escala en el tiempo es otra. Pero nuestros universos son una misma cosa.

 

He vuelto a mirar mi rostro en el espejo,

esperando la noche para dar un corto paseo con Georgina.

 

10 may. 2013

EL DÍA CRECÍA HACIA ELLA COMO UN FUEGO LANZADO POR FEBUS

LA NOCHE ERA PURO AZUR

 

 

Marta Guillamon siempre pensó

que el mar no era un pozo de agua oscura y negó, en todas las oportunidades que se le presentaron, que los astros fueran simple barro, barro brillante.

 

La noche, para ella, era puro azur

y las estrellas cadmio amarillo fuego intenso cuyos rayos atraviesan el universo llenando los ojos de todas las criaturas que tienen en común la fuerza que les conduce a la perpetuación de la especie.

 

A pesar de versos adversos

el mar era su fuente de vida, el amor, el sueño de los niños, las glándulas, la locura.

 

El día crecía hacia ella como un fuego

lanzado por Febus el dios más cercano a la tierra e inevitablemente, crecía levantándose como una flor de carne celeste.

 

Marta solía decir

que en cualquier estrella había más gotas de luz que granos de arroz en el mundo y que sus brillantes puntos no eran más que las glándulas endocrinas del universo.

 

La vida para ella no era vana ni triste

y si el viento frío podría estar apagando algunos astros que mueren de cansancio en incómodos rincones de la bóveda celeste, la vaga aristocracia que desmaya las cosas bajo unos dedos largos continuará llenando la noche de puro azur.

 

Marta siempre tenía a punto

el ejemplo de ese resabio amargo que los más dulces besos dejan en la boca, el brillo denso que hace cristales de las rocas cuando te dicen lo obvio al oído,

 

la tensión del cuerpo su perfume secreto.

Negro licor. No. Barro.

 

Sí, la sustancia de partida fue el barro

y fue misión de la alquimia de los dioses el transformarlo en cosas blandas como el mar, los árboles y sus frutos,…

 

el amor en la noche llena de puro azur.                         
                                                                                  Johann R. Bach

no me bastó con mirar a mi alrededor

     YO, MARTA GUILLAMON

                            Y 

   LOS HOMBRES DE MI VIDA

 

Para conocer a los hombres

no tuve que acostarme con todos ellos. Como no me bastó con mirar a mi alrededor, observar a los compañeros de mis amigas y escuchar lo que de ellos decían ellas,

 

tuve que leer El Quijote,

el Código civil y el Código Penal. Y aun así tuve que grabar en mi ADN la mayoría de las guarradas de los dioses de El Olimpo.

                                                                                                 Marta Guillamon

9 may. 2013

Ahogó su grito mezclandolo con el suspiro

       LA SOLEDAD DEL CREATIVO

                                                        Prominente arruga vertical en la frente

 

LA SOLEDAD DEL CREATIVO

 

Joven desprovisto de territorios

de un mundo errático, imprevisible, sujeta con su mano hasta sangrar las riendas del mulo y trabaja sobre lo primigenio.

 

Con un pie peregrino pisoteó

una tierra incierta como anémona Pulsatilla; con un doble y rápido parpadeo cosió el cielo al horizonte y con alocada fantasía inventó el color celeste.

 

 

Ahogó su grito

mezclándolo con el suspiro más auténtico en aquel instante cuando se desgarró la piel de los codos en una zarzamora al tiempo que su dedo excavaba en la grieta.

 

Después tumbado en la hierba

admiró la forma del helecho y la cola del pavo real. Soñó muchas veces con aquel instante en que su cabeza se volvió una estrella fija.

 

Sin embargo, nunca se hizo ilusiones:

nadie heredaría su sabiduría. Suyo el tacto, solamente el oído suyo podían recrear de nuevo aquel principio de infinitud,

 

lo más arduo para cruzar las distancias

que se abren más allá de la uña y experimentar con la mano más audaz los ojos, orejas y labios de un mundo ajeno.

 

                                                                                   Johann R. Bach

 

 

Mira, mira la calle, sus árboles y sus gatos ...

  EL DESCUBRIMIENTO DE DESCARTES

 

Aquella tarde, ¿recuerdas?

quise hacerte olvidar aquello que te hace sufrir. Olvida todo lo que no ha de pasar, saboreemos sólo los astros luminosos que atraviesan la pura claridad del cielo de una noche sin nubes; cómo la luna sube sobre el mar.

 

Sabemos muy bien:

que en la noche todo resplandece, que un destello se alza como una sombra blanca en el brillo mayor de la negrura. Aquella tarde quise que tomáramos sin reservas el camino de un mundo que en todo se asemeja a la luna.

 

Como el viento que sopla su secreto

volvería a enseñarte lo que es un paraíso, la calma en una habitación con un piano de testigo, el rumor de las hojas de los libros callados y hacerte conocer lo suave de tu aliento.

 

Enseñarte una cereza roja,

aquella misma, tan lejos de nosotros y a la vez tan bella, y recoger una violeta, aún joven, ya perdida que aprendes a encontrar en tu regazo.

 

Mira, mira la calle,

sus árboles y sus gatos, la espalda tierna del despreocupado aprendiz. ¿Son realidades o sólo dulces sueños?

 

Todo discurre,

amistoso y lento, en la lejanía. Y este llano corredor del Mediterráneo, tan suave que nos lleva: descansemos, soñemos que actuamos, consintamos que el alma, feliz nos sobrepasa, cansada de correr como en la infancia.

 

Parece que siempre debe ser así.

Cuando un lugar se aleja de nosotros, mira: todo espera, la clara oscuridad y la luz más honda se reparten sin distinción posible una cereza roja.

 

Una calma extendida

por un tiempo incontable ondea en el viento, tus ojos se llenan de perlas, y tus cabellos puros se mezclan con el mundo y todo es bueno: los soldados que van a la guerra, el azufre y humo de pólvora de dragones de cartón y hasta los poemas de un pobre escritor.

                                                                                              Johann R. Bach

 

Si se piensa a fondo

y se capta el sentido de este poema se verá que es uno de los más sabios consejos de Descartes que entre otras cosas, al final de su vida dijo una cosa muy original:

 

"Toda mi vida

ha estado plagada de desgracias, la mayoría de las cuales no sucedieron nunca".

 

Con este pensamiento

que hice mío desde muy joven, con apenas veinticuatro años, he conseguido el primer premio en tres ferias de productos chacineros;

 

desde entonces la receto

en todas mis prescripciones junto a la advertencia de lo nocivo que es para la salud tomar lácteos, pescado y fruta, o ser vegetariano.

 

En Rusia al igual que en China y Canadá

tomaron buena nota de mi psicología nacida de mi amistad con Descartes y desde que descubrieron los maravillosos efectos de esa misteriosa frase la cosecha de trigo se ha multiplicado por diez y su precio por cinco.

 

Es una arma letal para los gusanos

-de dos o cien pies-. Sí, sí, no abráis tanto la boca porque de boca cerrada no salen moscas.

 

No fue Descartes

quien descubrió las fuentes del Nilo, pero fue el primero que dijo que quizá Cleopatra no fuera tan bella y sí más estúpida de lo que nos han contado:

 

"Yo dudo de mi inteligencia,

de que estoy vivo y puedo amar. Puedo dudar de todo, pero de lo que no puedo dudar es de que estoy dudando". (Descartes)

 

"El que pueda amar, que lo haga

sin entretenerse ante la duda, que rompa el nudo gordiano que atenaza la garganta frente a la abundante saliva que se abre paso junto a la lengua". (Johann R. Bach)

 

                                                                            Leo P. Hermes

el frío, viejo cómplice te atirantaba el rostro

             Tras el cristal

Tras el cristal,

un mundo aún te parecía posible.

Y no es que el sol alentase

con su halago el alma de los hombres y las cosas; por el contrario, el frío, viejo cómplice te atirantaba –aunque no lo supieras- el rostro, y tu mano se quedaba suspendida

 

tras el gesto de alzar

el ancho cuello del jersey, tus ojos en chispa comunicaban el deseo de crecer, de ser mayor para poder vivir aquel mundo de olas, viento y lluvia, frío, escuela y otros niños saltando a la comba.


Eres demasiado pequeña para salir a la calle,


te repetían una y otra vez tus padres. El mundo lo tenías que ver a través de la ventana sobre todo en invierno. Desde allí sufrías cuando otros niños le pegaban a tu hermano;

 

entonces llorabas desconsoladamente;
la impotencia y la rabia te impedían explicar por qué.

Algo parecido sentiste parada al volante,
como si en el espacio de un semáforo esa mirada al frente sostuviese en un hilo vibrante el albedrío.

Mientras eso ocurría,

te imaginabas a los coches como panales de miel que se deslizan hasta la falda de la montaña cuyas hojas cubren más de la mitad entre las rocas sobre las que se rompían los rayos de sol al igual que en la carretera
de curvas de acceso a Cadaqués.


Desde el otro lado del cristal


viste la multitud que se abalanzaba

sobre el mercado para coger frutos todavía inmaduros y como unos niños se detenían sorprendidos ante el color como nidos que están llenos de chillidos.


Pero lo más impactante era un hombre cantando.


Su barba era como una nube

en la que brillaban todavía algunas gotas de agua. Iba descalzo y la solapa levantada de la chaqueta indicaba el frío humano. Extendía una gorra y con los ojos húmedos agradecía



aquellas miradas que le animaban a seguir cantando.

 

                                                                                                       Johann R. Bach

8 may. 2013

Torpes sueños de Pigmalión ya no son esperanza

CARTA DE DESPEDIDA DE ELISA

 

Ya todo es amargura.

Torpes sueños de Pigmalión ya no son esperanza. Se alejan de mí ansias hipocráticas por el hosco camino de los imposibles.

 

En los dominios de mi profesión,

los límites de la mínima elegancia y generosidad se han visto asaltados por el engaño de los trepas, mientras que

 

yo distante, empeñada

en prolongadas discusiones y enredada en las marañas de mis colaboradoras he perdido el tiempo en busca de una conciencia espiritual que es humo (para una inmensa masa con ojos parcheados) y se halla en suelo extraño.

 

Presiento que el final

está próximo. Pero no en el sentido de esas agoreras que anuncian el fin del mundo con el único objetivo de ganar adeptas para sus sectas, sino en el sentido de que el final es mi final: los últimos sucesos  me han dejado un pesado cansancio.

 

Todo se precipita en el vacío.

Agobiada por una vida cargada de años y desengaños, pienso que la fortuna, como buena mujer, es áspera y desafecta con los viejos y denostada por las más jóvenes.

 

Las personas que decían querer colaborar

con la causa de una verdadera espiritualidad se rebelan (ah, ¡qué codicia la suya!) demostrando que no buscan más que su propio beneficio y se disponen a seguir viviendo de la mentira.

 

Pero lo que más me desalienta

es que, de nuevo, el azote de la egolatría surge pérfido y sangriento bajo el disfraz de la espiritualidad. Las estafas así vistas, fructificarán cuatro veces más que los naranjos.

 

Aunque por otro lado

eso es también un signo de que en los próximos tiempos lo espiritual seguirá creciendo; y, que todas esas chupasangres morirán porque no tienen ninguna idea, real y propia, que ofrecer.

 

¡Qué lástima que yo no pueda ver esa Nueva Era!

 

Las desventuras colman

el ocaso de mi vida. A la oscura incomprensión de los míos he de añadir la desaparición -por enésima vez en la historia de la medicina-del interés en paliar el sufrimiento humano.

 

La enfermedad, la desgracia,

la tristeza y la depresión vuelven a ser –como en otras ocasiones objeto de lucrativos negocios donde lo que prima es la cronicidad del enfermo para eternizar los beneficios.

 

Por mi parte paseo

mi renuncia en silencio. En soledad, el ánimo se revela ligero entre los arbustos y las grises estatuas.

 

Bajo la lluvia de noviembre

siento que un tupido frescor destina la mañana a mis recuerdos amorosos y es cuando el rígido talante mantenido durante tanto tiempo se desploma.

 

Tal vez me equivoqué de país

o de época o, tal vez no supe dominar tantos arduos escollos como me acontecieron. Ahora sumida en la penumbra de la tarde que decrece acercándose al invierno,

 

quiero tan sólo releer dulcemente

mis queridos poemas, pues sospecho que mi desaparición de la escena será el preludio de esa esperada etapa de luchas intestinas para hacerse con el pequeño hueco que con tesón logré construir.

 

Dejé todos los valles

de las vidas, dejando las caricias a mis hijos con la manos; codilleras de rosas que cantaban y me servían de apoyo, mares como pedazos de cristal bajo mis alas negras como cielo encapotado.

 

Me olvidé del cuerpo

-el mío- a la fuerza; sirviéndome de él sólo como pauta para explicar el de otros; y, quise convertir mi sangre humeante en un combustible para mi piel para irradiar optimismo y entusiasmo contagioso.

 

A veces –es cierto-

me refugié entre las telas de un absoluto del que ignoraba la forma y el sentido, pero no la fuerza (o la intensidad) con que acogía mi pasión.

 

Creo, por otra parte,

que no se tienen alas y se tiene la sombra de sus blandos movimientos.

 

Se tiene un horizonte

que respira y que acompaña siempre la promesa resquebrajando lívido la losa de su confinamiento irremediable. El universo entero es para siempre al que dijo que no dentro de llamas.

 

Ahí quedarán mis libros

en el rincón de donde quizá hubiera sido mejor que se hubieran quedado a reposar un poco más. En ellos he ido delimitando subliminalmente el gran cáncer de la humanidad: El miedo y la traición por miedo.

 

Pero para poder leerlos

Hace falta una cierta dosis de generosidad que es precisamente lo que no abunda. Hay que buscar la luz que, por mínima que sea, es belleza y las galaxias nos la envían empaquetada en millones de clústeres.

 

Si ha quedado

alguna cosa pendiente en relación con mi actividad profesional os podéis dirigir a Andrés y a Leo que quieren seguir al pie del cañón porque aún tienen mucha generosidad por repartir.

 

Dando las gracias

a todos aquellos que, de una forma u otra, colaboraron el proyecto de Homeo-Psycho (en especial a Mater Amabilis, a Palas Atenea y a La Profe de Mates) me despido de todos vosotros.

 

A partir de ahora miraré

pensativa como la callada vela que brilla en la penumbra del comedor mientras una mano de plata sirve la cena en una noche como esta con viento, sin estrellas, sin luna, con lluvia y ojos de té.

                                                                                    Elisa R. Bach