13 dic. 2014

Si algún día, Guillermina, ves a La Estrella del Destino dile que yo mismo le llevaré mi horóscopo:

CARTA ABIERTA A GUILLERMINA 

Aquí, Guillermina, está tu carta:
La Reina de Oros.

Ahí estás, Belladona,
la Dama Afortunada a la que todo sonríe. Esas perlas son tus ojos, sus pupilas dilatadas, el carmín de tus mejillas el amor que ruge bajo tu piel. ¡Mira!

Sí,sí. Señora de las Situaciones
Aquí está el hombre del nueve de bastos, mercader de un solo ojo y mi carta que no sé si está en blanco porque su contenido

es algo que llevo cosido a la espalda
y que me está prohibido ver.

Si algún día,  Guillermina,
ves a La Estrella del Destino dile que yo mismo le llevaré mi horóscopo: Hay que andarse con cuidado en estos tiempos.

¡Ah! Y dile que me perdone
por mi demora. Es porque en la autopista hay mucha niebla parda en las madrugadas de invierno.

Durante treinta años,
tuve por compañera una mujer que leía poco y hablaba con dificultad nuestra lengua. Tuvimos tres hijos y lo pasábamos bien comiendo bocadillos en los campings de alta montaña.

Me abandonó
para cuidar a sus ancianos padres. Nunca se lo reproché. Fue una decisión tomada libremente.

No intenté rehacer mi vida,
ni visitar el Puente de Londres o viajar a las Islas Galápagos, ni subir al Mont Saint Michel exhalando suspiros breves, espaciados, por la única calle del Islote;

me dispuse a vivir mi tercera juventud.

Después de la una tormenta
en la que cayó un auténtico diluvio que convirtió los campos de toda la Península de l'Empordà

un viento huracanado de Tramontana
que doblaba los olivos como si fueran finos juncos de un jardín chino,

apareció en el cielo una señal,
enorme, parecida a un arcoíris y tras ella una figura de aspecto femenino envuelta por la luz del sol,

con un trozo de plateada luna
sobre su cabeza cubierta por una especie de corona con doce lucecitas, y como una mujer que estuviera en cinta;

gritaba la palabra LIBERTAD
como un dolor de parto y ansias de parir.

Toda la Costa Brava
acogía el ir y venir de las olas de un mar que no ha cejado nunca de reivindicar el nacimiento de la versión moderna de

una civilización
que tuvo grandes poetas y escritores como Ausias March y Cervantes que con sus sombras proféticas hicieron vibrar a las gentes de ambos lados del Mediterráneo.

Más tarde,
después de esa misteriosa señal, sobre las inmensas montañas de un Pirineo lleno de luz, con lugares prácticamente ya inaccesibles por la caída de copiosa nieve

destacaban los colores,
en todas sus puntas geodésicas, del país recién nacido.

Cargadas de nieves cejigrises
y semblantes amenazadores, las alas envidiosas planeaban sobre el abismo y apenas con un café caliente en las entrañas

comencé a sentir mis pulmones
llenos de aire limpio; sin poemas ni otras literaturas revivía con plenitud todo aquello que me rodeaba:

música en el viento,
baile rítmico en el oleaje, el vuelo de los gorriones, el color fucsia de las flores de los granados y el verdor de los olivos y

tras de mí una mano asida a la mía
que no me preguntaba por mi última poesía.

                                                               Johann R. Bach

12 dic. 2014

No era caprichosa como creían muchas que la trataron.

APASIONADA BERTA

El carácter de Berta se hizo impredecible
a partir de los quince años. No era caprichosa como creían muchas personas que la trataron.

A veces era estridente como un grillo.
Con su voz atiplada solía tomar la palabra en alguna reunión hasta que en los oídos de los que la escuchaban se establecía un extraño zumbido.

Ella solía decir cosas difíciles de entender.
Decía, por ejemplo, "soy húmeda como una riada que inunda los sótanos de una casa". 

Yo sí la entendía.

Cuando le preguntaban
qué significaba aquella frase, la cosa se complicaba pues la respuesta era un largo monólogo.

"Soy la mujer barbuda
–decía con semblante serio en su cara-, la muchacha que de pié corre sobre el caballo,

la trapecista despierta
a las tres de la madrugada porque sufre de mal de amores".

Yo sí la entendía

Convencida totalmente
de la fortaleza del cuerpo femenino presumía como la fiel Penélope de estar siempre despierta,

pero de noche dormía abrazada
a la almohada como si de un joven muchacho se tratara para no sentir miedo de su soledad.

Con el buen tiempo
abría las ventanas de par en par y limpiaba escrupulosamente las huellas de los dedos de sus amantes en los vasos y tomaba el último café después de haberlos despedido.

Sacaba a pasear regularmente –eso sí-
a su perrita cada noche como si airease su alma o pensase: "Nada es preciso" o quizá algo menos profundo como "esta noche no habrá más accidentes ni heridos".

Yo, que he estado muchos fines de semana
de guardia en traumatología, sí la entendía.

"Sólo los niños
–decía como hablando para sí misma- enferman cuando cae la tarde bajo el sol de invierno y quedan absortos mirando al cielo

como criaturas lánguidas".

Yo, que he tenido varios hijos
sí la entendía.

Y es que para entender ciertas cosas,
como Berta, hay que ser mujer.

                                                              Johann R. Bach

11 dic. 2014

En sus carnosos labios se acumulaba la tensión, el placer y el dolor a pesar de ser hipotenso.

PABLITO. UNO DE LOS HOMBRES DE MI VIDA

 

Cuando conocí a Pablito

me dio mucha pena debido a su dificultad de aprendizaje y me conmovía su precario nivel de vida. Decidí ayudarle económicamente como todas las demás vecinas. Algunos meses después mi concepto sobre él siguió otros derroteros y en mi cuaderno rojo, donde describía a los hombres que se cruzaban en mi vida escribí:

 

PABLITO

 

Pablito era paciente, muy paciente y amoroso

de carácter dulce y manos rosadas, de sus ojos simétricos parecidos a los de una egipcia Diosa del Amor se descolgaban fácilmente las lágrimas cuando una nube cubría el sol o simplemente cuando oía hablar de desgracias.

 

En su radiografía se observaban

fácilmente sombras de antigua soledad a pesar de que sólo tenía treinta años cuando alquiló la habitación de los invitados de mi vecina.

 

Mientras tomábamos el té

en una tarde lluviosa pareció entristecer de pronto y comenzó a explicar, entre lágrimas, algo de su vida y tragaba saliva como si necesitara engullir un bolo difícil de tragar.

 

A partir de aquel día

todas las vecinas del inmueble nos desvivíamos por atenderle y protegerlo. Él estaba encantado con nuestras atenciones y secretamente todas le amábamos.

 

Yo imaginaba la frialdad de las pinzas Kocher

envidia de unas manos que sin duda algún día fueron al encuentro de otras ardientes, aunque por alguna razón desconocida la llama debió apagarse.

 

Desde el cuello ligeramente largo de Pablito,

resbalaba una catarata de finos cabellos laberinto de brillante maleza, en el que se percibía una mancha escarlata -denominada popularmente deseo-

 

producida por el falaz incendio

de una boca que sin duda algún día fue, prematuramente, al encuentro de la suya. A la altura de su máximo perímetro dos suaves brazos de horas estelares se negaban a olvidar sus abriles.

 

En el resto de su pecho

se transparentaba el esqueleto doblado de una estrella fugaz y como en un ganglio calcinado se guardaba una fósil respiración del ardiente pecho de su madre que sin duda, durante muchos días descansó en el suyo.

 

Más abajo, en la zona del hipogastrio,

dos auténticas bolas de billar, en medio de un descomunal árbol de gruesa raíz envidia de centauros, se apreciaba un desprendimiento de sombras y reinos que nunca pudieron amanecer.

 

En sus carnosos labios

se acumulaba la tensión, el placer y el dolor a pesar de ser hipotenso. Siempre tuve la sensación de que aquel cuerpo de diosa egipcia sin duda algún día fue en busca del Centauro Quirón.

 

Era amanerado en exceso en el gesto,

su extraño priapismo sin eyaculación me encantaba –y no sólo a mí- porque para él todo era un juego interminable de amor muy parecido al mío.


                                                                                                                                              Johann R. Bach

 

 

La poesía de Rilke y la música de ArvoPärt rellenando todos los rincones, se arremolinan y le hacen agradables esas horas donde el trepidar del teclado se refleja en la pantalla fotografiando hasta el más leve olvido de acento.

SECRETO EN LAS AULAS


Cuando Marta Guillamon

abre la puerta de su estudio

los libros sonríen como cómplices viejos.

 

En ellos ha leído lo que siente

y cada uno de ellos contiene un tiempo, un espacio, una lengua… un pedazo de imaginación, conceptos como postales antiguas.

 

Personajes como Arsenio Lupín

y Sherlock Holmes y escritores como Edgar Allan Poe y su Escarabajo de Oro, Folch i Camarasa con su "Adeu abans d'hora" siguen estimulando su imaginación con el aroma de su portada como un código adherido, y dando luz, a su ADN.

 

Teoremas como el del "Resto" para polinomios,

el de "Porro" destinado a topógrafos, espacios topológicos métricos no euclidianos como los de Minkowski útil para urbanistas,

 

diseños de grafos arborescentes

para estudiosos del transporte y distribución endocrina y principios subliminales entre los gruesos tratados sobre el delito como "Summum ius summa iniuria" impregnan el aire que respira, dan eficacia a su trabajo y evitan el caos de su pequeño universo de poco más de 5 metros cuadrados donde

 

las sílabas se enlazan

y toman cuerpo de poema conscientes de una "clausularebus sic stantibus", -estando así las cosas-, duraderas en su esencia.

 

La poesía de Rilke y la música de ArvoPärt

rellenando todos los rincones, se arremolinan y le hacen agradables esas horas donde el trepidar del teclado se refleja en la pantalla fotografiando

hasta el más leve olvido de acento.

 

Aún, con ojos cansados,

Marta Guillamon escribe con todos los dedos.

Pero como todo -hasta lo más interesante- cansa,

deshoja, como cada lunes el bienestar de un café, sonríe a quien le mira y le consuela, porque tiene un secreto.

 

Todos sabemos que para describirlo

habría que inventar un tiempo como la inocencia, entre el pasado y el presente.

 

Ese secreto se esconde aún,

según Marta Guillamon, entre los estudiantes que llenan los autobuses y los metros y, en general, en un tumulto de cuerpos con la cara lavada que se apodera del lunes.

 

Marta Guillamon observa 

como un brillo de incógnita en los tiernos ojos, una inquietud aún no desvanecida por la usura del tiempo.

 

No se cansa de lanzar

a los cuatro vientos su idea de que

vivir es ir doblando esquinas y borrando pizarras

 

sin que los ojos se hieran con las rosas académicas;

conseguir, entre saludos, puñales y acacias, cruzar el jardín del instituto; recorrer los pasillos en busca de la propia aula, dar la clase y ver cómo los teoremas se convierten en materia de asombro.

 

Hay que añadir

que lo interesante de las clases de Marta Guillamon no son las geometrías, sino los poemas que se escapan de las páginas de las notas de los alumnos auténticos versos que llegan a la cima de una mirada en vilo,

 

ver cómo alguien deja los apuntes

y los libros de texto, -he ahí parte del secreto- para cerrar las manos hasta herirse con otra rosa viva.

 

                                                         Johann R. Bach

Pocas horas antes había visto el mar retorcerse y saltar –verde oscuro y espumas en el viento- bajo las últimas lluvias de un otoño moribundo.

MAR Y VIENTO

Ayer fue un día de viento,
se escuchaba alta la madrugada, el graznido del dios Eolo,

golpeaba tenaz
con su queja gris el viento entre las ramas desnudas que se herían y empujaban.

Fue la de ayer una noche de diciembre
en la que las moscas aturdidas y estúpidas –fuera ya de su tiempo y su clima- revoloteaban sobre la bombilla de baja potencia,

se negaban, comprensiblemente,
a su muerte indudable.

Pocas horas antes
había visto el mar retorcerse y saltar –verde oscuro y espumas en el viento- bajo las últimas lluvias de un otoño moribundo.

Al entrar en casa,
escuchaba el crepitar de la estufa eléctrica y su fuego artificial simulando leña ardiendo,

miraba la ceniza
y las brasas en su pantalla como danza de llamas. Sobre la decorativa chimenea, algunos libros recuerdan otros tiempos,

adornos que disimulan una pasión
hoy ya muy disminuida, pero aún viva.

Hoy, naturaleza y comienzo de invierno
me acompañan mientras en su pura lógica el frío se pega en los cristales, deja un vaho helado en las ventanas.

El día sigue su transcurrir inútil ya
para criaturas que han agotado todo el tiempo de su escala y sereno se va oscureciendo para perderse prematuramente en la noche.

No voy a escribir mi epitafio,
hablaré con dolor resignado conmigo mismo sobre aquellos besos que sí dejaron huella contrariamente a estos días de diciembre

que no tardarán en ser olvidados 
al renacer la primavera.

                                                                 Johann R. Bach

10 dic. 2014

No son como hordas de obreros decimonónicos marchando hacia La Bastilla

ÁNGELES Y CUERVOS VERDES

                                                     Te saludo pájaro de la ternura

                                                      pájaro de las primeras caricias

                                                      y nunca olvidaré tu risa…

                                                             (Saludo al pájaro de Jacques Prévert)

 

Desde que pasé aquella luzbélica noche en el mar

sueño –o quizá no sea sueño- con días grises cargados de tanto silencio… que veo caer, como copos de nieve, a los ángeles:

 

como si con una escobilla limpiaras de barro

una roca y de repente descubrieras la huella fosilizada de un diplodocus ese ser prehistórico caído en desgracia debido a las películas de dinosaurios.

 

No son como hordas de obreros decimonónicos

marchando hacia La Bastilla en las manos de las cuales se hallan terribles herramientas presuntamente de la salvación y la gracia.

 

Pléyade de Serafines y Querubines

-con sus trompetas asidas a su espalda- no están alejados de los asuntos humanos, de la mísera fanega que creemos orgullosos sólida y trágica.

 

No traen de su dominio de la altura

bosques sedosos de plumas de pavo real, que desvelan anunciaciones, en los cruces de carreteras secundarias para

 

irisar el aire,

florecer la sangre de criaturas exentas de culpa iluminando venas cavas y portas y hacer sonar las cuerdas de las arterias y

 

cantar a ritmo de jazz tumultuoso el corazón;

infundir la paciencia encantada de los partos de niños de cuello corto y largas piernas.

 

Se espera de ellos que llamen a las puertas,

 

que abran

al atardecer, y en lugar del negro de la noche, nos muestren por fin:

 

el Universo

esmaltado desde el umbral hasta los confines del cielo observable y que nos hagan saber, por fin, qué se abarca y cuál es su música.

 

Aunque realmente es más terrible

y más extraño reconocer que desde que la nieve y los verdes cuervos de Jacques Prévert impusieran el Gran Silencio –también sobre mi alma-,

 

se ve a los verdaderos ángeles.

 

Bruscos, escurridizos, congelados,

relumbrantes de rosa sal iluminada vestidos de toda la tierra de feldespatos y mármol,

 

buscan sexo y placer

hasta abarcar el dolor. Necesitan de todo para sobrevivir en la Gran Escarcha Eterna.

 

Han acumulado sobre sus hombros

mares y campos de girasoles.

 

Se ciñen densamente las caderas;

no con pantalones vaqueros tintados de azul índigo sino con terciopelo de los prados de las altas montañas.

 

Han hecho de las rocas un picadillo

parecido al pisto manchego, de árboles, de ramas secas, de caídas de agua, de espumarajo de rio y de gemidos y

 

han enfangado sus pies en la paja como pobre a quienes en la pocilga dejan un rincón para pasar el invierno.

 

Pero su invierno dura milenios

y la pocilga está perdida en una relumbrante soledad de platino

 

balsa de este planeta medusa

que retuerce su cabellera de constelaciones de oro.

 

Me da la impresión

que desde hace tiempo están obligados a vivir con los medios que el subsuelo guarda en sus bodegas, como nosotros.

 

Y ya algunos, viejos,

caen de rodillas, a plomo, tan pesadamente que hasta la vida en los bosques sagrados se les hace difícil, y,

 

los botones de sus abrigos se han roto,

que están tan desnudos como nosotros cuando venimos a este mundo.

 

Muchos, como siesta de pastores,

se acuestan humillados en el suelo. La mitad de la cara helada por el rastrojo húmedo.

 

Sobre la otra mejilla de su perfil

el cielo se apoya y calma su locura; una locura no siquiatrizada, dolorosa, pero genial y fértil aún en sus peores momentos.

 

El problema es estadístico contable:

¿qué muestra no sesgada podría dar luz sobre cuántos somos? Aunque bien mirado no sé por qué me pregunto esas cosas si al fin y al cabo

 

sólo soy un cuervo verde más

de los que cavan esa espiral interminable y que verso a verso, vida a vida busca acortar la distancia

 

entre la vida real de los libros,

la pasión lectora y los laureles de plástico que Google otorga.

 

                                                               Johann R. Bach

 

8 dic. 2014

En cada amanecer quemaban sus ojos, como en un paisaje urbano de nieve y barro,

ÚLTIMO VIAJE A PARIS

 

Sí, sí. A ella me unió el amor:

todo me decía que era feliz y lo era.

 

En cada amanecer

quemaban sus ojos, como en un paisaje urbano de nieve y barro, el vino negro sobre las comisuras de los labios de los solitarios.

 

Le conmovía el fuego

de las farolas del Boulevard des Batignoles, el trágico movimiento de los eufemísticamente llamados "sans domicile fix" (SDF) –los sin techo- y la lentitud del reloj.

 

Frágil, buscaba mi frente

y mis manos donde celebraba el grito de la aurora mientras que las sombras blancas disipaban los malos presagios de la noche.

 

El goce que yo le ofrecía

moría amortajado por los celos,

 

enfermando de tanto poseerme;

de no comprender cómo nos es necesario ser libres. Brotaban lágrimas de rabia que se soldaban a sus pestañas alargando la caída de los inflamados párpados.

 

Herían, involuntarios,

los dardos que lanzaba,

 

como amante de la aurora

que acaricia el rostro, llevaba bajo la piel que yo más apreciaba, dolor;

 

lanzaba sus últimos suspiros

y limpiaba de saliva mis labios con los suyos antes de que llegara el momento de abandonarme.

 

En cada amanecer

quemaban sus ojos, como en un paisaje urbano de nieve y barro, el vino negro sobre las comisuras de los labios de los solitarios.

 

Sí, sí. A ella me unió el amor:

todo me decía que era feliz y lo era.

 

                                                                 Johann R. Bach

 

Laura amor, si eres inteligente no permanezcas junto a mí,

BLUES PARA LAURA

Si eres lista, Laura, aléjate de mí.
¡Aléjate de mí! ¡Lo más lejos que puedas!

Si eres inteligente
no permanezcas junto a mí, pero si a pesar de todo prefieres una vida llena de percances

entonces coge mi mano y no la sueltes.

¡Mira! Todos parecen divertirse;
beben cerveza y fuman porros liados con maquinilla, sin embargo a mí todo eso no me dice nada:

No sé divertirme como ellos.
En mi país no hacía otra cosa que pasear por la playa y capturar pequeñas gambas y arañas de mar olvidadas por la marea en su retirada.

He ido a la oficina de desempleo
(aunque en el rótulo pone Oficina de Empleo), he cogido número y he guardado pacientemente en la cola,

Han llamado por su nombre a medio mundo,

pero ninguna mesa me ha llamado.
A mi lado se han sentado varias personas que ni siquiera me han mirado. Ni mis iguales tienen interés por mí.

Sólo un negro me miraba
con sus grandes ojos. Conozco bien esa mirada, quiere que le pague una birra a cambio de unos minutos de conversación.

Limpio jardines,
a veces trabajo de camarero y me pagan (en negro) a tres euros la hora porque, aunque comunitario, soy extranjero.

¡Qué puedes esperar de mí?
Si eres lista aléjate de mí. Ni siquiera tengo el engreimiento de creer que mi conversación valga una birra.

Laura amor, si eres inteligente
no permanezcas junto a mí, pero si a pesar de todo prefieres una vida llena de percances

entonces coge mi mano y no la sueltes.

                                                           Johann R. Bach

NOTA: Aunque la historia está sacada de la realidad y los personajes Laura y François sor reales, este escrito no es más que la letra de una canción para una composición de blues.

Mónica debía rondar los sesenta años, pero tenía una bonita figura y unos ojos preciosos.


SU BRAZO EN MI CINTURA

Yo tenía treinta años
y me costaba bastante madrugar, coger el 2 CV helado y mientras hacía el trayecto desde la Place Nation, Boulevar Diderot abajo, seguir curso arriba la vieja carretera junto al Sena para alcanzar el bucólico lugar de Choisy le Roi.

Me sentía decepcionado dentro del panorama de la fábrica y por mi propia soledad. Los compañeros no paraban de tontear con las chicas del taller.

Ellas se alegraban
de aquel continuo cortejo, pero secretamente mantenían relaciones amorosas con los jefes y encargados y menospreciaban a sus compañeros en la fábrica y a sus maridos en sus hogares.

Renuncié a hacer el ridículo
limitándome al cortés saludo al comienzo de la jornada y a los castos brindis de los cumpleaños de cada una de ellas.

Cierto día fui llamado
al departamento de personal donde Mónica la secretaria del Jefe de Relaciones Laborables me hizo rellenar un papel lleno de preguntas.

Mientras me ayudaba
a rellenar el cuestionario me miraba con dulzura y noté, bajo su proximidad, cómo su perfume me embriagaba, cómo de sus labios emanaba la pasión.

Sin saber qué me impulsó a ello
le pregunté si la podía invitar a tomar algo después de la jornada. Sorprendida me preguntó

¿A tomar qué?

Una cerveza, no sé
–contesté asombrado de mi propio atrevimiento.

-Yo no bebo.

Aquello era casi una negativa.
Algo me impulsaba a seguir intentándolo, pero no lo hice. La prudencia hizo que me limitara a mirarla a los ojos y a pedírle perdón por aquella invitación tan directa.

Mónica debía rondar los sesenta años,
pero tenía una bonita figura y unos ojos preciosos. Su trato era correcto con cierto punto de amabilidad y se desprendía de sus palabras bastante seguridad en sí misma.

Lamenté su negativa
y en mi interior sentía ese confuso sentimiento de humildad-cupabilidad y arrepentimiento por haber sido demasiado directo. Ni siquiera se me había ocurrido pensar en que pudiera estar aparejada.

Durante una semana
me concentré en las tareas del taller intentando olvidar aquella propuesta fallida diciendo a mí mismo que no fue algo importante.

Me crucé un par de veces con Mónica
en la puerta de entrada a la fábrica y los saludos fueron los normales, pero mi corazón se aceleraba con sólo verla.

No podía quitármela de la cabeza
y mi sorpresa fue mayúscula cuando el viernes al salir del taller vi que me estaba esperando.

¿Vamos a tomar algo?
Fueron sus únicas palabras. Aquel fue el más maravilloso fin de semana. Al ir al trabajo aquel lunes entramos en la fábrica

con mi mano en su hombro
y su brazo en mi cintura.

                                             Johann R. Bach 

a la espera permanezco de una señal del transparente cielo

TUMBADO AL SOL EN ARENYS DE MAR

 

Cuando te conocí

a nadie le importaba si era moreno o si guardaba en mi cuerpo un lirio sin abrir;

 

morían mis acechantes pesadillas

mientras pensaba en ti,

 

pero no lo olvides,

ahora no deseo nada más,

 

dormido sobre la arena de la playa

de este pequeño paraíso de Arenys de Mar, observo la trayectoria las nubes y sus caprichosas formas

 

como antiguas naves helénicas.

 

El viento se ha detenido,

las gaviotas se han situado en grupos sobre la playa, el sol de invierno calienta ligeramente mi pecho,

 

a la espera permanezco

de una señal del transparente cielo

 

que me desprenda de todo

lo que no me pertenece,

 

la disponibilidad de aquellas horas

en las que los conciertos, las excursiones, las visitas a museos, las veladas con personas que simulaban ser amigos,

 

una cierta postura literaria ante la vida

 

y Jean Paul Sartre comiendo ilusiones

para horrorizarnos, para vengarse de mi furioso afán por la poesía,

 

pero no lo olvides,

ahora no deseo nada más.

 

Crece en mi cuerpo

la tonalidad del cadmio que amarillea mis mucosas y mis lagrimales se llenan de pitarras secas.

 

Sobre mis papilas gustativas

se pervierte el gusto de la leche hervida con vainilla base de riquísimos dulces y hasta el agua me parece amarga;

 

sólo la corteza del árbol de quina me alivia.

 

Pero como estos pensamientos

no sirven para nada, ni bajarás, ni vendrás, ni mostrarás tu engaño aunque la esperanza nunca se pierde y

 

a la espera permanezco

de una señal del transparente cielo

 

que me desprenda de todo

lo que no me pertenece.

 

                                                                Johann R. Bach

Buscamos presumir de tener en nuestro patrimonio muebles antiguos,

AMBICIÓN SIN LÍMITES

 

Fácilmente olvidamos

que nada nos pertenece

 

Ambicionamos la madera,

el mármol, el oro, valiosas pedrerías,

 

imágenes esculpidas en Porfirio,

antiguos pergaminos, retratos pintados al óleo y acuarelas,

 

Buscamos presumir

de tener en nuestro patrimonio muebles antiguos, textos originales de grandes escritores y poetas…

 

En realidad nada nos pertenece.

 

No hay patricios ni plebeyos

bajo la cúpula de la noche:

 

Sólo quedan los rescoldos

de lo que fue un fuego descomunal: lucecitas que convierten la noche en un cristal volcánico,

 

una oscura sábana de jade

y que flotan en un espacio envejecido y deformado por el calor fluctuante como una silla de montar,

 

y un Dios cansado de esperar

que nos mira asombrado del volumen de nuestras ambiciones.

 

                                                                     Johann R. Bach

7 dic. 2014

el silencio se lleva por delante la palabra y el olvido de cada uno de nuestros gestos.

METAMORFOSIS CON OLOR A LAVANDA

 

Ovidio describía en su "Metamorfosis"

cómo "nuestros cuerpos se transforman sin reposo y lo que habíamos sido o somos no lo seremos mañana".

 

De forma parecida

el río sigue el mismo curso, atraviesa el cielo, la nube;

 

la luna no se detiene;

 

el silencio

se lleva por delante la palabra y el olvido de cada uno de nuestros gestos.

 

Tirita con fuerza el nistagmo

de mis ojos ante las cimas heladas y ante bosques cubiertos con sus propias mantas verdes;

 

pero sobre todo ante tu mirar;

 

extiendo mi deficiencia ocular

sobre el mundo, abro los poros de mi piel al tacto y me sumerjo en el mar de los sueños.

 

El gozo y…

ese misterioso vector del Destino me obligan a escribir todos los días: debo esculpir –creo- la vida como "Aquél que Cincela" el ADN,

 

trazo a trazo,

saboreando cada minuto de su curso, acariciándola, respetando su trayectoria sin oponer obstáculos,

 

sumándome a su devenir.

 

Siento cómo se endurece

la corteza de mis hombros y el paso del tiempo tiende a desterrar el entusiasmo que me ha llevado hasta aquí.

 

Cambio sin reposo como todo. Sí.

Pero aún aspiro el aire perfumado con lavanda y romero y todavía no orino por rebosamiento, me alegra la luz de la aurora –diferente cada día- y

 

me hundo en el mar de tus abrazos.

 

                                                                   Johann R. Bach