24 ene. 2015

¡Oh noche! Mis sudores de cordero negro provocan sarcasmo.

BREVE ORACIÓN NOCTURNA

 

¡Oh Noche!

De tu sencillez no obtuve más que la apariencia perfumada de los vuelos parabólicos de pájaros inaprehensibles mientras que a la lavanda le bastaba con esconderse tras las sombras.

 

Nada de lo más frecuente

exigía el movimiento excepto tu mano ávida de polen que se abalanzaba sobre mi frente con los remolinos de una lámpara sostenida por la Flor de los Vientos.

 

¡Oh noche!

Mis sudores de cordero negro provocan sarcasmo. Mi angustia se acrecienta con súbitos consentimientos cuyo rumbo no consigo mantener, aunque sabes que me gusta ese verso que escribes mientras la tierra calla.

 

Me coloco inadvertido

sobre la quilla de tu nave hasta la fecha florida en que enrojezca mi ceniza como silueta cosida a la penumbra.

 

¡Oh noche!

No he podido traducir al idioma galáctico el poema a partir del cual aparecieron en mí los deseos íntimos de los tiempos puros de la fuga.

 

Saludo a todos

aquellos que marchan seguros de tener el corazón limpio, bajo tu silencio meditado -carnal subsidio y fruta-, junto al término del poema.

 

Mañana pasarán erguidos,

bajo el viento casi huracanado, masticando instantes que se pueden enhebrar uno por uno.

                                                             Johann R. Bach

Sus pies habían sido, durante años y años, como dos piedras olvidadas,

    EL ADIOS DE UNA MONJA ANCIANA

 

Había ecos de plegaria

y música de piano que recortaban su silencio, abreviaturas sordas de música en sus sienes y sus párpados temblaban todavía. En un claustro sonrosado con las piernas desnudas y manchadas del mismo color rosa que los arcos, las lágrimas abundaban como el frío.

 

Pensé en su corazón lleno de tesoros,

excepción en un mundo falto de latidos, en su vientre tatuado por espinos, en sus muslos pintados de azul claro.

 

En aquellos días viví

entre su imagen, su sexo borrado del tiempo y un jardín lleno de letras grises y gemidos como un humo de nombre solitario, su respirar con los ojos, cómo en su musitar rogaba un nuevo hogar distinto de aquel donde la cera y la ceniza son los ángeles.

 

Vi cómo su quietud se pronunciaba

descomponiendo el árbol de su ser, ablandando sus delicados miembros, cómo lo gris deshizo el vívido amarillo y cómo se iban perdiendo los aromas en el ascenso de un olor impuro, hipocrático.

 

Sus pétalos eran lívidas caricias,

su torso se transformaba en un tallo. Y en sus ojos la sombra del no ser miraba suplicando bajo las rojas grietas de su frente.

 

En aquellos últimos minutos

vi su presencia abrirse y deshacerse y sus ojos perderse entre las frutas funestas de pasados intocables. Como su única hermana recogí en las mías, sus manos de sierra y de coral.

 

Repartida en visiones y en instantes,

su estatura se quebró en infinitos fragmentos dispersados. Sus ojos como en un puente.

 

Sus senos se abismaron

con su voz y sus palabras fueron en aquel día de otoño como agua de una lluvia más oscura, más doliente. Solamente su vientre se elevaba bajo la red azul de las estrechas distorsiones del grito de la luz.

 

Sus labios se fueron ocultando

poco a poco en las hojas y en las raíces secas sus silencios traspasaban pálidas orquestas. Su cuello siempre fue una tétrica magnolia. Como innobles madreselvas las venas habían recubierto, hasta las orejas, su piel de adolescente en delirio.

 

Sus pies habían sido,

durante años y años, como dos piedras olvidadas, mientras que su nombre, fue como una cadena desprendiendo cada eslabón untado de sentido. Había sido su vida como una antorcha de oro y cera, como una catarata de momentos, como de mármoles un choque.

 

Como carbón vegetal ya consumido, 

su luna se deshizo en otros cielos…, se borró como su sol. 


                                                         Johann R. Bach


23 ene. 2015

el jadear de la corteza que provoca lo salobre


SUBIR LA TRISTEZA AL DESVÁN

A Marta Guillamon
no se le podía preguntar qué le atraía especialmente de aquél del cual iba colgada del brazo paseando lentamente por Las Ramblas.

Cuando a Marta le caía en gracia algún hombre
se negaba a dar una explicación coherente –léase interesada- y racional del por qué aquél y no otro.

Los hombres se enamoraban de ella,
pero le temían aún más que la deseaban.

Al parecer, la única explicación plausible
es que en realidad el cuerpo se lo pedía. Aceptaba el amor masculino como venido de improviso a lomos de una ola

sin orden ni concierto.

Era como si, un desvarío verde,
bajo la espesura del sagrado bosque se le enramara como en una cabaña sin cerrojos ni barrotes.

No era un simple capricho,
ni se producía aquella locura de enamoramiento a fecha fija. Para entenderlo se tenía que hilvanar algunos pensamientos que de vez en cuando, inesperadamente, hacía sobre el amor:

"porque el amor –se le escapó en cierta ocasión-, segado,
ha crecido como los arilos de una granada en mi cama"…

"y porque el jadear de la corteza
que provoca lo salobre lo llevo bien hincado de forma que encrespa la bahía".

Otras veces Marta era más directa;
rozando la grosería, pero con la misma sonrisa de la inocencia podía decir por ejemplo:

¿Sabes?
Me gusta tu culo y me gusta tu pensar; no desaprovecharía la ocasión de que mi lengua pudiera recorrer, lentamente,

como un silencioso caracol,
el árbol entero, de la raíz a la copa, con el amor a la espalda, y un ápice de espanto en la punta de las antenas.

Y es que Marta sabía
lo que era subir la tristeza al desván, mirarse al espejo, pintarse los labios y bajar las escaleras

con un vestido de alegría
dispuesta a aceptar los regalos del mundo.

                                                              Johann R. Bach


22 ene. 2015

ser tacto de entre los mares

HACER BARRO, INVENTAR SUPERPOBLACIÓN

Hubo un tiempo
en que jugaba con el barro -cuando cesaba la lluvia- y, con la arena de la playa, cuando salía el sol.

Eran días
que no quiero pensar si eran mejores o peores; eran días casi exentos de obligaciones;

Hacía nuevas criaturas.

Inventaba superpoblación
porque todo el universo se reducía a un pequeño pueblo blanco a la orilla del mar.

Sin saber lo que hacía
caracterizaba individuos con infinitas variaciones del mismo miedo al viento de tramontana.

Las rocas junto al mara eran para mí
-como lo eran también para Pichot(1)- un decorado que explicaba espectáculos de teatrillos de guiñol.

Hoy exacta la pena ¿es por mí?

¿Son la culpa,
el sueño y la incapacidad de ordenar los duros cuerpo y las herramientas necesarias?

Del mejor intencionado hacer,
de la buena matemática, del rumor diario, de abajo los colores de la luz que podrían tocarse,

ser tacto de entre los mares
y navegar como si nadar fuese fijar el timón hacia un lugar donde depositar los miedos robados.

Si pudiera, volvería a hacer barro
para las nuevas criaturas junto al mar.

                                                            Johann R. Bach

(1)     Artista de Cadaqués que se inspira para hacer sus cuadros en conjuntos de rocas antropomorfas.


... quiero ordenar al fango que han pisado mis ruedas que civilice.

DE ACUERDO, DE ACUERDO.

Cuando veas las huellas
recientes de las ruedas
de una motocicleta marcadas
cerca de tu casa, borrálas

porque son las marcas de
del número de zapato de un poeta.

Por otro lado,
para dejar de hacer, tendría que multiplicarte.

Quiero desmemoria
y exijo el mismo desinterés: huir de recorrerte infinita la exactitud de sobrevivirte y,

ordenar al fango
que han pisado mis ruedas que civilice. 

Criado para deshacer,
mutar de cero las voluntades y prescindir de carne,

quiero cansancio, vaguedad y nada.                                                            
                                                              Johann R. Bach

el hombre creó siete dioses que bajo el soplo de uno de ellos -que llamaremos Eolo como una concesión humana- surgieron otros muchos.

NO SALE EL SOL TODOS LOS DÍAS

El cielo está encapotado
y hoy me siento más oscuro que esos nubarrones amenazantes. Sospecho que en un día como este –uno de ésos que no sale el sol-

el hombre creó siete dioses
que bajo el soplo de uno de ellos -que llamaremos Eolo como una concesión humana- surgieron otros muchos.

Con el tiempo se aparejaron
con criaturas terrenales dando origen a semidioses y otras divinidades.

Hoy no tengo explicación alguna
de cómo surgieron las galaxias,

ni explicación para otras muchas cosas.
No sé por qué las amebas amiban, se intercambian sus núcleos como si fueran cromos.

Sobre el átomo…
conozco poco más que Sócrates y Heráclito. Sobre la posición de las estrellas en el cielo y su movimiento sé mucho menos que los Siete sabios de Grecia:

Hoy veo mi futuro más oscuro que nunca
cuando descubro que los misterios esenciales no dejarán de serlo porque son parte indisoluble de mi interior donde

el silencio hace nacer sus propias criaturas.

Entre ellas –y no con fuerza menor-
surge el poema que abre grietas en aquellos corazones que son demasiado grandes para este planeta;

con dolor –a veces-,
como secuencia indescifrable de palabras de forma casi natural.

El poema lleva en su espalda
baterías para recoger el gesto, trazar trayectorias parabólicas e intenta dialogar con esa parte de mí mismo irreductible a las palabras.

De tanto darle vueltas a la vida
llega un momento en que sabes que tienes que irte, que sobras.

Después de haber agotado
gran parte de los depósitos de insulina y de ácido úrico, y, después de tantos y tantos años sabiéndote joven un buen día descubres que

tus amigos se han marchado ya y que eres el más viejo,

aunque contento
con la carpeta llena de proyectos y en pleno bochorno porque te has discutido con una dulce poetisa por la exuberancia de su apasionamiento.

Y un día sin noticias suyas, 
sabiéndola enojada, es como un día sin sol.

                                                                Johann R. Bach

21 ene. 2015

la meva escala en el temps és una altra. Però els nostres universos són una mateixa cosa.


ELS MIRALLS DE GEORGINA

Quan em vaig traslladar
 a casa de la Georgina vaig quedar presa com una libèl·lula de l'aura dels miralls que hi vaig trobar. Tot hi és un mirall que t'envaeix els ulls , s'entesta- t'obstines- a assetjar la imatge imprevista.

No solament l'aigua,
  el metall polit, la pàgina blanca, la pedra que hi conforma les estàtues, sinó també les seves mans, que imposen el seu ordre en les coses, la fuga del temps i el seu retorn, sempre imprevist, la por de les passes que van negant els camins.
Avui mateix, després de contemplar el mirall,
penjat a la meva alçada, no pas per veure-m'hi sinó per buscar-la-hi a ella quan no és a casa, m'he estat fixant en els dos llums iguals que presideixen la seva superfície irreprotxable d'on he aconseguit desterrar paret i cortines;

I, m'han aparegut a la ment les línies d'un paisatge sense somni, l'aire mateix s'ha prestat a l'oblit dels problemes amb el meu exmarit.

Encara és mirall o bé ja és font?
He tingut la sensació que no em voldria assemblar a algú que no s'atreveixi  a contemplar el seu propi rostre. He sentit com, en mirar aquest  mirall, realment l'estava esperant com un únic esforç.

M'he posat a llegir
– un dels meus millors plaers - i un insecte diminut s'ha aturat en el marge d'una pàgina; l'aparto tot espolsant la pàgina (delicadament, per no fer-li mal)i gairebé a l'instant, d'un salt s'hi ha tornat a situar.

Semblava que em convidés
 a fixar-me en ell: era un dípter, tot ell de color verd amb taquetes  ametistes, no domèstic, les ales quasi triangles equilàters  que lluïen paral·leles al paper on ha posat les potetes; m'ha recordat les libèl·lules.

Massa obert,
el cosset gairebé tocava el blanc de la pàgina. Un traç ferm de preciós verd maragda, extremadament subtil, vorejava les ales transparents; com cel·lofana cristal·lina m'exhortaven a mirar-les bé per percebre-les millor, a fixar-me en la perfecta simetria del seu suport viu.
  
Intentava
 apartar suaument aquell ésser diminut amb la punta del bolígraf , però es tornava a instal·lar tan a prop del llibre sense intentar fugir que em va semblar que buscava companyia encara que jo no fos de la seva mateixa espècie.

He provat de foragitar-lo
altre cop amb una bufada lleugera. Es resistia a marxar. He pensat que era una vida ja sense instint de conservació, que el seu final era proper i me n'he desentès;

fins a sentir-la posada
 en la part de la mà ,tremolor! que jo no em veia, la que estava enfront del llibre , esperant, tota, el moment de passar el full, la volta del temps...

He continuat  llegint i passant pàgines:
la meva escala en el temps és una altra. Però els nostres universos són una mateixa cosa.

He tornat a mirar-me el rostre al mirall, tot esperant la nit per  fer una passejadeta amb la Georgina.

                                                            Johann R. Bach

mi escala en el tiempo es otra. Pero nuestros universos son una misma cosa.

                                  
LOS ESPEJOS DE GEORGINA (fragmento)

Cuando me trasladé
a casa de Georgina quedé presa como una libélula del aura de los espejos que en ella encontré. Allí todo es un espejo que invade tus ojos, se empeña –te obstinas- en asediar la imagen imprevista.

Allí no sólo el agua,
el metal terso, la página blanca, la piedra que conforma sus estatuas, sino también sus manos que imponen su orden en las cosas, la fuga del tiempo y su retorno, siempre imprevisto, el miedo a los pasos que van negando los caminos.

Hoy mismo, después de contemplar el espejo,
colgado a mi altura, no para verme sino para buscarla a ella cuando no está en casa, me he estado fijando en las dos luces iguales que presiden su superficie intachable, de la que he logrado desterrar pared y cortinas;

y, en mi mente han aparecido
las líneas de un paisaje sin sueño; el aire mismo se ha prestado al olvido de los problemas con mi exmarido.

¿Es todavía espejo o es ya fuente?
He tenido la sensación que no quisiera parecerme a alguien que no se atreva a contemplar su propio rostro. He sentido cómo al mirar ese espejo realmente la estaba esperando como un único esfuerzo.

Me he puesto a leer
–uno de mis mayores placeres-, y un insecto diminuto se ha parado en el margen de una página, lo aparto sacudiendo la hoja (delicadamente: para no hacerle mal) y casi al instante, de un salto se ha situado allí de nuevo.

Parecía como si me invitara
a fijarme en él: era un díptero, todo él de color verde con algunas manchitas amatistas, no doméstico, las alas eran casi triángulos equiláteros que lucían paralelas al papel en que posaba las patitas, me ha recordado a las libélulas.

Demasiado abierto,
el cuerpecillo casi tocaba el blanco de la página. Un trazo firme de precioso verde esmeralda, extremadamente sutil, bordeaba las alas transparentes, como celofán cristalino me exhortaban a mirarlas bien para percibirlas mejor, a fijarme en la perfecta simetría de su vivo soporte.

Suavemente
intentaba apartar a aquel diminuto ser con la punta del bolígrafo, pero se volvía a instalar tan cerca del libro, sin intentar huir que me pareció que buscaba compañía aunque no fuera yo de su misma especie.

He intentado ahuyentarlo
de nuevo con un ligero soplo. Se resistía a marchar. He pensado que era una vida ya sin instinto de conservación, que su final estaba próximo y me he desentendido;

hasta sentirla posada
en la parte de mi mano ¡temblor! que yo no veía, la que estaba frente al libro, esperando, toda, el momento de pasar la hoja, la vuelta del tiempo…

He continuado leyendo y pasando páginas:
mi escala en el tiempo es otra. Pero nuestros universos son una misma cosa.

He vuelto a mirar mi rostro en el espejo, esperando la noche para dar un corto paseo con Georgina.

                                                          Johann R. Bach

19 ene. 2015

se llamaba Regina, su hermana Carmen, su madre era peluquera

REGINA

 

La veía todos los días en el metro.

La esperaba siempre sentado en alguno de aquellos graníticos bancos. Ella lo sabía y no es que me huyera de mi mirar, pero

 

evitaba el abordaje –no sólo el mío-

y se hacía rodear de varias compañeras, de forma que nunca iba sola. Estirando la oreja cerca de aquel grupito

 

recababa mucha información:

se llamaba Regina, su hermana Carmen, su madre era peluquera y eso explicaba lo bien peinada que iba.

 

Con tan sólo quince años

dediqué muchas horas –como lo haría cualquier dios- a contemplar sus gestos, su sonrisa espontánea y limpia, adolescente,

 

la manera de llevarse el lápiz a sus labios

cuando, concentrada, remataba los deberes de aquella escuela de la que yo sólo sabía que las faldas a cuadros rojos eran parte del uniforme.

 

Os aseguro que aquel día

al salir del agua de la piscina del Club de Natación de Pueblo Nuevo el mismo Apolo se hubiera deshecho en las gotitas que caían de su cuerpo,

 

que, por otra parte, iluminaban

con reflejos irisados las doce del mediodía enlazando sus cabellos como las serpientes de la Medusa,

 

cuando justamente

los rayos del sol que penetraban por los grandes ventanales del recinto deportivo jugaban a hacer equilibrios

 

en su blanco rostro

y los dedos de los pies orlados por delicadas uñas pintadas de rojo.

 

Parecía que varios dioses

pudieran estar peleando con el mismísimo Apolo por ocupar un rincón en los bucles de algodón de su toalla mojada y,

 

mientras dibujaban su silueta de agua y salitre dulce,

el tejido no podía evitar que sus nalgas se grabaran en él como si fuera sobre la arena de una playa.

 

Yo también, de haber sido posible,

me hubiera peleado con cualquier criatura, monstruosa o no, por hacer resbalar mi saliva junto a aquellas gotas que discurrían por su espalda o

 

simplemente por aplastarme

levemente como la toalla contra sus pezones o contra la piel de sus párpados cerrados.

 

Aquel día sentí que la inmensidad

era el único teatro de aquellos ojos, como su teatro era ella, sola, sólo ella.

 

Nunca más la volví a ver

tan ligera de ropa. Guardé aquel momento y todo su color en los archivos de mi alma y me dispuse a irme de su vida.

 

A veces no hay que pensarlo tanto:

tienes que irte, desaparecer del mundo de la amada, introducirte en la calle y mezclarte entre los rebaños de los solitarios…

 

Pero es que Regina…

¡era tan bonita!

                                                          Johann R. Bach

                                                                                     

He movido montañas y con su desmonte he construido la pista para despegar con los aviones más modernos

DEJÉ DE FUMAR EN EL PASADO SIGLO

 

No siempre fui el que tú crees conocer

ni nada de aquellos tiempos llenos de curiosidad se parecen al mundo de hoy, aunque reconozco que me está costando darme por enterado que ya hace años que abandoné el siglo XX.

 

En la segunda mitad de aquel siglo

todo era -así de simple- fascinante y breve. Las confidencias llevaban el viento fresco sobre la saliva.

 

El alcohol resumía la tristeza

-solamente paliada por el blues, la bossanova  y la salsa- y la alegría:

 

los cuerpos cansados

y el cerebro espeso.

 

A pesar de que no sucumbí del todo

a aquellos cantos de sirena, fumaba y mientras lo hacía mis labios no buscaban otro destino.

 

Ahora sólo puedo creer en ti,

tiempo de un nuevo siglo que me devuelves a ella, amiga de la sonrisa triste en las horas inciertas.

 

Ahora, de vez en cuando,

me veo obligado a la noche mirando la luz que se filtra por la ventana entre las blancas cortinas de un modesto hotel.

 

No quiero dormir en todo el fin de semana.

Quiero conservar el olor de sus cabellos mientras cierro los ojos y me la imagino junto a mí… ¡ah! La suavidad de su espalda desnuda.

 

Sé que tiene hijos,

y, hombres de músculos firmes que la adoran, hombres que sueñan con besarla mientras se enamoran.

 

He rozado el paraíso cuando he querido

y por ello no debo quejarme de mi suerte, pero también he visto hombres neuróticos matarse por nada.

 

Conseguí ser capitán de una nave

que sobrevolaba La Pampa soñando con encontrar a alguien como tú, y ahora me dices que quieres ser como yo,

 

con la piel cuarteada por el sol

y la pluma aún fresca para escribirte.

 

Pero es demasiado tarde:

sólo el viento sostendrá aún por un tiempo mis sencillos versos.

 

He movido montañas

y con su desmonte he construido la pista para despegar con los aviones más modernos, pero también marqué las cartas; el Edén está ardiendo y

 

no sé si tendré aún tiempo para construir otro.

 

                                                            Johann R. Bach

 

18 ene. 2015

“Has creado la trampa perfecta para ti misma”.


ESTOY ENAMORADA DE TU ENTREGA

La luna estaba ya muy alta
cuando ella me decía –desnuda- al leer un poema:

"Estoy enamorada de tu entrega".

No sé por qué aquello me dejaba tan perplejo;
después de todo me hacía sentir no menos admirado que algunos ingenuos adinerados que están convencidos que se les ama por su inteligencia.

La verdad es
que nunca se me ocurriría decir en el curso de los escarceos amorosos: "escápate mientras puedas".

"Has creado la trampa perfecta
para ti misma".

Ni mucho menos iba a decirle
que dejáramos nuestras caricias para otro momento.

Cansado, me hizo olvidar
que no podría rezar por un ángel porque los ángeles hacía tiempo que se habían olvidado de mi.

Sumisa, frente a mi cuerpo,
no era precisamente un ángel la que me acariciaba mientras rompía la distancia de los labios.

Guardé aquel momento
en el que la luna -invadiendo nuestra alfombra con sus sombras blancas- estaba ya muy alta cuando ella me decía –desnuda- al leer un poema:

"Estoy enamorada de tu entrega".
                                                                 Johann R. Bach

TRISTEZA

Capítulo 94     ULTIMOS DIAS EN FRIEDENAU (V)

  • Agotamiento con tristeza
         
  • Tristeza por fracaso
             

Está amaneciendo en Friedenau. El sol se levanta precisamente por encima de los árboles de Fregestrasse y la claridad entra en mi dormitorio sin cortinas que me puedan proteger.

Son las cinco. No he podido dormir desde las 3.00 h., hora de la máxima debilidad por intercambio de ácidos en el estómago y por sentimientos profundos no resueltos. Es la hora fatal de los que se sienten injustamente tratados. He ido a la cocina y me he preparado un café.

Mientras subía el ultramarino aroma he puesto en marcha el PC. Sorprendentemente tenía un mensaje de mi amante. Era una carta dirigida a su amiga Cristina, aparecida en escena misteriosamente el día que vi por última vez a mi amor.

Es una carta larga y penosa de leer. La he leído varias veces. A medida que la leo la hiel amarga mis labios, el corazón se me hiela y ese frío no tarda en alcanzar mis delicados pies. Miro de vez en cuando, alzando la vista hacia el patio interior.

El torreón situado a mi izquierda parece llorar; un poco más a la derecha, arriba en el árbol, cuyos ojos me parecen azules, mira un pequeño pájaro entre flores doradas. Arriba en el árbol con ojos despiertos, mira otro pequeño pájaro cuyas alas ya no son flores.

Arriba en el árbol otro pequeño pájaro cuyos ojos son ciertos, siente florecer, bajo sus fríos pies, brotar el amor, mientras el mío está herido de muerte. Arriba en la aún desnuda copa del árbol que florece se columpia en una ramita otro pequeño pájaro que es puro amor.

Se me ocurren pocas palabras para escribir. Plasmadas en la respuesta a una carta cuyos versos me resisto a entender, no ocupan ni una línea.

Tomo lentamente el café mientras las primeras luces bañan mis húmedas mejillas. Sueño con otro final. Cambio mi actitud; no puedo cambiar la de mi amor. ¿Cómo empezar el olvido en mitad de la tormenta?

Aún no puedo empezar a borrar las huellas de tantos abrazos, aunque ello pueda ser posible con el tiempo. Frente a mi ventanal que ya no es mío, desnudo, sin cortinas, a la vista de hipotéticos vecinos siento que el calor se fuga, huye de mí. También él me abandona.

Todo el edificio está lleno de magias, algunas de ellas imposibles de traducir al leguaje humano. La sintaxis empequeñece ante ese juego de sombras modernistas y se rinde ante la hiedra deshojada que se aferra a la pared y, a pesar de que el invierno tortura sus dedos, espera los nuevos brotes. Hasta la Maestra de los Ecos tendría dificultad ante ese hipérbaton de sentimientos.

Me visto. No sé qué hacer. Quizá fuera buena idea bajar a comprobar si los ruidosos vecinos todavía existen bajo mis pies. De hecho tal vez no sea necesario ni bajar. Sin hacer nada estoy ya en la misma nada en la que se encuentran o dejan de encontrarse.

Sin llamar a la puerta que ya no será del piso en el que ya no viven a pesar de que ellos permanezcan en alguna especie de magia que provisionalmente puedo llamar "allí". Eso me parece ahora Friedenau. Su magia obliga a la cordialidad en ausencia de todo.

Pienso en aprovechar que ninguno de los vecinos va a llegar tarde a ninguna parte para pasar sin mirarles a los ojos porque los suyos ya son suficientemente descarados y totalmente ausentes de alma. Nunca fueron apasionados y sus silencios y promiscuos asombros han estado siempre ausentes como sus linfáticos azules.

Me esfuerzo por sacar de mi interior lo que pueda quedar de optimismo. Nadie es perfecto. ¿Se puede recuperar nuevamente la inspiración y volver a llenar este vacío con algún otro mundo?

Dadas las actuales circunstancias, no me importaría despertar un buen día convertida ni que fuera en un insecto. ¿Una abeja trabajadora? ¿Una hábil araña tejedora? ¿Una hormiga hacendosa y ahorrativa? ¿Un alegre y  cantarín grillo?

Necesito dinero. Voy a vender el Wrangler; los vecinos ya no puedan enterarse que desde ahora voy a ir a pie mientras pueda caminar. Abro el armario y repaso todas y cada una de mis medicinas. Mi mirada se detiene en una que hacía tiempo que no la usaba: Acidum pícricum 15 CH.

Dilución suficiente. Sobre un plato derramo los glóbulos vírgenes y los impregno con una gota difuminada del estimulante ácido. Sin esperar siquiera a que se sequen tomo ocho.

Si no son suficientes me tomaré otros ocho antes de que el sol alcance el meridiano. Lleno, con el resto de glóbulos cargados de alegre espíritu un frasco de topácico plástico para protegerlos de los rayos ultravioletas. Quizá lo necesite en el pedregal.
                                                          Johann R. Bach