11 abr. 2015

Un pequeño haz de luz azul de una estrella fugaz atravesó la noche


EL POEMA:  UNA MEDICINA EFICAZ


El poema
como único motivo de vivir para muchas criaturas y tú os tocáis. ¿Con qué? Con el roce de las alas, con el roce de vuestra propia lejanía.

De joven te parecía
que las heridas siempre cicatrizarían rápidamente y la fuerza de tu cuerpo no sólo no reconocía límites sino que creías que crecería constantemente. Aún desconocías la inercia y las fuerzas que la frenan hasta anularla.

A cada problema surgía
otra felicidad vista y curada la peligrosa sequía, el rigor de la luz no socarraba más las flores. Refrescado el ambiente por la lluvia susurraban los valles centelleantes coronados de vegetación, los arroyos se hinchaban como tus venas y todas las alas plegadas se aventuraban de nuevo en el espacio del canto.

Pero a medida que pasaban los años
observabas que cada vez las afrentas tardaban más y más en encontrar el camino del olvido y que el resentimiento contra todo y contra todos crecía y crecía hasta amenazarte con la parálisis total.

A una edad
en que todo proyecto se te mostraba fútil, pero aún el aire estaba lleno de criaturas alegres; la ciudad y el bosque rebosaban de trinos renovados; y, sin embargo los que te rodeaban parecían entender que de ti, ya no podía esperarse nada.

Un pequeño
haz de luz azul de una estrella fugaz atravesó la noche. ¿Crees que los dioses habrían abierto las ventanas de la bóveda celeste y alegrando el camino de ese hilo de luz fino como el de una araña para nada?

De repente sentiste
cómo la ansiedad desapareció de tu pecho. En aquel momento te dijiste a ti misma: "cincuenta febreros, una montaña. He tenido los ojos cerrados ante lo más viejo del mundo: La poesía esa fuerza medicatriz para el alma y el cuerpo que lleva en sus alforjas la musa del amor". 

Un simple rayo de luz
descendiendo desde una estrella cura una herida en décimas de segundo como una de tus sílabas es capaz de llenar el mundo de esperanza y hacer que te niegues a tirar la toalla prematuramente.

Esos poéticos rayos de luz
han atravesado millones de kilómetros para posarse sobre tus retinas y con su mínima chispa han encendido en ti el fuego necesario para saborear la noche y llenar tu alma de dicha.

Tan viejo como las piedras y el mar, el poema revoloteando como las abejas alrededor del roble, es capaz de cicatrizar las quemaduras de la piel y las grietas del alma.

Deja a un lado tu orgullo,
llora, detente, estrecha a tu amigo el poema, escucha las palabras que te curaron con arte celestial tus penas de amor y vuelve tus ojos a los versos que atravesando el viento de la noche supieron esperar.


                                                     Johann R. Bach

el vino ponzoñoso, empecinado en sobrevivir en las cumbres nevadas amparado solamente en el color azul de sus pétalos.

EL HUMO DE LA MELANCOLÍA

 

Como en una locomotora de vapor

que resopla y echa humo, ordena al ingeniero y sus ayudantes echar carbón en abundancia; cerrar las válvulas y pasar lo más deprisa que se pueda sobre el puente del Leteo.

 

Repite en tu interior

con la misma presión del vapor sobre la caldera: ¡No vayas, no vayas hacia el olvido! No exprimas la Capucha del monje (el Acónito), tenaz en sus raíces,

 

el vino ponzoñoso,

empecinado en sobrevivir en las cumbres nevadas amparado solamente en el color azul de sus pétalos.

 

No expongas tu pálida frente

al rojo beso letal de la belladona o al dolor de la dulcamara sin antes asegurarte que las válvulas se abrirán para dejar escapar la fiebre agazapada a su humo.

 

Quizá te puede apetecer alejarte

del agitado mundo de hoy en día y hacer un viaje lento y relajado a lomos del Viejo Tren de los Sueños. En ese caso, cierra los ojos y súbete a los antiguos silbidos que flotan sin necesidad de catenaria.

 

No hagas tu rosario

de escarabajos de té -Blattaorientalis- escondidos en las plantaciones de Ceilán ni le expliques tus penas a los murciélagos pues las sombras se acurrucan junto a tus sombras como un sueño excesivo.

 

Ármate de valor.

Aprovechando la breve parada en la llanura, cuando el acceso de melancolía caiga y desde el cielo la humedad, como de llorosa nube, atraviese el humo que se disipa bajo las ruedas de la locomotora

 

reanima tu abatida cabeza

cargada de flores con una gota de vinagre sobre tus labios y oculta el verdor de la colina, aunque sea momentáneamente con una rosa de la mañana.

 

Envía a la melancolía

a su residencia de verano. En este año ya no tiene lugar desde donde contaminar tu fino paladar después del estallido de las Uvas de la Alegría sobre tu lengua.

 

Copia la actividad

del único tren de vapor que funciona casi todo el año -a pesar de la invasión de las catenarias conectadas a las centrales nucleares-, en la compañía privada Ferrocarriles Oigawa, en la prefectura de Shizuoka.

 

Ese tren, como el Viejo Tren de los Sueños

va lleno incluso en días laborables de familias y aficionados a este tipo de transporte.

 

A ti poco te importa que los vagones de pasajeros

no tengan aire acondicionado, así que, durante el viaje, al abrir las ventanillas se puede contemplar

 

la mezcla de paisajes reales

con las victorias virtuales arrancadas a la melancolía de los campos de té, típicos del paisaje de Shizuoka.

 

Aspira el aire en el interior de los vagones

y siente como la locomotora de vapor desata su poder secreto que consiste en crear un sentimiento de camaradería entre los viajeros, aunque estos no se conozcan. Embriágate de él.

 

A la hora de la salida

suena un silbido, las alegrías se desatan, salen nubes de humo, y las grandes ruedas de hierro comienzan a rodar desde la estación de Kanaya. Es otro de tus viajes placenteros.

 

En el camino,

cuando el tren retumba sobre los puentes de hierro, los adultos y los niños de las riberas del río, miran hacia arriba y dicen adiós con sus manos al aire como desde el primer día que vieron un tren.

 

Los pasajeros les contestan

y el silbido de la locomotora mezclado con el humo también les envía saludos mientras se aleja de su vista.

 

El final de trayecto

está en la estación de Senzu, a 39,5 km., un viaje de 82 min. por el valle del río Oi un paisaje idílico.

 

Entrando en la estación de Shin-Kanaya,

donde muchos pasajeros y aficionados a los trenes están esperando como tú, deshacerse de los malos presagios, después de haber tocado sus sueños.

                                                                                                                                                           
                                                          Johann R. Bach

 

9 abr. 2015

Sí ahora lo sé, todos los amaneceres iba a tu encuentro,


AMEDÉ: ARQUETIPO DEL SUICIDIO


Cuando conocí a Amedé
ya era demasiado tarde, aunque yo entonces no lo supe: el virus de la depresión ya había invadido gravemente su espíritu.

Hacía justamente un año
que había terminado sus estudios cuando ganó por oposición una plaza de técnico en urbanismo convocada por el Ayuntamiento.

Era un muchacho apasionado
como el que más: se tomaba su trabajo muy en serio, hasta el punto en que llegó a disfrutar tirando líneas sobre su mesa de dibujo y calculando distancias urbanas durante horas y horas después del horario de jornada.

Una secretaria se fijó en él
y a escondidas, detrás de los visillos de su oficina, espiaba el mínimo movimiento de su perfil: Sus largas pestañas eran un elemento altamente llamativo en un hombre y además sus gruesos labios no pasaban desapercibidos.

Una tarde, simulando tener mucho trabajo
se quedó en la oficina y esperó a que todos hubieran marchado. Es fácil imaginar como una mujer experta, veinticinco años mayor que Amedé supo sacar partido de su pasión y en cómo le hizo conocer el amor: el primero.

Durante varios días repitieron
los violentos retortijones de lordosis sobre el piso de madera. Y tanto amor volcó Amedé sobre su amante que le propuso ir a vivir juntos.

La secretaria le dijo que estaba casada
con un alto funcionario del Ayuntamiento, que era madre de dos niñas y que poseía una posición económica y social envidiable y que no lo iba a perder todo por un amante.

Amedé vivía solo
en un piso cerca del departamento de Urbanismo. Cuando lo visité me ofreció un café y con una cierta sonrisa me hablaba de su trabajo de forma penosa: No soportaba tener cerca a la mujer que le había despertado todos sus sentidos y ya los espacios de Minkowski ya no le apasionaban.

Mientras hablaba me fije en su piel,
en cómo unos pequeños pedazos de caspa blanqueaban sus enormes cejas; largas, anchas y espesas, aunque Amedé no era un cejijunto malhumorado como otros. Sus dedos finos eran muy sugerentes para mi libido, pero rechazó mis besos.

Acostumbrada a esa eventualidad
no me enfadé y él amablemente me siguió sonriendo, invitándome a otro café. Me fui de su casa cabizbaja y pensativa: algo enigmático vi en sus ojos, pero al llegar a casa mis pensamientos desaparecieron.

Justo una semana después
llamó a mi puerta un hombre de cabello completamente blanco y mirar sereno que me entregó un gran sobre amarillo de Amedé destinado a mí.

El sobre contenía documentación
referente  al arrendamiento del piso, tres juegos de llaves de la vivienda, un reloj de pulsera, un nomeolvides de oro y una enigmática nota:

"He iniciado mi viaje hacia el Ápex":
te dejo el contrato de alquiler y las llaves para que seas tú la que las devuelva al casero que vive en la planta inferior. Sé que me quieres y que lo harás como un último favor. En pago te regalo las dos únicas joyas que he poseído". Besos. Amedé.

Aquella mañana no fui a trabajar,
sólo pensaba en él. No estaba enamorada, es cierto, pero le quería. No se me iba de la cabeza la escena que probablemente había visto los últimos latidos de su corazón.

Me lo imagino en su largo meditar
dando vueltas a sus ideas en la cocina:

"Hoy he visto la luz del sol durante todo el día y he sabido por su brillo que me equivoqué, y que ya no podría seguir viendo sus hilillos amarillos porque el dolor que causan en mi retina ya son insoportables y el estar aún aquí es porque

espero que la oscuridad invada la casa
y en el silencio,  en la tiniebla, perseguido aún por ese sol de los vivos que todavía no me deja, la de mis propios ojos que sólo a mi amor y a mí mismo estarán viendo en los próximos minutos".

Me pareció oírle decir:
"Y ¿qué me dices tú, luz del sol?Sí ahora lo sé, todos los amaneceres iba a tu encuentro, luz pura de la mañana, te ponías rosa, roja a veces, eras la Aurora. Y esperaba de ti que me trajeras una palabra de ella, y sólo me dabas el Sol, día tras día Sol".

Nunca llegué a oírte;
de aquel silencio tan amarillo de tu ser nunca vi nacer una pequeña misiva de ella. Te encendías para no darla, solo el Sol me dabas llevándome la angustia hasta la medianoche".

Me imagino lo que estará diciendo
desde allá –el punto afijo hacia el cual el Sol se dirige-en el centro del Ápex.

"Ya sé que vienes hacia aquí
a una velocidad de vértigo, a catorce kilómetros por segundoydíme: ¿"vienes a decirme algo, luz del Sol? Si al fin te oyese, si me dieras una palabra, una sola palabra de ella, que viniera derecha al fondo de mi corazón, allí donde, ahora lo sé, nunca una palabra de amor ha llegado" sería capaz de regresar a ese infierno".

"Una sola palabra –la esperada- de ella,
luz sin que yo la entienda, dámela, luz que no me abandonas ni en el Ápex. Sólo quiero una palabra de ella y no este Sol. Luz cambiante ¿me oyes, me has oído y has huido?¿Eres tú así?¿Así eres tú?"

¡Ignatia amara! Te lo suplico:
arranca este dolor de mi pecho.

                                                                 Johann R. Bach

se lanzó al galope esperando volar de un momento a otro ante un posible descuido de la gravedad,

SE APRETÓ EL METAL A SU PIEL

 

Se cansó la Amazona de Platino

de pisar con un pie sin saber dónde pondría el otro. Al doblar las esquinas de su barrio el viento barría el polvo y

 

su boca ávida devoraba todo el espacio.

 

Se apretó el metal a su piel

y se lanzó al galope esperando volar de un momento a otro ante un posible descuido de la gravedad,

 

pero junto a los bordillos

los adoquines estaban húmedos y sus brazos agitándose en el aire apenas la podían mantener erguida sobre la grupa de su corcel transparente.

 

En su caída –a pesar de haber salido ilesa-

comprendió que su traje era más pesado que su sueño y amó, a partir de ese momento,

 

el peso del metal –el platino-

que la había hecho caer.

 

En cada poro de su piel

hay un jardín y, bajo los átomos enlazados metálicamente que los recubren, toda la fauna de los dolores necesarios para

 

el aprendizaje del oficio de vivir.

 

                                                             Johann R. Bach



8 abr. 2015

hincarle el diente al fragmento mediante el análisis más atento y minucioso, lápiz en mano

MARTA AIME L'ART

               (sin "m" inicial y sin "a" final)

 

 

Marta Guillamon sabía desde muy joven

que la tierra giraba, que todo pasa, e incluso que era necesario que los dioses cambiasen, como dijo Renan; pero no podía, a partir del momento en que respiraba y escribía, pensar en su arte de otra manera:

 

hincarle el diente  al fragmento

mediante el análisis más atento y minucioso, lápiz en mano, aquél no era su régimen.

 

Había caído en las horas del pecado.

Pero su arrepentimiento era una nueva inocencia al ir seguido de la rehabilitación por la acción reparadora. Acción que no hubiera llegado sin la experiencia.

 

"les ruego que crean en lo grata

–solía decir Marta- y ligera que es la serenidad que emana del conocimiento de uno mismo". "Hay que trabajar –insistía-: el oráculo os hablará, como por sorpresa, en cuanto tenga el pincel en la mano".

 

Marta Guillamon siempre creyó

que el arte no tomaba nada prestado de la filosofía y que no tenía más fuente que el alma del mundo que lo rodea. Su esencia –decía- es desconocida, como la de la vida; y, su fin es el arte mismo.

 

El arte podría servir

 –repetía en todos los foros- quizá al filósofo, ¿quién sabe?, materia para especular y para amar

 

                                                                                                                                                  Johann R. Bach



 

requiere el cálido y acogedor senecio o el azul cobalto de cielos y playas de Sóller

EL SUEÑO DE PLATINA

Eres mucho más

que un sueño en otro sueño; como un día y un sonido deseas tener bordes; y se te escapa, por las manos, como una solución extraña en una raíz cuadrada,

 

para encontrar la inmensa libertad,

y ellas se lo permiten, con tristeza. En ese sueño de segundo grado, suena la luz, de tu árbol en la copa, haciéndote las cosas polícromas y vanas;

 

sólo te encontrarán cuando se extinga el día.

 

La tarde, la ternura del espacio,

apoya sus mil manos en mil cimas y lo extraño, bajo ellas es piadoso. Junto a ti quieres retener el mundo así, con estos gestos tan suaves como tocando las estrellas de la noche.

 

Pero, de momento, este sol

que te ilumina el corazón con rayos de platino mientras te forjas con la idea de un hombre más alto, más sabio y más rico;

 

este sol de la tarde

que obliga, entre los altos cerros, a refugiarse al hombre generoso que nunca quiso ser un tigre enjaulado en el corazón de una Amantis religiosa

 

hace soñar a Platina

con un hombre de mundo, alguien parecido a un Apolo; y que humillando a todos los candidatos hace imposible alcanzar su amor.

 

Todo lo que brilla

le llama su atención: Iridio, platino y rodio mezclado con oro.

 

Con el tiempo envejece

de la misma forma que los metales, el aluminio aflora en su epigastrio;

el estaño y el cinc en el insomnio de una menopausia vivida como maldición;

 

requiere el cálido y acogedor senecio

o el azul cobalto de cielos y playas de Sóller así como las perlas cultivadas de Manacor.

 

Confiesa cuál es tu herida.

¿que se rompió en tus ojos para verlo todo más pequeño? ¿Cómo es que andando juntos nos perdimos?

 

¿Acaso buscas en los altos trigales tu refugio?


                                                                Johann R. Bach


Cuando escribes algo, lo dejas reposar algunas horas o días,

PUEDE QUE NO TODO SEA POESÍA

 

Puede que no todo sea poesía.

Pero la reflexión sobre ella es como las raicillas del enebro y las margaritas que crecen en los campos sin importarles si nos gusta o no su presencia.

 

Algún poeta dijo,

intentando simplificar ese universo abigarrado de cosas objeto de la poesía, que los tres temas sobre los cuales pivota la poesía son el paisaje, el amor y la muerte. Piensas según ese esquema dónde poner tus sensaciones sobre la anatomía y fisiología en tu interior.

 

Lo que ocurre en los cielos

-aparte del record conseguido al lanzarse en caída libre desde treinta y nueve kilómetros de altura- no sabes si interpretarlo como meras descripciones paisajísticas exentas de humillaciones y odios.

 

Y donde pones los dedos

-como otra heroicidad- también puedes considerarlo como una geografía con puntos geodésicos, valles, ríos y con preciosas diaclasas.

 

A veces una sola letra

o un número como el de la puerta de la casa de tu infancia podría tener un significado geográfico de reconocimiento de las coordenadas donde poderte refugiar de las tormentas.

 

Un cuadro en un rincón

de tu habitación puede jugar el papel del amigo que sabe escucharte sin reprenderte por tus reprobables acciones y acompañarte, con su silencio, en tus sueños,

 

sus colores pueden alegrar

a tu espíritu en momentos de tristeza y adelantar con ello la primavera de tu corazón y animarte a perseverar en tus proyectos.

 

La pared misma

donde está colocado el cuadro puede vibrar y reproducir sonidos que pueden ser interpretados como la música que surge de sus sienes y alcanza las tuyas.

 

Un cuadro también puede

ser una luz con una gama de cuatro mil frecuencias que se abre paso a través de su marco, inundando de colores toda la habitación y con su simbología recordarte que el mundo de la infancia siempre está presente, tanto en la vida cotidiana, como en todo lo que haces.

 

La filosofía es –según te dijeron-

una concepción del mundo y desde luego sabes que hay una serie de artificios que te alejan de la vida, pero la materia prima, la base de tus sentimientos siempre es la vida comprimida en el cosmos.

 

Cuando escribes algo,

lo dejas reposar algunas horas o días, incluso semanas o meses, lo relees para saber si aquello que has escrito te hace pensar; y, si esa segunda o tercera lectura te sorprende es que lo poético es bueno, de calidad.

 

Entonces lo miras a través del teodolito

de tu cultura, lo sometes a un ajuste fino colimando sus ángulos; y, finalmente, lo archivas en una de tus carpetas rojas. Siempre disponible como coadyuvante de los sueños de aquellos a los que amas.


                                                           Johann R. Bach


 

Las niñas se reúnen en el patio de la escuela con vestiditos de una pobreza que rompe el corazón.


Hay una vela
que el viento ha apagado y una taberna de donde surge un embriagado a media tarde;

también hay una parra quemada
y negra con agujeros llenos de arañas mientras que dentro de la casa se ha blanqueado con leche una habitación.

Quizá haya una isla –no lo sabes-
en los mares del sur para recibir a Febus dios del sol, pero a lo lejos se oye un ruido de sables y tambores.

Los hombres, nerviosos,
interpretan danzas de guerra y la mujeres mueven las caderas entre lianas y flores de fuego al compás del mar que canta.

¡Oh nuestro paraíso perdido!

Las ninfas han dejado los bosques sagrados
y se les culpa de ello a los extranjeros. La lluvia centelleante ha empezado y se espera que sus aguas sacien la sed de las setas.




A pesar de ello aún cantan a coro con alegría.

Las sombras se abrazan
ante un espejo ciego y tras los cristales de las ventanas del hospital los convalecientes aprovechan las últimas calorías del aire calentado por los radiadores.

Un barco cargado de alimentos
que pretendía llevar ayuda a miles de personas cargados a su vez de epidemias sangrantes ha sido tiroteado y asaltado con el resultado de una decena de marineros muertos en la "escaramuza".

¡Oh nuestro paraíso perdido!

Las hermanas extranjeras
reaparecen en las pesadillas de los gobernantes como un presagio; agachadas bajo los avellanos, juegan con las estrellas de los que sueñan.

                                                             Johann R. Bach

6 abr. 2015

considero mis escritos como de un moderado surrealismo, no literal

SOBRE LOS HOMBRES DE MI VIDA

Querida Marta,

 

He comprado tu poemario

"YO, MARTA GUILLAMON Y LOS HOMBRES DE MI VIDA" y me ha encantado.

 

Nunca esperé

que tu respuesta a mi afirmación de que "todos los hombres son iguales: conocido uno ya los has visto a todos", fuese tan contundente.

 

Me has convencido

con tus numerados arquetipos de hombre. Dices que esos veintitrés que describes no son más que la punta del iceberg y que poco a poco irás dibujando otros. Los espero.

 

Sólo una cuestión

ha quedado flotando en el aire de mi estudio, originándome una curiosidad tan fuerte que me ha decidido a preguntarte si todo eso que escribes forma parte de un plan o de un hilo de plata que lo hilvana todo.

 

                           Buenos Aires a 24 de noviembre de 2013

                                                             Cristina T. Narváez


RESPUESTA

Gracias amiga mía por esa observación aunque no sé si seré capaz de contestar a eso que, por otra parte "parece" casi todo.

 

En primer lugar

mis poemas se producen en un espacio que sufre multitud de invasiones: ideas, experiencias, visiones o sueños, cartas de amigos, noticias, etc.

 

¿Qué lugar es ése,

semejante a los del sueño en que no es el de la vida real? Es un topos (lugar) como un cielo de estratos, no de profundidad o de alta densidad, sino de coloración, de presencia de ciertas afecciones.

 

Es un paisaje

en el que los poetas ya lo han advertido reiteradamente con un pensamiento aceptable (más que aceptado) por todos:

 

"duerma y descanse el hombre,

beba su vino en paz, cante y olvide, que todos tenemos también nuestro rincón de miseria, para amodorrarnos".

 

Los poemas,

aun si brotan de la imagen más etérea, con más luz -visibles- o nocturnos –más opacos-, bucean y avanzan como un pez hacia un espacio propio y silencioso –lo visible y su luz están también allí.

 

De los mecanismos lingüísticos

prefiero la espontaneidad.

 

Con el que mejor me identifico

como propio es, en un sentido amplio, el de la yuxtaposición. Es el tropo del cine y de la vida: "ella, su amor, en ignorado paisaje..."

 

La extrañeza y el sentido

proceden de ese trabajo de montaje que nuestra percepción realiza de forma natural.

 

La metáfora –en mi caso-,

en cambio, es algo que en lo que escribo me cuesta reconocer aunque su impacto es mayor en tanto en cuanto se aleje más de la realidad.

 

En ese sentido, considero mis escritos

como de un moderado surrealismo, no literal.

 

El brillo o la fulguración sombría

(en muchos casos cargada de optimismo) de una metáfora pasan en todo caso por esa no literalidad.

 

Por último las imágenes adheridas

a los hombros de mis poemas acompañan de forma alegórica, evidente o subterráneamente familiares o afines suponen una apertura de los modos del oficio.

 

Es la presencia de lo morboso

junto a lo conceptual, la dosificación de lo secamente conceptual y de lo húmeda o humoralmente corporal: los humores del cuerpo –lágrimas, sudor, etc.-, y el recorte, el tacto de la vista o pensamiento.

 

Un saludo amiga mía

Lamento no saber explicarme mejor.

 

                               Barcelona a 24 de noviembre de 2013

                                                                 Marta Guillamon


 

5 abr. 2015

Amanece el Domingo de Gloria con su signo hebdomadario

BUENOS DIAS EN ESTE DOMINGO DE GLORIA

 

Amanece el Domingo de Gloria

con su signo hebdomadario –el del Universo-; desaparecida ya la sierra de nubes y sus dientes fijos.

 

El cielo limpio y azul

ofrece su buen presagio después de una noche de sueños eróticos al lado de una enamorada amazona de platino que se apretaba a mi pecho.

 

El denso bullicio de los bañistas,

ávidos de un sol prometido, aún no ha comenzado y el retozar en el tatami no tiene límites turbadores ni vecinos –están todos de vacaciones- que puedan

 

oír los suspiros de la especie y el más allá.

 

Las calles se han despertado secas,

tan sólo los pegajosos salivazos de ángeles como mantecados de medusa excrementos del vengativo mar aparecen

 

aquí y allá al retirarse vencida la marea.

 

                                                         
      Johann R. Bach