6 dic. 2014

tiempos en que las tardes se alargaban por encima de las miradas.


¡QUÉ TIEMPOS AQUELLOS!

                                                                Cuan presto se va el placer,
                                                                              cómo después de acordado da dolor
                                                                              cómo a nuestro parecer
                                                                              cualquier tiempo pasado fue mejor.
                                                                                                                  Jorge Manrique

¡Qué tiempos aquellos!

Tiempos en que el sol se ponía su traje
de seda y azafrán y en las brasas del cielo ardían los sueños.

Tiempos en que era importante
la hora de la siega y las amapolas y los brotes verdes amarilleaban,

tiempos en que las tardes se alargaban
por encima de las miradas.

Tiempos en que, por ejemplo,
se removía de nuevo el jazmín y nos revestíamos del tacto de sus pétalos; tiempos en que creíamos que el ciprés miraba el paisaje, sinuoso,

y en la tierra densa
veíamos las filas de chopos como un orden natural; los ríos calmados, bosques de encinas como signos sagrados y los compactos pinos marítimos, los campos de maíz y girasoles una muestra de bienestar futuro.

¡Qué tiempos aquellos!

Tiempos en que la luz se volvía piel
y el día era transparente.

No eran tiempos estáticos,
fluían como todo en el Cosmos: la tramontana, como siguiendo una lógica mística, se llevaba por delante los excesos del verano y

lloraba el crepúsculo su destino
en la esfera de la oscuridad,

mientras que nosotros aprovechábamos
aquellos descuidos del mes de septiembre para llevarnos a los labios la pulpa de las uvas.

¡Qué tiempos aquellos!
                                                                       Johann R. Bach


5 dic. 2014

Tiempos en que el sol se ponía su traje de seda y azafrán y en las brasas del cielo ardían los sueños.


¡QUÉ TIEMPOS AQUELLOS!

                                                                Cuan presto se va el placer,
                                                                                     cómo después de acordado da dolor
                                                                                     cómo a nuestro parecer
                                                                                     cualquier tiempo pasado fue mejor.
                                                                                                                  Jorge Manrique

¡Qué tiempos aquellos!

Tiempos en que el sol se ponía su traje
de seda y azafrán y en las brasas del cielo ardían los sueños.

Tiempos en que era importante
la hora de la siega y las amapolas y los brotes verdes amarilleaban,

tiempos en que las tardes se alargaban
por encima de las miradas.

Tiempos en que, por ejemplo,
se removía de nuevo el jazmín y nos revestíamos del tacto de sus pétalos; tiempos en que creíamos que el ciprés miraba el paisaje, sinuoso,

y en la tierra densa
veíamos las filas de chopos como un orden natural; los ríos calmados, bosques de encinas como signos sagrados y los compactos pinos marítimos, los campos de maíz y girasoles una muestra de bienestar futuro.

¡Qué tiempos aquellos!

Tiempos en que la luz se volvía piel
y el día era transparente.

No eran tiempos estáticos,
fluían como todo en el Cosmos: la tramontana, como siguiendo una lógica mística, se llevaba por delante los excesos del verano y

lloraba el crepúsculo su destino
en la esfera de la oscuridad,

mientras que nosotros aprovechábamos
aquellos descuidos del mes de septiembre para llevarnos a los labios la pulpa de las uvas.

¡Qué tiempos aquellos!
                                                                    Johann R. Bach



Tiempos en que el sol se ponía su traje de seda y azafrán y en las brasas del cielo ardían los sueños.

¡QUÉ TIEMPOS AQUELLOS!

 

                                                           Cuán presto se va el placer,

                                                                              cómo después de acordado da dolor

                                                                              cómo a nuestro parecer

                                                                              cualquier tiempo pasado fue mejor.

                                                                                                                  Jorge Manrique

 

¡Qué tiempos aquellos!

 

Tiempos en que el sol se ponía su traje

de seda y azafrán y en las brasas del cielo ardían los sueños.

 

Tiempos en que era importante

la hora de la siega y las amapolas y los brotes verdes amarilleaban,

 

tiempos en que las tardes se alargaban

por encima de las miradas.

 

Tiempos en que, por ejemplo,

se removía de nuevo el jazmín y nos revestíamos del tacto de sus pétalos; tiempos en que creíamos que el ciprés miraba el paisaje, sinuoso,

 

y en la tierra densa

veíamos las filas de chopos como un orden natural; los ríos calmados, bosques de encinas como signos sagrados y los compactos pinos marítimos, los campos de maíz y girasoles una muestra de bienestar futuro.

 

¡Qué tiempos aquellos!

 

Tiempos en que la luz se volvía piel

y el día era transparente.

 

No eran tiempos estáticos,

fluían como todo en el Cosmos: la tramontana, como siguiendo una lógica mística, se llevaba por delante los excesos del verano y

 

lloraba el crepúsculo su destino

en la esfera de la oscuridad,

 

mientras que nosotros aprovechábamos

aquellos descuidos del mes de septiembre para llevarnos a los labios la pulpa de las uvas.

 

¡Qué tiempos aquellos!

                                                                 Johann R. Bach

 

 

 

2 dic. 2014

Sí, mucho antes de que llegases junto a nosotros había ya dolores de todos los tamaños

KATRINA BLUES

 

¡Katrina!

 

Nunca dejaste caer tanta agua

sobre esta ciudad.

 

¿Qué pretendes hacer aquí, donde es tanta la indigencia, y son tantos los seres que, a pesar de todo, creen en la música

 

único bien que poseen

en este New Orleans ya lleno de penas?

 

¿Qué vienes a hacer sobre estas casas,

en las que no estamos seguros ni ante nuestra propia vida, en las que vivimos como fugitivos junto a la huida, que ha entrado con nosotros?

 

¿Qué has venido a hacer Katrina

sobre nosotros, que estamos cansados y hemos dejado nuestro coraje fuera, en calles inundadas, asustadas?

 

¿Qué quieres de nuestros pequeños huertos,

que son más viejos que el más viejo de nosotros?

 

¿Tienes algún recado

para las cenizas de quienes hemos resistido, harmónica en mano, a tu huracanada violencia?

 

¿Por qué interrumpes

la melodía de todos esos viejos en su recordar inacabable? Los niños se han despertado y se sorprenden, y

 

hay como una cólera

en el aire que la madre no puede disipar. Ella estrecha los pequeños rostros, uno tras otro, sobre sus rodillas, pero cada rostro sabe y ya nada podrá ser como antes.

 

Había vida en New Orleans

y en los intersticios de la muerte antes de que tú vinieras. Sí, mucho antes de que llegases junto a nosotros había ya

 

dolores de todos los tamaños

y música de blues como única fuente de felicidad.

 

Ahora ya sólo nos queda recordar

el crujido de la madera y la oscuridad bajo la escalera mezclándose con las notas roncas de nuestras voces como un contrabajo desafinado.

 

Con todo el blues no traza fronteras

ni límites frente al bien y el mal, y frente a lo desconocido y sigue ahuyentando a los fantasmas en los espacios vacios, en nuestras habitaciones y a medianoche.


                                                             Johann R. Bach

Atónito ante aquella escena no pude mover ni un músculo,


CONTEMPLANDO EL DESVÁN COMO MI REINO 


Antes, hace muchos años,
cuando yo era otra cosa, vivía en estado letárgico. Pensaba, sí, pero no formulaba ningún pensamiento.

Deseaba, sí, pero no realizaba ningún deseo.
Mi castillo –como sueles llamarlo tú- estaba situado lejos de lo social, aún en la región de los anteproyectos.

Tenía mucha ropa demodé
almacenada en el desván. Casi toda de hermanos y primos mayores. Pasaba días enteros contemplando aquellas prendas, sin decidirme por ninguna.

Me fascinaban sus colores,
sus formas, sus texturas, aunque no tanto el poco brillo de cada una, como el abigarrado punto de los puños y cuellos.

Soñaba con los días
en que podría ponérmelos para poder andar por el mundo disfrazado de absoluto como una persona mayor.

En aquel tiempo –ingenuo de mí-
creía que podía ser como todas aquellas personas que habían abandonado sus ropas como la serpiente que cambia de piel

sin dejar de ser yo.

Y en efecto, yo ocupaba el espacio
de todas aquellas personas, aunque sólo en potencia. ¿Por qué no sus ropas?

Por no renunciar a nada me negaba a elegir: amaba mis propias ropas y sin embargo, tenía la impresión de ir desnudo.

Era una inteligencia pura,
una esencia sin velos, un yo fijo e inalterable que dominaba el universo desde las frías cumbres del universo.

Sólo mi tía Rosa conocía mis subidas secretas al desván.
Me tenía por un personaje dotado de un poder ilimitado. Observaba asomada sobre el último peldaño de la escalera

cómo me miraba en el espejo
de un viejo armario desnudo de cintura para arriba colocándome sobre el pecho diferentes prendas sin llegar realmente a ponérmelas.

Yo sabía que me observaba
porque a veces sus ojos se cruzaban con los míos. Sus labios entreabiertos denotaban sorpresa y admiración.

Sin embargo el silencio
se oponía a la palabra

mientras en mi vientre algo agradable se despertaba:
Un cosquilleo mucho más fuerte que el roce de las prendas de lana sobre mi piel alcazaba mis inflamados pezones.

Sospechaba el delirio
de mi voluntad de saber.

Se preguntaba por mis inquietudes
creyendo conocer las respuestas a pesar de la diferencia de nuestras edades:

Eran sus propias respuestas
proyectadas sobre mí. En su imaginación veía a un adolescente ingenuo al que poder enseñar los secretos de la vida.

Yo me desnudaba
como en un ritual frente al espejo ante su mirada atenta y sentía un extraño placer al saber que su mirada recorría todo mi cuerpo.

En esos momentos me sentaba
en una vieja silla como si de un lujoso trono se tratara, eternamente inmóvil, digno y orgulloso como un egipcio,

contemplando el desván
como mi reino y a mi tía como una esclava que no osaba acercarse a un joven dios, ni siquiera para dar un simple saludo.

El misterio de mis paseos,
desnudo ante unos ojos de té en estado de éxtasis, era mi arma preferida.

En la mesa, entre plato y plato
ella intentaba iniciar alguna conversación sobre cosas cotidianas para que la atmósfera misteriosa recobrase algo de alegría mientras que yo insistía en comentar la posible vida de los antiguos egipcios y sus misterios.

Estudiante brillante, altivo, impertérrito, 
exhibía frialdad de hielo ante la historia y me mostraba con la serenidad del firmamento.

Sólo Rosa veía en mis ojos la impostura,
la locura, el precio que han de pagar los hombres osados, y sin embargo aquel secreto nuestro la excitaba hasta el delirio.

Todo empezó a ser diferente
cuando un domingo en que todos, como de costumbre, habían salido Rosa se sentó al pie de la escalera que subía al desván.

En el momento de entrar en casa
subió arriba, al lugar sagrado que yo había tomado como Dominio, esperé un rato esperando que bajara.

Al ver que se demoraba decidí subir.
Sin saber por qué, lo hice sin hacer ruido y cuando mis ojos alcanzaron el último peldaño

La vi. Desnuda.
Mostrándose ante el espejo con un fular rojo sobre los hombros y un ancho cinturón militar ajustado a su cintura. Sobre la cabeza se había colocado la gorra de plato de su difunto marido.

Me miró con una cierta sonrisa
y se sentó majestuosamente en la vieja silla.

Atónito ante aquella escena
no pude mover ni un músculo, mis labios se entreabrieron ligeramente y comencé a sentir aquel agradable cosquilleo en mi vientre.

Fue de esa manera
que llegué a conocer lo que realmente pasaba por su cabeza: Se deshacía al ver que alguien la admiraba como a una diosa.

                                                           Johann R. Bach

30 nov. 2014

¿Le oían acaso las estrellas puras?

LA ÚLTIMA MORADA DEL VIEJO POETA CHINO

Tal como al fin el tiempo
lo transforma en sí mismo, el poeta despierta con su lápiz bastante acortado ya,

a su edad que no supo, espantado,
descubrir las cualidades físicas y químicas del grafito y que la trágica despedida inundaba

su extraña voz de abismo.

Vio la hidra del vulgo,
con un vil paroxismo que en él la antigua lengua nació purificada, creyendo que él bebía esa magia encantada

en la onda vergonzosa
de un oscuro exorcismo realizado sobre negros cuervos y escarabajos de oro.

Sí, hostiles alas nubes
y al suelo que los roe, bajo-relieve suyo no esculpe nuestra mente para adornar el lecho definitivo deslumbrante de Poeta,

que,
como bloque intacto de un oscuro cataclismo este granito de Porriño al menos detenga eternamente

los negros vuelos
que alce el Blasfemo futuro.

¿Le oían acaso las estrellas puras?

Al fin y al cabo quería,
como cualquier poeta, ser a quien el Destino los secretos confía.

                                                                    Johann R. Bach

si el rumor que levantan mis sentidos al despertar no me estorbara tanto

ENAMORADA MUJER CASADA

 

Busco desesperadamente

que la calma se imponga, como lluvia que viene a socorrer la sed del acónito, dentro y fuera de mí.

 

Si lo que es azaroso e impreciso

y la risa vecina enmudeciera;

 

si el rumor que levantan mis sentidos

al despertar no me estorbara tanto como el marido infiel que ronca todas las noches en mi lecho …

 

Entonces yo podría,

en un polifacético meditar, conocerte hasta tu extremo, soñar contigo y amarte aún en tu ausencia, y

 

en posesión fugaz como sonrisa,

a todo lo viviente regalarte todos mis pensamientos como una acción de gracias.

 

Presiento que pronto todo va a cambiar

de la misma forma que se siente el resplandor de una página nueva sobre la que aún todo puede llegar a ser.

 

Entretanto mi saliva fluye

cada vez que pienso en ti.

 

                                                              Johann R. Bach