14 dic. 2012

TRONCO EN LA PLAYA. de Leo P. Hermes ( www.homeo-psycho.de )

TRONCO EN LA PLAYA

 

A veces el sol de mediodía;

a veces puñados de lluvia fina y la playa cubierta de pedazos de madera de antiguas costillas de barcas que murieron patas arriba como los escarabajos, te devuelven el sentido de la mirada.

 

Los negocios, las cosas se adelgazan,

pierden fuelle y las fogatas de inquietos madrugadores que no saben cómo empezar el día se vuelven insignificantes como las columnas de humo mismas.

 

En la arena aún son visibles

huellas de pares de pies de cuerpos jóvenes, que han pasado lentamente por la playa, enamorados; vibrantes sus pechos, rosadas conchas, pisadas que corren sobre el agua sin temor y abrazos abiertos para el apareamiento del deseo.

 

Y la noche y tú aún sobre las aguas,

por encima de esos pasos, escucháis el crujido entre los guijarros sin ver rostros. Pero sus voces, pesadas como el paso de los bueyes permanece allí,

entre las venas del cielo y el embate del mar contra las rocas, una y otra vez.

 

Piensas que la tierra no tiene asideros

para que puedan llevarla a hombros, ni pueden las pocas figuras que se mueven por la playa al amanecer, por sedientas que estén, endulzar el mar con la mitad de una pizca de agua.

 

Pero de vez en cuando una cabellera

medio rizada, de una figura que se mueve con soltura, va al encuentro de un gran tronco que la marea ha depositado en la arena de forma que impide a una barca hacerse a la mar.

 

A cada golpe de ola

el cadáver de árbol cede al empuje del pescador unos centímetros, hasta dejar libre un corredor por el que se arrastrará la barca hasta el oscuro mar.

 

Ese bello cuerpo,

hecho de un barro que él mismo no conoce tiene alma como los demás vecinos del pueblo. Sí, sí. el árbol caído también tuvo alma, pero finalmente ésta abandonó aquellas fibras leñosas, endurecidas tan fuertemente que impedían la propia respiración.

 

El árbol, por su grosor

debía tener unos doscientos años. Su vida perteneció a una escala -en el espacio y en el tiempo- diferente de la del trigo que no tarda en germinar.

 

De la misma manera

no le tomó mucho tiempo a aquella playa medio desierta, cubierta de nubarrones en llenarse de locura disfrazada de suspiros humanos.  

 

La última noche que ella estuvo allí

fue una noche normal, excepto por su partida –eso hizo que aquella cabellera no muy larga y rizada sintiera distinta la Naturaleza- Ambos se dieron cuenta de pequeñas cosas que antes se les habían pasado por alto.

 

Mientras ella se despedía

-se engañaban diciendo que era por poco tiempo- sus bocas se apretujaban y no podían hablar. Luego ambos consintieron en que ella marchase. Él se volvió hacia el tronco que impedía la salida de su barca y descargó sobre él toda su tristeza.

                                                                             Leo P. Hermes
                                                                  www.homeo-psycho.de

13 dic. 2012

CAIDA DE LA HOJA EN LA NOCHE. ( Poemas para el Crepúsculo )

                     Caída de la hoja en la noche
 

¡Oh noche!

 

Voy paseando por la plaza,

con dificultad para caminar, con los hombros y la cabeza poseídos de una silenciosa inclinación signo de grietas y fisuras antiguas;

 

con los párpados caídos

como para evitar que me dañe el brillo de tus estrellas; para guardar las pocas lágrimas que me quedan, con las solapas del abrigo levantadas.

 

¡Oh noche!

 

Ya sé que tu dignidad es deliberada;

que sabes perfectamente lo que está en juego, como un niño que con sus llamadas de atención trata de borrar la sombra en los ojos de sus padres;

 

un día envías lluvia

otro día viento; y, a veces con la luz apagada de la luna, decaimiento, pero muchas otras veces ilusión genuina, como si precisamente por haber alcanzado la edad adulta necesitara tu frescor y tu benevolencia como cosas de lo más normal, adscritas al orden natural.

 

¡Oh noche!

 

Con el tiempo mi agotamiento

tus lapsos de tregua circadiana han ido cobrando una importancia inesperada; tienen el aroma del bálsamo para los rasguños del día a día, de hechizo contra el mal de ojo de la vida misma.

 

Esas treguas que nos regalas

no son precisamente de cartón piedra y nos permiten respirar por un instante ese aire más limpio, habiéndose parado los motores de millones de automóviles, más sencillo, como de quien todavía está aprendiendo a caminar.

 

¡Oh noche!

 

Tú eres la auténtica máquina

de abrir espacios de promesa, de libertad anchurosa en los que hasta el alma respira mejor; y, la mejor palanca para abrir una puerta insospechada en la casa de siempre.

 

¿Qué es ese monótono ruido?

¿Qué es lo que perturba tu silencio cuando el viento está en calma? Sólo son hojas que caen, esa forma incandescente de morir de las hojas: quemadas por el frío mientras miran al cielo.

                                                                                                  Elisa R. Bach
                                                                                       www.homeo-psycho.de

11 dic. 2012

ANTES DE UN JUICIO: LYCOPODIUM 200 CH

        La jueza dictando su razonada sentencia

 

ANTES DE UN JUICIO: LYCOPODIUM 200 CH

 

Con un retraso de once años,

dos meses y cuatro días se dio paso a la fase de Audiencia Pública de aquello a lo que las enciclopedias dedican páginas y páginas: EL JUICIO.

 

La investigación formal

concebida para demostrar y dejar constancia de la inocencia sin mácula de jueces, abogados, fiscales y miembros del jurado estaba en su punto álgido y para conseguir tal fin se necesitaba en la sala, la presencia del contraste visible: EL REO, PRESO o ACUSADO.

 

Por si el contraste no estuviera claro

se le debió acusar además, como a otros acusados, de revolucionario que por lo general se trata de un ser humano o socialista, pero en la Edad Media también se juzgaba a animales, peces, reptiles e insectos.

 

Sí, sí, esos juicios a las cosas

estaban a la orden del día, pero pensemos que hasta los años 70 del siglo pasado en España se condenaba –en los cuarteles- a motos por haber atropellado a alguien recluyéndolas perpetuamente en el garaje; o, se arrestaba a la bandera de un cuartel por haberse sometido en sus dependencias a una borrachera colectiva de alcohol y putas.

 

A los insectos que asolaban los campos

de cereales, los huertos y los viñedos, eran citados a declarar por el fiscal ante un tribunal civil;

 

si después de su declaración,

defensa y condena continuaban "in contumanciam", el caso se llevaba a un tribunal eclesiástico superior, donde se les excomulgaba y anatematizaba solemnemente de forma que sus hijos no pudieran ir a ninguna escuela jesuita.

 

En Nápoles se sentenció a un burro

a morir en la hoguera, aunque debido a la intersección de los franciscanos, no llegó a ejecutarse.

 

En la Suiza de 1.451,

se entabló un pleito contra las sanguijuelas que infestaban algunos estanques de los alrededores de Berna, y el Obispo de Lausanne, siguiendo las recomendaciones de los profesores de Heildelberg, dictó que algunos de aquellos "gusanos acuáticos" fueran detenidos y  presentados ante el magistrado local.

 

Así lo hicieron,

y a las sanguijuelas, tanto las presentes como las ausentes, se les ordenó que abandonaran los lugares que habían infestado antes de tres días, so pena de recibir "la maldición de Dios". Las crónicas de la época no relatan si se cumplió la condena.

 

Todas esas condenas recaen

sobre las atribuladas mentes de Jueces, abogados, fiscales, miembros de jurados, llenándolos de ansiedad. A pesar de ello se esfuerzan en ir pulcramente vestidos y demuestran su voluntad de personalidad esotérica e inmaculadas se revestirán con la toga –negra; claro.

 

Sufren, después de leídos los sumarios

de una fuerte falta de confianza en sí mismos, pero gracias a las investigaciones de un modesto Alférez médico se descubrió -ya hace unos cuarenta años-, que

 

su dignidad y pureza salen a flote

tomando la salvaje medicina LYCOPODIUM 200 CH, que con sólo un gránulo se puede ganar un juicio. Es decir, después de tomar esa medicina les importará un bledo si el acusado era o no culpable.

 

                                                                              Johann R. Bach
                                                                  www.homeo-psycho.de

  

10 dic. 2012

EL DESCUBRIMIENTO DE DESCARTES (www.homeo-psycho.de )

               EL DESCUBRIMIENTO DE DESCARTES

 

 

Aquella tarde, ¿recuerdas?

quise hacerte olvidar aquello que te hace sufrir. Olvida todo lo que no ha de pasar, saboreemos sólo los astros luminosos que atraviesan la pura claridad del cielo de una noche sin nubes; cómo la luna sube sobre el mar.

 

Sabemos muy bien:

que en la noche todo resplandece, que un destello se alza como una sombra blanca en el brillo mayor de la negrura. Aquella tarde quise que tomáramos sin reservas el camino de un mundo que en todo se asemeja a la luna.

 

Como el viento que sopla su secreto

volvería a enseñarte lo que es un paraíso, la calma en una habitación con un piano de testigo, el rumor de las hojas de los libros callados y hacerte conocer lo suave de tu aliento.

 

Enseñarte una cereza roja,

aquella misma, tan lejos de nosotros y a la vez tan bella, y recoger una violeta, aún joven, ya perdida que aprendes a encontrar en tu regazo.

 

Mira, mira la calle,

sus árboles y sus gatos, la espalda tierna del despreocupado aprendiz. ¿Son realidades o sólo dulces sueños?

 

Todo discurre,

amistoso y lento, en la lejanía. Y este llano corredor del Mediterráneo, tan suave que nos lleva: descansemos, soñemos que actuamos, consintamos que el alma, feliz nos sobrepasa, cansada de correr como en la infancia.

 

Parece que siempre debe ser así.

Cuando un lugar se aleja de nosotros, mira: todo espera, la clara oscuridad y la luz más honda se reparten sin distinción posible una cereza roja.

 

Una calma extendida

por un tiempo incontable ondea en el viento, tus ojos se llenan de perlas, y tus cabellos puros se mezclan con el mundo y todo es bueno: los soldados que van a la guerra, el azufre y humo de pólvora de dragones de cartón y hasta los poemas de un pobre escritor.

                                                                                              Elisa R. Bach

 

Si se piensa a fondo

y se capta el sentido de este poema se verá que es uno de los más sabios consejos de Descartes que entre otras cosas, al final de su vida dijo una cosa muy original:

 

"Toda mi vida

ha estado plagada de desgracias, la mayoría de las cuales no sucedieron nunca".

 

Con este pensamiento

que hice mío desde muy joven, con apenas veinticuatro años, he conseguido el primer premio en tres ferias de productos chacineros;

 

desde entonces la receto

en todas mis prescripciones junto a la advertencia de lo nocivo que es para la salud tomar lácteos, pescado y fruta, o ser vegetariano.

 

En Rusia al igual que en China y Canadá

tomaron buena nota de mi psicología nacida de mi amistad con Descartes y desde que descubrieron los maravillosos efectos de esa misteriosa frase la cosecha de trigo se ha multiplicado por diez y su precio por cinco.

 

Es una arma letal para los gusanos

-de dos o cien piés-. Sí, sí, no abráis tanto la boca porque de boca cerrada no salen moscas.

 

No fue Descartes

quien descubrió las fuentes del Nilo, pero fue el primero que dijo que quizá Cleopatra no fuera tan bella y sí más estúpida de lo que nos han contado:

 

"Yo dudo de mi inteligencia,

de que estoy vivo y puedo amar. Puedo dudar de todo, pero de lo que no puedo dudar es de que estoy dudando". (Descartes)

 

"El que pueda amar, que lo haga

sin entretenerse ante la duda, que rompa el nudo gordiano que atenaza la garganta frente a la abundante saliva que se abre paso junto a la lengua.

 

                                                                            Leo P. Hermes
                                                                   www.homeo-psycho.de

9 dic. 2012

ANTES DE UN JUICIO O EXÁMEN. DESPUÉS DE UN ACCIDENTE

 

·         Miedo al enfrentarse a un juicio

              GELSEMIUM 30 CH

              LYCOPODIUM 200 CH

·         Después de atropellar a una persona

              ARNICA 200 CH

 

Tú que conoces tu fertilidad

te rascas frente al espejo y te despeinas con cuidado para romper la rigidez de un pelo rebelde que quiere acariciar tu cara; te lames los rasguños de la noche y sonríes porque esperas otro día lleno de alboroto con tus alumnos, sales al encuentro de la mañana y saboreas un café corto como la jovencita que busca el musgo, el junco tierno y sensitivo con que vencer la ansiedad del hambre, ansiedad por echar los dados o resolver un teorema matemático.

 

Tiempo habrá para dormir despacio

una siesta sobre el suelo arenoso bajo una sombrilla soñando con hombres que dibujaban la fuerza de los bisontes en una cueva.

 

También, como ellos,

cuando llegue el crepúsculo, recordarás, como una más de tu especie, cómo aguardaste impaciente tus diecisiete años –número mágico- cómo te trastornabas y te incomodabas, sonreías con cariño y soñabas con tener tus propias criaturas mientras cantabas  contra el miedo en las tormentas.

 

Te levantas, te persigues

y te abrochas la luz contra la boca para salir al mundo y comprenderlo: su columna vertebral consiste en que mueran las violetas por el frío y alguien quede tendido en la memoria del llanto.

 

Pero después el día trae el deseo

y vienen la alegría y el antojo, de las hojas diminutas de coraje, tu apetencia por la belleza de las plantas y, feliz, rumias sobre tus bellos minimales.       

                                                                                   Elisa R. Bach

 

Un día al salir del trabajo, Yvette me dijo, como otras veces, que condujera yo. Habíamos empezado a circular con el Peugeot de Yvette lentamente, no veía muy bien a causa de la lluvia y la mala visibilidad de unos vidrios empañados totalmente, cuando de repente una sombra pareció tropezar con nuestro vehículo. Paré bruscamente y ambas nos precipitamos fuera del auto para socorrer a aquella persona que habíamos atropellado.

Se trataba de una mujer de unos cincuenta años que con nuestra ayuda se incorporó señalándonos su brazo izquierdo porque le dolía mucho. La hicimos subir al auto y la llevamos al Hospital Kremlin Bicêtre junto a la Porte d'Italie. Allí mientras la atendían llegó su hermano dándose la casualidad de que trabajaba en nuestra empresa lo mismo que ella.

Después de dar nuestros datos Yvette y yo seguimos camino de casa, en silencio y con el alma en vilo. Al llegar a casa Yvette habló por teléfono con el hermano de la mujer y realmente me tranquilizó saber que sólo se trataba de una fractura de húmero.

En poco menos de un mes fui citada para un juicio en el que se había de dilucidar si el accidente fue fortuito o no. El juicio duró unos diez minutos. En la sala dispuesta para las audiencias públicas había una tarima enormemente alta de unos cincuenta centímetros y sobre ella la mesa detrás de la cual se alzaba la figura del Juez como un semidiós. Las paredes tenían una pintura que posiblemente no habían renovado en los últimos veinte años. El ambiente no era precisamente el más adecuado para declarar relajadamente, pero las preguntas del juez fueron cortas y concisas.

A la accidentada le preguntaron si creía que el accidente fue de forma fortuita por la falta de visibilidad, a lo que ella contestó que sí. A mí me preguntó el juez si entendía el francés y si sabía lo que significaba el daño "fracture d'humerus". Al ver que comprendía totalmente lo que me decía me pidió la documentación del seguro. Yvette se levantó y me acercó una carpeta que entregué al Juez. Eso fue todo.

Nunca antes había estado bajo la posibilidad que un juez pudiera condenarme y, por otra parte ignoraba la posible pena y/o multa que podía recaer sobre mí en caso de sentencia negativa. La impotencia que  sentí ante un juez que, aparte de su Autoridad, se dirigía a mí desde una altura enorme, me obligó a ser cauta con las respuestas a pesar de que objetivamente no debía de temer nada. Y, sin embargo, en mi interior temblaba como un flan.

Yvette me propuso para celebrarlo ir a cenar a un restaurante aquel viernes. Bebimos Champagne hasta que comenzamos a desternillarnos de risa con el aluvión de chistes que Yvette guardaba en su cabeza de Afrodita. A la salida del restaurante tomamos un taxi que nos dio unas vueltas lentamente por la Place de la Concorde, por el Palais Royal y por indicación de Yvette fuimos a parar a Strasbourg-Saint Denis. Era un paseo que hubiera deseado eterno, que no acabara.

En un momento dado Yvette dijo al taxista que detuviera el vehículo. Bajó y habló con un individuo durante algunos minutos. Le entregó algo que no pude ver que era. El individuo en cuestión subió a la parte delantera del taxi y, dirigiéndose a mí, me dijo que se llamaba David. Después de recorrer algunas calles logré leer un letrero que indicaba Rue de Batignoles. El taxi se detuvo delante de un edificio del ayuntamiento y al otro lado de la calle había dos pequeños hoteles. Entramos en uno de ellos.

Fue una noche como pocas de desenfreno sexual en la que Yvette demostró que era tan desinhibida como en tantos otros campos. Al principio me pareció un comienzo demasiado rápido, pero pronto me volví bastante activa. Me excitó muchísimo ver a Yvette como se comía el sexo de aquel saco de músculos. Pero lo que más placer me dio fue comprobar que Yvette era una auténtica diosa del amor que había bajado de las estrellas para compartir conmigo sus aventuras y a partir de entonces ya no me pareció una "señora de sesenta años" del estilo de las que yo había conocido. Me pareció muchísimo más joven que cuando la conocí y también comprendí lo humana que era, como nunca me había parecido otra mujer.

Al día siguiente, Yvette me sorprendió una vez más al llevarme a una ruta en autobús por La Loire. Veía a través de los cristales de las amplias ventanas del vehículo preparado para turistas con una voz femenina que nos iba explicando historias de los castillos de la zona. Lo último que recuerdo antes de quedar dormida fue algo así como "Notre nature est dans le mouvement…" Era una frase como esas que los franceses te tiran a la cara de sus gloriosas historias en las que se comportan como si la Revolución francesa no se hubiera decidido hasta ayer.

Cuando me desperté volvíamos ya de regreso a París: un mar como un aliento de tejados de zincs y de pizarras y al mismo tiempo un aliento de bailes delicados y turbulentos. En aquellos años muchas calles olían a orines de los urinarios abiertos donde los hombres abandonados con su agua dorada escribían destinos que, hace tiempo olvidados, no consuelan a ningún corazón. Sobre paredes de brea cristalinas, cautivos del polvo y del hambre de la madrugada que se levanta con el día que bajo el arco del puente, se limpia los ojos, ven con horror que han perdido todos los trenes.

Al pasar por Saint Denis no pude evitar esa sensación de asco de esos burdeles, de esa belleza que agoniza entre los troncos del final del Bd Sebastopol. Sabía que Yvette deseaba mi cuerpo desde el primer día que la vi y eso no era nada extraño; lo extraordinario fue que yo acabara deseando el suyo. Mientras apoyaba su cabeza en mi hombro le agradecí la paciencia que tuvo conmigo hasta que llegó el momento en que me condujo a su piel marmórea y su excitante pubis gris convertido en la fuente más dulce que yo hubiera conocido hasta entonces.

Aquella misma semana fuimos dos veces a un café teatro situado en la verdadera arteria de París compuesta por "Les Grands Boulevards". En la sesión del martes no me enteré de nada: el monólogo de la actriz estaba acompañado de una música tan preciosa que mi entendimiento quedó aturdido. El jueves me vacuné contra la música de fondo y me dispuse a comprender la obra que según Yvette era de una gran poetisa.

Sentí un gran placer al ver que podía comprender aquel monólogo, que con un "tempo vivace" hacía vibrar noche tras noche a un público selecto de la "crème de la crème" de París. Al salir subimos al Peugeot y atravesamos lentamente la Place de L'Etoile y admiramos otra vez ese Arc de Triomphe que corona con todos sus focos Les Champs Elisées. Me sentí aún más madura al comprender que la Avenida más importante de París llevaba mi nombre como una mañana sin destrucción.

En el trabajo las cosas iban bien porque mi comportamiento al hablar poco con los compañeros, incluida Yvette, y sólo lo estrictamente necesario, me dejaba tiempo suficiente para todas las tareas de verificación de más de cincuenta máquinas de inyectar plástico y los jefes estaban contentos con mi actividad y mi carácter serio. Poco a poco en la empresa me iban valorando como una persona eficaz.

Las satisfacciones profesionales me llegaban semana tras semana como un torrente inagotable de experiencias y sin embargo, yo tenía la sospecha de que todo aquello debería finalizar algún día. Tal vez aquel accidente mortal al regresar Yvette de Rouen fue el preludio del límite de un aprendizaje obligado.

                                                                        Elisa R. Bach
                                                         www.homeo-psycho.de