8 abr. 2016

Como un poema vivo en el filo del anonimato,


EL GARABATO QUE NOS DESCRIBE

Soy muy poca cosa, sí,
una minúscula araña lasiodora y a casi nada puedo aspirar.

Aparte de esto,
tengo en mí todos los sueños del Mundo del Ápex y participo como Emilia la escritora de la Danza del Universo.

Como un poema
vivo en el filo del anonimato, columpiándome asida a un fino hilo de seda,

coexisto con el verso
y miro la cartelera de espectáculos.

                                                                                      Johann R. Bach

me he mordido la lengua y he callado.


EL COLOR NARANJA DE LA VIDA

He asistido a una conferencia
–comienza así otro texto de Emilia- en la que un "científico" propone como un atrevimiento la hipótesis de que cada ser humano pasa, durante su vida, por todos los niveles energéticos representados en la Tabla Periódica de los Elementos.

Los asistentes
–a juzgar por las preguntas que le han hecho- han encontrado dicha hipótesis interesante y me ha parecido ver en ellos una actitud expectante respecto de "La Ciencia" como si esperaran de ella nuevos descubrimientos que aporten más luz al misterio de la vida. Eso me ha decepcionado un poco pues no he visto polémica sino pasividad.

Yo no me he atrevido
ante ese potencial público hostil a mis propias ideas, me he mordido la lengua y he callado. ¿Cómo plantear a ese tipo de consumo "científico" que yo creo firmemente en el color naranja de la vida y que el feto de una simple arañita mientras está en el vientre materno, pasa por todas las etapas que ha pasado su especie.

¡Qué oda, qué himno maravilloso,
que idea tan osada y elevada!

Siempre me pareció
que Emilia la escritora era picante como los condimentos, pero esta vez al referirse tan explícitamente al curso de la vida poniéndonos a las minúsculas arañas como ejemplo ha alcanzado realmente nuestro universo.

                                                                           Johann R. Bach

“No es fácil escapar de lo que es uno.


MÉDULA COLOR NARANJA

Hola amigos,
hoy como una auténtica araña lasiodora, experta en tejer tupidas telarañas, os propongo que hoy un día gris y lluvioso,

hagamos trampas para engañar a la noche,
seamos tan sólo una vaga ensoñación de vida vulnerable: un grito escrito.

Moderemos nuestro sexo apremiante:
"Morder y devorar, hender, herir…"

E intentemos huir del Tedio Vital:
"No es fácil escapar de lo que es uno.
A veces se consigue, por un tiempo, con un libro, con la bebida o con una simple película. Lo primero que hago al abrir mis ojos al mundo es mirar la cartelera de espectáculos.

No alabemos el engranaje de los genes egoístas:
"Tener hijos es cosa de mediocres, ineptos sensualmente, analfabetos sexuales o de gente irresponsable. ¡Cuánto lamento no haber estado a la altura de mis abuelos los cuales tuvieron doce hijos! Yo sólo he tenido tres.

Sé que estáis ahí como Voces Anónimas:
"No me reconocéis. Y sin embargo, soy una de vosotros. Esa misma que escribe…"

Dad, de vez en cuando, una señal de vida
pues no me gustaría ser un Sísifo y su empeño estéril:
¿Cuántos renunciaron al sueño y se adaptaron demasiado fácilmente a una pequeña dicha y su tristeza? Pensaron, seguramente, que la vida no da más.

                                                                                          Johann R. Bach

7 abr. 2016

Gracias a la gran altura del techo disfruto de amplios espacios de tres dimensiones


LA ALEGRÍA COLOR NARANJA

La alegría anda por la casa,
en mi camisa anaranjada y mi cinturón amarillo sujetándome los jeans negros entre las lenguas latinas insulares.

Me balanceo asida a mis largos
y finos hilos mientras la música del blues sube desde la plaza mezclada con aroma de café.

Gracias a la gran altura del techo
disfruto de amplios espacios de tres dimensiones sobre los armarios a cubierto de miradas indiscretas.

Estoy encantada de convivir
con Emilia la escritora y su pupilo y joven amante Hector que habiendo dejado atrás la edad del acné toma continuamente ácido fosfórico para hacer frente a las demandas amorosas de su profesora.

Muchas de mis primas
–tarántulas de todo pelaje- creen que soy sólo una Mygale lasiodora pasiva y que me limito a narrar lo que veo y oígo y que realmente no participo de la danza del mundo.

Nada más lejos de la realidad:
me excito cuando veo a Emilia y Hector hacer el amor, pero también tomo parte en la vida de la casa.

Anteayer, sin ir más lejos,
la tristeza comenzaba a pasearse por el aire al caer enferma Emilia. La inflamación se había extendido a lo largo de los vasos linfáticos del cuello, la coloración violeta de sus labios no presagiaba nada bueno mientras que el color verde comenzaba a aparecer en las uñas.

El escalofrío seguido de fiebre
coincidía con la sequedad de boca y sed acompañada de ansiedad. Se hallaba la escritora abatida, con temblores y temor de morir.

Me desplacé por el techo
hasta situarme sobre la taza de café que reposaba sobre la mesita de noche. Esperé, igual que Emilia, a que se enfriara para dejar caer una minúscula gotita de mi tinta negra.

Vi con satisfacción
que la valiosa dosis se diluía rápidamente en el café y cómo Emilia se llevaba a sus labios la delicada taza de porcelana. Media hora más tarde en el rostro de la enferma apareció la sonrisa, se levantó con presteza de la cama y… comenzó a escribir.

                                                                                         Johann R. Bach

6 abr. 2016

la alegría de la autosuficiencia de producir textos para unos cuantos amigos,


POLVO de telaraña COLOR NARANJA

La opinión de una minúscula araña lasiodora
cuyos placeres mayores son los de columpiarse en los espacios enrarecidos, comer naranjas y plátanos y de vez en cuando amar apasionadamente aferrándome a la vida, es relativamente poco importante, pero ya que me la pedís os la voy a dar.

Por todo lo que he leído,
oído y visto de Emilia la escritora me atrevo a decir que esta gran poeta en su juventud arruinaba su vida por la locura de un verso hermoso, pero confiaba al menos en el reconocimiento de las generaciones siguientes.

Creía esta maravillosa dama
sinceramente que la belleza es la salvación del mundo, pero hoy ya no sabemos qué es belleza, ni tampoco el mundo, y no entendemos qué significa "salvar". ¿Qué vas a salvar si vivimos en lo inmanente y lo aleatorio?

Sin la perspectiva de conseguir algo
a través del arte y, en definitiva, de su profesión, sin la esperanza en la gloria y en la posteridad, el poeta está condenado a la vida asocial y fantasiosa del consumidor de hachís. "El poeta –decía de sí mismo otro poeta- no tiene vida propia,/ su vida propia es polvo color naranja bajo una telaraña.

Hoy, cuando la civilización del libro agoniza
y cuando Emilia penetra con voluptuosidad en los espantosos desfiladeros de lo virtual, su poesía es menos visible aún. Ahora –insisto en mi humilde visión del mundo-, la descentralización postmoderna ha producido una civilización sin cultura, una cultura sin arte, un arte sin literatura y una literatura sin poesía. En cierto modo, los polos de la vida humana se han invertido de manera brusca y las primeras víctimas han sido los poetas.

Expulsada de la ciudadela, Emilia ha aprendido a luchar con las mismas armas de una civilización que la condena. Se ha refugiado en las redes de los blogs literarios, donde publica libremente sus textos eludiendo las servidumbres de toda forma de comercialización, y ha encontrado cobijo en los lyrics de la música del jazz. Ha aprendido a competir en los slams de poesía interpretada. Ha comprendido la alegría del anonimato, la alegría de la autosuficiencia de producir textos para unos cuantos amigos, ha aprendido a protegerse de la brutalidad del mundo circundante y de la vulgaridad del éxito.

Nada le parece a Emilia más discreto,
más admirable y más triste, en cierto sentido, que el poeta de hoy, el último artesano en un mundo de copias sin original, el último ingenuo en un mundo de arribistas. Por suerte Emilia no está sola, cuenta con la ayuda de su joven amante que está al corriente de toda esa tecnología de ese Gran Baúl de Google. Se siente por él admirada por la habilidad de su pluma y deseada físicamente hasta el delirio. Suficientes estímulos para seguir adelante con una tostada en una mano y el bolígrafo en la otra.

                                                                            Johann R. Bach

5 abr. 2016

caracol, araña o ángel, como nunca anteriormente me complazco en mí misma.


EL COLOR NARANJA DE LA TELARAÑA

Tengo el pelo castaño,
ojos ligeramente almendrados, gran parte de los poros de la piel cerrados, el oído fino y guardo en mi cuerpo un corazón como una granada llena de astros aún sin abrir.

De la paleta infinita
de tonalidades cromáticas de este mundo he escogido el color naranja de la telaraña, en menor medida chifla el amarillo de los plátanos sobre fondo de negro astracán.

Sueño, dormida o despierta,
entre las flores de un lejano pabellón chino a la espera de la última visita habiendo cumplido con la entrega de todo aquello que no me pertenece.

Me niego, es cierto,
a desprenderme de aquellas horas de juventud, de aquella cierta disposición literaria ante la vida y ante el exceso del amor oscuro sabor como el de la leche hervida con vainilla.

Las autoridades,
para vengarse de mi furioso afán por la poesía no han cesado nunca de enviarme imágenes de cerdos comiendo pájaros para horrorizarme.

Aunque, como ave fénix,
en su aire sublime, caracol, araña o ángel, como nunca anteriormente me complazco en mí misma.

La seducción ha acudido
 –y aún acude cada noche- como hombre que unge mi cuerpo con bálsamo de caléndula y naranja

a la estancia para colmarla
y aunque tengo experiencia en artes curativas, vence el disparate, la extravagancia, los augurios de Dionisio.

Y la noche…
la noche siempre para poderme esconder como una araña en su hamaca, arropada en la tibieza, como una leyenda de escritora solitaria.

                                                                               Johann R. Bach

4 abr. 2016

Era sábado y Emilia se estaba preparando para otra gran noche de amor.


LA LARGA NOCHE DEL SÁBADO

De cuando en cuando
–escribía Emilia antes de ir al baño, por la mañana- llegaban años difíciles y se quedaban vacías las tinajas de aceite,

Se quedaban vacías las despensas de almendras,
membrillos, harina y tocino como en los tiempos en que venían hombres con botones relucientes y botas altas.

Entonces nuestra madre miraba hacia el campanario 
como las cigüeñas sacando a la tarde la raíz cuadrada, luego la blanca luz de la luna arrastrándose sobre la piel del mar,

y como una carta que llegó desde muy lejos,
apretaba su amarga mandíbula.

Entonces a medianoche
se levantaba nuestro padre y se sentaba en el borde de la cama, metía la barbilla entre sus manos como un mendrugo mordido

y abría la ventana y estudiaba en las estrellas
el tiempo y el destino, como si abriera la gran Enciclopedia de las Galaxias y leyera los versos del Cielo Constelado.

Entonces también nosotros,
unos niños, haciéndonos los dormidos y abrazados para estar calentitos bajo la manta,

escuchábamos su voz
como si proviniera de un pozo seco, escuchábamos –como si saliera de un viejo baúl pintado con negros cipreses-

"tranquilos, yo estoy aquí";
nos cogía nuestras manos y nos quedábamos dormidos estrechando una estrella en nuestro corazón.

Después de dejar de escribir
Emilia tomó las últimas gotas del café y desapareció tras la puerta del baño, momento en que me deslicé desde el techo hasta el cuaderno rojo y que aproveché para copiar fielmente todo aquello que había escrito. Oí el chapoteo en la bañera durante un buen rato, luego el silencio se hizo denso en toda la casa.

Temiéndome lo peor
me colé por encima de la puerta del lavabo y allí estaba ella, sonriente, desnuda, mirándose en el espejo. Sobre el mármol una botella de vidrio topacio lucía una etiqueta con la inscripción "Oleato de Caléndula", en otra botella metálica y brillante como si fuera de aluminio una etiqueta amarilla (color de precaución) la inscripción era: "Citrus sinensis" (aceite esencial de naranja).

En un recipiente de cristal azul y boca ancha
Emilia había preparado una crema cicatrizante (de caléndula) y dulcificante para la piel (la naranja). Se estaba embadurnando todo su cuerpo con aquella pomada incluidas sus partes más íntimas. Todo el baño olía a naranja la fruta preferida de las arañas por su dulce sabor y también por su estimulante color.

Era sábado y Emilia se estaba preparando
para otra gran noche de amor. Pensé en las vecinas, en cómo estirarían las orejas para oír los suspiros de placer de los Amantes Escritores nombre con el que ya habían bautizado a la pareja. Pensé en su envidia, en su maledicencia y en cómo se masturbarían aquella noche del sábado.

                                                                          Johann R. Bach