25 sept. 2013

Ignoro si lees alguna vez lo que escribo sobre ti: tu luz, tu calor...

CARTA AL DIOS SOL

 

Quizá te parezca

que mis palabras son presuntuosas tan distintas de las que, con delicadeza, le dedico con profusión a la Diosa de la Noche la Luna.

 

Ignoro si lees alguna vez lo que escribo sobre ti:

tu luz, tu calor, tu atracción gravitatoria que mantiene atados a todos los planetas de nuestro sistema y los malos presagios que te acompañan durante los eclipses.

 

¿Has leído ¡oh Sol! a Homero?

Sí, sí. No pongas esa cara. Homero al que dejaste ciego con tu exceso de luz. ¿Te suena el nombre de Kafka? El que se encerraba en un Gran Hotel de New York impidiéndole verte.

 

¡Sí sí Kafka! Ese escritor checo

al que condenaste a sufrir eternamente en las tinieblas de un juicio del que no se podía defender. Ese que nunca pudo ver tu luz al final del túnel.

 

Y ¿Qué me puedes ¡Oh Sol! decir de Ovidio?

Me da la impresión de que muy poca cosa.

 

Yo, en cambio,

gracias a ellos sé más de ti de lo que te imaginas, aunque todo son interrogantes. Kafka te llama Helios; Ovidio Febus. A decir verdad no me gusta tu nombre latino. Es como un escritor con seudónimo.

 

Los seudónimos han de estar muy justificados,

porque de lo contrario uno se transforma en él, como Stendhal. Febus nunca ha conseguido imponerse a Helios. El nombre de Febus sólo lo usa un capitán en la película Nôtre Dame de París, aclarándole su significado (el sol) a Esmeralda.

 

Ya sé que me puedes objetar

que en cada civilización tomabas un nombre distinto como Ra en el Egipto de los faraones, que gracias a la sombra que creas detrás de los objetos los humanos pudieron medir el tiempo y la longitud total de la circunferencia terrestre, pero esas cosas… ¡son tan poco románticas!

 

También sé que sin tu calor no viviríamos,

que sin tu luz no leeríamos los poemas de Virgilio, pero ¿Has pensado en los millones de bañistas que se sumergen en los mares huyendo de tus rayos? ¿No podrías moderar un poco tus efectos sobre nuestra piel?

 

Todos podríamos entonces apreciar

aún más tus caricias durante más años y quizá también volveríamos a adorarte y colocarte, otra vez, en el centro del universo.

                                                             Johann R. Bach

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