15 mar. 2014

De repente, del cielo, cayó una estrella que cambió el rumbo del carro que me arrastraba al fango del odio

EL SÉPTIMO MÚLTIPLO DE SIETE

 

Cuando cumplí cuarenta y nueve…

Esperaba la prometida visita de los amigos, todos ellos masculinos, pero nadie llegó.

 

El golpe, mal encajado, me dio qué pensar.

La caja de vinos de varias cosechas mimadas por conocimientos incesantes no llamaba a la ambición;

 

El deseo se había detenido

ante la puerta de la casa de la mujer que me abandonó y ya no me quedaba más que emborracharme. Allí buscaban todos el sexo de la soledad.

 

El delicado vino se convertía

en nauseabundo vinagre nada más atravesar mi garganta. Vomitaba continuamente y en vano me consoló.

 

Aquel día de mi cuarenta y nueve aniversario

el Destino me puso a prueba. Vi por la ventana la calle herrumbrosa llena de barro de la tormenta.

 

Sobre el punto de la mácula

de mi único ojo no vi perro alguno y, sin embargo, oí cómo ladraban sordamente. Eran perros del barrio sin duda;

 

la lechuza pudo haber bebido

el aceite de la lámpara eterna y el viento comenzar a golpear los postigos no sujetados como un mediador inesperado entre el aliento y el espíritu.

 

De repente, del cielo,

cayó una estrella que cambió de rumbo la trayectoria del carro que me arrastraba al fango del odio.

 

La vecina llamó al timbre

y dejó a la muerte tras la puerta.

 

                                                                      Johann R. Bach

"No vayas más por este manicomio de solos, hombre o mujer:

EN EL MANICOMIO

 

En el manicomio bebíamos un vino añejo

denominado La Bota del Abuelo y de vez en cuando no sabíamos si se estaba mejor dentro o fuera.

 

Eran tiempos en que la visión

que los otros internos –los médicos- tenían de mi médula y mi carne era como la ceniza que algún dios extraño que quisiera humillarme sin conseguirlo.

 

No obstante me obligaban –sus miradas-

a ver la forma de mí mismo; niño en ropas de colegio paseando por una calle larga y tensa (en la infancia todas las calles son largas);

 

ir bajo una lluvia de cobre

con el guardapolvo de rayas verticales, a veces feliz después de haber sufrido un

 castigo, el azote como una cruel necesidad impuesta por los Ángeles Tronos.

 

Aquel vino rancio y dulzón

nos hacía caer en un mareo, un terror confuso (en un jardín que yo intuía como nocturno) y venían a mi mente todos aquellos a los que amaba como si ya no fuera a verlos nunca más.

 

Y el propio jardín adquiría vida

engendrando al infinito; como si temblara en ese infinito que palpa con sus raíces que mueve los ojos y manos de aquellos que me miraban extraviados entre los arbustos salvajes de las noches.

 

En uno de los maravillosos rincones

de aquel pequeño paraíso los nenúfares y los peces carminosos de un estanque poco profundo acompañaban en sus gestos a unas diminutas tortugas, y,

 

las aguas malsanas

preñadas de sales descendían de la negra lluvia ácida de las fábricas de la zona como si todo tuviera que morir o por lo menos huir.

 

Aún conservo algo que escribí

en una de aquellas noches de guardia: “No vayas más por este manicomio de solos, hombre o mujer:

 

santo peregrino del Asilo de los Ángeles, abandona tu torturante mundo invención extraña a tu propio ser; abre la garganta y expulsa de tu paladar a todos los mercuriales demonios”.

 

Así, para ti, sólo para ti,

ha de llegar el grito, como mar que tirita, el grito de sumisión del mundo subterráneo que arde en los abismos del Manicomio Imaginario.

 

Ante él has de hacer oídos sordos

y saltar alegremente entre las amapolas la cara amable de los opiáceos”.
 
                                                                  Johann R. Bach

14 mar. 2014

El viejo soldado ya sólo confía en sus sueños...

SUEÑOS FRENTE AL CAOS

                                                                

Hay quien opina

que la soledad muestra la esencia de las cosas, que es al mismo tiempo la soledad y que

 

la piel de la espalda

agradece la pana de las butacas de un cine en invierno. Más allá, la mano sobre el reposabrazos se vuelve rígida como la madera.

 

Un barniz de roble seco

como el de los bosques de Crimea recubre los nudillos y el cerebro se “conmociona” como un cubito de hielo en un vaso con Cointreau al golpearse contra las paredes de cristal.

 

En las escaleras

de acceso a la sala de billares contigua a la de las proyecciones de películas un viejo poeta lleva una vieja chaqueta de cuero.

 

De uno de sus bolsillos sobresale

una novela de Dostoievski y sus dientes a pesar de ser postizos castañean de frío.

 

En la penumbra su rostro de viejo soldado

parece haberse endurecido en inversa proporción al brillo de sus ojos.

 

Como cuando te llevas una en la suma

deja un rastro de arena de la que lleva adherida en sus zapatos de tanto pasear por la playa;

 

Se mira en el pequeño espejo del lavabo

y observa la piel quemada bajo sus ojos.

 

Con la intención de pasar un par de horas

en un local con calefacción, piensa en acudir a una conferencia sobre sucesos que nunca ocurrieron:

 

sangrantes,

pero de guerras nunca declaradas; vividas sólo en las radios nocturnas.

 

Se promete a sí mismo cerrar la boca,

no interrumpir al conferenciante y tragarse las frases ardientes como en el momento de su último arresto:

 

Su único objetivo

es expulsar de su pecho el frío de la soledad.

 

Para ello, recordará a las viudas de marineros

inclinadas sobre las tortillas de un solo huevo calentándose las manos con la taza en la que

 

las pequeñas ásperas manzanas

se funden con el agua hirviendo. ¡Quedan tan lejos aquellas escenas de “El Tio Vania y su samovar!

 

Y ¿qué decir de aquellas manos

que nunca acariciaron dinero?

 

Medio dormido en su butaca

intentará recordar aquellos escasos deseos de juventud los cuales sólo se formulaban mirando a los cometas pasaban de largo en su ardiente búsqueda del infinito

 

los rasgos de los cuales

no eran infrecuentes en los paisajes locales (mucho más fotogénicos que los actuales con su contaminación lumínica).

 

Oír hablar al conferenciante

sobre conjuntos de hojas verdes, con su derecho a menospreciar con antelación su diversidad…

 

sobre la felicidad… ya no le subleva;

 

El viejo soldado ya sólo confía en sus sueños

para imponerse al caos reinante en Ucrania, al de su querida Crimea…

 

Sólo sus sueños

son capaces de imponerse a la realidad aún más triste que la propia pobreza y

 

la soledad… con su inquietud de viruela.

 

                                                                  Johann R. Bach

13 mar. 2014

Has visto la luna blanca a ras de tu ventana...

A RAS DE LA VENTANA

 

¿Has visto la luna blanca
a ras de tu ventana
con un hilito de luz
unido al hálito de mi entusiasmo?

 

Formando nubes va el incienso
con aromas de color,
impregnando la almohada,
purificando el Amor.

 

Y en sentir el gozo
de recostarnos tú y yo,
se recicla la vida
de nuestro corazón.

 

                 Caliope

 

Mi temor inicial se ha ido apaciguando...

         CONVIVIENDO  CONMIGO  MISMO

 

Empapado por la lluvia

y con ganas de entrar en calor deposité el casco de la moto en el recibidor. Oí como un ruido sordo  y pensé que alguien había entrado en casa.

 

Eran las ocho de la tarde

y los vecinos probablemente comenzaban la liturgia de una cena caliente de esas de invierno y aunque no los envidiaba me recordaban mi soledad.

 

Me cambié de ropa

y me puse a leer, tumbado en el sofá de la sala, una novela sobre ángeles y demonios.

 

Me llegó un murmullo

desde mi pequeño estudio que parecía venir del ascensor. Las dos lámparas que iluminan el atril y el cabezal del diván estaban encendidas.

 

Aquel murmullo era una voz

que tarareaba una melodía familiar. Me quedé escuchándola hasta descubrir que el causante del tarareo era yo mismo: me había quedado allí a pesar de haberme ido a la sala.

 

Muy asustado por el incidente,

regresé a la sala y permanecí escuchando el tarareo hasta que se extinguió.

 

Volví a mi estudio:

las dos lámparas estaban apagadas y no había nadie en él. Los oídos tapados por la mucosidad de las secuelas de una gripe recién curada me daban la sensación de estar flotando en el aire.

 

Encendí el ordenador,

escribí todas aquellas sensaciones y me aseguré de guardarlas en una carpeta abierta exclusivamente para recoger todas aquellas cosas extrañas.

 

Unos días después,

otra tarde en la que también me puse a leer en la sala, se repitió el fenómeno: esta vez alguien estaba en mi estudio con las dos lámparas encendidas y escribiendo en el ordenador,

 

cuando empecé a escuchar en la sala

la televisión de los vecinos. Desde el pasillo vislumbré mi propia silueta sentada en el sofá con una novela en mis manos.

 

Ahora cuando siento

cómo la soledad muerde mis hombros, soy consciente de estar en la sala o en el estudio, pero

 

sé que al mismo tiempo

me encuentro en el otro lugar.

 

Mi temor inicial se ha ido apaciguando,

pero permanezco sin moverme hasta que mi ruido en el otro espacio se extingue y la luz se apaga,

 

horrorizado de que algún día

podamos encontrarnos mi otro yo y yo cara a cara.
 
                                                                         Johann R. Bach

12 mar. 2014

El espacio se curva y retrocede como un cangrejo, dejando pasar hacia adelante el tiempo.

NATURALEZA AÚN VIVA (LA HERNIA DE HIATO)

 

Es extraño pensar

que he sobrevivido, pero así es. El corazón se ralentiza hasta el punto que parece que se vaya a detener, pero continúa latiendo:

 

La sangre, despistada por las arterias,

alcanza su meta y perezosamente recorre los meandros de las venas, y remonta hasta la tricúspide.

 

El cuerpo tiene la sensación

de ser un mapa enrollado en forma de tubo, en el que se levantan las cejas en norte.  

 

El polvo cubre los objetos cuadrados,

se mezcla con las partículas de grasa del ambiente formando una capa sucia sobre suelos y muebles.

 

Los coches que pasan por la calle

prolongan el espacio más allá de los ángulos que llamamos esquinas a pesar de Euclides y prefieren el espacio tetradimensional de Minkowski.

 

La oscuridad disculpa la falta de rostros,

voces y otras cosas, convirtiéndolos, no tanto en prófugos, sino en aquellos que ya han desaparecido de nuestra vida.

 

Incomprensiblemente a las tres de la mañana

comienzo a sudar y la angustia se apodera de mis pensamientos, el reflujo de la tortilla de patatas de la cena aflora en mi saliva,

 

Me siento en el borde de la cama

y como un Pensador de Rodin espero a que mi píloro se cierre y enlate de nuevo los ácidos reenviándolos a mi duodeno.

 

Miro a través de la ventana

y aquello que parece un punto brillante en la oscuridad no puede ser otra cosa que una estrella.

 

Como un sultán poderoso que,

si quiere engañar a innumerables mujeres de un harén, necesita otra, yo he cambiado –creo- de imperio.

 

Este paso me fue impuesto

por el olor a chamusquina que acudía a mis coanas desde los cuatro puntos cardinales

 

que son cinco,

si contamos la perspectiva del cuervo que espera pacientemente a que la entropía le vaya calentando el plato.

 

Es extraño pensar

que he sobrevivido, pero así es. Vuelvo a pensar que los pajares amarillean, en los caminos se asienta el polvo igual que en casa y que los ríos serpentean como mis venas;

 

pisan las gotitas de agua de la mañana

como si fueran las líneas del texto de un libro a punto de ser cerrado, y, un ejército de funcionarios con sus juegos ennegreciera como el caviar el futuro de nuestras ciudades.

 

Poco a poco la oscuridad se va disipando

como nuestros sueños y las llamas se apagan. Suena la turbina de mi intestino y late la sangre en las sienes;

 

El espacio se curva

y retrocede como un cangrejo, dejando pasar hacia adelante el tiempo. Y el tiempo va hacia el oeste como las inversiones o las civilizaciones, como si volviera a su casa

 

abrochándose la camisa de tiniebla.

 

Cuando vuelva a abrir los ojos

–señal de que he sobrevivido- el norte seguirá donde estaba donde las abejas tienen el aguijón, es decir en el culo;

 

Volveré a ver el cobalto en el cielo

y la misma tierra agradeciendo, a pesar de todo, la belleza de un universo al que pertenecemos.

 

                                                   Johann R. Bach
 
Otros escritos en el Blog
 

 

La vida, indiferente, fluye y se propaga siguiendo el camino de la luz ignorando el florecer de tu amargura.

   EL DOLOR  (Y LA AUSENCIA DE LUZ)

 

Hubo un día en tu vida

en que sin saber por qué se levantó en ti como una amenaza una sombra y se te ocurrió condenar a todo lo que fuera oscuro porque el color negro estiliza la figura y adelgaza hasta la misma voz.

 

Desde aquel día rechazas

imágenes tras imágenes si son sepias de modo incomprensible como si llenaras la soledad añadiendo sillas y más sillas en una sala que sólo el polvo se ha de sentar.

 

Es en invierno

cuando tus pensamientos se mueven dentro de un frío castillo, pero nunca los finalizas hasta la primavera. Lo que no quiere decir que debieran andar realquilados.

 

Así que sueles abandonar la casa

con la sensación del poeta –y algún que otro político- que se disculpa ante las cosas, sólo para que no duela más tu ausencia.

 

Sabes que resistirá bien la tramontana,

y, la lluvia porque no es un montón de yeso, sino un lugar donde un niño buscará su pelota.

 

Esta vez ya no volverán aquellos estudiantes

que empollaban la Biología como si fuera vino. ¿Recuerdas aquellas extrañas palabras?

 

“La cohesión de las células

no debe ser preventivamente coloidal principalmente en el microscopio polarizador.

 

La herida es sólo un concepto…”

“El límite entre la lechuga y el agua y la espumosa estructura del azúcar, exceptuados los factores temporales…”

 

“La ameba, amiba, baja los párpados

Y a toda velocidad intercambia su núcleo con un beso…”

 

Del cielo cae el frío

con el derrumbamiento del sol. Todo te parece aparente; y, lo que no lo es, también.

 

Vuelves a meditar

sobre qué sería la alegría sin el dolor.

 

Las yemas de tus dedos

palpan aún el pijama de hospital que se coloca sobre los cuerpos de los pobres con botones mal cosidos y bien descosidos.

 

Rechazas la silla de ruedas;

prefieres caminar con dificultad, pero caminar. ¿Te estás repitiendo o acabas de reencontrarte?

 

La vida, indiferente, fluye

y se propaga siguiendo el camino de la luz (según Huygens) ignorando el florecer de tu amargura. Y es que no es fácil habituarse al dolor y acumularlo en el diván oscuro del recuerdo.
 
                                                                 Johann R. Bach

 

11 mar. 2014

Se llama a las poseidonias algas pero de hecho no son sino plantas con raíces, hojas y tallo, ...

PILAR SE ENAMORA DE UN ALUMNO

 

Fui a una de las playas

en la costa norte de esta península llamada Cap de Creus. Se llegaba a ella desde el pequeño pueblo de pescadores, hoy de renombre mundial.

 

Fue un bello paseo.

Primero había que recorrer una playa estrecha encajada entre las rocas que separaba el mar de las raíces de unos pinos que se resistían a ser dominados por las mareas.

 

Yo me sentí en aquel rincón

como en un paraíso de cangrejos y mejillones de roca. De madrugada, a juzgar por las marcas en el peñascal, la pleamar alcanzaba una altura que hacía impracticable el camino.

 

El puente de madera construido

para atravesar aquel lugar hacía muchos años que estaba inservible. Las tablas creosotadas no habían podido resistir las embestidas continuas de las olas.

 

Al pasar aquellas rocas

infestadas de lapas veía a izquierda y derecha, como señalando un sendero, la típica vegetación mediterránea: romero silvestre (Thymusvulgaris) brezo, “socarell” (cepa y raíz)

 

y mi favorita, la euphorbia

que en septiembre empieza a echar sus primeras hojitas verdes en el extremo de sus tallos enhiestos de color marrón que me recordaban aquel otro tallo inolvidable.

 

No había duda de que estaba enamorada.

 

De repente, bajo un golpe de aire,

el paisaje se borraba de mi vista y en su lugar aparecía aquel busto griego de perfil recto; la frente uniéndose con la nariz hasta, mediante un salto, pasar a un grueso labio superior ligeramente montado sobre el inferior.

 

Sus abultados pómulos

parecían cubrir sus sonrosadas y limpias mejillas diferentes a las de los demás chicos: sin acné y sin incipiente barba. El pelo crespo y abundante como esculpido por la lluvia.

 

Como intentando olvidar

volvía a concentrar mi vista en el paisaje. Aquel rincón de mundo estaba demasiado apartado como para que, en aquella época, llegasen allí turistas. Los yates y las embarcaciones de recreo no existían y los pescadores no osaban acercarse a aquellas rocas por miedo a estrellarse contra las rocas.

 

Seguí, tozudamente, encaramándome

a aquellos peñascos como un alma que no quiere despegarse de sus recuerdos.

 

Sin respiración ya,

me senté a descansar un rato, antes de proseguir entre las muelas huecas donde anidan decenas de gaviotas. Las oía chillar con sus voces altas y agudas que me recordaban sus suspiros.

 

Un poco más adelante

se hallaban unas rocas que los lugareños llamaban rocas planas. Se extenden como un geosinclinal, lentamente hacia el mar como un lecho de amor acolchado por

 

un manto de algas muertas

expulsadas por el oleaje hasta formar unos enormes almohadones y colchones de plantas ya sin vida, el lecho de amor donde sus labios conocieron por primera vez mi geografía.

 

El peñasco que se levantaba ante mí

como un falo surgido del mar enturbiaba mi vista cada vez que lo miraba.

 

Allí el mar, cuando se embravece,

y sucede con frecuencia, arroja altos muros de espuma contra las rocas. En esos momentos veía como Manuel regaba mi piel con sus azucenas blancas.

 

Esos son los instantes

en que cualquiera se sumergiría en el agua para ver la posidonia, esas praderas de algas largas y flexibles de nombre exuberante. Yo no me atrevería a nadar entre ellas ni estando el mar en calma.

 

No soportaría a mis sesenta años

sus largos y estrechos tallos, de verde luminoso bailando lentamente al ritmo del agua alrededor de mis muslos de delicada seda. Se les llaman a las posidonias algas pero de hecho no son sino plantas con raíces, hojas y tallo, que

 

sirven de alimento y protección

a peces y pequeños crustáceos. Pierden sus hojas cuando llegan las tormentas de invierno. La marea las arroja a la playa donde se amontonan en capas como en un cementerio compuesto por fosas comunes.

 

Manuel también necesita una protección

semejante al de esas pequeñas criaturas que aún tienen por delante un largo proceso de maduración.

 

Igual que ese verdor que se agita

en el fondo del mar pierde poco a poco su brillo y es el testimonio del paso de la vida al más allá mi amor titubea, pero

 

cuando el viento levanta las algas

y las impulsa hacia la cuesta de las rocas planas siento como se levanta también en mí la pasión y vibro a pesar de ser cuarenta y cinco años mayor que él.

 

Enamorada de un alumno

que me ha hecho temblar de placer, vivo y revivo la edad de la tercera locura y siento que aún queda mucho camino por delante.

                                                                     Johann R. Bach