2 feb. 2013

EL NIÑO QUE SOÑABA CON CRECER

EL NIÑO QUE SOÑABA CON CRECER

 

El acento suave de las erres,

propio de los marselleses, disimulaba su origen ampurdanés.

 

Él ignoraba su destino

y la banda azul en su brazo sólo le distinguía de los demás. De momento se sentía a salvo comprimido entre los desnutridos cautivos. La ausencia de hombres viejos impregnaba de esperanza todo el vagón.

 

El traqueteo de las ruedas metálicas

al saltar las ranuras de dilatación entre vías no era precisamente un vals, pero si lo suficientemente monótono para adormecer a Paul Lafitte –el más despierto entre todos aquellos pechos y espaldas.

 

Entre sueño y sueño observó

que entre los prisioneros destacaba, a pesar de un andrajoso vestir, un joven rubio de ojos tan azules que hacía sospechar que era un alemán infiltrado.

 

Aquello le impulsó

a cruzar algunas palabras con los compañeros de infortunio al solo objeto de demostrar que él era un auténtico francés.

 

No le fue difícil adoptar

aquella nueva personalidad puesto que en su raigambre había también una tierra,  l'Empordá mediterráneo; un viento, la Tramontana; y, una lengua, el catalán.

 

Todo ello muy similar

al conjunto de adopción de la Provenza con su Mistral, cazador de nubes, y el francés sibilante de la Côte d'Azur.

 

Paul estaba convencido

de que en épocas de falsificación e hipnosis generalizadas hay que empecinarse en preservar la lucidez y mantener abierto un prudente diálogo acerca de las dimensiones esenciales de la condición humana:

 

libertad, justicia, amor, trabajo, creatividad…

 

Paul era uno de esos hombres

que habían derrochado generosidad en su juventud y eso era la causa de su ruina. Todo aquellos actos de liberalidad realizados al objeto de llevar una vida coherente eran los responsables de su situación.

 

Lo había perdido todo absolutamente:

amigos y compañeros abandonados en las cunetas de las carreteras o en los bajos bosques, amores desaparecidos en las continuas huidas y hasta su nombre desapareció en un asalto a una columna de invasores.

 

Aceptó la consumación del ciclo de la mercancía

y reconoció que nuestra civilización se había internado resueltamente en el ciclo del excremento, pero no quería renunciar a oponerse a un auténtico vendaval inhumano que quería reducir la Naturaleza a unos pocos parques naturales.

 

Nunca aceptaría –se decía a sí mismo-

que el hombre se convirtiera en jardinero de pequeñas parcelas verdes de un mundo arrasado.

 

Paul era, en efecto, un niño

que siempre soñó con crecer al mismo tiempo que los olivos: lentamente sin prisa, pero sin pausa.

 

Dispuesto para el brote,

el porvenir le cedía todo el esplendor de la fe profunda. Su mirada llena de intención fundía la nieve y le protegía de toda destrucción:

 

la parte de la naturaleza

contenida en su pecho esperaba el momento oportuno para romper el cascarón como una nuez antes de convertirse en nogal.

 

Los crímenes que se estaban cometiendo

no hacían más que aumentar la rabiosa voluntad de enseñar a millones de almas a despreciar a los dioses fríos como el hierro que llenaban los uniformes de los soldados del ejército ocupante.

 

El porvenir parecía querer crear

otro ejército de pesimistas: en el curso de aquel viaje en el tren, los prisioneros veían cómo se realizaba el objeto de su recelo.

 

Sin embargo, el racimo que sigue a la siega,

por encima de su cepa, a pesar de la guerra, llegaba a concluir. Aquello también lo percibían los pesimistas.

 

Paul Lafitte, poco a poco investido

por su nueva personalidad sabía que a veces, lo real apaga la sed de la esperanza. Por eso es por lo que, contra toda espera, en su pecho sobrevivía la esperanza.

 

Aquél no era un tren

que fuera a ninguna parte: tenía un destino y un objeto.

 

                                                                                  Johann R. Bach
                                                                       www.homeo-psycho.de

1 feb. 2013

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE
 
Poema original de Johann R. Bach

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE

 

Toda la nieve del valle era insuficiente

para enfriar sus sesos. Tenía el infierno en la cabeza.

 

Con la primavera en la punta de los dedos

en el mismo instante en que La Candelaria reía, las verdosas andanadas de hierbas exuberantes cubrían las escasas parcelas de tierra enamorada.

 

Como a todo lo demás,

animales de granja, escarabajos y muebles le había temblado también el espíritu.

 

Con gran dolor se comió,

al mismo tiempo que su orgullo, las fotografías que aún conservaba en la cartera.

 

Eran auténticos documentos gráficos

de una actividad –la guerrillera- que comprometía su alma, incluso si aquélla hubiera estado dormida.

 

¿Cómo le pudo llegar a él la escritura? 

 

¿En qué podía pensar si no,

mientras el plumón de la niebla se estrellaba contra aquella ventana que no podía protegerle ni siquiera del frío del invierno?

 

Se levantaba de su lecho de paja,

iba y venía dando saltos de un lugar a otro, combatiendo con el ejercicio su entumecimiento.

 

Llegó a desear

que sus enemigos lo trasladaran lo antes posible a otro lugar soñando con el ligero calor del interior de un vagón de tren.

 

Siempre se había sentido orgulloso

de no haber nacido en una metrópoli. Creía que eso era una suerte porque le permitía ver a su país "desde fuera".

 

Comprendió que aquella guerra iba a prolongarse

 

"más allá de los armisticios platónicos",

pues los excrementos del nazismo se habían hundido en el fértil inconsciente de los hombres y la única forma de resistir era convertirse en un refractario.

 

Su propio aliento

era el único calor que llegaba a sus manos

 

Dos soldados le registraron en el cobertizo.

al encontrar en su cartera un tríptico que le identificaba como Paul Lafitte nacido en Aix-en-Provence,

 

le pusieron un brazalete azul en el brazo

y lo subieron a un vagón abarrotado de prisioneros.

 

El calor de aquel amasijo de desdichados,

con un mismo momentáneo destino, le devolvió la esperanza.

 

Vivió aquella noche

coloreada de herrumbre como la de un reo que ve cómo alguien misterioso le abre las rejas de todos los jardines.

 

Sobrevivió

porque para la mirada de la noche viva, el sueño no es a veces sino un liquen espectral dispuesto a hacerse realidad.

 

                                                                                         Johann R. Bach
                                                                              www.homeo-psycho.de

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE

Toda la nieve del valle era insuficiente

para enfriar sus sesos. Tenía el infierno en la cabeza.

Con la primavera en la punta de los dedos

en el mismo instante en que La Candelaria reía, las verdosas andanadas de hierbas exuberantes cubrían las escasas parcelas de tierra enamorada.

Como a todo lo demás,

animales de granja, escarabajos y muebles le había temblado también el espíritu.

Con gran dolor se comió,

al mismo tiempo que su orgullo, las fotografías que aún conservaba en la cartera.

Eran auténticos documentos gráficos

de una actividad –la guerrillera- que comprometía su alma, incluso si aquélla hubiera estado dormida.

¿Cómo le pudo llegar a él la escritura?

¿En qué podía pensar si no,

mientras el plumón de la niebla se estrellaba contra aquella ventana que no podía protegerle ni siquiera del frío del invierno?

Se levantaba de su lecho de paja,

iba y venía dando saltos de un lugar a otro, combatiendo con el ejercicio su entumecimiento.

Llegó a desear

que sus enemigos lo trasladaran lo antes posible a otro lugar soñando con el ligero calor del interior de un vagón de tren.

Siempre se había sentido orgulloso

de no haber nacido en una metrópoli. Creía que eso era una suerte porque le permitía ver a su país "desde fuera".

Comprendió que aquella guerra iba a prolongarse

"más allá de los armisticios platónicos",

pues los excrementos del nazismo se habían hundido en el fértil inconsciente de los hombres y la única forma de resistir era convertirse en un refractario.

Su propio aliento

era el único calor que llegaba a sus manos

Dos soldados le registraron en el cobertizo.

al encontrar en su cartera un tríptico que le identificaba como Paul Lafitte nacido en Aix-en-Provence,

le pusieron un brazalete azul en el brazo

y lo subieron a un vagón abarrotado de prisioneros.

El calor de aquel amasijo de desdichados,

con un mismo momentáneo destino, le devolvió la esperanza.

Vivió aquella noche

coloreada de herrumbre como la de un reo que ve cómo alguien misterioso le abre las rejas de todos los jardines.

Sobrevivió

porque para la mirada de la noche viva, el sueño no es a veces sino un liquen espectral dispuesto a hacerse realidad.

Johann R. Bach

CORRIENTE MARINA EN SÓLLER

CORRIENTE MARINA EN SÓLLER

 

¡Ah, insólita corriente del Mare Nostrum,

abrevadero  de Sóller! Presa o no presa de ese Lago de los Sueños, luz o no luz, la única compañera, inalcanzable, solitaria.

 

Única novia que arrastra tu barca,

 

aliento único

que te hace avanzar a barlovento, única fuente para nuestra ceguera. Espejismo o no espejismo, único faro entre las noches de todos los planetas de todos los espíritus,

 

único baño de alegría en la angustiosa tierra.

 

Lo único que te salva,

lo único que te queda mientras esperas el próximo verano. Esposa de los vacíos, amiga de los soñadores, te hace pensar que en pocos minutos puede paralizar la danza de Poseidón que

 

a quienes hiere convierte en náufragos

 

perdidos hacia la sombra,

hacia los abismos de los astros, el cementerio de los soles apagados.

 

Tú te sentías herida,

ellos, los pescadores beodos; bebías sorbos de luz y ellos jarras de vino; ellos trataban de olvidar y tú de alzar la vista hasta que en el horizonte apareciesen las escasas luces del pequeño puerto.

 

Cuánto dolor te cuesta saberte derribada,

haber perdido el sueño luminoso aparecido un día entre sus pobres manos.

 

¡Hermoso era tu mundo,

qué serenos tus viajes, qué felices tus llegadas a los mundos oscuros sabiendo que alguien te esperaba, qué alegría bailar entre aquellos muros!

 

¡Límites sin muros!

¡Qué delicada sonrisa

la que se desliza

por esa corriente!

 

Qué atinado su pulso,

qué natural su ritmo y tú su única piel.

 

                                                                                           Elisa R. Bach
                                                                                www.homeo-psycho.de

30 ene. 2013

LA HORA MAS CORTA

LA HORA MÁS CORTA

Marta Guillamón se giró hacia ti

en mitad de La Rambla de Santa Mónica y te puso la mano en el hombro como para que te detuvieras –cosa que hiciste-, te miró con cierta ternura y te dijo:

mira a toda esa gente

que siguen un trayecto como si fueran hormigas que van y vienen; tienen prisa como si dentro de su pecho un reloj les devorara los suspiros:

ignoran que la hora más corta de todas

las que mueven el universo se abre paso entre sus labios como la almendra que brota de su reacia dureza: luchando a brazo partido contra su soledad.

Acostumbrada a sus brotes

de inteligencia pura, sabías que sus palabras se acercarían como en tantos y tantos minutos de lucidez a una verdad parcial y tomaste nota en tu memoria para dibujarlas más tarde sobre el papel cuadriculado de tu diario.

Viste, en efecto, en los ojos de los transeúntes

-muchos de ellos turistas-, cómo declinaba la esperanza, vena de una mañana fluvial en el gesto de todas aquellas personas que os rodeaban;

viste sus rostros atrapados

en las mallas de una espera que los corroía como un ácido. ¡Qué poco se les ayuda, qué mal se les reconforta!

El mar y su orilla

-tan cerca cómo están de ellos-, eso que no se ve, forman un todo sellado por millones de horas que yacen en el fondo del mismo pensamiento,

molde de una materia

de la que participan por igual el rumor de la desesperanza de los cardíacos y la certidumbre de la resurrección de los asmáticos.

Marta, una vez más, tenía razón:

la hora más corta se pasea entre los labios y la piel que los acoge.
Johann R. Bach

29 ene. 2013

DE NOMBRE OROFERNES ACTUAL

DE NOMBRE OROFERNES ACTUAL

Este que aquí sobre el bieuro véis,

cuyo agraciado y fino rostro no sonríe aunque lo parezca, es Orofernes Actual, hijo del que fuera Conde de los Granados.

Cuando era niño aún,

del palacio paterno lo expulsaron. Lo enviaron a Roma su ciudad natal, para que allí creciese en el olvido entre gentes extrañas.

Sin temor, igual que un griego auténtico,

tuvo la plenitud del placer de la Noche Romana. Siempre en su corazón latino, más griego en los modales y en la lengua ceceante,

ornado de turquesas falsas,

como un helénico vestido, ungido con esencia de lavanda, entre la hermosa juventud de la Ciudad Eterna, el más bello era él, el del busto más perfecto.

Cuando los sublevados

limpiaron de pretendientes el camino hacia el trono y le hicieron rey, lanzóse sobre esta realeza para gozar de un modo nuevo cada día, reunir euros, dólares, oro, marfil y plata rapazmente

y contemplar envanecido

el orgullo de los elefantes yaciendo a sus pies. De la marcha del país o de su influencia sobre los negocios de sus familiares lo ignoraba todo.

Sus súbditos han comenzado

a explicar chistes públicamente que antaño estaban prohibidos so pena de ser acusados, los humoristas que así lo hicieran, del delito de Lesa Majestad.

Presionado por la prensa y sus ministros,

pidió perdón con la promesa de no volver a matar elefantes; abandonó por algún tiempo la embriaguez y la lascivia

y aún aturdido y con torpeza urdió

algunas intrigas, intentó vagos actos, concibió ciertos planes para salvar a sus familiares de las fauces de una Ciega Justicia.

No le quedó más remedio

que emprender la Senda de los Fracasos por la que a cada paso va dejando un lastre de miseria moral.

Algún poeta narrará en el futuro

los detalles de su aniquilación o quizá la historia lo desdeñe por insignificante.

Habrá que esperar

aún algún tiempo para conocer con exactitud la "crónica de un destino anunciado": quizá el mismo que su efigie en las monedas.

Sylvia M. Folch

27 ene. 2013

REMEDIOS PARA LA TIMIDEZ. LA CHICA DE KIEFHOLZSTRASSE Cap. 52

                              Niña de Rembrandt

 

  • Insomnio en altitud
  • Timidez

                                          COCA C15

                                          PULSATILLA C15

 

No he dormido en toda la noche.

Escribo estas líneas desde el refugio de montaña denominado Jungfraujoch situado a 3.454 metros de altitud a punto de que mis compañeros comiencen el ascenso al Jungfrau. Yo no voy a subir. No me encuentro bien. Siento una especie de desvanecimiento similar al que sentí cuando me dieron el primer beso en los labios a los quince años.

 

Ya me encontraba mal

mientras subíamos con el tren cremallera (el Jungfraubahn); la vista se me nublaba por momentos y en la espalda notaba un roce extraño al apoyarme en el respaldo de mi asiento como si tuviera granos de arena rozándome; las piernas apenas me sostenían y por mis manos corría un hormigueo molesto.

 

Los amigos han intentado animarme

y han insistido lo indecible para que no desista de la excursión, pero no me han convencido: Me encuentro realmente mal y quisiera volver a mi estudio, donde estaría a salvo de las miradas de los demás: unos me miran con pena, otros se molestan por mi debilidad,... todos parecen desaprobar mi actitud. Eso me hace sentir aún peor.

 

Hace un momento Angelika

me ha dicho que ella tampoco subirá al pico más alto del macizo situado al sur del cantón de Berna y se va a quedar conmigo en el refugio. Me he ruborizado como cuando un chico te dice por primera vez que le gustas.

 

Siempre he sido tímida.

Ahora siento que la sangre se me agolpa en las mejillas con sólo notar que me miran y siento en el estómago una sensación de vacío que me hace imposible mantener la mirada alta. Con la cara encendida y aturdida sólo espero que se marchen todos porque me da la sensación que su presencia me da dolor de cabeza; la ansiedad se apodera de mí; la respiración es difícil y entrecortada. El reloj parece haberse detenido; avanza lentamente como si le faltara cuerda... y yo sigo escribiendo para olvidar que lo estoy pasando mal.
 
                                                                                                        Elisa R. Bach
                                                                                             www.homeo-psycho.de