10 nov. 2012

RELATO POSIBLE

      Leo P. Hermes

RELATO POSIBLE

                             UN POSIBLE RELATO

 

Son la siete y no puedes dormir más;

te levantas y dudas sobre qué es lo que vas a hacer a continuación. Has de presentar un trabajo sobre economía, aunque aún tienes tres semanas por delante para presentarlo.

 

Escribes.

 

Intentas comenzar el relato

de una muchacha, algo más joven que tú. Maite -vas a llamarla así-, pasaría llorando sin que nadie supiera por qué.

 

Se trataría de una chica melancólica,

delgada, de pies delicados y hombros ligeramente echados hacia delante, a la que sólo le interesaran el efecto balsámico de la música y la poesía como en los versos de Rilke.

 

A continuación piensas en las reacciones

de algunos que podrían pensar que esa actitud de Maite podría deberse a amores perdidos, como esos que se dedican a torturar en las playas de verano con la música de máquina pura.

 

Otras mujeres, ya casadas,

que se ocupan normalmente de los negocios de sus maridos, en la oficina o tras el mostrador de un comercio; de pilas de papeles; niños que crecen; y, que a su pesar envejecen,

 

tendrían tendencia a decir

que Maite es una mosquita muerta, que su par de ojos como amapolas –como amapolas cortadas en primavera- y sus dos pequeños surtidores en sus comisuras, son tan peligrosos como su dulzura.

 

Los paseos de Maite por las calles

del bellísimo pueblo marinero –pongamos por ejemplo, Corcubión- podrían pegarse al paisaje como un elemento típico; añadirse al baile del viento y las olas como un marinero más.

 

Algunos podrían presumir

de haberla oído hablar a solas mientras pasaban por delante de ella junto a las olas rompiendo contra las rocas y que sus palabras flotaban sobre el aire como el aroma del azahar.

 

Pero nadie osaría decir

que la había oído hablar en sueños, con sus posibles imágenes de horror en el umbral de sus ensoñaciones, con la ternura perturbada de su rostro.

 

Las gentes del pueblo

finalmente, podrían acostumbrarse a ella, atildada y tranquila, sólo que siempre iría llorando como los sauces que a la orilla del rio se divisan desde las barcas que van entrando por la ria.

 

El relato podría acabar de forma

que todos nos acostumbrásemos a ella –y a todos aquellos atacados por la melancolía-; que, como a todo lo que nos acostumbramos, hablásemos de ella con todos nuestros respetos.

 

Se hace tarde y debes ir a la facultad.

                                                                                         Leo P. Hermes

 

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RELATO POSIBLE

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EL DIABLO Y LA MELANCOLÍA

                El Diablo y la Melancolía

 

Hay días que ves

que el mundo se muestra, homogéneo y estable.

 

El sol de las ocho resbala

lentamente sobre las playas en suaves pendientes construidas por la pleamar nocturna;

 

los edificios antiguos y los modernos

bloques de apartamentos se codean sin animosidad manifiesta.

 

Otros días, en cambio, muestran

claramente que en este mundo ya no es fácil respirar y ya no nos inspira más que obvia desidia, un deseo de huir sin esperar ni una vuelta de  más o de menos:

 

ya no se leen ni los titulares

de los diarios, hay muchas quejas de falta de trabajo y de amor, pero aun así este es el mejor de los mundos.

 

Quisiéramos regresar a la casa

que nos acogió y vio crecer nuestras ilusiones, donde soñaron nuestros padres bajo el ala de un arcángel;

 

quisiéramos rencontrar esa moral

extraña aprendida mientras hacíamos acopio de gestos y silencios que santificaban la vida hasta sus últimos suspiros.

 

Realmente era difícil saber qué queríamos

antes de la edad de cincuenta años, pero era fácil creer en algo así como una fidelidad,

 

como un enlazamiento

de suaves dependencias que no sobrepasara y contuviera la existencia dentro de unos límites razonables.

 

Parece que aún no hemos aprendido

A manejar los días y las noches, a pesar de que llevamos dentro, en el fondo de nuestro espíritu, una antigua esperanza

 

como la de los marineros

que se hacen a la mar con indiferencia; como nosotros, sienten fuerte la soledad, y, sin embargo, como nosotros, sonríen.  

 

Todo eso entra dentro de lo esperado

por los responsables de las familias y/o de las autoridades locales, pero mucha gente aun no ha oído siquiera lo que puede hacer el demonio por sí mismo; y,

 

lo que puede llevar a cabo

por medio de sus instrumentos, que son muchas veces peores que él mismo, y por satisfacer su venganza y codicia causan más perjuicio.

 

Hay mucho mal

que no se habría hecho nunca si no hubiera sido provocado por las brujas. El demonio no se habría aparecido en la forma de Samuel si la bruja de Endor le hubiera dejado solo;

 

o no habría representado las serpientes

en presencia del Faraón si los magos no le hubieran incitado a ello.

 

Los hombres y los animales

podrían andar libremente –insiste Erastus- si las brujas le hubieran dejado tranquilo.

 

La actitud de Paracelso

de tomarse en serio a las brujas se va imponiendo poco a poco en el mundo occidental:

 

"Se ríen indignados –decía el famoso sabio-

por los designios de los terrores mágicos, los sueños visionarios, las maravillas portentosas, los diablillos, los duendes nocturnos y los hechizos".

 

Pero esa hipótesis

es la que mejor explica las causas de muchos trastornos y en especial la melancolía: una sola imagen demoníaca puede disparar multitud de síndromes neurológicos.
                                            
 

LOS DIABLILLOS Y EL GORRO MÁGICO

               Los Diablillos y el Gorro Mágico

 

Erik, rey de Suecia,

tenía un gorro encantado (instrumento del diablo), por cuya virtud y con unos susurros mágicos o términos secretos, podía mandar a los espíritus perturbar el aire, y

 

hacer que el viento fuera

en la dirección que él quisiera, hasta el extremo de que cuando había un viento o tormenta  fuertes el vulgo acostumbraba a decir que el rey tenía puesto su gorro conjurador.

 

Cuando mi madre me explicó,

punto por punto, esa historia yo también me reí.

                                                                                        Leo P. Hermes
                                                                            www.homeo-psycho.de     

9 nov. 2012

EL DIABLO ENTRE LAS LAGRIMAS

EL DIABLO ENTRE LAS LÁGRIMAS

 

Gracias Cornelio Gemma, gracias

por esa perla de niña, Katherine, hija de un cubero. La mitad de su cara eran ojos, azules como el mar; la otra mitad labios, rojos como los arilos de una granada.

 

Corría el año -nos cuentas- 1571.

Aquel invierno era especialmente duro y aquella niña de finas y delicadas piernas sufría terribles convulsiones y

 

dolores de cabeza tan extraños,

que a veces ni tres hombres la podían sostener. Un día expulsó por un lagrimal como un diminuto insecto negro.

 

Eso fue la prueba

de que el diablo se había afincado en el interior de su nariz. La llevaron a la Curia; y, reenviada al Camarlengo que la tocó sin lograr que lo expulsase.

 

Vomitaba dos veces al día

todos los alimentos que ingería. El vómito era una mezcla de colores; un líquido en el que predominaba el anaranjado.

 

Las crisis duraban 14 días,

después de las cuales, evacuaba grandes bolas de pelo, algo apergaminado como trozos de lana, hilos de colores y escíbalos negros.

 

Todo ello envuelto

en una pestilente mucosa amarillenta parecida a la cera de sus oídos.

 

El sufrimiento se reflejaba

en su rostro como envejecido, pero llamaba la atención las dos candelas que colgaban gomosas de sus coanas,

 

eran como dos rayas

del color amarillo de araña vegetariana. La desdichada lloraba continuamente y no comprendía por qué no podían curarla.

 

En ocasiones el dolor se concentraba

en un punto extremadamente preciso: el entrecejo. Entonces sentía alivio cerrando los ojos y lamiendo sus propias lágrimas.

 

Esas modalidades indujeron

a Martí, amigo de Cornelio, físico y astrónomo como él, de origen valenciano y pupilo de Paracelso a decir que no se podía curar de ningún modo por medio de simples medicinas.

 

Necesitaba expulsar el diablo

que se le había agarrado detrás de los ojos. Para ello era preciso envenenarlo con sus propios excrementos.

 

Diligentemente tomó

una amarillenta lágrima seca, la diluyó en media copa de aguardiente y luego a su vez en agua bendita que se le daba a la niña gota a gota.

 

Los múltiples estornudos

arrojando mucosidad espesa indicaban que el diablo estaba perdiendo su sustento y, en efecto, no tardó en mejorar y ganar peso.

 

Gracias Cornelio Gemma, gracias

por ese antecedente de Katherine, la hija del cubero.

                                                                                         Leo P. Hermes
                                                                                www.homeo-psycho.de

8 nov. 2012

LOS DIABLOS DE NOVIEMBRE

                 LOS DIABLOS DE NOVIEMBRE

 

Les he dado muchas vueltas

a los primeros sueños de noviembre, que ahora dejo, desato sus lazos, para el nuevo poder de los demonios ígneos.

 

Ellos son los que normalmente actúan

encendiendo las estrellas, meteoros o fuegos fatuos. Llevan a menudo a los hombres a los ríos o a los precipicios en la forma como lo explico en estos versos:

 

"Si los viajeros –digo-

quieren mantenerlos alejados, deben pronunciar el nombre del dios Odín con voz clara o adorarlo con la cara en contacto con el suelo".

 

Apoyado sobre el Puente de Charenton

Corren las aguas claras en dirección a Rouen la villa de los cien campanarios, y, se van mezclando los demonios bañados en azufre y peinados con dientes de ballena aquí y allá.

 

Gris pizarra el curso del meandroso Sena

es el tono de los fragmentos de las piedras primigenias cuando la tierra todavía estaba sola y los feldespatos aún no habían nacido, acumulando capa tras capa.

 

Van esos diablos sentados

sobre las pilas de minerales que las barcazas de rio transportan hacia el puerto de Rouen, pues más allá les esperan las furias sentadas sobre el Puente de Tancarville.

 

La agonía del verano

ha entregado también los frutos de la parra aunque este año los gorriones han picado muchas uvas, pero el dios Baco ha montado guardia con cantos de lagar y vino para que las vides entreveradas sean suficientes.

 

Las preguntas se me agolpan

cada noche en los sueños antes de despertar insistentemente: ¿De quién son las vides?¿De aquel que todo hizo?¿De aquel que todo lo imaginó a partir del final?

 

Sólo formular esas preguntas

los demonios empiezan a temblar como si su juego hubiera sido descubierto, se inquietan y se mueven nerviosamente del lóbulo frontal al occipital demostrando su miedo.

 

Les he dado muchas vueltas

a los primeros sueños de noviembre y he vivido las agotadoras horas del Día de los Difuntos ensimismado, hasta que he logrado que esos diablos "dioscuri"cargados con sus sacos de castañas asadas han inclinado sus cabezas, ¿ante qué poder?

 

Ante la autoridad de Jenófanes de Colofón,

se rebelan contra "la idea", contra la posibilidad de que un solo dios acapare todo el poder, como nubecillas "deslizándose a todas partes".

 

Es evidente que no aparecen

sino es para hacer algún mal a los hombres, pero entre ellos tambié hay traidores, pretendientes del bien.

 

El problema se reduce pues,

a la simple correlación de fuerzas. Alimentemos pues a esos "fuegos de San Elmo y esperemos su señal mediante la aparición de la estrella de San Germán.

 

¡Odín!

 

Siembra nuestros huertos

de granados, cermeños y membrillos para combatir con sus aromas las hiperplasias y el hedor del Inframundo.

 

Danos fuerzas para no inclinarse

ante poder alguno fuente del mal; para no ceder al descanso ante cualquier embriaguez, pues Tú mismo eres el beber y la bebida, el pensador, Tú.  

                                                                          Leo P. Hermes
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7 nov. 2012

Yo, Leonardo Perez Hermes

                                    YO, LEO P. HERMES

 

Yo, Leo P. Hermes

un simple escritor hijo de un modesto médico rural y nieto del abuelo Hermes conocido en toda la cuenca minera del Llobregat por ayudar a los accidentados mineros a atravesar Las Puertas del Inframundo.

 

Llegué a París

con la pretensión de estudiar los ojos humanos y enseñar a leer sobre la piel el poema de la vida.

 

Sí, sí. Esa pretensión

de convertirme en un poeta famoso me acompañó siempre en mis noches desde 1.96…, aunque sólo a partir de 1970 conseguí algún resultado.

 

Era la época en que soñaba

intensamente. Veía con facilidad en mis sueños los cuerpos celestes en la noche y en el interior de los cuerpos humanos el misterio del calor y el frío y la inclinación al alcohol, el chocolate y el tabaco.

 

Luego esos sueños se expandirían cada vez más.

 

Yo, Leo P. Hermes un oscuro biólogo

que sólo llevaba a mis veinticinco años en una bolsa de deporte cargada de ilusiones,

 

un saco de dormir,

una novela de Edgar A. Poe, un peine, un pasaporte obtenido gracias a las influencias de un funcionario judicial (tío mío) y dos bocadillos de tortilla,

 

atravesé la frontera con Francia por Irún.

 

Una doctora seca como la rabia,

cargada de años me manoseó los testículos en busca de una posible hernia como a un sencillo campesino de aquellos que iban a trabajar en la vendimia francesa. Certificó que estaba muy sano… 

 

Yo, Leo P. Hermes

no inventé la naranja como Santiago Huguet, pero organicé el ejército defensor de los granados y los membrillos y desarrollé un sistema de distinción entre símbolos y signos. Lo extendí  por todo el Mediterráneo.

 

Sí, sí. No pongáis esa cara.

Antes de 1968 año en que Portman escribiese su libro Symbole und Sinnbilder yo ya conocía varios cientos de signos matemáticos desde los más sencillos (más, menos, por, es, raíz, pi, etc)

 

hasta los más complejos

(integrales, sumatorios, googles, limites, matrices, laplacianas, …) que nunca confundí con los símbolos como el rojo anaranjado que simboliza el fuego, que a su vez simboliza la pasión, eso que no ha decaído en mí a pesar de los años.

 

Yo, Leo P. Hermes

inventé la "memoria subliminal magenta" colocada entre las palabras, libre de nieblas contaminadas con metales pesados y, generosamente, la repartí entre la honrada gente de gruesas cejas.

 

No he creado quimeras

ni mitologías nuevas. Me he limitado a interpretar el mundo clásico y tomar de él aquellos aspectos que me facultaron para crear poemas medicinales para acotar el dolor humano al terreno de lo soportable. ¡Ay! ¡Como si eso no fuera una labor de titanes!

 

No me quejé nunca de la vida en París.

Fue la única etapa de mi vida en la que me sobraba el dinero; me enriquecía en lo espiritual y aprendía más sobre el sexo de lo que me enseñaban las enfermeras en el hospital.

 

Tuve a mi alcance miles

de personas con las que experimenté (en ayuntamientos, colegios y cárceles, conventos, y otros colectivos deportivos) fórmulas provistas de sustancias ponderables, medicamentos simples y sutiles, plantas medicinales y poemas liberadores de la psique.

 

Yo, que me horroricé

al vivir de cerca el sufrimiento humano no pude o no supe soportar el cinismo y la mentira y me lancé como en un triple salto mortal sin red, al mundo de la Universidad Gratuita de la Miseria,

 

os pido perdón

por esta forma primitiva de escribir en primera persona cuando en realidad siempre he odiado a los que tras su disfraz de santurrones (de bata blanca o de colores) empleaban con su inmensa egolatría una única fórmula: "el yo, me, mí, conmigo"; y,

 

ACEPTO

 

humildemente el cargo

que me ofrecéis en la construcción de esa tela de Penélope de la web www.homeo-psycho.de que, con sus aciertos y sus errores nos regala algunas líneas de humano aliento.

 

               Ante la Asamblea General de www.homeo-psycho.de

                                                  a 1 de noviembre –creo- de 2012                 

        Firmado y rúbricado con la huella digital de mi índice derecho                                                              

                                                                 Leo P. Hermes
                                                       www.homeo-psycho.de

6 nov. 2012

MIS DEMONIOS Y EL ACCIDENTE

              EL ACCIDENTE

 

Os juro que yo andaba cuerdo;

ni mi hermana ni yo habíamos tomado una sola gota de alcohol, pero las buganvillas horadaban mis ojos con su brillo brutal.

 

Lo vi todo realmente.

Habíamos detenido nuestra preciosa Kawasaki W-800 junto a la playa de Canet, cerca del agua.

 

La suave piel del mar

se abría como una boca; la reverberación cegadora del sol y las flores aquí y allá resbalando sobre los muros nos pareció como si marcháramos sobre una alfombra nupcial:

 

Los demonios acuáticos

-náyades y ninfas-, que hasta aquel momento habían estado ocupados en otras aguas de ríos y lagos se habían trasladado como nosotros al mar.

 

Se conjuraron ante mis ojos,

bailaban ordenadamente en círculo, tomados de la mano, burlándose de nosotros, de nuestra ingenuidad.

 

En el centro del círculo

bailaba semidesnuda, como negando el caos, Abundia –la reina de las hadas-; sonreía y con una cierta familiaridad, cogida de la mano a mi hermana

 

lanzó al aire una estrella.

Le hizo prometer que cuidaría de mí, y, me pareció que, por alguna razón oculta, yo les había caído simpático.

 

Abundia como un súcubo normal

me besó dulcemente los labios y me recomendó conducir con cuidado y evitara en la medida de lo posible ir contra el viento.

 

Al volver a la carretera

vimos tumbados en el suelo el cuerpo de dos motoristas que se habían estrellado contra un camión.

 

Circulaban aquellos desdichados,

por lo visto a gran velocidad, en dirección contraria a la nuestra, es decir, contra el viento y con el sol de cara.

 

Abundia, la reina de las hadas, nos había salvado la vida.

                                                                                     Leo P. Hermes
                                                                            www.homeo-psycho.de

5 nov. 2012

TODOS LOS HERMANOS CUENTAN

                                         Corcubión

SIETE HERMANOS DE CORCUBIÓN

 

Unos cuantos cipreses flacos

clavados a la cuesta y el mar gris, con barcas aquí y allá. Soplaba sobre Corcubión ese aire suave precursor de fuertes tormentas y los marineros no alcanzaban a decidirse.

 

Cuando empezó a lloviznar

y la niebla llegaba al cementerio como si las lápidas de mármol estuviesen necesitadas de humedad la predicción se iba consolidando:

 

Sabíamos que a la siguiente aurora

nada nos quedaría, ni la mujer que bebía sueño a nuestra vera ni la memoria de que fuimos hombres una vez, nada ya a la siguiente aurora.

 

"Aquel viento nos recordaba la primavera"

decía mi amiga caminando a mi lado, colgada del brazo, mientras miraba a lo lejos, "la primavera que caería de pronto en pleno invierno sobre las negras aguas en altamar. Tan inesperada.

 

La luz se hundía

en el nublado cielo, en el aire flotaba el pesimismo marinero y nadie decidía nada. Nada nos quedaría a la siguiente aurora, todo habría quedado a merced del mar, incluso nuestras manos.

 

Tantos años han pasado.

Una marcha fúnebre surgía de la delgada lluvia. ¿Cómo se puede borrar el cuerpo de un hombre y su sombra de la faz de la tierra mientras persiste su memoria?

 

Y para quienes lo han pensado

-familiares y amigos- es como el recuerdo de viejas crónicas. Así cuando te preguntan cuántos hermanos sois siempre respondes que sois siete: dos están embarcados, dos en Argentina y dos en el cementerio. Contigo, siete en total.

 

Cuando intentan corregir tus cuentas

y te dicen que sois cinco, tú, con la seguridad de tener tus pies sólidamente en la arena y el rostro levantado frente al mar, repites que sois siete hermanos.

 

Vamos hija,

ya me harté del ocaso, de este juego de la vida, vámonos a casa, cántame aquella canción que te enseñé; vámonos a casa y encendamos la luz.

                                                                                   Leo P. Hermes
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MARINO DE MALPICA

                                        Malpica de Bergantiños

 

MARINO DE MALPICA

 

¡Oh mar!

 

En tus abismos has tomado

a un marino de Malpica y lo has condenado a cadena perpetua en las mazmorras de Poseidón.

 

Ignorante, su madre,

enciende mientras tanto una vela de súplica a la Virgen de Guadalupe para que pronto vuelva y con él los dulces días.

 

¡Oh mar!

 

Mira con qué atención

Vigila esa mujer el sonido del viento y baile siniestro del horizonte. Mira como eleva sus plegarias,

 

Y la imagen escucha,

solemne y apenada, sabiendo que ese hijo, como otros muchos, no ha de volver nunca más. Malpica lo añadirá como algo cotidiano a su lista.

                                                                  Leo P. Hermes
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4 nov. 2012

MÉTODO PARA REJUVENECER

                  MÉTODO PARA REJUVENECER

 

Eras como la palabra dulce

que camina abriéndose paso, lentamente, sobre la alfombra roja de la lengua.

 

Te tomabas tan en serio

que discutías hasta en sueños y agitabas tus brazos como si pintaras en el aire la puerta (la solución) por donde salir o huir de la persecución de los políticos agresivos.

 

Al despertar te dabas cuenta

de que la puerta de tu habitación sólo conducía a otra estancia –llamada normalmente pasillo- llena de puertas entre las que debías escoger.

 

Tenías la sensación

de que cualquiera de aquellas puertas conducía a un callejón sin salida a un espacio -como el baño, por ejemplo- o a

 

un lugar virtual –una calle, un bosque-

donde las palabras a emplear perderían mucho de su poder balsámico.

 

Dentro de tu alma rebelde

reconocías que algo debías ceder para que todo fluyera, pero no quisiste nunca cerrar tus ojos a todo aquello que repudiabas aunque se tratara de la piel donde trabajan las arrugas.

 

Cuando comprendiste

que todo fluye, cambia, crece y se expande irremediablemente en el Universo preferiste desviar tu mirada y ver cómo el viento mueve  redes y cabellos, el perfil de las dunas;

 

cómo las aguas rompen

contra las rocas, labrándolas; cómo los mares ascienden o descienden según las órdenes de los astros;

 

cómo la sangre hierve

bajo su sol doméstico y enlentece los latidos después de haber echado los dados.

 

Así comenzaste

esa nueva etapa de la vida en que cada mañana al oír los trinos de los pájaros y su voz anhelante cómo el ánima de un violín casi humana te recordaba que estabas sola y no había tregua.

 

Aprendiste a negociar hábilmente

tus verdades y mentiras en el altar de esa ficción que llamamos supervivencia,

 

a rastrear tu rostro

en el embuste del espejo y ver tras tu máscara opaca que envejece sin prisa, cómo tus latidos bailan al son del amor única medicina que rejuvenece.

                                                                                  Leo P. Hermes
                                                                        www.homeo-psycho.de