23 nov. 2013

cómo esa crece hacia adentro de esa Diosa del Amor

              TARDE  DE  INVIERNO

 

 

Es una tarde de invierno.

 

Tú hablas,

Dices que las noches son extrañas en Cadaqués.

 

Piensas de repente

-no sabes por qué- en la casa de Marta: en Torre Valentina, cerca de la carretera, en el desorden turístico de antiguos bosques abandonados entre telarañas de orugas.

 

Empiezas a contarnos esa historia;

la manera en que aún sigue dentro de ti; y, dices como alguien que anda junto al mar y tiene sobre su piel la sombra de los pinos:

 

estamos en el año 2.0_ _…

y Marta Guillamón dice en un mail que sigue enamorada. ¡Ah! Gary Cooper y su Árbol del Ahorcado.

 

Es una chica extraordinaria:

Hay un túnel que une su corazón y la música de los bosques y las olas.

 

Un día escribió:

ya nada me separa de ti; y, otras cosas misteriosas sobre la vida. Por ejemplo: 28 de julio; el cielo es muy azul; puede que algunas gaviotas escapen del jardín del mar y salten por encima del horizonte al oír los truenos.

 

En otra página dice:

Ahora los dos estamos en silencio.

 

Tú miras:

la playa, la marea, el sol rojo como una viña en otoño, donde alguien se ha lavado las manos.

 

Piensas en Marta Guillamón.

piensas en su miedo; en esa forma en que a veces ves a una mujer que huele una rosa; imaginas a esa dama vestida de negro;

 

cómo esa rosa crece

hacia adentro de esa Diosa del Amor, cómo la invade poco a poco con su aroma dulce y enfermo.

Es una tarde de invierno ideal

bajo la lluvia de Platja d'Aro para soñar con un viaje a Paris o con un verano en el barrio de Gracia y cenas en el puerto de Barcelona.

 

Tú lo comprendes muy bien.

Es un viento que viene del mar, un viento fresco y seco que llena el corazón de homotéticos arpones y de sueños ahogados.

 

El mundo –escribes-

es un lugar digno de ser vivido aunque haya terrazas vacías donde el viento devora lentamente los restos de la noche.
                                                   Johann R. Bach

                

El relámpago que enlaza y coagula los ojos en la flor

EL RELÁMPAGO

 

No nos engañemos

porque la frontera de lo Atroz es este come y ayuna; sombra de la luz en sombras; que despojo tras despojo mata para mayor vida,

 

conoce por la ignorancia

de todo pensamiento hecho en el tiempo, engendra sin deseos, mira sin ver, pues ¿quién mira la flor o nuestros ojos?

 

El relámpago que enlaza

y coagula los ojos en la flor. ¿Es el relámpago el que mira? ¿O es la luz, el corpúsculo de luz, que en su fermentación origina el inagotable mural de las imágenes?

 

                                                   Johann R. Bach

Así, para ti, sólo para ti, ha de llegar el grito

EN EL MANICOMIO

 

En el manicomio bebíamos un vino añejo

denominado La Bota del Abuelo y de vez en cuando no sabíamos si se estaba mejor dentro o fuera.

 

Eran tiempos en que la visión

que los otros internos –los médicos- tenían de mi médula y mi carne era como la ceniza que algún dios extraño que quisiera humillarme sin conseguirlo.

 

No obstante me obligaban –sus miradas-

a ver la forma de mí mismo; niño en ropas de colegio paseando por una calle larga y tensa (en la infancia todas las calles son largas);

 

ir bajo una lluvia de cobre

con el guardapolvo de rayas verticales, a veces feliz después de haber sufrido un castigo, el azote como una cruel necesidad impuesta por los Ángeles Tronos.

 

Aquel vino rancio y dulzón

nos hacía caer en un mareo, un terror confuso (en un jardín que yo intuía como nocturno) y venían a mi mente todos aquellos a los que amaba como si ya no fuera a verlos nunca más.

 

Y el propio jardín adquiría vida

engendrando al infinito; como si temblara en ese infinito que palpa con sus raíces que mueve los ojos y manos de aquellos que me miraban extraviados entre los arbustos salvajes de las noches.

 

En uno de los maravillosos rincones

de aquel pequeño paraíso los nenúfares y los peces carminosos de un estanque poco profundo acompañaban en sus gestos a unas diminutas tortugas, y,

 

las aguas malsanas

preñadas de sales descendían de la negra lluvia ácida de las fábricas de la zona como si todo tuviera que morir o por lo menos huir.

 

Aún conservo algo que escribí

en una de aquellas noches de guardia: "No vayas más por este manicomio de solos, hombre o mujer:

 

santo peregrino del Asilo de los Ángeles, abandona tu torturante mundo invención extraña a tu propio ser; abre la garganta y expulsa de tu paladar a todos los mercuriales demonios".

 

Así, para ti, sólo para ti,

ha de llegar el grito, como mar que tirita, el grito de sumisión del mundo subterráneo que arde en los abismos del Manicomio Imaginario.

 

Ante él has de hacer oídos sordos

y saltar alegremente entre las amapolas la cara amable de los opiáceos".

 

                                                                     Johann R. Bach

El dios Poseidón en el mar martenía a raya su tormenta

NACÍ EN CADAQUÉS

 

Nací en febrero,

a tan sólo tres metros del agua, como un mamífero más, con el corazón abierto hacia el mar. Mi canto debió alcanzar el cielo más próximo.

 

Relinchaba la playa en olas

y orejas oidoras a mi cuerpo en el horizonte por más y más luz. Fue en una mañana que soltaba lunas en salmo de aires de tramontana suave.

 

El dios Poseidón en el mar

mantenía a raya su tormenta evitando la agitación de las ventanas y saludaba a un ángel que iba errante en busca de compañía.

 

¡Ojalá yo hubiera nacido

cubierto de escamas como un dragón o de pelo fino bajo un manto de hueso semejante a la foca de la inocencia.

 

Tal vez entonces dijeran

los niños al verme tomando el sol en el Zoo: "es sólo una foca que sueña y piensa. Quizá en su otra vida fue escritora y ahora ya no tiene dedos".

 

                                                                     Johann R. Bach

Fina, desnuda y rosada la linea en el lugar del pecho ingresó en el hospital

EL WHISKY NO ES VINO TINTO

 

Fina, desnuda

y rosada la línea en el lugar del pecho y otras líneas y pliegues ingresó en el hospital Rita Monroe –sin ningún parentesco con el famoso cantante.

 

Mientras esperaba en el pasillo

de urgencias antes de entrar en una UCI, parloteaba y reía con su sobrina. ¿De dónde venían habiendo pasado ya las cuatro de la mañana?

 

Rita se encontró repentinamente mal

al tomar la última copa de whisky. Había pasado ya el platillo para recoger las monedas que los clientes del pub acostumbraban a darle en señal de reconocimiento por sus alegres canciones.

 

El oxígeno, la colocación en una vía del gotero …

el calmante que le indujo rápidamente el sopor y no el sueño. A la vista de aquellas palmas de manos enrojecidas, las glándulas parótidas aumentadas de tamaño,

 

diversas arañas vasculares en la piel

y el intenso olor de alcohol de todo su cuerpo el clínico que la examinó no dudó del fatal diagnóstico: cirrosis hepática.

 

A los tres días un viejo médico

a punto de jubilarse se encargó de decirle la gravedad del pronóstico. Le hizo levantarse de la cama y arrastrando el gotero le habló con calma:

 

"Mire por esa ventana

y vea qué despacio y deprisa va todo ahí afuera, pájaros que bullen y amanece, de no estar con Vd., bolígrafo en mano estaría escribiendo como todo se deja oír:

 

El lio de los gorriones,

sus trinos y la nota que todo lo puntúa tan singular a fuerza de no serlo. De la misma manera que Vd. los oye me ha de oír a mí: "No puede beber ni una gota más de alcohol".

 

Le oigo bien Dr.

Tengo setenta y tres años y me gano la vida cantando en esas miserables atmósferas de tabaco y borrachos que no soportan el ambiente creado por sus exigentes mujeres:

 

Esos parranderos se pasan todo el día

recibiendo órdenes en el trabajo y al llegar a casa descargan todo su mal humor en los hijos porque no soportan sus miradas;

 

sólo encuentran placer

y alegría en el alcohol y en la risa que les provoca mi gastada figura tan quemada como la suya. Me ven ridícula por la torpeza de mis movimientos y los gallos que suelto en mis canciones.

 

En mi familia nadie ha bebido

jamás una copa de vino y, sin embargo, ninguno de  esos santos familiares sobrepasó la raya de los sesenta: los infartos y el cáncer se los llevó por delante prematuramente.

 

Tiene Vd. razón.

Sus parientes murieron por obstrucción en sus arterias por falta de  alcohol en sus vasos sanguíneos y por hiperplasias provocadas por la fermentación de los tejidos sobrecargados de grasas.

 

Ahora bien, si Vd. me oye como a esos gorriones

puede que siga cantando durante los próximos ocho o diez años: en lugar de alcohol tomará fósforo en las dosis que yo le voy a prescribir.

 

Su adicción al alcohol

le ha mantenido limpio su aparato circulatorio, ahora deje que sea yo quien le diga cómo curarse la cirrosis.

 

Escuche cómo cantan esos gorriones.

¿No le dan envidia? ¿No desea cantar como ellos el resto de su vida?

 

                                                                              Johann R. Bach

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NEUROLOGÍA Y ARTE

Un blog de Mary García

 

http://cerebroefectivo13.blogspot.com/2013/11/neurologia-y-artealcoholismo.html

 

22 nov. 2013

Imaginé el resto: tomates rellenos, ensalada y arroz en su cocina junto al anillo de plata

CAMINO DE SANTIAGO

 

En mitad del atardecer turquesa

con ligera mochila, apenas una anciana de grandes y bellos ojos Palmira K. Bauer envidiosos sólo del prieto moño,

 

cabello tirante ciñendo la cabeza,

vi cómo pasó de largo a los cuatro peregrinos que componían nuestro grupo con un escueto "buena tarde".

 

Yo la había oído,

había oído su voz en el albergue cerca ya de León. Eso fue el año pasado.
 

Sí sí. Era la misma voz aunque esta vez con cierto matiz o quiebro como el quiebro de quien habla con los suyos otra lengua.

 

Su paso coqueto y su aire "chic"

denotaban ya una cierta fragilidad de hueso y en lo frugal que lo alimenta: menudo y alegre, imagen última del colorido horizonte y el gris de la llovizna.

 

Recordé el relato y su voz:

"Vivo sola desde hace quince años sin nadie con quien hablar de las cosas profundas que guardo en mi pecho: de la casa al trabajo,

 

desde el abandono de él,

del trabajo a la casa. No tengo queja del trato que me dan mis compañeros pues insisten en que soy una gran dama".

 

Mientras hablaba

observé sus temblorosas manos salpicadas por las típicas manchas acumuladas, una por cada sinsabor de la vida; su garganta leve, su cuello protegido por un delicado pañuelo "Hermes" y lo ponderado de su vida.

 

Imaginé el resto:

tomates rellenos, ensalada y arroz en su cocina junto al anillo de plata rozando la copa de vino tinto; el único con autorización para mojar sus labios.

 

Bella estampa

recuerdo del Camino de Santiago.

 

                                                       Johann R. Bach

transmitía entusiasmo y optimismo a todos los miembros de la ONG

3.     LOS HOMBRES DE MI VIDA (Casimiro)

                                              Je m'appel Casimir

 

"Je m'appel Casimir"

solía, con esas palabras, comenzar sus actuaciones de guiñol ante el numeroso público infantil de los poblados de Costa de Marfil. Con ellas y su sonrisa transmitía diversión a los castigados niños de un país que la diosa Fortuna desconocía.

 

Mientras Casimir balanceaba

alegremente sus manos, transmitía entusiasmo y optimismo a todos los miembros de la ONG. También a mí me transmitía paz bajo aquellas tormentas de luz.

 

¡Ah! ¡Qué horas de éxtasis salvaje

a media tarde a la orilla de un rio esmeralda! El alma cantaba –os lo aseguro- levemente la canción de la caña amarilleada con ardiente devoción.

 

El ritmo trepidante

de rudimentarios instrumentos de percusión me excitaban hasta el delirio.

 

Luego al derrumbarse el sol

Casimir miraba largamente los ojos estelares de un sapo demasiado grande para este planeta, palpaba con manos estremecidas el frío de la piedra antigua y debatía con los compañeros la venerable leyenda de la fuente azul.

 

¡Ah! ¡Qué peces de plata

enseñoreándose en el río! ¡Qué frutos cayendo maduros de los árboles! ¡Qué sugerentes ojos los de muchachos ávidos de participar en la danza del mundo!

 

Los acordes de sus pasos

le llenaban de orgullo y de menosprecio por aquellos humanos que ignoraban -en el mejor de los casos- a aquellas pacíficas e ingenuas1 comunidades.

 

Al entrar en la tienda

se tumbaba junto a mí con la cabeza apoyada en una enorme almohada observando la porción de cielo estrellado observable a través de las ventanas mosquiteras y comentaba cómo iba prosperando nuestro proyecto.

 

Antes de rodearle el pecho

con mi brazo ya se había dormido. Todo su amor era para aquellas gentes. No podía entregarme su sexo sin beber vino. Su libido era inexistente a menos que se emborrachase.

 

Después de la campaña de vacunación

de aquel verano volví a Bruselas sin remordimientos de abandonarlo todo para volver a empezar.

                                                                                           Johann R. Bach

1.        Etimológicamente ingenuo es una persona que es libre y no lo sabe.

 

Dorados se doblegaban los girasoles sobre la valla del jardín

2.      LOS HOMBRES DE MI VIDA  (Carlos)

 

 

Dorados se doblegaban los girasoles

sobre la valla del jardín, porque ya era el verano.

 

¡Qué maravilla

sentir el celo de las abejas confundido con el propio bajo el follaje verde de nogal, refugiados de los temporales de paso!

 

Plateada florecía también la amapola.

Con un sencillo asombro se llevaba en cápsula verde nuestros sueños nocturnos y estelares. ¡Ah, qué silenciosa era la casa, cuando él se adentró en la oscuridad.

 

Purpúreas maduraban las ciruelas

en los árboles y el jardinero movía sus duras manos quemadas de años. ¡Qué bellos signos hirsutos al sol radiante!

 

Pero el silencio entraba en la tarde,

la sombra de Carlos dentro del círculo dolorido de los suyos se espesaba como la última miel y cristalino resonaba a su paso sobre la hierba del jardín a la orilla del bosque.

 

Vaciada de niños –su principal preocupación-,

la casa parecía envejecer. Callados se reunían aquellos alrededor de la mesa de la casa vecina y partían con manos de cera el pan, con olor a sangre, pensando en rechazar el amor de la madrastra .

 

La noche anterior,

los ojos pétreos de la hermana –mi cuñada- se clavaban en los míos cuando durante la cena parecían culparme de su locura e intentaba inocular en la frente de su hermano la primacía de sus derechos sobre la casa; y,

 

entre las sufridas manos de su madre,

los alimentos parecían petrificarse. ¡Cómo los corruptos, con lengua de plata acallaron el infierno!¡Cómo comparados con los componentes de aquella familia, los ángeles caídos estaban poseídos por una infinita bondad y se ponían todos en corro alrededor de Carlos!

 

Después de aquella noche

en la que sonó la lluvia refrescando los campos, en la espinosa profundidad del bosque Hermes siguiendo los amarillos surcos en medio del trigo llegó puntual a la cita y con el silencio suave del verde ramaje trajo la paz a Carlos.

 

Yo sabía que oscilaban huesudos los pasos

de Carlos –acompañado por Hermes en su camino hacia el Inframundo-sobre serpientes adormecidas al margen del bosque y que el oído sigue siempre el grito delirante del buitre y,

 

antes del amanecer,

mi figura desapareció de aquel extraño paisaje familiar como resbalando sobre un espejo roto. Sólo un vago recuerdo del sexo oral fijado a mi piel, muestra en mis sueños, de vez en cuando, el rostro lunar de Carlos.  
                                                           Johann R. Bach

Empujo la nostalgia con mis pestañas

EL CALOR DE LA CALÉNDULA

 

Empujo la nostalgia con mis pestañas

justo en el momento en que una nube oculta el sol alimento sutil irrenunciable.

 

Empujo mi soledad

en los campos llenos de otras caléndulas en la convicción de que sus sentimientos viajan en el viento y se parecen a mí balanceándose.

 

No tengo la fortaleza de mi prima Árnica

que aguanta en pie el frío de la nieve sobre sus hombros, pero allí donde hallo un rincón en el jardín de una casa tras un banco de piedra ofrezco mi débil amor sin necesidad de entender nada más.

 

No soy orgullosa

como mis vecinas las margaritas y me sumo a la corriente de la casa en ramilletes que adornan el centro de comedor o con el

 

aceite extraído de mis entrañas

guardado en un frasco a punto para cicatrizar heridas o quemaduras y durante el día dejo ir mis vapores para dulcificar los rostros angulosos.

 

De mis tonalidades calabazas

surge el color de mis sueños y me fundo con las risas de los que habitan la casa y

 

siento que todo gira

como mis amigos los girasoles, que todo es disponibilidad en el compás de la danza del mundo y nada es casual -ni nada sobra- en este brote de vida.

 

                                                                           Johann R. Bach

21 nov. 2013

Levemente, él cantaba a la sombra verde del saúco ...

1.    LOS HOMBRES DE MI VIDA   (Augusto)

 

Profunda es la somnolencia

de osbcuros venenos, llena de estrellas y del rostro hipocrático de mi amante, pétreo.

 

Amarga es la muerte,

alimento de los manchados de culpa; en el oscuro ramaje de la cepa se disgregan con una sonrisa malévola y miran con tristeza las tierras.

 

Pero, levemente, él cantaba

a la sombra verde del saúco, despertándose de las pesadillas; dulce compañero de juegos amorosos, se le acercó un ángel rosado, y él como una bestia mansa, se adormeció en la noche, y vio el rostro estrellado de la pureza.

 

Servicial como él solo,

nunca renunció a hacerse rico. En su fortuna estaba el germen de su tristeza y depresión: sus hijos, en su absurda egolatría, nunca agradecieron la inmensa herencia –de amor y bienes materiales- recibida.

 

Agradezco el poco tiempo que me dedicó.

Sin embargo -y a pesar de ser veinte años mayor que yo- añoro los días en que me hizo tocar con la mano las estrellas. Aunque quedaron partes del cielo por alcanzar junto a él, me llevé –creo- las mejores primaveras de su haber.
 
                                                Johann R. Bach

 

 

En un cosmos de gases candentes, de nebulosas girando, de un frío intenso

   UN DÉCIMO DE LOTERÍA

                                                       Banco de Gaudí del psiquiátrico de San Boi

 

En lugar de apodarlo Apolo

le asignaron el nombre de Décimo porque cuando lo encontraron semidesnudo deambulando por los bosques de Suiza llevaba en el bolsillo un décimo de lotería español.

 

En los simétricos y hermosísimos ojos grises

de Décimo brillaba la diversión del que finge enmudecer porque así la vida le es más cómoda.

 

Tenía el cuerpo

de un verdadero atleta como el de las estatuas griegas del siglo V a.C. a pesar de que presentaba signos de desnutrición en el momento de su hallazgo.

 

Margarida V. Sureda,

encargada del manicomio de Sant Boi, me escogió entre sus ayudantes para acompañarla a Zúrich. Debíamos averiguar si Décimo era realmente español o si el billete de lotería fue a parar, casualmente, a su bolsillo.

 

Al presentarle diferentes alfabetos

señalaba repetidamente palabras que contenían el grafismo "ny" como canya y no demostraba interés por cagne, caña, cane o canna. Se dedujo así que realmente era catalán.

 

Nos hicimos cargo de él.

Las autoridades sanitarias de Zúrich fletaron una ambulancia con dos enfermeros y un chófer para el traslado hasta Barcelona.

 

Durante el largo viaje

sucedió algo que cambió nuestras vidas. Margarida me hizo el comentario de que en su ficha constaba su total apatía por el sexo como la probable causa de la ausencia de violencia en su comportamiento.

 

Margarida leyó en voz alta el texto:

"Es todo lo contrario de la satiriasis o del síndrome del Marqués de Sade". El estallido de una gran carcajada de Décimo nos asustó.

 

Simulando naturalidad

intentamos iniciar una conversación en catalán: "Yo soy la Dra. Margarida y Johann mi ayudante" ¿Podemos conocer su nombre? Ya lo saben –contestó el supuesto enajenado- me llamo Décimo; eso dice mi ficha ¿no? Rió casi brutalmente.

 

Así que está fingiendo…

Nos miró con cierta expresión de alegría y se soltó a hablar con una claridad meridiana:

 

"Por supuesto que lo más fácil en fingir

que no se ve nada y que lo que es, es, y punto. Yo mismo me comporto así en el día a día como pueden ver, pero resulta tan pobre…"

 

"No recuerdo bien las cifras,

la memoria me falla últimamente, pero he leído que es casi imposible que un conjunto de átomos forme un célula viva…"

 

"Hay una posibilidad por cada millón de billones".

 

¡Y han de unirse correctamente

unos cuantos billones de esas células para formar el cuerpo de un hombre vivo!

 

Cada uno de nosotros

es un décimo de lotería

 

que ha ganado el premio gordo:

unas cuantas décadas de vida, de diversión de la buena.

 

Llegado a este punto

el rostro de Décimo pareció ensombrecerse. En un cosmos de gases candentes –prosiguió su monólogo-, de nebulosas girando,

 

de un frío intenso,

apareció un exceso de proteína, una sustancia gelatinosa como la actual clara de huevo que se dispersaría en forma de miasmas bacterianas y  fermentación…

 

Cientos de miles de ardides

sujetan ese rarísimo salto de energía que, como un relámpago, desgarra la materia persistente y ordenada:

 

un lazo en el espacio,

arrastrándose en medio de un paisaje vacío, pero ¿para qué? ¿Para que el cielo pueda encontrar su confirmación en el ojo de alguien?

 

En el ojo, ¿comprenden?

¿No se han parado nunca a pensar por qué las nubes y los árboles, de color dorado en otoño, pardos en invierno, todo este paisaje marcado por las estaciones del año, por qué todo nos golpea con su belleza como con un martillo?

 

¿Con qué derecho sucede así?

Si debiéramos ser negro polvo interestelar, jirones de la nebulosa de Orión, la norma es el bramido de las estrellas, el diluvio de meteoritos de la noche de San Lorenzo, el vacío, la oscuridad de la que surge la luz…

 

Casi la inmensa nada

y, sin embargo, nos tocó la lotería a los que vamos en esta ambulancia y a muchos otros que lo ignoran ingenuamente.

 

¿Es Vd, escritor Sr. Décimo?

Soltó una carcajada y bajó del infinito: calló.

 

El resto del viaje

lo hicimos en absoluto silencio. De vez en cuando tragábamos saliva por el exceso de turbulencias en nuestras mentes: eran los sentimientos confusos al saber que nos había tocado la lotería.

 

                                                                       Johann R. Bach