20 abr. 2013

AMOR ENTRE LAS HOJAS DE UN LIBRO

   AMOR ENTRE LA HOJAS DE UN LIBRO

 

Buscando Viaje por mar con Don Quijote

de Thomas Mann, compré un libro de segunda mano.

 

Se trataba de El Pispa1

de Ed McBain traducido por Ramón Folch i Camarasa.

 

El libro tenía las hojas envejecidas,

coloreadas como la carne, enmohecidas y rasposas como las migas de Granada.

 

Empecé a ojearlo en casa

cuando de repente apareció un rojo pétalo seco de rosa entre sus páginas.

 

Ese pétalo me dio qué pensar.

 

Miré el año de la edición: 1964.

Pensé que en aquel otoño las hojas de los árboles habrían amarilleado como de costumbre hasta alcanzar el ocre de los bosques caducifolios.

 

Los arces de los jardines

se habrían vuelto rojos y los niños se mostraban algo optimistas derrochando horas y horas en el cultivo de los gusanos de seda.

 

Me preguntaba cuál de mis amigas

podría haber colocado un pétalo de rosa entre las páginas a modo de punto (los amigos quedaban, naturalmente, descartados):

 

Carmina, alta como un palo,

siempre dispuesta a la broma, reía, pero el amor parecía no contar entre sus proyectos.

 

La Juani, hablaba continuamente del matrimonio

y sobre la dificultad de encontrar un buen partido. Así que también quedaba descartada.

 

Mari Luz, poco habladora, no era tímida,

sino simplemente que no sabía que decir y aunque su personalidad parecía un misterio sus actos corroboraban su deseo de no meterse en líos, por lo que dudo que ella pusiera algo de amor en los libros.

 

La Neus hablaba a menudo de negocios

como si proviniera de una familia de industriales. Sus padres tenían un bar y vivían una vida totalmente despreocupados de los problemas de la hija. Tuvo decenas de novios, pero se reía del amor romántico.

 

A Maricarmen le encantaba organizar

excursiones y fiestas particulares y se mostraba dispuesta a apoyar cualquier iniciativa. Lo técnico era lo suyo y por ello también la descarto como autora de un acto delicado.

 

Me queda solamente Josefina…

De ella conservo una postal que me envió desde La Rochelle. En ella me puso unas líneas que mostraba tristeza:

 

¿Cómo debo poner el alma,

para que no roce la tuya?

 

Ella. Sólo ella pudo poner un pétalo rojo

de una rosa entre las páginas de un libro.

                                                                                           Johann R. Bach

 

1.       Pispa: forma popular para denominar a un ladrón de poca monta  

DESPERTAR ESPERANDO OTRO DILUVIO

DESPERTAR  ESPERANDO  OTRO  DILUVIO

 

¿Cómo deducir la historia de tu destino?

¿Lo que queda al fondo de años bañados en especias y salazón entre los restos de un pueblo abandonado por los dioses?

 

¿Cómo adivinar la eternidad restante encerrada

en un corazón arrancado en vida del pecho y arrojado a los impacientes dientes de los delfines, mellados por los domadores?

 

Estaba pensando en esas extrañas preguntas

cuando me desperté. No tenía la menor intención de moverme. Oía voces entrecortadas e incomprensibles de gentes cercanas. Era puro ruido.

 

Por las rendijas

de aquella oscura estancia entró una nube de polvo que se colaba por las coanas de mi nariz dándome la sensación de que de un momento a otro iba a estornudar.

 

Se oían pasos;

uno tras otro de gente que hablaba hasta por los codos. En algún momento tuve la impresión de que se había formado un grupo numeroso de personas debido a lo denso de sus sílabas.

 

Me las imaginaba mirándome

y me entraron unas ganas locas de escuchar sus comentarios, el gran placer de oír lo que piensan de una cuando están seguras de que no las estás oyendo.

 

Al mismo tiempo pensé

que cualquier crítica no valía más que un vulgar chiste. Mi propia muerte podría ser un acontecimiento insignificante y al mismo tiempo merecedor de grandes elogios.

 

Ya se sabe… cuando uno muere…

una mosca puede interrumpir con su vuelo el viaje tomada ya de la mano de Hermes.

 

¡Ah! Mi amor si tú supieras…

Aquellas voces no me eran familiares –no las reconocía-, de lo contrario, a algunos les habría apenado mucho mi palidez y a otros, alegrado; a algunos le habría dado tema de conversación para la sobremesa y de este modo habrían malgastado sus esfuerzos inútilmente;

 

Y todo eso me haría sentir mal.

 

Desde esta oscuridad no veo a nadie.

Tampoco ahora puedo influir sobre nadie. Pues bien, me consuela pensar que a fin de cuentas no he hecho mal a nadie.

 

Sin embargo, algo que era

casi con toda probabilidad una hormiga se puso a subir por mi espalda y me hacía cosquillas.

 

Yo permanecía inmóvil.

Era inútil querer sacármela de encima. Otra hormiga subía por mis muslos. ¿Qué intenciones llevaban? ¡Malditos insectos!

 

Las cosas empeoraron.

Oí un zumbido y una mosca se detuvo sobre mis mejillas, dio unos pasos y luego salió volando para aterrizar en la punta de mi nariz. Pensé que nada encontraría en mí que pudiera alimentar sus cotilleos…

 

Realmente no podía articular

palabra alguna. La mosca dio un salto abandonando mi nariz para ponerse sobre mis labios y con su fría lengua empezó a chupármelos. No supe si lo hacía porque quería mostrarme su amor o por otra razón.

 

De repente se levantó un viento

que me liberó de aquella tortura y hasta me pareció que cuando se iba mascullaba: ¡Qué lástima! ¡No se encuentran fácilmente unos labios bonitos.

 

Alguien levantó el sudario

que me impedía ver y los rayos ardientes y luminosos del sol cayeron sobre mi rostro y empecé a oír nítidamente sus voces. Me hablaban directamente:

 

¿Por qué quieres morir aquí?...

 

Aquella voz me sonó muy cerca. Pensé sobre si existe el derecho a morir aunque no tengamos necesariamente derecho a vivir.

 

Hemos sido y no hemos sido

abandonados a nuestra suerte, en la suma de nuestra sed de misterio del próximo diluvio.

 

No por esperado

es menos sorprendente nuestro final. Las estrellas nos ciegan y lo percibes cada vez con más claridad: cuanto más luminosa quieres ser desde mayores tinieblas más necesario es prestar oído al eco.

 

Las estrellas nos ciegan,

el silencio de la noche en la cumbre de las altas montañas nos acalla, a veces sin prisas con hormigas y otros insectos paseándose por nuestra piel y sólo se les ocurre detenerse para besarnos los labios.

 

                                                                                     Marta Guillamon

19 abr. 2013

DEL HUMO PUEDEN SALIR ÁRBOLES Y FRUTOS

              JUGAR A LAS COSAS

 

JUGAR A LAS COSAS

 

Marta Guillamón no sólo inventaba

Historias y cuentos con los que nos encandilaba a todos los niños y niñas y construía sus propios juguetes.

 

Ideaba mil y una maneras

de distraerse –o de jugar, si se prefiere. Un día que tú estabas llorosa porque te habían castigado sin recreo, te cogió de la mano y te dijo de ir a jugar.

 

Antes de comenzar el juego

te hizo prometer que no le contarías a nadie en qué consistía el juego hasta que no fueras muy, muy… muy mayor. Tu curiosidad se disparó como el relámpago que salta de una nube.

 

¡Mira a tu alrededor!

Allí un árbol, en mitad de la calle un charco, en el colmado hay dos señoras que hablan bajo una luz raquítica… Tú puedes convertirte en todo eso; puedes convertirte en cualquier cosa que veas,

 

incluso meterte dentro del humo del tren.

 

Al principio cuesta un poco,

pero luego le irás cogiendo gusto al juego y te divertirás aunque juegues tú sola. Eso se puede hacer con objetos, personas, recuerdos...

 

Marta empezó primero para enseñarte

cómo se empezaba el juego.

 

"Mira esas flores que brotan

junto a la tapia del huerto de la tía Julia. Son un poco salvajes porque crecen al lado de cualquier hierba. Están todas cerradas porque quizá les moleste la luz del día".

 

¡Métete dentro de una de ellas!

Imagina que estás durmiendo la siesta allí; a cubierto de los molestos insectos esperas a que se ponga el sol para abrirte. Con esas gotitas de agua de lluvia te peinas,

 

Te vistes con tus mejores hojas

porque hoy es fiesta y vas a ir a bailar al entoldado o si lo prefieres, puedes quedarte junto a la tapia escuchando tranquilamente la música.

 

Sólo hace falta que alguien

te ponga un nombre para que otro día recuerdes que aquí jugaste conmigo a "las cosas"

 

Te voy a bautizar con el nombre

de Mirabilis jalapa" y se te llamará familiarmente  "dondiego de noche".

 

"y sólo te abrirás cuando se ponga el sol".

 

Con las plantas y flores

es casi imposible aburrirse. Cuando seas un poco mayor descubrirás que hay lilas tempranas inquietas por ver salir el sol. Son muy amigas del dondiego de día, de las rosas blancas y rojas;

 

muy amigas de los tréboles

rojos y blancos que se arreglan para ver pasar la comitiva de los corderos.

 

Ahora me toca a mí.

A veces el juego no es tan agradable: ¿Ves al hijo de Ambrosio el pescador cómo sube despacio la cuesta? Cierro los ojos y me meto dentro de él:

 

"He bebido mucho vino

y las piernas me flaquean, voy haciendo eses para no caerme, por mi frente pasa un sudor frío, estoy mareada y tengo ganas de vomitar como aquella vez que le dí una calada al puro de mi padre.

 

La vista se me nubla,

necesito aire fresco en la cara y alguien a mi lado como tú que no huya al ver mis debilidades.

 

¡Uy, uy! ¡Qué malo puede ser

eso de emborracharse para evitar la tristeza! Vamos a casa que ya es tarde.

 

¿Jugaremos otro día? Claro que sí.

La próxima vez nos meteremos dentro de la maestra. Yo lo hice una vez cuando estaba con su novio bajo los olivos. Fue divertidísimo.

 

                                                                                          Marta Guillamon

 

AÚN QUEDAN 15 AÑOS DE CRISIS: ¡Agárrense que viene curva!

         Amenaza de Navidades pobres

 

El cuarto múltiplo de siete

muy conocido por la luna y por las mujeres, vuelve a mostrar su misteriosa influencia sobre la sociología y psicología: el estado de ánimo se relaciona con la posición -risa o llanto- frente  a los sucesos históricos.

 

Corría el año 392 –múltiplo de siete- al galope

una parte del Imperio fijó su sede en Milán, la otra en Constantinopla. Ambas acuñaron monedas diferentes y la crisis económica y cultural se cebó con la destrucción de Adrianópolis.

 

Teodosio frenó con esa división

la caída del agotado Imperio; el declive, antes de entrar en la Edad Media, duró 28 años -¿es otro demarrage el 2001?-

 

Dos nuevas potencias culturales

entraron en el Mediterráneo: Persia y CataluNYa.

 

Lucio Domitio Aureliano pensó

dar marcha atrás a la rueca universal, con un gesto de tropas rabiosas soñó con detener la caída de su hegemonía.

 

Cuatro Césares abrazados

inmortalizaron su propia foto de Las Azores: en el grupo escultórico en pórfido denominado "Los Tetrarcas" dan su testimonio en el Palacio Ducal de Venecia y como un negativo oráculo indica el camino que nunca debiéramos haber emprendido al comenzar el siglo XXI.

 

No deberíamos ignorar

la previsión de la historia condenando como una Merkel cualquiera a sociólogos, psicólogos e historiadores:

 

La Edad Media, sin su sonrisa, ha comenzado.

 

Nos pueden arruinar económicamente

durante los próximos 15 años

que nos quedan de crisis, nos pueden recortar nuestra libertad y decirnos que volveremos a vivir en la miseria, pero nadie llegará a ser tan pobre

 

que no pueda regalar una sonrisa por Navidad

                                                                                            Johann R. Bach

ORDEN EN LA HUELGA GENERAL

     ORDEN EN LA HUELGA GENERAL

 

Todo está en orden,

es decir, en silencio y en quietud como en un lago alpino; como en un sábado a las siete de la mañana o como en una huelga general.

 

Todo está en su hipotético sitio,

esperando que la mano elija; pero mire por donde mire, sólo hallo los años de la infancia y el lugar donde nació el héroe del drama y las primeras impresiones

 

aquellas que evocaban

el séptimo acto en la cima del desastre. Todo lo demás parece no contar: pronto se llenará la plaza de gente con la cara tapada en lugar de las máscaras clásicas, vociferando.

 

Ahora sólo las ropas

representan las tres emociones principales: el vestuario con los pliegues presto a la acción, el miedo en los intestinos y los petardos lanzados por sombras provistas de zurrón encenderán el cielo.

 

Entretanto, los hijos asesinados de Medea,

el veneno y el cuchillo esperarán su turno, encerrados en la caja de la vida hasta que ésta se haga intolerable.

 

Sí, sí. Ahí yacen vivos.

Puedes oír su respiración si acercas tu oreja a la tapa, pero hazlo con cuidado no vayas a abrirla antes de que silben las Euménides.

 

En esa caja roja

se encuentra el amor del cuerpo, y en aquella otra, azul, el amor del alma; no vayas a mezclarlos. En la huelga cada actor toma y sigue el papel que más le conviene, no el razonable de irse a casa a hacer el amor.

                                                                               Leo P. Hermes

 

Noticia de última hora:

40 piquetes con la cara tapada agreden a un tendero en Barcelona.

                                                               (La Vanguardia. 20.00 horas)

SIETE HERMANOS

          SIETE HERMANOS EN TOTAL

 

Unos cuantos cipreses flacos

clavados a la cuesta y el mar gris, con barcas aquí y allá. Soplaba sobre Corcubión ese aire suave precursor de fuertes tormentas y los marineros no alcanzaban a decidirse.

 

Cuando empezó a lloviznar

y la niebla llegaba al cementerio como si las lápidas de mármol estuviesen necesitadas de humedad la predicción se iba consolidando:

 

Sabíamos que a la siguiente aurora

nada nos quedaría, ni la mujer que bebía sueño a nuestra vera ni la memoria de que fuimos hombres una vez, nada ya a la siguiente aurora.

 

"Aquel viento nos recordaba la primavera"

decía mi amiga caminando a mi lado, colgada del brazo, mientras miraba a lo lejos, "la primavera que caería de pronto en pleno invierno sobre las negras aguas en altamar. Tan inesperada.

 

La luz se hundía

en el nublado cielo, en el aire flotaba el pesimismo marinero y nadie decidía nada. Nada nos quedaría a la siguiente aurora, todo habría quedado a merced del mar, incluso nuestras manos.

 

Tantos años han pasado.

Una marcha fúnebre surgía de la delgada lluvia. ¿Cómo se puede borrar el cuerpo de un hombre y su sombra de la faz de la tierra mientras persiste su memoria?

 

Y para quienes lo han pensado

-familiares y amigos- es como el recuerdo de viejas crónicas. Así cuando te preguntan cuántos hermanos sois siempre respondes que sois siete: dos están embarcados, dos en Argentina y dos en el cementerio. Contigo, siete en total.

 

Cuando intentan corregir tus cuentas

y te dicen que sois cinco, tú, con la seguridad de tener tus pies sólidamente en la arena y el rostro levantado frente al mar, repites que sois siete hermanos.

 

Vamos hija,

ya me harté del ocaso, de este juego de la vida, vámonos a casa, cántame aquella canción que te enseñé; vámonos a casa y encendamos la luz.

 

                                                                                  Johann R. Bach

ORACIÓN DEL CANGREJO ERMITAÑO

 ORACIÓN  DEL  CANGREJO  ERMITAÑO

 

¡Oh noche!

 

Libera de angustia

la orilla de mi lecho, ese extremo de tres palmos de los míos donde acceder a las manos manchadas de plata, amor y olvido de los angostos pasadizos que conducen el alma al final de un tormentoso día en el que tiemblan épocas laicas en los libros oceanográficos.

 

Deja al descubierto espacios vegetales,

trozos de tubo acodados y aquella antigua soledad que cuando el Cielo inquiere resbala entre las piedras húmedas donde beben las estrellas y las obras de los hombres.

 

¡Oh noche!

 

Insiste como hasta ahora

en facilitarnos las obras, las leves e ingentes, cinceladas o sucias, recovecos en las rocas y velas adheridas a los mástiles, hilvanadas con pespuntes largos.

 

Tráe quietud y sosiego a mis hermanos

en cada ocaso veraz e inacabado aunque muchos de ellos tengan un hogar; pon música de Arvo Pärt en mis sienes y entre nota y nota un silencio que arranque de las cuerdas de un piano formado por conchas marinas y se imponga como un relámpago de tentación y calma.

 

¡Oh noche!

Sabes que no tengo

con qué pagarte, que ni siquiera puedo ofrecer una lágrima para cada una de tus estrellas, pero si pudiera te regalaría todo el llanto que hay en los mares.

 

¡Oh noche!

 

Calma a esos océanos abiertos

que proponen tinieblas azules de venganza y hacen temblar el suelo, la carne del mínimo corazón y otras suturas:

 

el mar invita siempre a cataclismos

por el enfado de poseidones, sirenas y minúsculos cangrejos ermitaños como yo que ni siquiera poseen un lecho propio para descansar.

 

                                                                                                   Johann R. Bach

EN LOS RINCONES DEL TIEMPO

Vista de Barcelona desde el Parc Güell

18 abr. 2013

EN LOS RINCONES DEL TIEMPO

En los rincones del tiempo  (Johann R. Bach)

 

El tiempo en que el tabaco escribía la soledad,

tiempo en que tus padres, tus abuelos y médicos fumaban, murió.

 

Fumaban poco, es cierto,

en pipa o liando sus propios cigarrillos mientras pensaban cómo resolver problemas, descansar o cómo escribir versos opacos de amor.

 

¿Recuerdas? Aquel momento exacto de sentarse,

con los vasos muertos en la mesa, la habitación con sueño y la inquietud dolida de la puerta cerrándose ya por última vez, en aquellas largas noches de viento.

 

A veces, en aquellos rincones del año

 

el olor de la pipa llegaba a invadir los sitios posibles donde estabas reconociendo su voz sosegada al contar una anécdota o preguntar por ti.

 

Capítulos largos de tu vida vividos en minutos.

 Nunca le preguntaste a tus hermanos por aquel vacío, por aquella impaciencia de estar sin nadie mientras se te olvidaba todo el calor que ahora duele de olvidado.

 

Tú amaste aquella soledad,

pero es dudoso que con ella crecieras. No recuerdas los hilos de esparto que sujetaban los vidrios como un cuadro tras una alambrada, ni conoces más ilusión que el mar cogido en otras manos.

 

Pero también aquí,

también confusamente, vigilada por libros con insomnio, por música elegida, sueles esconderte en la penumbra y habitar en las bodegas del ordenador, buscando una razón para subir más tarde a cubierta, con la luna en este rincón del tiempo.

 

Agradeces el barrio entonces,

al tenerlo delante, adormecido, envuelto en sus sábanas de luz, temible y despiadado en el que no se puede confiar, pero que siempre te abriga con su olor a tabaco y café.

 

Porque de aquellas noches, más allá de recuerdos

o placeres supiste embriagarte de esa moral que aturde cuando amas.

 

Ahora alguien que no conoces apenas,

cansado de esperar, seguramente dormido de impaciencia, al respirar te increpa, desde otra habitación sobre tu cama que ya no huele a tabaco ni a alcohol;

 

alguien que espera todavía

sujetarse un instante, acariciar un cuerpo en silencio, sin preguntas.
                                                                                                                                   Johann R. Bach

LA SOLEDAD DEL CIENPIES

LA SOLEDAD DEL CIENPIES

 

Entre la inmensidad y tú

está naciendo el día. Avanzas árbol arriba mientras llega el aire, avanzas hacia su nombre y la luz sobre tus párpados cubre las últimas heridas que no cerraron con el sueño.

 

Ayer algún político envidioso

de tus cien pares de zapatos, decidió reducirte los pies a la mitad; te clavó un arpón cerca del corazón, aprisionó tu dulce paseo.

 

El dolor sacó lo más primitivo de tus entrañas:

 

retorciéndote

como en el baile de la muerte, escupías grasa y alquitrán, tartamudeando, en forma de sílabas que se unían para injuriar. Poco a poco la fatiga te venció, pocas dudas albergaba ya tu soledad,

 

te disponías a ver, por última vez, el mar.

 

Miraste en la arena los escombros

que dispersó la segunda pleamar, piedras de espuma nómada, profundas humedades. Por su cadencia se abrían translúcidos tus cientos de dedos entre la inmensidad y tú.

 

La ola. El mar. La playa en fuga.

 

La persistente flotación de las gaviotas

y el deseo del suave aroma entre los labios de la compañera esperándote en un lecho de hojas frescas cubierto por un manto de estrellas apenas apagadas por el Árbol de la Luz.

 

De repente tu mente se volvió

hacia tu anillo herido. Alguien ordenó retirarte el catéter de tu vena cava; el agua espejeante de sí misma para sortear las horas altas te celebraba y

 

deletreaba tu nombre

exagerando tus activos rebautizándote como Miriápodo, como la vida

en flor de otro lenguaje. El aroma de la compañera aún te llama en la aurora;

 

reanuda tu marcha

con los noventa y ocho pares de botas restantes; te está nombrando con la suya.

                                                                                                Johann R. Bach 

DE VIENA A PALMA

              DE VIENA A PALMA

 

                                                                  Austria. Pueblecito junto a un lago

 

¿Te acuerdas de los amaneceres en Sóller?

 

Los primeros rayos de luz rosa

ocupaban tempranamente las cumbres de la Serra de Tramuntana y poco después se llenaban las laderas de húmedos lagartos mientras los erizos seguían aguardando en el fondo marino a que la corriente cálida les despertara.

 

Te enviaré –dijiste- una postal

desde esas otras cumbres cubiertas de nieve de las montañas austríacas. Me gusta –solías decir- el contraste de imágenes e imágenes.

 

El tiempo en Viena se detiene

mientras las piedras desmoronadas sobre piedras se han congelado entre las aguas diamantinas fijando los colores de la postal.

 

En el espacio de la desolación,

el viento atraviesa los muros y las cumbres; sobrevuela las harinosas capas y las deposita suavemente sobre el paisaje como polvo de estrellas haciéndote añorar las cálidas arenas.

 

Sé que darías todo el aire por un grito,

la posesión de tu reino por un solo gemido arrancado del tambor acariciado -la piel tendida- por tus dedos.

 

Al pie de esas rosadas cumbres

te espera el azur separado por una línea del cobalto en el momento en que nace la luz y Poseidón hace su siesta. 

 

A su lado se agita sin cesar un diablillo;

flota en torno a tus islas como un aire imparable; cuando lo respires te sentirás abrasar tus pulmones llenos de un ansia sin final y en cierta medida culpable.

 

Has estado demasiado tiempo

lejos del archipiélago. Ese pequeño diablo sabe tu amor por el Arte, se viste con figuras que fingen ser seductoras mujeres y

 

con ruines pretextos de aliviar tu corazón

acostumbra tus labios a los filtros poderosos que te han de llevar de vuelta a S'Arenal.

                                                                                        Johann R. Bach

UN PAISAJE PARA CADA SOLEDAD

UN PAISAJE PARA CADA SOLEDAD                                               

                                                                                La  Rambla de Barcelona

 

               UN PAISAJE PARA CADA SOLEDAD  (Johann R. Bach)

 

Sabes que, a veces, el tierno amor

escoge sus lugares y cada pasión tiene un rincón, un modo diferente de abrazarse ante una pantalla de TV, o de apagar las luces.

 

Sabes que hay espacios declarados

de interés especial bastante más tarde de ser recorrido por tus pasos como gozoso paseo.

 

Sabes que hay el recuerdo de un beso

en cada portal y ascensores que hubieran deseado quedarse quietos, sin electricidad, observando la escena, miles de escaleras llenas de pequeños paréntesis en cada rellano.

 

Cada ilusión tiene formas distintas

de incendiar corazones o pronunciar los nombres al coger el teléfono.

 

Cada alma busca un atajo

para tapar su sombra, desnuda, con las sábanas cuando suena el despertador.

 

Hay una fecha en cada esquina,

junto a un árbol de cada calle, un rencor deseable, un arrepentimiento, a medias en el cuerpo.

 

Cada amor tiene números

o letras diferentes para escribir: "volveré a las 23.30 horas" como una invitación a una larga noche bajo la música de una lluvia torrencial.

 

Como el primer cigarrillo,

los primeros abrazos también escogieron su taberna y se ampararon en decorados públicos como Les Rambles de Barcelona o el Passeig des Born de Palma.

 

Así cada escena marginal

donde las fiestas juntan la soledad, la música y el deseo, se viste con sus mejores flores y galas, casi siempre precipitadamente,

 

con retraso, y no en la oscuridad,

sino en esas horas en que cada tiempo de dudas necesita un paisaje.
 
                                                                                           Johann R. Bach