24 may. 2017

“… El hombre es realidad dada, el mundo hipótesis que, con mayor o menor fortuna, inventamos…”


¿SURGIDO DEL VIENTO DEL CAP DE CREUS?

Leo P. Hermes me pide,
en mi calidad de traductora al alemán de algunos de los escritos de J. R. Bach, que dé mi opinión sobre lo que conozco -que no es poco- de su obra.

Johann R. Bach es uno de esos escritores
que parecen provenir de la nada, como salidos de la niebla de un tiempo pasado en el que todo, excepto él, desapareció como en un naufragio del que sólo conocemos la tabla (su pluma), el náufrago y sus historias vividas o inventadas.

Es como si hubiera brotado
imprevisiblemente de ambientes que le han sido ajenos, sin haber sido preparado por nadie, sin precedentes, sin pertenencias o señales de reconocimientos útiles para definirle.

Johann R. Bach es la poesía excéntrica hecha carne;
incómodo, irregular, inclasificable e inconfundible. Por la manera que cómo escribe y por aquello que escribe P. Hermes ha dicho -y con razón- que es marciana su forma de escribir. Y realmente algunas de sus frases evocan la imagen de un Nietzsche surgido del viento del Cap de Creus. Pongo por testigo de ello a Andrés Geyer creador de la web "La Chica de Kiefholzstrasse" (Das Medchen aus Kiefholzstrasse) y el Blog asociado "Homeo-Psycho".

R. Bach se describe a sí mismo en el poema "Café de La Virreina" como una araña el sitio desde el cual percibe lo que le interesa no el objeto de su interés:

"… se coloca en la barra de un bar,
mira a su alrededor mientras toma café
y examina la cartelera de espectáculos…"

Sostiene teorías poco comunes:
afirma que nadie sabe exactamente qué quiere antes de cumplir cincuenta años, edad en la que ya se han acumulado suficientes adversarios que se encargarán de hacérselo ver. En mi caso, he de reconocerlo, se verificó esa sentencia.

De la misma manera
que la opinión del joven no revela lo que piensa, sino lo último que ha leído, R. Bach parece, por su erudición, conocer miles de obras de "literatura occidental" y en no pocas ocasiones se muestra como el antiguo que niega el dolor (de ahí sus descubrimientos médicos para paliarlo), mientras que en otras ocasiones, niega como los modernos el pecado. Es por ello que siempre me ha parecido ver en sus escritos como si se enredase en sofismas idénticos:

"… El mundo es explicable desde el hombre,
pero el hombre no lo es desde el mundo …"

"… El hombre es realidad dada, el mundo hipótesis
que, con mayor o menor fortuna, inventamos…"

Podría decir en resumen sobre R. Bach,
aún a riesgo de estar equivocada, que como hombre moderno no escapa a la tentación de identificar permitido y posible, pero a mi parecer Johann se ha instalado ciegamente desde hace tiempo en la sólida corteza de su destino, pues de alguna manera intuyó cómo -en sus propias palabras- "la sustancia del mundo fluye hoy por una secreta herida hacia la nada…"

Y, sin embargo,
su juventud casi naïf navega sin notarlo en un mar de optimismo… No he visto en ninguna página de esta novela "Una Rodilla Herida" aquel pesimismo que le llevó a escribir que "la poesía había muerto asfixiada por las metáforas"

En cierta ocasión,
después de una pequeña charla, le pregunté cómo podía sentirse joven después de haber cumplido tantos años y me contestó: “Sigo respirando, escribiendo y viviendo mi vida sin grandes altibajos porque aún espero otro milagro…”
                                                                                     A. Kunstbaur

21 may. 2017

¡Entra en la creación del Mundo del Ápex que fue una vez y es nuevamente!


PARTIDA HACIA EL ÁPEX
DE LA MANO DEL ÁNGEL MONTSERRAT

Era…
era ya y no era aún…1

Sentía
-reemprendiendo el hilo que hilvanaba sus últimos minutos- la felicidad del tiempo que ya se deslizaba por el mundo de la noche nuevamente abierto y traía el frescor consigo,

sentía la felicidad del aliento
entonces ya fácil encajado en la manante respiración de la oscuridad de todos los mundos,

sentía el murmullo del mundo,
sentía lo natural…

Más frescas se volvían las estrellas
más fresco su espacio,
más fresco lo audible en él.

Todo era como un murmullo,
que platinamente claro
se agitaba en la gran oscuridad,

era, esperado y lleno de expectación,
era el mar enviando sus olas,
murmurando en la noche,
pero ya llamado por el alba que venía.

Casi asustado
creía que su oído le engañaba. ¡Pero no! Era el mar, era la realidad tritónicamente inmensa del mar, y la traducción de la novela "Una Rodilla Herida" relevada por la voz, se agitaba en el incalculable romper de las olas,

se agitaba en las estrellas empalidecidas,
no, aún más, aún más, llenas de la voz escuchaban las aguas, escuchaban los mares. Él escuchaba la oscuridad y todo lo humano, tanto lo durmiente, como lo que despertaba.

Escuchaban todos los mundos,
se escuchaban a sí mismos en todo lo que los llenaba:

Lo natural se adaptaba a lo natural
y en ello había amor…

Fallada la sentencia,
la voz, entretejida en el todo, no daba respuesta alguna y casi era… como si sólo el día debiera traer la respuesta, como si todo entonces fuese expectación, esperando el astro diurno, como si ya nada más fuera permitido.

La noche se recogía
alrededor de su fin.

Se concentraba en él
y la negrura perdía su morbidez; afuera el centellear de las estrellas comenzaba a lucir verdoso.

Inmóvil en la oscuridad
estaba el color del aire; sacando inmóvil con el tacto cosa a cosa de las sombras, y milímetro a milímetro, a partir de la ventana, la habitación se volvía habitación, los cuadros de nuevo cuadros;

al centelleo de las últimas estrellas,
en la ventana, destacaba un antiguo candelabro, negro como un árbol deshojado, colgando aún de sus brazos los restos de la noche.

¡Oh noche que se va!
Que sostiene al durmiente
hasta el último aliento,

más y más, de ramas infinitas de infinito plumaje,
llevándole infinitamente en sus brazos,
apretado a su pecho.

Lo fugaz se había anunciado,
se había perdido, se había planteado, y se había tornado imperecedero; fugaz era el día que ascendía ante él, y ya hacía mucho que no miraba hacía él; velados estaban sus ojos aunque seguían abiertos, velados de lágrimas sin lágrimas, sólo que miraba con extrañado mirar al día que llegaba, veía el alborear, veía como poco a poco ponía allá afuera su incoloro color, capa a capa, sobre los tejados,

lo veía y ya no lo veía,
el ver se le había convertido en sentir, y en aquel sentir, nacía el día para él, tornándose suyo propio con su nueva luz:

crecía la madrugada,
iba hacia él con la creciente pureza de su perfume, con su claridad muy gris, muy clara, iba hacia él con la clara precisión mañanera, con el plateado aliento salino del mar, brotado con plata de plateados rompientes en suave lejanía, brotado del primer resplandor de la orilla húmeda y fresca; iba hacia él como en un gran aliento, como respirando tras una hora de lluvia, oscura de lluvia y clara de rocío refrescante.

De este modo se sentía
llevar más y más lejos, y allí donde el viaje se hundía, allí donde ondean las espigas, donde cuelgan las uvas y los animales descansan a la sombra de los chaparros, allí estaba el Ángel Montserrat delante de él, casi no ángel, más bien un muchacho, y sin embargo un ángel, envuelto en las frescas alas de la mañana de primeros de octubre, con negros rizos, ojos claros, y su voz no era la que llena simbólicamente el todo como acción anunciadora, no, era más bien un eco muy lejano de la simbólica imagen primigenia que flotaba en lo alto; era ella -melodiosa voz- la que entonces comenzaba a hablar, muy suave, y sin embargo era la sombra broncínea de los Cuatro Eones (Hádico, Arcaico, Proterozoico y Fanerozoico):

¡Entra en la creación del Mundo del Ápex
que fue una vez y es nuevamente!

Y que tu nombre se grabe para siempre
junto al de Ermessenda: ha llegado tu hora!

Así lo decía el Ángel Montserrat, terrible de ternura, consolador de tristeza, inaccesible de nostalgia; así lo oía mi compañero traductor de labios del Ángel Montserrat, lo oía como lenguaje dentro del lenguaje, en toda su terrenal sencillez y, oyéndolo, llamado por su nombre y unido al nombre de Ermessenda, vio otra vez el ondular de los campos, extendido de orilla a orilla, infinitas las ondas de los frutos, infinitas las ondas de las aguas, ambas bañadas en la fresca, oblicua luz de madrugada, brillando fresca la cercanía, brillando fresca la lejanía; lo vio y siguió luego la dulzura del conocerlo todo y del no conocer, del saberlo todo y de no saber, del sentirlo todo y del no sentir nada; siguió la dulzura del olvidarlo todo…

Y vi en sus ojos
cómo siguió su sueño sin sueños…

1) Perdonadme que haya adoptado un estilo parecido al de Proust -en su lentitud sobre todo-, pero la narración del momento así lo requería.

                                                                                       Johann R. Bach