21 jun. 2014

CARTA DE AMOR DE UN JOVEN RELIGIOSO

Carta de un joven religioso enamorado a la Dama de sus Sueños

 

Hola mi amor

 

He ido a la estafeta de la estación

y he hallado puntualmente tu carta; como las demás, ésta ha llegado a los cuatro días justos. Ya queda menos para tenerte otra vez entre mis brazos y repetir aquellos paseos en vespa por las carreteras del Montseny en los que tú me rodeabas con tus brazos, con tus mandarinas cosidas a mi espalda como una Audrey Hepburn abrazada a Gregory Peck sobre la moto en aquella película (Vacaciones en Roma).

 

¿Te acuerdas de aquella mañana

en el cine de las Galerías Condal? Era el único sitio donde nos podíamos acariciar entre sombras y butacas, por la mañana.Ahogabas tus gemidos mientras en la pantalla Audrey Hepburn y Gregory Peck se besaban en cualquier rincón de Roma.

 

Ayer fui de Excursión aTurbenthal

en el cantón de Zürich. Cerca de un monumental castillo me tumbé sobre los campos de alfalfa (Luzern en alemán significa alfalfa) y bajo un cielo despejado como pocas veces lo vivimos aquí, me puse a soñar contigo. Sobre mis ojos se confundía el cobalto de este cielo con el azur que tú y yo hemos saboreado tantas veces sobre la arena de la playa de los Baños de San Sebastián.

 

A la vuelta al seminario he escrito otro poema para ti.

 

LA HERENCIA DEL ÁNGEL CAÍDO

 

 

 

He aquí que por fin llega al verbo

un hombre alucinado por la belleza de una noche que se llena de luz plateada cada veintiocho días en mitad de un tristísimo minuto y fatigado del lento rodar del día miserable.

 

Camina y camina como un ángel

que perdió sus alas en el último incendio, se detiene como la vida al borde de la arena, como las hierbecillas sueltas que flotan en un agua no limpia,

 

donde a merced de la tierra

briznas que no suspiran, por escasez de oxígeno, se abandonan a ese minuto en que el amor fluye.

 

El pelo crespo por el viento ondea.

Ante él se ven extensas playas, nubes felices, un viento así dorado invitando a enlazar cuerpos sobre la arena pura.

 

En ese paisaje un hombre ve, presencia.

Es un hombre que vive, duerme. Es una forma que respira al mismo ritmo que la mar sacude y en su pecho algo late con fuerza como las olas al batir las playas.

 

No, no confunde ya el mar

–del que surgió-, el mar inerte en apariencia con su corazón agitado.

 

A partir de aquellas noches de luna

ya no mezcla nunca sangre con espumas tan libres. El color blanco es ala, es agua, es nube, es vela; pero no es nunca rostro. Un color delicado por su cuerpo corre.

 

Por eso, tirado ahí, en la playa;

tirado allá después en el duro camino; tirado más allá, en las duras rocas al pie de las enormes montañas, un hombre ignora el verde piadoso de los mares, su vaivén melodioso y vacío

 

y desconoce el canon eterno de su espuma.

 

Tirado sobre la tierra yace

como la pura hierba. Un viento huracanado -que más tarde bautizará con el nombre de Tramontana-, como un dios, lo peina como a los grandes pinos.

 

El amor, como un número,

tan pronto es agua que sale de una boca tirada, como es el secreto de lo verde en el oído que lo oprime, como es la cuneta pasiva que todo lo contiene, hasta el odio que afloja para convertirse en el sueño.

 

Por eso cuando en mitad del camino,

un solitario ángel caído que fue dorado siente próximo -y lejano al mismo tiempo- el cielo como una inmensa bóveda y, sin embargo, con sus débiles piernas nunca pétalos

 

arrastra la memoria opaca con amor,

con amor al sollozo sobre lo que fue y ya no es. Arriba entre las flores altas cuyos estambres casi cosquillean el limpio azul vaga un aroma a anteayer, a flores derribadas,

 

a ese polen pisado

que tiñe de amarillo constante la planta pasajera, la caricia involuntaria ese pie que fue rosa, que fue espina, que fue corola o dulce contacto de las flores.

 

Ese hombre cabizbajo,

de más negro semblante como el silencio de la noche que transcurre después de alguna muerte, pasa borrando apenas las huellas de los autos, de los hierros violentos

 

que fueron dientes siempre,

que fueron boca para morder el polvo.

 

El dulce hombre

bajo el duro caparazón de sus hombros –apéndice de lo que fueron alas- ha renunciado a ser confundido con una mariposa, aunque su sangre sigue gimiendo encerrada en un pecho distinto de la forma del olvido, descendiendo hacia

 

unos brazos

que crean un diminuto mundo perdido casi en el mismo centro del oscuro Cosmos. ¿Qué podría hacer sino buscar los besos de una diosa del amor?

         Arsenio L. Duval

…………………………………………………………………………………………………………………

 

Sabes que no me gusta

que te obsesiones con esa tontería de la diferencia de edad. ¿Acaso el Ángel Caído pudo escoger a quién amar? Mírate al espejo y verás que aún nos queda la aurora. Mira tus pechos con mis ojos y tus hombros desnudos y sentirás en tu mejilla mi deseo: esos instantes que huelen a pétalos de rosa, que resbalan por el mundo de los enamorados como nosotros, como nuestra saliva sobre la piel.

 

Nos queda aún una aurora sin soledad,

porque ausencia no es soledad, yo te llevo conmigo en todo lo que hago y en el mínimo espacio cabemos los dos. Sabes, porque te cuento todo lo que pasa en el seminario, que aquí hay de todo, hermanos amables, simpáticos; profesores buenos y regulares.

 

También hay homosexualidad

–menos de lo que se cree- y a veces tengo que pasar por un mal trago. Concretamente un día que tuve que dormir en la misma habitación que mi tutor de lenguas (el francés sin problemas, pero la sintaxis alemana no se la tragan ni los hambrientos cocodrilos). Me propuso una relación carnal. Como es habitual en mi carácter me hice "el longuis" y cuando vi aquel culo peludo como el de un mono, pensé en el tuyo, suave y acogedor, y, no pude conseguir la mínima erección con lo que mi tutor desistió no sin antes intentar una felación.

 

A nosotros también nos queda una aurora

de frescos dormitorios con sábanas de estrellas y lechos de romero y lavanda. Yo estoy encantado de regalarte eso que llamas guirnaldas de flores que un adolescente, apenas despierto, prende en un trozo de soga trenzada entre las piernas mientras tomo lo mejor de tus años: experiencia, amor, sabiduría… ¡vida!

 

Sorprendentemente nuestro"padre espiritual"

nos expresó a un pequeño grupo de seminaristas,que hace falta hacerse un lugar entre las sedas, entre los remolinos inquietos de la carne, entre el juego amoroso y la confidencia grandes amigos de la noche; y, que hay que huir de las palabras vacías. Empiezo a pensar que tiene razón: hace falta ocultarseentre las sedas; hace falta convertirse en el espíritu iconoclasta, sacrílego que, descubriendo el emblema del sexo, intimida, escandaliza, pero enciende los deseos, esos deseos que un sacerdote mantiene tan ocultos como la grasa sobrante de su vientre bajo la sotana.

 

No habrá castigo

para aquellos que como nosotros se amen a condición de que nadie sepa que nuestro amor es puro como el número. En tu última carta me decías que tu amor sería eterno, pero ya no estabas tan segura de que el placer que gustosamente me regalas pueda tener la misma duración. ¿Acaso se puede separar del amor, el placer? Tú misma me dices que te vuelven loca mis poemas y que te conviertes en fuente cuando los lees. ¿Qué puede impedir que ese mismo placer pueda ser recíproco? Creo que nada, mi amor, nada ha de separar nuestros corazones:

 

te he de amar hasta el último latido;

tuyo o mío.

 

Yo también tengo mis dudas

y a menudo me pregunto ¿Qué vine a hacer aquí? En esos momentos de nebulosa intelectual pienso en tus ojos, en tus dedos y su caligrafía -maravillosa forma de acariciar-. Vine a no saberme, vine a estar. Hago: leo cosas que creo que son importantes, estudio los programas obligatorios, escribo poesía, miro los cielos de noche y de día, sueño que me besas, estoy en Lucerna, no lejos de ti. Estoy en lo que hago, soy lo que hago y amo. Estoy en lo que miro. Soy lo que me enseñaste a mirar y sobre todo cuando pienso en ti dejo de estar frente a mí mismo.

 

Quiero estar aquí,

retirado en parte para comprobar que nuestra separación reafirma más y más la necesidad de tus brazos, tus besos, tus miradas encendidas; para comprobar que mi deseo de tu saliva no es pasajero. Aquí puedo experimentar que los deseos –sobre todo los de ese tierno monte de venus tuyo- son formas que quieren llenar las ausencias, estratagemas, fallidos intentos del reconocimiento.

 

Sí, sí, eso lo veo muy claro,

sin embargo, el miedo al autoengaño surge a veces en mí de repente como aquellos antiguos diablos que saltaban de su caja sobre un resorte en espiral cuando levantabas la tapa.

 

Siento entonces que la noche es fría, muy fría.

 

Y te llamo en voz alta

porque te necesito, necesito tu amor y la seguridad que sale de tu boca acompañando a las palabras que susurras junto a mi oído aunque no estés aquí.

 

Te quiero tanto que me cuesta creer

que sólo faltan unos días para poderte abrazar.

Hasta entonces besos, besos, besos…

 

                                                                      Lucerna a 3 de junio de 1.96…

                                                                             Tuyo siempre:  Arsenio

 

Los volcanes entrará en erupción, volcarán su lava y sus globos de ceniza soltarán lastre

¿REPÚBLICAS? ¿MONARQUÍAS?

 

Te acuerdas mi amor de aquello:

que si son galgos o podencos… (en catalán llebrers o cunillers).

 

¿Qué es para nosotros el corazón

sino un paño de sangre y de fuego, de gritos interminables de rabia?

 

Es el hipo del infierno

que deshace cualquier orden mientras la tramontana permanece sobre los despojos.

 

Todo se dispone bajo leyes que,

aparentando ser llamas de oro, no son más que armas contranatura y máquinas para producir miedo: dieciséis toneladas de miedo por persona y dia.

 

¿Repúblicas? ¿Monarquías?

 

¿Quién removería

los torbellinos de los fuegos de San Juan sino nosotros y todos aquellos que nos suponemos parientes?

 

La civilización viaja, como el sol,

de Este a Oeste. Europa llevó a América sus sílabas, sus bacterias y sus angustias a lomos de un solo dios.

 

Ahora es Asia la llamada

a poner azafrán sobre la piel enferma de Europa y medicinas de amapolas sobre la América envenenada de groseros productos de una química vulgar.

 

Los volcanes entrarán en erupción,

volcarán (valga la redundancia) su lava y sus globos de ceniza soltarán lastre

 

sobre la cicatriz de Los Andes

y su fuego cauterizará dolorosamente la herida1 de San Andrés,

 

golpeando severamente el océano y sus costas.

 

Pero mira el cielo

cómo cambia de color y no te asustes mi amor. No pasa nada; estoy ahí junto a tu puerta:

 

¡sigo recogiendo flores de San Juan

y escribiendo poemas para ti epicentro de mi mundo!

                                                            Johann R. Bach

 

(1) La falla de San Andrés responsable del famoso terremoto de San Francisco.

¿Qué es para nosotros el corazón sino un paño de sangre y de fuego, de gritos interminables de rabia

¿REPÚBLICAS? ¿MONARQUÍAS?

 

Te acuerdas mi amor de aquello:

que si son galgos o podencos… (en catalán llebrers o cunillers).

 

¿Qué es para nosotros el corazón

sino un paño de sangre y de fuego, de gritos interminables de rabia?

 

Es el hipo del infierno

que deshace cualquier orden mientras la tramontana permanece sobre los despojos.

 

Todo se dispone bajo leyes que,

aparentando ser llamas de oro, no son más que armas contranatura y máquinas para producir miedo: dieciséis toneladas de miedo por persona y dia.

 

¿Repúblicas? ¿Monarquías?

 

¿Quién removería

los torbellinos de los fuegos de San Juan sino nosotros y todos aquellos que nos suponemos parientes?

 

La civilización viaja, como el sol,

de Este a Oeste. Europa llevó a América sus sílabas, sus bacterias y sus angustias a lomos de un solo dios.

 

Ahora es Asia la llamada

a poner azafrán sobre la piel enferma de Europa y medicinas de amapolas sobre la América envenenada de groseros productos de una química vulgar.

 

Los volcanes entrarán en erupción,

volcarán (valga la redundancia) su lava y sus globos de ceniza soltarán lastre

 

sobre la cicatriz de Los Andes

y su fuego cauterizará dolorosamente la herida1 de San Andrés,

 

golpeando severamente el océano y sus costas.

 

Pero mira el cielo

cómo cambia de color y no te asustes mi amor. No pasa nada; estoy ahí junto a tu puerta:

 

¡sigo recogiendo flores de San Juan

y escribiendo poemas para ti epicentro de mi mundo!

                                                                             Johann R. Bach

 

(1) La falla de San Andrés responsable del famoso terremoto de San Francisco.

Leocadia no está enamorada de ti, pero te recuerda y me lo cuenta todo (¡todo! Sí. ¡Todo!)

CARTA DE AMOR A UN SUBDIÁCONO

 

Hola mi amor

 

He recibido tu carta sellada en Zürich

y me imagino, te veo, como cruzas esa pequeña porción de bosques y lagos que hay entre el Seminario de Luzern y Zürich. Te veo depositando un sobre sellado con tu propia saliva que a solas la lameré para tragarme todo el amor que en ella has puesto.

 

La he leído por primera vez

con la velocidad del rayo y con el corazón a ciento ochenta pulsaciones; la segunda más despacio, racionalmente, pensando en esta maravillosa locura de amar, por último en la cama besando el papel que sé que tú has tocado. Me he deshecho como una colegiala. 

 

¿Sabes amor?, durante todo hoy,

mi puerta se abría chirriando un poco como para dejarte paso. Se han llenado de carne platos y mesa. Todo resplandecía en los cristales del agua. El perejil se ha cocido sin perder su verdor. El reloj ha tocado las cinco y mi marido se había marchado ya hacía rato. Miro la puerta y me parece que de un momento a otro vas a entrar.

 

La carne, sin palabras,

ante mis ojos de té, y en mí.

 

Y yo que había leído todos los libros.

 

Hoy después de leer tu carta

la casa no es la misma casa. Crece el orégano para aplacar mi sexo y su aroma se desborda por encima de la puerta. La fruta acepta el reto del reloj como mis genitales. Ya lo sé, ya lo sé: ¡las seis y aun hablo sola! ¡Qué placer el de los dedos entre las sábanas frescas de la siesta! ¡Cómo sonreirán cerradura y puerta cuando tú llegues!

 

Ya sabes que desde aquel día que estuvimos en la playa

–aún siento el aroma de la madera recién pintada de la caseta de los Baños de San Sebastián como algo cosido a mi espalda-, duermo en una habitación aparte. A mi marido no le importa porque a fin de cuentas cuando te conocí yo ya era una soledad lila de veinte años de antigüedad.

 

Pero últimamente noto que revuelve cosas

en mi habitación y no sé si ha leído alguna de tus cartas, pero lo noto algo raro. Ya sabes: a la vejez viruela. Una de las veces que lo sorprendí en mi habitación tenía en las manos una carta tuya. Cuando salió arrastrando el culo y su bastón, la leí para ver si podía haber localizado algún dato tuyo.

 

¡Qué placer releer tus cartas?

Si alguien las lee dirá que estás loco. Si alguien en el seminario llegase a saber cómo me tomas por detrás te acusaría públicamente de ese pecado bíblico que denominan sodomía. Pero si alguien leyera las mías me quemarían en la primera hoguera de San Juan por haberme sentido amada.

 

Era aquella, la carta en la que respondías

a mis quejas por haber cumplido sesenta y tres años cuando tú apenas habías pasado de los diecinueve. Sí, sí, en aquella donde me decías que estabas loquito por mis huesos, por mis morritos y por mis tetas de mandarina.

 

Por suerte en ninguna de tus cartas pones

la ubicación de Lucerna ni que ahí estás en un seminario a punto de obtener la categoría de subdiácono. Nunca hubo en mi vida un amante que se hubiera atrevido a llegar al lugar extremo desde donde tú me acaricias: de dentro afuera, amor, siento las olas y me convierto en arenal, arena y peñascal.

 

Mientras la releía se me aflojaron,

como ya sabes que me ocurre de vez en cuando, las mejillas y la saliva empezó a fluir involuntariamente, pero esta vez el ataque fue mucho más débil y no llegué ni siquiera a temer otro desmayo. La causa fue volverme a meter en el espíritu de ese maravilloso poema que me enviaste "La Noche era puro azur".

 

Me tomé los gránulos de Aconitum,

ya sabes, esos amigos que siempre llevo en el bolso sacados a partir de la tintura madre de las azules flores de Los Alpes con vocación de resistir a los secos vientos que atacan a mujeres como yo y paralizan nuestros rostros para robarnos la sonrisa nuestra mejor arma.

 

Estos días he estado removiendo libros en la Biblioteca;

ya sabes, junto a la Calle del Carmen. He rebuscado en los diccionarios médicos y en la Enciclopedia Francesa cosas que echaran luz sobre nuestro amor y sólo he hallado tinieblas: a lo mío lo denominan una aberración sexual consistente en seducir al hombre no iniciado en el amor; y, a lo tuyo lo describen como una enfermedad: la gerontofilia.

 

El amor hacia las personas de edad avanzada

-se afirma en esas fuentes- llega a ser escandaloso si es de tipo erótico y quien lo experimenta es aún adulto joven o, más todavía, un adolescente. Bendita aberración sexual la mía que me permitió conocerte y bendita tu enfermedad que me asegura que me deseas y hace que me sienta amada de veras.

 

Leocadia no está enamorada de ti,

pero te recuerda y me lo cuenta todo (¡todo! Sí. ¡Todo!) como una loca aventura sin transcendencia y ya sabes que no soy celosa, que comprendo muy bien que el celibato de un sacerdote está destinado a dejar libertad a todos los que renunciáis a "casi todo" para ayudar a los desposeídos de la tierra.

 

Mi sobrina Olga está hecha una señorita

y ha comenzado el bachillerato de letras porque, como tú muy bien sabes, es una anegada total para las matemáticas. Se ha hecho muy amiga del hermano de aquella chica a la que también le diste clases. Ella lo niega pero todo apunta a que está enamorada y dudo de que acabe el bachillerato sin haberse casado, pues el chico ha cumplido los veinte años, se gana bien la vida de mecánico. Sólo le queda cumplir el servicio militar, que tengo entendido que por tu condición de subdiácono estarás exento de esa obligación cuando te llegue ese momento en que llaman a filas a todos los chicos.

 

En la foto que me has enviado

estás con la cabeza un poco baja –símbolo de la humildad- y no se te ve muy bien, pero es suficiente para impregnarme del aire y el color que tu respiras. Y enfundado en ese vestido –la sotana- con una bragueta de metro y medio ¿quién sospecha la liturgia que guardas debajo de él?

 

Sabes que mi libido es muy débil

y que sólo se dispara bebiendo vino -de lo que me abstengo bastante durante la semana- o leyendo tus cartas llenas de erotismo y poesía. Me gusta que hagas referencia a mis atributos femeninos, pero sobre todo lo que me vuelve loca son tus poemas.

 

He leído decenas de veces

y ya me lo sé de memoria el último poema que me has enviado "La noche era puro azur". En él veo que derramas tu alma; y, saber que lo has escrito para mí, me llena de orgullo. Valió la pena esperar tantos años para sentirme amada como nunca lo fui.

 

En otro orden de cosas te cuento:

he ido a una ginecóloga loca que dice que tengo sequedad vaginal. Claro que no se me hubiera ocurrido leer una de tus cartas durante la exploración. Sólo de saber que tengo una carta tuya ya me convierto en fuente. También me llena de satisfacción saber que has acabado el segundo curso de medicina. Cuando vengas este verano espero que seas tú quien me explore hasta el alma.

 

Ayer, siguiendo tus recomendaciones,

fui al Carmelo a repartir leche en polvo de esa que origina estreñimiento en las criaturas y queso enlatado con ese sospechoso color anaranjado y quiero creer que eso sirve para evitar la desnutrición de no pocos niños. Mientras lo hacía, he experimentado ese raro placer de haber hecho algo útil para los demás, aunque creo, como tú, que tienes razón al decir que las obras sociales son una expresión de nuestro propio ego sublimado y he sentido cómo cada beso que repartía a aquellos niños era un beso para ti mi amor.

 

También he ido a los Baños de San Sebastián

y he recorrido milímetro a milímetro los lugares que pisamos tu y yo cogidos del brazo. Todo parece estar en su sitio, pero de El Tarzán no queda ni rastro y nadie en el bar lo recuerda y el olor de la pintura de la madera ya no es el mismo. Necesito que vengas a impregnar todo el lugar de ese espíritu y de ese sexo que me hicieron descubrir un mundo tan maravilloso: pensando en ti todo se vuelve alegre. Ansío tus besos y tu saliva sobre mi cuerpo como nunca. Sí ya sé: sólo faltan tres semanas, pero tres semanas después de esperar siete meses se hacen larguísimas.

 

Te quiero, te quiero y te envío mil besos

en este sobre que lo sello con mi propia lengua para que te lleguen todos.

 

                                   Barcelona a 18 de mayo de 1.96…

 

los hielos rotos en la cabeza del país repican del cielo los gloriosos reflejos

LAMENTO AUSTRAL

 

Lindas flores tenías para complacerte,

te reías con la generosa tierra ante su riqueza del austral tesoro veraniego:

 

¿dónde están ahora,

en este mayo, tus flores y tus risas?

Pétalos y cadenciosas risotadas, cada una en moribunda caída, se han marchitado al ver cómo,

 

desafiando las cumbres geodésicas,

 

el pájaro se aplasta entre capas de aire,

va de crisis en crisis hacia los espumosos torrentes de crines y desazones mientras allá arriba

 

los hielos rotos en la cabeza del país

repican del cielo los gloriosos reflejos. Montañas lisas y musculosas en las que se encabritan las voces,

 

montañas cubiertas con floras de infinito

como las del cólquico, montañas repeinadas, laceradas y con recias grietas;

 

el cordón de las laderas en pendiente

abrocha el corsé de valle mientras los clamores martillean las sentinas del ser y

 

sembrado de pedrerías el lagarto arenoso

arrastra la huella de su paso, desbroza el hielo atestado de crustáceos fósiles que

 

recorridos desde hace ya muchos años

por las guadañas van desprendiéndose arrastrados por las aguas torrenciales.

 

Así también tus risas

se han marchitado sin vida y después nada; cuando en realidad lo fueron todo.

                                                           Johann R. Bach

20 jun. 2014

Asi la luz por la cabizbaja persiana veneciana atraviesa el tenue espacio...

LA LUZ DEL EROTISMO

         

Un encorvado y decorado cristal

entre luz y luz se expone, ¿entre el brillo de nuestro interior y el brillo de qué misterioso sol exterior?

 

Inmenso sobre la tierra y el cielo,

o enfocado ardientemente sobre lo más sensible, nuestros espíritus arrojan por todas partes sus reflejos.

 

Por todas partes las formas.

¿Serán de belleza, serán los desnudos esqueletos de la duda?

 

Así la luz

por la cabizbaja persiana veneciana atraviesa el tenue espacio intermedio con líneas paralelas de polvo luminoso para dorar una cama matrimonial

 

donde la mente de El Bosco concibiera

esas felices manos, ese cabello suelto y medio seno desnudo e iluminado e,

 

inminentemente encima de ellos,

un rostro rojo clavado en la imbécil sinceridad de la lujuria.

 

                                                                          Johann R. Bach

La locura es la música de mi silencio, mi cuerpo abrazando el suelo como si fuera tu cuerpo

ENTRE CENTINELAS DEL DESIERTO

 

Pedí permiso a mis secuestradores

para enviar a mi prima un poema como muestra de que estaba viva y que mi esperanza en volver a ver mi mar también lo estaba.

 

Al escribirlo puse –creo-

la primera piedra en esa torre con la que los poetas del mundo libre tratan de alcanzar

 

altura suficiente para tocar el cielo.

 

Pensé en cómo expresar lo que sentía

para que tú supieras que el poema era auténtico que no era una treta de mis captores (en caso de que ellos cumplieran sus promesas).

 

Debía decirte cómo había grabado

en mi mente alguna escena vivida y que sólo tú podrías reconocer la misma que me salvaba de 

 

esa misma locura

en la que me veía atrapada:

 

"Locura, mi amor,

es perder el sentido del tiempo

 

es una rosa

sin destino ni dueño, es la lluvia inundando el desierto,

 

es volar sin alas ni cielo.

 

Locura amado mío,

es contar hasta un millón con los dedos,

 

es soñar despierta

un sueño que forzosamente has de vivir pero no sabes cuándo el envés de la muerte…

 

Es idear un mundo sin miedo.

Es en fin, la locura, la reina perdida en su reino.

 

Locura puedo ser yo

riendo en mi encierro sometida a una dieta de adelgazamiento y aun retiro espiritual jamás esperado.

 

La locura es –ahora estoy convencida-

la música de mi silencio, mi cuerpo abrazando el suelo como si fuera tu cuerpo

 

con mi corazón roto

latiendo mientras mi lengua hurga entre tus labios.

 

                                                        Johann R. Bach

19 jun. 2014

Así fue como vecina a vecina aprendí cómo debía comportarme con las mujeres...

                    OLGA Y LEOCADIA

 

                                                                                          "Leocadia" de Goya

 

 

A los pocos días una hermana de Gracia,

aprovechando la visita, en cierta medida habitual, subió a casa a pedirme si le podía dar clases de matemáticas a su hija que había suspendido esa asignatura del primero de bachillerato. Acogí la petición con alegría. Le dije que iría tres veces por semana.

 

Leocadia vivía en la calle Bertrán

y el trayecto se hacía un poco largo pues debía llegar con el tren a la Av. Tibidabo, después de hacer transbordo en la estación de la Plaça de Catalunya pero de todas formas de ocho a nueve de la noche no tenía ningún tipo de actividad.

 

Me hizo muy feliz saber

que alguien me recomendaba como profesor de clases particulares. Notaba que crecía cada día más en mí aquella cosa rara que con los años me acostumbré a llamar personalidad. En realidad las matemáticas siempre se me dieron muy bien aunque nunca fui un genio de los números. Así que me sentía a gusto al ayudar a Olga, una niña encantadora y aplicada que entendía perfectamente todo lo que le explicaba y su conversación tenía la madurez de una aprendiza de mujer. Por otro lado, se me hacía difícil entender cómo una niña tan espabilada había suspendido en su primer año de instituto las matemáticas.

 

Olga era una niña morena

de grandes ojos y frente despejada. La sonrisa siempre ondeaba en sus gruesos labios semejante a la escrófula de las niñas africanas y al parecer ya le atraían con fuerza los chicos. Su madre, se las arregló para que una vecinita suya tomara las mismas clases de matemáticas para evitar que estuviera a solas conmigo.

 

La compañera de Olga era alta,

esbelta, de pelo rubio y largo como el de una hada. Su piel era blanca como la tiza y sus labios, todo lo contrario de Olga: finos como los de una cobra. Olga estaba enamorada de ella y en alguna ocasión me dijo que le hubiera gustado ser como ella. Como es natural le respondí que a los chicos lesgustaba más los labios gruesos. Por otro lado Olga ya notaba ciertas diferencias en los caracteres. Su amiga era superficial y ella no. 

 

Un viernes acudí como de costumbre a la cita,

pero se habían marchado todos a pasar el fin de semana a Caldetes excepto Leocadia que se quedó en casa porque en el piso de abajo vivía su suegra una mujer ya muy mayor que no podía quedarse sola. Se trataba de una mujer que ya empezaba a tener problemas de movilidad.

 

Me dijo que no habría clase de matemáticas,

pero me pidió que me quedara para ayudar a mover a su suegra y que me pagaría igual que si hubiera dado la clase a Olga.

 

Acepté y la acompañé al piso de abajo

donde la anciana esperaba la cena. Mientras charlábamos en la cocina la ayudé a preparar la mesa camilla y después que la suegra de Leocadia cenase la ayudé a desnudarla, ponerle un camisón y meterla en la cama.

Nos sentamos en el sofá a la espera de que aquella vieja dama se durmiera.

 

Leocadia me contó

que había dejado de ir a la Universidad porque no se vio con fuerzas para seguir estudiando una carrera larga –Ciencias físicas- y se casó sin haber acabado el tercer curso. Me preguntó por mi vocación religiosa y si no me atraían las chicas. En mi cabeza algo me dijo: "sé prudente" "esta mujer quiere saber si me interesa más de lo normal su hija Olga".

 

Le conté que le había cogido la mano

a alguna chica en el cine, pero no había sentido nada. Se rió. Se sentía segura de sí misma ante mi timidez y me preguntó si no había hecho alguna otra cosa con otras chicas. Sí –le dije- con una prima mía cuando tenía ocho años: me pidió que le pusiera la mano entre las piernas, pero no vi nada extraño en ello.

 

Me hablaba de la vejez

y se lamentaba de la situación senil de su suegra y se preguntaba por qué Dios consentía el sufrimiento. Yo haciendo un esfuerzo por buscar una respuesta a esa pregunta le dije que el Ángel Caído enaltecía los cielos; sin sufrimiento parece ser que no podríamos ver la belleza ni valorar el placer.

 

La lectura de "Diario de un cura rural"

de Georges Bernanos –le añadí- me ha influenciado muchísimo para elegir mi camino hacia el sacerdocio. Sobre todo una anécdota en la que se cuenta que un día el obispo fue de visita a ver las obras de reparación de la catedral.

 

En esa visita

el obispo iba preguntando aquí y allá a los diferentes obreros en qué consistían sus tareas. Uno decía que llevaba la carretilla, otro cortaba piedras, casi todos cumplían con alguna tarea específica. En su deambular por las obras observó a un obrero que iba de un lado a otro haciendo anotaciones en un bloc. Se dirigió hacia él y le preguntó como a todos qué hacía. El hombre con cara de asombro le dijo: creía que Su Señoría estaba al corriente de que estamos rehabilitando la catedral. Aquel obrero era el único que tenía conciencia de lo que hacía. 

 

Leocadia mirándome a la boca,

me acarició la cara y paseó su dedo pulgar sobre mis labios. Me preguntó si me masturbaba a menudo. Todas las mujeres me preguntaban lo mismo al saber mi vocación religiosa. Le respondí lo mismo que a las demás: ¿qué era eso?. Me tomó la cabeza con ambas manos, me obligó a cerrar los ojos y me besó en la boca. Su beso fue prolongado, con una débil caricia de su lengua.

 

Mientras me besaba

me abrió la bragueta y empezó a acariciarme la punta del pene, que creció casi súbitamente. Vamos arriba –me dijo invitándome a seguir en su casa- que te enseñare como se hace.

 

Leocadia era, aunque doce años más joven,

una viva fotocopia de su hermana Gracia: los músculos de sus brazos parecían cuerdas y en sus hundidas sienes destacaban un par de pequeñas verrugas. Sobre el labio superior otra verruga mayor indicaba sus inclinaciones por el mundo de los desposeídos como Gracia.

 

Sentados en la cocina

dispuso dos grandes vasos de vino tinto. El suyo se lo tragó materialmente de un solo golpe, el mío iba disminuyendo a pequeños sorbos. Antes de que yo consumiera la mitad de mi vaso, ella se bebió tres grandes vasos liquidando con ello completamente la botella de vino.  

 

Empezó a sonreír

me desabrochó el cinturón, introdujo su mano acariciándome los genitales por encima del eslip. Sus ojos brillaban como dos zafiros y su labios parecían hincharse; luego cogiéndome de la mano me arrastró hasta su dormitorio. Pasivamente me dejé desnudar como requería mi posición de principiante. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me pidió el coito anal y ante mi mirada inquisitiva me dijo escuetamente que su marido nunca lo había hecho. Fue como si la víctima se entregara al sacerdote para ser inmolada.

 

Durante la semana siguiente

todo parecía estar en orden: yo seguí dando clases de matemáticas a Olga y su amiga

 

Dos semanas más tarde

tuve ocasión de hablar con Gracia y le pregunté qué opinaba sobre las mujeres que deseaban el coito anal. Me contestó como el que hace una disertación filosófica que había un tipo de mujer que deseaba el coito anal como forma de espiar una culpa o como pago por rescatar su falta de libido. Normalmente son mujeres que sólo se excitan sexualmente cuando beben vino. Yo –me dijo sonriendo- también soy de esas.

 

¿Tienes vino tinto en casa?

¿O voy a comprarlo? Ya veo –dijo Gracia riéndose- que vas aprendiendo con rapidez a manejar el pan y el vino de la eucaristía y ¿sabes? lo haces todo muy bien.

 

En aquellas clases particulares

Olga se sentaba a mi derecha y su amiga a mi izquierda; así las dos podían ver cómo operaba con los números quebrados y cómo dibujar en un diagrama de Venn el máximo común divisor y el mínimo común múltiplo. Yo tardé años en comprender lo obvio: había personas que no tragaban las matemáticas, pero lo extraordinario fue descubrir que esa "enfermedad" se podía curar. Desgraciadamente para Olga el descubrimiento llegó tarde: Eligió el camino del matrimonio.

 

Las clases las dábamos en una habitación interior

y en una ocasión en que, por una avería, nos quedamos a oscuras Olga me abrazó y me besó en los labios como uno de aquellos besos que yo robaba a las chicas al menor descuido. Así me convencí de que Olga podría ser feliz al lado de un hombre que buscara amor.

 

Cuando me despedí de Olga y Leocadia

les dije que cuando necesitaran clases de latín contaran conmigo.

 

Así fue cómo vecina a vecina

aprendí cómo debía comportarme con las mujeres que entre sus preferencias se hallan los sacerdotes (en acto o en potencia): un poco callado, atento, educado y una sobredosis de ingenuidad en la expresión.

 

                                                                Johann R. Bach

 

18 jun. 2014

Borracho de pena a cavilar me siento: mirando como el sol ennegrece la piel de las nubes

CUANDO YA NI GUSTAS DEVORAR PAISAJES

 

Descontrolada,

la ambición de poseer roe nuestros tejidos, deteniéndose a lamer chuletas de cabrito en importantes restaurantes y devorar paisajes como postres.

 

Esos descubridores de cumbres volcánicas

y mediterráneos, quienes más se deleitan en vagar entre los castillos de los más íntimos parajes del valle del Loira o del Lago Thun,

 

que no hay,

gracias al Cielo, ningún sitio como el hogar; así que una y otra vez de viaje salen.

 

La belleza proporciona a algunos la evasión,

quienes una felicidad ganan en observar las espléndidas nalgas de las mujeres en la playa o los atardeceres otoñales tan deliciosamente moribundos.

 

Otros a mejores mundos que éste

montan en alas tan frágiles y neblinosas como el absolutamente transitorio beso de la pasión…

 

Mas yo, excesivamente racional

(nunca en mi juventud) para vivir sólo donde corporalmente estoy, sólo puedo ofrecer

 

mi mejor sonrisa;

 

sólo puedo sorber mi soledad

trago a trago. Borracho de pena a cavilar me siento; mirando como el sol ennegrece la piel de las nubes.

 

¡Pues rebosa mi barreño

de melancólicos licores!


                                                Johann R. Bach

Otra vecina del pueblo dio a luz a otras dos gemelas

Amelia:La libido encerrada y acosada

 

Un lunes de aquellos tan calurosos

de principios de julio estaba nadando cerca de la boya anaranjada, cuando observé tres figuras que se aposentaban junto a mi toalla. Me acerqué a ellas tumbándome al sol. Las saludé obteniendo tres sonrisas.

 

Estuvimos charlando sobre ellas,

sobre sus proyectos. Era interesante saber qué pensaban hacer en el futuro. Trabajaban en una reputada peluquería de la calle Balmes rotulada "Carita". Libraban los lunes y esa era la razón de haber ido a la playa juntas.

 

María soñaba con casarse con un médico;

Teresa no sabía qué haría en la vida, pero fuera el que fuera, su futuro estaba fuera de la peluquería; y, Antonia estudiaba francés porque deseaba ir a trabajar a Suiza.

 

Al despedirnos quedamos en ir al cine

aquella misma tarde. Llamé a dos compañeros del instituto. Julio y Pepe aceptaron conocer a las chicas. Entramos en el cine y naturalmente pagamos nosotros las entradas.

 

En la oscuridad

todo parecía estar escrito desde hacía muchos años: el protocolo de las manos, el juego de los "besuqueos franceses" -con lengua- no despertó ni en ellas ni en nosotros ninguna pasión. Todo fue como haber formado parte del guión de una mala película.

 

El contarles mis inclinaciones al sacerdocio

no les inmutó en absoluto y aquello me dio qué pensar: o bien al ser chicas ya de ciudad aquello carecía de importancia o bien que no escuchaban lo que les decía.

 

Fuera como fuera,

creo que desconocían el poder del sacerdote en las comunidades rurales a diferencia del cura rural de Georges Bernanos. En España nunca hubo una secularización de la sociedad como la que aconteció en Francia con sus sucesivas revoluciones.

 

En la estación de Urquinaona,

mientras esperaba el metro de vuelta a casa, coincidí con la vecina Amelia. Simulé que no la había visto, pero sorprendentemente vino hacia mí y me saludó con una naturalidad inesperada.

 

El vagón que paró frente a nosotros

iba lleno a rebosar. A pesar de ello, nos apretujamos como pudimos y las puertas se cerraron detrás de mí. En esas situaciones las mujeres ponían los brazos cruzados para proteger su pecho, pero en esta ocasión Amelia no lo hizo.

 

Con su pecho contra el mío

noté como una mano se movía suavemente sobre mis genitales. No podía creerlo: ¿era la misma Amelia del bofetón? No tardé en situarme un poco de lado para facilitarle la maniobra y por otro lado le puse toda mi mano abierta sobre uno de sus glúteos.

 

Al hacer el transbordo en Sagrera

no pudimos seguir con nuestras caricias porque el vagón iba prácticamente vacío, pero ella me sonreía y yo, rojo como un tomate, con el bajo vientre encendido como no lo había logrado entre las butacas del cine, empecé a pensar que el invento de mi inclinación al sacerdocio estaba dando sus frutos.

 

Durante el trayecto le miré la cara detenidamente

mientras me acariciaba y sus labios me parecieron otros labios y sus ojos brillaban regalándome su total atención. Esa libido encerrada durante tanto tiempo en los quehaceres domésticos y oculta a toda la vecindad estaba explotando a causa de mi proceder y aquello me llenaba de gozo.

 

Llegando ya a casa le pregunté a Amelia

si conocía mi deseo de entrar en el seminario para ordenarme sacerdote algún día. Contestó afirmativamente. Dentro de mi pecho la alegría parecía desbordarse. Me olvidé por completo de las chicas de la peluquería.

 

Después de aquel apretujón en el metro,

las hijas de Amelia me parecieron tan ingenuas y simples que se me hacía imposible mantener con ellas una conversación. No despertaban en mí el menor deseo.

 

Lo mismo pasaba con dos hermanas

que vivían en el principal Maite y Montse. Montse era algo gruesa y estaba acomplejada por no ser bonita. Su hermana Maite, por el contrario, creía que era bella simplemente por ser alta y llevar el pelo largo y teñido de rubio oro.

 

Realmente Maite no era más que un saquito

orgulloso y chismoso. Recuerdo que en cierta ocasión su amiga Juana le contó que yo le había robado un beso. No se le ocurrió otra cosa que venir a preguntarme si era cierto. Podía haberlo negado, pero no lo hice.

 

Por el contrario,

le dije que si tuviera otra oportunidad lo volvería a repetir porque Juana era una chica maravillosa y que con seguridad el chico que ella eligiera sería muy dichoso.

 

No sé en qué términos

le transmitió a Juana mi opinión sobre ella, pero lo cierto es que después de meses de no dirigirme la palabra intentó varias veces reconciliarse conmigo a través de su hermano Germán que era un buen amigo aunque acabamos distanciándonos porque se colocó como cámara de TVE y viajaba muchísimo.

 

Con Juana me pasaba lo mismo

que con Maite y su hermana Montse con las que no sabía de qué hablar y el deseo hacía ellas era nulo. El vuelco o requiebro sexual sólo lo veía en las mujeres maduras como el gesto del niño al tirar de su cometa o en el de la mujer que compra tela para adornar su cuerpo o sus sábanas.

 

Esa complicación de adornarse

ocupa un tiempo, lo fabrica y lo dilata, nos multiplica, nos hace más extensos, nos relaciona y nos introduce en un mundo lleno de imágenes que nos envuelve y hace que tomemos interés por las cosas.

 

Y en eso las mujeres maduras son expertas,

nos hacen ver lo que urde la vida de las personas. Además lo hacen habiendo dejado su orgullo como el asceta que toca la flauta sobre la tierra endurecida de la orilla de un rio.

 

A mediados de julio

el marido de Amelia cogió a las niñas y las acompañó a un pueblecito de Valladolid para que pasaran las vacaciones con la abuela y se ausentó tres días. Así que Amelia me dio una oportunidad de oro para estar a solas con ella.

 

Me las arreglé para justificar

que estaría todo el día fuera de casa porque iríamos de excursión al Matagalls. Así que a las seis de la mañana salí de casa cuando aún todos dormían.

 

Al primer timbrazo Amelia abrió la puerta,

Inmediatamente, como si me hubiera estado esperando detrás de ella. Me llevó directamente a la cocina y tomamos un café con leche y unas galletas marías.

 

Luego me llevó al dormitorio

y ya con mis manos sobre su pecho me dijo que íbamos a hacer lo que no hacía con su marido. Se refería –entendí- a la felación y al cunilinguis. A las ocho de la mañana yo me dormí exhausto en sus brazos. A las doce del mediodía me despertó con un almuerzo compuesto de unas tostadas mantequilla, mermelada y unas rodajas de naranja bañadas en vino.

 

Mientras almorzábamos me contó el siguiente relato:

 

"Te voy a explicar por qué nos trasladamos a vivir a Barcelona. Nadie sabe exactamente qué ocurrió, y, te lo voy a explicar a ti bajo juramento de que no explicarás a nadie. Te lo cuento como si ya fueras un sacerdote, como si me confesara. Piensa que no lo sabe ni mi marido".

 

"En todos los pueblos –continuó Amelia su relato-

hay un tonto o un medio tonto del que todo el mundo se mofa porque no tienen otra cosa que hacer. Nuestro pueblo no era una excepción. Un chico llamado Daniel habiendo llegado a los veintiocho años continuaba soltero y ya sabes cómo hablan en los pueblos de las solteras y de los solteros".

 

"Daniel era tímido en exceso

y por ello parecía más tonto de lo que en realidad era. Todos lo trataban como "una cosa" y era la referencia de lo tonto, de lo torpe, de lo inútil. Algunas personas, no obstante lo tratábamos con cordialidad y él no correspondía ayudando en todo aquello que se le pedía".

 

"La conversación con él era trivial,

pero nunca estúpida. Si se hablaba del tiempo o de la caza o de las cosechas Daniel no se quedaba mudo y opinaba sobre cualquier tema de la misma forma "lógica" de los demás del pueblo".

 

"Rehuía siempre a las personas jóvenes

y a los hombres adultos porque les tenía miedo. Con las mujeres era algo más abierto. Su estatura era más bien escasa aunque era de brazos robustos y su cabeza era algo grande en relación al resto de su cuerpo".

 

"Tenía unas gruesas cejas

que disimulaban, en parte, sus grandes ojos asustadizos. La boca algo berza guardaba en su interior una lengua larga y roja que llamaba la atención porque de vez en cuando la sacaba como lanzándola hacia afuera como un sapo".

 

"Sus fuertes piernas lo facultaban para la carrera

y cuando iba de un lugar a otro sus desplazamientos se hacían a la velocidad del rayo. Vivía con su madre y los domingos asistía con ella a misa y se arreglaba un poco en el vestir".

 

"Era algo inquieto y ayudaba

a todos haciendo recados sencillos que él creía que no entrañaban responsabilidad. Conocía palmo a palmo todos aquellos campos y bosques de los alrededores del pueblo".

 

"En cierta ocasión

le dije que me acompañara a ver a mi suegra que vivía en una casa un poco alejada del pueblo. Le llevaba en una carretilla algunas cosas que mi marido le había comprado. Él, entusiasmado cogió la carretilla y comenzó a andar".

 

"Anochecía ya

cuando a mitad de camino, se detuvo un momento para ir a orinar y se adentró un poco entre los pinos. Algo me debió pasar por la cabeza que me hizo ir tras él y mirar descaradamente como orinaba. Él pareció complacido como si aquella escena le fuera conocida. Al ver aquel enorme troncho con la punta lila como una berenjena me excitó tanto que no pude contenerme: me arrodillé ante él y al introducir aquello en mi boca sentí un fuerte rayo que me recorrió la espalda como nunca lo había experimentado".

 

"Sin salir de mi asombro

le pedí que me pasara su lengua por en medio de mis piernas y lo hizo con tanta habilidad que no me quedó la menor duda de que practicaba con algunas otras mujeres del pueblo. Me dije para mis adentros que no era tan tonto como creíamos todos".

 

Llegados a este punto interrumpí el relato.

Mi excitación era tal que reanudamos las caricias amorosas haciéndome eyacular otra vez, pero Amelia se quedó esperando con la boca a punto porque esta vez no saqué ni una sola gota. Por lo visto mis jóvenes testículos no podían producir tan rápidamente el elixir de la vida.

 

Ya en reposo Amelia reanudó su relato.

 

"Después de aquel día me dediqué a seguir los pasos de Daniel y observar cuando estaba demasiado tiempo con alguna vecina. Así llegué a detectar que éramos cuatro incluyéndome a mí las que requeríamos de sus servicios".

 

"La cosa no tendría más interés

que lo que ya te he explicado –continuó Amelia-, pero creo que debes conocer el resto. Para evitar dejar embarazadas a las mujeres Daniel nos agarraba por detrás y nos introducía, con una lentitud pasmosa, su enorme verga por el ano produciéndonos un placer desconocido por el resto de mujeres con maridos "normales".

 

Era tanto el placer que me procuraba

aquel experto y sencillo pobre diablo que  me volvía loca y durante todo el día no pensaba en otra cosa. Un día no pudiendo contenerme hice que me introdujera su pene en mi vagina con tan mala fortuna que quedé embarazada de las dos gemelas que salieron más blancas de lo esperado y con los ojos azules del padre.

 

Eso no fue lo peor.

En efecto, otra vecina del pueblo dio a luz, dos meses más tarde, a otras dos preciosas niñas también gemelas con los ojos azules. Me las arreglé para convencer a mi marido para trasladarnos a Barcelona. Hablé con mi hermano que estaba empleado también en el Ayuntamiento y logró que el alcalde consiguiera hacer una permuta con una plaza de jardinero del Ayuntamiento de Barcelona.

 

"El resto ya lo sabes.

Ahora sólo me queda enseñarte cómo aquel maestro del amor me lo hacía por detrás. Quién le enseño a él siempre fue un misterio".

 

Creí que no sería posible ese género de cosas.

Me costó un poco la primera vez, pero pronto descubrí que era menos fatigante para mí y más placentero para un tipo determinado de mujeres.


                                                           Johann R. Bach