9 may. 2014

El sentido es el único fuego invisible que nos consume desde el origen de la primera cifra.

UNA BOCA CERRADA ENTRE DOS NOTICIAS

 

Ya sabes mi amor

que me incomoda la mirada de unos ojos que buscan, la enferma maquinación del que me pregunta por qué escribo.

 

Unos lo hacen

por el puro placer de la conversación, otros, maliciosamente, con ánimo de minusvalorar mi actividad y de paso realzar la suya;

 

muchos otros

buscan secretamente saber si de mis escritos obtengo suficientes ingresos como para ser una persona interesante …

 

Realmente, me siento mejor

cuando no tengo que justificar la deleitosa hora de la que salen de mi mente esas sílabas que aparentemente son un caos.

 

Sin embargo,

algunas respuestas -a esa pregunta- he hallado para mí mismo. Quiero decir que

 

mientras escribo, vivo,

olvidando que he de morir, recordando tu dulce mirar y aquella piel que se estremecía con la proximidad de mi aliento, que

 

tú fuiste el sosiego –que aún perdura-,

la musa que toma su momento conforme éste se desliza hacia el momento de despedida y

 

aunque hayas sido también

la boca cerrada entre dos noticias contrarias -sobre mis verdaderos sentimientos- que se atenazaba como el mundo entre sus mandíbulas mientras

 

el ruido seco se rompía

contra el cristal seguías siendo

mi claro de luna.

 

Así he de confesar

que pese al cieno urbano de nuestros sentimientos –por fuera blancos- qué más da el asco si nuestra fuerza es más ininflamable que la muerte y su ardor no nos destruirá ni colores ni amores.

 

El sentido es el único fuego invisible

que nos consume desde el origen de la primera cifra. Ese el sentido que se escapa de mis dedos cuando escribo.

 

                                                                Johann R. Bach

 

8 may. 2014

Los sueños que persistían ... eran aquellos en los que imágenes paradisíacas se entremezclaban con alegorías religiosas

EL PARAÍSO Y EL ÁRBOL DE LA VIDA

 

Desde que seguí aquel tratamiento

para crecer tuve varias "crisis" en mi pensamiento. Algunas veces dudé de si mi cabeza era la misma de siempre. Durante esos episodios en que yo, desdoblándome a cada momento, tenía sueños continuamente sobre accidentes, entierros, serpientes, mangueras que chorreaban aceite o cerveza en lugar de agua, lagos infectos de aguas negras cloacales…

 

Pero los sueños que persistían durante muchos días, incluso semanas, eran aquellos en los que imágenes paradisíacas se entremezclaban con alegorías religiosas. Hasta pensé que no era nada descabellado el tomar los hábitos de alguna orden religiosa.

 

Recuerdo que en una noche

de un agosto sin luna Clara y yo, tumbadas boca arriba sobre una alfombra de hierba corta y matas de romero por todas partes, mirábamos el cielo completamente estrellado. No había una sola nube que perturbara nuestra visión, el aire estaba en calma y la sinfonía de los grillos acompañaba la cadencia de nuestra respiración.

 

Debió ser a causa del descenso de mi presión

que de golpe fue apareciendo ante mí un árbol, un enorme Árbol de la Vida y en lo más alto de su copa, como en una alegoría del Paraíso se posó algo o alguien como si se hubiese transformado en cormorán (un cuervo marino).

 

Poco conocía yo entonces

el verdadero valor de los bienes que se me aparecían en aquella visión aunque sí sospechaba ya que las mejores cosas se pervierten por los abusos que de ellas se hacen y por su vil aplicación.

 

Ensimismada en aquellos pensamientos,

me sentí como si me hubiera refugiado debajo de aquel sagrado Árbol de la Vida. Debajo de él, maravillada, contemplaba nuevamente las delicias expuestas a los sentidos humanos, los tesoros de la Naturaleza entera en breve espacio comprendidos;

 

Aún más, el Cielo con sus millones de ojos

veía sobre la Tierra que ese jardín era el gozoso Paraíso de Dios, por él plantado al Este del Edén. Desde las Islas Cíes el Este extendía sus confines hacia Oriente como buscando la península del Cap de Creus poblada desde antiguo por reyes griegos, o hasta Tortosa en donde, mucho tiempo antes, moraron los artesanos del estaño del Edén.

 

En aquel suelo placentero

–donde Clara y yo estábamos tumbadas-, Dios había puesto para nosotras su aún más placentero jardín, y de su fértil terreno hizo brotar todos los árboles de la más noble especie de castaño de Galicia por su aspecto y propiedades nutricionales hasta los más olorosos naranjos y los más vigorosos olivos de Cadaqués.

 

En medio de ellos descollaba

aquel Árbol de la Vida de una eminente altura, rebosando fruto ambrosíaco de oro vegetal y que los niños de Cadaqués lo denominaban "dimoni"; y junto al de la vida, destacaba el Árbol de la Ciencia usado en casi todos los cementerios.

 

En la zona del Sur del Edén

un gran rio transcurría que sin cambiar de curso por debajo de las suaves y afelpadas colinas, porque Dios había puesto aquellos llanos como los más fértiles del jardín, erguido sobre una lenta corriente, que las venas de la porosa tierra hacia arriba absorbían lentamente y de la que manaban frescas fuentes que regaban el jardín con arroyuelos acequias naturales.

 

Éstos después se unían

y surcando el claro escarpado se encontraban con el caudal aguas abajo, que al salir de su trayecto oscuro, después de haber saciado la sed de los habitantes de Tortosa, se partía en cuatro importantísimas corrientes que fluían separadamente y que vagaban  por todo el imperio del Delta (del Ebro).

 

Sí debo decir,

antes de acabar la descripción de aquella visión, cómo, si es que el arte de escribir puede, salían de aquellas fuentes de zafiro, los riachuelos encrespados que corrían sobre la perlas de oriente y turquesa arena, y en meandros errantes bajo umbrías enramadas, derramaban néctar, bañando cada planta, y nutriendo las flores dignas de aquel Paraíso

 

que ningún arte jardinero

había puesto en bellos lechos ni en curiosos cuadros, sino que el don de la Naturaleza se vertió en abundancia sobre el valle, colinas y llanos, tanto donde el sol mañanero caldea el campo abierto como donde la sombra impenetrable oscurece las frondas meridianas.

 

No se borró de mi retina,

durante meses, aquella visión que me invitaba a poner patas arriba todas las ideas materialistas que recorrían en aquellos años todo el mundo universitario.


                                                                      Johann R. Bach

 

5 may. 2014

Encontraba aburridos a todos aquellos muchachos que se esforzaban por ser originales...

MIS PENSAMIENTOS ÍNTIMOS

(de la Novela "El Origen de un Claro de Luna")

 

Clara y yo nos habíamos hecho muy amigas.

Recuerdo que nos esperábamos todos los días por la mañana para ir juntas al Instituto. Siempre a la misma hora –las ocho- y en el mismo punto de encuentro de la Calle de La Bisbal esquina Varsovia frente a la tocinería de los padres de Isidro.

 

No sé por qué

tenía la impresión de que Isidro y yo éramos parecidos. Tuve poco trato con él porque a los doce años decidió quedarse como aprendiz en la tienda de sus padres. Ambos éramos pelirrojos y más bien rellenitos; de carácter tímido, se nos subía fácilmente la sangre a las mejillas cuando se dirigían directamente a nosotros.

 

Clara tenía dos años más que yo

y sus confidencias me abrían las puerta de un mundo nuevo: el de las chicas de quinto curso. Algunas de sus compañeras ya habían tenido sus primeros escarceos amorosos. Un día me contó que tuvo un pequeño "afaire" con Isidro.

 

Fue durante el verano

en la caseta de baño de la piscina. Isidro se desnudó ante ella y rojo como un tomate no sabía qué hacer. Le acarició profusamente su pene, pero no obtuvo de él ni siquiera una erección. "Era como si no tuviera testículos… Ni siquiera intentó besarme" –se quejaba Clara mientras me lo explicaba.

 

Así fue cómo el único chico

al que yo tenía "acceso" desapareció de mi mundo. Naturalmente por el barrio corrían toda clase de chismes que llegaban a mis oídos porque los mayores creían que yo no me enteraba de nada debido a mi mundo infantil, aunque yo entendía ya lo que oía y… callaba.

 

Recuerdo que Marina,

una vecina del Pasaje dels Garrofers, pese a ser alta delgada y sofisticada en el vestir y en sus peinados, no lograba tener una relación que la condujera al matrimonio; puso un anuncio en La Vanguardia en el que decía que "buscaba hombre serio con fines matrimoniales".

 

Así conoció a Barroso,

hombre alto y corpulento que confundía su lentitud con la elegancia y su parco lenguaje con el carácter reflexivo de muchas personas de la época. Tenía la cabeza desproporcionadamente grande y su ancha frente estaba llena de arrugas horizontales, sus cejas muy pobladas y negras como su cabello lleno de brillantina.

 

Cierto día, pasados los años,

se discutió públicamente con un vecino en una cena en el Mas Guinardó y éste en su enfado echó mano a la cartera y sacó un recorte de periódico en el que constaba el anuncio que puso Marina para casarse. Desde entonces fue el hazmerreir del Barrio.

 

Los estudios se me daban bien

y debido a mi carácter hipofóbico se grababa todo perfectamente en mi memoria. Me encontraba bien en compañía de Clara y buscaba su presencia a todas horas. Ella parecía encontrarse a gusto conmigo pues le gustaba hablar y a mí escuchar.

 

De vez en cuando

me decía que me quería y me besaba. Era un amor, casi puro, en el que parecía que ninguna de las dos exigía nada de la otra. En cierta ocasión me quiso explicar lo que era el orgasmo y con motivo de ello me estuvo acariciando el clítoris en una butaca del cine Montserrat sin resultado alguno aunque sus besos me gustaron mucho. "Aún eres muy joven -me dijo- más adelante te gustará".

 

Con catorce años aún no menstruaba,

mientras que todas las chicas de mi curso ya sabían lo que era eso. A mí no me importaba, pero Clara insistía en que eso no era normal y preparó una entrevista con un primo suyo que era médico.

Fue de esa manera

que me vi desnuda por primera vez con un hombre, Abel –el primo de Clara- y cohibida totalmente. Durante la entrevista me hizo un montón de preguntas acerca de mi sexualidad. Mi total ausencia de emociones sexuales le excitó hasta el punto de preguntarme si quería ver a un hombre desnudo.

 

Yo asentí con la cabeza

simplemente por no oponerme como era normal dado mi carácter maleable. Se desnudó ante mí y me pidió que le tocara los genitales. Yo me negué. Su excitación aumentó hasta el punto de masturbarse, me tomó la mano y me obligó a tocarle el pene. Yo estaba simplemente asustada. Cuando eyaculó en mi mano no fue precisamente una cosa agradable.

 

Se lo expliqué todo a Clara.

Me abrazó y me besó diciéndome: "¡Vaya burro de primo tengo!". El incidente no me pareció especialmente grave, pero sí que me asombró a mí misma la poca excitación que me produjo ver a un hombre desnudo. Por otra parte tuve la impresión de que Abel, hombre casado, tenía más problemas sin resolver que yo.

 

Aquel verano todo fueron fiestas.

Clara me llevaba a bailar con los amigos a sus casas particulares donde los discos no paraban de llenar el aire lleno de humo que me hacía toser y los refrescos se mezclaban con algo de ginebra o ron.

 

Al bailar se apretujaban

los chicos y chicas como jugando a ser mayores. A mí no es que me desagradara colgarme del cuello de algún chico, pero no es que me chiflara precisamente. Prefería la conversación.

 

Encontraba aburridos

a todos aquellos muchachos que se esforzaban por ser originales aunque yo misma ponía voluntad para escuchar sus historias. De ellos sólo los temas estudiantiles –sobre todo de matemáticas- me interesaban, pues eran mayores que yo y con gusto escuchaba sus conocimientos.

 

El mes de septiembre

lo pasamos Clara y yo en Canet de Mar. Nos instalamos en una habitación en una casa de la su tía. No estábamos lejos del mar, pero nos alejábamos del bullicio caminando por la playa en dirección sur. La arena estaba caliente y la sentía como un alivio en mi barriga al tumbarme boca abajo directamente, sin toalla siquiera.

 

Carmen era según Clara,

una "cuarentona simpática" que no paraba de hablar y de quejarse de los hombres repitiendo constantemente que se quedaría soltera para siempre. Yo la encontraba guapísima. Lleva una cinta roja recogiéndole el pelo y mostrando una frente limpia de arrugas y su busto era como el de una diosa.

 

Recuerdo que mientras yo me tostaba la espalda,

contaba como el último pretendiente se desnudó ante ella diciendo: "anda disfruta lo que quieras". A lo que ella respondió que si no tenía algo de más valor que eso ya se podía ir; le abrió la puerta y desapareció. Clara reía, yo sólo escuchaba. Ésa y muchas otras frustraciones las contaba como algo divertido. Tenía otra forma de ver la vida.

 

Por la noche cuchicheábamos Clara y yo

en la oscuridad de nuestra habitación todas aquellas historias de su tía como si quisiéramos memorizarlas con la intención de escribirlas algún día. Yo me sentía tranquila y hasta cierto punto feliz teniendo a Clara junto a mí en la cama contigua. De vez en cuando estiraba mi mano y ella la tomaba cariñosamente como si fuéramos hermanas.

 

Estando tumbadas al sol casi al mediodía

y a punto de marcharnos se sentaron en la arena, junto a nosotras, dos chicos que según ellos nos habían visto varias veces en la playa. Después de cruzar unas cuantas palabras nos invitaron a subir a bordo de dos patines de esos que hay que pedalear para deslizarse sobre el mar.

 

Nada más alejarnos de la playa Clara

y su compañero empezaron a besuquearse. El muchacho que me había tocado en suerte no se atrevía a hacer lo mismo. Yo no quería mostrarme diferente y sorprendentemente para mí misma empecé a besarle. No sentía nada y él temblaba como un flan. Dijo que era de frío. Nos dirigimos a la playa para tomar el sol otra vez en la arena. Aquel chico pareció enmudecer y yo que no era precisamente habladora callé y me concentré en sentir la suave caricia del sol sobre mis hombros.

 

Por la noche Clara y yo cruzamos nuestras sensaciones:

Clara no sintió, al igual que yo, nada especial con aquellos besuqueos, pero mientras a mí me dejaban indiferente a ella le divertía conquistar chicos como si fueran trofeos de caza.

 

Una tarde mientras Clara dormía la siesta

Carmen y yo charlábamos en la terraza y tocamos el tema aquel que empezaba preocuparme: Casi con quince años aún no tenía vello pubial y tampoco en mis axilas surgía nada especial; mis pechos parecían dos incipientes trompetas y nada perturbaba mi bajo vientre. Carmen me dijo que me hiciera una "prueba de cartílago".

 

Me hicieron esa prueba

después del día de la Virgen del Carmen. En efecto, algo en mi sistema endocrino no funcionaba. Pero estuve de suerte: aún tenía cartílago por desarrollar. Me pusieron en tratamiento y en tan sólo seis meses crecí un palmo, mi pubis empezó a poblarse de vello grueso, negro, enroscado y mis pechos comenzaron a desarrollarse acompañados de un dolor parecido al de mis rodillas pero que invitaba a la caricia. Por las mañanas aparecían unas manchitas de sangre en las braguitas que finalmente se convirtieron en una menstruación "normal".

 

                                                                   Johann R. Bach

... cuando tu voz que funde como sacra campana... yo, tenaz como una loca me froto...

Cuando te conocí

 

Cuando te conocí estaba resignada

a instalarme otra vez en la torre inclinada de la Melancolía. Las arañas del tedio, las más grises, en silencio y monótonamente tejían  finos e inmovilizadores hilos.

 

¡Qué distinta la húmeda torre

llena de tu presencia! Tú que en mí todo puedes me alzaste suavemente la sombra como un velo y con tu aliento me lograste rosas en la arena,

 

encendiste llamas

en el mármol de mi cuerpo sobre la cálida alfombra de aquella playa, hiciste todo un lago de cisnes.

 

Yo no sé si mis ojos o mis manos

encendieron la vida en tu rostro; yo hacía una divina labor, sobre la roca creciente del Orgullo.

 

De una vida lejana voló en la mañana

un pétalo vívido entre mil besos. Nubes humanas, rayos sobrehumanos,

todo tu Yo de atlante innato cayó sobre los escasos poros de mi delicada piel.

 

Ahora, todo es diferente:

amanece a mis ojos, en mis manos. Por eso, todo en llamas, yo desato cabellos y alma para tu retrato, -y me abro en flor...-

 

Entonces soberanos

de la sombra y la luz, tus ojos graves dicen grandezas apasionadas al oído

que yo sé y tú sabes…

 

Ahora te dejo desfallecer…

Cuando queda en mis manos una gran mancha lívida y sombría… Y renaces en mi melancolía formado de astros brillantes y lejanos.

 

Ahora, cuando tu voz

que funde como sacra campana en la nota celeste la vibración humana, y tiende su lazo de oro al borde de tus labios,

 

yo, tenaz como una loca

me froto contra el maravilloso nido de vértigo, tu boca. Como dos pétalos de rosa abrochando un abismo.         

              

                                                                 Johann R. Bach

 

4 may. 2014

Caminaste por calles colgadas de las acacias, devoraste soles...

NACER ENTRE LAS FLORES

 

Ya sé mi amor

que naciste con flores y gemidos de tu madre; con las primeras luces en los ojos de tu padre.

 

Luego todo fue brotando.

Juegos en el almacén del laboratorio, mezclada con los canarios de oro blando y los gorriones de media tarde.

 

Algún domingo, temprano,

tus ojos se sorprendieron al ver cómo sentadas alrededor de la Caldera, varias vecinas, cargadas de hijos, ayudaban a tu madre a elaborar el jabón:

 

Escaramujo para dulcificar la piel,

romero para aromatizar (elemento de potente efecto organoléptico), tomillo destinado a funciones antisépticas y caléndula como agente cicatrizante.

 

Años más tarde descubriste

que aquella pasta era más que una sencilla amalgama aromática para lavarse las manos.

 

¡No, no! Huesos y cuero de bueyes,

pezuñas, cuernos y pelambre, hervían hasta hacerse una gacha, en aquella caldera.

 

Cualquier cosa servía

para abastecer aquella enorme olla removida entre el elemento graso hasta conseguir aquello que aprendiste en la universidad: lo contrario de la esterificación.

 

Algunos años después

cada cual te explicó cómo era el mundo a su manera; ninguna filosofía te satisfizo:

 

nada podía explicar

los pájaros brillantes, el patio inflamado de nieve a la luz de la luna. Tú los veías al margen de lo que había en el tono de aquellas voces,

 

en los puños que no querían lunas,

ni nieves, ni piedras ardientes.

 

Caminaste por calles

colgadas de las acacias, devoraste soles en los duros que maduraban tu carne para el tiempo en tu vuelo se uniera al de los gorriones.

 

No te quejes mi amor

pues has vivido tal como has nacido: en medio de la ola de las caras y los besos sintiéndote abierta y convulsa, y, aunque con un corazón demasiado grande para este planeta,

 

viva a pesar de todo.

                                                          Johann R. Bach