11 oct. 2012

EUCLIDES Y EL SUEÑO DE LAS ABEJAS

EUCLIDES Y EL SUEÑO DE LAS ABEJAS

 

Se despertó sudando

con gran agitación; el nombre de Euclides y su estrecho espacio zumbaba sobre sus sienes; sacó de la mesita de noche su cuaderno de color miel en el que a forma de diario anotaba meticulosamente todo lo que le acontecía desde el momento mismo de despertarse.

 

(Aquel día escribió) "Todos los rayos

que los dioses lanzan los tengo en mi garganta. No creo que sólo deba esperar continuamente la visita de la desdicha; y, no quiero, pasivamente, sentir cómo acude a mi lecho, y en mi ya bastante amargo corazón, se acumulen ingentes penas mezclándose con afrentas dolorosas."

 

"Siento que la úvula

está inflamada como un bolo alimenticio a punto de ser engullido. Sé por experiencia que cuando eso ocurre el color granate invade las fauces y ese badajo cargado de agua puede ahogarme."

 

"Una sed insaciable me persigue.

En momentos como éste nada me satisface. Mi soledad pretende convencerme de que no me honran los dioses ni los hombres; y, que me hallo destinada a vivir en la odiosa tristeza, lo mismo que una fiera a quien los duros hierros y la cólera hieren"

 

Aún no había amanecido.

Se levantó, fue al baño, se miró en el espejo y no vio nada de particular excepto su piel pálida, transparente hasta el punto de que las venas de sus sienes fueran visibles y las bolsas llenas de líquido bajo sus ojos.

 

En su sueño volaba,

caía desde lo alto de un edificio cargado de viviendas como un panal, pero no llegaba al fondo porque asombrosamente su vuelo era suave aunque consistía en dibujar hexágonos continuamente.

 

Aquello le devolvía la alegría

a sus dorados hombros y hacía planes para pasar en vuelo rasante sobre los campos de girasoles de forma que el color amarillo pudiera coserse a su piel; y, el aroma del néctar de las flores pudiera ser recogido, como alimento de todo el año, en la cesta de mimbre colgada a su espalda. 

 

¡Oh noche!

 

¿Puedes explicarme –se preguntaba con angustia- por qué he tenido ese sueño?¿qué sentido tiene el moverme continuamente sobre hexágonos?¿Debo ser amable con esas criaturas y corresponder a esos regalos cargados de flores y miel?

 

¿Es cierto lo que me parece

oírte decir? Te escucho atentamente. De acuerdo, de acuerdo. Todo el verano me he estado bañando en ese precioso mar que me aliviaba del penoso calor, he libado hasta saciarme del cántaro sagrado del amor y mis hombros se han bronceado hasta sentirme dichosa.

 

No me riñas por haber sido feliz

este verano. Te prometo tomar miel y romero para mis anginas. Ya sabes que soporto mal el calor, que después de las largas vacaciones junto al mar acostumbro a encontrarme mal y que mi mejor tiempo se halla anclado en las constelaciones y en las estrellas de la primavera.

                                                                                      Elisa R. Bach
                                                                               www.homeo-psycho.de

 

10 oct. 2012

EL ENTUSIASMO SE ASOMA AL MUNDO DE LOS SUEÑOS

                      El entusiasmo se asoma al Mundo de los Sueños

 

El invierno aún no ha llegado

a las puertas del barrio. Hemos oído en la radio que en el pirineo ha caído una nieve aún demasiado tímida, pero pronto se ha fundido. Ellos –los vigilantes de las nubes- dicen que es agua nieve con algo de color blanco. 

 

En cierta medida es como una metáfora

que cobra vida como lo podría hacer una estatua con un soplo divino. El otoño lo vives en el barrio con cierta alegría y es que en realidad no ha sido, nunca para ti, una estación triste.

 

Los colores que adopta

la vegetación que trepa por las paredes se enciende y es tan diversa que tus ojos se alegran a cada paso. Y de noche la luz de las farolas no hace más que resaltar los latidos de esos mínimos corazones que se aferran al entusiasmo de los muros del barrio.

 

Piensas, meditas,

tu corazón late y recibes como la alegría del primer café de la mañana todos los sueños. Mater Amabilis, por ejemplo, ha soñado que te daban el Premio Nobel, pero no de literatura sino el de física: tus poemas han conmovido a los científicos, les ha ablandado el corazón.

 

En su sueño te daban el Nobel de Física y Química: habías logrado que el titanio de sus esqueletos volviera a los valores de referencia y las médulas óseas -rojas y amarillas- de sus columnas vertebrales resbalen de nuevo en su interior desde el cerebro hasta el coxis.

 

Se habían ultimado ya

los preparativos para la ceremonia de entrega de los premios; Monika Wolf, La Profe de Mates y ella misma –Mater Amabilis- se habían sentado en los sillones contiguos al rotulado como Elisa Bach.

 

La pretenciosa R. de tu nombre había desaparecido (los miembros del Jurado de la Academia de Oslo creían que era la "R" de Rilke). Ataviados con su corservadurismo veían demasiada osadía porque además no les gusta nada la "R" de revolución o de resentimiento o de rabia o la de simple Recuerdo.

 

Radiantes, con vestidos

creados expresamente para la ceremonia en el establecimiento de Louis Vuitton de Les Champs Eliseés allí estabais en representación de Andrés, Yogui, Palas Atenea, Octavi, Lidia, Santi, … y tantos otros que habían hecho posible el premio.

 

La Profe de Mates

con un vestido verde esmeralda y un collar de perlas haciendo juego con sus pendientes, y tú misma como la señora Mater Amábilis vestida austeramente de azul marino con su bolso bien compaginado con sus zapatos rojos, y, Monika Wolf cubierta con un vestido largo de color turquesa y su diadema de rubíes, erais las auténticas protagonistas de un mundo de sueños y poesía.

 

"¡Ah no! De ninguna manera –dice Monika a la prensa- la poesía es mucho más importante que la física; nosotras valoramos más un verso que te llega al alma como un rayo de luz que ha viajado millones de kilómetros antes de llegar a nuestra retina que todas las ecuaciones parcialmente falsas del mundo que no ve más que materia endurecida.

 

Escribes el sueño en tu cuaderno

y bajas las escaleras de Fontana. Esas mismas que Monika Wolf subirá para dejar atrás las profundidades del metro como si del Inframundo se tratara.

 

Sabes que no volverá la vista atrás,

que observará las caras amarillentas de los que bajan aunque no sepa sus nombres ni las lenguas que hablan. Como Persófone lleva en la mochila su primavera.

 

Monika Wolf, -y Maestra de los Ecos,

a qué negarlo- aspirará el olor a romero y a clavo del barrio como si todo el aroma del Lago de los Sueños corriera por la calle Verdi arriba. La Profe de Mates le deseará suerte y Mater Amabilis la acompañará en su recorrido por galerías de arte y librerías.

 

Esta noche volverás a mirar

las estrellas cargadas del brillo de años para intentar comprender por qué en realidad el Mundo de los Sueños no ha hecho más que empezar. 

                                                                           Elisa R. Bach
                                                                     www.homeo-psycho.de

9 oct. 2012

LOS ZAPATOS MÁGICOS (www.homeo-psycho.de)

                                       Los zapatos mágicos

Cuando tú eras niña,

la escasez de viviendas obligaba a una cierta promiscuidad familiar; y, vosotros no erais una excepción. Además de tus padres y hermanos vivían bajo vuestro mismo techo,

 

un matrimonio  con una hija

muy presumida a causa de que su ya anciano padre era de buena familia. La mujer cuarenta años más joven que él había sido una de sus empleadas de una zapatería de su propiedad,

 

una prima de tu padre

que trabajaba en la compañía municipal de aguas y una tía, hermana menor de tu madre, empleada del hotel Ritz de Barcelona. El aire en esos años era frío y triste y cientos de desempleados se concentraban en la Plaça d'Urquinaona por si alguien acudía allí con alguna oferta de trabajo.

 

Ambas solteras,

buscaban sin éxito algún novio para poder formar sus propias familias, pero a juzgar por lo que tú oías eso era muy difícil. Los hombres deambulaban de un lado para otro, desesperados, por no poder ofrecer nada (material) a una mujer y ellas, ante tal situación, preferían seguir siendo solteras.

 

Las  jóvenes no podían salir de casa

sin el permiso paterno hasta cumplidos los veinticinco años y las mayores de esa edad debían andar con cuidado para no coger mala fama.

 

Eran años en que estaba mal visto

que una mujer entrara en los bares que, por otra parte, no eran más que cochambrosas y malolientes tabernas y fumar era un hábito de mujeres de dudosa moral. 

 

En medio de aquellos días

la habitación de tu tía –como un oasis-

fue siempre para ti como un lugar sagrado. Nadie entraba allí sin su consentimiento.

 

Era muy celosa de sus cosas;

escasas cosas, que no conseguían llenar aquella estancia de ocho metros cuadrados aunque el techo era altísimo y en una especie de altillo se guardaban todas las maletas como dispuestas a viajar de nuevo.

 

En el enorme y antiguo armario

guardaba sus cuatro o cinco blusas con sus correspondientes vestidos, unas catorce o quince cajas de zapatos llenas de libros, cartas de antiguos amores y objetos que, como reliquias, estaban encintadas con betas azules.

 

La habitación olía a libro viejo

mezclado con colonia de lavanda como si el suave perfume que usaba ella no quisiera salir de allí. Era un lugar acogedor en el que ella solía poner flores junto a la ventana y a su manera era feliz en su rincón.

 

A veces te hacía entrar

en aquel refugio destinado a guardar su intimidad y sentadas sobre el antiguo sofá cama de hierro hablabais de la vida en la escuela, y de las vicisitudes de su trabajo. Pero en general tus padres y tus hermanos no entraban nunca en su habitación.

 

Recuerda aquella tarde

que tu tía acababa de salir de casa en dirección al hotel donde trabajaba; entraste en su habitación; te pusiste sus zapatos –que conservaban aún la tibieza de sus pies- llenos una tibieza ajena te pintaste los labios con su carmín.

 

Calzada con aquellos zapatos

destinados a bellos pies te asomaste a la ventana. Te sorprendieron, de repente, los largos dedos oscuros y sarmentosos, vueltos hacia arriba, de los árboles de la calle como manos de bruja o candelabros donde la cera se ha secado y ennegrecido hace mucho.

 

Creciste de golpe,

como si te hubieras enterado de un pecado desconocido. Tus pies se calentaron súbitamente y el calor negro ascendió por tu cuerpo hasta alcanzar las sienes como una música de percusión.

 

De repente viste

como la luz del día amarilleaba y afuera te pareció ver en ese aire recién lavado cómo las formas sin hojas de los árboles recobraban su condición extravagante como si miraras el paisaje con unas gafas de esquiar amarillas

 

Durante toda la semana

no te atreviste a mirarle a los ojos. Te ocultabas en las cortinas del pasillo o me encerrabas en tu cuarto como esperando un castigo. Tu cara se encendía cada vez que te decía alguna palabra cariñosa como si se hubiera percatado de tu ignominiosa acción.

 

Pero las semanas fueron pasando

y aquello pareció olvidarse dentro de ti, pero aquella sensación de ponerte aquellos perfumados zapatos no se borró nunca de tu memoria.

 

Durante muchos años

resonaron en aquel reducido espacio voces pegadas a las paredes y la escasa luz que caía de aquel inalcanzable techo te pareció de hermosos augurios.

 

En tu imaginación

allí habitaba un dios marino que absorbía los ecos y protegía el corazón sensible de tu tía porque durante toda tu vida la viste guapa en sus ojos y amorosa en su alma.

                                                                                   Elisa R. Bach
                                                                                www.homeo-psycho.de

8 oct. 2012

UN PAISAJE PARA CADA SOLEDAD

                     UN PAISAJE PARA CADA SOLEDAD

 

Sabes que, a veces, el tierno amor

escoge sus lugares y cada pasión tiene un rincón, un modo diferente de abrazarse ante una pantalla de TV, o de apagar las luces. Sabes que hay espacios declarados de interés especial bastante más tarde de ser recorrido por tus pasos como gozoso paseo.

 

Sabes que hay el recuerdo de un beso

en cada portal y ascensores que hubieran deseado quedarse quietos, sin electricidad, observando la escena, miles de escaleras llenas de pequeños paréntesis en cada rellano.

 

Cada ilusión tiene formas distintas

de incendiar corazones o pronunciar los nombres al coger el teléfono. Cada alma busca un atajo para tapar su sombra, desnuda, con las sábanas cuando suena el despertador. Hay una fecha en cada esquina, junto a un árbol de cada calle, un rencor deseable, un arrepentimiento, a medias en el cuerpo.

 

Cada amor tiene números

o letras diferentes para escribir: "volveré a las 23.30 horas" como una invitación a una larga noche bajo la música de una lluvia torrencial.

 

Como el primer cigarrillo,

los primeros abrazos también escogieron su taberna y se ampararon en los decorados públicos de Las Ramblas.

 

Así cada escena marginal

donde las fiestas juntan la soledad, la música y el deseo, se viste con sus mejores flores y galas, casi siempre con retraso, precipitadamente, y no en la oscuridad, sino en esas horas en que cada tiempo de dudas necesita un paisaje.

                                                                                        Elisa R. Bach
                                                                                   www.homeo-psycho.de

 

7 oct. 2012

PENSAMIENTO 2: La terapia contra la fermentación. Del poemario "POEMAS DEL CREPÚSCULO"

                   Pensamiento 2: La terapia contra la fermentación

 

No estabas aquí ni allí,

Carmina, mi hermana. Estabas conmigo, sí, apartadas; podíamos salir, pero ya en tu interior esta germinando aquel grano de granada y una gran claridad se derramaba de su luz fucsia afuera, que no era sino un lugar abierto como una herida que no quería cicatrizar.

 

Algunos hombres

presumiendo de doctos, no sé quiénes, pasaban por ahí sin entrar sabiéndonos aquí, juntas y aparte, vestidas de blanco las dos. Tú eras la enferma que me necesitaba y yo la cuidadora que me aferraba a ti como a la tabla del náufrago.

 

Algo nos había sucedido.

Estábamos como entregadas, como habiendo reconocido todas las grietas de nuestros cuerpos; pero algo más pusimos por nuestra cuenta, algo que nadie sabía: nuestro secreto. Rozando aún los veinte años fabricábamos nuestros propios nosodes.

 

¿Te acuerdas Carmina?

Hermanas siempre, Carmina , ya lo ves. Yo fui lo mismo que fuiste tú. Pero eso estaba en el juego, ¿te acuerdas? En el juego yo era la que pisaba más veces la cuerda y las rayas trazadas en el suelo con pulso débil con yeso algo húmedo y siempre perdía.

 

En todo lo demás era más bien avisada,

pero pisaba siempre raya y a la comba no resistía más de tres saltos. Pero acostumbrada a pasar la raya, la traspasé y la volvería a traspasar si con ello consiguiere seguir lamiendo tus heridas.

 

Ahora no reímos

de aquellas vulgares fermentaciones de los hidratos de carbono, pero realmente estábamos asustadas como en un lago de sangre y de mercurio. La luz de aquel grano de granada salía a borbotones por el drenaje practicado en tu pecho. Se me aproximaba desde el monte partido en dos mitades desde tu bella simetría.

 

Tu sexo de dragón

quería precipitarse hacía la negra roca del sepulcro, pero nuestros sueños de colores, con una tierra azul, un mar dorado y ríos tornasolados en su fondo no nos permitieron rendirnos.

                                                          Mercurius, Kreosotum, Lachesis
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