15 nov. 2014

Re: De repente se estremece. Una luz cruel, de tonalidad magenta, le desentela las telarañas acumuladas en su cerebro

El Jinete de platino

El 15/11/2014 19:21, "juan rubio riera" <johannrbach@gmail.com> escribió:

JINETE DE PLATINO

Misión Rosetta 28:

Philae 27, como todos los robots enviados en misiones anteriores, murió, sin remedio, de frío y

 

Eugenio, preparado durante 28 años,

espera nervioso su primer asalto al cometa. Se ha entrenado con toda clase de técnicas de abordaje de barcos, con tecnología de repostar aviones en vuelo, incluso con ejercicios de subir en marcha a un tranvía.

 

De repente se estremece.

Una luz cruel, de tonalidad magenta, le desentela las telarañas acumuladas en su cerebro durante el largo viaje hacia el punto de encuentro con el cometa.

 

En la gran pantalla,

como un jinete de platino, aparece por fin ese esperado amasijo de átomos helados de hidrogeno y oxigeno soldados bajo un primitivo arco de argón,

 

nitrógeno y azufre

vigilados por el diamantino carbono y litio metal humano en menor proporción mezclado con aluminio y senecio envejecidos.

 

Empieza su primer reconocimiento

de un lugar donde el Diluvio nunca pudo abalanzarse, donde las voraces olas de los embravecidos mares

 

revolviéndose rabiosas contra la vida

no pudieron con esa Masa Crítica del Universo que cabalga sobre una silla de platino.

 

Eugenio empieza a reconocer en los cielos

las correspondientes casas de leones, cangrejos, osos… en el cielo y sobre todo a aquel que imperturbable se alza:

 

Pegaso: el caballo alado

que le puede permitir abordar al cometa en el lugar preciso de su elíptica trayectoria.

 

No importa que ese jinete de platino

se esconda en la oscuridad del Cosmos. Los ultrasonidos le indican a Eugenio la superficie hacia donde dirigir a Philea 28 el sofisticado y humanizado robot.

 

La dificultad de embridar

a un caballo desbocado no es algo desconocido para la Ciencia de la Naturaleza, pero la emoción domina las manos de Eugenio.

 

Para dominar su temblor

se toma una gota de café -la ración de una semana- y piensa en su amada que al igual que Penélope estará bordando una tela de colores con los hilos de plata de su propia cabellera.

 

Piensa en Aquél

cuya voluntad fatídica permitió el nacimiento de aquel pequeño pueblo de pescadores de casas blancas a la orilla de un mar… uno especial entre tantos y tantos.

 

¡Qué terrible y brillante emerge

el cometa en la penumbra!

 

¡Qué pensamiento lleva escrito en su frente!

¡Qué fuerza se esconde en su figura!

¡Qué fuego anima su caballo!

 

Corsario orgulloso

–se dice a sí mismo Eugenio- ¿hacia dónde galopas jinete errante y donde reposarás esas pezuñas si no logro desentrañar tus secretos alcanzando tu superficie?

 

¡Señor poderoso del destino!

¿No es así como embridas con mano férrea la Ciencia de la Naturaleza al borde mismo del abismo, subyugándola

 

como a una yegua desbocada?

 

                                                              Johann R. Bach

 

12 nov. 2014

¿“el más negro y corrosivo de los malditos cuervos verdes”?

SOFISTICADO JOHANN

Marta Guillamon está convencida

de que empezó a enloquecer, no a los veinticuatro como era de esperar, sino a los treintainueve.

 

El primer aviso de locura textual

–recordemos aquí que Marta heredó un negocio editorial- se hizo patente con la pérdida parcial de sus capacidades olfativas.

 

En efecto,

durante el proceso de una afección gripal todas las sustancias le daban la sensación que olían a café tostado.

 

Y, por otro lado, le producían náuseas

todos aquellos textos en que un torrente de imágenes tópicas de la literatura de terror se vuelve insustancial y naïf por haberse extraído de

 

un discurso donde pudieron haber sido necesarias:

oscuridad, ratas, casas abandonadas, pasadizos secretos, monstruos de origen humano habitando minas abandonadas e instalaciones militares subterráneas…

 

Ante el peso de los años,

se refugia en los poemas de Johann y, a pesar de que nunca diría que su amigo es "un buen poeta", "el más grande poeta de L'Empordá heredero de Edgar A. Poe" o, en sentido contrario

 

"el más negro y corrosivo

de los malditos cuervos verdes".

 

Marta sabe que otros lo dirán,

pero no será ella –según sus propias palabras quien lo diga-, porque todas esas etiquetas ridículas sobran a la hora de hablar de cualquier escritor.

 

O, más bien, a la hora de hablar de cualquiera.

 

Sabe Marta, eso sí,

que Johann escribe poesía en prosa. Eso es un hecho. Sencillo –dice-, tal vez, pero verdadero.

 

Haciendo esas declaraciones

la exime de adelantar un juicio de valor, de hacer una aseveración sin fundamento.

 

Parece estúpido, pero no lo es.

 

Es más: a partir de un determinado momento

–según declaró Marta, en cierta ocasión al periódico La Vanguardia- de su trayectoria, Johann se empeñó en escribir "un definitivo y único poema" y para hacerlo, ha probado con numerosas variaciones,

 

ensayos de aproximación seriada

que terminan por no tener otro marco de referencia que ellos mismos.

 

El poema es la guarida

del animal poético que no existe, del hombre modelado por la lectura hecha con filtros muy finos.

 

El único relato válido para Johann R. Bach

–según el concepto de Marta- es, al final, el que construye la literatura, superpuesta y convertida en segunda piel para quien ha perdido contacto con

 

aquello que se suele llamar "mundo",

que ha huido de él a través del ciervo de la locura.

 

La paradoja es que lo que existe

–como los poemas de Johann R. Bach en palabras de Marta- está radicado, al final, en lo que no existe.

 

"El poema se anuda

al sufrimiento que no existe,

en la página

que no existe".

 

La poética de Johann R. Bach es, así,

paradójica, contrahecha. El poema es, en él, propiamente lo que existe frente al espectro de

 

lo imaginario que es lo inexistente.

Es algo atroz: algo que tiene vida, pero no tiene mirada.

 

                                                             Leo P. Hermes

 

“el más negro y corrosivo de los malditos cuervos verdes”.

SOFISTICADO JOHANN

Marta Guillamon está convencida

de que empezó a enloquecer, no a los veinticuatro como era de esperar, sino a los treintainueve.

 

El primer aviso de locura textual

–recordemos aquí que Marta heredó un negocio editorial- se hizo patente con la pérdida parcial de sus capacidades olfativas.

 

En efecto,

durante el proceso de una afección gripal todas las sustancias le daban la sensación que olían a café tostado.

 

Y, por otro lado, le producían náuseas

todos aquellos textos en que un torrente de imágenes tópicas de la literatura de terror se vuelve insustancial y naïf por haberse extraído de

 

un discurso donde pudieron haber sido necesarias:

oscuridad, ratas, casas abandonadas, pasadizos secretos, monstruos de origen humano habitando minas abandonadas e instalaciones militares subterráneas…

 

Ante el peso de los años,

se refugia en los poemas de Johann y, a pesar de que nunca diría que su amigo es "un buen poeta", "el más grande poeta de L'Empordá heredero de Edgar A. Poe" o, en sentido contrario

 

"el más negro y corrosivo

de los malditos cuervos verdes".

 

Marta sabe que otros lo dirán,

pero no será ella –según sus propias palabras quien lo diga-, porque todas esas etiquetas ridículas sobran a la hora de hablar de cualquier escritor.

 

O, más bien, a la hora de hablar de cualquiera.

 

Sabe Marta, eso sí,

que Johann escribe poesía en prosa. Eso es un hecho. Sencillo –dice-, tal vez, pero verdadero.

 

Haciendo esas declaraciones

la exime de adelantar un juicio de valor, de hacer una aseveración sin fundamento.

 

Parece estúpido, pero no lo es.

 

Es más: a partir de un determinado momento

–según declaró Marta, en cierta ocasión al periódico La Vanguardia- de su trayectoria, Johann se empeñó en escribir "un definitivo y único poema" y para hacerlo, ha probado con numerosas variaciones,

 

ensayos de aproximación seriada

que terminan por no tener otro marco de referencia que ellos mismos.

 

El poema es la guarida

del animal poético que no existe, del hombre modelado por la lectura hecha con filtros muy finos.

 

El único relato válido para Johann R. Bach

–según el concepto de Marta- es, al final, el que construye la literatura, superpuesta y convertida en segunda piel para quien ha perdido contacto con

 

aquello que se suele llamar "mundo",

que ha huido de él a través del ciervo de la locura.

 

La paradoja es que lo que existe

–como los poemas de Johann R. Bach en palabras de Marta- está radicado, al final, en lo que no existe.

 

"El poema se anuda

al sufrimiento que no existe,

en la página

que no existe".

 

La poética de Johann R. Bach es, así,

paradójica, contrahecha. El poema es, en él, propiamente lo que existe frente al espectro de

 

lo imaginario que es lo inexistente.

Es algo atroz: algo que tiene vida, pero no tiene mirada.

 

                                                         Leo P. Hermes