21 feb. 2014

Me acerqué a tus manos, vi en el fondo de tus ojos tanto amor...

CON APENAS NUEVE AÑOS

 

Con apenas nueve años

me acerqué a tus manos, vi en el fondo de tus ojos tanto amor incomprensible para mí que me hizo derramar dos cálidas lágrimas.

 

El dolor punzante,

al ver qué vanamente había sido tu hablar y tu hacer, alcanzó mi pecho cuando secaste mis lágrimas con la caricia de tus besos.

 

Te volcabas tan dulcemente

como sólo tú lo sabías hacer con viejas formas que te fueron siempre fieles.

 

La vieja casa

con pies hundidos en la arena, que nos fue adjudicada gracias a que el abuelo

era marinero,

 

bañada por fragmentos de mar

que cabalgaban sobre el viento, sobrevivía como tú, triunfando, a pesar de todo, sobre tormentas y años. 

 

Me hiciste leer mi primera

novela –“Blanca o Bruna”- escrita con palabras de amor como si hubieran surgido  de tus labios, de tu idioma.

 

Con apenas nueve años

me acerqué a tus manos para releer aquella vieja novela que sobre tus rodillas reposaba, cuando tu cabeza y tus ojos altos buscaban el cálido contraluz de la ventana.

 

Con apenas nueve años

me acerqué a tus manos. Acariciada por tus besos, me saltaron dos cálidas lágrimas como ahora al escribir estos versos.  

              

                                                          Johann R. Bach

Chopin, como yo, buscó el Mediterráneo.

UN TIEMPO PARA EL SURREALISMO

 

Buscando los mares de Homero

llegué hasta Livorno cerca de Pisa donde el mare vidit et fugit(1). No fue fácil llegar, ya que iba contra mí mismo…

 

Dos semanas después,

de regreso a París, visité en el cementerio de PèreLachaise la tumba del genial Chopin pues él, como yo, buscó el Mediterráneo.

 

Desde su tumba el genio

no preguntaba a nadie por nadie… del mismo modo que la vida no nos pregunta qué es la vida

 

-y aquello justamente en el momento

en que todos nos preguntamos a nosotros mismos si vivimos o soñamos.

 

Recuerdo

que justo al llegar a Livorno cayó la noche y como cualquier otro peregrino dormí profundamente.

 

¿Qué me importaba Venecia

con su rapitomniafinis(2)?

 

¿Qué me importaba Siena

con su Tuttopassa(3)?

 

¿Qué me importaba Roma

con su Plauditeamici(4)?

 

¿Qué eran para mí

el Anillo de los Nibelungos y el trato con el diablo de Fausto?¿Qué era para mí Europa jugando a los dados? ¡con las reliquias de los santos!...

 

No era necesario susurrar

que en Varsovia lo primero no terrestre era el terrón que caía sobre el hambre y el frío. No era necesario corroborar que sólo Dios vela sobre los niños, los desequilibrados, los poetas…

 

Durante semanas,

antes de entrar en el hospital, salía a vagar por las calles de París. Junto al Sena el bochorno me hacía creer que las nubes estaban más bajas que el rio.

 

Es cierto

que ya únicamente la angustia va contra el tiempo…

 

Quid plura(5)?

Es cierto que únicamente la angustia va contra el tiempo.

 

Claro que sólo el aire

detrás de la nieve era más joven que mi cutis y entonces usaba los libros a medio leer como señal.

 

                                                                       Johann R. Bach

 

(1)     Donde el “mar va y viene” en latín.

(2)     Tómalo todo hasta el final.

(3)     Todo desaparece.

(4)     El aplauso de los amigos.

(5)     ¿Qué más?

 

Su cuerpo brillaba extrañamente apagado, como si fuera de aluminio oxidado

EL PURGATORIO

 

Con cuatro huesos metatarsianos rotos

a causa de un accidente de circulación, tumbado en la cama tuve un extraño sueño:

 

Era invierno

y estaba en un campo de almendros que parecía estar abandonado de años; estaba en realidad en el purgatorio, donde se oye gemir a las almas que voluntariamente se sometían a los tormentos para acelerar la extinción de sus penas.

 

Se las veía bien ordenadas,

rabiando de dolor entre las llamas, cociéndose en el aceite hirviente, pinchándose mutuamente con minúsculas horquillas como si fueran

 

tenedores de plata oxidada

de un viejo restaurante y emitiendo chillidos estridentes y aterradores como los de las lechuzas en la noche.

 

El resultado era una gran música ebria,

ñoña y viciada que se proclamaba a los cuatro vientos por todo lo largo y ancho del mundo como repitiendo indefinidamente una época yeyé, en sus tres acepciones:

 

el mundo que no tiene forma ni contenido,

es decir, la nada; el mundo que tiene forma y contenido, un mundo de figuras euclidianas rellenas de anuncios publicitarios

 

y el mundo del deseo

que cabalgaba en un universo pulsante que, de momento, avanzaba en una única dirección como las espigas del trigo;

 

y, en cada uno de ellos,

esa música venía a decir: aquí en el Purgatorio reina la paz.

 

Al lado de una roca basáltica

que se resistía, simplemente, a deshacerse había un hombre de gran estatura y fuerte parecido a Tomeu Penya que, viéndome, se dirigió a mí.

 

Su cuerpo brillaba extrañamente apagado,

como si fuera de aluminio oxidado.

 

Yo sabía

que él era una de esas almas en pena de las que ya se había habituado tanto al Purgatorio que ya no tenía prisa por abandonarlo.

 

“¡Todo se ha ido al garete! –me decía-

¡Sí, al garete! ¡Muchas pobres almas huyen del infierno! Vienen aquí buscando el fuego que en su Inframundo se ha apagado y ya lo ves: esto es un desastre”.

 

Aquella alma llena de tristeza

se disponía a continuar su relato cuando una suave música de jazz de mi radio-despertador me devolvió a mi universo.

 

Miré por la ventana,

oí el chirrido del típico tranvía de Sòller y vi cómo amanecía, cómo el cielo y la tierra tenían el color de la miel.
 
                                                       Johann R. Bach

 

20 feb. 2014

Hasta el simple comentario climático es útil.

TODO ES ÚTIL EN EL UNIVERSO

 

Nadie –creo- te preguntó nunca

cómo pasabas las noches en aquellos difíciles tiempos. Pero eso no es extraño teniendo en cuenta tus humildes y atlánticos orígenes.

 

Una vez, bien avanzada la tarde,

en el centro del universo me topé contigo, perseguido por un puñado de estrellas moribundas, y me sonreíste.

 

Desde entonces me he acomodado

a un mundo donde tu palabra y tu gesto son esenciales. Sin ellos nunca podría haber descubierto la coherencia del existir.

 

Eran tiempos en que el mimetismo,

la imitación se consideraban lealtad. Afortunadamente he dominado el arte de fundirme con el paisaje, con los muebles, las cortinas…, con todo aquello que te rodea.

 

Ahora en el decurso de una conversación,

la primera persona del plural se me escapa de los labios pues mis dientes artificiales no dan más de sí.

 

Sin embargo,

mis dedos han adquirido la agilidad de una gacela corriendo contra el viento en el desierto y ya no miro a nadie por encima del hombro.

 

Escuchar tus pasos detrás de mí,

en el largo pasillo de nuestro refugio, ya no me estremece: Si al principio era un cosquilleo en los omóplatos,

 

hoy siento que cerca de mis espaldas

se extiende una larga avenida en la que flota tu voz de soprano y las notas que salen de tu garganta son como rojas ciruelas cuya suma es tu regalo.

 

Quincalla, si quieres:

Plata menuda con la que ocasionalmente, el generoso firmamento cubre aquello que es transitorio.

 

En parte por superstición,

en parte por, quizá, porque sólo lo que es transitorio es capaz de sentir la felicidad…

 

Así, para los que son como yo,

me dices mirándome de reojo, “todo es útil, incluidos los vecinos y transeúntes; sin ellos no me necesitarías...”

 

“En el Cosmos todas las cosas son visibles

al ojo atento y duermen sin cubrirse con sábanas. La intensidad de una estrella normal es tan grande que

 

al enfriarse, es capaz de producir un alfabeto,

tiempos verbales para la poesía y el amor, vegetación en una tierra que emerge del mar;

 

incluso a nosotros mismos

con nuestro pasado, presente, futuro, etc., pero especialmente con futuro.

 

Mientras un iceberg se deshace

al adentrarse en los trópicos, exhalando humo, un camello promociona las pirámides de Egipto como atractivo turístico en un país nórdico.

 

Todo, absolutamente todo, es útil.

 

Hasta el simple comentario climático es útil.

“Cuanto más banal es el clima -me hiciste observar en cierta ocasión-, más rápidamente el futuro se hace presente”.

 

                                                              Johann R. Bach

19 feb. 2014

¿Os habéis fijado alguna vez ...cómo la gallina cuando bebe mira al cielo?

A MARTA LE GUSTA GOOGLE +  y ACAMPAR EN LA ALTA MONTAÑA

 

He recibido un mail de Marta Guillamon

en el que me cuenta que ayer se pasó. Bebió demasiado, cosa extraña porque ella bebe vino tinto sólo los domingos mezclado con gaseosa.

 

“Bebí demasiado –me cuenta-

porque comí con unos idiotas, unos médicos –con sus mujercitas- que hablaban de exóticos viajes a Birmania”.

 

“Para mí eran casi unos muchachos

de treinta a treinta y cinco años. Debo haber comenzado a envejecer porque detesto más que nunca a la gente joven –seria y estudiosa-

 

con su Porvenir abierto

 

y sus miserables deseos

de deportivos y apartamentos a la orilla de algún mar. Su deseo de más sexo del que tienen y pueden”.

 

Marta siempre estuvo enamorada de nada,

de nadie y explicaba a cualquiera que la escuchara, exagerando, su tristeza estúpida, la distracción, sus ausencias de las tareas de La Editorial.

 

No tenía necesidad de justificar

sus escapadas a Cadaqués, a Praga o a Estocolmo, y, sin embargo, describía unas hipotéticas dificultades respiratorias,

 

sueño, fatiga

e imposibilidad de conciliar el sueño como causa de rechazo de las obligaciones del mundo editorial. No me extraña que ante ese tipo de comidas repipis salga huyendo.

 

Me la imagino, saliendo

-con alguna inocente excusa- del restaurante sin nada de ganas de morir sino por el contrario con una gran excitación buscando a personas frustradas,

 

hombres normales y mujeres extraordinarias

a los que inyectarles con furiosas miradas y monólogos de profundidad caviladora el exceso de entusiasmo por la vida.

 

Me la imagino después de una ligera cena,

bajo el avancé de una tienda de campaña de un camping suizo, en una relajada velada en medio de un corro de excursionistas de procedencia diversa -pero no ricos-

explicando sus ocurrencias:

 

“¿Os habéis fijado alguna vez

–diría Marta simulando seriedad- cómo al rodar el sol por las espaldas de un albañil mientras coloca la hilada de ladrillos y

 

ocasionalmente mira al cielo

como la gallina cuando bebe (que también mira al cielo), y, de repente, abre su bragueta, saca su chorra e intenta aprovechar el chorro de su orina para ahogar a la primera mosca que le pasa por delante?”.

 

“Tal vez es verdad

–continuaría Marta recuperando su tono transcendente-, así como el sol pasa sobre la suciedad y no se ensucia,

 

podríamoshaber reservado una habitación

en un Hilton o en su pobretón compañero de juego The Holiday Inn aunque entonces no hubiéramos sabido en qué ciudad estaríamos al despertar”.

 

“Dormir en esos hoteles

es como un pecado: Lo mismo da dónde lo cometas porque de joven cuando me iba a confesar el sacerdote intentaba indagar si había cometido pecados sexuales,

 

pero nunca preguntaba

dónde se habían realizado, en qué cama –¿la de los padres?-, calle, pueblo o ciudad”.

 

“En la oscuridad del confesionario,

yo no le veía cara al sacerdote, pero se le debía estirar mucho cuando al preguntarme si había cometido otros pecados y yo le contestaba: “los he cometido todos”.

 

¡Ah, qué noches las de Marta

en el camping de alta montaña!

18 feb. 2014

el ojo del invierno tiende a ponerse blanco más que a llorar

  UN FRÍO FEBRERO

 

Se podría decir que el frío intenso

del mes de febrero es la revelación al cuerpo de cuál será su temperatura en el futuro, o bien

 

el suspiro de la tierra

por su rico pasado galáctico, su horror helado.

 

Las mejillas enrojecen como un rábano

incluso aquí en la península del Cap de Creus contradiciendo el buen clima del sur de Europa.

 

El cosmos siempre rezuma ágata opaca,

y la respuesta de la llamada con paquetitos de luz –como en el lenguaje Morse- corre silbando sin encontrar al operador que la recoja.

 

Se podría decir que en febrero

las ramas del sauce se vuelven lilas y que sube el precio de la imprescindible zanahoria del perfil de los muñecos de nieve.

 

Bajo la poblada ceja,

la mirada sobre el objeto frío, sobre una estatua de mármol por ejemplo, es más cruel que el propio mármol.

 

Pero para perder de vista un frío pedazo de metal

no se precisa ningún derramamiento de sangre.

 

¿No es cierto

que es así como Dios debió contemplar la labor hecha el octavo día y los siguientes?

 

En febrero, en lugar de coger moras,

se tapan las grietas con astillas de madera y brea, se valora mucho más el bien común, la familia, el calor del hogar y las cosas se vuelven un año más viejas.

 

Durante las heladas

las aceras parecen estar hechas de azúcar caramelizado; el vapor de agua condensado de la boca sale más a menudo en las casas donde no te han invitado.

 

Mi vida se ha expandido

–yo también nací en febrero-. Como mínimo, sólo con los augurios concretos habría más que suficiente para una segunda vida.

 

Se podría decir

que es posible crear un paisaje o un clima solamente con augurios. Mejor si en ese lugar no hay gente,

 

de un blanco virginal

sobre un mantel de vichí a cuadritos azules minúsculos, un mundo del que no se habría oído hablar de él en Londres o París;

 

un mundo donde la luz dispersa

generaría los días de cada día, donde te inquietaría si descubrieras las huellas de alguien que acabara de pasar con sus esquíes.

 

El tiempo en febrero

suele ser frío en este singular paisaje del Cap de Creus; el vidrio florece en los recodos de los caminos como un bordado complicado:

 

El marco es una jungla cristalina

de cola de caballo, hinojo abarrotado de caracolillos y todo aquello que ha hecho crecer la soledad.

 

Pero, como un busto en un nicho,

el ojo del invierno tiende a ponerse blanco más que a llorar.

 

                                                                 Johann R. Bach

Algunos me admiraban, me imitaban y escribían raudos como el viento...

       Yo, Homero, y el vino

 

                                     Homero es «el elemento

                                     en el que el mundo griego vive

                                     como el hombre vive en el aire».

                                                                                    Hegel

 

Siempre me ha sorprendido

que  poetas, filósofos y artistas de todo el mundo griego me siguieran, criticando mis poemas, unos, los menos, halagando mi estilo, otros, los más.

 

Algunos me admiraban,

me imitaban y escribían raudos como el viento, citándome palabras que salían de mi boca por considerarlas bellas.

 

 

Decían de mí algunos pupilos,

muchos de los cuales me siguieron en mis viajes a Colofón, Cumas, Pilos Ítaca, Argos y Atenas, que las flores nacían de mi hipérbaton.

 

Era naturalmente una exageración,

pero… sabéis… aquello me gustaba. A fin de cuentas yo también era humano.

 

En cierta ocasión un famoso general

antes de una batalla me había pedido consejo para aumentar el valor de sus soldados. No siendo experto en esas cosas le recomendé lo que a mí me producía euforia:

 

tres buenos vasos de vino negro rasposo

de ese que expulsa la ansiedad de la boca, enardece el espíritu y da la sensación momentánea de ser capaz de realizar los actos que la timidez o la prudencia nos desaconsejan.

 

Es esa época,

cuando era conocido como Melesígenes, aún no había perdido la dicha de contemplar el cielo y el mar.

 

Así que me senté en una cercana colina

a ver el resultado de una desigual batalla en la que nuestros soldados en menor número –con sus estómagos ardiendo por el vino- vencieron a un ejército persa bien disciplinado.

 

He de confesar que nuestro vino helénico

es muy diferente del persa cargado de agua; y, puesto que ya han pasado los años y su fórmula ya no es ningún secreto

 

puedo deciros de memoria

que metí en las tinajas de los soldados antes de la batalla, miel, canela, menta y resina terebintina de pino piñonero.

 

Esa utilidad –euforizante- del vino

la aprendí en mi juventud mientras amas ya maduras rociaban con vino rojo oscurecido desde mi pubis hasta las rodillas antes de beber la miel que brotaba a borbotones de mi cántaro.

 

Yo solía esconderme entre las viñas

de Esmirna y Quíos, en medio del misterio de los efectos del cuerpo de Baco que me proporcionaba

 

la euforia suficiente para vencer mi timidez y,

amar, entre verso y verso, como los otros, a doncellas ávidas de crecer como los racimos de uvas.

                                                                      Johann R. Bach

 

17 feb. 2014

Por la mañana, derrotado, me despidió...

EL SUEÑO DE UN DIA DE INVIERNO

 

Era un día de invierno,

pálido, más exactamente blanco, con pequeños algodones cayendo sobre las casi vacías calles de una ciudad cuya latitud fue siempre extranjera para mí.

 

Se acercó para revenderme dos entradas

para el concierto que debía empezar una hora más tarde, una dama elegantemente vestida.

 

Los copos de nieve caían sobre sus hombros

y sus enormes ojos me emocionaron.

 

“Si son correlativas las entradas las compro” –dije-

“Si las butacas están separadas no me interesan”. Eran correlativas y las compré.

 

Como aún no comenzaba el concierto

la invité a tomar un café en la cantina de la Filarmónica. Sentados uno frente al otro con las manos rodeando las tazas de café para calentarnos la observé detenidamente.

 

Ella bajaba sus párpados

mirando la taza como si tuviera que avergonzarse de algo. Los brazos, los hombros, el torso, a medida que íbamos de un tema a otro, gradualmente tomaban color.

 

Al sacarse el abrigo

quedó al descubierto un vestido de color verde manzana que encajaba con el conjunto naranja de sus zapatos y bolso.

 

La temperatura subió rápidamente

a sus mejillas encendiéndolas. El suave rumor de la gente subiendo por las escaleras que conducían a la parte trasera y alta del auditorio Era como un dulce preludio.

 

A pesar de que yo comencé la conversación,

pronto sus labios pintados con un carmín sugestivo me tomaron la delantera.

 

No pude comentarle

la placidez de las playas donde nací, ni como bajo las tormentas las olas batían las rocas coronadas de pinos y los caprichos del clima de la Costa Brava,

 

ni los problemas económicos

por los que yo estaba pasando,

 

la precesión de los equinoccios y

la articulación de las estaciones…

 

sobre cosas que, creía,

estarían en su línea, si no en esencia, sí en el tono común del lamento.

 

Me explicó una historia triste

de su familia venida a menos y que para sobrevivir revendía entradas en la puerta de la Filarmónica.

 

Era alta, ligeramente delgada,

y a juzgar por su refinamiento de lenguaje y cultura debía rondar los sesenta; es decir unos quince años más que yo.

 

Era una dama romántica

que jugaba a ser pobre, a vivir su propia aventura. Para seguir el juego yo debía fingir ser rico y hacer realidad su sueño.

 

Así que le dije

que una de las entradas que le había comprado era para mí y la otra, para ella.

 

Durante el concierto nos besamos

con profusión; a la salida, bajo una pequeña arboleda, dentro de mi automóvil jugamos al amor como jóvenes enamorados.

 

Más tarde en un salón lleno libros

y con un piano por testigo nos revolcamos hasta el amanecer sobre las alfombras.

 

Por la mañana, derrotado, me despidió.

Ambos sabíamos que la rica era ella y el pobre yo. Lo que quedó en el aire fue cuál de los sueños se realizó con más intensidad:

 

el suyo el de “Blancanieves”

o el mío de “La Dama y el Vagabundo”.

                                                                         Johann R. Bach