6 jul. 2013

CADA ILUSIÓN TIENE FORMAS DISTINTAS

UN PAISAJE PARA CADA SOLEDAD

 

Sabes que, a veces, el tierno amor

escoge sus lugares y cada pasión tiene un rincón, un modo diferente de abrazarse ante una pantalla de TV, o de apagar las luces. Sabes que hay espacios declarados de interés especial bastante más tarde de ser recorrido por tus pasos como gozoso paseo.

 

Sabes que hay el recuerdo de un beso

en cada portal y ascensores que hubieran deseado quedarse quietos, sin electricidad, observando la escena, miles de escaleras llenas de pequeños paréntesis en cada rellano.

 

Cada ilusión tiene formas distintas

de incendiar corazones o pronunciar los nombres al coger el teléfono. Cada alma busca un atajo para tapar su sombra, desnuda, con las sábanas cuando suena el despertador.

 

Hay una fecha en cada esquina,

junto a un árbol de cada calle, un rencor deseable, un arrepentimiento, a medias en el cuerpo.

 

Cada amor tiene números

o letras diferentes para escribir: "volveré a las 23.30 horas" como una invitación a una larga noche bajo la música de una lluvia torrencial.

 

Como el primer cigarrillo,

los primeros abrazos también escogieron su taberna y se ampararon en los decorados públicos de Las Ramblas.

 

Así cada escena marginal

donde las fiestas juntan la soledad, la música y el deseo, se viste con sus mejores flores y galas, casi siempre precipitadamente, con retraso, y no en la oscuridad, sino en esas horas en que cada tiempo de dudas necesita un paisaje.

                                                                                        Johann R. Bach

 

 

 

El caudal de mi juventud ... permanecía en mi riego sanguíneo. Aún me gustaban los hombres

MIS DEMONIOS Y MI SALIVA

 

Mis episodios angustiosos

aumentaron exponencialmente a partir de los treinta y nueve años.

 

Hasta entonces no había sentido

el aliento mercurial de la vejez salir por mi boca. Mi hipófisis demostró –en los análisis clínicos- que repartía equitativamente sus sus hormonas entre la pléyade de glándulas endocrinas;

 

el caudal de mi juventud

permanecía invariablemente en mi riego sanguíneo dentro de los parámetros de referencia. Aún me gustaban los hombres.

 

Todo empezó con un dolor

insidioso en la rodilla derecha –la rodilla de la viuda- que no cedía de forma natural.

 

Me miré en el espejo;

pero aquella vez observé mi rostro como si no fuera el mío. Vi en él la angustia de las abejas y su color amarillo y las venas de las sienes se transparentaban como queriendo salir a respirar a la superficie.

 

Ni que decir que los fuertes latidos

de mi corazón aumentaron ante aquella imagen como la inquietud del que presiente un terremoto.

 

Necesitaba hacer algo;

no podía tumbarme tranquilamente en la cama junto al hermoso cuerpo de mi amante: Eran sólo las tres de la madrugada. No quería molestar su profundo sueño.

 

Me puse a dibujar;

a inventar muebles con ruedas al objeto de poderlos mover más fácilmente en noches como aquellas que es mejor modificar su posición en la casa que destrozarlos con un hacha.

 

La vulgar recomendación

de hacer ejercicio me había llevado a comprar una máquina de correr de esas que pretendidamente refuerza la musculatura, rebaja las grasas e induce al sueño,

 

pero el ejercicio me abría el apetito

y me modificaba el metabolismo hasta el punto de perder mis ya escasas reglas. La libido se convertía en otra angustia permanente y aumentaba hasta cotas insoportables.

 

Los demonios terrestres

-lares, genios, faunos, sátiros, incluso ninfas, hadas, elfos y gnomos- me mordían, hacia la medianoche, el epigastrio hasta el punto de hacerme creer que me estaba volviendo loca.

 

No eran demonios inofensivos

pues me hacían cambiar el carácter: me negaba a veces a salir de casa porque la melancolía me invadía nada más pisar la calle.

 

La boca seca –signo de ansiedad-

llegaba a agrietarme los labios, pero al mismo tiempo una fuerte hidrofobia me impedía ingerir líquidos.

 

La presencia de agua me irritaba

y me ponía de muy mal humor, pero al mismo tiempo necesitaba abrir el grifo y oír el discurrir del agua para poder orinar.

 

El médico oficial del Monasterio

fue el único que me dio una explicación satisfactoria, el único que me dijo que no tenía "furor uterino" (término monjil para definir la ninfomanía). El único que me libró de los demonios.

 

Su medicina consistió

en diluir mi propia saliva –con el demonio de la rabia en su interior- en un vaso de agua y después tomarla a pequeños sorbos para no bloquear la tráquea por los espasmos oclusivos.

 

Desde entonces me aficioné

a observar el olor de mi saliva, de mis mucosas y a saber cuándo necesitaba aquel maravilloso preparado.

 

Y curiosamente descubrí

que aquella pócima ennegrecía mis cabellos, detenía el encanecimiento de mis sienes y hacía que mi corazón admitiese más ternura.
 
                                                                                                                      Sylvia M. Folch

PRESIENTO QUE EL FINAL (del ciclo) ESTÁ PRÓXIMO

  CARTA DE DESPEDIDA DE ELISA

 

Ya todo es amargura.

Torpes sueños de Pigmalión ya no son esperanza. Se alejan de mí ansias hipocráticas por el hosco camino de los imposibles.

 

En los dominios de mi profesión,

los límites de la mínima elegancia y generosidad se han visto asaltados por el engaño de los trepas, mientras que

 

yo distante, empeñada

en prolongadas discusiones y enredada en las marañas de mis colaboradoras he perdido el tiempo en busca de una conciencia espiritual que es humo (para una inmensa masa con ojos parcheados) y se halla en suelo extraño.

 

Presiento que el final

está próximo. Pero no en el sentido de esas agoreras que anuncian el fin del mundo con el único objetivo de ganar adeptas para sus sectas, sino en el sentido de que el final es mi final: los últimos sucesos  me han dejado un pesado cansancio.

 

Todo se precipita en el vacío.

Agobiada por una vida cargada de años y desengaños, pienso que la fortuna, como buena mujer, es áspera y desafecta con los viejos y denostada por las más jóvenes.

 

Las personas que decían querer colaborar

con la causa de una verdadera espiritualidad se rebelan (ah, ¡qué codicia la suya!) demostrando que no buscan más que su propio beneficio y se disponen a seguir viviendo de la mentira.

 

Pero lo que más me desalienta

es que, de nuevo, el azote de la egolatría surge pérfido y sangriento bajo el disfraz de la espiritualidad. Las estafas así vistas, fructificarán cuatro veces más que los naranjos.

 

Aunque por otro lado

eso es también un signo de que en los próximos tiempos lo espiritual seguirá creciendo; y, que todas esas chupasangres morirán porque no tienen ninguna idea, real y propia, que ofrecer.

 

¡Qué lástima que yo no pueda ver esa Nueva Era!

 

Las desventuras colman

el ocaso de mi vida. A la oscura incomprensión de los míos he de añadir la desaparición -por enésima vez en la historia de la medicina-del interés en paliar el sufrimiento humano.

 

La enfermedad, la desgracia,

la tristeza y la depresión vuelven a ser –como en otras ocasiones objeto de lucrativos negocios donde lo que prima es la cronicidad del enfermo para eternizar los beneficios.

 

Por mi parte paseo

mi renuncia en silencio. En soledad, el ánimo se revela ligero entre los arbustos y las grises estatuas.

 

Bajo la lluvia de noviembre

siento que un tupido frescor destina la mañana a mis recuerdos amorosos y es cuando el rígido talante mantenido durante tanto tiempo se desploma.

 

Tal vez me equivoqué de país

o de época o, tal vez no supe dominar tantos arduos escollos como me acontecieron. Ahora sumida en la penumbra de la tarde que decrece acercándose al invierno,

 

quiero tan sólo releer dulcemente

mis queridos poemas, pues sospecho que mi desaparición de la escena será el preludio de esa esperada etapa de luchas intestinas para hacerse con el pequeño hueco que con tesón logré construir.

 

Dejé todos los valles

de las vidas, dejando las caricias a mis hijos con la manos; codilleras de rosas que cantaban y me servían de apoyo, mares como pedazos de cristal bajo mis alas negras como cielo encapotado.

 

Me olvidé del cuerpo

-el mío- a la fuerza; sirviéndome de él sólo como pauta para explicar el de otros; y, quise convertir mi sangre humeante en un combustible para mi piel para irradiar optimismo y entusiasmo contagioso.

 

A veces –es cierto-

me refugié entre las telas de un absoluto del que ignoraba la forma y el sentido, pero no la fuerza (o la intensidad) con que acogía mi pasión.

 

Creo, por otra parte,

que no se tienen alas y se tiene la sombra de sus blandos movimientos.

Se tiene un horizonte

que respira y que acompaña siempre la promesa resquebrajando lívido la losa de su confinamiento irremediable. El universo entero es para siempre al que dijo que no dentro de llamas.

 

Ahí quedarán mis libros

en el rincón de donde quizá hubiera sido mejor que se hubieran quedado a reposar un poco más. En ellos he ido delimitando subliminalmente el gran cáncer de la humanidad: El miedo y la traición por miedo.

 

Pero para poder leerlos

Hace falta una cierta dosis de generosidad que es precisamente lo que no abunda. Hay que buscar la luz que, por mínima que sea, es belleza y las galaxias nos la envían empaquetada en millones de clústeres.

 

Si ha quedado

alguna cosa pendiente en relación con mi actividad profesional os podéis dirigir a Andrés y a Leo que quieren seguir al pie del cañón porque aún tienen mucha generosidad por repartir.

 

Dando las gracias

a todos aquellos que, de una forma u otra, colaboraron el proyecto de Homeo-Psycho (en especial a Mater Amabilis, a Palas Atenea y a La Profe de Mates) me despido de todos vosotros.

 

A partir de ahora miraré

pensativa como la callada vela que brilla en la penumbra del comedor mientras una mano de plata sirve la cena en una noche como esta con viento, sin estrellas, sin luna, con lluvia y ojos de té.

                                                                                    Elisa R. Bach

SIETE PIÑONES DE UNA PIÑA BIENAL (foto cedida por Leticia)

   SIETE PIÑONES DE UNA PIÑA BIENAL

 

"Mira cariño cómo caen esas agujas

de las copas de los pinos, cómo vuelan y buscan hundirse en la arena, sólo las turba el viento, el viento".

 

"De las piñas bienales

caen los oscuros piñones expulsados de los rincones de su descanso, el calor resecará su cáscara y libres de toda atadura se introducirán en la tierra, echarán raíces y algún día se convertirán, a condición de que la humedad del mar los riegue cada día, en otros pinos de grueso tronco y enorme copa".

 

"Esos árboles han esperado junto al mar

La certeza confusa de las aves que, en pequeñas cantidades roban algunos minúsculo granos de arena y durante la noche restituyen la sangre;

 

has de conocer los indóciles pinos,

el friso de humo en el cielo, reclamando, el reclamo repentino: la rabia, la riada que deja un charco frio de lluvia y sabrás algún día sabes de Parménides y Zenón silenciados".

 

Esas palabras de mi vecina

yaciendo junto a mí, con su vista en la copa de los pinos y su mano tomando la mía, me hacían sentir una tranquilidad especial, y, aunque a mis escasos trece años, no podía entender del todo su significado sentía cómo mi corazón se ensanchaba.

 

La llegada de Tomás –su marido-

y los chicos Pep y Carles hizo que despertara de aquel sueño y volviera a la superficialidad de la conversación: Su mano se soltó de la mía con delicadeza y en su rostro apareció la forzada sonrisa ensayada durante veinte años.

 

Sus hijos no eran especialmente malos conmigo,

pero se burlaban de mi frilosidad. Decían no comprender porque no podía bañarme sin que mi piel se volviera como la de una gallina y mis labios adquirían un punto cianótico. Desconocían lo que era la anemia, la falta de apetito y las endiabladas pesadillas nocturnas, los vómitos a medianoche y la impotencia de sentirse débil.

 

A pesar de ello yo me sentía a gusto

en el camping, aunque en una pequeña tienda aparte, junto a ellos porque acostumbraban a estar de buen humor; como si de una obligación se tratara. Tomás presumía de tenerlo todo a punto como atendiendo a una necesidad de movimiento continuo:

 

Lavaba cada día el flamante Citroën 2 CV,

único competidor del Fiat 600 de la época, y guardaba en el cofre trasero la balsa inflable y los remos prestos para salir con la aurora a intentar pescar algo mientras se bañaba él y los chicos alejados de la playa de muy poca profundidad.

 

Aquel día Fermina, después de preparar el desayuno,

como de costumbre para todos, vino a mi tienda, me acarició con su mano la espalda para despertarme y me invitó a desayunar con ellos. Su desayuno era rápido y apresurado porque querían aprovechar las horas tempranas para los baños de sol.

 

Yo no podía masticar ni rápido

ni fuertemente pues lo hacía me sangraban las encías y a pesar de que me decían que no importaba el tiempo que emplease en comer aquellas tostadas con mantequilla, lo cierto es que me sentía acomplejado por no poder seguir su ritmo ni acompañarlos a la playa.

 

Fermina, después de lavar los platos,

volvíó a tumbarse junto a mí, reemprendió la lectura de una novela, y de repente volvió a tomarme de la mano, su otra mano bajó la novela depositándola en su vientre, su mirada se alzó otra vez hacia las copas de los pinos y como en una oración en voz baja le oí decir:

 

"Viendo las agujas, sólo viéndolas volar,

caer, clavarse en la arena me transformo,

me vuelvo agua como si quisiera regar

unos piñones que han de enraizar en mí".

 

"Ven, -me dijo- vamos dentro de tu tienda,

donde apenas si cabemos sentados".

 

Frente a mí,

sentada con las piernas cruzadas como adoptando una posición de yoga, me miraba y sin mediar palabra se subió la ligera falda de cretona y dejó al descubierto sus piernas y la sombra oscura de sus ingles desnudas.

 

Me puse a temblar como un flan.

Me tomó una mano, la puso entre sus piernas y comenzó a gemir. Un líquido viscoso como nunca había visto humedecía mi mano y sin darme cuenta mis dedos comenzaron a resbalar por unos lugares desconocidos y una sensación agradable recorrió mi delicada espalda y un hormigueo

que iba creciendo en intensidad invadió toda mi zona genital convirtiéndose en las primeras punzadas de amor de mi vida.

 

Durante los días siguientes

Fermina me dió, antes de desayunar siete piñones cada vez diciéndome: "no maldigas nunca esas agujas que se desprenden de los pinos que lloran igual que un viejo en la tormenta porque son la garantía de que los piñones que te han de curar la anemia encuentra siempre los lugares húmedos".

 

Al final del verano mi anemia desapareció

y el color rojo volvió a mis mejillas, mis dientes se fortalecieron al crecer mis encías y mi saliva comenzó a fluir libre cada vez que Fermina lo solicitaba.

                                                                                       Johann R. Bach

 

 

SIETE PIÑONES DE UNA PIEÑA BIENAL

Un verdadero tratamiento para la anemia

SIETE PIÑONES DE UNA PIÑA BIENAL

   SIETE PIÑONES DE UNA PIÑA BIENAL

 

"Mira cariño cómo caen esas agujas

de las copas de los pinos, cómo vuelan y buscan hundirse en la arena, sólo las turba el viento, el viento".

 

"De las piñas bienales

caen los oscuros piñones expulsados de los rincones de su descanso, el calor resecará su cáscara y libres de toda atadura se introducirán en la tierra, echarán raíces y algún día se convertirán, a condición de que la humedad del mar los riegue cada día, en otros pinos de grueso tronco y enorme copa".

 

"Esos árboles han esperado junto al mar

La certeza confusa de las aves que, en pequeñas cantidades roban algunos minúsculo granos de arena y durante la noche restituyen la sangre;

 

has de conocer los indóciles pinos,

el friso de humo en el cielo, reclamando, el reclamo repentino: la rabia, la riada que deja un charco frio de lluvia y sabrás algún día sabes de Parménides y Zenón silenciados".

 

Esas palabras de mi vecina

yaciendo junto a mí, con su vista en la copa de los pinos y su mano tomando la mía, me hacían sentir una tranquilidad especial, y, aunque a mis escasos trece años, no podía entender del todo su significado sentía cómo mi corazón se ensanchaba.

 

La llegada de Tomás –su marido-

y los chicos Pep y Carles hizo que despertara de aquel sueño y volviera a la superficialidad de la conversación: Su mano se soltó de la mía con delicadeza y en su rostro apareció la forzada sonrisa ensayada durante veinte años.

 

Sus hijos no eran especialmente malos conmigo,

pero se burlaban de mi frilosidad. Decían no comprender porque no podía bañarme sin que mi piel se volviera como la de una gallina y mis labios adquirían un punto cianótico. Desconocían lo que era la anemia, la falta de apetito y las endiabladas pesadillas nocturnas, los vómitos a medianoche y la impotencia de sentirse débil.

 

A pesar de ello yo me sentía a gusto

en el camping, aunque en una pequeña tienda aparte, junto a ellos porque acostumbraban a estar de buen humor; como si de una obligación se tratara. Tomás presumía de tenerlo todo a punto como atendiendo a una necesidad de movimiento continuo:

 

Lavaba cada día el flamante Citroën 2 CV,

único competidor del Fiat 600 de la época, y guardaba en el cofre trasero la balsa inflable y los remos prestos para salir con la aurora a intentar pescar algo mientras se bañaba él y los chicos alejados de la playa de muy poca profundidad.

 

Aquel día Fermina, después de preparar el desayuno,

como de costumbre para todos, vino a mi tienda, me acarició con su mano la espalda para despertarme y me invitó a desayunar con ellos. Su desayuno era rápido y apresurado porque querían aprovechar las horas tempranas para los baños de sol.

 

Yo no podía masticar ni rápido

ni fuertemente pues lo hacía me sangraban las encías y a pesar de que me decían que no importaba el tiempo que emplease en comer aquellas tostadas con mantequilla, lo cierto es que me sentía acomplejado por no poder seguir su ritmo ni acompañarlos a la playa.

 

Fermina, después de lavar los platos,

volvíó a tumbarse junto a mí, reemprendió la lectura de una novela, y de repente volvió a tomarme de la mano, su otra mano bajó la novela depositándola en su vientre, su mirada se alzó otra vez hacia las copas de los pinos y como en una oración en voz baja le oí decir:

 

"Viendo las agujas, sólo viéndolas volar,

caer, clavarse en la arena me transformo,

me vuelvo agua como si quisiera regar

unos piñones que han de enraizar en mí".

 

"Ven, -me dijo- vamos dentro de tu tienda,

donde apenas si cabemos sentados".

 

Frente a mí,

sentada con las piernas cruzadas como adoptando una posición de yoga, me miraba y sin mediar palabra se subió la ligera falda de cretona y dejó al descubierto sus piernas y la sombra oscura de sus ingles desnudas.

 

Me puse a temblar como un flan.

Me tomó una mano, la puso entre sus piernas y comenzó a gemir. Un líquido viscoso como nunca había visto humedecía mi mano y sin darme cuenta mis dedos comenzaron a resbalar por unos lugares desconocidos y una sensación agradable recorrió mi delicada espalda y un hormigueo

que iba creciendo en intensidad invadió toda mi zona genital convirtiéndose en las primeras punzadas de amor de mi vida.

 

Durante los días siguientes

Fermina me dió, antes de desayunar siete piñones cada vez diciéndome: "no maldigas nunca esas agujas que se desprenden de los pinos que lloran igual que un viejo en la tormenta porque son la garantía de que los piñones que te han de curar la anemia encuentra siempre los lugares húmedos".

 

Al final del verano mi anemia desapareció

y el color rojo volvió a mis mejillas, mis dientes se fortalecieron al crecer mis encías y mi saliva comenzó a fluir libre cada vez que Fermina lo solicitaba.

                                                                                       Johann R. Bach

 

 

FUE EN ABRIL DE 1.96...

BARCELONA NACIÓ CON LOS GRANADOS
Fue en abril de 1.96… Me vi obligada a cambiar de alojamiento. El dueño de aquel enorme piso de la calle Joaquím Costa, a escasos 300 metros de la Facultad, había decidido vender el inmueble entero y nos echó a todas las que compartíamos aquella vivienda de techos altos y puertas hechas para gigantes.

Excepto a Dominique no volví a ver a ninguna de ellas. Dominique y yo habíamos compartido una de aquellas frías habitaciones. Ella, nacida en Dinan (Bretaña) estudiaba historia en la Facultad de Letras, era simpática y hasta llegó a presentarme a su hermano Hervé y a su hermana menor Gaëlle. Durante un tiempo nos seguimos viendo en el bar de la Universidad.

Gracias a Dominique encontré un estudio en arrendamiento en la calle Princesa a tan sólo 50 metros de la Vía Laietana. Realmente era un traspaso que me ofreció un amigo común de Pau Riba y de Dominique. El  estudio estaba en la última planta de un edificio antiguo, sin ascensor.

El alquiler era muy barato (aparte del traspaso que pagué no sin dificultades). Tenía una pequeña entrada desde la que se podía ver el gran comedor-cocina. En la parte derecha junto a la ventana había una pequeña escalera de madera que conducía a lo que fue mi habitación. La amplia cama estaba situada a la misma altura de una ventana que tenía vistas a los tejados vecinos.

Cansada de buscar habitación, acepté la situación: daba un dinero de entrada difícilmente recuperable si no era a base de encontrar a alguien, como yo, que aceptara aquellas condiciones. Por eso cuando ya estaba a punto de entregar el dinero Germán me habló de Giner, una especie de "mayordomo" que se traspasaba también con el estudio. Germán me quiso tranquilizar diciéndome que a él le habían transferido el estudio con Giner y que los anteriores ocupantes también habían tenido a Giner como compañero. Giner ocupaba una habitación frente a la mía sin luces ni ventilación.

Giner se ocupaba de todo lo que hiciera falta en el estudio, (limpieza, etc.) y nunca se mezclaba con los amigos de los inquilino; era discreto hasta el punto que era difícil de toparse con él en la escalera o en el propio estudio. Por fortuna mi habitación contaba con un pequeño lavabo y un wáter. Acepté a ese "mayordomo adherido" al estudio aún sin conocerlo. Abajo, en la calle Princesa había siempre gente hasta altas horas de la madrugada y atravesando la Vía Laietana, La Plaça Sant Jaume tenía un aspecto alegre.

En los primeros días, mi cuarto, me pareció bastante acogedor. Por la cocina "económica" de hierro forjado y por la ventana larga y estrecha en altura, rozando ya las tejas, de vidrios muy fraccionados, se podía adivinar la edad de la casa. Por aquella ventana podía ver como caía la lluvia sobre los tejados rojos y adormecerme con las últimas luces del día, bajo una gruesa y pesada manta de lana. También los primeros rayos de sol, reclinado como un globo ardiente sobre los tejados, entraban por esa ventana sin cortinas, inundándome los ojos de una claridad coincidente con los fuertes timbrazos de un viejo despertador como los sonidos de un timbre de bicicleta.

La escalera era empinada y los siete pisos costosos de subir, pero en pocos días me acostumbré y el estudio me parecía aún más acogedor cuando, jadeante por el ejercicio de escalar, escalón por escalón, aquella oscura y fría escalera alcanzaba el confort del viejo sofá. Era como trepar por un árbol huyendo de toda clase de alimañas y a veces me sentía como una niña luchando por alcanzar el desván. En una palabra, estaba contenta, sobre todo porque los vecinos parecían no existir y a veces lo único que subía por aquella escalera era la música de un organillo que parecía también se había afincado en el portal.

Desde entonces han pasado los años por el país. La época de la que hablo está para mí en las tinieblas del pasado, y los vivos colores de los sucesos se han vuelto pálidos y difusos. Tengo la sensación de estar hablando de cosas que no me ocurrieron a mí sino a otros, tal vez a Dominique. Por eso no he de tener miedo que el amor propio me induzca a mentir: Escribo con claridad y honradez y me atengo al hecho que el número 12 de la Calle Princesa y el número 36 de la calle Joaquím Costa todavía existen y que las personas que en aquella época íbamos al comedor no universitario más barato, en la misma calle Joaquím Costa, pueden dar fe del ambiente del barrio.

Paco, el camarero del bar de la Universidad, ha dado, durante más de cincuenta años, testimonio de todas las transformaciones del ambiente estudiantil y estuvo al corriente de nuestras vicisitudes con más comprensión que la de un hermano. Decenas de miles de estudiantes conocieron al gentil Paco.

En aquel entonces yo no pasaba mucho tiempo en casa. A las siete y media de la mañana iba camino de la Facultad y antes de las ocho aún me daba tiempo de tomar un café servido por Paco. Eran tiempos en que hasta los conserjes ganaban concursos como los de "Un millón (de pesetas) para el mejor" y los estudiantes quedábamos atónitos ante la erudición de aquellos "poco ilustrados" funcionarios. Y siempre que podía, pasaba las tardes en casa de mi novio.

Si, entonces yo estaba "prometida" (como se decía entonces). Ramón –voy a llamarlo así- era una joven promesa del mundo científico, amable y culto y –lo que más contaba para mis coetáneos- rico.

Ramón había nacido en el seno de una tradicional familia de comerciantes que mediante el trabajo y el ahorro llegó a tener una casa a la que también gustaba de ir la juventud masculina porque, pese a todo aquel refinamiento, reinaba en ella un ambiente alegre y abierto que no dejaba que entre las tazas de té se instalara el aburrimiento.

El hijo menor de la familia, Ramón, era por cierto el preferido de todos, porque a su cultura añadía una cierta amable frivolidad que convertía en interesante y agradable la conversación más anodina. Tenía más sensibilidad y más temperamento que sus hermanos mayores, era un carácter franco, alegre, y está fuera de duda que yo le quería y estaba orgullosa de él.

Puedo hablar abiertamente: más adelante, un año después de quedar disuelto nuestro compromiso, se casó con una muchacha de familia noble, pero murió tras haberle dado el primer hijo, una niñita rubia.

Yo solía quedarme en su casa, donde se reunía a diario un grupo bastante numeroso de personas, hasta las seis de la tarde; después daba mi paseo, iba al Capsa, (teatro situado entonces, en la Calle Aragón) y regresaba a casa sobre las diez de la noche para continuar con el mismo género de vida. Me aficioné a las matemáticas y otras ciencias para estar más cerca de él.

Por la mañana, cuando yo bajaba despacio mis siete pisos, me encontraba siempre en el portal  al portero, que fregaba las baldosas de mármol blanco de la entrada. Él saludaba e iniciaba una corta conversación. Así día tras día. Primero el tiempo, luego que si estaba contenta con mi estudio y cosas así.

Como el viejo nunca quería terminar, yo siempre le preguntaba por sus hijos, y entonces él suspiraba y murmuraba apretando los dientes "¡Eso sí que es una cruz! ¡Qué preocupado me tienen, chica!". Y aquello era el final. Una vez, era un martes, pregunté, sólo por decir algo, quién era aquel "mayordomo" que ocupaba una habitación en mi estudio. Contestó a la pregunta de la misma manera que yo: de pasada, sin pensar mucho. "Un pobre chico que apenas si gana para poder comer haciendo pequeños trabajos aquí y allá.

Había olvidado ya hacía semanas aquella información cuando llegó Giner jadeante, sudado y al mismo tiempo con la ropa totalmente empapada. La tormenta le había sorprendido ya cerca de casa. Era un domingo por la mañana. Yo había dormido más de lo habitual y me disponía a salir paraguas en mano, mientras que él, con un librito en la mano parecía que regresaba de la iglesia.

Su aspecto era mísero: entre los flacos hombros que se vislumbraban claramente porque la camisa mojada así lo permitía, destacaba en su cara una nariz larga y afilada y las mejillas hundidas. Los delgados labios, ligeramente entreabiertos, dejaban ver unos dientes poco limpios. La mandíbula era angulosa y prominente. En aquel rostro sólo llamaban la atención positivamente los ojos. No es que fueran bellos, pero sí grandes y muy negros, aunque carentes de alegría. Sólo sé que la impresión que me causó aquella criatura con el pelo totalmente mojado no fue grata en absoluto. Creo que él ni me miró. Por otra parte, apenas tuve tiempo para pensar en aquel encuentro banal, porque instintivamente cogí una toalla y se la ofrecí para que se secara el pelo y la cara.

Aquella noche tuvo lugar en casa de mi novio una velada perfecta donde se discutió amablemente sobre todos los temas de la época. Resultó perfecta y duró hasta muy avanzada la noche. Esa noche, precisamente, Ramón me pareció encantador. Una agradable sensación de contento saturaba mi pecho como un calor bienhechor.

De ahí que a las tres de la madrugada resultara aún difícil la despedida. Los pocos que marcharon a pie se dispersaron pronto en todas direcciones. Yo tenía un camino por delante de unos veinte minutos por lo que aceleré el paso, dado, además, que la noche de final de junio era brumosa y lloviznaba. Pensando en aquel aleteo de mariposas en mi bajo vientre, sin darme cuenta llegué a casa y entré.

Me estaba esperando. Apenas visible porque su cabeza tapaba la pequeña bombilla y su cara quedaba en la zona oscura. Sólo sus ojos se adivinaban. Hasta mí llegó un desagradable olor a sudor idéntico al que embargó mi olfato por la mañana. Estaba tan cohibida y asustada que no dije palabra, aunque tampoco me aparté. Sentía asco por aquella figura, pero no me aparté. Sentía sus ojos sobre sobre mis labios mucho antes de que me los besara. Cuando quise darme cuenta sus dedos corrían ya entre mis piernas. Como corrientes eléctricas las punzadas salían de mi vagina alcanzado los pezones en oleadas.

El olor de sudor, su piel pegajosa y sus labios sobre los míos me producían un profundo asco y al mismo tiempo un placer que nunca había experimentado antes. Me sentí como una diosa poseída por un diablo que conocía mi cuerpo mejor que yo misma. Me poseyó varias veces antes de que amaneciera. Finalmente caí exhausta en un profundo sueño. Me desperté a las cuatro de la tarde oliendo a demonios; me fui directamente a la ducha. Nunca me había sentido tan sucia. Afortunadamente él había salido.

En los días que siguieron a aquel encuentro todo pareció volver a la normalidad. Pero el sábado fui a casa de mi novio y para sorpresa mía toda la familia se había ido de viaje. El portero me dio un sobre con una nota. Una nota escueta que decía así: "Queda roto nuestro compromiso. Un tal Giner nos ha explicado con todo detalle la doble vida que llevas con él."

Salí huyendo con el pecho herido. Con la velocidad del rayo lo comprendí todo. Fui en busca de Dominique. Le expliqué todo lo ocurrido y le pedí ayuda. Me acompañó hasta la estación de Francia. Me pagó el billete hasta París y me dio algo de dinero para pasar unos días en casa de Hervé hasta que pensara en lo que debería hacer en aquel verano. Tardé tres años en volver de visita a Barcelona.

5 jul. 2013

Caballos de madera y elefantes ganaban batallas y daban vida

  Barcelona nació con los granados

Barcelona nació con los granados,

entre alegres flores fucsias como una granada de astros.

 

Corrían los tiempos que

caballos de madera y elefantes ganaban batallas y  daban vida.  El delta del Llobregat procuraba reposo, agua y terrazas sobre el mar a familias púnicas enteras resguardadas por murallas de montañas inexpugnables.

 

En sus tierras fértiles crecían

sin dificultad las verduras, los higos maduraban como los versos y los campamentos reían ajenos a la batalla de Cannas.

 

Los elefantes, verdaderos artífices

de las victorias cartaginesas también descansaban a orillas de los ríos

prepirinaicos.

 

Desarrollaban tareas agrícolas,

domésticas y pacíficas. Gozaban como niños de baños diarios, y juegos infantiles; se adormecían con la música de las olas y el olor a vino de los soldados.

 

Entre los fermentos

de sus enormes excrementos usados como el mejor abono, una semilla blanca que en su origen tenía el mismo color de sus flores, surgió una planta extraordinaria que viendo la luz del mar decidió crear sus propias colonias. 

 

Ahora,

después de más de dos mil doscientos años ninguna necesidad tiene el granado que venga de tan lejos y me detenga a contemplarlo en su milagro, a que admire sus hermosas flores fucsias.

 

Nada es necesario para el granado

salvo la luz, la noche, el agua, los fermentos, la brisa mediterránea y el vuelo de las abejas; y, el ritmo marcado por la rotación incesante de la tierra.

 

Para ser, el granado

no necesita que me detenga a contemplarlo. No mora el Punica granatum en mi palabra. Mi palabra es lenta, sólo evoca un granado que florecía en Cadaqués junto al mediterráneo.

 

Existen

una avenida que va a Roma y una ventana que da a la playa para guardarlo, y en mi memoria avenidas de diáfanos cristales por donde llegó el granado de Amilcar Barca que contemplo.

 

Barcelona nació con los granados,

entre alegres flores fucsias como una granada de astros.                       

 

                                                                                                 Johann R. Bach

Dicen que aman infinitamente y sin embargo, aman infinítamente poco

Comentario de una lectora agradecida:

El poema "El diablo entre las lágrimas", desconcertante y muy "gráfico a la vez", me transporta a la frontera entre las creencias, en el siglo XVI, y la enfermedad de la pobre niña ...

El de la serie "Los hombres de mi vida" el número 15 (Leandro), contiene unos versos de una fuerza extraordinaria:

"... Dicen que aman infinitamente y, sin embargo aman infinitamente poco ..." pone el dedo en la llaga, a través del juego de palabras-paradoja-contrasentido, de la sinceridad en el amor ... de la distancia entre "decir" y "hacer" (demostrar).

la "trampa del romanticismo" "... Decir que se siente más de lo que se siente y esforzarse en sentirlo porque se ha dicho" nos muestra, quizá, la voluntad de compromiso como el único ámbito en el que podemos "incidir" ante la volubilidad, la libertad, los sentimientos, que van y vuelven como hacen las golondrinas de Europa en África según la "temperatura" ... y me recuerda la cita que Mercè Rodoreda hacía los clásicos "la verdad nadie la dice y es huidiza "... (cambiante. .. también para bien!)

El callejón sin salida, el clímax del poema, sobre la naturaleza de los sentimientos, llega en la contundencia del verso que sentencia "Dejarse es horrible, no dejarse también" ... En definitiva, interpreto que la humildad es el único refugio que nos queda a los humanos ante la acción devastadora y aleccionadora del tiempo ... La humildad y la sabiduría de este aprendizaje ...

En cambio, "Noches de luna Creciente", de Marta Guillamon, me ha parecido "una pausa" en la lectura, ya que vehicula todos los tópicos románticos ...

El 14 de la serie "Los hombres ..." (Amadeo) pienso que contrapone la cruda realidad de estos tiempos de crisis-quedarse en el paro una semana después de haberse quedado nuestra pareja -con el ámbito inalcanzable para una sociedad cruda y cruel - del amor físico y el sueño como ámbitos de libertad absoluta ...

Cabe decir que intento de "decodificar" algo de los poemas para evitar aquello tan "Twiter" de "me gustan" y suficientemente ... pero lo que nos hace abrir los ojos como platos o nos resuena dentro, o nos corta el aliento es, justamente, como el poeta dice lo que es común a la experiencia humana ... de modo que lo mejor que se puede decir, en realidad es "me gustan" ... y basta.

Adelante y gracias, poeta!

Una lectora agradecida ... (que no querría ser paso pedante ...)

NOTA: Esta lectora agradecida aparece y desaparece misteriosamente como el Guadiana, pero sus opiniones tienen el suficiente peso como para publicarlas íntegra y literalmente. Y no hay duda de que es una persona que mastica (medita) lentamente antes de dar sus opiniones. Desde el Blog le damos sinceramente las gracias por su participación.
                                                                                                          Johann R. Bach