29 dic. 2012

EL RECUERDO DE LOS SERES QUERIDOS de la novela "Barcelona nació con los Granados"


                                Estatua de Hermes



HERMES, EL ABUELO



Como en la extraña mina de las almas,

estaño silencioso, iba avanzando como vena por la oscuridad.



Entre raíces colgando,

puestas al descubierto por las picas, brotaba la sangre que se escurre hacia los hombres con el aspecto pesado del pórfido1 en la oscuridad.



Nada más allí, era rojo.

Allí había rocas y bosques irreales  en excavaciones a cielo abierto; puentes sobre el vacío y el gran lago gris, seco, en el que estaba suspendido sobre el propio fondo lejano, como encima de un paisaje, un cielo de lluvia.



Y entre praderas suaves,

llenas de paciencia, apareció la pálida franja, el único camino, extendido como una larga lividez.



Por este único camino veníamos.

En cabeza, el hombre esbelto envuelto en su capa de turbio azur y casco de minero, que impaciente y mudo miraba ante él. No masticaba tabaco ni otras hierbas, pero su paso devoraba el camino a grandes mordiscos.



Las manos le colgaban fuera de los pliegues

del manto, cerradas y pesadas, sin ya saber nada de la cicatriz ligera

que llevaba enclavada en la mano izquierda como sarmiento de rosal

en un tronco de olivo.



Y sus sentidos estaban como partidos:

por un lado, la mirada se adelantaba corriendo como un perro pastor, que se giraba, venía, y ya estaba de nuevo esperándose lejano en la curva más cercana;



por otra parte, como un olor,

el oído se quedaba atrás, y le parecía a veces sentir incluso el caminar de aquellos que también tenían que hacer toda aquella penosa subida.



Después volvía a ser el eco

del propio ascenso y el viento de su manto lo que llevaba detrás. Pero él se decía a sí mismo en voz alta que vendrían y sentía como resonaban en los oídos sus palabras.



Hermes, el abuelo, era experto

en interpretar los significados ocultos conocía todo el mundo de los difuntos, tranquilizaba a todos los que iban a atravesar los límites de este mundo.



Su potente imaginación le permitía

entrar y salir del Inframundo sin problemas. Hermes, el abuelo, nos enseñó los símbolos del gallo y la tortuga para el madrugador y tenaz caminante,



el zurrón para no ser capturado

ni envenenado en posadas, las sandalias aladas indicativas de la diligencia del mensajero, el pétaso o casco precursor de moteros y su caduceo o vara de heraldo.



Y los que veníamos detrás de él

a lo lejos, queríamos aprender sus ciencias de la vida y sus conocimientos sobre el Inframundo: éramos muchos, pero caminábamos con pasos suavísimos, callados.                                        

                                                                                          Johann R. Bach
                                                                                  

*1) Pórfido. Roca compacta y dura formada por una sustancia amorfa y cristales de feldespato y cuarzo, generalmente de color rojo oscuro, muy apreciada para la decoración de edificios.



LA FLOR DE TODOS LOS COLORES (web www.homeo-psycho.de)

LA FLOR DE TODOS LOS COLORES

 

¿Hace mucho mi amor, que no te digo

que eres la flor que suma todos los colores sobre mis ojos?

 

Desde las márgenes

de la luz de las estrellas -del negro al blanco- el marfil que araña la carne, ruedas –tú, mi compañera- por un manto de porosidades;

 

el crudo garfio antepuesto al sentir,

despreciado y brillante, como un ojo malherido y tendido en un puente de estertor, distinto a una pizca de grafito,

 

el marfil, el hálito blanco de tu carne,

acompaña al dardo solar, lengua de luz huidiza hacia las letras claras de mi vacío.

 

Como un recuerdo seco,

seco y lleno de los despojos fríos de la luna, en lo cotidiano de la necesidad tu nombre cede al ser, y

 

eres -mi amor- la piedra ardiente,

la cosmogonía de la llama, el balbuceo del origen, pulsión y anulación, la flor que suma todos los colores sobre mis ojos, la palabra que no tiene sílabas, la liturgia profunda de la carne más gustosa.

 

                                                                                Leo P. Hermes
                                                                      www.homeo-psycho.de

28 dic. 2012

TORTICULIS. De la novela "La Chica de Kiefholzstrasse" (video cap 33 en la web www.homeo-psycho.de)




·         Tortícolis

              LACHNANTES C7 -  NUX VOMICA C15



Ayer no salí de casa.

Tenía una tortícolis que me dolía al menor movimiento. Decidí quedarme frente al gran ventanal de mi habitación leyendo y de vez en cuando, al levantar la vista, disfrutar de la belleza de un paisaje plano, pero no monótono.



Desde el último piso del edificio

puedo observar como una pandilla de jovenzuelos apedrea una farola, como la luz del amanecer rompe el cielo e inunda la calle de color. Desde mi terraza casi se ve el comienzo de Kiefholz Strasse... y el comienzo de mi vida...    



Lachnantes es mi mejor amigo

junto con Nux vómica cuando siento que he fracasado en la vida por no tener hijos, por no poder acomodarme donde parece que los demás tienen la sensación de estar bien, por no haber podido sentirme como ellos -eso lo noto en el dolor de cervicales, signo de fracaso y desánimo.



Me aparté de la gente

para vivir de otra forma. Perdí. Mi mejor medicina es soñar, despierta y lúcida, con mi amor.



Me gusta saber

que vendrá como tantas veces, alegre, locuaz, cariñoso,… Le pediré que me haga un masaje en el cuello y espalda… 



Algunos amigos se ríen de mi mundo interior;

me dicen que tengo mucha imaginación, como si eso fuera malo o inútil en el mejor de los casos,



pero a mí el idear

me produce la agradable sensación de romper, como el caracol su epifragma, la cárcel de cristal también imaginaria de la que es difícil escapar sin soñar.



Yo les digo que prueben a soñar;

les animo a cerrar los ojos y escuchar… Escuchar como el murmullo de las olas del mar frente a los restos de una isla misteriosa invade el crepúsculo y rompe contra las rocas con una musicalidad que tranquiliza el alma.



Esas Cíes, bellos nenúfares

que tengo ante mis cerrados ojos, no son más que las uñas de la más grande y fértil isla que ha existido jamás que se aferran a las playas del continente.



Noto bajo mis pies cómo late su corazón

y cómo respira pausadamente esperando el momento de emerger para pasar del mito al Mundo Tangible, para pasar de la imaginación al Cosmos de lo visible, para pasar de lo deseado a lo real.



Yo soy capaz de imaginar la Atlántida de Platón

con sus enormes confines desde las islas Azores hasta las islas Canarias porque no necesito la prueba de su existencia material.



Puedo imaginar

que los atlantes vivían de la exportación del estaño que trasladaban desde lo que hoy conocemos como Vigo hasta Tartessos, un rico enclave situado en la desembocadura del Guadalquivir (o quizá del Ebro - Tortossa -).



No es difícil pensar

que el estaño viajara por el interior de la península evitando, por alguna razón, la costa portuguesa.



Ya en Tartessos se negociaba la venta

y distribución del preciado metal estratégico por todo el Mediterráneo.  La Atlántida existe en mi imaginación al igual que millones de cosas. ¿Por qué hacer una frontera entre lo imaginario y lo tangible?



Ahora no recuerdo

si el dolor del cuello ha sido fruto de mis ideaciones o formaba parte del Mundo Tangible. El caso es que ya no me duele nada. ¿Ha sido todo un sueño? ¿Todo es producto de nuestra imaginación?                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         Johann R. Bach



… "y ahora esos pensamientos que emergen 
del fondo de tu alma toman la forma de un sueño"… (Sócrates)

                                                                                                                  Platón, Menón, 85 c.



EL COMENTARIO DE LEO P. HERMES

El pensamiento occidental tiende

por tradición a menospreciar o devaluar "lo imaginario" y califica la imaginación como "maestra del error y la falsedad".



Muchos filósofos han inducido

a poner en cuarentena todo aquello que se considera como "vacaciones de la razón".



Para Brunschvicg (filósofo francés que al final de su vida acató la potencia de lo imaginario) toda imaginación es platonismo, un pecado contra el espíritu. Para Alain (discípulo de Althusser), más tolerante, "los mitos son ideas en crecimiento, y lo imaginario es la infancia de la conciencia".



En este capítulo 33

de "La Chica de Kiefholzstrasse" Elisa nos cuenta de forma sencilla e inteligible sin saberlo el redescubrimiento de una "facultad de lo posible" a través de las Ciencias de la Salud, pero también a través de las Ciencias de la literatura…




ORACIÓN DE ARREPENTIMIENTO. Del libro "Poemas para el crepúsculo" (www.homeo-psycho.de)

                     ARREPENTIMIENTO

 

¡Oh noche!

 

Escalofrío que te deslizas sobre mi piel

como sangre la herida fresca y bajas corriendo su huella oscura, te extiendes en aquellas horas en que los campos se tintan de sombras,

 

momentos en que preparas la floración,

con tu escarcha, de las rosas de todos los jardines, escucha esta súplica;

 

acoge las soledades hechas de años

y de derrotas y ayúdame a expulsar las culpas de mi alma, a sobrevivir, precisamente cuando los sueños caen.

 

¡Oh noche!

 

A menudo me parece oírte decir:

¿Acaso no eras esa? ¡Ay, cómo te olvidabas de mí! ¿Era ésa tu imagen? ¿No eran acaso tu pregunta, tu palabra, tu luz celestial, cosas que con tanto orgullo poseías?

 

Estaba ebria de gozos:

mi palabra, mi luz celestial, antaño poseída, está ahora destruida, desperdiciada; y a quien le haya ocurrido como a mí, tiene que olvidarse de sí y mostrarse humildemente ante ti como lo hago yo, porque ya ni toca las viejas horas.

                                                                                            Elisa R. Bach
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26 dic. 2012

LAS TARDES DE UN ALFÉREZ Portada de la novela

            LAS TARDES DE UN ALFÉREZ

                                                                                        Johann R. Bach

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LAS TARDES DE UN ALFEREZ. PRÓLOGO

                                     El Ciudad deMahón
 
Viví, por primera vez, la insularidad

de Mallorca y en menor medida la de Menorca desde el primer momento en que supe que me habían destinado a la zona militar de las Islas.

 

Se abría ante mí un paréntesis

-el servicio militar- que no iba a hacer desaparecer de mi vida ese secreto que llevamos todos sobre nuestras espaldas y que lo vivimos tomándonos todo como una apariencia; y que las fuentes poco a poco se van perdiendo en el paisaje.

 

Mi frente acusaba con alguna sombra

el cansancio del final de carrera donde en el sprint final perdí la cola de mis cejas y parte de mi entusiasmo por la vida. Me sentía antiguo y un simple encefalograma hubiera demostrado que mi cerebro estaba arrugado e ilegible.

 

¡Qué pergamino sucio y viejo era mi piel!

El último campamento en Castillejos al que me sometí para conseguir la estrella de Alférez me había quemado la cara y los brazos y mis mucosas tomaron la senda de la deshidratación del paisaje.

 

Una pasión insana, insatisfecha,

de algún modo no colmada, como el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, me proyectaba e inquietaba a la busca de lo ignorado y del pezón que nos sustenta. Sentía en definitiva que la falta de libertad no desautorizaba el paisaje.

 

Iba a entrar en un mundo –horrible-

exclusivo de hombres cuando mis ojos deseaban ver, una por una, todas las hembras de todas las playas.

 

El deseo de estar junto a la alegría

de sus sonrisas jóvenes (o maduras jóvenes) era fortísimo; y estar cerca de su simpatía y encantos, con un cobalto maravilloso de fondo a ambos lados del horizonte, era casi una obsesión.
 
                                                                                            Johann R. Bach
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Poema VIAJE HACIA MIKONOS

                                              Mikonos

 

VIAJE HACIA MIKONOS

 

Sabes bien

que no has decepcionado del todo a aquella joven que fuiste:

 

muchos de sus sueños,

inquietudes, aspiraciones se convirtieron en excrementos para estercolar, pero del impulso inicial aún te quedan fuerzas.

 

De no ser así, no hubieras sobrevivido:

 

el aroma que vas dejando a tu paso

es aún fresco como el de una rosa y sigues transformando el mundo con ciertos hechos cotidianos como saludar con la sonrisa y amar con la mirada.

 

Tus sueños son como las jarcias

y las crines de los grifos1 dorados que se oyen lejanos en la oscuridad, al estar sola, entre remos y fanales… mientras flotas en el viento del puerto dispuesta a embarcar y partir para Mikonos.

 

Muchas veces esa triste nave de tus sueños

partió sin ti, con su espectacular monotonía; con sus bronces y sus juegos de agua llenos de música:

 

el brillante clamor

de un ritual de gracias escondidas y una sabiduría tan vieja como el mundo.

 

También alguna vez, hiciste el viaje

intentando convencerte a ti misma de que eras dichosa y te repetías a cada golpe de remo:

 

aquí termina el reino de mi cuerpo.

 

Y no lo hacías sin guardar rencor

 sino con un deseo inhábil que no colman las acrobacias de la voluntad,

y cierta ingratitud no muy profunda.

 

Tenías demasiados críticos

acercándose a tu piel como si fueran trampolines. Demasiados cayendo de nuevo a la piscina de sí mismos.

                                                                              Johann R. Bach

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(1)    Grifo: animal fabuloso, mezcla de león y águila

LA DESPEDIDA DE BARCELONA

                         Barcelona: Passeig del Born

 

Me tenía que presentar a fecha fija

en la calle Comercio (hoy Carrer del Comerç) en el popular barrio barcelonés del Born, sin más bagaje que la ropa puesta. Allí me entregaron un billete para embarcarme aquella misma noche y

 

una especie de salvo-conducto

en el que se exhortaba a las autoridades y funcionarios de todo tipo a facilitarme todo aquello que me fuera necesario para el desempeño de mi oficio;

 

un petate con dos trajes completos

dos gorras de plato los cordones y la estrella de mi rango, un mono blanco de faena, tres camisas caquis de algodón puro, dos camisetas blancas y una azul, tres pares de calcetines,

 

dos pares de botines,

unas zapatillas de deporte, tres calzoncillos, un pantalón de deporte y un bañador; un cinturón de "paseo" y otro de "combate" con cartuchera para pistola incluida; y, una especie de gabardina denominada tres cuartos.

 

Cuando salí de la oficina militar de farmacia

de la calle Comercio no sabía cómo emplear las horas que me quedaban de aquella larga tarde. Fui caminando hasta el portal del inmueble donde tenía el estudio.

 

Me dio pereza subir

hasta aquella buhardilla con el petate a cuestas y por otro lado ya me había despedido de Remei la compañera con la que compartí comedor, cocina y gastos generales aquel último curso en la facultad.

 

Así que seguí caminando

hacia la catedral, me metí en una librería y compré los libros "Temas Militares" y el "Anti Dühring ambos de F. Engels, los añadí a aquella pequeña biblioteca improvisada en el fondo del petate junto al repertorio de Kent y la materia médica de Vannier.

 

Bajé hasta la Plaça Sant Jaume,

me comí dos bocadillos de Frankfurt de aquellos que se hacían con los panecillos llonguets y mostaza recién llegada de Dijon, caminé por la calle Ferrán abajo hasta llegar a Les Rambles y luego hasta alcanzar el puerto.

 

Por suerte, abriéndome paso

entre la muchedumbre pude subir a bordo del "Ciudad de Mahón" un barco de la Transmediterránea a pesar de que aún faltaban varias horas para zarpar.

 

Poco a poco iban llegando reclutas

que acompañados de sus familiares se resistían a subir a bordo hasta el último momento. A mí nadie me despidió en los muelles. Sentía con fuerza el sentimiento de que yo no pertenecía al rebaño.

 

Estuve en cubierta observando

los movimientos de toda aquella gente que esperaban, no sé por qué razón, que les autorizaran a subir por la pasarela. Finalmente desistí de mirar aquel gentío porque me estaba mareando.

 

Busqué un sofá

donde poderme acomodar y olvidar el lento paso del tiempo: hasta el amanecer no veríamos la isla de Mallorca; hasta un par de horas más tarde, después de doblar el recodo de la Bahía de Palma no alcanzaríamos el  puerto; después vendrían las maniobras para atracar.

 

No pegué ojo en toda la noche.

Varios grupos de reclutas hablaban y hablaban a voces y a veces con estridentes risas amagaban entre abundantes tragos de alcohol, su ansiedad que quizá no fuese muy diferente de la mía. Pero entre la suya y la mía se levantaba como un muro la imposibilidad de exteriorizarla.

 

Intenté leer algo,

Pero el movimiento del barco me mareaba y de vez en cuando me vi obligado a salir a cubierta a aspirar la brisa húmeda que llenaba mis labios, ya bastante secos, de agua salada.

 

Me consolaba saber que el Ciudad de Mahón

navegaba en la misma dirección de nuestro mundo: hacia el sol. Eso acortaría algo la puesta en escena del decorado marítimo. Así la Isla de Mallorca no tardó en aparecer en el horizonte aunque el rodearla para entrar en la Bahía se me hizo más largo que la propia travesía.

 

Para sorpresa mía

un capitán de Ingenieros me estaba esperando con su coche particular en el muelle de arribada. Era un hombre algo corpulento, alto y con unos ojos enormes, no saltones, en medio de una cara de luna.

 

Se esforzó por ser amable

a pesar de que me anunció que era Juez militar no togado (sin carrera de derecho) y licenciado en ciencias matemáticas por lo que tenía el rango de capitán de Estado Mayor.

 

Me llevó directamente

a la sala de curas del cuartel donde me dio las llaves de una taquilla metálica donde podría guardar mis cosas. Siento que te tengas que incorporar a tu trabajo –me dijo- tan bruscamente, pero tenemos que vacunar a tres mil reclutas en una semana.

 

Pasé toda la tarde

abriendo cajas de inyectables y agujas hipodérmicas. Me presentaron a Cavallos, también alférez médico, valenciano y a los ayudantes (los que tenían que poner las inyecciones). Le pregunté discretamente al capitán Garcés qué tipo de formación tenían aquellos ayudantes.

 

Una tremenda carcajada estalló

llenando la sala de curas de una onda expansiva que hizo tintinear algunas jeringuillas. Eran todos albañiles excepto Ferrán, un cuidador de cerdos de una famosa granja de Vic.

 

Cavallos y yo simpatizamos

desde el primer momento. Había estudiado medicina en Valencia, pero los dos últimos años los cursó en Zaragoza para evitar las represalias de las autoridades académicas. Consiguió que se olvidaran de él y llegó a obtener la graduación de alférez médico.

 

Era alto, corpulento

y su figura crecía usando unas gafas de pasta bastante gruesas que combinaban perfectamente con un exuberante bigote. Era una persona que leía mucho y estaba bastante al corriente de los acontecimientos políticos.

 

No era comunista,

pero simpatizaba con la pléyade de grupúsculos revolucionarios que en aquellos tiempos recorrían las universidades. Le fascinaba el lenguaje agresivo y las llamadas de aquellos grupos a la lucha armada.

 

Desde el primer momento

comprendí que aquella actitud no era más que una forma de evitar el acoso del Partido para que militara en sus filas.

 

Yo estaba vacunado

contra esa enfermedad descrita en una sola línea por Lenin: "El izquierdismo es la enfermedad infantil del comunismo". Por otro lado conocí a varios estudiantes de Ciencias Físicas pertenecientes a FUDE (Federación Universitaria Democrática de Estudiantes), todos ellos de tendencias Trotskistas.

 

Cuando se les preguntaba

por qué estudiaban físicas respondían que se estaban preparando para recibir a los extraterrestres. Eran simpáticos, pero como políticos, evidentemente, no tenían futuro. Y es que los trotskistas de la época no surgían de escisiones de organizaciones obreras o estudiantiles sino de la descomposición de los jesuitas.

 

Yo no destaqué demasiado

en las luchas estudiantiles, pero gané una cierta reputación al participar en el derribo de las puertas de la facultad y en la expulsión simbólica del catedrático Taure.

 

Con un poste de teléfonos

como ariete y cantando "La Internacional" una masa de estudiantes tomamos en volandas a aquel corrupto profesor de anatomía propietario de una librería en la que comprábamos "voluntariamente" sus apuntes. 

 

Desde aquel día

los militantes del PSUC me consideraron como uno de los suyos, pero nunca estuve adscrito a ninguna disciplina de partido. Me invitaban a participar en sus foros y como otros muchos miles de estudiantes me convertí en un opositor político al Régimen…

 

Sorprendentemente Ferrán me demostró

durante aquella semana que era el "enfermero" más hábil de todos cuantos yo he conocido, poniendo inyecciones.

 

Tres pares de enfermeros

apostados en los flancos de una columna de reclutas se encargaban de limpiar con un algodón impregnado de yodo una pequeña región de ambos brazos, cerca de los hombros, y, en la espalda.

 

Otros tres pares de enfermeros

colocaban en las zonas señaladas las agujas de forma que cada recluta podía ver al compañero que le antecedía con una aguja clavada bajo la paletilla. Muchos de ellos se mareaban al ver las agujas clavadas en la espalda de los demás mientras esperaban a que otro equipo de seis pares les embragaran las jeringuillas cargadas con las vacunas.

 

Para evitar que al desmayarse

cayeran en redondo otro equipo de ocho ayudantes (no enfermeros) los vigilaba y cuando a alguien se le amarilleaba el rostro de forma hipocrática lo sujetaban y los extendían en el suelo hasta que se recuperaba.

 

Cada recluta llevaba colgada al cuello

una ficha con su nombre y grado cultural (Bachillerato, estudios primarios, universitario, etc.). Se escogían a unos cuantos entre los de mayor nivel de instrucción y se les enseñaba a tomar una gota de sangre para cada una de las fichas de aglutininas de cada individuo al objeto de saber su grupo sanguíneo.

 

Muchos de aquellos "vacunados"

pasaban las primeras noches con intensos procesos febriles y por la mañana se presentaban en el barracón que servía de sala de curas con los labios llenos de pupas y con fiebre alta. Sus ojos enrojecidos daban la sensación que no resistirían aquella situación.

 

Se les administraban

las famosas "pastillas blancas" que no eran otra cosa que sulfamidas (potentes antiinflamatorios que no tardaron en ser denostados y reemplazados por los antibióticos).

 

Las amigdalitis eran como una plaga,

pero mediante "toques" con un algodón empapado con una dilución de pastillas blancas la inflamación y el pus desaparecían durante meses.

 

Recuerdo que el miércoles

de aquella semana medio en broma, medio en serio, apartaron de la columna que se estaba vacunando a un recluta con intenso sudor en la frente y que al parecer estaba punto de padecer un colapso. Le dimos a beber un vaso de agua en el que se había diluido una gota de vinagre y se le abanicó hasta que se recuperó.

 

El capitán Garcés me dijo al oído

que se trataba de Pere Gimferrer poeta y prosista. No tuve ocasión de volverlo a ver. Su reemplazo fue el primero en cumplir sólo trece meses de servicio en lugar de los quince establecidos en aquella época

 

En los días siguientes,

debido al inicio de la instrucción militar, tuve que atender a cientos de aprendices de soldado a causa de la enormes llagas originadas por unas botas durísimas. Se les rebajaba de servicio y se les conminaba a usar las zapatillas de deporte durante unos días.

 

De todos esos aspectos

se encargaba el Sargento Watusi, apodado así por su gran estatura y delgadez. Era prácticamente analfabeto pero era metódico y ciertamente serio. Disfrutaba viendo a los reclutas pelearse por una taza de chocolate a las siete de la mañana. Ese era su deporte.

 

Todo aquel intenso trabajo

me hizo olvidar dónde estaba y despreocuparme de mis propios pensamientos durante un mes. A partir del cual en el cuartel entré en una especie de monotonía. Visitaba a algún que otro soldado con desarreglos intestinales o gripe.

 

A las doce del mediodía

ya había acabado mi jornada y el resto del día podía irme del cuartel y de esa forma ahorrarse (el cuartel) el dinero de mi comida. Tuve la oportunidad de ocupar una habitación en la Residencia de Oficiales.

 

El Capellán castrense

aspirante a ascender a Comandante, tenía allí su dormitorio y me acompañó a ver aquel "paraíso de la oficialía"  y quiso convencerme de que era la mejor opción (por barato) para residir en la isla.

 

Evidentemente rechacé vivir

en aquel amasijo de hierros y mármol impregnado de un extraño tufo de tabaco y alcohol; sin ninguna mujer de la limpieza o de cocina. La ausencia del alma femenina (sin jarrones con flores o plantas) daba a todo el edificio la sensación de un inmenso y frío mausoleo.

 

Todo el servicio

estaba en manos de asistentes, normalmente camareros o empleados de hotel en la vida civil. No podía aceptar el dormir en un sitio como aquel, aunque tuviera que gastar todo o gran parte de mi sueldo en una habitación algo mejor arreglada; y, muchísimo menos el que un asistente masculino me hiciera la cama.
 
                                                                                Johann R. Bach
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