5 jun. 2014

Estabas alegre y algo tímida. Al irte, mostraste gran pena.

MUCHOS SUEÑOS SUEÑOS SON

 

Todas las noches pienso en ti

hasta la madrugada. Me apoyo en la barandilla de la terraza,

 

bañado de luna, herida el alma.

 

Sé que también –y es lo grave-

me echas de menos bajo la frígida sábana bordada de estrellas.

 

Ayer, a medianoche,

nos vimos cara a cara a través del reflejo de la luna, en la intimidad como de costumbre.

 

Estuvimos charlando un buen rato.

 

Tu rostro en flor de caléndula

y tus cejas arqueadas, bellas como siempre me miraban con asombro.

 

Estabas alegre y algo tímida.

 

Al irte, mostraste gran pena.

Ahora, despierto ya, encuentro que no ha sido más que un sueño.

 

¡Qué decepción y  tristeza!

 

Y es que en muchas ocasiones –parafraseando a Calderón en la Vida es Sueño- los sueños sueños son.

 

                                                                    Johann R. Bach

4 jun. 2014

Por instantes, sus silencios expresan más que la música.

BLUES Y GRUESAS GOTAS DE LLUVIA

 

Sólo tras ruegos repetidos

el cuarteto se mueve perezosamente como si ésta fuera una noche para no tocar.

 

Algo parece que no acaba de ir bien.

El bajo mueve la cabeza de un lado a otro como lamentándose y su gorra de pana lo expresa con énfasis.

 

Casi no se le ve el rostro.

Sólo los chispeantes ojos indican que la tormenta está prisionera.

 

Templa las cuerdas del enorme bajo

y, aún sin interpretar, llena el espacio de emoción deteniendo las cervezas a mitad de camino

 

entre las mesas y los sedientos labios.

 

Una a una vibran de tristeza,

y cada acorde es un lamento de indescriptibles sufrimientos. Inclinando la cabeza como ajustando el oído sigue tocando y

 

mientras el resto del cuarteto

dirige sus miradas a la lámpara situada sobre el piano, así se desahoga de infinitas penas.

 

Ora puntea las cuerdas -confundiendo su sonido con el ritmo de las gruesas gotas de lluvia más allá de los cristales de las pequeñas ventanas practicadas casi a la altura de la rasante del edificio-,

 

Ora las rasga;

tañidos fuertes, después ligeros.

 

Primero –él sólo- endulza el aire

vestido con su oscura chaqueta de cuero y su calada gorra y ojos tristes como si se le fueran a apagar.

 

De repente de las cuerdas gruesas

se desata una furiosa tormenta, y de las delgadas, el alegre murmullo como si de un coro de muchachas se tratara.

 

Empiezan los otros músicos a comprender:

está improvisando un solo, un auténtico solo…

 

Notas sonoras se mezclan

con susurrantes semitonos haciendo caer lacónicamente el ritmo para luego reemprender el andante cantábile.

 

Por instantes, sus silencios

expresan más que la música.

 

¿Qué tristeza tan profunda mora

en el fondo de su alma como para arrancar ese solo que no estaba preparado en los bolos de una noche lluviosa?

 

Seguramente a la salida del local

sólo la luna plateada que se ha abierto paso con dificultad entre las nubes le espera.

 

                                                           Johann R. Bach

 

 

(Ante tanta verborrea de los periódicos) No me queda otra opción que escribir:

NUEVOS SELLOS, NUEVOS BIEUROS1

 

Por fin el cielo y la tierra

parecen removerse dando señales del final de otro ciclo. Y la inmensa tristeza del soberano se transformará como el tiempo, eterna.

 

Se agitan sus anchas mangas

al compás del marcial movimiento como investido por el Arco Iris y los metales en su pecho brillando.

 

El rostro anegado en lágrimas,

como una flor del peral azotada por la lluvia.

 

Pide al poeta que transmita

su honda gratitud a las generaciones de súbditos sobre los que reinó. Después que quede separado de su Imperio

 

ya no se podrá oír su voz

ni ver su cara a través de las nubes y nieblas; habrá que cambiar las imágenes de sellos y monedas,

 

se levantarán nuevas estatuas

de las que él no será ya sujeto ni el objeto. Entre tanto, en la noche avanzada,

 

una idea me embarga.

Me paseo por mi dormitorio palpando mi ropa y preguntándome: ¿cómo puedo conformarme con mi propia felicidad?

 

No me queda otra opción que escribir:

 

un monarca no es sino una flor del aire

sostenida por la tierra, maldecida por los astros y por sus súbditos, respirada por las aves carroñeras;

 

el aliento

y la sombra de tal coalición, a veces le sobrealzan.

 

                                                                Johann R. Bach

1. Monedas de dos euros

Entra y sale, sale y entra. Al despuntar el alba el tiempo y la vela se han consumido.

SÓLO EL VINO QUEDÓ INTACTO

 

En la frígida primavera,

se ha beneficiado del baño con sales minerales para perfumar la espera.

 

La suave y tibia transparencia 

ha embellecido su piel alabastrina. Afuera los soplos del viento derriten la nieve y

 

bajo el sol caliente

de la tarde el hielo resiste.

 

Con una vela roja y un vino tinto,

la cena está ya a punto sobre el mantel a cuadritos azules de vichy.

 

De pie, espera largo tiempo

mirando la puerta y atenta al menor ruido.

 

Entra y sale, sale y entra.

Al despuntar el alba el tiempo y la vela se han consumido.

 

Quedan escasas estrellas;

se pone la luna, y él no viene.

 

De una rama

del sauce llorón del jardín en niebla se va volando la lechuza.

 

Sólo el vino está intacto, disponible.

 

                                                         Johann R. Bach

2 jun. 2014

Algún poeta narrará su futuro

EL BIEURO (moneda de dos euros) Y SU IMAGEN

 

 

OROFERNES ACTUAL

 

Este que aquí sobre el bieuro1 véis,

cuyo agraciado y fino rostro no sonríe aunque lo parezca, es Orofernes Actual, hijo del que fuera Conde de los Granados.

 

Cuando era niño aún,

del palacio paterno lo expulsaron. Lo enviaron a Roma su ciudad natal, para que allí creciese en el olvido entre gentes extrañas.

 

Sin temor, igual que un griego auténtico,

tuvo la plenitud del placer de la Noche Romana. Siempre en su corazón latino, más griego en los modales y en la lengua ceceante,

 

ornado de turquesas falsas,

como un helénico vestido, ungido con esencia de lavanda, entre la hermosa juventud de la Ciudad Eterna, el más bello era él, el del busto más perfecto.

 

Cuando los sublevados

limpiaron de pretendientes el camino hacia el trono y le hicieron rey, lanzóse sobre esta realeza para gozar de un modo nuevo cada día, reunir euros, dólares, oro, marfil y plata rapazmente

 

y contemplar envanecido

el orgullo de los elefantes yaciendo a sus pies. De la marcha del país o de su influencia sobre los negocios de sus familiares lo ignoraba todo.

 

Sus súbditos han comenzado

a explicar chistes públicamente que antaño estaban prohibidos so pena de ser acusados, los humoristas que así lo hicieran, del delito de Lesa Majestad.

 

Presionado por la prensa y sus ministros,

pidió perdón con la promesa de no volver a matar elefantes; abandonó por algún tiempo la embriaguez y la lascivia

 

y aún aturdido y con torpeza urdió

algunas intrigas, intentó vagos actos, concibió ciertos planes para salvar a sus familiares de las fauces de una Ciega Justicia.

 

No le quedó más remedio

que emprender la Senda de los Fracasos por la que a cada paso va dejando un lastre de miseria moral.

 

Algún poeta narrará en el futuro

los detalles de su aniquilación o quizá la historia lo desdeñe por insignificante.

 

Habrá que esperar

aún algún tiempo para conocer con exactitud la "crónica de un destino anunciado": quizá el mismo que su efigie en las monedas.

 

                                                                Johann R. Bach

 

1.       Bieuro: moneda de dos euros

1 jun. 2014

una opinión madura en la polémica entre los partidarios de Lamarck y los de la epigenética y no es indiferente a los girasoles,

CAMPAMENTOS EN LOS ANDES

 

Cuando yo aún no sabía

que detrás de las estrellas había más estrellas y nubes de polvo cósmico que tapaban otros cielos llenos también de estrellas,

 

de puro amor propio mal entendido,

por falso orgullo, no iba a coger frambuesas, ni me arrodillaba para recoger setas.

 

Pero no porque no me gustasen,

sino porque prefería las piñas góticas y las bellotas con minúsculas capuchas de monje.

 

Me impregnaban las manos

del olor maravilloso de la resina. Me convencían. En su ternura protectora, en su embobamiento geométrico,

 

yo sentía,

como el embrión de la arquitectura de aquellas piñas, el genio que me ha acompañado toda la vida.

 

Quien inventa,

al contrario del que descubre, no añade a las cosas, no aporta a los seres sino máscaras, alejamiento del mundo natural, una papilla de hierro.

 

En los campamentos

donde se analizaban los descubrimientos de los asentamientos prehistóricos no sólo se rehacían sobre el papel posibles habitáculos sino que a la caída de sol las frugales cenas eran como una bendición para el alma.

 

Alguien explicaba

que detrás de las tiendas se había instalado un bronceado indígena que bebía Pisco, leía diarios, tiraba los huesos como si fueran dados y cuando oscurecía se acurrucaba detrás de una roca y bajo una polícroma manta de lana roncaba.

 

Otro comparaba el Diógenes de Sinope (El Cínico)

con una señora feudal japonesa, y que gracias a él se podían encontrar rastros de las civilizaciones antiguas, un tercero afirmaba a grito pelado que el Japón era un país de espías y de motoristas.

 

El objeto de la conversación

se exprimía alegremente, como un anillo -y su mano- que se pasea por la espalda, y el salto del caballo del ajedrez que siempre obliga a dar un rodeo, reinaba como un señor absoluto de la charla de sobremesa.                                                        

 

Yo me limitaba

simplemente a enumerar las virtudes de las biólogas modernas:

 

"No sé cómo debe ser para las otras,

pero para mí el encanto de una mujer aumenta si es una joven dispuesta a viajar,

 

y que sabe lo que es dormir

durante cinco días sobre el banco duro de un viejo tren andino durante una expedición científica,

 

domina el latín de Linneo,

tiene una opinión madura en la polémica entre los partidarios de Lamarck y los de la epigenética y

 

no es indiferente a los girasoles,

a las especies de colores del algodón, la chicoria dulce o a los efectos del cornezuelo de centeno.

 

Y encima de la mesa

improvisada sobre la roca se desplegaba una espléndida sintaxis de flores campestres enredadas, de alfabetos diferentes, gramaticalmente incorrectos,

 

como si todas las formas preescolares

de la existencia vegetal se hubieran fundido en un melodioso poema de antología.

 

¡Por fin toda la vida, cuando arranco la dulzura de aquellos huesos enamorados de su tierra y descubro cómo nuestros antepasados permanecieron cerca de las nubes!

 

¡Querían tocar el cielo!

 

                                                            Johann R. Bach

Iba, sin prisas, cada día a los Baños de San Sebastián.

Gracia o El origen de una vocación

                                           Antiguos Baños de San Sebastián en Barcelona

 

Después de haberme peleado

con la sintaxis latina durante todo un curso lleno de satisfacciones y colmado por las buenas notas obtenidas, la euforia se me había subido a las cejas. Veía un futuro próspero a pesar de tener sólo quince años

 

Con los hombros fortalecidos

me dispuse a disfrutar del verano mediterráneo. Aquel año, por primera vez, no iría a Cadaqués, pues mis hermanos habían comenzado a trabajar y todo indicaba que aquéllas serían mis últimas vacaciones de escolar.

 

Iba, sin prisas, cada día a los Baños de San Sebastián.

En la bolsa azul de deporte no llevaba ni libros ni pensamientos; sólo una toalla llenando su vacío y dos bocadillos para pasar el día tendido al sol pegado a una cálida arena gruesa.

 

En aquellos años pocos turistas

–por no decir ninguno- visitaban las playas de la Barceloneta o de Badalona. Los pocos extranjeros que nos visitaban preferían la Costa Brava o Sitges.

 

Era raro, pues, encontrar

más de una veintena de personas tanto en la arena como en la piscina. Entre los habituales destacaba el "Tarzán" denominado así porque en cierta ocasión sacó a rastras un enorme tronco del agua porque amenazaba con su vaivén a los bañistas.

 

El Tarzán era un individuo

al que su juventud, su bello y bronceado rostro orlado con una cabellera rizada y su fuerza física le salvaban de calificarlo como un mendigo. No trabajaba en nada y pasaba todo el día en la playa.

 

Muchas mujeres le invitaban

a comer en pago de favores sexuales, pero ninguna de ellas se lo tomaba en serio. Él pacifico como nadie, se mostraba pasivo y hasta cierto punto tímido.

 

Cierto día al ir al bar

a tomar una naranjada asistí a una escena que nunca supe como calificarla. En la barra estaba el Tarzán con su pequeño bañador habitual con una mujer a cada lado. Su conversación parecía normal, sin altibajos, pero las dos mujeres se reían burlándose ostensiblemente de él.

 

Por la parte superior de su bañador

asomaba la punta de su pene en una incontenible erección y las mujeres se reían señalando los genitales de El Tarzán. Aquella escena me encendió. Salí del bar para no seguir viendo la escena.

 

Por la tarde intentaba olvidar aquello,

pero cuantas más vueltas le daba más me excitaba. Me puse a ver una película de Perry Mason en la poco atractiva televisión en blanco y negro cuando la vecina del piso de abajo vino a ver, como todas las tardes, junto a mi madre y a mí la película.

 

El simple roce de su brazo me excitaba más y más.

Otra vecina llamó a mi madre por algún asunto que no recuerdo. Aprovechando su ausencia puse al descubiertopor mi bragueta abierta todo lo que podía aflorar de mis genitales.

 

La vecina enfurecida

con una mirada de disgusto y ofendida por mi actitud me dio un solemne bofetón que me obligó a abandonar el comedor y encerrarme en mi habitación.

La vecina siguió mirando la televisión

a la espera de que volviera mi madre. Con las mejillas encendidas más por la vergüenza que por el bofetón temblaba de miedo por la posibilidad de que le contara todo a mi madre.

 

Algo extraordinario debió pensar Amelia

para guardar silencio sobre lo ocurrido. Era una mujer algo delgada, vestida siempre de negro y con un moño que parecía rejuvenecerla. Sus ojos brillaban de una forma extraña cada vez que se hablaba de otras personas.

 

Amelia tenía cinco hijas.

La mayor, Fernanda, algo entrada en carnes perseguía a mi hermano porque era el único chico de su edad al que tenía acceso.

 

Recuerdo que siempre alardeaba de sencillez

en sus aspiraciones y su conformismo al decir que prefería una rebanada de pan con aceite y sal a cualquier manjar, pero la verdad es que tragaba todo lo que se le ponía delante como si fuera una lima nueva del cincuenta.

 

María la que le seguía

era bastante desagradable en el trato y sólo recuerdo de ella una mueca de disgusto en su boca que me hacía bajar la mirada y eludir todo lo que podía su presencia.

 

La tercera, Maribel, era de mi edad,

pero su dura musculatura apartaba de mí cualquier deseo libidinoso. No hacía más que hablar de correr y competir en carreras. Por otro lado eran chicas que no estudiaban y sólo pensaban en colocarse a trabajar en cualquier cosa sin más proyecto que cobrar una semanada.

 

Las dos más pequeñas

unas preciosas niñas de pelo de oro rizado casi no salían de casa y yo tenía entonces la impresión de que no eran hijas del mismo padre, pues el  marido de Amelia era un tosco funcionario de jardines municipales que estaba más en las tabernas que en casa. No era mala persona, pero le faltaba un ojo y eso me impedía mirarle a la cara como si al hacerlo pudiera ofenderlo.

 

Durante unos días Amelia evitaba venir a casa

si yo estaba presente. Esa actitud me llevó a pensar en si debía hacer algo como pedirle perdón o decirle que no volvería a suceder nada nunca más y rogarle que lo olvidara todo.

 

Pero algo me decía

que, de momento, era mejor el silencio; aunque en mí crecía la sospecha que tarde o tempranos surgiría algún comentario. Eso me hizo meditar en hacer algo que neutralizase esa posibilidad.

 

Leyendo "Diario de un cura rural"

de Georges Bernanos se me ocurrió algo que me marcó profundamente. Pensé en hacer correr la voz de que me sentía llamado a la fe cristiana y que había decidido ingresar en el seminario para alcanzar el sacerdocio.

 

Empecé por Gracia,

la vecina del mismo rellano de la escalera. Era una mujer de semblante sombrío que siempre hablaba de las desgracias de los desposeídos, de los pobres, de los perseguidos. Al igual que su marido tenía ya cumplidos los sesenta años.

 

Cierto día coincidí con ella en el ascensor

y cuando me preguntó –como solía hacerlo- por mis estudios, aproveché la ocasión y le dije que había pensado en hacerme sacerdote, sabiendo que a una persona espiritualista como ella no la dejaría indiferente y poco a poco correría la voz al resto del vecindario.

 

De repente su rostro cobró vida

como la estatua de Pigmalión, sus ojos se abrieron como nunca yo los había visto, los clavó en los míos y me dijo que quería comentar más a fondo esa opción por considerarla de una seriedad extraordinaria.

 

Gracia antes de entrar en su casa

me dijo que si me iba bien hablar del asunto al día siguiente. Bueno –le dije- cuando vuelva de los Baños de San Sebastián. Me preguntó asombrándome en extremo si me parecía bien acompañarme a la playa y así tendríamos toda la mañana para hablar del tema.

 

A las nueve de la mañana

tomábamos el metro que después de hacer transbordo en Sagrera y Plaza de Catalunya. Me intrigó más aun aquel vivo interés sobre mi futuro sacerdocio. Tenía por piadosa a Gracia, pero no hasta tal punto de acompañarme a la playa.

 

Su habitual vestimenta gris

había desaparecido en aquella mañana soleada del mes de junio. Se había puesto un jersey playero de rayas azules que hacían juego con su pantalón azul marino y sus wambas blancas. Tocada con un gorro de paja y su rostro embadurnado con una olorosa crema parecía haber rejuvenecido veinte años.

 

Durante el trayecto me explicó

unay mil cosas de cuando en su juventud iban las muchachas de los talleres a la playa donde jugaban con un artilugio que ella denominaba "diabolo", algo desconocido en los ambientes juveniles de mi época.

 

Desde la estación de Fernando

hasta la playa se colgó de mi brazo, cosa que me pareció normal. Al llegar a los Baños me hizo entrar a cambiarme primero en la caseta donde dejábamos la ropa y el resto de cosas.

 

Luego entró ella

y cuando salió me di cuenta que su cuerpo no era lo mismo en traje de baño que vestida. Tenía unas piernas que podrían ser la envidia de cualquier jovencita: limpias de venas y bien formadas.

 

A primera hora el sol no alcanzaba

el agua de la piscinay a la sombra el ambiente allí, a comienzos del verano, era demasiado fresco por lo que fuimos directamente a tumbarnos en la arena.

 

Poco a poco el sol iba calentando toda la playa.

Yo estaba tumbado de lado y ella sentada con las piernas cruzadas como en una posición de yoga frente a mí me hizo un discurso verdaderamente apologético sobre las inmensas posibilidades sociales de la función sacerdotal. Casi me olvido del motivo que nos había llevado hasta allí.

 

En un momento en que pasó

por delante nuestro el Tarzán, ella interrumpió el discurso y al ver que me saludaba me preguntó por él. Le expliqué lo poco que sabía sobre él, pero me sorprendió que Gracia halagase mi capacidad empática, virtud según ella necesaria en un sacerdote.

 

Fuimos al bar a comer un bocadillo

y a tomar un zumo de naranja. Estábamos solos y me dijo en voz baja como haciéndome una confidencia que el único inconveniente de ser sacerdote era que al aceptar el celibato la única solución era la masturbación.

 

De repente vino a mi mente la escena de El Tarzán

con su pene erecto por encima de su bañador. No pude evitar la erección. Para despistar le dije que desconocía esa palabra.Ella asombrada abrió aún más sus ojos y algo incrédula me preguntó si yo me masturbaba.

 

Mi sorpresa fue mayúscula

al ver cómo había girado la conversación. Dentro del bañador la presión de mi pene crecía y crecía. Yo seguí insistiendo en que no sabía qué era eso de la masturbación.

 

Se levantó fue a pagar las bebidas

y me llevó a la caseta. Entramos los dos y me dijo que me pusiera de cara a la pared para no verla.Creí que se iba a desnudar, pero en lugar de eso me hizo apoyar mis manos en la pared de madera y sorprendentemente me dijo que me iba a enseñar a masturbarme.

 

Me bajó el bañador

y me hizo abrir un poco las piernas. Con una mano me acariciaba los testículos mientras que con la otra rodeando la cintura me masturbaba.

 

En un momento dado empezó,

como sollozando, a emitir unos gemidos ahogados y la mano que tenía entre mis piernas desapareció buscando otro lugar donde colocarse y yo, a pesar de estar de espaldas sabía hacia donde se había dirigido.

 

A pesar de la fuerte erección

la intensa excitación no me dejaba eyacular. Me giré hacia ella y vi una cara desencajada con las mejillas pálidas y lacias y la saliva fluyendo sobre su pecho; su respiración entrecortada y a punto del desmayo.

 

Me asusté al verla temblar,

la abracé y la besé. Aquel día comprendí cómo era de maligna su soledad y desde entonces siento simpatía por las mujeres maduras. Aquella confesión de mi intención de hacer correr mi inclinación a hacerme sacerdote se convirtió en uno de nuestros más dulces secretos.

 

                                                                Johann R. Bach