26 oct. 2013

Quise, hace ya mucho tiempo, contarle a mi hijo mayor la historia de Sinué

       TU HIJO QUIERE SER MÉDICO

                                                                                  Estatua de Esculapio

 

TU HIJO QUIERE SER MÉDICO

 

Quise, hace ya mucho tiempo,

contarle a mi hijo mayor –años más tarde lo intenté también con los otros- la historia de Sinué El Egipcio:

 

El pequeño Sinué quería ser soldado.

Su padre un modesto médico de un barrio pobre, mostrando entusiasmo, le dijo: el domingo arréglate tu túnica y péinate con aceite de mirra. Te llevaré a ver a un general héroe de muchas batallas.

 

El muchacho contento y feliz

esperó inquieto a que llegara el día señalado para la entrevista, pues según su padre para hablar con tal personaje se debía coger número como en la pescadería.

 

Finalmente llegó el ansiado momento

de conocer al general. Sinué cogido de la mano de su padre se paró ante un personaje enjuto cuya piel se pegaba a sus huesos como la tinta al papel, sin piernas, sentado en una tabla.

 

Tenía una jarra vacía en las manos

y el padre de Sinué le dio unas monedas con las que el hombre pidió a un aguador que le llenara la jarra de cerveza. Una vez hubo bebido el primer trago preguntó qué batalla querían Sinué y su padre que se les contara.

 

Sinué no pudo soportar tanta miseria

e instó a su padre a regresar a casa. Por el camino, después de meditar sobre aquella entrevista dijo con voz algo queda: Creo que será mejor que me haga médico como tú. 

 

Mis hijos no me escucharon.

Demasiado fácil la moraleja para ser eficaz.

 

Ahora, después de cincuenta años

de profesión si algún joven me pidiera consejo sobre la posibilidad de comenzar los estudios de medicina le diría más o menos lo siguiente:

 

¿Quieres ser médico, hijo mío?

 

Es ésta una aspiración

de un alma generosa, de un espíritu ávido de ciencia.

 

¿Deseas que los hombres

te tengan por un dios que alivia sus males y ahuyenta de ellos el temor?

 

¿Has pensado en lo que va a ser tu vida?

 

Tendrás que renunciar a la vida privada:

mientras la mayoría de los ciudadanos pueden, terminada su tarea, aislarse lejos de los inoportunos, tu puerta estará siempre abierta a todos.

 

A toda hora del día

y de la noche vendrán a turbar tu descanso, tus aficiones, tu meditación; ya no tendrás horas que dedicar a tu familia, a la amistad, al estudio. Ya no te pertenecerás.

 

Los pobres -acostumbrados a padecer-,

te llamarán sólo en caso de urgencia. Pero los ricos te tratarán como un esclavo encargado de remediar sus excesos:

 

sea porque tienen una indigestión

o porque se han resfriado, harán que te despierten a toda prisa tan pronto como sientan la menor molestia.

 

Habrás de mostrarte muy interesado

por los detalles más vulgares de su existencia; habrás de decirles si han de comer ternera o pechuga de pollo, si les conviene andar de este modo o del otro cuando salen a pasear.

 

No podrás ir al teatro ni ponerte enfermo: tendrás que estar siempre listo para acudir tan pronto como te llame tu "amo".

 

¿Eras severo en la elección de tus amigos?

¿Buscabas el trato de hombres de talento, de almas delicadas, de ingeniosos conversadores?

 

En adelante, no podrás desechar

a los pesados, a los cortos de inteligencia, a los altaneros, a los despreciables.

 

El malhechor tendrá tanto derecho

a tu asistencia como el hombre honrado: prolongarás vidas nefastas y el secreto de tu profesión te prohibirá impedir o denunciar acciones indignas de las que serás testigo.

 

¿Crees firmemente

que con el trabajo honrado y el estudio atento podrás conquistarte una reputación?

 

Ten presente que te juzgarán,

no por tu ciencia, sino por las casualidades del destino, por el corte de tus uñas y pelo, por la apariencia de tu casa, por el número de tus empleados, por la atención que dediques a las chácharas y a los gustos de tus clientes.

 

Los habrá que desconfíen de ti

si no tienes barba o bigote; otros, si no vienes de Asia; algunos, si crees en los dioses; y muchos otros, si no crees en ellos.

 

¿Te gusta la sencillez?

Tendrás que adoptar la actitud de una persona soberbia que no se acerca a según quien.

 

Si eres activo y sabes lo que vale el tiempo,

no podrás manifestar fastidio ni impaciencia: tendrás que escuchar relatos que arrancan del principio de los tiempos cuando uno quiere explicarte la historia de su estreñimiento.

 

Los ociosos vendrán a verte

por el simple placer de charlar: serás el vertedero de sus nimias vanidades.

 

Aunque la Medicina es ciencia oscura,

que, gracias a los esfuerzos de sus fieles, se va iluminando poco a poco, no te será permitido dudar nunca, so pena de perder tu crédito.

 

Si no afirmas que conoces la naturaleza

de la enfermedad, que posees, para curarla, un remedio que no falla, el vulgo irá a charlatanes que venden la mentira que necesita.

 

No cuentes con el agradecimiento

de tus enfermos. Cuando sanan, la curación se debe a su robustez; si mueren, tú eres quien los ha matado. Mientras están en peligro, te tratan como a un dios: te suplican, te prometen, te colman de halagos.

 

Apenas empiezan a convalecer,

ya les estorbas. Cuando les hablas de pagar los cuidados que les has prodigado, se enfadan y te denigran. Cuanto más egoístas son los hombres, más solicitud exigen.

 

No cuentes con que este oficio

tan duro te haga rico. Te lo aseguro: es un sacerdocio, y no sería decente que te produjera ganancias como las que saca un mecánico, un carpintero o el que se dedica a la política.

 

Te compadezco si te atrae

lo que es hermoso: verás lo más feo y repugnante que hay en la especie humana.

 

Todos tus sentidos serán maltratados.

Habrás de pegar tu oído contra el sudor de pechos sucios, respirar el olor de míseras viviendas, los perfumes harto subidos de las cortesanas;

 

tendrás que palpar tumores,

curar llagas verdes de pus, contemplar orines, escudriñar los esputos, fijar tu mirada y tu olfato en inmundicias, meter el dedo en muchos sitios.

 

Cuántas veces -en un día hermoso y soleado-

al salir de un banquete o de una representación de Sófocles, te llamarán para que vayas a ver a un hombre que, molestado por dolores de vientre, te presentará un orinal nauseabundo con un trozo de mucosa solidificada, diciéndote satisfecho:

 

Gracias a que he tenido la precaución

de no tirarlo. Recuerda entonces que has de agradecerlo y mostrar todo tu interés por aquella deyección.

 

Hasta la belleza misma de las mujeres,

consuelo del hombre, se desvanecerá para ti. Las verás por la mañana, desgreñadas, desencajadas, desprovistas de sus bellos colores, olvidada por los muebles parte de sus atractivos.

 

Dejarán de ser diosas

para convertirse en seres afligidos de miserias sin gracia. Sólo sentirás por ellas compasión.

 

El mundo te parecerá un vasto hospital,

una asamblea de individuos que se quejan. Tu vida transcurrirá a la sombra de la muerte,

 

entre el dolor de los cuerpos y las almas,

viendo unas veces el duelo de quien es destrozado por la pérdida de su padre, y otras la hipocresía que, a la cabecera del agonizante, hace cálculos sobre la herencia.

 

Cuando a costa de muchos esfuerzos

hayas prolongado la existencia de algunos ancianos o de niños débiles y deformes, vendrá una guerra que destruirá lo más sano que hay en la ciudad.

 

Entonces te encargarán que separes

los menos dotados de los más robustos, para salvar a los enclenques y enviar a los fuertes a la muerte.

 

Piénsalo bien mientras estás a tiempo.

Pero si, indiferente a la fortuna, a los placeres, a la ingratitud; si, sabiendo que te verás muchas veces solo entre fieras humanas, tienes el alma lo bastante estoica para satisfacerse con el deber cumplido,

 

si te juzgas suficientemente pagado

con la dicha de una madre que acaba de dar a luz, con una cara que sonríe porque el dolor se ha aliviado, con la paz de un moribundo a quien acompañas hasta el final; si ansías conocer al hombre y penetrar en la trágica grandeza de su destino,

 

entonces:

hazte médico, hijo mío.

 

                                                                  Johann R. Bach

 

 

 

Eratóstenes midio de forma rudimentaria la circunferencia terrestre

   PRIMER LEMA DE MECÁNICA CUÁNTICA

"El mundo es básicamente diferente

de cualquier cosa que podamos experimentar con los sentidos".

 

Después del recreo

estábamos todos tan cansados que olvidábamos tu corto nombre. Te retirabas a un rincón junto al único pino fuerte de la calle frente al mar.

 

Allí oscurecía, tras aquella copa

llena de piñas y las gaviotas viraban su rumbo hacia el mar; habían visto una barca regresando entre la niebla. El estómago rugía. Era la hora de la leche en polvo.

 

Olía el mar más que el queso

calabaza, obligatorio, seco; la tarde había robado la luz de los cielos; el crepúsculo tornaba fantasmales hasta los olivos.

 

Comenzaba la hora del vino.

 

Las caras se sonrosaban,

la piel se acaloraba y el suelo enrojecía bajo una química elemental y una física mecanicista de un mundo totalmente exclusivo de choques simples como los de las bolas de billar.

 

Eratóstenes midió de forma rudimentaria

la circunferencia terrestre y otras costas, con una gran precisión, soñada por topógrafos y geómetras actuales.

 

Desde entonces todo necesita ser medido:

 

Desde la velocidad de la luz

hasta el miedo, pero tu mirada sobre el mar expresaba sentimientos como poemas de Goethe, tu intuición te repetía una y otra vez que el mundo es básicamente diferente de cualquier cosa que podamos  experimentar con los sentidos

 

                                                 Johann R. Bach     

¿Cómo ex`licar a tus hijos que dedicabas grandes esfuerzos a no sucumbir a ...

      ALGO DE UNA POLIÉDRICA VIDA

Tú eras lo que entonces,

padres y profesores deseaban: una muchacha callada algo dormilona, delicada de salud y –cosa extraña- a diferencia de tus compañeras nunca te quedabas demasiado tiempo mirando por la ventana.

 

De la escuela –más trabajadora que lista-,

obediente y con pocos problemas, sólo recuerdas algunos pocos castigos que siempre consideraste injustos. La falta de confianza en ti misma la suplías con una cierta constancia y tozudez.

 

Leías todo lo que caía en tus manos

y algunas de aquellas lecturas te proporcionaron informaciones misteriosas: con sólo ocho años de edad supiste que el día de Mercurio era aproximadamente igual a su año.

 

Eso te inclinó a observar

a menudo los cielos nocturnos y durante el día quedarte embelesada con las blancas nubes alargadas como naves extraterrestres detenidas a las puertas de un Purgatorio, indecisas. 

 

Entretanto te ibas formando

en ideas y convicciones éticas indoblegables como botones de gabardina y te dedicaste durante un corto periodo de tiempo a

 

llevar una vida viajera

imaginando que los autobuses o trenes te transportaban de un lugar a otro como alfombras voladoras: somnolienta, fascinada, torturada por la belleza del mundo.

 

Después intentaste llevar, como todas,

una vida corriente con algún grado ganado en unas oposiciones completamente limpias.

 

Madrugones, metro,

café antes de comenzar la jornada, trabajo de oficina –contratación de energía eléctrica-, otra vez metro de vuelta a casa, sueño saciado con una corta siesta, eran cosas cotidianas.

 

Tuviste suerte: los profesores

de la facultad eran en general buenos en sus materias y liberales en los social:

 

te consideraron

uno de los suyos debido a algunas de tus convicciones democráticas y espirituales.

 

Tardaste años en aprender a leer

esos otros lenguajes que te ayudan a comprender la radiografía de tu propio esqueleto, la música de las glándulas endocrinas,

 

la fotografía de unas gruesas cejas,

los carcomidos pabellones auditivos, los hoyuelos en mejillas y barbilla; la escrófula en los labios.

 

Esos lenguajes, en general,

no interesaban a nadie, pero gracias a ellos comprendiste muchas cosas, latentes o movidas, en tu interior y te ayudaron a ver en los ojos de los demás intenciones inconfesables.

 

Pocas veces viajaste al extranjero,

pero aún lleguaste a conocer la Rusia de la Era Brezhnev, las playas y acantilados de Normandía, los robles de la Berliner Eichentor y los lagos de la pacífica Suiza.

 

Coleccionaste en lugar de recetas de cocina,

multitud de fichas de plantas medicinales descritas por Linneo y destacaste algo en el ajedrez, pero abandonaste esa afición por ser poco femenina-  En cierto modo, mientras aprendías idiomas, eras feliz.

 

Leíste algunos libros -entre cientos de ellos-

que te ayudaron a fijar en tu ADN algunos conceptos modernos que momentáneamente te fueron útiles para sobrevivir en los momentos difíciles,

 

pero tus lecturas preferidos eran

las que te permitían mirar en tu interior y ahondar en el conocimiento de las antiguas brasas del universo; estudiar el vuelo de las abejas o la increíble adaptación de los caracoles al entorno.

 

Excepto el placer de las matemáticas,

no sacaste ningún provecho del resto de libros "científicos". La literatura te alegró –tanto la poesía como la prosa- muchísimas tortuosas noches.

 

Algunos profesores te recomendaron

los clásicos griegos como textos que podrían cambiar tu vida. Los leíste –nada te cambió- lo reconoces, pero te permitieron una mirada distinta sobre la vida.

 

Tal vez no vivías –sólo subsistías-

o tal vez aquellos tiempos no eran otra cosa que una fase necesaria –psicológicamente- antes de pasar a otra; y,

 

en espera de tiempos mejores,

arrojada contra tu voluntad hacía algo, como una sombra en la pared, trabajaste en hospitales y editoriales, para ganar algo de dinero fácil para pan y papel.

 

Cómo explicar a tus hijos

que dedicabas grandes esfuerzos a no sucumbir a insinuaciones malignas, a no cometer estupideces y a no confraternizar con el más fuerte.

 

Cómo podías explicarles

que al despertarte empapada en sudor y ver el silencioso techo amenazando con derrumbarse encima tuyo debías escribir con tu mano fatigada hasta los tuétanos un conjuro contra los espíritus y una oración para una noche más plácida para ellos.

 

Una noche sin ofertorio,

sin consagración ni comunión. Ingenuamente sin sacrificios, exenta de espanto.

 

                                                        Johann R. Bach

 

 

 

 

Lánzate exultante a los mares y demuestra que no necesitas victorias de Samotracia

               CARIÁTIDE

¡Cambia de piel!

¡Escápate de la piedra!¡Haz añicos la cavidad que te subyuga! Huye exaltada a los campos, despierta y llévate contigo los besos que durante siglos te han regalado y ríete de las cornisas.

 

Escupe

sobre esa castrense fila de columnas: manos de ceniza a golpes muertas las alzaron temblorosas hacia cielos encapotados que soltaban poco a poco sus lágrimas.

 

Derriba

los templos ante las nostalgias de tu rodilla en la que el color pálido delata su ansia.

 

¡Desflorécete!

Deja que el vino gotee sobre tu sexo, desangra de grandes heridas tu blando bancal: Mira, con los gorriones Venus se hace la trenza y con las rosas se perfuma alrededor de las puertas del amor de las caderas.

 

Lánzate

exultante a los mares y demuestra que no necesitas victorias de Samotracia para que el viento te lleve hasta las lejanas orillas donde las olas se baten contra las rocas y se frotan con árboles.

 

¡Sueña! Sí, sí. ¡Sueña, Oh Cariátide!

Porque hasta de los mitos que callan y de las inmóviles estatuas pueden surgir los sueños.

                                                        Johann R. Bach

 

 

ACEPTO Y RENUEVO humildemente el cargo que me ofrecéis

       YO, LEO P. HERMES

 

Yo, Leo P. Hermes

un simple escritor hijo de un modesto médico rural y nieto del abuelo Hermes conocido en toda la cuenca minera del Llobregat por ayudar a los accidentados mineros a atravesar Las Puertas del Inframundo.

 

Llegué a París

con la pretensión de estudiar los ojos humanos y enseñar a leer sobre la piel el poema de la vida.

 

Sí, sí. Esa pretensión

de convertirme en un poeta famoso me acompañó siempre en mis noches desde 1.96…, aunque sólo a partir de 1970 conseguí algún resultado.

 

Era la época en que soñaba

intensamente. Veía con facilidad en mis sueños los cuerpos celestes en la noche y en el interior de los cuerpos humanos el misterio del calor y el frío y la inclinación al alcohol, el chocolate y el tabaco.

 

Luego esos sueños se expandirían cada vez más.

 

Yo, Leo P. Hermes un oscuro biólogo

que sólo llevaba a mis veinticinco años en una bolsa de deporte cargada de ilusiones,

 

un saco de dormir,

una novela de Edgar A. Poe, un peine, un pasaporte obtenido gracias a las influencias de un funcionario judicial (tío mío) y dos bocadillos de tortilla,

 

atravesé la frontera con Francia por Irún.

 

Una doctora seca como la rabia,

cargada de años me manoseó los testículos en busca de una posible hernia como a un sencillo campesino de aquellos que iban a trabajar en la vendimia francesa. Certificó que estaba muy sano… 

 

Yo, Leo P. Hermes

no inventé la naranja como Santiago Huguet, pero organicé el ejército defensor de los granados y los membrillos y desarrollé un sistema de distinción entre símbolos y signos. Lo extendí  por todo el Mediterráneo.

 

Sí, sí. No pongáis esa cara.

Antes de 1968 año en que Portman escribiese su libro Symbole und Sinnbilder yo ya conocía varios cientos de signos matemáticos desde los más sencillos (más, menos, por, es, raíz, pi, etc)

 

hasta los más complejos

(integrales, sumatorios, googles, limites, matrices, laplacianas, …) que nunca confundí con los símbolos como el rojo anaranjado que simboliza el fuego, que a su vez simboliza la pasión, eso que no ha decaído en mí a pesar de los años.

 

Yo, Leo P. Hermes

inventé la "memoria subliminal magenta" colocada entre las palabras, libre de nieblas contaminadas con metales pesados y, generosamente, la repartí entre la honrada gente de gruesas cejas.

 

No he creado quimeras

ni mitologías nuevas. Me he limitado a interpretar el mundo clásico y tomar de él aquellos aspectos que me facultaron para crear poemas medicinales para acotar el dolor humano al terreno de lo soportable. ¡Ay! ¡Como si eso no fuera una labor de titanes!

 

No me quejé nunca de la vida en París.

Fue la única etapa de mi vida en la que me sobraba el dinero; me enriquecía en lo espiritual y aprendía más sobre el sexo de lo que me enseñaban las enfermeras en el hospital.

 

Tuve a mi alcance miles

de personas con las que experimenté (en ayuntamientos, colegios y cárceles, conventos, y otros colectivos deportivos) fórmulas provistas de sustancias ponderables, medicamentos simples y sutiles, plantas medicinales y poemas liberadores de la psique.

 

Yo, que me horroricé

al vivir de cerca el sufrimiento humano no pude o no supe soportar el cinismo y la mentira y me lancé como en un triple salto mortal sin red, al mundo de la Universidad Gratuita de la Miseria,

 

os pido perdón

por esta forma primitiva de escribir en primera persona cuando en realidad siempre he odiado a los que tras su disfraz de santurrones (de bata blanca o de colores) empleaban con su inmensa egolatría una única fórmula: "el yo, me, mí, conmigo"; y,

 

ACEPTO Y RENUEVO

 

humildemente el cargo

que me ofrecéis en la construcción de esa tela de Penélope de la web www.homeo-psycho.es y su correspondiente Blog: http://homeo-psycho.blogspot.com que, con sus aciertos y sus errores nos regala algunas líneas de humano aliento.

 

               Ante la Asamblea General de www.homeo-psycho.es

                                                  a 26 de octubre –creo- de 2013                 

 Firmado y rubricado con la huella digital de mi índice derecho
                                                              

                                                                 Leo P. Hermes

- PARA NOSOTROS NO HUBO NUNCA UNA NCHE -

     UNA POÉTICA TARDE DE OTOÑO

 

UNA POÉTICA TARDE

 

Hundido en el murmullo del decorado

he vuelto a oír atónito en la corta tarde del otoño, junto al ventanal, la musical voz de los amigos que juntos escuchábamos en otros  ya lejanos otoños.

 

¿Cómo fue tenerte en mis brazos,

tu cabeza adorable

apoyada sobre mi hombro?

 

Hoy te he visto

bajo la tenue luz del crepúsculo, a contraluz, desde una luzbélica corta distancia euclidiana, tan hermosa…

 

Tan próxima y tan lejana como un sueño.

Alrededor los amigos inolvidables, como una fiesta más al aire libre, de antiguos compañeros, el cielo puro abierto en pura angustia,

 

los árboles, las escasas nubes amenazantes,

algún pájaro oculto, posado en el instante con su inútil promesa intacta de felicidad.

 

Todo ha sido un marco para tu belleza,

todo difuso en torno a una amistad que quiere sobrevivir a todas las tormentas de soledad, que resumía el gozo y el dolor de estar vivos.

 

Ahora te miro en la memoria

y pienso que no hace falta, al fin que me repitas que de nada me sirve recordarte si no hay para el amor, ningún futuro.

 

Acabo de agregar

algunos versos más

 

y largamente los contemplo

a solas como hacen arder y crepitar y consumirse en su propio papel.

 

¿Y qué nos queda al fin

–se lo pregunto a tus ojos, que vuelven en mis sueños- del transcurrir penoso de los días sino ese vano relumbrar de imágenes, es afrenda sin fin, fantasmagórica, donde la linfa muerta resucita?

 

Todo importa en este decorado

en el que los amigos lo prepararon con cariño, como si lo hubieran pensado para nosotros, como si recordaran

 

esta llama absurda, que se irisa de todo lo deseado y lo perdido, esa danza entrañable y sin sentido de tu cuerpo y de mi cuerpo en una tarde de otoño

 

–para nosotros no hubo nunca una noche- ,

 

que no sé si fue soñada o real,

pero en el frío de mi alma todavía

me quema y me ilumina.

 

                                                                        Johann R. Bach