9 feb. 2013

LOS MÚLTIPLOS DE SIETE

MÚLTIPLOS DE SIETE

 

Siete años tardaste en aprender

a hacer el lazo de los zapatos heredados de tu hermano. Los cordones ya desgastados por el uso resbalaban fácilmente sobre los calcetines y su forma de ocho horizontal crecía y crecía como el espacio.

 

Hasta los catorce no te fue necesario

dibujar ese signo y otros sobre un cuaderno de hojas con fondo cuadriculado llenas de ecuaciones de segundo grado. En esos momentos crecías y crecías como las hojas de un guisante germinando.

 

Las chapucillas con cilindros

y cónicas y las reflexiones sobre los péndulos de compensación para medir exactamente el transcurrir de los minutos, formaban parte de una sed inextinguible de conocimientos. Tu imaginación despertaba a impulsos de intensidad irregular, pero imparable.  

 

A los veintiuno descubriste la noche

y la Banda de Moebius que completó tu colección de figuras construidas con delicada papiroflexia. Empezaste a frotarte las manos porque las piezas del puzle de la vida empezaban a encajar.

 

Entretanto el amor llamaba

a tu ventana como la zarpa del helor de un crudo invierno. A partir de rombos, triángulos y pirámides construiste un jardín inteligente a falta de un diamantino edén en el que hasta los insectos pudieran acudir al festín de la miel.  

 

A los veintiocho te atreviste

a decir tímidamente para tus adentros: ¡Eureka!. Creíste haber encontrado la piedra filosofal, pero no querías parecer ridículo y no comentabas públicamente las locuras filosóficas que se te ocurrían;

 

las otras, las de la especie,

ya no estabas a tiempo de ocultarlas: ya te habías convertido en padre y habías inventado la palabra ser –palabra dura e incolora.

 

A los treinta y cinco sólo

los cambios de domicilio te salvaban de la hoguera que los vecinos preparaban pacientemente.

 

No les gustaba tu forma

de apartar las hojas cálidas con manos vivas y cómo pisoteabas las estampas que ellos consideraban sagradas.

 

Los viajes

y el perfeccionamiento de varios idiomas a la vez te ocupaban horas y horas. Te cultivaste como si fueras a vivir toda la vida. Aún te costaba romper a llorar y diluir en tus propias lágrimas el espacio y al igual que el tiempo, no detendrías tu enloquecida carrera.

 

A los cuarenta y dos años

no viste amor en sus ojos. Empezaste a sentir aquella lluvia de reproches sobre tus hombros como la humedad de la niebla. Tus versos, tus besos, tu sueldo eran insuficientes.

 

La atracción newtoniana

ya no funcionaba como cuando erais unos perfectos desconocidos. Tuviste que tomar la decisión de ganar dinero como la imitación de un proceso que conduce al suicidio.

 

Tus cabellos te iban abandonando,

eran cada vez menos abundantes en la cabeza mientras el vello brotaba en todos los poros de tu pecho. La sensibilidad de tu piel quería evitar el vacío a tu alrededor que era cada vez más fuerte.

 

En esos años

ya no confiabas en tus cinco sentidos: el mundo podría quedar reducido al tamaño de una avellana mientras que pequeños planetas cegados por su propia sangre podrían crecer y dar paso al nacimiento de un sol.

 

A los cuarenta y nueve el exilio

te salvó el pellejo, la modestia volvió a tu corazón, empezaste la larga travesía del ecuador de tu vida y a saber lo que querías. El listón quedó fijado en los ochenta y cuatro por los cálculos de Quetelet.

 

A los cincuenta y seis comprendiste

a tu padre y a tus hijos; supiste de sus limitaciones y los reconociste como seres humanos que sufrieron lo suyo. Y en cuanto a tu madre pensaste que ella nunca cambió:

 

esperó siempre vuestro regreso

vestida con su blusa blanca moteada de lunares azules y sus ojos grises en el umbral de todas las puertas, con la sonrisa haciendo juego con las perlas de su collar.

 

Comenzaste a recordar

que le gustaba el café, la tranquilidad y las películas de Humphrey Bogart; y, como si los estuvieras viendo, sus movimientos de cabeza desaprobando tus primeros versos.

 

A los sesenta y tres escribías

sin parar con la locura del que cree que no va tener tiempo suficiente en los veintiún años restantes para amar y al mismo tiempo explicar cómo la primera parte de tu vida te pareció huérfana de caricias.

 

A los setenta… ¡Por fin la luz!

A partir de átomos, puntos de coordenadas que se doblan en los espacios, cabelleras de cometas que se peinan una vez cada setenta y cinco años, púlsares que presumen de medir el tiempo,…

 

puedes construir la infinitud

y entregarte de lleno al amor y erigir puertos y cabañas rodeadas de naranjos y viñas, de frágil duración, lugares donde el tomar el café entre sonrisas amables permite ver la vida desde un ángulo desconocido.

 

A los setenta y siete te pudiste

permitir el lujo de renunciar a la fama y concentrarte en escribir, durante los siguientes siete últimos años –que no es poco-, todo aquello que los demás no pudieron o no quisieron ver.

 

Sobre una tabla con siete cuerdas

depositaste tus lagrimitas ya disecadas y con tu rígido puño de rebelión y temblorosa caligrafía sobre papel inmaculado en una noche fría estuviste escribiendo

 

tu amarillo y ridículo testamento ológrafo.

Secreto, aún sin fecha, pero con la rúbrica extendida al margen de cada hoja, lo guardaste en un cajón de la cocina. Abogados y jueces se desvivirán por desentrañar su validez. ¡La voluntad sobre todo! (la Willenstheorie de Descartes). ¡Faltaría más!

 

¡Ah! ¡Ese listón de los ochenta y cuatro!

Tan duro de pasar, pero qué suerte haber llegado entero.

 

                                                                                         Johann R. Bach
                                                                                  www.homeo-psycho.de

 

7 feb. 2013

EL MONÓLOGO DE PAUL LAFITTE. Séptimo y último poema de la serie del maquís Paul Lafitte

Pocas noches de lunas me gustaron

durante mi encierro en ese humilde cobertizo. El alfabeto de las estrellas que silabeaba cuanto me permitía el cansancio del día y del que sacaba otros conceptos y otras esperanzas me indujeron a escribir.

 

Pocas noches de lunas me gustaron,

sin embargo, fueron suficientes para grabar en mi memoria la conjunción, como en un eclipse de sol, la tristeza, la soledad y la esperanza.

 

¡Suba abuelo! ¡Suba al camión!

Comprendo muy bien que no quiera abandonar su querido pedazo de tierra, pero piense que gane quien gane esta guerra su jardín de alfalfa y trigo será confiscado;

 

gane quien gane esta guerra

le enviarán a un campo de concentración el tiempo suficiente para debilitar su vigor y los nuevos propietarios de su hacienda se habrán consolidado como personas honestas y honradas.

 

¡Suba abuelo¡!Suba al camión!

Su verdadero tesoro son esas tres orgullosas margaritas que lamen sus propias heridas para que cicatricen pronto. Derrochan amor porque es su única oportunidad de sobrevivir.

 

Lo peor de la guerra está aún por llegar:

las fuerzas de ocupación violaran a millones de mujeres; encarcelarán  y torturarán a millones de hombres por el sólo placer de verlos sufrir. Millones de jóvenes estarán desocupados y alcoholizados y nutrirán las filas de la delincuencia.

 

En los países vencedores la vida no será mejor:

en las calles de París, por haber dado amor a soldados enemigos, se arrastrará a miles de mujeres desnudas, rapadas e insultadas; se les duchará en pleno invierno con los hidrantes públicos a los que sólo tienen acceso los bomberos.

 

Los pequeños países

serán borrados de los mapas y sus lenguas prohibidas durante decenas de años o quizá siglos y las bocas de sus habitantes serán tapadas con la palabra libertad;

 

en nombre de la democracia

se les condenarán a ser ciudadanos de tercera y miles de funcionarios serán expulsados de sus puestos: los alguaciles ya no hablarán la lengua de esos sacrificados lugares.

 

¡Suba abuelo! ¡Suba al camión!

¿Quién enseñará a sus hijas, aunque sea de forma parcial, a regar los campos? ¿Quién les enseñará a sortear las dificultades que se le vienen encima?

 

¡Suba abuelo! ¡Suba al camión!

Se hace tarde y las princesas no deberían ver el infierno que nos va a caer encima. Le necesitamos para que nos conduzca por los caminos que sólo Vd. conoce palmo a palmo;

 

le necesitamos para que nos aliente

con su sabiduría; para que con sus palabras crezca nuestra esperanza; le necesitamos para sobrevivir.

 

¡Suba abuelo! ¡Suba al camión!

¡Coja el volante y no pare hasta sacarnos de este mar de fuego y odio!

 

                                                                                     Johann R. Bach
                                                                         www.homeo-psycho.de

6 feb. 2013

LA ESPECIAL FUGA DE PAUL LAFITTE

LA ESPCIAL FUGA DE PAUL LAFITTE

 

La tarde había completado

la mitad de su recorrido. En ese mismo instante el enjambre de los cielos iba a caber enteramente en su mirada. La silueta de dos guardianes con paso rápido desaparecía en el horizonte.

 

Todo estaba en su sitio.

Los presagios eran buenos y sus manos se cerraban como si pudiera coger con ellas las estrellas flagelarias. Desnudo de cintura para arriba se recostó sobre la paja removida.

 

Pensó en su niñez,

cuando tenía diez años solamente: el mar le engastaba y el sol cantaba las horas sobre el reloj sosegado de las aguas. La despreocupación y el dolor habían empotrado al gallo en el tejado de las casas y se aguantaban juntos.

 

Oyó cómo sigilosamente se abría la puerta

del cobertizo. Una silueta femenina, se deslizaba como un fantasma en pena. Era Sofía. Paul levantó la manta para acogerla. Se situó junto a él. Por su rostro las lágrimas corrían a chorro.

 

Sus manos estaban heladas

y las palabras se le habían quedado en el pecho. Las caricias sobre su pelo no eran suficientes para borrar su tristeza infinita. Finalmente la palabra fatal salió de sus labios:

 

"tot" (muerto), Thomas ist gestorben,

Er starb bei den Kämpfen in der Normandie. Dieter auch? Ja.

 

Paul se preguntaba

¿en qué quedaba la realidad sin la caricia dislocadora de la poesía? En aquel momento decidió fugarse con los restos de la familia. Convencer al abuelo sería lo más difícil.

 

Se confió a Sofía arriesgándose

a que sus planes fueran frustrados, pero la sinceridad de su tristeza no dejaba lugar a dudas. Los abrazos de aquella noche eran una señal más de que la fuga podría tener éxito.

 

El bombardeo del amanecer le sorprendió

apretujado al mejor regalo de la naturaleza. Se vistió rápidamente y salió al encuentro del abuelo que corría a poner a cubierto el camión. Las luces del cielo aún no se habían encendido.

 

Paul Lafitte cargó

ante la mirada atónita del abuelo las latas de gasolina. Sofía se encargó de darle los detalles de la fuga. Creyó estar alucinando en medio de aquel infierno, como si Dios hubiera vivido demasiado tiempo entre ellos.

 

Las estrellas del amanecer

que habían sido soberanas en su mirada hasta aquel mismo día quedaban ocultas por el fuego y el horror. Los ángeles habían decidido comenzar de nuevo para hacer posible de nuevo el amor.

 

                                                                                                     Johann R. Bach
                                                                                         www.homeo-psycho.de

 

 

5 feb. 2013

LOS COMPAÑEROS DE PAUL LAFITTE

Diez años de lucha de un maquis. Relatado en tercera persona

LOS COMPAÑEROS DE PAUL LAFITTE

LOS COMPAÑEROS DE PAUL LAFITTE

 

Los compañeros de Paul Lafitte

establecidos y organizados en Hof enviaron un mensaje indicándole que la guerra había dado un giro importante y que estuviera preparado para un posible golpe de mano en la zona.

 

Acostumbrado a las mentiras

de los partes de guerra y a las batallas de mensajes falsos cuya finalidad era la de dar moral a los combatientes, sonrió y se dispuso a escribir las sensaciones sobre las que nadar aunque no se vislumbrara la orilla.

 

Agnés le traía papel

que robaba en el instituto de Gera pues ya comenzaba a escasear. Su caminar erguido se distinguía desde lejos por sus anchos hombros como un libro abierto. De grandes ojos y tez blanca parecía hermana de Sofía y no su hija.

 

Verla al lado del camino

con su pelo de oro haciendo juego con el campo de alfalfa y caminando deprisa como si quisiera deshacerse lo antes posible del objeto robado era como un cuadro de Monet.

 

En efecto, los alemanes tienen tendencia

a considerar todo pequeño hurto como un crimen y toda liberalidad se convierte en una colaboración con el enemigo. Si era descubierta por satisfacer las ansias de escribir de un prisionero se exponía a graves consecuencias.  

 

De repente aquel idílico cuadro

de una muchacha atravesando un campo de alfalfa se vio inmerso en un auténtico infierno: las bombas caían aquí y allá abrasando los campos.

 

Paul corrió al encuentro de Agnés

y la arrastró literalmente hasta una pequeña hondonada, allí la cubrió con su propio cuerpo. En el aire flotaba un negro fragor como negra era la inmovilidad. La brisa caliente olía a azufre y leña quemada y el terror se extendía cegando la tarde.

 

Cuando el bombardeo acabó

todo permanecía quieto como si fuera posible la repetición de aquellas oleadas de fuego. En medio del sonido de sirenas de alarma antiaérea Agnés conoció sus primeros besos y el sudor de una piel masculina: el cálido grito de la anémona quería sustituir el verdor de los campos.

 

Aquel bombardeo convenció a Paul

de que, en efecto, la guerra había dado un giro importante. Al amanecer vio a través del pequeño ventanuco del cobertizo cómo Dieter y su cuñado Hans se despedían con efusivos abrazos de Thomas –el abuelo- Monique, Sofía –sus esposas- y de su hija Agnés.

 

Paul era sólo un prisionero

del que ni remotamente pensaron que fuera un humano merecedor de una despedida. No importaba el tiempo que había estado arañando la tierra para arrancar algunos alimentos destinados a la familia. Se sintió dolido.

 

Poco después Thomas, cabizbajo

y sin mediar palabra abrió la puerta del cobertizo y le dio una pala para reanudar el trabajo.

 

Durante más de diez días

no tuvo contacto más que con Thomas. En el ambiente se palpaba un endurecimiento en el trato de los prisioneros. Sus movimientos se redujeron al trabajo junto a Thomas y el resto del tiempo era encerrado en el cobertizo.

 

Por suerte tenía algunas octavillas

de papel sobre las que escribir. Con su diminuta letra Paul administraba el espacio del papel como los alimentos que le procuraban.

 

                                                                                     Johann R. Bach
                                                                          www.homeo-psycho.de

 

4 feb. 2013

LA EDAD DE LA LUZ

 

LA EDAD DE LA LUZ

 

A Paul Lafitte le parecía que la luz tenía edad:

nacía, maduraba, envejecía y moría en la noche escondida tras la propia sombra del planeta.

 

La espera excavaba en aquellas noches

un insomnio vertiginoso sobre los campos de alfalfa vigilados por escuadrones de valeriana. La combinación de ambas plantas le daba vigor a los músculos y tranquilidad al alma.

 

Entretanto en el cobertizo,

bajo la paja se acumulaba poco a poco gasolina en espera de la deseada fuga. En el almacén de abonos de Hof conoció a un grupo de prisioneros que trabajaban allí desde hacía dos años.

 

Uno de ellos le dijo en voz baja

"si conocía Grenoble". Sus ojos se empequeñecieron para evitar el chorro de luz que le estaba iluminando sus pupilas. Esa era la consigna del maquis provenzal.

 

Le contestó que "él no pero su hijo sí"

a modo de contraseña. En un momento dado Firmin le colocó en su bolsillo un papel doblado que no leería hasta llegar la noche. Simulando decirle algo sobre las ruedas, le indicó una pequeña cavidad entre las ballestas y le nombró la palabra correo.

 

La camioneta iba dos veces por semana a Hof

con lo que se estableció un correo regular entre todos los componentes del maquís en la zona. La información pasaba a través de la vía checa de la resistencia.

 

La actividad para una fuga

en toda regla había comenzado. El peligro de ser descubiertos también, pero saber que contaban con la ayuda de los sudetes les animaba como una aurora.

 

Durante tres semanas el correo funcionó

a las mil maravillas, luego quedó interrumpido sin saber por qué.

 

A las cinco de la mañana

el runruneo del motor de la camioneta despertó a Paul; pocos segundos después la puerta de su prisión se abrió y sorprendentemente era Monique, la mujer de Dieter, la que requería de sus servicios.

 

Paul se sentó en la amplia cabina

junto a ella. A pesar de la oscuridad de aquel amanecer adivinaba su perfil: era hermosa, algo corpulenta y cierto aire empático en sus movimientos.

 

La camioneta avanzaba lentamente

por aquel camino helado y lleno de socavones. Paul la notó excitada por su proximidad y no pudo evitar acariciarle la rodilla con suavidad.

 

Todo, absolutamente todo

se puso patas arriba. Lo que no habían conseguido los continuos bombardeos o el goteo de pérdidas humanas se despertó entre dos enemigos irreconciliables:

 

La madre, en casa,

la que puso tranquilamente los platos en la mesa para la cena durante tantos años se esfumaba bajo el calor de una amorosa mano.

 

La madre de palabras dulces,

inmaculados su gorra y traje que habían exhalado el olor sano de su persona pasaba a pensar en las mariposas que revoloteaban en su vientre.

 

La figura del padre, Dieter, fuerte, arrogante,

viril en las formas, mezquino, colérico, injusto, con su golpe y palabra violentos, con su pacto estricto y sus añagazas se hundía ante una acaricia de la música de una viola de gamba entre las piernas.

 

Las costumbres, el lenguaje educado de los visitantes,

los muebles familiares… Todo, absolutamente todo se tambaleaba.

 

Sólo el efecto que no permite contradicción,

el sentimiento de lo que es real, la idea de que pueda al cabo no ser real como el corazón anhelante y amoroso se mantenía en pie en aquel paisaje helado.

 

Las dudas del día y las dudas de la noche,

el sí y el cómo extraños de una pasión, dentro de una cabina de una camioneta varada al borde de un camino de una llanura llamada a convertirse en un infierno eran en su conjunto

 

destellos de lo que nunca

se debió haber modificado: hombres y mujeres apretujándose en rincones nunca pensados para ello en el instante, bellísimo, en que la luz comienza a nacer.

                                                                                         Johann R. Bach 
                                                                             www.homeo-psycho.de 

 

 

 

3 feb. 2013

TRABAJAR EN UNA GRANJA EN CALIDAD DE PRISIONERO

EN LA GRANJA

 

Durante dos días le hicieron cambiar

cinco veces de tren. Sin comer nada durante el trayecto el estómago se le retorcía como su rabia.

 

Pidió a los guardianes ir a orinar,

aquéllos, mofándose de él lo sacaron al aire libre. Orinó ante las risas de sus captores en la plataforma formada por dos planchas de hierro entre los vagones de aquel tren que podría ser el último.

 

Pensó en saltar y escapar,

pero desconocía dónde se hallaba y a juzgar por la hora ya debían estar en suelo alemán. Por otra parte le habían quitado su documentación, y con la escasa ropa no resistiría mucho tiempo perdido. Prefirió esperar a que el Destino le diera otra oportunidad.  

 

Cuando Paul Lafitte bajó del tren

leyó "Hbf Gera" en un gran letrero. Desconocía el nombre del lugar y dónde se podría hallar. Su obsesión por los mapas cobró nuevos bríos.

En la misma estación fue entregado a tres hombres vestidos de paisano que a juzgar por sus aspectos podría tratarse de abuelo, hijo y nieto.

 

Lo subieron a la parte trasera

de una camioneta, junto a unos postes de madera. El viaje duró unos veinte minutos. Su primera tarea de prisionero fue la de descargar la madera.

 

Oscurecía ya cuando le condujeron

a un pequeño cobertizo junto a una nave enorme donde mantenían a cientos de pequeños cerdos. En su interior había un montón de paja que le señalaron como sitio para dormir.

 

Le dieron dos mantas

y una marmita llena de patatas crudas con dos trozos de carne magra. Cuando la puerta se cerró tras él oyó como la llave chirriaba en la antigua cerradura y se lanzó desesperadamente sobre "aquellos manjares".

 

Paul Lafitte se encontraba al borde

de la desnutrición y se comió la primera patata a grandes mordiscos. Su estómago protestó por la acidez y pasó a devorar la carne. Buscó por todo el cobertizo algo que le pudiera ser de utilidad.

 

Mientras se calmaba algo su estómago

pensó que aquella tierra quizás recibiera las semillas con tristeza. Las semillas que tanto arriesgaban en medio de los campos arrasados por el fuego probablemente no se preguntarían si eran felices.

 

Y, sin embargo, brotaban.

 

Desde el primer momento

que Paul Lafitte vio los campos de aquella granja le vino a la cabeza el concepto de maldición; una maldición que no se parecía a ninguna otra.

 

Aquella maldición azul parpadeaba

con una especie de pereza como queriendo dar el aspecto de una naturaleza afable; los hilos de luz que se iban perdiendo en la noche ofrecían una cara de rasgos tranquilizadores.

 

Pero una vez acabado el fingimiento

surgía del amanecer el nervio y el malhumor de Dieter que parecía ser el que mandaba sobre toda la familia.

 

Durante los siguientes días Paul Lafitte

ayudó sin rechistar en todas las tareas de la granja y vio cómo su esfuerzo era compensado con arroz hervido, algún que otro muslo de pato, tres salchichas diarias y de vez en cuando un pie de cerdo extremadamente salado y que en realidad era de vaca.

 

De lejos veía a tres damas

de las que no podía apreciar sus edades ni su aspecto. En realidad no podía quejarse: dormía sobre un lecho cubierto por una manta, estaba ganando peso y a pesar de estar vigilado todo el día, en su mente se iban encajando los datos para una posible fuga.

 

A veces la silueta de un caballo joven

en el horizonte montado por un niño lejano, avanzaba exploradora frente a sus ojos y la excitación, ante esa estampa de libertad, se desbordaba con lágrimas humanas.   
                                                           Johann R. Bach
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