28 sept. 2013

El aire de esos años era frío y triste

LOS ZAPATOS MAGICOS

Cuando tú eras niña,

la escasez de viviendas obligaba a una cierta promiscuidad familiar; y, vosotros no erais una excepción. Además de tus padres y hermanos vivían bajo vuestro mismo techo,

 

un matrimonio  con una hija

muy presumida a causa de que su ya anciano padre era de buena familia. La mujer cuarenta años más joven que él había sido una de sus empleadas de una zapatería de su propiedad,

 

una prima de tu padre

que trabajaba en la compañía municipal de aguas y una tía, hermana menor de tu madre, empleada del hotel Ritz de Barcelona. El aire en esos años era frío y triste y cientos de desempleados se concentraban en la Plaça d'Urquinaona por si alguien acudía allí con alguna oferta de trabajo.

 

Ambas solteras,

buscaban sin éxito algún novio para poder formar sus propias familias, pero a juzgar por lo que tú oías eso era muy difícil. Los hombres deambulaban de un lado para otro, desesperados, por no poder ofrecer nada (material) a una mujer y ellas, ante tal situación, preferían seguir siendo solteras.

 

Las  jóvenes no podían salir de casa

sin el permiso paterno hasta cumplidos los veinticinco años y las mayores de esa edad debían andar con cuidado para no coger mala fama.

 

Eran años en que estaba mal visto

que una mujer entrara en los bares que, por otra parte, no eran más que cochambrosas y malolientes tabernas y fumar era un hábito de mujeres de dudosa moral. 

 

En medio de aquellos días

la habitación de tu tía –como un oasis-

fue siempre para ti como un lugar sagrado. Nadie entraba allí sin su consentimiento.

 

Era muy celosa de sus cosas;

escasas cosas, que no conseguían llenar aquella estancia de ocho metros cuadrados aunque el techo era altísimo y en una especie de altillo se guardaban todas las maletas como dispuestas a viajar de nuevo.

 

En el enorme y antiguo armario

guardaba sus cuatro o cinco blusas con sus correspondientes vestidos, unas catorce o quince cajas de zapatos llenas de libros, cartas de antiguos amores y objetos que, como reliquias, estaban encintadas con betas azules.

 

La habitación olía a libro viejo

mezclado con colonia de lavanda como si el suave perfume que usaba ella no quisiera salir de allí. Era un lugar acogedor en el que ella solía poner flores junto a la ventana y a su manera era feliz en su rincón.

 

A veces te hacía entrar

en aquel refugio destinado a guardar su intimidad y sentadas sobre el antiguo sofá cama de hierro hablabais de la vida en la escuela, y de las vicisitudes de su trabajo. Pero en general tus padres y tus hermanos no entraban nunca en su habitación.

 

Recuerda aquella tarde

que tu tía acababa de salir de casa en dirección al hotel donde trabajaba; entraste en su habitación; te pusiste sus zapatos –que conservaban aún la tibieza de sus pies- llenos una tibieza ajena te pintaste los labios con su carmín.

 

Calzada con aquellos zapatos

destinados a bellos pies te asomaste a la ventana. Te sorprendieron, de repente, los largos dedos oscuros y sarmentosos, vueltos hacia arriba, de los árboles de la calle como manos de bruja o candelabros donde la cera se ha secado y ennegrecido hace mucho.

 

Creciste de golpe,

como si te hubieras enterado de un pecado desconocido. Tus pies se calentaron súbitamente y el calor negro ascendió por tu cuerpo hasta alcanzar las sienes como una música de percusión.

 

De repente viste

como la luz del día amarilleaba y afuera te pareció ver en ese aire recién lavado cómo las formas sin hojas de los árboles recobraban su condición extravagante como si miraras el paisaje con unas gafas de esquiar amarillas

 

Durante toda la semana

no te atreviste a mirarle a los ojos. Te ocultabas en las cortinas del pasillo o me encerrabas en tu cuarto como esperando un castigo. Tu cara se encendía cada vez que te decía alguna palabra cariñosa como si se hubiera percatado de tu ignominiosa acción.

 

Pero las semanas fueron pasando

y aquello pareció olvidarse dentro de ti, pero aquella sensación de ponerte aquellos perfumados zapatos no se borró nunca de tu memoria.

 

Durante muchos años

resonaron en aquel reducido espacio voces pegadas a las paredes y la escasa luz que caía de aquel inalcanzable techo te pareció de hermosos augurios.

 

En tu imaginación

allí habitaba un dios marino que absorbía los ecos y protegía el corazón sensible de tu tía porque durante toda tu vida la viste guapa en sus ojos y amorosa en su alma.

                                                            Johann R. Bach

 

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