HUIR DE UNA RELACIÓN TÓXICA
Era de noche.
En el dormitorio, sobre la mesita de noche, pesada con su alegoría en color, iluminada de cielo negro, una página yacía en la novela Una Rodilla Herida, y nosotros con los cuerpos desnudos.
Una quisiera alzar
aunque fuera sólo una esquina, ver más allá en el espacio de las otras páginas. Pero el fajo de esas otras aún está por escribir. Parece que el poemario se esté escribiendo desde el fin del mundo.
¿Carbón vegetal sólo para un último fuego?
¿Debo creer que el signo
que prendió en el flanco de mi vida como un relámpago, y allí resplandeció, no fue más que manos inútilmente unidas,
sueños, fiebre de nada más que sueños,
momia ataviada para nada, bajo su capa de papel reciclado?
Era de noche.
En el dormitorio yaciendo con nuestros cuerpos desnudos, una mueca, sin llegar a ser un movimiento para nada, inconcluso, parecía apoderarse de aquel durmiente atormentante por su sueño.
¿Voy a tocar ese hombro -me preguntaba?
¿Iba a ser capaz de solicitar que sus ojos se abrieran, se dilatasen y que su cuerpo resucitase, como así había sido una vez?
Me giré de espaldas a su cuerpo
y un estremecimiento recorrió mi pecho. El espejo que dormía sobre la puerta del armario tampoco dormía. Quise apartar los ojos de su quimera, pero ya el fuego había prendido en mi vientre.
¿Refleja acaso el ciprés, las estrellas,
el bello rostro de una mujer meditando sobre el calor de su brazo plegado? No, si se entreabre la puerta del armario para que queden ocultos unos dedos ávidos que se acercan a las cosas antes de que el día despunte.
Era de noche. La última de aquella relación tóxica.
La página ilustrada con una reproducción de un cuadro de Delvaux de la novela Una Rodilla Herida sobre la mesita de noche y su reflejo sólo agitaban la noche.
Johann R. Bach