13 sept. 2014

la urgencia que me asedia, que sube, y de tanto que me enciende, me quema las retinas

LO MIO NO ES ALZHEIMER

 

Tanto ardor muere

donde, lentamente, agonizo yo, en el lecho olvidado de las sombras, y así me niego a mí mismo

 

la urgencia que me asedia,

 

que sube,

y de tanto que me enciende, me quema las retinas para elevarte como a un caballo alado que ya me pertenece.

 

Basta con el tono tostado de la piel

que es el tesoro que no te oculto, el pecho que debajo de mis manos se dibuja hermoso sobre la hamaca,

 

la piel fresca como amarillas flores de San Juan,

las rosas recién cortadas, su tersura, dormidas como helor pasado, y los peces voladores que poseo,

 

azules, terrosos reflejos de mi mente,

mirándome fijo como cuarzo oblicuo, pura locura, un secreto, sueños que nacen y se agotan,

 

ígnea apariencia, el deseo.

 

Ya nadie puede ver amor en mis ojos;

los grisáceos arcos seniles están ya muy crecidos y las cejas hace tiempo que se quemaron bajo la lámpara del escritorio.

 

Sin embargo el pabellón auditivo

sigue adelgazándose con el crecimiento y es fiel reflejo de los años vividos, y, el oído se agudiza con los trabajos y los días.

 

El plomo y otros metales

se me acumulan en las piernas, los líquidos alma de los humores se van evaporando y

 

la sequedad de las mucosas

y la piel avanza como los desiertos.

 

¡Ponme un sombra!

Sí sí, He oído bien: "un" sombra. Automáticamente mi cerebro intenta comprender.

 

Esa frase ha invadido y perturbado

el minúsculo laberinto de mi oído interno.

 

¡Ponme un nube!

Otra frase que golpea con martillo el yunque de mi aparato de percusión y sus vibraciones inundan la coclea.

 

Otro artículo "un" (masculino) delante de nube.

 

Sombra1… nube1

la fresca brisa salada sobre mis labios… Sin duda estoy en Málaga.

 

Lo mío no es Alzheimer.

 

                                                           Johann R. Bach

 

1). Sombra y nube son dos nombres que en Málaga se dan al diminuto café con leche parecidos al cortado.

 

12 sept. 2014

No se trata de la muerte que te busca ni de azufre divino que te corroe la carne

LOS MÚLTIPLOS DE SIETE

BAJO LA MAGIA DE LA LUNA

 

Siete veces

he leído en la noche de los poetas, iluminada por la gran lámpara de la bóveda celeste,  mis propias sílabas "Los Múltiplos de Siete";

 

y, si quisiera bajar esa luna del cielo

un tremendo mandato y muchas cabezas caerían tronchadas para siempre sobre el pecho.

 

Cuánto me complace

esta disposición a la eternidad, sin saber si respiro o no, aguardando a que me juzguen,

 

que me coloquen en la balanza

bañado en mi propia sal.

 

Si a alguien le cuesta creer eso,

tampoco distinguiría cuáles de mis palabras son piadosas, y de sus manos caerían cuajados pétalos de magnolia que

 

por la noche arrancaron

de unas piernas desconocidas.

 

No se trata de la muerte

que te busca ni de azufre divino que te corroe la carne, lee siete veces "Los Múltiplos de Siete" y

 

quizá encuentres respuesta

al fuego que de mis dedos brota.

 

           MÚLTIPLOS  DE  SIETE

 

Siete años tardaste en aprender

a hacer el lazo de los zapatos heredados de tu hermano. Los cordones ya desgastados por el uso resbalaban fácilmente sobre los calcetines y su forma de ocho horizontal crecía y crecía como el espacio.

 

Hasta los catorce no te fue necesario

dibujar ese signo y otros sobre un cuaderno de hojas con fondo cuadriculado llenas de ecuaciones de segundo grado. En esos momentos crecías y crecías como las hojas de un guisante germinando.

 

Las chapucillas con cilindros

y cónicas y las reflexiones sobre los péndulos de compensación para medir exactamente el transcurrir de los minutos, formaban parte de una sed inextinguible de conocimientos. Tu imaginación despertaba a impulsos de intensidad irregular, pero imparable.  

 

A los veintiuno descubriste la noche

y la Banda de Moebius que completó tu colección de figuras construidas con delicada papiroflexia. Empezaste a frotarte las manos porque las piezas del puzle de la vida empezaban a encajar.

 

Entretanto el amor llamaba

a tu ventana como la zarpa del helor de un crudo invierno. A partir de rombos, triángulos y pirámides construiste un jardín inteligente a falta de un diamantino edén en el que hasta los insectos pudieran acudir al festín de la miel.  

 

A los veintiocho te atreviste

a decir tímidamente para tus adentros: ¡Eureka!. Creíste haber encontrado la piedra filosofal, pero no querías parecer ridículo y no comentabas públicamente las locuras filosóficas que se te ocurrían;

 

las otras, las de la especie,

ya no estabas a tiempo de ocultarlas: ya te habías convertido en padre y habías inventado la palabra ser –palabra dura e incolora.

 

A los treinta y cinco sólo

los cambios de domicilio te salvaban de la hoguera que los vecinos preparaban pacientemente.

 

No les gustaba tu forma

de apartar las hojas cálidas con manos vivas y cómo pisoteabas las estampas que ellos consideraban sagradas.

 

Los viajes

y el perfeccionamiento de varios idiomas a la vez te ocupaban horas y horas. Te cultivaste como si fueras a vivir toda la vida. Aún te costaba romper a llorar y diluir en tus propias lágrimas el espacio y al igual que el tiempo, no detendrías tu enloquecida carrera.

 

A los cuarenta y dos años

no viste amor en sus ojos. Empezaste a sentir aquella lluvia de reproches sobre tus hombros como la humedad de la niebla. Tus versos, tus besos, tu sueldo eran insuficientes.

 

La atracción newtoniana

ya no funcionaba como cuando erais unos perfectos desconocidos. Tuviste que tomar la decisión de ganar dinero como la imitación de un proceso que conduce al suicidio.

 

Tus cabellos te iban abandonando,

eran cada vez menos abundantes en la cabeza mientras el vello brotaba en todos los poros de tu pecho. La sensibilidad de tu piel quería evitar el vacío a tu alrededor que era cada vez más fuerte.

 

En esos años

ya no confiabas en tus cinco sentidos: el mundo podría quedar reducido al tamaño de una avellana mientras que pequeños planetas cegados por su propia sangre podrían crecer y dar paso al nacimiento de un sol.

 

A los cuarenta y nueve el exilio

te salvó el pellejo, la modestia volvió a tu corazón, empezaste la larga travesía del ecuador de tu vida y a saber lo que querías. El listón quedó fijado en los ochenta y cuatro por los cálculos de Quetelet.

 

A los cincuenta y seis comprendiste

a tu padre y a tus hijos; supiste de sus limitaciones y los reconociste como seres humanos que sufrieron lo suyo.

 

Y en cuanto a tu madre

pensaste que ella nunca cambió:

 

esperó siempre vuestro regreso

vestida con su blusa blanca moteada de lunares azules y sus ojos grises en el umbral de todas las puertas, con la sonrisa haciendo juego con las perlas de su collar.

 

Comenzaste a recordar

que le gustaba el café, la tranquilidad y las películas de Humphrey Bogart; y, como si los estuvieras viendo, sus movimientos de cabeza desaprobando tus primeros versos.

 

A los sesenta y tres escribías

sin parar con la locura del que cree que no va tener tiempo suficiente en los veintiún años restantes para amar y al mismo tiempo explicar cómo la primera parte de tu vida te pareció huérfana de caricias.

 

A los setenta… ¡Por fin la luz!

A partir de átomos, puntos de coordenadas que se doblan en los espacios, cabelleras de cometas que se peinan una vez cada setenta y cinco años, púlsares que presumen de medir el tiempo,…

 

puedes construir la infinitud

y entregarte de lleno al amor y erigir puertos y cabañas rodeadas de naranjos y viñas, de frágil duración, lugares donde el tomar el café entre sonrisas amables permite ver la vida desde un ángulo desconocido.

 

A los setenta y siete te pudiste

permitir el lujo de renunciar a la fama y concentrarte en escribir, durante los siguientes siete últimos años –que no es poco-, todo aquello que los demás no pudieron o no quisieron ver.

 

Sobre una tabla con siete cuerdas

depositaste tus lagrimitas ya disecadas y con tu rígido puño de rebelión y temblorosa caligrafía sobre papel inmaculado en una noche fría estuviste escribiendo

 

tu amarillo y ridículo testamento ológrafo.

Secreto, aún sin fecha, pero con la rúbrica extendida al margen de cada hoja, lo guardaste en un cajón de la cocina. Abogados y jueces se desvivirán por desentrañar su validez. ¡La voluntad sobre todo! (la Willenstheorie de Descartes). ¡Faltaría más!

 

¡Ah! ¡Ese listón de los ochenta y cuatro!

Tan duro de pasar, pero qué suerte haber llegado entero.

 

                                                                                                  Johann R. Bach

COMENTARIO (Leo P. Hermes)

 

Tres ciclos del cuarto múltiplo de siete determinan en nuestra vida, por orden, lo dulce, lo salado y lo amargo. Lo prohibido es el factor común a todos ellos.

 

El cuarto múltiplo de siete o ciclo de la luna

se compone de veintiocho ciclos circadianos o de veinticuatro horas -la noche y  el día-

 

El ciclo de las semanas,

de siete días, corresponde a cada fase de la luna. El Universo nos mete todo en paquetitos (clústers), con cintas de colores (los siete del Arco Iris) donde se ha grabado en cada una de ellas música con siete tonos (las notas musicales).

 

Y por último

los tres ciclos del cuarto múltiplo de siete componen una resultante de doce ciclos de siete años –en total ochenta y cuatro años- debido a que el número mágico es el de las constelaciones (el doce).

 

Así los dioses nos conceden

una vida corporal, de libertad erótica, por absurdo que parezca. Las semillas cosechadas, almacenadas en la infancia estallan con las primeras gotas de lluvia y concluyen hasta que se seca la última fruta.

 

 

                                                                  Johann R. Bach

11 sept. 2014

encuentro gran placer al observar los cielos recostado sobre mi saco de dormir y al leer en mi agenda la lista de cosas sobre las que reflexionar

OBSERVANTE DE LOS CIELOS
Y DEL YO INESCRUTABLE

Observante de los cielos
y del yo inescrutable - como Kant -, me paseo en moto junto a los campos de girasoles; los pájaros azules son mis amigos, los guantes de cuero me cuidan los dedos mi alimento.

Tengo el presente por compañero
y por guía las horas distantes… Mi amor –esta vez se ha quedado en casa- es la primera maravilla de un harén formado por las estrellas de la constelación de Pegaso.

A los que me han conducido hasta aquí
se les llama olvido y cantan –si llueve- una canción del color del agua, que penetra en mi corazón ávido por una sensitiva puerta de oro.

Sorteando charcos y barros,
ruedo sobre mi montura mecánica y emprendo el camino fácil que, igual que todos los caminos, abandona los once dolores y

se aproxima al fin.

Me detengo bajo un gran abeto.
Mi pensamiento me dice donde me encuentro y mis ojos reconocen la flor de árnica mi gran balsámico,

Aún así nada me indica hacia donde voy.

La ignorancia del porvenir es mi vida,
mi vida que no puede vivir de anticipaciones. Sólo tengo la certeza de que soy el éxito del fracaso.

No deseo ni resultado, ni meta.

Sin embargo, encuentro gran placer
al observar los cielos recostado sobre mi saco de dormir y al leer en mi agenda la lista de cosas sobre las que reflexionar

mientras canta la luna al elevarse:

                                       COSAS PARA PENSAR

*El conocimiento es un viejo error
que piensa en su juventud.

*Los descontentos
y los desheredados de la tierra hacen la vida más bella.

*Las leyes están contra la excepción
y me pregunto por qué a mí sólo me atrae la excepción. ¿Soy yo mismo un error?

*¿Es el arte o la poesía el culto al error?

……………………   ………………..   ……………………   …………………..   ………………….

Siempre me dijeron
que el diablo me seguía día y noche. De ser así, podría deberse a que tenía miedo de estar solo… como si estuviera metido en la piel de un caballo.

Considerada como fenómeno estético
la existencia me es insoportable, pero gracias al arte, a la poesía, lo extraordinario me hace descansar de la vida, y es esa proyección la que me hace descansar de mí mismo.

Mientras se cierran mis ojos de té
voy a pensar que estas débiles líneas están escritas bajo la influencia de un espíritu angelical que me ama y eso me estremece.

¡Gracias al cielo!
lo peor ya ha pasado, y la prolongada dolencia está a punto de desaparecer; y la fiebre llamada "Vivir" ha sido vencida al fin.

                                                                 Johann R. Bach

10 sept. 2014

Yo era ambicioso –lo reconozco-, Pero… ¿has conocido esta fiera pasión?

DIADEMA FEBRIL SOBRE LA FRENTE

¿Cómo explicar tantos cambios
contenidos en unos pocos lustros?

No he sido siempre como soy ahora;
la diadema febril sobre mi frente, la reclamé en tiempo y forma.

Ante el silencio administrativo habitual
o la contumaz negativa de amigos que no eran tales, afanosos vecinos, familiares envidiosos y clérigos celosos de mi fama en potencia, no tuve más remedio que

ganarla usurpándola;

Sí, sí; la misma herencia dio Roma al César, esta a mí.
La herencia de una mente regia y de un espíritu orgulloso que ha luchado triunfalmente con la especie humana y, en general, con la vida arraigada sobre este planeta.

Con el rocío de Los Pirineos
mi alma se imbuía de un sentir profano viviendo, en sueños, con sigilo su esencia que a mí se aproximaba.

¡Qué suerte la suya! –decían-;
nunca oí decir que todo lo que conseguí fue gracias a miles y miles de horas de continuado esfuerzo.

El mundo
con todo su séquito de belleza luminosa y feliz (pues para mí todo era un deleite indefinido),

el mundo, su alegría,
su parte de dolor, que yo no sentía, sus corpóreas formas de variado ser, que contienen los espíritus incorpóreos de las tormentas,

la luz del sol y la calma,
el ideal y las vagas vanidades de los sueños, terriblemente hermosos, las naderías reales de la vida de vigilia a mediodía

de una vida encantada,
que parece, ahora que miro hacia atrás, la lucha de algún diablo malo poseedor de poder que me dejó en alguna hora maligna,

todo cuanto sentí o vi o pensé
(lleno de belleza ultraterrena), acumulándose, confuso se convirtió en ti, y en la nada de un nombre.

¡Sí! Yo era orgulloso;
y tú mi diosa, que conoces algo de la magia de esa palabra reveladora, tantas veces pervertida,

comprenderás mi desprecio
hacia aquellos que nunca me hicieron aprecio, cuando este mail llegue a tu ordenador.

O bien comprenderás cuando oigas
en el viento que era quebrantado el espíritu orgulloso, que ardía en agonía el corazón orgulloso a una palabra o muestra de reprensión de aquellas personas a las que me acerqué tan inútilmente.

Yo era ambicioso –lo reconozco-,
Pero… ¿has conocido esta fiera pasión?

No, tú no, mi amor.

Siendo yo un simple observante de los cielos,
señalé como mío un escaño, un sillón sobre la mitad del mundo. ¡Y me quejaba de tan humilde suerte!

Pero me abandonó,
como un sueño que con paso ligero huye como la escarcha bajo el sol, ese ardiente pensamiento, y desde entonces,

ya no me agobia el rayo de la belleza
que dura toda la vida, más bien me preocupo de permanecer junto a él aunque caiga a centenares de kilómetros sobre otro mar.

                                                                Johann R. Bach

9 sept. 2014

he escuchado una voz que invadía -la de la diosa Vagalume-

VOLVER A LA VIÑA

Vuelvo, por enésima vez, a la viña de mi infancia.
La gatita ha crecido desde mi última visita y ya tiene un gatito el primero fruto de sus correrías nocturnas. Bórax aún no es adulta aunque su cabeza de mastín de Burdeos es enorme.

Duermen juntos
-a pesar de no ser de la misma especie- como el resto de las manchas de grasa en el garaje. Sólo buscan de sus dueños caricias y proteínas diarias.

Yo que he buscado la libertad
en las palabras, en el lenguaje de varios idiomas y no soy más libre -creo- que esos animales domésticos en sus silencios.

Miro el horizonte teñido de rojo por la viña
y tengo la sensación de que robé el hilo con que se zurcieron nuestras lenguas y habiéndolo cortado en pequeños fragmentos, como palabras traducidas, intento hilvanar solamente las sílabas más importantes...

Bórax –ese pequeño monstruo-
me empuja la pierna para que la acaricie: las horas de soledad guardando la viña hacen mella en su aún tierno corazón;

miro sus enormes dientes
que asoman, temblorosos, y no es a causa de que ría a carcajadas; son como una sierra que busca abrirse paso ciegamente hacia el futuro árbol a abatir.

Después de mirar cómo corretean
durante un buen rato dejo de observarlos concretamente uno a uno, y paso a percibir tan sólo un baile de formas y colores apagados,

una liviana coreografía de saltos
y carreras contra el ocre plateado del estanque colmado por las últimas lluvias.

En esos momentos la vida es
ese zigzagueo impredecible, un mapa de impulsos eléctricos que sólo parecen concertarse en los ojos del observador

como si la distancia euclidiana
fuera también un préstamo de tiempo capaz de igualarlo todo, de nivelarlo sin resistencias.

A la larga,
la erosión de los años deja en nada las muescas, los salientes, los detalles característicos, y eso justamente me parece sentir ahí en medio de esa sacra viña.

Con las manos en los bolsillos,
balanceándome apenas contra la valla que separa la finca del olor a bosque sagrado

oigo el rumor lejano de un tractor
y las voces de los compañeros paseantes que se mezclan extrañamente a mis espaldas.

Vuelvo a fijarme en la alegría de los animales,
en cómo celebran nuestra compañía, entregados libremente a su paseo junto a nosotros.

Es como si en su interior
tuvieran una mancha palpitante que muchos veterinarios confunden con el corazón,

un borrón que se mueve caprichoso
y que dicta sus brincos, sus carreras, sus vueltas y revueltas nerviosas sobre las primeras hojas caídas de los árboles caducifolios.

El nuestro –a diferencia del suyo-
es un mundo de palabras: a la quietud la llamamos "silencio", que es la palabra más simple de todas.

La naturaleza entera habla,
e incluso las cosas ideales emiten vagos sonidos con sus alas visionarias;

¡pero, ay, no es así
cuando de esta manera en los reinos de lo alto pasa la voz eterna del propio Universo y en nuestro cielo los rojos vientos cesan!

Me he quedado quieto,
no respiro, pues he escuchado una voz que me invadía -la de la diosa Vagalume-

¡con qué solemnidad!
el aire en calma, sonido del silencio para el medroso y duro oído al que los soñadores poetas denominan

"la música de las esferas".

                                                                                     Johann R. Bach