4 jul. 2015

La única verdad “constatable” es el corto paseo por este planeta.


EL CORTO PASEO POR ESTE PLANETA


Escucha amanece.
Tu boca inventa los signos. Ámame otra vez.

La única verdad "constatable"
es el corto paseo por este planeta. Las dudas se acumulan sólo sobre mi vida.

Afuera no oígo ya la lluvia,
bajo mi piel el tejido conjuntivo se va secando. Mi cuerpo de barro se endurece con los años como el duraluminio.

Sólo el relámpago
de la luz turbia del platino hace de la noche -de la cual procedo- un auténtico placer.

Los años de vacas gordas
no eran más que un espejismo de la fiebre, aunque podríamos decir que cuando las vacas flacas se han acabado es porque ya se las han comido.

Recoged las uvas del mar
y escribid mientras sea posible. Cuando sea posible amad… en silencio.

Sólo en la noche de la obsidiana
se puede ver cómo se coagula la plata.

Ella, Ella; no la siento ausente.
Tú que has elegido la noche para hundir tu cuerpo en el agua oscura,

asumes –lo sé- mi amor,
la sombra terrible de la maravillosa luna.

No puedo evitar amarte.
Tienes musculatura de cobalto y titanio en tus huesos, boca de fuego y tu memoria es una selva de cristales.

Yo soy tu mar,
tu ahogado que clama sobre la arena del tiempo.

Escucha amanece.
Tu boca inventa los signos. Ámame otra vez.

                                                                   Johann R.Bach

De acuerdo, de acuerdo.De Cintura para arriba soy una cosa mientras que de cintura para abajo soy otra cosa muy distinta


UN MÍSTICO EN ESTADO SALVAJE

Hubo un día
en que la brújula modificó bruscamente su sentido. En aquel momento mi vida también cambió:

no pude evitar
volver a comportarme como un místico en estado salvaje.

Habitante de un mundo coloreado,
rico en formas que parecían indestructibles y en aconteceres eternos,

empecé a desconfiar

de aquella frágil perennidad
y descubrí la tramposa ilusión de la vulgar publicidad para ingenuos de los variados y sofisticados sistemas de poder. Y detrás de la vistosa fantasmagoría de

navegar por un río de aguas blancas
devorando un mar mineral

(Un sol blanquecino y débil
se elevaba sobre el gran volcán Bardarbunga y las nieves en busca de un refugio de salvación)

vi amanecer en la noche boreal.

Era evidente
que Europa fue siempre un tumulto y Cadaqués, para mí, un silencio.

De ahora en adelante
recorreré el bosque sagrado de símbolos pues es el único que me habla en simulacro y en enigma.

                                                              Johann R. Bach

3 jul. 2015

Morir era sumarme a la luz en forma mortal.


SOY UN JUGO NUEVO.

Mi poema "ME HE ENTERADO DE QUE ME VOY A MORIR"
no ha gustado, en general, entre mis amigos.

Unos lo interpretaron
como una exageración sobre la percepción de que mi final está próximo.

Otros me dijeron abiertamente
–y yo lo agradecí- que le faltaba contundencia. Quizá les hubiera gustado tanto a unos como a los demás que

hubiera escrito por ejemplo…

"Sé que me voy a morir…"
"Estoy acostado en mi cama articulada -dotada de dos motores eléctricos- con la que puedo hacer toda clase de movimientos y aún, también estudiada, para poder escribir hasta el último latido…

en la larga o corta agonía:

Siento que mi cuerpo,
mis temblores, mis pasiones, mis terrores, atraviesan diminutas celdillas".

Es decir, yo estoy acostado,
pero mi todo erecto se marcha por pequeños agujeritos luminosos que invaden la habitación sobriamente decorada con una maceta con violetas en la ventana.

Siento que soy un jugo nuevo,
reliquia para los milagrosos huequecitos adornados a rebosar con multitud de flores.

Sólo yo los veo,
porque sólo yo soy el que se va.

Un coro de voces
de las mujeres que me amaron –no más de siete, la verdad- y sus llantos se alejan como un tren en la oscuridad de la noche,

mientras yo me pierdo en la luz.

¿Era eso lo que querían que escribiese?

Tuve un sueño sí,
mi cuerpo muerto vi y me sentía ascender por esos cubículos cristalinos, rojos al blanco como el hierro,

con mi cuerpo vivo.

Morir era sumarme a la luz
en forma mortal.

Dedos, manos sueltas en el aire
me quitaron el cuerpo para echarlo como un simple saco de huesos en un ataúd.

Al despertar
no tuve la sensación de estar viviendo una desgracia –la mía- porque otro cuerpo y otra alma

me esperaban en los túneles de luz.

                                                            Johann R. Bach


2 jul. 2015

Tardaste años en aprender a leer esos otros lenguajes que te ayudan a comprender la radiografía de tu propio esqueleto,

EL ORIGEN DE UN CLARO DE LUNA

 

Algo de tu poliédrica vida

dio origen a un lamento que poco a poco se convirtió en oración. Tú eras lo que entonces, padres y profesores deseaban: una muchacha callada algo dormilona, delicada de salud y –cosa extraña- a diferencia de tus compañeras nunca te quedabas demasiado tiempo mirando por la ventana.

 

De la escuela –más trabajadora que lista-,

obediente y con pocos problemas, sólo recuerdas algunos pocos castigos que siempre consideraste injustos. La falta de confianza en ti misma la suplías con una cierta constancia y tozudez.

 

Leías todo lo que caía en tus manos

y algunas de aquellas lecturas te proporcionaron informaciones misteriosas: con sólo ocho años de edad supiste que el día de Mercurio era aproximadamente igual a su año.

 

Eso te inclinó a observar

a menudo los cielos nocturnos y durante el día quedarte embelesada con las blancas nubes alargadas como naves extraterrestres detenidas a las puertas de un Purgatorio, indecisas. 

 

Entretanto te ibas formando

en ideas y convicciones éticas indoblegables como botones de gabardina y te dedicaste durante un corto periodo de tiempo a

 

llevar una vida viajera

imaginando que los autobuses o trenes te transportaban de un lugar a otro como alfombras voladoras: somnolienta, fascinada, torturada por la belleza del mundo.

 

Después intentaste llevar, como todas,

una vida corriente con algún grado ganado en unas oposiciones completamente limpias.

 

Madrugones, metro,

café antes de comenzar la jornada, trabajo de oficina –contratación de energía eléctrica-, otra vez metro de vuelta a casa, sueño saciado con una corta siesta, eran cosas cotidianas.

 

Tuviste suerte: los profesores

de la facultad eran en general buenos en sus materias y liberales en los social:

te consideraron uno de los suyos debido a algunas de tus convicciones espirituales.

 

Tardaste años en aprender a leer

esos otros lenguajes que te ayudan a comprender la radiografía de tu propio esqueleto, la música de las glándulas endocrinas, la fotografía de unas gruesas cejas, los carcomidos pabellones auditivos, los hoyuelos en mejillas y barbilla; la escrófula en los labios.

 

Esos lenguajes, en general,

no interesaban a nadie, pero gracias a ellos comprendiste muchas cosas, latentes o movidas, en tu interior y te ayudaron a ver en los ojos de los demás intenciones inconfesables.

 

Pocas veces viajaste al extranjero,

pero aún llegaste a conocer la Rusia de la Era Brezhnev, las playas y acantilados de Normandía, los robles de la Berliner Eichentor y los lagos de la pacífica Suiza.

 

Coleccionaste en lugar de recetas de cocina,

multitud de fichas de plantas medicinales descritas por Lineo y destacaste algo en el ajedrez, pero abandonaste esa afición por ser poco femenina-  En cierto modo, mientras aprendías idiomas, eras feliz.

 

Leíste algunos libros -entre cientos de ellos-

que te ayudaron a fijar en tu ADN algunos conceptos modernos que, momentá-neamente, te fueron útiles para sobrevivir en los momentos difíciles,

 

pero tus lecturas preferidos eran

las que te permitían mirar en tu interior y ahondar en el conocimiento de las antiguas brasas del universo; estudiar el vuelo de las abejas o la increíble adaptación de los caracoles al entorno.

 

Excepto el placer de las matemáticas,

no sacaste ningún provecho del resto de libros "científicos". La literatura te alegró –tanto la poesía como la prosa- muchísimas tortuosas noches.

 

Algunos profesores te recomendaron

los clásicos griegos como textos que podrían cambiar tu vida. Los leíste. Nada te cambió, lo reconoces, pero te permitieron una mirada distinta sobre la vida.

 

Tal vez no vivías –sólo subsistías-

o tal vez aquellos tiempos no eran otra cosa que una fase necesaria –psicológica-mente- antes de pasar a otra en la que se ha de superar la maternidad; 

 

en espera de tiempos mejores,

arrojada contra tu voluntad hacía algo, como una sombra en la pared, trabajaste en hospitales y editoriales, para ganar algo de dinero fácil para pan y papel.

 

Cómo explicar a tus hijos

que dedicabas grandes esfuerzos para no sucumbir a insinuaciones malignas, a no cometer estupideces y a no confraternizar con el más fuerte.

 

Cómo podías explicarles

que al despertarte empapada en sudor y ver el silencioso techo amenazando con derrumbarse encima tuyo debías escribir con tu mano fatigada hasta los tuétanos un conjuro contra los espíritus y una oración para una noche más plácida para ellos.

 

Una noche sin ofertorio,

sin consagración ni comunión. Ingenuamente sin sacrificios, exenta de espanto. Sólo de tu maltratado pecho podía salir un lamento lanzado a esa noche.

 

                                                                 Johann R. Bach

 

 

1 jul. 2015

“hoy nos toca crecer al galope de caballo alado herido


MIRADA A OTROS ASTROS

La luna se está llenando de luz
y está a punto de rebosar. El calor invade este primero de julio todos los rincones del hemisferio norte mientras

en Asunción de Chile
se celebra con júbilo el premio de ver a Messi en el país combatiendo a la carrera el frío.

Sale ella a medianoche,
al balcón, a contemplar la luna y a decirle a estrellas y astros:

"hoy nos toca crecer
al galope de caballo alado herido vuelta su silla como campana, loco de viento y de luz.

Como está algo triste y no oye,
tan triste se pone enviando su mirar camino a las estrellas y a los astros.

Pero ellos también están tristes,
creedme, una estrella y un astro a causa de la enorme distancia que hay entre ellos.

Y le hablan de él y de ella.

                                                         Johann R. Bach


el tiempo es una utopía de nuestra sangre.


PAÍS DE MÁRMOL

Era un país de mármol
donde se escuchaba la voz de las estrellas. Una voz que decía que el espacio era finito y curvo, que

el tiempo es una utopía de nuestra sangre.

Que las estrellas que habitan cada átomo
de nuestro cuerpo nos están oyendo.

Que el clamor de millones de niños
rogando en el Monte Carmelo es total y desesperado.

Era un país de mármol
con ríos de leche oscura y barcos de oro fino. El muro esmaltado del cielo estallaba en buganvillas.

Una luz espesa como de sangre
llenaba las cosas y las almas.

En cestos de una paja anterior a la paja toquilla
morían cabezas humanas. Tras el horizonte saltaba un sol blanco herido, gotas de pus y mercurio se convertían en rayos.

Alineados como en un bosque talado
yacían cuellos de nieve deshaciéndose con el calor. Un puñal despedía olor a vísceras y espanto.

El verdugo
de aquel aquelarre de niños vengativos intentaba dormir junto al mar de Tiberiades. Buscaba inútilmente el sueño tranquilo.

Su particular Infierno de Diabetes
le había condenado a ver como los gusanos se le comían los genitales en carne viva.

Dicen que antes de morir,
retorciéndose Herodes de dolor, llegó a gritar: "Virgen, virgen, mata a tu hijo con el cuchillo del pezón".

Era un país de mármol
donde se escuchaba la voz de las estrella. Una voz que decía que habitan en cada uno de los átomos de nuestro cuerpo

Y que nos están oyendo
                                                                                                    Johann R. Bach

30 jun. 2015

Entré en un sueño


ENTRE EL CIELO Y EL MAR

Una vez,
mirando fijamente el horizonte vacio de barcos, entré en un sueño.

Las cosas, los seres
y la luz ante mis ojos tomaron la maravillosa forma del sueño.

Se cubrieron
de una niebla dorada y triste.

Sobre todo y todos
había un gran silencio en el espacio entre el cielo y el mar.

Quedé preso, sumergido,
alucinado por aquella luz y aquel viento que venía de un abismo desconocido.

¿Querrá alguien
cubrir con una boca desesperada, con unos ojos vacios el portal que da a la vigilia?

¿Querría, quién sabe quién,
si yo se lo pido -como te lo estoy pidiendo a ti- tiernamente, degollar el día?

                                                                Johann R. Bach

Creí que iba a volverme loca del placer que me procuraba.


EL CIELO DE PARÍS

Todas las religiones repiten machaconamente
que la energía, llamada el mal, procede únicamente del cuerpo, y que la razón, llamada el bien, procede únicamente del alma, pero mi experiencia vivida –pasados ya los cincuenta años- me indica lo contrario:

la energía
–procedente fundamentalmente del sodio y del diabólico azufre- es la única vida y surge del cuerpo; la razón es el límite o la circunferencia exterior (el aura) de la energía.

Los hechos
propios de mi experiencia individual ocurrieron de la siguiente manera: Pablito silbaba a menudo y daba la impresión de estar contento, pero me equivocaba. Lo hacía muy bien y su repertorio era amplísimo. Pensé que era una lástima que esa facilidad para la música había sido desaprovechada.

De hecho Pablito sufría de algo
-salvando las diferencias- parecido al síndrome de atención deficiente y es por ello que la escuela para él fue una tortura pues nunca pudo aguantar una formación (en ninguna materia) estricta.

Yo había conocido a personas así:
tenían un gran talento, pero al ser incapaces de hacer el esfuerzo suficiente para sistematizarlo acaban por desaprovechar los dones que la naturaleza les ha procurado. Al principio crees que son fantásticos porque son capaces de tocar o cantar piezas difíciles con sólo oírlas un par de veces.

Cuando los ves quedas alucinada
y piensas que tú no lo podrías hacer nunca ni que lo intentaras durante años. Pero la cosa queda ahí y no van más allá. Muchos de esos "genios" son consentidos y no están dispuestos a hacer el menor esfuerzo. Les falta un elemento esencial –la voluntad- en la formación de la personalidad.

No era exactamente el caso de Pablito.
Cuando acababa su sesión de modelo tomábamos un té y charlábamos un rato, pero pronto su inquietud hacía que se moviera y tuviera ganas de salir a la calle, aunque a veces decía cosas que me hacían reflexionar. Su delgadez contrastaba con su voraz apetito.

Yo sentía por él
-al igual que otros vecinos- indignación por el trato que recibía por parte de las autoridades que le negaban cualquier ayuda, tristeza, compasión… Por eso le pagaba bien sus servicios.

Yo sabía bien
lo que era una enfermedad crónica: una pesada mochila doblándote la espalda e imposible de librarte de ella ni siquiera al ir a dormir. Al principio cuesta adaptarse aunque después la carga no parece tan molesta. Pero hay enfermedades y enfermedades. La suya le obligaba a ser humilde, servicial y agradecido de poder defenderse en la vida haciendo recados.

Era como un adulto
que se hubiera empequeñecido en un cuerpo de un adolescente aún por crecer; como si sus cuerdas vocales se hubieran adelgazado mostrando una voz atiplada y su defensa ante la crueldad fuera un llanto y un hipo nervioso como el de una niña delicada.

Cierto día subió a mi estudio
después de una fuerte discusión con Margot una vecina del segundo piso. En la cesta de la compra había algunos productos que Pablito no pudo explicar su procedencia. Margot le riñó y le dijo que no daría más encargos y se negó a pagarle su servicio.

Lloraba desconsoladamente
como si aquello fuese grave. Me puse en su lugar y comprendí que si eso me hubiera pasado a mí de niña también hubiera llorado. Le hice pasar, le preparé un té e intenté consolarlo con las palabras más dulces que pude.

Lo abracé y le acariciaba la espalda
mientras su rostro húmedo me mojaba el cuello, cuando noté un pequeño movimiento de sus dedos en mi espalda. Pensé que correspondía a mis caricias en la suya, pero aquella sensación era algo distinta de una simple caricia. Me estremecí cuando con voz muy queda me dijo al oído "usted me cae muy bien". Sentí cómo se me ponía la piel de gallina y la sensación de hormigueo en la espalda aumentó al decirme que conmigo se encontraba muy bien y que sabía que yo le comprendía.

Su respiración junto a mi oído
me estaba excitando y noté que mis párpados querían cerrarse, mis labios comenzaban a aflojarse y cuando me empezó a besar en el cuello comencé a sentir fuertes latidos en mi vagina y empecé a mojar las bragas como nunca lo había hecho.

Mis brazos se aflojaron y el abrazo era sólo el suyo:

suave su mano en mi espalda y poco a poco me fue tumbando en el sofá como si depositase una muñeca de porcelana. Casi sin darme cuenta me había subido la blusa y me acariciaba la barriga mientras me besaba el labio superior. Mi boca entreabierta pedía ya la suya.

Fue introduciendo sus finos dedos
entre mis pechos buscando sin prisas los pezones. Aún no los había rozado cuando otros finos dedos iban bajando desde mi cintura enredándose suavemente en el vello de mi pubis. En el momento en que su legua me lamía el ombligo me desabotoné la blusa y pasé los sostenes por encima de mi cabeza.

Él retiró un poco su mano
de mi monte de Venus como si quisiera retirarse. Yo le sujeté la mano y se la puse entre mis piernas ligeramente abiertas. Sus delicados dedos se movían lentamente acariciándome el clítoris y sentí por primera vez como un ser humano aquello que conocí bajo una situación de éxtasis religioso.

Aquella sensación de placer
me encendía más y más, me aflojé los vaqueros soltando el cinturón y bajando la cremallera. Con delicadeza me ayudó a desprenderme de los pantalones y de las bragas y se puso de rodillas frente a mí y con su lengua me hizo tocar las estrellas con la mano varias veces.

Yo seguía encendida
cuando le quité sus pantalones y el calzoncillo azul. Ante mi boca tenía aquella enorme protuberancia que como agradecimiento empecé a lamerla. Él introdujo el dedo pulgar en mi vagina y moviéndolo muy despacio en dirección al periné. Volví a echar el grito de la especie con un placer que no cesaba.

La otra mano me sujetaba la cabeza
para facilitar la felación y con su lengua me lamía los pezones como un perrito agradecido, cuando su fino dedo corazón volvió a acariciarme el clítoris. Perdí la cuenta de los orgasmos que tuve. En un momento que parecía que íbamos a descansar se puso entre mis piernas y lentamente empezó a penetrarme.

Estaba completamente mojada
y aquella enorme verga comenzó un vaivén que no me procuró ningún orgasmo más, pero sí la sensación de un dulce placer desconocido en otras penetraciones que había tenido anteriormente. Cuando Pablito notó que la sequedad se imponía se retiró y me abrazó tiernamente. Evidentemente él no sintió más placer que el ver el mío.

Fue entonces cuando comprendí
que, para obtener la protección de las vecinas, Pablito se había convertido un experto en "dar amor y placer" aparte de ser el chico de los recados del barrio. Por eso tantas mujeres le trataban con aquel cariño especial. En mi mente repasé cuáles eran las que lo trataban con dulzura y cuáles no. Las mujeres casadas eran las que habían descubierto las cualidades de aquel extraño ser. Comparados con él todos los hombres que conocí no eran más que torpes engreídos.

Cuando le pregunté por "esos servicios"
me llevé la enorme sorpresa de que todas las vecinas del inmueble practicaban con él a escondidas de los maridos. Y aún más sorprendida me quedé al saber que lo que le lanzaba a esas maniobras era el olor corporal que según él hacemos todas las mujeres cuando nos excitamos. Un amante maravilloso que sólo satisface a la mujer cuando ella lo reclama, como un robot preparado para el amor.

Durante tres meses
me estuvo haciendo el amor incansablemente. Creí que iba a volverme loca del placer que me procuraba. Por las noches me despertaba pensando en su descomunal pene como una colegiala y me masturbaba varias veces antes de quedarme dormida. Apenas reservaba tiempo para otras cosas que no fueran para aquella apasionante relación.

Aquella noción religiosa
de que en el hombre existen dos principios reales, a saber cuerpo y alma ha desaparecido del "Mundo de mis Conceptos" formado como una nueva realidad que se va construyendo poco a poco: La energía es el gozo eterno.

                                                               Johann R. Bach

En sus carnosos labios se acumulaba la tensión, el placer y el dolor


PABLITO. UNO DE LOS HOMBRES DE MI VIDA

Cuando conocí a Pablito
me dio mucha pena debido a su dificultad de aprendizaje y me conmovía su precario nivel de vida. Decidí ayudarle económicamente como todas las demás vecinas. Algunos meses después mi concepto sobre él siguió otros derroteros y en mi cuaderno rojo, donde describía a los hombres que se cruzaban en mi vida escribí:


PABLITO

Pablito era paciente, muy paciente y amoroso
de carácter dulce y manos rosadas, de sus ojos simétricos parecidos a los de una egipcia Diosa del Amor se descolgaban fácilmente las lágrimas cuando una nube cubría el sol o simplemente cuando oía hablar de desgracias.

En su radiografía se observaban
fácilmente sombras de antigua soledad a pesar de que sólo tenía treinta años cuando alquiló la habitación de los invitados de mi vecina.

Mientras tomábamos el té
en una tarde lluviosa pareció entristecer de pronto y comenzó a explicar, entre lágrimas, algo de su vida y tragaba saliva como si necesitara engullir un bolo difícil de tragar.

A partir de aquel día
todas las vecinas del inmueble nos desvivíamos por atenderle y protegerlo. Él estaba encantado con nuestras atenciones y secretamente todas le amábamos.

Yo imaginaba la frialdad de las pinzas Kocher
envidia de unas manos que sin duda algún día fueron al encuentro de otras ardientes, aunque por alguna razón desconocida la llama debió apagarse.

Desde el cuello ligeramente largo de Pablito,
resbalaba una catarata de finos cabellos laberinto de brillante maleza, en el que se percibía una mancha escarlata -denominada popularmente deseo-

producida por el falaz incendio
de una boca que sin duda algún día fue, prematuramente, al encuentro de la suya. A la altura de su máximo perímetro dos suaves brazos de horas estelares se negaban a olvidar sus abriles.

En el resto de su pecho
se transparentaba el esqueleto doblado de una estrella fugaz y como en un ganglio calcinado se guardaba una fósil respiración del ardiente pecho de su madre que sin duda, durante muchos días descansó en el suyo.

Más abajo, en la zona del hipogastrio,
dos auténticas bolas de billar, en medio de un descomunal árbol de gruesa raíz envidia de centauros, se apreciaba un desprendimiento de sombras y reinos que nunca pudieron amanecer.

En sus carnosos labios
se acumulaba la tensión, el placer y el dolor a pesar de ser hipotenso. Siempre tuve la sensación de que aquel cuerpo de diosa egipcia sin duda algún día fue en busca del Centauro Quirón.

Era amanerado en exceso en el gesto,
su extraño priapismo sin eyaculación me encantaba –y no sólo a mí- porque para él todo era un juego interminable de amor muy parecido al mío.

                                                               Johann R. Bach

29 jun. 2015

¿Qué queréis que os diga la guerrera Colau se parece cada día más a la Camacho: Dispara a todo lo que se mueve


Un siglo de Noche Total,

No comprendo
esa manía de rememorar la guerra.

¡Oh la boca de la guerra, la pequeña boca, la gran boca, sus rodillas y su pelambre!

Comía ella, lenta,
junto al fogón de leña y carbón, mientras escaseaban, además del aceite, la harina y el azúcar,

los pájaros y los ángeles
-azules o rojos.

Pero había sido ella misma
la que había parido tantos hijos con entrañas veloces contra el tiempo y olvidaba

aquello de los jóvenes desaparecidos
–azules o rojos.

Recuerdo que era aún niño
y todo pasaba en un tiempo en el que el dolor y la penuria económica se confundían con el crecimiento;

Nadie venía a visitarnos en invierno
–años más tarde comprendí por qué.

Errático en el desván
como los niños ricos, solitario en el frío y húmedo jardín, entre los libros de mi padre concebí, como juego de soledad una marioneta.

No era un ser dotado de vida
en el sentido que se suele denominar vida a la vida, pues yo no sabía manejar los hilos que dan movimiento y una apariencia de vida,

pero la luz
que yo veía en aquella marioneta montada en el viejo caballo de cartón, entró en mí, y, fue fulgor y para siempre como una coherencia en el cuerpo de fuego.

Cuando atrapé la gripe asiática,
aislado en la última habitación, arriba, junto al desván viví como en un limbo; pero

cuando la abandoné
ya todo ocurría en un mundo que no tenía tiempo ni espacio. Sólo recuerdo que me gustó mucho

volver a sentir el sol sobre la piel
y que el verdor del viejo tilo sobre su alfombra amarilla llamaba a la esperanza

Volví a extasiarme junto al mar
aunque yo por aquel entonces ignoraba su incipiente enfermedad mercurial

Ahora ya nadie se mueve
más allá del pequeño espacio de cubierta que su cuerpo protege; de los desechos de unos viven otros.

Acabaron –oficialmente- los combates,
por debilidad y/o por miedo, y la sangre tomada, por sed feroz, con ellos acabó.

Un siglo de Noche Total,
de absoluta sombra y terror fueron. Y huyeron hacia otros mundos ocupados por persas, árabes o asiáticos,

montados sobre el relámpago de ausencia
y ya no son más que memoria de ayer, inalcanzable por siempre

No comprendo
esa manía de rememorar la guerra.

¡Oh la boca de la guerra, la pequeña boca, la gran boca, sus rodillas y su pelambre!

                                                              Johann R. Bach

También las ventanas son ojos sin vida.


Las palabras doradas de la lámpara
                                                                                    Siempre hay un poco de locura
                                                                                                                en el amor, pero siempre hay
                                                                                                                un poco de razón en la locura.
                                                                                                                                                  Nietzsche
Entre el subir la cortina
y la toma de conciencia de un nuevo día le siguen al viejo poeta, cercanos, los párpados preñados,

como una llama azul, intensos,
ante el viento inmutables, en la pequeña ensenada mediterránea, soportando los primeros hilos de luz y

la visión alucinante
de unos remos sin espuma varados en la fría arena, lisos y brillantes junto a una barca recién llegada.

También las ventanas son ojos sin vida.

El fogón de la cocina
del piso superior crepitaba bajo la cafetera preparada por la asistenta. En la planta baja el viejo escritor solo estaba:
sin esperanza de blancos veleros,
sin nubes, sin gaviotas aún, que la calma del mar quebrantaran, que la del cielo rompieran.

De sobrenombre Erasmo
–¿de Rotterdam?-, Ferrán en lo alto de la escalera se detiene:

¿Sabe que es otro sueño?

(Sí, sí, no pongáis esa cara.
En realidad Erasmo es una persona de origen catalán como lo fue el segundo hijo de Colón).

Primero un pie arriba, luego otro,
estremeciéndose como la raíz de mandrágora que oye el chucho buscador de trufa y

respira para gritar; para gemir, para gritar.

De par en par las puertas
del pasillo se balancean, y hay oscuridad de punta a punta en su trayecto. El pasillo parece alargarse más y más.

Pero una de las puertas está cerrada
e impide el paso al anciano personaje. Detrás de ella la más refinada pianista parece blandir un roto collar de tintineantes notas, que de algún modo

música femenina es.

En el pomo de la puerta
el anciano filósofo coloca su mano, recuerda su libro preferido (El Elogio de la Locura), entre libros y retratos de una familia llena de gloria y a cuestas con el misterio de su mente, se despierta;

aspira el aroma del café
que ha preparado la asistenta, intenta ordenar las alegorías producidas en su sueño y se pregunta:

¿Tierra y cielo han renunciado
a sus hechicerías de la temporada, a su verborrea sutil? ¿Se han sometido?

Ni ésta ni aquél
tienen todavía, aparentemente, proyectos para sí mismos, dicha -o felicidad- para nosotros.

Las palabras doradas de la lámpara
despiertan a una rama, una simple rama dentro de un jarrón con agua insulsa, una ramita con brotes y, sin embargo, sin porvenir.

La mirada del viejo sabio
se apodera de ella, viaja. Se imagina bajo un cerezo en flor en la isla de Okinawa y confunde las gotas de su sudor con el rocío de la mañana.

Luego, ya cabizbajo,
de nuevo, todo languidece, se arma de paciencia, se balancea y sufre.

En su interior se pregunta una vez más:
¿qué es lo que lleva a un defensor de la razón a escribir una obra en la que la locura habla en primera persona?

Piensa en todo lo que ha escrito,
leído y visto, en la ambición, el orgullo, la vanagloria y el engaño y, considerando que no es momento para meditaciones serias, decide divertirse escribiendo.

En su mente hace ya tiempo
que ensalza la locura (o más bien en la que la locura se ensalza a sí misma).

Todo lo que ha visto,
le lleva a pensar que ésta es la fuerza que mueve el mundo. La razón, la cordura, al parecer no lleva a ningún lugar:

cuanto más sensata es una persona peor vive,
el cuerdo no emprende a menudo grandes acciones (el miedo al fracaso es un freno), se ensalza la ignorancia o el error, se admira a quien más incompetente resulta, las ciencias no conducen a la felicidad, la civilización es un castigo.

Pero cuando Erasmo afirma todo esto
reconoce también su propio fracaso y el de todo su pensamiento. Tal vez, por eso, el viejo humanista haya optado en este caso por divertirse escribiendo el encomio de la estulticia.

El anciano sabio
no puede evitar resistirse a un mundo en el que la insensatez es la madre, el origen, de todo lo que se valora, en el que la incompetencia se premia, la ignorancia proporciona una vida agradable y la sabiduría sólo supone desdicha.

¿No es un mundo sorprendentemente siempre actual?
El Imperio de la Tontería –cree el viejo poeta- se sigue manteniendo hoy, con muchos más matices con muchas nuevas formas.

Ese todo que abarca la locura
ha ido colonizando nuevos terrenos conforme lo ha hecho el hombre, tan íntimamente ligado a ella.

Moja sus fríos labios con el quemante café.
No quiere despertar o ¿sí quiere? La oscuridad va desplegando su color, azul oscuro a través de los cristales:

Ni una nube
que haga la noche más apagada, ni una luna con su mácula deslustrada, sino sólo una estrella aquí y allá, un nítido punto suspendido en la bóveda celeste como una burla de nuestra vida y de todo nuestro minúsculo deseo.

                                                                            Johann R. Bach