5 oct. 2013

Tu padre... se convirtió sin ninguna razón lógica en un anciano

EN EL HUERTO DEL MONASTERIO

 

Aquella tarde tu padre,

de pronto, envejeció; se convirtió sin ninguna razón lógica en un anciano; en los días posteriores, en las habitaciones oscuras, se petrificó el rostro de tu madre y sobre ti empezó a pesar la maldición de un linaje cargado de obligaciones.

 

A veces recordabas

tu infancia llena de enfermedades (infantiles, pero enfermedades al fin y al cabo), de terror y tiniebla, de juegos ocultos en un solar abandonado por todos excepto por las estrellas.

 

De un espejo azul

surgió la imagen sutil de tu hermana y te lanzaste como un muerto a la oscuridad. De noche sus labios colgaban sobre ti como un rojo fruto mientras las estrellas tiritaban sobre tu muda aflicción.

 

La vieja casa de tus padres

se llenaba de tus sueños. Por la tarde, cuando las sombras crecían hacia el oriente, atravesabas el maltrecho cementerio y sentías un fuerte deseo de examinar cadáveres y las verdes manchas de putrefacción de las antiguas y bellas manos de tu hermana.

 

Llegado al portal del Monasterio

pedías un pedazo de pan mientras a lo lejos la sombra de un caballo saltaba en la oscuridad asustándose por tu presencia. Pero no eran sus ojos asustadizos los que se fijaban en ti. Eran los de alguien que te veía crecer día a día con auténtico placer.

 

Cuando te tendías

en el fresco lecho –único lugar que podías sentirte libre- te asaltaban unas lágrimas indescriptibles. Pero no había nadie en la casa que te pusiera la mano en la frente. Poco a poco algo maduraba en ti como las naranjas. 

 

Al llegar el otoño

te fuiste, vidente, hacia el oscuro huerto del Monasterio. Ah, qué horas de éxtasis salvaje, en aquellas mañanas junto a la madre jardinera.

 

Oh cómo cantaba su alma

de antigua soledad, levemente y con dulzura celestial la canción de la caña amarilleada y qué ardiente fervor surgía de sus labios. Sólo los ojos saltones de un sapo observaban silenciosamente cómo se removía la tierra bajo su cuerpo.     

 

Oh los peces de plata

Caían sobre su rostro como las naranjas de los árboles. Los acordes de tu danza llenaban de orgullo aquella frente siempre oculta por la toca.

 

Por el camino de retorno

pensabas en cómo le explicaría la madre jardinera a las novicias jóvenes los valores de la espiritualidad. Cómo iba a convencerlas de que no fumen, ni hablen mal de la madre superiora, que no beban bebidas alcohólicas;

 

cómo deben alejarse del pecado

y al mismo tiempo no destruir las ansias de amor que brotan desde su interior amenazando con romper sus henchidos pechos.

                                                                               Johann R. Bach

 

EN PREPARACIÓN OTRO POEMARIO

 

LOS MÚLTIPLOS DE SIETE

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                         Johann R. Bach

                                                     Blog: homeo-psycho.blogspot.com

¿Crees que me basta la compañía de mi chihuahua y mi asma de marinero?

¿CREES QUE NO TE NECESITO?

 

¿Crees que no te necesito?

¿Crees que me basta la compañía nocturna de mi pequeño chihuahua y mi asma de marinero?

 

Tengo la semilla enferma

de los puertos erigidos en el umbral de otros mares, y el remordimiento.

 

Un día -hace ya mucho tiempo-

presentí la música estelar de las rocas, me abandoné al silencio y al arsénico iodado de la brisa marina.

 

Tengo la sensación

de que es muy lento este amor que avanza con el latir del corazón.

 

No, no necesito más de mí,

poseo la enfermedad de los espacios infinitos, la angustia de la soledad y los secretos pozos de los nómadas.

 

He alcanzado el conocimiento pleno

de mi desierto, he dejado de estar disponible. Perdóname si cultivo regularmente la añoranza de mi propio cuerpo.

 

Aún no me he resignado a pensar

que ya no volverás a pasear por esta playa.
 
                                                   Johann R. Bach

 

respirar la música y el ritmo de los púlsares y la fuga de las galaxias

LAS NOCHES QUE TE PROPONGO

 

Las lunas llenas

llegan regularmente a su cita y algunos poetas las llaman de sangre o del cazador. Las lechuzas ululan cerca y lejos de nosotros.

 

En esos momentos

todo parece estar en orden y que todo tiene un sentido: la higuera, el olivo, el granado y el almendro conviven con las rojas viñas; la quietud, el mundo… la soledad.

 

Sin embargo yo propongo:

 

Poner lucecitas en tus insomnios

con el paciente crepúsculo de la edad

 

Despertar fuera del cuerpo

rodeados por la calidez de nuestros alientos, olvidar la mirada sobre el pelo de astracán, beber el fulgor de los astros en el esplendor de la aurora.

 

Nombrarte con voz queda

para volver a empezar las caricias de la vida; enseñarte el secreto de los alquímicos minerales, provocarte una mínima culpa en ese inmaduro paisaje del corazón.

 

Estas son las noches que te propongo:

amanecer sin querer poseer el mundo -que por otra parte eso sería inútil- y en el rocío de la oscuridad saciar el deseo aplazado,

 

respirar la música

y el ritmo de los púlsares y la fuga de las galaxias, sentir el borbotear de la miel en el miedo de la boca.

 

El amor no debería ser

-en esas noches que te propongo- una persecución de sombras, esta cabeza de mármol mutilada o este desierto donde el temor a perderte permanece oculto en la suciedad antigua de los días.

 

Decirte, noche tras noche,

lo obvio al oído para cerrar el paso a los días sin nadie en los que pequeñísimos recados escritos apresuradamente se estrujen entre los dedos.

 

Embadurnarte el pecho en fin,

en las noches que te propongo, con la luminosa floración de lunas ácidas; encontrar el tiempo necesario para no hacer nada, para deleitar mis ojos sobre los tuyos.

                                                                              Johann R. Bach

3 oct. 2013

la música de una noche rescatada ... nos recordarán que nos equivocamos...

BLUES DE UNA NOCHE RESCATADA

Tu amiga me ha localizado,

Perdido en medio de uno de los océanos de Google, navegando a barlovento en mi precario velero,. Con una asombrosa familiaridad me ha invitado a una fiesta como si fuera ayer el último día que nos vimos.

 

Se trata –me ha explicado en un mail-

de una fiesta en la que nos vamos a encontrar personas que parecían haber desaparecido hace cincuenta años.

 

He aceptado la invitación

aunque no sabré qué decirte. No podré decirte por ejemplo: "la vida ha dado mil vueltas sobre nuestras cabezas" o "no esperaba encontrarte por aquí". ¡Son frases tan gastadas!

 

También me saldría la voz impostada

si me excusara diciéndote: "éramos tan jóvenes cuando nos conocimos" como si con los ojos nada nos pudiéramos decir.

 

Sé, mi amor, que tus ojos negros

seguirán siendo profundos, bien resguardados por unas cejas que, a fuerza de ser depiladas, seguirán siendo bonitas.

 

Voy a ir preparado

para que me puedas mirar de arriba abajo. Juzgarás atrevido el color de mis zapatos tan distintos en forma y tan alejados de la negritud de muchas personas mayores.

 

No osaré siquiera recordarte

aquel día que fuimos en moto por las curvas de El Garraf, que tu abrazo en medio de aquellas rocas fue tierno y suave como la brisa de la mañana.

 

Querrás saber simulando naturalidad –lo sé-,

cómo me han ido las cosas si he tenido hijos, si soy viudo o separado; si tengo resuelto el futuro y qué he hecho durante tantos últimos años para sobrevivir.

 

Me dirás –como siguiendo un protocolo-

que me ves joven porque los ojos ven aquello que no ha muerto.

 

Por mi parte,

no necesitaré hacer ningún esfuerzo –lo intuyo- para responderte que tampoco aquel millón de besos se han borrado del todo de tus labios.

 

Nuestros corazones sentirán

algo parecido a una culpa oxidada por no haber sido más perseverantes que no atenuará la eterna justificación de habernos dicho en aquellos días cómo debían de ser las cosas.

 

Finalmente apreciaremos,

como en un blues, cómo somos ahora –tan distintos- y nuestras soledades volverán cosidas a nuestras endurecidas espaldas

 

mientras las últimas notas

de la música de una noche rescatada de los archivos de las estrellas nos recordarán que nos equivocamos; que todo habría podido ir bien, pero

 

¿Acaso pudo ser diferente?

                                                                Johann R. Bach

Tú estás hecha para morderte de amor como un antiguo cigarro puro

Barcos de papel, soldaditos de plomo

Ante mi café y ante mí

el reputado periódico La Vanguardia muestra descaradamente como se hunde la clase media. Pero el presupuesto para la guerra aumentará y a los niños se les permitirá volver a jugar con aviones y barcos de papel y con soldaditos de plomo.

 

Mi alma se prepara

para seguir pensando en ti y en los desvaneceres últimos de la llama de esta linterna llena de pilas rojas en su vientre a punto de ser sustituida por una de leds "made in China".

 

Tú estás hecha

para morderte de amor como un antiguo cigarro puro.

 

Tú, pluma ligera

como el copo de sol ebrio en medio de un bosque de asombro, escribes versos sobre otros labios mientras una caricia húmeda, como un dátil, resbalas en la piel de cereza dulce de tus venusianos hombros.

 

Enciendes dos luciérnagas

en tus pezones rubios por toda señal de que en tu bahía pueden volver a atracar los barcos de papel verjurado y amarrarme a tu puerto antes de saludar otra noche de estrellas blancas no fugaces.

 

El soldadito de plomo

entregará su valor fundiéndose con el calor de tu tersa piel alcanzando la más antigua paz.                    

 

                                                                    Johann R. Bach

 

El soldadito de plomo entregará su valor... alcanzando la más antigua paz

Barcos de papel, soldaditos de plomo

Ante mi café y ante mí

el reputado periódico La Vanguardia muestra descaradamente como se hunde la clase media. Pero el presupuesto para la guerra aumentará y a los niños se les permitirá volver a jugar con aviones y barcos de papel y con soldaditos de plomo.

 

Mi alma se prepara

para seguir pensando en ti y en los desvaneceres últimos de la llama de esta linterna llena de pilas rojas en su vientre a punto de ser sustituida por una de leds "made in China".

 

Tú estás hecha

para morderte de amor como un antiguo cigarro puro.

 

Tú, pluma ligera

como el copo de sol ebrio en medio de un bosque de asombro, escribes versos sobre otros labios mientras una caricia húmeda, como un dátil, resbalas en la piel de cereza dulce de tus venusianos hombros.

 

Enciendes dos luciérnagas

en tus pezones rubios por toda señal de que en tu bahía pueden volver a atracar los barcos de papel verjurado y amarrarme a tu puerto antes de saludar otra noche de estrellas blancas no fugaces.

 

El soldadito de plomo

entregará su valor fundiéndose con el calor de tu tersa piel alcanzando la más antigua paz.                    

 

                                                                    Johann R. Bach

Veíamos el futuro de aquel hombre de dientes transparentes

ALMENDROS MALLORQUINES

 

Aparentemente no sería difícil escribir

un poemario de lectura preferente en horas nocturnas. Bastaría con describir lo que tú y yo vimos.

 

Se podría decir que vivimos en un tiempo en que el aire era transparente y veíamos por el lado menos turbio todo el sistema planetario o por lo menos los cinco cuerpos celestes más visibles:

 

Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno

que sumados a La luna y el sol conformarían la semana.

 

Cada noche veíamos el temblor

de la luz en las venas y el lodo de las emociones en la punta de nuestros dedos; el latir del tiempo en la humedad de los labios.

 

Veíamos el insomnio de Saturno

con sus anillos de lunas rotas, el esperma reseco en la cabellera del cometa Halley, las estrellas muertas de las ciudades imaginadas y los huesos tristes de las palabras.

 

Cada noche veíamos ¿recuerdas?

la mano inteligente del hombre de dientes transparentes y ojos brillantes cobijados bajo gruesas cejas.

 

Supimos en que consistían

las lluvias torrenciales adivinando cada noche una lluvia espesa, de color casi anaranjado, mezclándose con el lodo, plomiza.

 

También veíamos el futuro

de aquel hombre de dientes transparentes; cómo con el tiempo aparecería en su mano una almendra y las ciudades que conocíamos por los libros arderían como lo hizo Roma.

 

Veíamos como aquellos incendios

destruirían hasta el último corazón del sueño.

 

Sin embargo fuimos capaces

de vestirnos con la piel porosa de nuestra caligrafía y, absortos, comprendimos la esperanza de la almendra de romper su cáscara y concluir.

                                                                          Johann R. Bach

2 oct. 2013

Llegué a París con la pretensión de estudias los ojos humanos...

         YO, LEO P. HERMES

 

Yo, Leo P. Hermes

un simple escritor hijo de un modesto médico rural y nieto del abuelo Hermes conocido en toda la cuenca minera del Llobregat por ayudar a los accidentados mineros a atravesar Las Puertas del Inframundo.

 

Llegué a París

con la pretensión de estudiar los ojos humanos y enseñar a leer sobre la piel el poema de la vida.

 

Sí, sí. Esa pretensión

de convertirme en un poeta famoso me acompañó siempre en mis noches desde 1.96…, aunque sólo a partir de 1970 conseguí algún resultado.

 

Era la época en que soñaba

intensamente. Veía con facilidad en mis sueños los cuerpos celestes en la noche y en el interior de los cuerpos humanos el misterio del calor y el frío y la inclinación al alcohol, el chocolate y el tabaco.

 

Luego esos sueños se expandirían cada vez más.

 

Yo, Leo P. Hermes un oscuro biólogo

que sólo llevaba a mis veinticinco años en una bolsa de deporte cargada de ilusiones,

 

un saco de dormir,

una novela de Edgar A. Poe, un peine, un pasaporte obtenido gracias a las influencias de un funcionario judicial (tío mío) y dos bocadillos de tortilla,

 

atravesé la frontera con Francia por Irún.

 

Una doctora seca como la rabia,

cargada de años me manoseó los testículos en busca de una posible hernia como a un sencillo campesino de aquellos que iban a trabajar en la vendimia francesa. Certificó que estaba muy sano… 

 

Yo, Leo P. Hermes

no inventé la naranja como Santiago Huguet, pero organicé el ejército defensor de los granados y los membrillos y desarrollé un sistema de distinción entre símbolos y signos. Lo extendí  por todo el Mediterráneo.

 

Sí, sí. No pongáis esa cara.

Antes de 1968 año en que Portman escribiese su libro Symbole und Sinnbilder yo ya conocía varios cientos de signos matemáticos desde los más sencillos (más, menos, por, es, raíz, pi, etc)

 

hasta los más complejos

(integrales, sumatorios, googles, limites, matrices, laplacianas, …) que nunca confundí con los símbolos como el rojo anaranjado que simboliza el fuego, que a su vez simboliza la pasión, eso que no ha decaído en mí a pesar de los años.

 

Yo, Leo P. Hermes

inventé la "memoria subliminal magenta" colocada entre las palabras, libre de nieblas contaminadas con metales pesados y, generosamente, la repartí entre la honrada gente de gruesas cejas.

 

No he creado quimeras

ni mitologías nuevas. Me he limitado a interpretar el mundo clásico y tomar de él aquellos aspectos que me facultaron para crear poemas medicinales para acotar el dolor humano al terreno de lo soportable. ¡Ay! ¡Como si eso no fuera una labor de titanes!

 

No me quejé nunca de la vida en París.

Fue la única etapa de mi vida en la que me sobraba el dinero; me enriquecía en lo espiritual y aprendía más sobre el sexo de lo que me enseñaban las enfermeras en el hospital.

 

Tuve a mi alcance miles

de personas con las que experimenté (en ayuntamientos, colegios y cárceles, conventos, y otros colectivos deportivos) fórmulas provistas de sustancias ponderables, medicamentos simples y sutiles, plantas medicinales y poemas liberadores de la psique.

 

Yo, que me horroricé

al vivir de cerca el sufrimiento humano no pude o no supe soportar el cinismo y la mentira y me lancé como en un triple salto mortal sin red, al mundo de la Universidad Gratuita de la Miseria,

 

os pido perdón

por esta forma primitiva de escribir en primera persona cuando en realidad siempre he odiado a los que tras su disfraz de santurrones (de bata blanca o de colores) empleaban con su inmensa egolatría una única fórmula: "el yo, me, mí, conmigo"; y,

 

ACEPTO

 

humildemente el cargo

que me ofrecéis en la construcción de esa tela de Penélope de la web www.homeo-psycho.de que, con sus aciertos y sus errores nos regala algunas líneas de humano aliento.

 

               Ante la Asamblea General de www.homeo-psycho.es

                                            a 1 de noviembre –creo- de 2012                 

      Firmado y rúbricado con la huella digital de mi índice derecho
                                                             

                                                       Leo P. Hermes

                                 Blog: homeo-psycho.blogspot.com

 

Tuve mis devaneos con Darwin, ... no me hicieron caso.¡Nada! Ni un gruñido

CURRICULUM SURREALISTA

 

Quizá sea útil decir

-para algunas personas que se tienen por muy masculinos- que los hombres no somos un "chollo".

 

Para empezar podría decir

por ejemplo, que es difícil encontrar cualidades –contrariamente a lo que manifestaba Platón- entre los hombres, aunque es verdad que, parafraseando a De Gaulle, no los conozco a todos.

 

Ahora que mis años

me lo permiten reconozco que hubo un tiempo en que fui el kitsch de los dioses. Pero procuré, por todos los medios, no robarle a nadie su antorcha.

 

A pesar de la embriaguez

espiritual y el menosprecio por la vida sencilla, no llegué a ser un Prometeo con su morro lleno de coñac.

 

Mi vejiga –es cierto-

siempre fue débil y ya desde muy joven me inclinaba apoyándome en la pared para poder orinar,

 

por ello nunca dejé entrar en el baño

a nadie y procuré que el ganado vociferante por encima del establo se mantuviera alejado de la casa;

 

y, me acostumbré a oír sus gritos

como si alguien le diera al tambor. Me aparté del arrabal y de Mefistófeles por pisos, mientras todo a mi alrededor se moría de risa.

 

Hice lo que todo hombre ha hecho:

Mearme sobre todas las moscas que se ponían al alcance de mi chorro cuando en el campo regaba con mi orina a cualquier arbusto.

 

Me negué a jugar a las canicas

con los cráneos de la facultad desde el día que presencié el despedazamiento sangriento de una persona atropellada por un tranvía. Soñé con aquellos despojos humanos durante meses.

 

Me aficioné al zumo de frambuesas

en bosques y campiñas y giraba el rostro evitando la mirada al pasar delante de las inscripciones en placas de mármol,

 

el mismo frío mármol

donde se lavaban los cadáveres abandonados que llegaban de vez en cuando al Hospital.

 

Justamente delante del Clínico

holgaban los ociosos bomberos con sus grandes barrigas y contrariamente a lo que predijo el poeta su perro no se quedó junto a la estufa. Y… ¿A quién le importan los perros subvencionados?

 

Por más vueltas que le diera

al paisaje siempre me topaba con la invariabilidad de lo psíquico; y, alguna vez ante los ensayos asociativos del Rector de la Universidad de Barcelona;

 

quería meternos a todos

en un sindicato facha (el SEU) que gestionaba los garbanzos de los garbanceros oficiales. Pretendía que todos comiéramos garbanzos. ¡Garbanzos para todos! Era su consigna.

 

¿Qué podría decir aún…?

¿Mi posición ante lo somático del sistema y lo secretivo de las sinopsis? Alguien duda, a estas alturas, de mi capacidad para negarme a meter en mi cabeza

 

La suma de hechos históricos

narrados precisamente con el discurso de los vencedores –léase falsos- y el montón de pequeños estímulos junto a la acumulación de las discrasias más triviales;

 

o incluso las consecuencias

y problemas de la formación de tipos en la tipología (no la topología como ciencia matemática).

 

En efecto, yo también creí

durante algún tiempo que antes de escribir poesía debía saber física, filosofía, derecho, biología, astronomía, etc. etc., pero pronto

 

aprendí a reírme

de la alegría del dinámico, del basilisco depresivo, de la filigrana del neurótico y de la distinción del bruto que cree que por bien que hagas una cosa siempre habrá un millón de personas que lo hagan mejor que tú (ley matemática contraria al mito de Pigmalión).

 

Tuve mis devaneos con Darwin:

Me fijé en la apacible jirafa, en la bolsa marsupial de los canguros, en cómo amibaba la ameba. Les pedí a todos aquellos animales una sombra de futuro, de su evolución, y no me hicieron caso. ¡Nada! Ni un gruñido.

 

A partir de entonces

los consideré tan bien como a los humanos: todos como figuras deambulantes con buen paso sin mito, engañados, engatusados,

 

personalidad venganza de la creación,

buscadores del bienestar rollizo; metafísica de antítesis latentes, baño de azúcar en bañeras llenas de miel y –Yohimbin 4 DH1-

 

Este es "grosso modo" mi "curriculum"

para ser tenido en cuenta para contratarme o llegado el caso, para despedirme.

                                                                   Johann R. Bach

 

(1)     Yohimbin 4 DH: Medicamento homeopático que refuerza la libido.

 

 

Os imaginais a Marta Guillamon volviendo a casa, enamorada, oliendo el aire dulzón

EL AUMENTO DE ENTROPÍA

 

Os imagináis a Marta Guillamón

volviendo a casa, enamorada, oliendo el aire dulzón, irrespirable, de la tierra empapada, los grumos opulentos de la fermentación;

 

volviendo

mientras las hojas descosidas liberan sus metales y el agua de los charcos reflejando un cielo marrón que le sigue con la mirada.

 

Después de subir al ático,

con el ascensor averiado, jadeando y combatiendo el ascua silenciosa del invierno:

 

la cara y cruz del hielo;

 

después de quitarse la blusa

empapada como hoja que penetra y adormece la piel; entrando en la noche rapaz que viene a someterla a la dura prueba.

 

Con los pechos al aire

y secándose el pelo escucha a su compañero –estudiante de Ciencias Físicas- que repite como si fuera un loro, grabando en su ADN los conceptos más absurdos:

 

vida es aquello

que hemos aprendidos a considerar vida. Vida –sigue repitiendo-… vida es aquello asociado a ciertos elementos químicos que hemos aprendido a asociar a su presencia (nótese la repetición de la palabra "misteriosa" asociar).

 

Marta parece no oír bien,

pero hace un esfuerzo por entender: "hay vida allí donde el grado de entropía es reducido y estable, es decir, allí donde se incumple la segunda ley de la termodinámica y se impone la rebeldía.

 

Marta empieza a comprender.

Se baja los tejanos. Su entropía se está desbordando entre las piernas.

 

Todo tiende al caos

y al desorden –oye decir-; todo se deshace y envejece sin remedio. Son casi las últimas palabras antes de apretujarse

 

a una boca

revuelta, como un ardiente caos, entre sábanas de colores.

                                                                         Johann R. Bach