10 dic. 2016

¡Felices Fiestas!

                                                                                                       El Canigó desde el Cap de Creus

LETRAS Y NÚMEROS

Era Navidad.
La casa se había llenado de familiares –casi todos desconocidos- una nube súbita los había obligado a huir del frío cerámico de sus casas imagen de la tormenta. Algunos de ellos hablaban el idioma de la escuela.

Ignorábamos qué esperaban unos de otros
aunque a nosotros nos bastaba con que existieran.

El nuestro era otro mundo.

Nos gustaban las sopas de letras:
¡Mirad! –decía mi hermano- tengo una M de mama, una P de papa, una A de Asun, una E de Ermessenda…, una C de Catalunya…

Mucho más discretos
eran entonces los números como si sus palabras se les quedaran en el rabillo del ojo. Buscábamos el "uno" y el "siete" reconocibles sólo porque figuraban sobre la puerta de la fachada numerada con el diecisiete.

Nuestro padre decía
que nunca se habían contado, ¡Son demasiados! –se excusaba.

Años más tarde descubrimos
que eran el equivalente de libros cuya clave se había perdido al naufragar el barco que los transportaba.

Nuestra madre cruzaba las piernas narrativas
y vigilaba que consumiéramos la sopa de letras por completo brindando por nuestra salud.

¡Comedlo todo como niños obedientes!
Cuando seáis mayores os enseñaré a sumar…

Era Navidad.
La casa se había llenado de familiares –casi todos desconocidos- que habían huido del frío cerámico de sus propias casas imagen de la tormenta.

Nuestros ojos centelleaban
buscando letras y números. 

BONES FESTES!


UNA MUNTANYA DAVANT ELS ULLS

Mentre escalivàvem les cebes
aquella fumera que s'elevava en l'aire fred de la matinada desembral era germana de la crossa de l'avi que incomodava a la pedra i del núvol que obria el cel.

No ens menyspreava,
ens acceptava tal com érem, escarransits rierols, parafrasejant Virgili, nodrits de desassossec i d'esperança, amb un pany a les mandíbules i el Canigó davant els ulls.

                                                                                           Johann R. Bach

La obra de Ermessenda es más bien un poema, poema en prosa, un poema moderno en que hay muchas cosas desconcertantes:


ERMESSENDA O
UN LARGO Y RARÍSIMO POEMA EN PROSA

-¡Caramba Biaix! Tú también eres una excelente narradora.

-Gracias Quentin. Creo que no hay para tanto, pero fue Ermessenda la que me enseñó a expresarme a ritmo de vals conviviendo ya con ella en La Escalera de Mármol la más tranquila Casa de Huéspedes.

-Tengo entendido que Ermessenda por aquel entonces ya era una gran escritora. Con tu relato me has despertado una curiosidad que no quisiera marcharme de esta Fiesta de las Mansardas sin haberla mitigado.

¡Ay Quentin!
Lo que yo te puedo decir de Ermessenda no es ni la millonésima parte de lo que su personalidad significó en los ambientes literarios del Planeta Tierra.
Pudo con todos sus críticos que fueron legión: la acusaban de que su literatura no estaba vertebrada. Yo pienso que, tener vértebras es también, así mismo, un deber supremo, sobre todo en La Escalera de Mármol pues el esqueleto humano no es un vulgar saco de nísperos. Por la columna vertebral circula el alma sensitiva.
Uno puede sentirse anonadado por la abundancia de materiales en aparente desorden, extraviado en un estilo prolijo y sinuoso en cuyo ritmo no se descubre al pronto ninguna ley; se siente a la vez atraído por el timbre de una música nueva cuya armonía no puede aún analizarse… De pronto, se tropieza con una frase o una metáfora que emerge del conjunto y parece contener algo extraordinario; una frase como translúcida, que permite deslumbrar, aunque todavía confusamente, el genio de Ermessenda.

El mismísimo Eugenio d'Ors el autor de El Valle de Josafat, donde se juzga a tanta gente ilustre, de manera poco expedita, pero siempre brillante y muchas veces admirable, no se atrevería a pronunciarse sobre la obra de Ermessenda. Ni siquiera él podría sospechar que tras el aparente desorden de los escritos de Ermessenda se halla escondido un orden mágico columna vertebral "quasi" celestial.

En alguno de sus escritos, Ermessenda llamaba la atención sobre los espacios métricos de Minkowski como forma distinta de concebir las distancias, el tiempo… con lo que demostraba que las matemáticas también formaban parte de su acerbo poético: era habitual en ella presentar unos personajes que carecen de silueta euclidiana, pues son más bien mudables concreciones atmosféricas, nubes de espíritu que vientos y luces a toda hora transforman.

-¡Bárbaro Biaix!
Continua tu discurso pues me haces sentir un hormigueo por todo el cuerpo que me pone la piel de gallina.

-Los escritos de Ermessenda no son una simple novela, son una larga teoría de novelas, de proporciones, asuntos, ambientes y personajes diversos, algunos de los cuales se interpretan mutuamente y cuyo conjunto está fuertemente trabado con el misterioso hilo de platino de una casi autobiografía.

Sus escritos no son poemas o relatos cortos, a la manera de los buenos relatos. Por eso su estructura no ha de medirse por la de aquellos. La obra de Ermessenda es más bien un poema, un largo y rarísimo poema en prosa, un poema moderno en que hay muchas cosas desconcertantes: sociología, patología, astronomía, fisiología, psicología, moral, metafísica, simbolismo, geometría, termodinámica, crítica literaria, crítica musical, Dios sabe cuántas cosas más, y sobre todo un análisis psicológico de un vigor, de una lucidez, una resistencia y una capacidad de perforación casi inhumanos por lo sobrehumano.

Es mucho más que una novela, es una fantasmagórica weltanschauung (cosmogonía), de nuestro mundo interior y de sus subterráneos. Claro que muchos escritores críticos sobre todo catalanes decían de ella que sus obras estaban rellenas de elementos sobrantes, excrecencias gratuitas, desabrochamientos familiares, excesos íntimos, tumefacciones innece-sarias y virutas inútiles de un estilo esencialmente externo y verbal, que a poco de penetrar en sus páginas has de volver a salir y dejarlas, como el explorador inepto en medio de una maleza cuyos pinchos y marañas se le hacen insoportables.

Lo maravilloso, lo único, tal vez lo inimitable del arte de Ermessenda es la densidad espiritual de la atmósfera que lo envuelve… Hay en ella, esa rara escritora, una metafísica trascendental que esteriliza y traspone a un plano mágico, de ensueño simbólico, todas las aberraciones de la física humana, incluso las más torpes y repugnantes.  Aunque a primera vista no se vea, Ermessenda es una escritora platónica, incluso neoplatónica, más nutrida en ideas y hasta de logos místicos que de bajas realidades. Así, esa maga de origen empurdanés puede casi afirmar que el secreto del acercamiento inmaculado de los sentimientos humanos, incluso los más impuros, se halla en las úlceras del alma humana, y lo único que le interesa hasta obsesionarle es penetrar en el fondo de la cámara oscura y secreta donde surgen los miasmas espirituales y contemplar el espectáculo fantástico de sus combinaciones etéreas y sulfurosas.

-No tengo un minuto que perder. Voy a leer todo lo que halle en la biblioteca de la Escalera de Mármol sobre los escritos de Ermessenda.

Sí Quentín, pero eso lo harás otro día. Ven, vamos a bailar y dejar que nuestras almas embriagadas de burbujas y felicidad nos lleven hacia el Mundo del Ápex.

8 dic. 2016

por momentos parecería que varios soles se alzaran al mismo tiempo y volvieran a caer con un ruido de cohete fallido.


EL LIRISMO DE TÍA KARINA

Mira Quentin, acaban de llegar Clara y Aurembiaix. Ven, vamos a saludarlas.

-Hola chicas, me llamo Quentin. Rosa me ha hablado mucho de vosotras. Me decía que nunca os perdéis una sola de las Fiestas de las Mansardas.

-Hola Quentin esta es Clara y yo me llamo Aurembiaix aunque todos me conocen por mi diminutivo Biaix.

-Ven conmigo Clara; dejemos a Biaix y Quentin que hablen de sus cosas pues creo que tendrán muchas cosas que contarse. ¿Qué quieres tomar? Tenemos toda clase de bebidas… incluso espirituosas.

-Me ha contado Rosa que también va a venir Tía Karina una mujer de bandera. ¿Crees que vendrá? Me gustaría conocerla.

-Sí. Sin duda, vendrá. Su historia es una de las más interesantes de la familia.

Se llamaba Caterina debido a que en su lugar de nacimiento (Soller) era un nombre muy popular, pero en la familia se la denominaba Tía Karina por la influencia rusa de la época muy distinta de las cursilerías actuales Caty, Katty, Katia, Kattia...

La guerra civil era la responsable de sus coquetas representaciones detrás del bosquecillo de Can Dèu, al otro lado de la Iglesia de Sant Julià d'Altura, bien lejos de Sabadell de aquellos años, lo que es tanto como decir que en ningún sitio, en los confines de un mundo que ni siquiera era el nuestro. Nadie quería visitar aquel paraje acompañándola. Se prefería en la familia convertirla en una leyenda; así podíamos vivir con ella.

Cierto domingo, había llegado temprano a aquel paisaje lleno de caminitos húmedos y embarrados con raíces de árboles atravesándolos a todo lo ancho como huellas de patas de aves enormes. A fuerza de no ver otra cosa en el mundo que los milagros de la vida vegetal y animal, se situó en un extenso prado detrás de una pequeña cresta que daba al lugar -me imagino- el aspecto de una mano inmensa con la palma hacia el cielo, cubierta de hierba y matojos.

No es difícil recrear, en aquellos momentos, una ráfaga de viento cálido flotando bajo su cuello que le hiciera comprender que había cruzado una línea roja, la invisible frontera que todos los humildes habíamos trazado en la tierra y en nuestras mentes.

Me imagino al alguacil que la había seguido a distancia levantando los ojos y viéndola sentada sobre la espesa hierba salpicada de margaritas blancas, el tejido claro de su vestido, extendido alrededor de su cintura y me traen a la mente ciertas escenas campestres que se ven reflejadas en bucólicos cuadros. Con facilidad puedo representar en mi mente el prado y las flores que lo esmaltaban al parecer sólo para ella; cómo de vez en cuando, la brisa alzaba los vaporosos rizos de su cabellera, que le cubrían la nuca, de tenue sombra.

Como cualquiera otra maestra estaba mirando al frente, hacia lo que nosotros nunca quisimos ver. Tía Karina miraba aquel paisaje con una sonrisa inefable, una sonrisa a cuyo lado las que dedicaba a diario a sus alumnos -y El Cielo sabe qué hermosas eran-; parecían formales y distantes. Miraba la llanura -que se extendía hacia el macizo de Sant Llorenç de Munt-, parda, temblorosa e infinita.

A lo lejos, la línea del frente puede que se confundiera con la del cielo de tal modo que por momentos parecería que varios soles se alzaran al mismo tiempo y volvieran a caer con un ruido de cohete fallido.

Por lo que tengo entendido la guerra desplegaba su pequeño carnaval viril a lo largo de kilómetros, y visto desde Sabadell debía ser un simulacro organizado en un decorado para enanos de circo. La muerte no soportaba tanta pequeñez, y podría estar simulando que se marchaba llevándose todo su cargamento de dolor, de cuerpos destrozados y gritos perdidos, de hambre y miedo en el estómago, de tragedia.

Tía Karina miraba todo lo que sucedía en el mundo -el mundo de todos nosotros- con los ojos muy abiertos de la maestra que más tarde, durante muchos años en su propósito vocacional habría de explicar a "sus niños". Cuando fue sorprendida por aquel alguacil que no hablaba nuestro idioma tomando notas en su cuaderno lila con un lápiz tan pequeño que apenas asomaba entre sus dedos, sus labios pronunciaban palabras que tal vez fueran las mismas que escribía.

Como en una escena que yo hubiera visto realmente Tía Karina sintió que alguien la observaba, a sus espaldas, como un ladrón. Se volvió sin miedo y sus ojos se tropezaron con los del alguacil que en sus manos mantenía una carabina. Los gestos de ella se paralizaron durante unos segundos que debieron ser una eternidad. Luego sus ojos se deslizaron hacia las manos que sostenían el arma y volvieron a clavarse en los ojos del funcionario. Era como si nada viviera, como si nada se moviera en su interior, como si la sangre la hubiera abandonado para irse a otra parte.

Los ojos de Tía Karina debieron ser como dos clavos mojados en vinagre que se clavaban por todo el cuerpo de aquel hombre que empezaba a avergonzarse por haber interrumpido los pocos minutos gozosos de aquella injusta guerra. Él debió encogerse de hombros decidiendo desaparecer de aquel paisaje y dejando a Tía Karina en su universo. Un universo demasiado feo para ella. O demasiado estrecho, demasiado asfixiante. Un universo que los dioses y las princesas no se dignan mirar ni cuando lo atraviesan con la punta de los labios: el universo de los hombres.

Bosques... donde el sol no tiene acceso pero en los que, de noche, penetran las estrellas


MARES Y BOSQUES

¡Qué extraño sueño!
¡Qué extraño sueño para un alma urbanita viajando por  mar!

Ermessenda se hallaba
dentro de uno de esos bosques de hayas de los alrededores de Petit Quevilly donde el sol no tiene acceso pero en los que, de noche, penetran las estrellas.

Aquel lugar
sólo gozaba del privilegio de no ser arrasado porque todos los ministros en su palaciega egolatría lo habían descuidado.

A trechos,
el bajo bosque dejaba unos claros como si el recuerdo de una fuerza misteriosa acariciase el deseo de la fuga campesina de la hierba.

¡Nadie consiente en perder
lo que ha conquistado por la fuerza del propio esfuerzo y sufrimiento! De otro modo ello significaría la juventud y la gracia, fuente de dulce agua y delta empapado de mar tendrían la misma nitidez.

Al otro lado de la ventana
se mezclaban miles de estrellas con las aguas de un mar con horizonte fundido en la oscuridad. El ferry resbalaba sobre la piel de las aguas misteriosas en perfecta armonía con un minúsculo oleaje.

Ermessenda, se hallaba
dentro de uno de esos bosques de hayas de los alrededores de Petit Quevilly donde el sol no tiene acceso pero en los que, de noche, penetran las estrellas.

¡Qué extraño sueño!
¡Qué extraño sueño para un alma urbanita viajando por  mar!

                                                                        J. R. Bach

6 dic. 2016

Olga jadeando se tumbó a mi lado y sus delicados besos me adormecieron.


EL pubis vitRocerámico DE ROSA

Gracias a esa experiencia de Escarabajo ojos de té,
Ermessenda pudo establecer –cuando se la conté- una relación de profunda identidad entre los tres momentos experimentados en el presente y los acontecimientos que venían del pasado, y una luminosa analogía, bajo la óptica de su pluma, identificó el íntimo lazo que había entre dos sensaciones, dos ideas y dos experiencias que se habían tenido entre el presente inmediato y un pasado perdido en la niebla del tiempo y que el azar reconocía como viviente y testimonial.

Esos son momentos privilegiados
que significan el descubrimiento de la vocación de escritor, que Ermessenda mantuvo durante toda su vida… y más allá.

Y aunque esas experiencias tomen nombres como "impresiones oscuras", "reminiscencias", "instantes profundos", "islotes insólitos", incluso "estados de ánimo excepcional estimulados por sustancias químicas", podemos reconocer en ellas la ilustración no sólo del origen de las novelas de Ermessenda sino también el proceso de creación que ha hecho posible el relato.

Algunos críticos dijeron de ella que su estilo alambicado era poco francés (como si sólo lo francés fuera bueno) aunque Aurembiaix, una de las almas más grande de las que ocuparon estas mansardas, afirmaba que Ermessenda, auxiliada con las alegoría pictóricas de Cassia era verdaderamente una formidable artista, una innovadora, una mujer excepcional que debió desarrollar una técnica y un estilo, para poder traducir en palabras su particular visión del Mundo del Ápex.

¡Caramba Rosa! Hablar contigo es un verdadero placer. Eres la auténtica Cronista de Las Mansardas

¡Ay! Eres muy amable Quentin, pero díselo a Antoin pues él está convencido de que soy una pesada cuando hablo de la vida y milagros de los demás. Él sólo encuentra calor y placer cuando pone su palma de la mano sobre mi negro pubis vitrocerámico.

-No me dirás que tu convivencia con Antoin no fue satisfactoria.

-Al principio no.
Me acariciaba amorosamente, sí, pero justamente cuando yo empezaba a volar, él eyaculaba sobre mi barriga pues no queríamos tener hijos que nos complicaran aún más nuestra vida. Aprovechando que iba al lavabo yo remataba la faena. Poco a poco me acostumbré a aquel tipo de relación íntima y la acepté como la cosa más natural del mundo. Y es que realmente aquellos momentos de calor máximo intermitente no eran sino una parte minúscula de nuestra convivencia.

Es posible que aquella relación sexual tan particular fuera la causa de mi paulatina pérdida de vista: en mi mente no quería ver aquello que no me gustaba. Antoin, ya lo sabes, es miope pero la verdad es que yo soy bastante cegata, sí. Fue una forma de vivir cómoda: no quejarme porque realmente de otra forma nuestra convivencia podría haber sido no tan pacífica.

-¿Y no tuviste ninguna otra experiencia?
-No ninguna con hombres. ¿Quién iba a fijarse en mí con aquella cara de pánfila si mis ojos quedaban casi ocultos por unos cristales culo de vaso? No era fea, es cierto, ni tenía un cuerpo maltrecho, pero el abundante vello de mis brazos me delataba como poco atractiva. El buen carácter de Antoin lo compensaba todo con creces.

Por estas mansardas han pasado una muestra variada y cosmopolita de jóvenes estudiantes: Julia una estudiante italiana compañera de una dama americana, Holger un filósofo alemán… Pero fue con Olga una pianista dálmata con la que experimenté algo que entonces aquí en París se denominaba flirt:

Aún no eran las diez de la mañana cuando cargada como una burra con la compra llegué a casa después del largo trayecto realizado a pie desde el mercado de Saint Germain des Prés. Olga saliendo de la ducha me ayudó sin vestirse siquiera a meter las cosas en la nevera. La observé de reojo: era preciosa y su proximidad y el olor a pino de su jabón de ducha hicieron que sintiera fuertes palpitaciones en mi vagina y como unas corrientes eléctricas subían unas sensaciones, jamás sentidas por mí, hasta alcanzar mis pezones.

El pulso en las sienes era tan fuerte que temí marearme. Me tambaleé un poco como si fuera a caerme pues las piernas me fallaban. Olga me sujetó y tumbó en el canapé de aquella habitación que Antoin y yo habíamos decorado como una sal de estar.

Le dije que sentía dolor en la espalda como excusa. Ella se puso un albornoz y empezó a masajearme los hombros y la espalda. Aquel placer que subía desde mi vagina volvía… una y otra vez… como en oleadas. En un determinado momento se montó encima de mí a horcajadas. Sentí cómo el suave vaivén de su pubis contra mis glúteos hizo que de mi vagina surgiera un chorro líquido como si me hubiera orinado. Tuve que morder la manga de mi jersey para ahogar el grito. Ella debió sentir algo misterioso: sus gemidos eran como los de un alma en pena, pero también eran de placer.

No me atrevía a moverme por miedo a que aquella sensación se esfumara y así llegó un momento en que Olga jadeando se tumbó a mi lado y sus delicados besos me adormecieron. Cuando desperté eran las dos de la tarde… Ella seguí a mi lado abrazándome. Antoin no regresaba nunca antes de las 6 de la tarde. Así que tuve tiempo de que mi pubis vitrocerámico conociera varias veces la sensación de placer de unos labios femeninos.

Durante los meses que Olga estuvo estudiando cada mañana repetíamos aquellos juegos amorosos y fue ella la que me leía de unas páginas mecanografiadas poemas llenos de metáforas surrealistas que me costaba entender, pero que llenaban mi alma de misterio.

-Creo Rosa que esa experiencia con Olga es algo que muchos hombres desearían haberlas vivido. ¿No volviste a verla más? -No.  Aunque espero con inquietud a que de un momento a otro aparezca aquí pues he visto su nombre en la lista de convocados a esta Fiesta de las Mansardas.

También, tengo que decirlo, intenté tener una aventura con Alexis un muchacho que tomó la habitación contigua a nuestro dormitorio. Estaba realizando un "stage" en la agreguría de una embajada. Tan sólo tenía veinticuatro años y simpatizábamos. Era un joven bien plantado, muy atento, más bien tímido, o por lo menos lo parecía, con una frente cupular, ojos luminosos y un bigotito corto como era moda. Me las arreglaba para aparecer desnuda ante él al salir de la ducha, pero nunca logré excitarle.

                                                                                       Johann R. Bach