1 dic. 2012

DESAYUNO EN SOLEDAD

                                 DESAYUNO EN SOLEDAD

 

Como cierto argumento errado

a favor del placer de un desayuno en soledad, sin sitio a donde ir en la terraza de Terra junto a la iglesia de Sant Joan de la Virreina,

se depositan aromáticos cafés una hora antes del horario acordado.

 

Párpados caídos

de antiguas soledades, fotografían con sus semicerrados iris la mínima taza servida sobre una mesa metálica a modo de bodegón como recuerdo.

 

Un joven sol,

unta en los árboles y el templo de la plaza su música; se rompe el silencio y poco a poco va cediendo su lugar al bullicio habitual de la mañana.

 

Oigo y entiendo a mis espaldas

páginas, párrafos y frases que relucen al escribir en líneas cortas.

 

Lo resistente,

lo que no he comprendido recibe un rayo igual -bellísimo e inútil después de la maravillosa madrugada llena de dulces sombras blancas en las que hemos flotado tú y yo.

 

De pronto mi mente recibe

un golpe de atención: he de volver a la prosa tranquilizadora de la lógica cotidiana.

 

No me asombran esos vuelos

sobre mi ignorancia y mi saber, aún con tus besos filatélicos en la brasa jadeante del amanecer.

 

Me asombra una obviedad:

el polvo que no ceja. Me asombra que alguien esté permanentemente pensando en él, como si oyera su mudo sedimento.

 

Me asombra

ver cómo se prepara para una batalla sin cuartel; como la planifican

con días de antelación.

 

Me asombra

que lo consideren más poderoso que este rayo de sol y su lujo raído.

 

                                                                                        Johann R. Bach
                                                                                www.homeo-psycho.de

29 nov. 2012

EL OLOR A MAR Y LAS IDEAS

                   Detalle del Jardín de Las Delicias
 

EL OLOR A MAR Y LAS IDEAS

 

La clase de esfuerzo que Marta Guillamón

hacía para soportar a tanta gente siempre fue un misterio.

 

Cómo lograba

que su pensamiento se mantuviera puro, inalterable frente a toda clase de presiones era una incógnita que ella misma intentaba explicárnoslo, pero nos faltaba madurez para comprenderla.

 

Solía decir que esforzarse

en conseguir que los vecinos te admitan como una persona más en la finca ya es reconocer el germen del fracaso.

 

Ella distinguía

dos clases de fracasados: los que sabiéndolo lo aceptaban y los que siendo también unos fracasados aún no saben que lo son.

 

Le gustaba señalar

las rocas y decir que todo el litoral con su agua salada (no pura) se mostraba a menudo indiferente cuando

 

de repente un ola se encrespaba

arrastrando botes de pintura, tablones de algún andamio y alguna vela de no se sabe qué barca.

 

A veces nos echaba el aliento

diciendo: oled mi aroma de mar, mirad como las mariposas juguetean encima de mi cabeza y como el vello trepa por mis piernas sin depilar. Todo aquello era para nosotros un misterio.

 

Todo eso indica mi naturaleza

-continuaba diciendo- de profunda cavilación (o de cavilar profundo -dirían los alemanes). 

 

Y esta especie de arrugas

-insistía- en mis mofletes y mis pabellones de las orejas carcomidos indican que mi sexo es tan fértil como mi imaginación.

 

Algunos profesores bienintencionados

la juzgaban como una persona con una cabeza bien amueblada, pero ella en su divertida modestia decía que algún día la carcoma vaciaría su cabeza de chorlito.

 

Algún poeta malévolo

llegó a decir que Marta Guillamón cuando se tiraba las manos a la cabeza tomaba la forma de una ánfora romana donde el resto del cuerpo quedaba oculto de modo que sólo se podía ver con el tacto.

 

La verdad es que Marta

solía apartar con delicadeza, al primer zumbido del despertador, la dormida cabeza para no dejar sus huellas digitales en la mejilla y abandonaba a solas su hueco entre las sábanas.

 

Su destino oscilaba

entre las playas y rocas de Cadaqués y la noche algo bohemia de Barcelona, pero cuando la luna se levantaba del mar como Afrodita ocultando las estrellas del Arquero

 

su corazón se iba hacia Escorpio.

En ambos lugares, entre el antes –su infancia- y el después – su madurez-, la luna era misma.

 

Ella se consideraba a sí misma

como estar sometida a la influencia de una estrella fugaz que se escapa de su constelación;

 

una mujer que no dio en el blanco

a pesar de que le llovieron los hombres y la fortuna material. Nosotros lo único que vimos es que la alegría de su rostro no desapareció jamás.

 

                                                                                            Sylvia M. Folch
                                                                                  www.homeo-psycho.de

28 nov. 2012

CUANDO HERMES TOMA EL PULSO PARA EL VIAJE HACIA EL ÁPEX

                           CUANDO HERMES TOMA EL PULSO

 

Ella ya no podía mover su cadera.

Me hizo una señal para que me inclinara –tírame hacia arriba los hierros. Sólo quería cambiar de posición para evitar las llagas de decúbito.

 

No quiero morfina –decía-.

Tengo la boca pastosa. Dile a mi hermana que vaya a comprarme uvas y regaliz. Prométeme que con el dinero que te dejo en la mesita de noche me harán una misa.

 

Ya ves. No somos nada.

Media vida dando amor a mis padres y hermanos, a mi esposo, a mis hijos… Y ahora… sólo tú te acercas para tomar mi mano y darme consuelo.

 

Bésame la mano.

Nadie lo ha hecho desde que me rompí el fémur. La Medicina ha certificado de antemano mi derrumbamiento. Han colocado en la pizarra un papel en el que dice:

 

"Diagnóstico: Síndrome algo-neuro-distrófico"

 

Es una forma elegante

de decir que mi fémur no sólo rechaza el tornillo de titanio que me tenía que sujetar las dos partes del hueso sino que no se puede soldar.

 

Todos creen que desconozco el resto,

como si no tuviera oídos para oír y ojos para leer en sus rostros un rechazo hacia mí mucho mayor que el del ligero metal.

 

Noto, por otra parte,

cómo mi tuétano se deshace y se diluye en mi sangre arrastrando a todos los rincones de mi esqueleto esos fragmentos que harán que en pocas horas emprenda el viaje hacia el Ápex.

 

Bésame la mano.

Quiero sentir el precioso calor de tus labios los únicos que me han de ayudar a cruzar esa puerta. Ya han preparado las silenciosas ruedas plegables para deslizar mi cuerpo por los pasillos.

 

Mira a mi hermana cómo se abanica.

Tiene calor, suda, le falta el aire, y, sin embargo yo tengo los pies helados y ya no puedo moverlos.

 

Todos se acercan al hospital

diciendo que vienen a verme, pero no es verdad: permanecen fuera de la habitación hablando de sus negocios, del último partido de fútbol o de la última mujer de la que se han separado.

 

Temen que mi aura

les arrastre a ellos también y hablan con el cura paseando arriba y abajo por los pasillos de esta Séptima Planta: la de los desahuciados.

 

Bésame la mano.

Permanece aquí junto a mí. No tardaré mucho en irme. Bésame la mano y toma de mi rostro mis lágrimas como último regalo. Cuando algún día vuelvas a visitarme te las cambiaré por margaritas.

 

Asómate a la ventana

y verás una diminuta lechuza encaramada en el árbol más alto. Hace dos noches que está ahí como si se entregara ciegamente a la miel del sol del amanecer.

 

También oigo a los ángeles

cómo desatan con sus dientes los cielos; cómo respira el funcionario de gruesas cejas mientras aguarda pacientemente el momento en que el vuelo de la lechuza le dé

 

la señal para pulsar el timbre

que ha de poner en marcha la maquiavélica máquina, engrasada, con los depósitos de combustible llenos y con la ITV recién pasada.  

 

Bésame la mano.

Aspira en ella el aroma de mis cabellos recogidos con una diadema. Es la esencia sutil del naranjo. Cada hora me pongo en las sienes, una gota de ese frasco que ves ahí con la etiqueta "Citrus sinensis". Ese olor es el mismo de la música de Arvo Pärt.

 

Me he pasado la vida

oyendo nombres desconocidos, soñando con paraísos, con nuevas tierras, con nuevas locuras de los hombres o de los dioses mientras que me conformaba con ser una humilde vendedora del Corte Inglés;

 

con una ciega voz

que, a tientas en la memoria anochecida, palpaba mejillas y ademanes que no me atrevo a decir que fueron besos. Tu nombre –Hermes-, no recuerdo haberlo oído hasta la semana pasada.

 

Apareciste en el momento preciso.

Después de que el otro día, me besaste la mano casi como con un beso robado ya me siento con fuerzas para atravesar esas puertas y me has infundido una paz que nunca tuve.

 

Gracias, gracias, gracias. Bésame la mano.

                                                                                        Sylvia M. Folch
                                                                                www.home-psycho.de 

27 nov. 2012

EL AGUA DE LLUVIA SOBRE EL CUTIS

               Lou Andreas Salomé musa inspiradora de Rilke

 

EL AGUA DE LLUVIA EN EL CUTIS

 

No es el inmenso frío

el que sopla desde los longobardos, pero la tramontana viene desde los mismos rincones. Baja ensillada por el Valle del Ródano como en los asientos inclinados de los coches de carreras.

 

Lleva en su mano derecha,

en lugar del cambio de marchas, un látigo que azota los rostros, los reseca y los apergamina como aquellos que tienen una expresión permanente y una actitud como si se les debiera dinero.

 

No ahoga ese desapacible viento

el crepitar de las hogueras sino que lo extiende saltando por encima de los bosques que con tanta paciencia crecieron.

 

Sólo las minúsculas gotas de agua

agazapadas en el humus, refugiadas como las lágrimas bajo los párpados, resisten estoicamente ese aire enfurecido de los pulmones de Eolo.

 

A veces la tramontana

parece no tener sueño y su sombra saquea el descanso de las habitaciones colando su silbido por las rendijas de las ventanas e introduciendo su demoníaco estruendo en los oídos de los niños.

 

Chamusca la hierba

cuando se precipita sobre los prados como los cascos de los caballos de Atila gritando su prolongado nada, nada, nada…

 

Entretanto, en los altaneros monasterios

se conjuran los monjes en Asamblea General y a fin de evitar las arrugas y que se sequen los rostros toman los siguientes

 

A C U E R D O S

 

PRIMERO:

Lavarse la cara diariamente con aguas blandas o de lluvia, a fin de diluir la propia grasa del cutis, pues los nutrientes de esa propia grasa son fragmentos de nuestra propia alma metabolizados.

 

SEGUNDO:

Trabajar la tierra sin prisas,

al mismo ritmo que crecen los granados, siguiendo la jornada marcada por los relojes de sol, evitando los golpes de aire seco que tuercen rostros y voluntades.

 

TERCERO:

Evitar en la medida de lo posible,

el enfado origen del exceso suprarrenal y la autointoxicación de los corazones, la aparición del exceso de vello en brazos y cejas; y, de las arrugas verticales de la frente.

 

CUARTO:

Evitar el diabólico pensamiento que los demás nos deben favores o pleitesía. Para ello se recomienda no comer fruta excepto aquellos que sienten que los diablos se le enrollan en el cuello obligándoles a llevar la camisa desabrochada;

 

poca carne roja o blanca,

aceptar los deseos de Poseidón respetando a sus criaturas marinas –prohibición total del pescado-; y, antes de ir a dormir, tomar medio vaso de agua en el que se ha diluido una gota de vinagre.

 

Firma y rúbrica del Padre Prior              Firma y rúbrica del Secretario

               ilegible                                                        ilegible

 

Ha nacido otro frente

contra el Cáncer, los dolores reumáticos, la sequedad de la piel, de las mucosas y del alma. Congratulémonos.

                                                                                     Johann R. Bach
                                                                            www.homeo.psicho.de

26 nov. 2012

ELEGIR BIEN A LOS COMPAÑEROS DE VIAJE

                                                     Fisterra

               LOS COMPAÑEROS DE VIAJE

 

Recorre Hermes el mundo.

Al final de un sendero, junto al bosque, se detiene a beber en una fuente. Junto al caño se encuentra sentado un ciego y su fiel guía un can educado en francés.

 

Es una hora temprana

en la que los duendes ya se han ido y las lechuzas han abierto con sus enormes llaves los caminos que conducen a Fisterra.

 

Soy un dios- dice Hermes

sin modestia pero cortésmente-.

 

(El sabueso olisquea sus pies

asombrado por las alas de sus sandalias). Después de haber ayudado a tantos y tantos a cruzar las puertas del Inframundo, me siento solo.

 

También me siento triste –insiste-

porque los humanos traicionan a los dioses. Anhelamos animales, instintivos y mortales. Sí, sí, eso es. Mortales. Pero con cualidades de sensibilidad, humildad y elegancia de semidioses.

 

¿Era pedir demasiado?

¿es que un dios no tiene derecho a soñar?

 

Al atardecer Hermes le dice al ciego:

"después de haber estado viajando todo el día, nos sentaremos bajo un roble. Y entonces te diré que me siento viejo y quiero morir".

 

Será una mentira,

pero necesaria para que tu compañero me mire a los ojos, comprenda mi infortunio y me lama las manos.

 

Por supuesto- responde

despreocupado el ciego- Mi guía lamerá tus manos tan frías y aspirará su extraño olor lo mismo que yo. Nosotros vivimos gracias al tacto y el olfato

 

Caminan y caminan a buen paso

por el Camino de Santiago hasta encontrar una estrella. Soy Hermes –dice el dios poniendo la mejor de sus mejores caras (la caliente. La otra es fría) ¿Te gustaría acompañarnos hasta el fin del mundo?

 

Allí llevo a este pobre ciego

para darle miedo y que apoye su cabeza en mi hombro.

 

Conforme –dice la estrella

con voz frágil de cristal-. Me da igual adónde ir. Y eso del fin del mundo es una ingenuidad. Desgraciadamente no hay ningún lugar que tenga esa condición.

 

Caminan durante largas jornadas

siguiendo el curso de un río que se parece al Rio Leteo. El ciego y su perro, Hermes y la estrella que va dejando tras de sí una brillante estela sienten que sólo hacen lo que estaba escrito.

 

La estrella cuenta su biografía;

más por egolatría que por animar el aburrido viaje. Breve, pero apasionadamente como todo lo que hacía, se enamoró de un recién llegado al Concierto de las Naciones y de Lenin.

 

En su juventud la Estrella se había colgado

-nunca mejor dicho- del cuello de la Locomotora de la Historia. Presumía saberlo todo de los griegos y poseída por la visión de una Hélade de fantasía

 

sólo pensaba en su imposible inmortalidad:

 

de manera frívola reveló

sus secretos de corazón y de alcoba en un libro merecedor de censura titulado My Life, ignorando que lo erótico debe ser secreto y la santidad pública.

 

Era evidente que se había ganado

la enemistad de Eurípides que le asignó un papel trágico y predijo su colapso antes de la Era de las Cejas Gruesas instaurada en el Concierto de las Naciones por Leónidas Brézhnev.

 

Van cogidos de la mano.

Hermes piensa que, si alguna vez vuelve a salir a buscar amigos con los que viajar, con los que llegar a un acuerdo, ya no será tan sincero.

                                                                                    Johann R. Bach
                                                                      www.homeo-psycho.de

25 nov. 2012

LA SOLEDAD DE LOS APASIONADOS

              FILOSOFÍA DE LA PASIÓN

 

Yo, Tulia Martínez Folch

una desconocida licenciada en Filosofía y Letras, hermana de Sylvia,

me rompí los cuernos corrigiendo galeradas de enciclopedias para ganar algo de dinero.

 

Mientras vivía con mi hermana

y otras tres estudiantes más en el Carrer del Carme, frente a la antigua biblioteca leía y leía para olvidarme del frío que se instalaba en mis tuétanos.

 

Dibujé en aquellos días

en la superficie pulida de un taburete de madera la idea de la banda de Moebius: cada vez que me sentaba en él sentía crecer el vello de mi pubis.

 

Sí, sí. No era lo mismo

que reinventar la sopa de ajo, pero mientras pensaba en eso me frotaba las manos y así combatía el helor que penetraba por unos vidrios más delgados que un plano imaginario.

 

Los problemas clásicos de la filosofía

-el espacio, el tiempo, la muerte…- me importaban un pimiento. Me importaba la amistad, el amor, el sexo, la santidad, pero esas cosas no estaban en el dominio de la facultad.

 

Cuando algo me hacía gracia

mi pecho estallaba de gozo neurasténico y de mi garganta salía una brutal carcajada inevitable, que resonaba en las aulas como un grito de guerra. La mirada de todos parecía censurarme.

 

No quise inventar

otro concepto del ser porque no quise hacer el ridículo como los demás compañeros. Bastante ridícula me sentía ya después de aquellas bestiales carcajadas que se me escapaban de vez en cuando.

 

Esa palabra –el ser-

me parecía dura, incolora e inodora y al oírla mis manos se agitaban incomprensiblemente. Era como una estridente alarma, como el chasquido al pisotear hormigas.

 

Cuando se hablaba de la muerte

yo pensaba en la piedra filosofal y en el derrumbamiento del sol y miraba la expresión de los compañeros. Ni se inmutaban. Nadie lloraría por nosotros como filósofos muertos.

 

Tardé años en comprender

que hiciéramos lo que hiciéramos el espacio no se diluiría ni en agua ni en alcohol; y, el tiempo no se detendría en su enloquecida carrera.

 

Nadie pudo jamás explicarme

por qué la experiencia erótica nos obliga al silencio; por qué nos aleja del resto de la sociedad y nos deja en la soledad.

 

No ocurre así con una experiencia

que es tal vez cercana, la de la santidad que nos aproxima a los demás hombres.

 

¿Es posible amar

sin haber enloquecido previamente? ¿Es posible la santidad sin la locura de renunciar a tus propios deseos? Y finalmente ¿es posible alguna de esas opciones sin apasionamiento?

 

O es la filosofía la suma

de los posibles, en el sentido de una operación sintética, o no es nada.

 

Esa proposición anodina

exenta de apasionamiento de la filosofía oficial de la facultad es propia de una sociedad de ancianos y por lo tanto inadmisible para mí.

 

Por esas razones

y en lo referente al triángulo sagrado

-santidad y amistad, sexo y amor, actividad filosófica-, me vi obligada a declararme autodidacta.

 

No es cierto que los duendes

sólo crecen en el bosque. A mí me visitaban a menudo. Conozco muy bien su olor peculiar y también puedo asegurar que la mayoría de ellos no tiene la barba blanca.

 

Tampoco es cierto

que aparecen de uno en uno. A veces tardan algunas semanas en aparecer, pero a menudo se presentan a puñados.

 

Cuando tocaban a mi puerta

en tropel les daba, para acogerlos como se merecían, una fecha apuntada en un billete de metro. En más de una ocasión atendí a uno por la mañana y otro por la tarde.

 

Muchas compañeras de la facultad

decían que si fuera posible coger un buen puñado de esos juguetones duendecillos, dejarlos secar y colgarlos en los árboles, tal vez tendríamos paz.

 

Es posible que sean –ellas- demasiado exigentes.
 
                                                               Tulia M. Folch
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