24 ago. 2012

Cap. 4 de LAS PUERTAS DEL MONASTERIO ( www.homeo-psycho.de )

SUEÑOS BAJO CANTOS GREGORIANOS

 

Desde las diez de la noche

en que el silencio invadía, totalmente,

por orden de la  Superiora,

todos los rincones del Monasterio

la oscuridad,

 

muñeca trasnochada de esperanza

 

con las sílabas aún sueltas en la boca,

créelo, nadie hubiera visitado

el liquen de tu rostro, nadie

hubiera acudido a tu celda

para abrir tu puerta y quemar

 

la deshilachada funda de tu almohada.

 

Y, sin embargo, ahí estabas

en tu habitación depósito de estrellas

que sonreían como niños de color y

tu cuaderno con sabor a lágrimas

donde contabas los días por plegarias

 

junto a armonías esperando ser cantadas

 

en otro mundo, quizá sólo en otras celdas

secuaces de serpientes y de versos:

sólo tus jirones en la tela de la ropa íntima

componían tu cárcel de juguete y

el deseo del manantial de

 

un hombre arlequinado  aún fuera de la vida misma.

 

En esa misma humilde frontera de noches

como aquellas de silencio obligatorio

no eras más que una región delimitada,

dígitos de molécula en cubilete eléctrico

a pocos segundos de luz de la eutanasia

 

que distan del acuerdo o de la rendición;

 

sin tastar siquiera la longitud de un sorbo de café

o de un ovillo de voces de canto gregoriano que esbeltas

te ayudaran a arrojarte en los brazos de Morfeo.

Reconocías en esas voces logradas en los amaneceres

acompañados sólo por los tubos del órgano

 

la inalcanzable meta de nunca haber nacido.

                                                   Sylvia M. Folch

 

Ayer era domingo, Georgina estuvo almorzando conmigo, luego me dejó sola con mis pensamientos. Mi apartamento olía a madera vieja aún con la ventana abierta de par en par; el desagüe del plato de ducha se atascaba con cierta facilidad y hacía que me duchara con poca agua y poco jabón, pero no me importaba pues con la pérdida de peso también había disminuido mi olor corporal.

 

Me disponía, después de poner orden en mi nuevo refugio –un sencillo apartamento de un solo ambiente como otros miles que existen en París-, a escuchar radio FIB,  cuando al abrir el correo vi que tenía un mail de mi sobrino Daniel que me hizo temblar hasta las raíces de los cabellos de la nuca.

 

Estaba escrito como una carta antigua, como si se lo hubiera pensado mucho, antes de escribirme. Lo leí varias veces para cerciorarme de que lo que en él me decía tenía un único sentido. Copié el texto y lo guardé en un archivo que denominé DANIEL y le puse el siguiente título:

 

                           PRIMERA CARTA DE AMOR DE DANIEL

Querida Sylvia

 

Estoy desolado. Mamá no para de llorar y yo me siento impotente para consolarla. No sé qué hacer ni que decir. A veces se me escapan a mí también las lágrimas cuando la miro de reojo y veo como las suyas resbalan por su rostro sin interrupción. Siento que es muy desgraciada con papá que la ha maltratado siempre; incluso llegando a las manos. Pero por alguna razón que aún desconozco no se atreve a abandonarlo.  Ester y yo callamos y comprendemos, pero a menudo ella abraza a mamá, la acaricia y la besa; yo, por algún prejuicio masculino, no puedo hacerlo: siento como si estuviera sujetado por unas botas de hierro y encerrado en una celda de conceptos antiguos.

 

Desde que te fuiste de casa las comidas y las cenas se han vuelto amargas. El silencio es lo menos doloroso, pero papá, ya lo sabes, se empeña en romperlo de forma brusca, con palabras muy duras para mamá; le echa la culpa de todo lo que pasa. Si se cae una cuchara al suelo la trata de inútil... Ya sabes: que si la sopa está fría…, que si le falta sal…, que si no sabe ni planchar bien una camisa…,

 

Sus amigos dicen de él que es una persona simpática y que siempre está de buen humor, explicando chistes y lisonjeando a todos. Cuanta más cerveza bebe más simpático les parece a los colegas del bar. Es todo lo contrario de cuando está en casa. No quisiera odiarlo porque es mi padre, pero a menudo me pregunto hasta cuándo tendremos que soportar ese infierno.

 

Por otro lado, pienso que el conocerte a ti ha sido una cosa maravillosa. Tu amabilidad, tu paciencia y tu comprensión hace que los que te rodean se sientan a gusto. Tus ideas sobre las cosas me han hecho ver el mundo. No es que antes no lo viera, pero ahora algo dentro de mí ha cambiado. Siento que te quiero. Sí. Pero no como piensas tú.

 

Tengo sólo catorce años –a punto de cumplir quince-, apenas un niño para ti, pero si pudiera fugarme de casa y escaparme contigo, te aseguro que lo haría esta misma tarde. Anteayer, en el cine, mientras me acariciabas las mejillas y te besé tus dedos me sentí feliz y entré en ese mundo mágico que inspiras y que tú conoces tan bien. A causa de eso no he dormido en toda la noche y no he probado bocado en todo el día. Los pantalones se me caen porque he adelgazado.

 

Ester y mamá se han ido a la piscina y papá se ha ido a pescar con los compañeros de su empresa. Así que estoy sólo en casa. No hago más que pensar en ti. Veo tu cara en todo lo que miro y si cierro los ojos oigo tu voz y me estremezco, los poros de mi piel se abren como si quisieran estar a punto para recibir tu aroma. Guardé en mi armario una de tus toallas y la huelo todos los días para tener algo tuyo cerca de mí. Te quiero.

 

Espero que no te enfades por este mail. Besos. Daniel   

 

Respuesta

 

Hola mi amor,

NO ME HE ENFADADO

 

He meditado mucho sobre las palabras que viertes en tu mail y he de reconocer que me has obligado a escoger entre contestarte como lo haría una tía normal a su sobrino o a explicarte todo aquello que me has hecho sentir. Finalmente he optado por tratarte ya como un adulto. En efecto, cuando me besaste los dedos en el cine se me puso la piel de gallina y sentí que esos labios tuyos ya no son los de un niño. Yo también pensé en ti cuando llegué a casa y… soñé…

 

Y ahora que tengo la confirmación de lo que pensaste con mis dedos entre tus labios me haces sentir la mujer más dichosa del mundo. Pero de la misma manera que yo no quiero confundir mi hambre de sexo masculino con el amor, tú tampoco debieras confundir el descubrir el sexo con algo más profundo, que ha de llenar una gran parte de tu vida. Deja fluir el tiempo necesario e intenta contener un poco a ese gran corazón que amenaza con salirse por la boca.

 

Besos. Sylvia.

 

Casi inmediatamente apareció en la pantalla su respuesta:

 

Besos, besos, besos,

Te quiero. Daniel

 

Sin saber exactamente por qué, le contesté:

 

Besos, besos, besos,

Yo también te quiero. Sylvia.

 

Seguí escuchando la música de Radio FIP, pero en mi vientre sentí revolotear las mariposas. Para distraerme me puse a leer las instrucciones del nuevo teléfono móvil que me había regalado Geogina. Harta ya de manipular el aparato entré de nuevo en mi correo y me quedé estupefacta al ver otro correo de Daniel:

 

"Me he masturbado… pensando en ti…

Te quiero. Daniel."

 

El sencillo mail llegaba en el momento que de la web de Radio FIB salían los suspiros de "Je t'aime" y me provocó una titilación tan fuerte que con un solo apretón de muslos sentí las punzadas de un fuerte orgasmo que me subió por los pezones hasta alcanzar mi boca que se abrió para lanzar los suspiros como queriendo alcanzar el cielo.

 

Telefoneè a Georgina, le dije que abriera su correo. Le envié toda la conversación con Daniel. Necesitaba saber su opinión, su censura o su absolución; necesitaba compartir con alguien todo eso que me pasaba. Inmediatamente obtuve las siguientes palabras de su parte.

 

Hola Sylvia

 

"Eres una mujer afortunada. Yo haría cualquier cosa para que alguien me escribiera una cosa así. Esa pasión… incontenible… limpia… Me ha excitado muchísimo; lo mismo que a ti. Ya sabes que yo me enciendo con la velocidad del rayo. ¡Despreocúpate de todo!. No pienses en los prejuicios de edad… del parentesco… etc. Verás las cosas más claras y sobre todo aplícate el mismo consejo que le has dado: Da tiempo al tiempo." Te quiero. Georgina.

 

En la pantalla del ordenador apareció otro correo de Daniel:

 

"¿Te has enfadado mi amor?

Te quiero. Daniel

 

Le contesté:

 

No. No me he enfadado.

Yo también te quiero. Sylvia.

 

Cerré el ordenador para no ver su contestación. Intentaba escuchar la radio, leer una novela de Sartre, paseé por la habitación, miré por la ventana. Todo inútil no podía pensar en otra cosa. No había pasado ni media hora cuando la curiosidad no me dejaba vivir. Volví a encender el ordenador, abrí el correo y casi me muero de placer. Tenía otro mail de Daniel.

Cap 4 de LAS PUERTAS DEL MONASTERIO (cont)

                                                         ADOLESCENTE FRENTE AL MAR

 

"Sylvia, mi amor, tú qué sabes lo que es una voz de socorro,

 

"No me dejes sin luz y sin color olvidado de ti como de mí, perdido en el abismo de la desesperanza que yo mismo he escrito con dolor y con temblor".

 

"No me dejes sin voz y sin amor, olvidado de todo como si no fuese más que negro frenesí nacido del silencio que ha ido creciendo en mí como lo hace una semilla al humedecerse".

 

"Deja que me penetre  tu fulgor, admíteme en tu mundo necesario y deja que yo describa tu lamento".

 

Te quiero. Dime qué día podemos hablar. Necesito hacerlo mientras te miro a los ojos. Daniel.

 

Noté como si saliese humo de mi sangre. Encontré de gran belleza esas palabras. Para calmarme, imaginé que Daniel habría copiado ese texto de algún libro de poemas, pero el sólo hecho de encontrar ese texto, seleccionarlo y aplicarlo en una situación tan difícil, ya indicaba una sensibilidad tan extraordinaria que me llegaba al alma.

 

Antes de contestar llamé a Simone, le leí de viva voz todos los mails, los de Daniel y también los míos. Simone, incomprensiblemente estalló en carcajadas y me dijo: ¡Estás loca! ¿Cómo me pides consejo a mí, si sabes que yo en cuestiones de sexo necesito salirme de la norma? Ese tipo de relaciones no sólo me trastorna sino que las necesito. No me pidas consejo a mí. Pídeme lo que quieras, pero no lo que has de hacer con tu sexo y con tu alma, pues ya eres mayorcita. Ya no estás en el lado oscuro de las puertas de tu monasterio.

 

Contesté a Daniel

 

De acuerdo mi amor,

 

Me rindo ante tus demandas, sólo te pido que me des tiempo para calmar un poco los latidos de este corazón que no se acostumbra aún a este mundo. La semana que viene te diré el día en que nos hemos de ver.

 

Besos, besos, besos,…

Te quiero. Sylvia.

 

Durante toda la semana estuve meditando sobre lo "ocurrido" en la mente de Daniel y en la mía. Siempre creí que intentar la pureza es intentar la autenticidad. Siempre consideré que para ser auténtica, era necesario un considerable esfuerzo lúcido. Ahora me daba cuenta de que todo depende de lo que se entiende por pureza.

 

El conocimiento filosófico místico de Daniel era, evidentemente, incipiente y no había podido madurar en él el sentido de la salvación, pero aunque las circunstancias no habían cambiado, su propia mente sí había cambiado al adquirir plena consciencia de su situación. Y su cuerpo ya estaba dando muestras de crecimiento como el del orangután que sabe que hay una hembra disponible.

 

Al igual que la orangutana acepta la relación sexual asimétrica, yo decidí entregarme a Daniel, pero antes acepté la recomendación de Simone. A Simone siempre le había dado algún tipo de secreto placer visitar cementerios. Quise saber que se sentía en esos ambientes y acepté su invitación de visitar aquel domingo el cementerio de Père Lachaise. Me impresionó mucho el mausoleo de Chopin. Tanto que llamé a Daniel y le dije que corría a casa para entregarme.

Cap 4 de LAS PUERTAS DEL MONASTERIO. (cont)

                                               EN EL CEMENTERIO DE PÈRE LACHAISE

 

                        CHOPIN

 

El cielo de París pocas veces es azul

y la dulzura de la lluvia perfecciona

el paisaje de Père Lachaise.

Toda la mansedumbre de los mundos

aquí se olvidan de volcanes y terremotos.

 

Nosotras, cantantes amorosas

no nos olvidamos y los escribimos

con tinta negra sobre el pentagrama.

Oscura, moribunda defraudada, su tumba

se oculta entre la niebla y el recuerdo.

 

Su música sigue iluminando las aguas

 

del Lago de los Sueños, bañando

las arenas de su amada Valldemossa

desde el umbral solitario de ese mármol

que lentamente se desnuda bajo

la negación eterna.

 

Sus notas, reliquias sonoras viajan por el mundo,

 

sus inscripciones sangran y maldicen

la cruz de su sepulcro.

Sus manos están grises y su frente,

alisada por decenas de años dulcemente,

es acariciada por la música de sus sienes.

 

Su belleza desnuda se recoge

 

en bellísimos compases nocturnos,

guardados en la memoria de pianos

iglesias y salas de conciertos;

y, los verdes cirios (que colocamos nosotras)

arden como en el valle mallorquín

 

de la aurora olvidada.

                                                 Sylvia M. Folch

Cap. 4 de LAS PUERTAS DEL MONASTERIO (Cont) CALLE DE VALLDEMOSA

VALLDEMOSA
Refugio paradisiaco de Chopin

23 ago. 2012

LA SOLEDAD SE AGAZAPA TRAS LAS NUBES ( www.homeo-psycho.de )

                                                                           Cuadro de Rembrandt

LA SOLEDAD

 

Viéndote crecer,

se encuentra secretamente agazapada

tras las cortinas de las oscuras nubes donde

el crepúsculo le da nombre; en el campo,

como la ortiga, amenaza tu pie descalzo.

 

Solapada como tu sombra, espera…, te espera.

                                                     Elisa R. Bach

22 ago. 2012

LA SOLEDAD TAMBIEN BUSCA EL CALOR DE LA CHIMENEA (www.homeo-psycho.de )

      Sylvia M. Folch

LA SOLEDAD JUNTO A LA CHIMENEA. Poema original de Sylvia M. Folch ( www.homeo-psycho.de )

 

                                JUNTO A LA CHIMENEA (Poema)

 

Decidiste casarte a pesar de saber que la soledad persiste y sobrevive

cómodamente en todos los espacios. La esperanza en aquel hombre, por ferviente que fuera, no hizo a fin de cuentas más que lanzarte bajo el poder meramente humano, es decir con pocas esperanzas… Debes, pues, ser y has sido ya castigada, tanto más cuanto incluso has engañado tal vez a otras almas.

 

El cerco del horizonte era frío como estar en cuclillas junto a la chimenea del Monasterio. Pero ahora reconoces que eso no debería haber sido excusa para tomar las decisiones que te llevan ahora a un remordimiento tras otro. Y la serpiente de la ironía hace vibrar su lengüecita tan desigual en mordeduras iguales.

 

Con la nieve cayendo a medianoche no dormías. Y es verdad que donde se está mejor es sentada en la cocina aunque sea la cocina del insomnio. Te levantaste, encendiste la chimenea, te preparaste un café; le añadiste un poco de coñac, miraste por la ventana la eternidad familiar.

 

¿Por qué ibas a envanecerte de que habías sufrido más que los demás? ¿Para justificar tu matrimonio con un hombre adinerado? Esta es la noche en que por la puerta secreta del desvelo entran fenómenos demasiado creados para rendirse a la desaparición.

 

Sólo él duerme, duerme casi obstinadamente, con la voz peinada por encima de las orejas del infierno, como si por el cabelludo perdurar de su sueño en manos de Morfeo, quisiera presentir el destruido peine del ángel.

 

Aunque en la tierra no existiera el silencio, ese nevar lo habría inventado ya en su sueño. Estás sola. Ningún gesto. Nada de qué hacer gala.

                                    Sylvia M. Folch

20 ago. 2012

Cap 3 de LAS PUERTAS DEL MONASTERIO (www.homeo-psycho.de )

                           MARIPOSAS Y LIBROS

Cada día al mirar por la ventana,

todo era luz para tu mente,

la imagen del campanario surgía entre la niebla,

como una bocanada de oxígeno

llenaba de esperanza la biblioteca;

 

presentías como la oruga el final del mundo.

 

Tus hombros se hacían más y más pesados

los libros te parecían como en los sueños

mariposas con las alas abiertas de par en par.

Ignoras cuantas monjas antes que tú

miraron por esa misma ventana

 

con la intención de preservar su pureza

 

y cuántos libros fueron leídos

bajo el polvo invernal de los siglos.

Entre las cruces como símbolos de dolor

se alzaban la veleta y su flecha del tiempo

y la luz de las vidrieras que cobrando más vida

 

con las mariposas de agosto:

 

apenas dos páginas menudas que narraban

cómo un código microscópico

la fragilidad de la belleza,

el devenir del tiempo.

Las puertas del monasterio se habrían

 

sin ruido como páginas de libros o alas de mariposa

 

como invitándote a salir, insinuando que

atravesarlas sólo requería la paciencia,

un poco más de tiempo. Tus alas

crecían y crecían como las de la crisálida

preparándote para llegar a

 

otro mundo más vivo, alegre, apasionado, fértil…

 

Libros y mariposas: dos bisagras

de la misma puerta de un Monasterio

en el que sufriste, es cierto,

la soledad estoicamente, pero también

donde acumulaste fuerzas suficientes,

 

pues la vida es algo más que un mendrugo de pan.

                                                            Sylvia M. Folch

 

Con las ropas empapadas y los zapatos ahogados de lluvia entré en el minúsculo apartamento de Pierre. Las paredes estaban impregnadas de cuadros y de sagrado olor a bosque; de las estanterías altas se desprendía conocimiento y de las más asequibles, poesía; la madera parecía cubierta de miel y una única rosa roja con su tallo en remojo dentro de un frasco de vidrio alegraba su mesa. Asombrosamente reinaba un cierto orden en las cosas.

CAP.3 de LAS PUERTAS DEL MONASTERIO (continuación)

                                   A LAS VOCES DEL CORO

 

Hay sitio en mí,

más aún, espacio

para vuestro dolor y las blasfemias

y también para vuestra alegría…

No, nada os impide

 

entrar en mi casa cuando brilla el sol

 

y mucho menos cuando ulula la tormenta…

sobre mi pecho podéis llorar y maldecir,

y más cerca del misterio reíros,

sí, reír y nada os impedirá marcharos

con vuestras voces.

 

Mi amor está aquí, vosotras vais pasando…

                                             Pierre Duval

 

Me deshice de mis ropas mojadas y me puse un pijama fucsia de Pierre. Decidida a acurrucarme en el cálido suelo de roble me ofreció un lugar en su cama con la promesa de sus ojos de no tocarme. Mirando al techo y con las lágrimas saliendo a borbotones intenté dar alguna explicación, pero las palabras se encallaban ante el nudo hecho de mi propia lengua. Pierre pareció comprenderlo y me instó con toda la dulzura que pudo a guardar silencio. Para distraerme y olvidar lo más rápidamente posible aquella horrible agresión, comencé a pensar en la nueva situación.

 

Hacía más de veinticinco años que no estaba con un hombre tan cerca. Sentía sus palpitaciones y de vez en cuando miraba de reojo y sus ojos situados encima de una multiplicada nariz como los de un pequeño dios vigilante de una iglesia de desesperados, me parecían aún más despiertos. Poco a poco su presencia junto a mí me fue calmando y en algún momento debí quedarme profundamente dormida.

 

Hacia las tres de la mañana me desperté. Sentía en mi pecho un miedo extraño y no pudiendo contenerme me giré hacia el cuerpo de Pierre y puse mi mano encima de su pecho. Sentí su corazón latir con fuerza, pero por cada uno sus latidos, el mío daba dos. Ya no recordaba cómo era el tacto de un vello tan distinto del mío. Sentí un cosquilleo en mi bajo vientre tan agradable que no pude evitar un ligero movimiento de lordosis. Ahogué el grito de la especie por miedo a despertar a Pierre. Me sorprendió muchísimo sentir  cómo aquellas punzadas me llenaron la boca de saliva y cómo aquel pecho masculino me tranquilizó inmediatamente.

 

Pierre no se despertó o si lo hizo simuló seguir durmiendo. Poco a poco retiré mi mano pero permanecí pegada a su brazo y me dormí otra vez. Al despertarme lo primero que sentí fue el aroma del café que Pierre había preparado. Sin moverme todavía, me negaba a abrir los ojos mientras recordaba que aquella sensación tan dulce pudo transformar una de las noches más desgraciadas en otra cosa bien distinta. Tenía la sensación de haber tocado las estrellas con mi mano.

 

Me voy a trabajar –me dijo Pierre-, volveré al mediodía. Llamaré a Simone. Puedes quedarte el tiempo que quieras. Estás en tu casa. Al dejarme sola me hallaba como flotando en una nube. No era mareo ni tristeza. Era una especie de asombro de todo lo que me estaba pasando, como si los hechos no hubieran sido reales. Mientras me tomaba el café husmeé toda la mañana, sin prisa, entre los libros de Pierre. En todos ellos había anotaciones y frases o palabras subrayadas. Abundaban los de poesía y los de historia, pero las novelas tenían un rincón propio, aunque tenían el aspecto de estar abandonadas desde hacía mucho.

 

Me sentí en aquel apartamento tan a gusto que dudaba de que tuviera cosas por hacer. Hasta las cuatro de la tarde no tenía que ir a hacer la limpieza de la escalera. No sentía hambre; sólo sed. Por suerte Simone se presentó hacia las doce. Me preguntó qué había pasado y yo le contesté escuetamente que mi cuñado me había echado de casa, pero le rogué que no me hiciera entrar en detalles por el momento.

 

Simone me hizo acompañarla a un recado y luego fuimos a comprar hamburguesas, ensaladas preparadas, vino tinto y manzanas, un paquete de café y azúcar. Cuando Pierre regresó puntualmente a las 14.00 h. todo estaba dispuesto en la mesa como si se tratara de un cumpleaños íntimo. Pierre nos besó con tres besos a cada una y con la sonrisa de que el mundo es el mejor de los mundos nos apremió a comer. En el aire había algo de extraordinario y casi me olvido de la terrible discusión con mi cuñado.

 

Durante toda la comida se habló de cosas cotidianas, como si los tres hubiéramos hecho un pacto de silencio sobre nuestros propios problemas. Ciertamente en aquellos momentos todo ocurría como si tres buenos amigos se hubieran reunido para celebrar algo positivo y alegre. En cualquier caso esa buena predisposición me calmaba y en el fondo de mi corazón les agradecía todo aquello. Al final de la comida Simone me prometió buscar una habitación para mí, que iría a buscar mis cosas a casa de mi hermana, la tranquilizaría si ello era posible y que en cuanto pudiera, hablaría con las compañeras del coro.

 

Cada uno partió a su trabajo. Limpié la escalera a fondo, con una presteza inusitada. Ese trabajo mecánico me ayudaba a contener todo un mundo que amenazaba con brotar de mi pecho. Cuando llegué al apartamento de Pierre, Simone ya me había traído mis cosas: dos maletas en total. Aprovechando que Pierre aún no había llegado le expliqué la pelea que tuve con mi cuñado y cómo al huir, mientras los chicos intentaban interponerse para evitar una de esas peleas que ya conocían cómo acababan, me libré de una agresión de consecuencias desconocidas para mí.

 

No pude tampoco ocultarle lo que pasó por la noche durmiendo con Pierre a pesar de que Simone me repitió una y otra vez que no era necesario que yo le diera explicaciones, pero me escuchó pacientemente. ¡Bravo! ¡Bienvenida al club! Todas estamos enamoradas de ese maravilloso muchacho. Es el hombre ideal para cualquier mujer y por eso mismo, inalcanzable. Es el verdadero amor de todas las del coro. Cuanto más sepas de él, cuanto más contacto tengas con él más te enamorarás.

 

Yo no comprendía bien aquellas palabras, pero realmente me tranquilizaban porque Simone pareció no sólo no tomárselo a mal, sino que pareció encantada al saber que Pierre me caía bien. No soy nadie –me dijo- para decirte lo que debes hacer con tu vida, pero si eres amiga de Pierre, lo serás también de todas nosotras. Ya te irás dando cuenta que su empatía llega a impregnar el cielo.

 

Cuando llegó Pierre sentí que evidentemente su alegría era contagiosa. Cenamos pronto una simple tortilla francesa con una sopa y por recomendación de Simone nos bebimos dos botellas de Côtes du Rhône. Estuvimos charlando hasta las once.  A pesar de que no fue mucha cantidad, yo me encontraba flotando entre dos amigos y sin darme cuenta nos encontramos los tres en la cama. Simone se sentó sobre mi espalda y me hizo un masaje en los hombros y en el cuero cabelludo.

 

Por el rabillo del ojo vi cómo Pierre se desnudaba y se ponía el pijama. Me gustó verlo desnudo: era como un Apolo, musculado y sin un gramo de grasa. Simone me desnudó a mí. Me sentí observada y un gran placer corrió por mi bajo vientre. Me puso el pijama y sentí cómo se acostaban junto a mí. Uno a cada lado y después de sus cálidos besos de buenas noches entré en el sueño más tranquilo que haya tenido jamás. Me sentí protegida por primera vez en mi vida.

 

Me desperté abrazada a Pierre mientras que una mano de Simone descansaba sobre mi hombro. La cama parecía aún muy ancha para los tres. Retiré mi abrazo a Pierre con suavidad y me giré dándole la cara a Simone. Mis labios casi rozaban los suyos y la besé. No fue un beso fingido como los del Monasterio, puse en sus labios toda la  pasión acumulada durante toda la noche. Ella se despertó y me besó a su vez, deslizando sus dedos por encima de mi sien. Se levantó y fue a preparar el café. Mientras se calentaba el café la abracé. Junto a la cafetera la volví a besar. Eran besos desconocidos, voluntarios y libres.

 

La subida del café despertó a Pierre que saltó de la cama y se desnudó ante nosotras sin ningún reparo. Entró en la ducha mientras Simone y yo sonreíamos. Después de tomar el café Pierre salió disparado porque llegaba tarde al taller. Simone y yo, al quedarnos solas preparamos un almuerzo de aquellos expresamente largos para poder charlar.

 

Anne

 

Cierta noche cenamos en Châtelet Simone, Felisa, Anne y yo. Lo pasamos en grande, bien cotilleando, bien explicando chistes de todos los colores. Simone y Felisa se fueron en su auto antes que nosotras. A pesar de la lluvia Anne y yo decidimos ir paseando por la Rive Droite hacia la Porte de Charenton. Bajo el paraguas, abrazadas, caminábamos pensando cada una en ese momento en que nada importa excepto el respirar el aire de la noche y sentir un corazón gemelo dispuesto a amar y ser amado.

 

Simone me había explicado que Anne fue violada y desde entonces no ha vuelto a tratar con hombres excepto con Pierre. No los soporta ni para charlar. El olor de los hombres –le contó en una ocasión- le producía náuseas. Sólo los masajes de Pierre le hacían olvidar su odio al sexo masculino. Cuando llegamos a su apartamento en Charenton-le-pont me invitó a quedarme a dormir. Acepté encantada. Llamé a Pierre y le dije que no me esperara.

 

El apartamento de Anne era aún más pequeño que el de Pierre. Era prácticamente una habitación con ducha y lavabo. Las letrinas se hallaban afuera en el pasillo y eran comunes. Tenía un armario lleno hasta el techo de cosas, la cama era muy elevada; debajo tenía varios contenedores cargados de libros. Una mesa de escritorio, llena de libros amontonados demostraban un cierto descuido propio de las personas solitarias.

 

Se desnudó y se metió en la cama y me invitó a hacer lo mismo. Yo conocía bien esas circunstancias, habituales en el Monasterio, pero no más que en otros colectivos donde la abstinencia sexual es muy fuerte como entre marineros. Hice lo que me indicaba. Me cedió el sitio del rincón, junto a la pared. Una pregunta intentaba una y otra vez salir de mi pecho: saber si había hecho el amor con Pierre. Finalmente se lo pregunté. Se asombró muchísimo diciéndome:

 

¿Te acuestas con él y aún no has descubierto que es impotente?  ¿Cómo es posible? Pierre tuvo un accidente y desde entonces no tiene erecciones –continuó explicándome-, pero el carácter también le cambió. Su libido se volvió inagotable, su deseo de almas femeninas era tan fuerte como la apetencia de sus cuerpos.

 

Con una naturalidad propia de un ser extraordinario, de un ser que conoce a fondo nuestras necesidades, nos masajea a todas y nos trata como a princesas, a veces llega hasta saciarnos con su lengua. Es como una compañera atenta, dotado de una amabilidad amatoria sin límites. A veces, como un confesor nos escucha –sabe hacerlo- y apacigua nuestra ansiedad y elimina nuestras agresividades, odios o celos. Pierre es como una institución a la que todas nos hemos entregado.

 

Aquella noche fue larguísima. De vez en cuando me despertaba y comprobaba que los brazos que rodeaban mi cuerpo eran como de plata femenina: frescos y delicados, necesitados de un corazón caliente como el mío, pero en aquellos momentos no pude sacarme de la cabeza esa característica de Pierre. Las palabras de Simone advirtiéndome retumbaban en mi cabeza: "Cuanto más sepas de él, cuanto más contacto tengas con él más te enamorarás".

 

Ardía en deseos de volver a ver a Pierre. Madrugué y fui al bar de siempre a tomar el café para verle los ojos, su sonrisa, su moderado buen humor y cuanto más pensaba en él más me encendía. Simone tenía razón. Cuando llegó al bar, hacía ya cinco minutos que yo estaba allí. Se sorprendió de verme, pero como de costumbre me besó tiernamente.

 

La conversación giró alrededor del empleo parcial que Anne me había encontrado en la cocina de un restaurant, del apartamento que me habían prometido que estaría libre a principios de mes, y, que todas las chicas se portaban muy bien conmigo. Nos despedimos con la natural intención de comer al mediodía él, Simone y yo; y, quizá también vendría Felisa.

 

A las 14.00 h. en punto Pierre apareció con su habitual apetito. Simone, Felisa y yo teníamos a punto la mesa. ¡Esto ya tiene toda la pinta de una fiesta! –exclamó Pierre-. En efecto, celebramos que Sylvia tiene trabajo y ya se ha firmado el contrato de alquiler de su apartamento –dijo Simone-; hemos tenido que avalarle Felisa y yo, pero por 650 € al mes resolveremos un problema de espacio. Fue una comida alegre como otras y con el entusiasmo propio de la situación. Simone y Felisa me regalaron una agenda y un teléfono móvil de última generación. Pierre me dio un libro de Sartre: "El Muro". Me sentí feliz.

 

Por la tarde, mientras limpiaba la escalera mi corazón se aceleraba impaciente, soñando por momentos con una noche de amor junto a Pierre y por momentos se alzaba en mi cabeza el sentimiento de otra realidad menos romántica. Cuando llegó Pierre al apartamento yo estaba temblando como un flan. Él lo notó de inmediato y trató de calmarme, pero no fue hasta el momento de ir a la cama cuando él se desnudó y me desnudó lentamente. Me besó durante toda la noche como nunca un hombre me había besado. Fue una noche de amor como había soñado aunque en algún momento mi mano comprobó la flacidez de sus genitales como me había apuntado Anne.

 

Las tres noches que aún dormí con Pierre antes de trasladarme a mi nuevo hogar fueron de una ternura maravillosa. No cruzamos ni una palabra sobre nosotros, ni sobre el futuro, ni sobre sueños posibles. Los dos sabíamos cuál era la situación y fue entonces que comprendí que también Pierre había cruzado las puertas de su propio Monasterio. Me había enamorado de él como las demás y me agradaba ese cosquilleo en mi alma y el revoloteo de mariposas en el vientre. 

Cap. 3 de LAS PERTAS DEL MONASTERIO ( www.homeo-psycho.de )

Sylvia M. Folch

CUANDO LA ESPERANZA SUPERA AL MIEDO ( www.homeo-psycho.de ) (clicar en la foto para ampliar)

  

TRANVIAS Y CEREZAS EN STETTIN

 

Viajar a Stettin buscando el mar

es como volver a la infancia;

incluso lo que debería haber sucedido

hace tiempo, solamente

ahora se produce…

 

Pero vi en la calle cuatro viejecitas

 

como un montón de huesos llorosos

echados debajo de los delantales

de su última esperanza.

En el suelo no había para vender

más que un puñado de setas, flores y

 

arándanos negros recién cogidos.

 

Sentadas en unas minúsculas sillas

junto a una modesta frutería

eran miradas

con el compasivo espanto

del ser amenazado por

 

algo que va a suceder prematuramente,

 

se esforzaban en hacer sombra

a los frescos productos de la tierra

con la pantalla de sus manos

para que el sol no los calentara demasiado,

como retrasando algunas horas

 

el nacimiento de una diminuta crisálida.

 

Y cuando acaso alguna vez alzaran los ojos

hacia los transeúntes,

su mirada esperanzada

acosaba hasta el delirio.

Pero en verdad los transeúntes sólo transitaban,

 

Así que de nuevo estaban sólo ellas

 

a quiénes, de pronto, sacudió la explosión

de las avispas que, como una nube de polvo,

se habían levantado nerviosas

al remover las cerezas de su cajón.

Y quietas como estaban,

 

familiarizadas con las injusticias ancestrales,

 

traicionadas, y sin embargo,

echándose la culpa en cierto modo,

no alcanzaban, ni siquiera a través de los demás,

a seguir el ardiente vuelo amarillo

de un puñado de insectos.

 

Su miedo era muy inferior al de su esperanza.

                                               Elisa R. Bach