29 oct. 2016

La visión de Clementine es un concepto elaborado desde la experiencia vivida en la comodidad de algodón


LA OPINIÓN DE CLEMENTINE

Clementine dice que no hay que apresurarse a morir
pero tampoco hay que temer a la muerte. Dice que es como dormir y dormir es algo que siempre ha estado deseando hacer al final de un largo día. El problema se plantea en el momento de despertarse después de ese largo sueño momento en el que el despiste es total y la memoria ha de quedar aletargada durante un tiempo indefinido.

En ese periodo hay que admitir
que es necesario relacionarse con numerosas almas, reconocer que es preciso cambiar el leguaje, convertirlo en amable, olvidando todo rastro de violencia o agresividad…, en fin… seguir existiendo.

La visión de Clementine es un concepto
elaborado desde la experiencia vivida en la comodidad de algodón de esta Casa de Huéspedes, pero lo que llena de esperanza a todos aquellos que, rezagados, dudan de sí mismos, es el escrito que ella dejó a modo de despedida a un compañero también funcionario del ayuntamiento:

Mientras tú me recuerdes,
tan sólo estaré ausente,
y continuaré en silencio
cuidando tus paisajes:

Estaré entre las caléndulas en primavera,
entre el cólquico en otoño,
entre la ventisca de fina lluvia en invierno,
entre las olas de los campos de trigo

que juegan con el aire
y sus arrugas en verano.
Si tú piensas en mí
allí estaré contigo.

                                                                             Johann R. Bach

28 oct. 2016

Da finalmente con el saco de dormir azul marino -su color preferido-


LA NOCHE DE NIKO EL MARINO FELIZ

Alcanzada ya la medianoche,
las olas invaden el puerto, Niko, paseando lentamente por los muelles, regresa tambaleándose a su litera.

A oscuras va tanteando
con las manos delante, como un ciego, paredes, mobiliario, interruptores de luz, que va pulsando, encendiendo y apagando, como si todo eso no estuviera todavía grabado en su memoria.

Da finalmente
con el saco de dormir azul marino -su color preferido- y fuerte olor a jabón en polvo. El mar sigue embravecido y silba el viento por encima de la botavara.

Se desliza junto al cuerpo tibio de la mujer dormida.
El camarote de proa es amplio y ella no se despierta o simula que duerme. La escotilla está cerrada y el frío de la noche acecha afuera en la cubierta.

Se abandona,
en parte por el efecto del aguardiente, en parte porque no tiene deudas, libre de ser ese que ha sido, sin preocupaciones, sin nadie a quién dar explicaciones, y reclina su sien sobre la almohada sin fin del Universo.

                                                                                      Johann R. Bach

Algunos movimientos telúricos despertaban a perezosos volcanes supuestamente apagados


LAIA ARQUITECTA DE ALGODÓN

No había en la Tierra lugar para grandes teoremas.
El mundo se movía en minúsculas implantando el café para todos, dando pábulo a estratagemas de trileros como regla de modernidad.

Algunos movimientos telúricos
despertaban a perezosos volcanes supuestamente apagados y ponían acento al desconcierto general. La lava se extendía por las laderas fundiendo el hielo acumulado durante siglos.

Laia, arquitecta de algodón,
contra viento y marea, aconsejaba a los caldereros dulcificar el hierro, a los encofradores sonreír antes de que fraguase el cemento mientras ella, simpática rosa naíf, en el cuenco de la mano recogía estrellas vacilantes.

                                                                                        Johann R. Bach


27 oct. 2016

“Me resulta difícil ver a Dios si no es en el espejo”


EL DELIRIO NAPOLEÓNICO

A Nikita no le gustaba su nombre
porque le parecía poco apropiado para un hombre y su carácter se fue agriando cada año tras año y su comportamiento irascible y cruel con su mujer fue la causa de su internamiento. Entre las anécdotas recogidas por Ermessenda se hallaba un intento de fuga.

Aprovechando que había una ventana abierta
para evacuar el vaho del agua caliente de la ducha, saltó al exterior del edificio a pesar de estar a una altura de más de siete metros. Sólo a un loco se le podía ocurrir escapar desnudo y descalzo pues había nevado y la temperatura era de unos cuantos grados bajo cero. Echó a correr, escaló el muro que rodeaba el hospital, saltó a la calle y a grandes zancadas se alejó calle abajo pisando el paisaje nevado.

Rápidamente comenzó la batida
de los loqueros como en una cacería. Cuando le dieron alcance se necesitó una decena de robustos funcionarios para reducirlo. Su fuerza era descomunal y su figura era la de un dios griego. Sin embargo, por su cuerpo no había ni rastro de cualquier impulso sexual: en lugar de verga sólo un apéndice parecido a un cacahuete indicaba su funcionalidad urinaria. Su enajenación mental era total y la ausencia de preocupaciones humanas le libraba de toda enfermedad. No atrapaba ni un simple resfriado.

Ese episodio parece darle la razón a Hector
en su apreciación de que en el interior de Nikita no había más que una máquina: estaba muerto y no lo sabía. Había encontrado en el manicomio su Casa de Huéspedes, su permanencia irreversible, a pensión completa, a perpetuidad.

En otro informe,
Ermessenda se sorprendía del delirio de Hector que, incluso en sus momentos lúcidos, seguía afirmando que era Napoleón. En cierta ocasión escribió a una de sus hijas: "Mi mujer es Brigitte Bardot, actriz de cine. Yo soy Napoleón y guardián de Francia. Yo he civilizado el mundo con mi obra maestra el Código Civil. Soy el hombre más rico de París, el más fuerte y el que domina la psiquiatría. Todo me ha salido en la vida perfecta y maravillosamente".

Poco después de escribir aquella carta
se le preguntó si había llegado a ver a Dios. A lo que él respondió: "Me resulta difícil ver a Dios si no es en el espejo". Y sobre su mujer dijo: "Mi mujer siempre me ha obedecido. Le permití estar con otros hombres porque no podía pasar sin ello". Después de aquel episodio no hubo más referencias a Brigitte Bardot, pero si muchas a ser Napoleón un dios en la Tierra. Cuando su hija mayor supo de su delirio, comentó: "Siempre quiso ser alguien, y mejor que los demás, pero no era suficientemente agresivo".

El informe de Ermessenda acababa con una pregunta:
¿Es posible que Hector sepa que, en algunos casos, se pueda regresar a una vida "normal" después de haber pasado por la Casa de Huéspedes?

                                                                                 Johann R. Bach

26 oct. 2016

Hector era contumaz como él solo a la hora de afirmar que era Napoleón.


EN LOS JARDINES DE VERSALLES

Me hice famosa
con la exposición de "Los Tres Napoleones". Fue una muestra mixta de pintura y literatura en la que yo no llegué a conocer a Ermessenda la autora de aquellos textos que acompañaron a mis dibujos.

Aquellas descripciones
junto a mis cuadros correspondían exactamente a los individuos que yo había dibujado. Eran las suyas, descripciones auténticamente geométricas que orlaban con sencillez y finura mi obra.

Cuando acepté ir a dibujar al Hospital
no sospechaba en absoluto el tipo de encargo que me esperaba, pero la remuneración era sustanciosa y yo necesitaba dinero para poder pagar la pensión en la que me alojaba.

El encargo consistía en dibujar los perfiles y gestos
de los llamados "Tres Napoleones", tres personas que afirmaban ser Napoleón. Lo curioso del caso es que a alguien se le ocurriera meterlos en el mismo pabellón. Habían sido trasladados desde establecimientos hospitalarios distintos y se les habían asignado camas contiguas, una mesa compartida en el segundo turno del comedor y el mismo turno de trabajo en la lavandería.

Comencé a dibujar sus expresiones
con una mezcla de emociones: con curiosidad y aprensión, con la esperanza secreta de descubrir alguna cosa oculta en sus cabezas. La habitación en la que nos encontrábamos era una antecámara rectangular, de altos techos, anexa a la sala de recreo, una de las varias en las que los pacientes recibían habitualmente a las visitas.

Alineadas contra las paredes desnudas
había una docena, más o menos, de pesadas sillas de madera de respaldo recto y una mesa haciendo juego, también de madera, que habían desplazado hasta allí desde el centro del cuarto para ganar espacio. Por las dos ventanas sin persianas, cuya parte inferior podía abrirse un poco para ventilar, se veía un camino asfaltado bordeado de cerezos que recorría, de un extremo al otro, los terrenos del Hospital. Al otro lado de la calle, se alzaba otro edificio de ladrillo rojo que era una imagen simétrica del pabellón donde nos encontrábamos.

Yo ignoraba
que Ermessenda era la encargada de hacer sus descripciones para completar el expediente donde se pretendía hacer un estudio de ese fenómeno que hace que una persona crea que es Napoleón. Por eso cuando vi sus textos junto a mis cuadros en la exposición no me cupo duda de que la narradora era una persona extraordinaria.

Primer retrato: Igor

Igor tenía cincuenta y ocho años
y llevaba hospitalizado casi cuatro lustros. De altura media y complexión también media, calvo y sin la mitad de los dientes, tenía cierto aire pícaro y daba la sensación de una persona fácilmente excitable. Tal vez se debiera, además de una amplia sonrisa, al hecho de que llevase la camisa y los bolsillos de los pantalones llenos a rebosar de las más variopintas pertenencias: gafas de sol, libros, revistas, cartas, trapos colgando (que utilizaba como pañuelos), papel de fumar, tabaco para liar, lápices y bolígrafos como si tuviera la necesidad de tenerlo todo a mano, disponible en todo momento.

Cuando se le preguntaba
cómo se llamaba contestaba Igor Dupont. Pero a continuación decía que ese era su sobrenombre porque el verdadero era Napoleón.

Segundo retrato: Nikita

Nikita tenía setenta años
y llevaba casi una década hospitalizado. Medía casi dos metros y en sus manos se delataba la acromegalia y, a pesar de haber perdido casi toda la dentadura, afirmaba, cuando se le preguntaba, que estaba muy bien de salud; y en verdad lo estaba: la enajenación mental le libraba del desgaste de cualquier preocupación. Hablaba confusamente, en voz baja, cavernosa, resonante debido a la enorme bóveda de su paladar. Se le entendía muy mal.

-Me llamo Nikita Vilar –repetía a menudo. Ese es el nombre.

Cuando se le preguntaba si tenía otros nombres contestaba con prontitud: "tengo otros, pero este es el que corresponde a mi lado vital y yo creé a Napoleón III y mucho antes a Luis XIV.

-¡Eso quiere decir que en la actualidad usted es Napoleón III?

Yo creé a Napoleón III, sí.
Lo creé ya crecidito; es decir, con setenta años. ¡Por todos los diablos! He superado los setenta y nada me indica que mi salud se vaya a deteriorar en los próximos diez años…

Tercer retrato: Hector

Hector Duval era de los tres
el que más se parecía a la figura física de Napoleón. Tenía treinta y ocho años y había ingresado en un establecimiento siquiátrico del norte de Francia hacía cinco años. Más bien bajo y voluminoso, de aspecto ascético siempre con una expresión arrebatada de fervor militar, caminaba en silencio con la cabeza erguida, muy digno.

A menudo extendía los dedos
y juntaba las manos: con las palmas hacia arriba, una descansada sobre la otra y a veces colocaba la mano derecha sobre su vientre. Había leído en alguna parte que tapándose el ombligo con la mano se ahorraba energía y tomaba ciertamente un aire napoleónico. Cuando se sentaba, se mantenía muy derecho y miraba con fijeza como si estuviera sobre un caballo. Su figura, con chaqueta azul y botones dorados, era imponente. Cunado hablaba, se expresaba con claridad, sin vacilaciones y a menudo con elocuencia.

Hector Duval rechazaba con vigor su nombre,
del que decía que era un engaño: si alguien lo utilizaba para dirigirse a él, se negaba a colaborar o tener nada que ver con su interlocutor. No había más remedio que llamarle Napoleón si se quería de él una actitud positiva. Todos le llamaban Napoleón al entablar una conversación con él. Así también saludaba a todos y acostumbraba a añadir que saludaba la virilidad de Napoleón porque la viña era Napoleón y también la piedra, correspondientes al pene y los testículos.

No desperdiciaba la mínima ocasión
para decir que lo habían despachado a aquel encierro antes de que naciera y esa era la causa por la que estaba confinado en aquel manicomio. Decía que quería ser él mismo. No consiento –afirmaba- que "ellos" utilicen mal la frecuencia de mi vida. Se refería a "ellos" a aquellos hombres que practicaban la imposición del engaño.

Hector era contumaz como él solo
a la hora de afirmar que era Napoleón. Decía que era la reencarnación de Napoleón. "No lo entiendo –se quejaba. Yo sé quién soy. Soy Napoleón y si no lo fuese nunca diría nada parecido, pero, a veces, prefiero callarme. Sé que esto es un manicomio y que hay que tener cuidado. Estoy trabajando en mi redención. Y espero con paciencia y sosiego, porque lo que me ha sido prometido sé que va a cumplirse". 

Mientras dibujaba
a aquellos personajes mi imaginación volaba imaginando largos paseos por los Jardines de Versalles. Pero cuando leí los textos de Ermessenda comprendí realmente la percepción que cada uno de ellos tenía de los demás. En efecto, cuando se le preguntaba a Hector por la pretensión de Nikita y/o de Igor contestaba: “No están realmente vivos. Hablan las máquinas que hay en ellos. Quítenles esas máquinas y ya no dirán nada. No puedes matar a los que llevan máquinas. Ya están muertos”.

                                                                                   Johann R. Bach

23 oct. 2016

Los hombres –me parece a mí-, en su mayoría, para ser soportables tienen que haber llegado a la edad madura


PALADEANDO PALABRAS

-Y tú Clementine ¿viviste siempre en París?

-Así es Ermessenda.
Siendo aún demasiado joven para casarme, aprobé unas sencillas oposiciones y entré a trabajar en "La Mairie de París". Mi vida de funcionaria fue siempre muy aburrida:

Cuántas horas… horas inmóviles
me había quedado a la orilla del Sena viendo el gris dorado de las aguas veteadas de reflejos, el paseo de algún "bateau mouche", las variaciones leves de la luz sobre el "Pont de La Concorde" y las formas de las nubes que pasaban por detrás de la catedral de Nôtre Dame.

Ya entonces era la que miraba
el transcurrir ajeno de la vida.

Sin embargo, nunca me quejé de mi suerte;
más bien pensaba que mi vida podría haberme ido peor. Mientras vivió mi marido –el único amante que he tenido- no había diferencia entre ser y vivir, entre amar y ser amada.

-¿Te sentiste feliz junto a él?

-Los recuerdos quedan ya muy lejanos.
En mi mente siguen, no obstante, las noches en que él se adormecía con su verga en mi mano. La removía una y otra vez cuando su erección se venía abajo, pues a mí me volvía loca sentir cómo crecía y crecía con el contacto de mis dedos.

-¿No pensaste en volverte a casar?

-No. Los hombres –me parece a mí-,
en su mayoría, para ser soportables tienen que haber llegado a la edad madura, edad en la que el dolor de cervicales signo de fracaso ya los ha civilizado un poco.

Durante años pensé
que yo estaría algún día amortizada también, tan amortizada como tú, de otros comida, en esa trampa donde al fin, cogida, a contraluz me clavara no sé quién.

Pero… ya lo ves… Heme aquí,
en esta Casa de Huéspedes, paladeando estas palabras como sorbos del agua más dulce y transparente, dejándolas fluir en la garganta y ver con sumo placer cómo tú las dibujas sobre la blancura del papel.
                                                                                   J. R. Bach