31 ago. 2012

Cap. 5 de "LAS PUERTAS DEL MONASTERIO": Próxima Centauri: Una estrella triple ( www.homeo-psycho.de )

                              DENTRO DE UNA ESTRELLA TRIPLE

 

Bastó una única hoja de una carta de amor

escondida entre tus viejos libros de oraciones

como la mecha que prende

el paquete de dinamita. Tu corazón

estalló. Risas y lágrimas cubrieron tu rostro.

 

De repente cobraste ánimos y fuerza centrífuga

 

Tu pensamiento –te dijiste- puede llenar el mundo.

Sentiste cómo nace la carne informe,

cómo el azar que se entremezcla

con la esperanza de vida, espera.

De pronto los astros sollozaron contigo

 

y la luz empezó a despedazar su boca lentamente,

 

lo aparentemente discontinuo se grababa,

también dejaba paquetes de sonidos

y al pasar el horizonte excavó el cielo,

enterró grises y amenazadoras nubes.

Los colores repetían dimensiones que

 

no eran pensadas por tu cerebro transparente,

 

cristalizaban en el ámbito espectral de las estrellas,

en sus centros candentes;

y, la cicatriz de tu vacuna

que aquella vez en la antesala… se reabrió.

Aquella mujer que fuiste, y renació

 

mientras el mundo sea mundo,

 

no dejará de dar saltitos

sobre uno y otro pie, para calentarse…

Así saltará también tu libertad

entre los espacios de la triple estrella Próxima Centauri; y,

el Monasterio no ha sido más que un diminuto rincón

 

donde , entre envidias, celos y torturas,

 

has acumulado pensamientos

sin saber a quién atribuir la victoria,

y mientras tanto sientes qué sola estás,

separada por la cara muda de las puertas

de las que escaparás llevando contigo

 

una única hoja de una carta de amor.

                                          Sylvia M. Folch

 

En la cocina del restaurante trabajaban cinco personas sin contarme yo. Me recibieron con amabilidad y con un cierto entusiasmo por la novedad.

 

Hector,

el cocinero de la noche, era delgado, con una ligera calvicie situada sobre las sienes, el labio inferior algo belfo, la nariz chata como la de un boxeador y unos ojos saltones parecía un personaje escapado de un cómic. Se movía sin parar. Sus manos tenían un ritmo que se mezclaba con los alimentos, y en los espacios muertos agarraba los pantalones como si quisiera subírselos, pero en realidad no le caían; era puro tic. Era inglés y tartamudeaba el francés al ritmo de sus manos. Aprovechando esos movimientos, a veces nos cogía por las caderas, pero nadie le hacía caso porque sabíamos que era inofensivo.

 

Siempre llevaba puestos unos auriculares que –según confesaba- le ayudaban a aislarse mediante la inmersión en un auténtico baño maría de música vaporosa. La cocinera jefa, Elena, solía decir de él que lo que le pasaba era que estaba "majareta". En su boca eso era una auténtica descripción del personaje. Al principio no entendí esa palabra. La busqué en el diccionario español-francés. Me dio un ataque de risa cuando encontré que significaba la tête pouding (¡cabeza temblona como un flan! para expresar chiflado, loco).

 

Marco,

 

El cocinero del mediodía era todo lo contrario: leucoflemático (blanco como la tiza y lento hasta al parpadear) con la cabeza exageradamente grande, era como un niño: serio y preocupón. Su calvicie se situaba casi exclusivamente en la coronilla, tenía exceso de peso y sus ojos eran negros y asustadizos como los de un caballo.

 

Se quejaba continuamente de que no tenía pareja y decía que su sueño era tener un restaurante propio. Era colombiano y su especialidad eran las salsas y los postres exóticos. Era lento en sus movimientos y en su discurrir. Solía decir que había nacido con mala estrella y creía que los astros le eran adversos. Veía la vida con un poco de tristeza.

 

Era más bien callado y no hablaba fácilmente de sus cosas aunque no perdía ocasión para explicar cómo se fugó de casa cuando tenía catorce años y le gustaba especialmente repetir esa historia cuando llevaba algún vaso de vino de más en el cuerpo.

 

Perseguía continuamente con propuestas amorosas a

 

María,

 

de origen uruguayo, muy delgada, de cara aniñada y con una voz infantil que demostraba una clara deficiencia hipofisiaria. Se esforzaba por ser alegre bajo la capa de ese positivismo absurdo que se niega a admitir la tristeza, el mal humor o simplemente la desgracia de muchas situaciones.

 

Elena,

 

era la cocinera jefa. Todo en ella era negro: los ojos, la piel, el pelo. Estaba aquejada de un sobrepeso importante que le castigaba las rodillas y la espalda. Tenía muy buen carácter y su válvula de escape era el futbol.

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A veces al salir del restaurante, pasada ya la medianoche, extrañamente, me viene a la memoria la figura de mi padre. Siempre insistió en aconsejarme que no trabajara nunca de pastelera,  peluquera o tabernera. En cierta ocasión le pregunté el porqué de aquel consejo y su respuesta nunca se me olvidó: "porque esas profesiones libran siempre en lunes". Es decir, en aquellos tiempos trabajar en domingo era poco menos que una desgracia.

 

A esas horas de la madrugada el sonido de las ruedas sobre el asfalto produce un rumor típico literario que mezclado con el aire fresco me hace sentir una sensación de una cierta paz. A veces, con el mal tiempo, la lluvia y el olor de los neumáticos se mezcla con la música de los motores –algo desconocido en el Monasterio- y me parece que el futuro es un pensamiento humano y necesario.

 

A veces, en ese corto paseo de madrugada, me acompaña Elena durante un pequeño tramo por la Rue de París en dirección aguas abajo. Cuando el silencio se abre paso entre nosotras, yo observo todos aquellos coches, abandonados, imaginando todas sus vidas posibles. No me es indiferente saber que una imagen está llena de rutas, rutas que, en el caso de los coches, conducen a un mismo destino: una enorme grúa atrapará tarde o temprano todos aquellos autos y los convertirá en pequeños cubos metálicos con un tímido gesto de desprecio.

 

Otras veces nos sentamos en la única mesa que hay en el exterior del restaurante a modo de publicidad o reclamo y algún transeúnte, al pasar, pensará que somos clientas del Bistro de Charenton y que estamos haciendo la última copa del día. Sentadas con las manos en las rodillas…¿no es eso una forma de volver al principio? No hablo de historia sino de los hechos construidos como pequeñas figuras de papel, que duran lo que dura el acto mismo de mirar. A Elena le gusta mirar como con cierta destreza papirofléxica construyo barcos y aviones con las servilletas de papel. En esos momentos recuerda su infancia y se siente feliz.

 

La Rue de París cambia de nombre pasando a denominarse Rue de Charenton y constituye una ruta alternativa para alcanzar La Place de Châtelet. A las dos, mientras estamos sentadas, nos gusta ver pasar los taxis como mensajes en un extraño código de morse. Pienso en Daniel, a quien no veré hasta el domingo. Pienso que me despertará con tres timbrazos. Hacia las nueve de la mañana empezará a besarme todo el cuerpo con la sensación de que no le bastarán las dos horas que podremos estar juntos. Libro los lunes.

Cap 5 de "LAS PUERTAS DEL MONASTERIO" (Cont.) ( www.homeo-psycho.de )

                                                      PIGMALIÓN Y SU ESTATUA

 

EL VOLUPTUOSO DANIEL (Poema)

 

Ayer los vi detenerse ante la puerta bajo la ventana; serían las siete; Daniel acompañaba a Georgina. Tenía el aspecto de Elpenor, un poco antes de caer y matarse, pero no estaba ebrio de alcohol. Hablaba con rapidez y ella miraba con impaciencia hacia la ventana buscando mis ojos; le interrumpía a veces para decirle algo que yo no podía oír.

Comprobó que yo les observaba. Entonces le besó. Él murmuraba algo mostrando un libro en la mano mientras la acariciaba con la otra.

 

Luego subieron, me besaron, con ojos interrogativos esperaban que los reprendiera por alguna causa de celos. Yo les dije: "escuchad esto…" (Era la Serenata de Hayden). "A la luz de la luna las estatuas se doblan a veces como el junco entre los frutos vivos…" "Las estatuas como estas que tenemos en casa y la llama que quema al hombre se vuelven frescas adelfas…" "la llama que nos quema también a todas las del coro, quiero decir…"

 

Fue la luz… sombras de la noche… quizá aquella noche abierta, granada azul, con oscuros senos, nos llenó de estrellas sobre las alfombras, cortando el tiempo, y sin embargo las estatuas en aquella noche no se doblaron, dividiendo el deseo en dos, como las amebas antes de intercambiar su núcleo.

 

Y la llama se volvió beso en los miembros y sollozos y después tierna hoja que arrastra el viento. No se doblaron como a veces hacen y no se volvieron ligeras con un peso humano. Agotadas nuestras salivas hasta el punto de que nuestros labios secos parecían ventosas, yo no quería olvidar aquella noche. Daniel había caído en el sopor de Elpenor y sus fuerzas se habían agotado como semillas que no germinarán. Había tomado el derrotero de los hombres que quieren más sexo del que tienen y pueden. El abrazo con Georgina intercambiando nuestros deseos como núcleos de amebas fue el final como una secuencia interminable.

…………………………………………..               Sylvia M. Folch   

 

Librar los lunes

 

El domingo por la noche, Georgina me viene a recoger a la salida del restaurante con su Peugeot. Antes de subir a su apartamento solemos tomar un cointreau con hielo. Sentadas en alguna terraza de Montparnase nos burlamos secretamente de los jóvenes que maliciosamente intentan acercarse a nosotras. A mí, me ha encendido Daniel por la mañana; a Georgina la encendió el sábado por la tarde.

 

Los lunes por la mañana Georgina y yo nos quedamos retozando en la cama hasta el mediodía. Después de un largo periodo de desperezamiento nos arreglamos como si fuera domingo y buscamos algún restaurant de esos que no cierran ese día. Por la tarde paseamos junto al Sena y soñamos cogidas de la mano.

 

 Hacia las ocho tenemos ensayo en el coro. Después es muy posible que cenemos con Pierre y Simone; nosotras no tendremos prisa hasta las diez de la mañana del martes, pero el madrugador  Pierre  nos habrá abandonado a las siete.

Cap. 5 de "LAS PUERTAS DEL MONASTERIO" (Cont.) ( www.homeo-psycho.de )

                                                                             Violín y Besos

                    VIOLÍN Y BESOS

 

¿Quién entra?¿Tan sigilosamente?

Es el Ladrón de mis Sueños

-te respondías lacónicamente-

que, con la arrogancia de un Paracelso

espera inmóvil a que ordene las cartas y

 

los papeles que acabo de colocar en la mesa.

 

Era él como un hombre que entra

hasta el fondo sin ser visto,

sólo las hojas de las plantas de la cocina

captaban su olor masculino. Recuerda como

las manos de tu antigua soledad temblaban

 

contra el cielo que querrían sostener.

 

A veces era de miedo

y se elevaba entonces en el silencio

una plegaria. ¡Qué fervor!

En aquellos momentos podrías haberte vuelto,

bruscamente, y ver que

 

algún pájaro en forma de hombre se echaba a volar

 

con un manuscrito o un libro bajo el brazo,

pero no se le hubiera podido detener.

¡Ah! Cómo se fijó en tu ADN

aquel ruido suave… cómo poco a poco

llenaba la habitación

 

enrojecida por la calefacción;

 

pero otro fuego ardía en tu pecho.

Cuando abrió completamente los brazos

te faltó tiempo para arrojarte en ellos

y sentir una y otra vez cómo su acento

subía y subía por tu vientre.

 

A pesar de tu desconfianza sentías un gran placer

 

cuando veías llegar a aquel Ladrón de tus Sueños

y lo veías trepar por la estrecha escala de barco

y alcanzaba tu refugio.

Al comienzo fue allá arriba

una solera de madera clara

 

y minúscula como un nido.

 

Luego debajo mismo (había una mesa camilla,

una lámpara de lectura, dos sencillos sillones

por testigos guardando las ropas). Entre cojines

junto a un pequeño sofá

bebiste de su cántaro una sola vez.

 

Claro que, al principio no se le notaban las alas

 

porque las escondía bajo un jersey azul marino

para ir al Bar o a alguna velada mundana.

Allí recitaba versos que había hecho

y luego los escondía en los archivos

secretos de su ordenador:

 

Te los hubiera leído en primavera

aunque eso no pudo ser

hasta la noche de San Juan junto al mar:

La luna miraba los poemas y las buganvillas

escucharon como se intercambiaban

 

las cuerdas del violín con las cuerdas vocales.

                                               Sylvia M. Folch

 

En uno de esos martes, después de que Pierre nos hubiera dejado aparentemente dormidas, Georgina y yo preguntamos a Simone por el tratamiento -o bajo qué prácticas psicológicas- con que lograba pasar meses enteros sin probar una gota de alcohol. "Después de largo rato de caricias de todas clases –nos explicó - Pierre recoge con una cucharilla una pequeña porción del flujo vaginal, lo diluye en medio vaso de vino y me lo da a beber". "Automáticamente me entra una sensación de relajación total difícilmente explicable".

 

"He probado –continuó explicando Simone- hacer lo mismo por mi cuenta y no me ha funcionado". "He pensado si pudiera ser que me diera una droga, pero lo hace todo delante de mí y por otra parte la duración de ese efecto es larguísima y que me hace la mujer más feliz del mundo, sensación que  hasta ahora me fue desconocida".

 

Georgina, aparte de su gran empatía, tiene una imaginación portentosa a la hora de analizar a gente que normalmente parecen ser personas comunes y que finalmente no lo son. Le basta con mirar desde la ventana para descifrar qué ocultan muchos hombres bajo sus abrigos. La necesidad que tiene –y que yo también comparto- de saber la hace más frágil, necesitada como pájaro que se lanza hacia el norte sin haber visto jamás el sur. Yo también me siento así. Creo que es una forma de guardar el equilibrio entre la luz y la sombra, entre uno u otro lado de las puertas del Monasterio.

 

Dentro de ese coche aparcado, por ejemplo –nos dice Georgina-, hay una mujer que se mira las manos. Simone y yo sólo vemos que hay una mujer. Se mira las manos –continua- y se las encuentra desnudas, las lleva enjoyadas, pero no tiene bastante oro en ellas. En su cuello también brilla un collar probablemente hecho de iridio, platino, rodio u otro metal precioso, pero a juzgar por el modesto coche y el peinado con pelo largo ya pasado de moda, quizá no se trate más que de senecio con un baño de plata. Parece algo mayor que nosotras, por lo que podemos suponer que, de no tratarse de un ser excepcional, sus labios deben estar secos, con menos saliva de la que necesita. Su sed debe tener los mismos años que su ansiedad.

 

No le gusta esperar, porque tiene un conflicto con el tiempo. Sus movimientos indican nerviosismo y la sensación de que algo no va bien, pues la persona esperada se retrasa inexplicablemente. Su alma se consume lentamente de la misma forma que el tabaco quema lentamente las cuerdas vocales o el nitrato de plata desgasta las verrugas. Su inquietud demuestra una fobia que la hará bajar del automóvil para dejar de sentirse encerrada y encenderá un cigarrillo para distraerse.

 

Simone y yo no quedamos estupefactas al ver que, en efecto, la mujer salía del auto y encendía un cigarrillo. ¿Qué hay de nosotras en cada uno de esos gestos que observamos? Frente a nosotras hay árboles que han perdido sus hojas. Desnudos, sus ramas asustadas y débiles se aplican en un ridículo gesto heroico hacia el cielo, pero si este invierno nieva muchas de ellas se combarán hasta quebrar. Con suerte algunas sobrevivirán. Hasta aquí hemos llegado con la observación, pero también interpretando el idioma de las cosas.

30 ago. 2012

DESCUBRIR QUE SE PUEDE ENVEJECER ( www.homeo-psycho.de)

DESCUBRIR QUE SE PUEDE ENVEJECER

 

Tardaste bastantes años en descubrir a Causticum, esa continuidad de palabras de nieve deshaciéndose, ese hilo que une la vejez al niño nunca olvidado.

 

Durante algunos años movedizos te sentiste sedienta como un lobo de plata que bajaba hasta la orilla del Leteo mientras tu padre que sostenía ya la vida con sus manos, frágil como una caña de pescar, hablaba del regreso, hermanaba vejez y juventud, encerraba el futuro en la memoria porque el tiempo es un sendero de montaña que sube hasta la cima y al otro lado no hay nada sino el vacío donde caer.

 

Mira la pared trasera de una casa donde el musgo la confunde con un corazón, observa cómo los ojos empañados, se mueven sobre ella, de un lado a otro,las lágrimas doblan los caminos y vuelves a la estatura de los quince años.

 

Tu mano toca a menudo, suavemente,las llaves prendidas de tu cuello a modo de escapulario, bajas hasta el reflejo de aquellos años, pierdes altura sobre el agua fría de los recuerdos y sus formas. Eso tiene sentido, porque en el lado seco de la luz puede buscarse un soplo de calor, un refugio en la nieve, si las bocas descienden a la vez y se apagan sin duelo al ritmo de una historia.

 

Es imposible que la piel del lago no guarde ni siquiera la marca de un reflejo. No va tu cuerpo a olvidarlo todo, el tiempo compartido en dignidad, las tormentas de octubre y los deshielos de la primavera.

 

Es imposible olvidar los secretos vividos en países nocturnos, los paisajes domésticos de una casa invadida, las sombras blancas de muchas lunas entrando por las ventanas mientras la luz naufraga sobre la madera, el equipaje abierto y el último beso de la primera vez.

 

Te cuesta imaginar cómo vas a vivir eso que los media insisten en que ha de llegar. Sospechas que es un café para todos, pero que cada uno lo saborea a su manera. Será seguramente como permanecer al pie del Lago, los rostros juntos, en una tarde infinita de estrellas.

                                          

                                                                                              Elisa R. Bach

                                                

29 ago. 2012

NO TODO ESTA EN CALMA. Poema de Elisa R. Bach ( www.homeo-psycho.de )

                                                        Poble del Monseny

NO TODO ESTÁ EN CALMA (Poema)

 

A veces, en la cima azulada del Montseny, tiene el cielo este color de hierro ensombrecido. Hoy es un día triste para ti y las caléndulas, pues sientes que las nubes se adentran en tu alma sin motivo aparente. Nadie te molesta y no es esa calma la deseada.

 

Muy temprano han subido los jóvenes excursionistas añadiendo al paisaje más música y color; llevan en sus mochilas cántaros cargados de agua fresca, almendras y melocotones tan jugosos que parecen alimentos de dioses. Son los únicos que te dan los buenos días.

 

Aún duermen los barrancos y un viento suave y silencioso mueve las hojas de los robles y secuoyas de Santa Fe. No sabes lo que te pasa. Algo extraño te inunda el flaco corazón. No todo está en calma.

                                                                                   Elisa R. Bach

28 ago. 2012

UN MAR ANTE UNA TARIMA. Poema original de Elisa R. Bach ( www.homeo-psycho.de )

UN MAR ANTE UNA TARIMA

 

También en Cadaqués las niñas de tu época se hacían mayores de la noche a la mañana. Al parecer, Marta guillamón lo sabía y no podía ni quería impedirlo;

 

no podía volcar un continente líquido llamado Mediterráneo sobre las aún tiernas espaldas de las niñas menores: Ellas estaban comiendo aún su bocadillo en el recreo de las diez. Hubieran creído que la Geografía era falsa, que la maestra Galí les mentía.

 

Marta Guillamón decía que el mar empezaba en Galicia, en el borde del mapa; se extendía, dando la vuelta por el estrecho de Gibraltar, hasta la rocosa península del Cap de Creus donde la tramontana paraba a todos los vientos.

 

Sabes que los más inteligentes y maliciosos esbozarán una sonrisa de superioridad cuando oigan ese descubrimiento, esa sonrisa que les causa el mar inesperadamente marcado por Marta en mitad del viejo mapa pacientemente elaborado por los marineros.

 

Sin embargo -esa sonrisa-, no será tan luminosa como la alegría que sienten ante la tarima reluciente o las filas de olivos o el campo arado detrás de los granados: y eso es el mar. Por eso abandonaste la creación en manos de esos pequeños alumnos todopoderosos.

 

Ahora tú, Maestra de una tierra de membrillos, almendros y olivos te darás por satisfecha si detrás de aquellas niñas de Cadaqués, sobrevive, real y verdaderamente, un puerto. Es verdad: El puerto de Cadaqués no es una tarima imaginaria frente al mar; es un refugio donde la lengua saborea la vocación marinera del Cap de Creus.

                                        Elisa R. Bach

COMO HABER BEBIDO LA CICUTA (Poema original de Elisa R. Bach) www.homeo-psycho.de

COMO HABER BEBIDO LA CICUTA (Poema)

 

Estos últimos días la nieve ha blanqueado las cimas del Montseny y, como si el pico de Les Agudes quisiera seguir la misma suerte meteorológica del Turó de l'Home, cede ante las borrosas nubes que velan la luna. Poderoso se alza el rigor del invierno trepando por los sarmientos de sus piernas.

 

Apoyándose en su bastón y acompañada de su pequeño perro de pelo nevado y rizado, manso como un cordero (y alegre como si para él no existiera el invierno), la veo pasar todos los días. Siento que su andar se hace cada vez más difícil.

 

Después de algunos pasos, se detiene, reanuda la marcha, se detiene de nuevo, mira a su fiel compañero; con párpados caídos ve alegría y juventud fresca en el can. Prosigue su paseo. El dolor y el frío atenaza sus pies: la claudicación intermitente le hace elevar ligeramente sus ojos hacia un cielo de mal presagio.

 

Siente el fragor del viento entre los árboles del bosque y la única distracción en esos tristes paseos es entretenerse rompiendo el frágil hielo de los charcos. La jovial primavera aún tardará en coronar con flores las despejadas ramas de la vegetación de hoja caduca; y, la vida montaña abajo es sólo un recuerdo en la distancia.

 

La imagino pasando lentas horas junto al fuego, dejando a la nostalgia que recorra sus sombras con sus dedos humildes. La imagino frente a un ordenador, escuchando música de Arvo Pärt (Spiegel im Spiegel), evitando, en la medida de lo posible, la opresión cervical signo del peso de su fracaso; la aflicción más intensa, la más sombría languidez.

 

No desea gozar –parece- ninguna compañía, ni frecuentar las fatigantes veladas de asilos o centros de día. Anhela probablemente ese amargo aislamiento, esa difícil soledad que le aleja del mundo y le convierte en un ser resentido, temeroso y ajeno, a quien todo molesta porque todo es hostil y despreciable.

 

No sabe que será de ella, ni como arrostrará en el futuro las miserias y los trabajos de la vida. Morosa le parece la existencia y desconfía de los días que habrán de sucederse; y sin embargo, esa mujer llena de años y cansada belleza, continúa caminando apoyada en su bastón y en su único amigo Coton (1).

                                              Elisa R. Bach
(1) Coton. Tipo de perro de pelo blanco, lanudo y pequeño.

27 ago. 2012

EL DESASOSIEGO DE UN SILBIDO EN LA NOCHE ( www.homeo-psycho.de )

EL DESASOSIEGO DE UN SILBIDO EN LA NOCHE (Poema)

 

Pasaban días de sombra. Lentos trenes hacia la triste existencia del norte de Europa llevaban la fatiga del hastío como alas extendidas sobre las estrechas vías.

 

Al acecho la angustia con su sangrienta gloria callaba, oprimiendo luctuosa los avarientos ojos y el pecho solitario impedía el sueño. Con los climas fríos crecía la incertidumbre, inútil la esperanza, inútiles las quejas del vencido rebelde, el mal que se encona oscuro en las remotas fibras del humano destino.

 

Todo terminaba como siempre, como después de una guerra: en la impaciencia, en un bulto que es presa de la fatalidad, canto real que sube al cielo indiferente. Todo terminaba en el desasosiego de un silbido en la noche.

                                          Elisa R. bach