14 sept. 2012

PACTAR CON LOS SECRETOS MURCIÉLAGOS. Original de Elisa R. Bach ( www.homeo-psycho.de )

                                         EL MURCIÉLAGO

Otra noche más

de insoportable calor en el comedor: las ventanas abiertas de par en par; las persianas bajadas, tu madre parecía furiosa, lo mismo que tu padre. Se había ido la luz y el viejo quinqué no daba para leer ni para coser.

 

Tu hermana hablaba

y hablaba como si hubiera comido quéseyo.

 

El quinqué agrandaba las sombras

y les iluminaba la lengua, parecía que intentaran engullir un sorbo de luz. No lo conseguían. Parecían atragantarse como si se asfixiaran unos a otros.

 

Tu hermano,

a pesar de lo avanzado de la hora, jugaba en la calle con otros grandullones (en catalán la palabra "ganapies" suena más suave) como él.

 

Tú los mirabas

desde el balcón de vez en cuando. No distinguías las palabras de sus gritos lo mismo que en el comedor.

 

En aquel momento

como pájaro de mal agüero entró por la ventana un murciélago. Pero él volaba como si hubiera querido traernos unas estrellas, un pellizco de noche aterciopelada como esa que los gorriones suspiran en sueños.

 

De pronto los adultos callaron.

Tu madre agarró una servilleta de la mesa y se puso a perseguir al murciélago; poco faltó para que el quinqué fuera a parar al suelo.

 

Te encantó

ver a tu madre en esa pose –aunque de nuevo surgiera en ella un punto de agresividad-, la servilleta blanca ondeando en una de sus manos como ave de sólo un ala que no podía volar.

 

En sus grandes ojos

brilló secretamente el deseo de huir en la noche, al fondo de la noche. Entonces tú cogiste otra servilleta y se la pusiste, como segunda ala, al alcance de su otra mano. Pero el murciélago ya se había ido.

 

La conversación comenzó

de nuevo en un tono más alto. Ya no te importaba. Estabas tranquila. Sólo los compadecías.

 

Tú también pactaste

con tus aliados secretos los murciélagos y la segunda ala en los ojos de tu madre.

 

Desde tu habitación oías

a tu padre decir que quería y a tu madre, protestando, que ella no quería.

                                                                    Elisa R. Bach

13 sept. 2012

APOLOGÍA DE SIMONE. ( de la novela "Las Puertas del Monasterio" ) ( www.homeo-psycho.de )

                                  LA APOLOGÍA DE SIMONE

 

No sé si las feministas pueden,

como tal grupo, luchar por destruir toda virtud y todo ideal, todo sueño, toda infancia, pero basta que una feminista como Simone encienda una chispa de vida, para que su feminismo sea para mí un tesoro.

 

A fin de cuentas,

esa forma de pensar, ese altruismo femenino es el que me ha permitido entrar en un coro de voces que me han arropado y me ha dado la oportunidad de una vida espiritual que me colma de satisfacciones.

 

No me importa cuántas mujeres

dentro de un grupo feminista puedan ser de un modo u otro, lo que realmente me interesa es la calidad de Simone, que en definitiva se trata de una persona entregada, cuyo humanismo está fuera de cualquier duda razonable o no, y, su fidelidad frente a sus voces amigas es la mayor garantía de la bondad de su corazón.

 

No rechazaré sus ideas,

no me volveré de espaldas ante ellas a pesar de que a veces se pone pesada, salta de un tema a otro y se emborracha con sus mismas palabras. No les daré a sus adversarias ni el más ínfimo de los argumentos en contra.

 

Me duele ver

como algunos grupos de feministas utilizan conceptos puramente masculinos y juegan con ellos destruyendo cualquier atisbo de reconciliación.

 

Me duele ver

cómo tantas y tantas mujeres no reniegan de la violencia que durante miles de años la condición femenina ha rechazado. Para mí es inconcebible que una muchacha se haga soldado, precisamente en unos momentos en que parecía que los hombres se negaban a guerrear.

 

Me niego a callar

en todos aquellos lugares donde crecen el desorden, la dureza, la falsedad y la ausencia de sensibilidad. Por ese motivo comprendo que muchas mujeres prefieran refugiarse en la pura bondad humana, carente de grupo alguno; en los libros y en los sueños, en la música, lejos de toda colectividad.

 

Y quizás algunos espíritus excéntricos,

aislados del mundo, me comprendan como Simone y entonces habré encontrado otro tesoro.

 

Ya sé, Simone,

que en un principio, de niña, cuando sentías más con la intuición en carne viva que con los libros y con las razones bonitas, las religiosas que conociste te parecieron superficiales, tiesas e insensibles, sin poesía, sin fluidez, sin espontaneidad, sin sinceridad, sin vida.

 

Todas las aquí presentes sabemos,

por lo que tú misma nos has demostrado con tu cariño hacia nosotras, que aquellas monjas, que carecían de esa delicada vitalidad que caracteriza a las personas altruistas, sin ese viento insurrecto que traspasa hasta los pulmones, sin esa disposición para sentir hasta el fondo del alma en medio de la vida y sin aferrarse a nada, sin esa capacidad de desnudarse frente a uno mismo, completamente entregado al interior, sin ese sentir sutil, discreto, frágil, no pudieron adormecer tu alma

 

Quisiste ver en el extremo contrario

a un conjunto de revolucionarias comprometidas con sus ideales hasta las tetas, soñadoras que ansiaban transformar el mundo y hacerlo simplemente habitable, seres ingenuos y sensibles, valerosas de corazón.

 

Y, encantada ante tal idea,

participaste y te opusiste a las religiosas, a quienes considerabas tiesas estatuas cuadradas incapaces de sentir de lleno, de soñar más allá de un conjunto de reglas matemáticas y estatistas, de lanzarse a los abismos en busca de la música humana, de fluir libres y entregarse de ojos cerrados a los sentimientos espirituales.

 

 Sin embargo, terminaste

decepcionada de ellas, odiándolas, muy triste.

 

Nadie

de aquellas "revolucionarias" comprendía tu forma de amar ni tus sueños, se burlaban de ellos, de todo lo bello, de todo lo noble, de todo lo virtuoso, de todo lo mágico de tus fantasías.

 

Todo en ellas era destructivo,

tan duro, tan chabacano, tan vulgar, tan gris, tan anti-cuentos de hadas.

 

Te asustaba su mundo,

te daba pánico ese mundo caótico, turbulento, grosero, de personas zarrapastrosas, mal vestidas, para quienes las drogas eran algo normal y el sexo por el sexo lo más "cool", y también los chistes sin contenido, así como una música desalineada y estruendosa que en nada te llenaba el corazón.

 

Advertiste violencia

en las imágenes que les atraían y de las que se rodeaban, imágenes que a otros parecían comunes y corrientes porque es lo que acostumbra la gente de nuestra sociedad –es una de las razones por las cuales no ves tv-.

 

Leíste varios libros

sobre religión, te sumergiste momentáneamente en ese mundo, pero ello no te llevó más que a un acercamiento más estrecho con el alcohol...

Creíste que el final

del recorrido, la solución a todas tus inquietudes se hallaba en unos pocos libros sobre mitología, llenos de poéticas palabras y de sentido. Te obsesionaste.

 

Quisiste ser monja de claustro.

Y yo me siento orgullosa de haber influido sobre ti –con la ayuda de todas vosotras- lo suficiente para quitarte esa idea de la cabeza.

 

Todas las que estamos aquí

nos sentimos orgullosas de tu amor, de tu feminismo y de tener tu voz en el Coro.

 

Todas hemos colaborado

en la redacción de este pequeño discurso que sólo pretende demostrarte nuestro amor y que opinamos que no vale la pena perder el tiempo hablando de Dios y de la Biblia, que lo que importa son los gestos de ternura cotidianos.

 

Sin nada más que decirte te deseamos un feliz cumpleaños.

                                                                          EL CORO

POEMA PARA UN CUMPLEAÑOS. De la novela "Las Puertas del Monasterio" de Sylvia M. Folch ( www.homeo-psycho.de )

                                  AUREA HA HECHO UN POEMA

 

La música que escuchas

en este comedor sobre esta mesa de mezclas con nuestras voces de fondo cuyos muebles hemos retirado para que nuestro eco no se pierda, no tiene lugar en un pentagrama, no es hija de altavoces ni de antiguos aguijones de luz.

 

Detrás de los acordes

y esa voz tuya que serpentea no hay modestos fusibles ni circuitos sutiles inalámbricos, ningún cable palpita.

 

Tu disco lleno de confusiones

se detuvo hace ya tiempo, pero algo de sus residuos escuchas pese a todo, a solas con tu vida, con el rumor de fondo de tu respiración.

 

La música que flota hoy aquí,

se desprende  de este coro que se ha ido configurando bajo tus esfuerzos suena porque la suenas, porque es tuya.

 

La toca el corazón

con lenta mano, tu sangre memoriosa hilando olvido, tu cuerpo como en un "solo" y su deseo indócil.

 

Como un amigo adormecido en tu lecho,

esta noche te acompaña, se deja acariciar, ofrece el contrapunto empapado de vino, al ritmo encandilado de tus ojos y de tus huesos.

 

No sabes nada

y nada has de temer estando entre amigos; ni siquiera el exceso de vino puede hacerte daño esta noche. La luz anaranjada de la calle saluda suavemente tu aniversario, tu perfil inquieto donde la sangre canta y baila sin vergüenza, casi sonámbula, con los ojos rojos que no engañan.

 

Es esta música

la que has deseado y construido; que no se detiene, fluye con el tiempo como si deseara prolongarlo, como si el canto mismo cancelara la certeza del fin, el cabo inevitable al que todas nos asimos.  

 

Esta noche no habrá dolor

ni soledad, sólo se permitirá alegría en lo que escuchas. Detrás de los acordes y las voces compañeras aquí presentes está tu sangre que persiste, tu sangre que no quiere marcharse con la música a otra parte.

                                                            Aurea G. Sentis

12 sept. 2012

EL MONÓLOGO DE PALMIRA. De la novela "Las Puertas del Monasterio" ( www.homeo-psycho.de )

Bajo una dulce música de jazz,

estábamos todas estiradas en el suelo hablando unas con otras.

 

Eran tan sólo las tres de la mañana

y nadie hacía el mínimo gesto marcharse a casa. Estábamos tan bien que queríamos detener el tiempo, evitar un final.

 

Fui al lavabo y me arreglé un poco

y al volver las encontré a todas haciendo un corro sentadas y escuchando lo que decía Palmira.

 

Ignoraba de qué iba el asunto,

pero ni loca iba a perderme aquello. Me senté tras la espalda de Anaïs y me dispuse a escuchar como las demás. Hablaban de poesía…

 

                                 EL MONÓLOGO DE PALMIRA

 

"…Aunque desde el bachillerato

yo había leído la poesía con la certeza de que era una manera de escribir distinta a todas y que no podía usarse como la prosa de las novelas o la de los libros de estudio (aunque tenía una imprecisa afinidad con los rezos religiosos), creo que mi primera noción concreta de la poesía en tanto que actividad soberana y sin relación con la experiencia inmediata fue cuando tropecé con Rilke

 

Los poemas de Rilke me impresionaron,

pero más aún la convicción inmediata de que aquellos versos, aun siendo su origen a veces a partir de una traducción de los clásicos griegos, tenían una fuerza superior a cualquier poeta vivo de los que yo leía entonces.

 

Me preguntaba entonces

¿Cómo podía alguien emocionarse, o cavilar sobre nuestro destino, a partir de las palabras que hace milenios concibió el extraño habitante de un lugar remoto poblado por gente que se alimentaba de queso de cabra, aceitunas negras e higos y cuya economía, por así llamarla, se sostenía con las incursiones pirata que emprendían durante el verano por el Egeo?

 

¿Cómo podía seguir siendo actual Sófocles?

 

En realidad la pregunta estaba mal planteada.

No era actual Sófocles sino atemporal, o mejor aún, ahistórico. La poesía es aquello que se escapa de la historia. Más allá de lo inmediato está lo profundo del poema, lo poético, es decir, la materia prima de la poesía, aquello de lo que trata.

 

Llegado a este punto me podríais preguntar entonces ¿de qué tratan los poemas?

 

Yo diría que la poesía

es siempre un homenaje y que si el poema no es un canto, entonces no es un poema. Todas sabéis lo que se siente cuando nuestras voces se elevan hacia el cielo como el vuelo de los pájaros. Pues al leer un poema se ha de sentir ese mismo canto.

 

Recuerdo que las monjas

de mi juventud me paseaban por las clases de las niñas mayores para exhibirme como una exótica futura poetisa cuando en realidad yo lo único que hacía era leer versos en voz alta, pero aquello me permitía pasear la mirada por entre aquellas aburridas colegialas.

 

Y de vez en cuando descubría entre ellas

unos ojos vivos que se clavaban en los míos produciéndome una extraña y agradable sensación en el vientre.

 

Emocionada,

desviaba mi mirada de la suya para evitar los ojos de una niña y alternando la vista entre los versos y la ventana veía un enorme castaño en flor.

 

Yo hubiera jurado

que esa imagen la vi realmente al mirar por la ventana, pero con el tiempo y a medida que iba leyendo poesía me surgió en un momento dado la idea de que aquello fue una imagen virtual de un significado evidente de que el castaño era el símbolo fálico (el sexo masculino deseado por mí en aquellos momentos con fuerza).

 

El árbol crece

y se lanza hacia el cielo impulsado por una potencia inextinguible, explota en el florecer y en el fructificar, danza a la luz del sol como un bailarín colosal.

 

Es como un verso final que completa el canto:

la música que baila el árbol es la potencia del "bios", la música de la vida terrestre. El castaño es la danza de la vida, nosotras somos música viviente.

                                                          Palmira Lafontaine

¿A LOS INSECTOS TAMBIÉN LES GUSTA LEER? (De la novela "Las Puertas del Monasterio")

Cuando me trasladé

a casa de Georgina quedé presa como una libélula del aura de los espejos que en ella encontré. Allí todo es un espejo que invade tus ojos, se empeña –te obstinas- en asediar la imagen imprevista.

 

Allí no sólo el agua,

el metal terso, la página blanca, la piedra que conforma sus estatuas, sino también sus manos que imponen su orden en las cosas, la fuga del tiempo y su retorno, siempre imprevisto, el miedo a los pasos que van negando los caminos.

 

Hoy mismo, después de contemplar el espejo,

colgado a mi altura, no para verme sino para buscarla a ella cuando no está en casa, me he estado fijando en las dos luces iguales que presiden su superficie intachable, de la que he logrado desterrar pared y cortinas;

 

y, en mi mente han aparecido

las líneas de un paisaje sin sueño; el aire mismo se ha prestado al olvido de los problemas con mi exmarido.

 

¿Es todavía espejo o es ya fuente?

He tenido la sensación que no quisiera parecerme a alguien que no se atreva a contemplar su propio rostro. He sentido cómo al mirar ese espejo realmente la estaba esperando como un único esfuerzo.

 

Me he puesto a leer

–uno de mis mayores placeres-, y un insecto diminuto se ha parado en el margen de una página, lo aparto sacudiendo la hoja (delicadamente: para no hacerle mal) y casi al instante, de un salto se ha situado allí de nuevo.

 

Parecía como si me invitara

a fijarme en él: era un díptero, todo él de color verde con algunas manchitas amatistas, no doméstico, las alas eran casi triángulos equiláteros y lucían paralelas al papel en que posaba las patas, me ha recordado a las libélulas.

 

Demasiado abierto,

el cuerpecillo casi tocaba el blanco de la página. Un trazo firme de precioso verde esmeralda, extremadamente sutil, bordeaba las alas transparentes, como celofán cristalino me exhortaban a mirarlas bien para percibirlas mejor, a fijarme en la perfecta simetría de su vivo soporte.

 

Suavemente

intentaba con la punta del bolígrafo apartar a aquel diminuto ser, pero se volvía a instalar tan cerca del libro, sin intentar huir que me pareció que buscaba compañía aunque no fuera yo de su misma especie.

 

He intentado ahuyentarlo

de nuevo con un ligero soplo. Se resistía a marchar. He pensado que era una vida ya sin instinto de conservación, que su final estaba próximo y me he desentendido;

 

hasta sentirla posada

en la parte de mi mano ¡temblor! que yo no veía, la que estaba frente al libro, esperando, toda, el momento de pasar la hoja, la vuelta del tiempo.

 

He continuado leyendo y pasando páginas:

mi escala en el tiempo es otra. Pero nuestros universos son una misma cosa.

 

He vuelto a mirar mi rostro en el espejo, esperando la noche para dar un corto paseo con Georgina.

                                                                      Sylvia M. Folch

11 sept. 2012

OTRA FORMA DE DECIR TE QUIERO. ( www.homeo-psycho.de )

Apunté en una postal,

a tu regreso de aquel lugar, para mí imaginario, aquellos nombres con los que describías a los diferentes tipos de monjas.

 

Me dijiste

que el Monasterio estaba habitado por furias, bilifusas, onirisitas, zafapacocas y marisordinas.

 

Busqué inútilmente esas palabras

en el diccionario y, para mi sorpresa, no pude hallarlas. Comprendí entonces que te necesitaba.

 

En previsión de posibles malentendidos,

me aseguraste que sólo conocías un monasterio, que quizás en otros no se dieran esos tipos y que allí contrajiste el mal hábito de dar importancia a las naderías de aquella "civilización".  

 

Y en otra ocasión me dijiste:

"La inverosimilitud, que hace posible una narración un tanto fantástica e inofensiva, esconde siempre segundas intenciones". Sólo buscaba otra forma de decirte "te quiero".

                                                                            Sylvia M. Folch

 

MIENTRAS SE BAILA SWING ( www.homeo-psycho.de )

89. LA SOLEDAD SORPRENDE

 

Mi soledad

se ha sorprendido en multitud de salas y tiendas llenas de voces solas y en calles concurridas llenas de música.

                    

Mi orgullo

es como la alfombra mojada de las calles; resbala tragando saliva muchísimo antes del primer café.

 

Como seda cruje

la fría madrugada habiéndose soltado el timón ¿Cómo perder ese lastre sin domesticar mis aires mediterráneos?

 

Se podría proponer

flotar sobre la manta azul, trascendente, inmensa; ver como el sol

se oculta en sus aguas y se olvida de los árboles y su vaivén; abandonar momentáneamente a la memoria en su refugio; mirar el poniente con ojos de Atlante, sin prisas,  con los minutos precisos.

 

                                                                    30 de noviembre de 2010

                                                                                Elisa R. Bach

10 sept. 2012

LA SOLEDAD DE CLEOPATRA 2: Original de Elisa R. Bach ( www.homeo-psycho.de )

           LA SOLEDAD DE CLEOPATRA 2

 

Fue hermoso proteger al que sufría,

luchar contra el abuso de los despreciables, escuchar a los débiles, elegir a los hombres por sus méritos. El dios Ra te hizo mujer, y, soberana y te ordenó que tuvieras eso bien presente.

 

Cuando tenías que atravesar un desierto

ordenabas erigir en él pilones masculinos. Cuando tenías que atravesar los campos de trigo y sentías la pérdida de vigor trepando por las piernas invocabas a Hécate, la diosa-rana que protegía a las madres,

 

y extendía su benevolencia

a todos los hombres concediendo los favores que se le pedían en todos los ámbitos (prosperidad material, don de la elocuencia, victoria en las batallas y juegos, etc) pues su poder era inmenso.

 

Creías en ese sueño hermosísimo

de alzar un nuevo mundo triunfante. Pero cuando descendiste por el Nilo, excitada en los pezones hasta la memoria de tus muslos, comprendiste que el barco de imágenes no era un barco imaginario.

 

Lo que era sólo poético

en tu mente mataba la poesía. Sola quedaste por culpa de los dioses

que cambiaron en tu alma la fama de mujer bonita por fatiga.

 

                                                                        Elisa R. Bach