21 dic. 2012

SIETE FRACTALES PARA PONTRYAGIN (de Johann R. Bach) www.homeo-psycho.de

SIETE FRACTALES PARA PONTRYAGIN  (de Johann R. Bach)

 
Corría el año 1923.

La Revolución rusa estaba en su apogeo cuando el viejo marinero, considerado como héroe de la sublevación de la Flota del Báltico dio una conferencia en el Liceo de San Petersburgo

 

Habla usted muy bien el ruso

-le preguntó un muchacho ciego al viejo marino después de oír la conferencia- ¿En qué escuela, ciudad y país lo aprendió?

 

Aprendí ruso sobre la cubierta

de un barco, oyendo las voces de los solitarios marineros. Tuve tiempo de comparar los acentos entre ellos y sus miradas mientras recorríamos trozos de costas como curvas de Koch.

 

¡Cómo me hubiera gustado ver esas costas!

-dijo el muchacho.

 

Dices bien.

Cuando yo tenía tu edad recorría a pie pequeñas porciones de costa. Me gustaba ver el mar y mi curiosidad me llevaba a ver que había detrás de cada rocoso recodo.

 

Mi sorpresa era mayúscula

al ver que detrás de unas rocas había una playa y al final de ella otras rocas. Desde cada punto de mi recorrido el sol se ponía siempre por paisajes distintos.

 

Más Tarde cuando me embarqué

nunca perdía de vista aquella costa con infinitos rincones y en cada uno de ellos dejaba un sueño.

 

A veces sentía cómo se desenredaba el viento

del tupido entramado de las agujas de los pinos. Todo yo era oídos y jugaba a interpretar aquel idioma del revolotear de ángeles.

 

En la porosa espuma

de aquellas aguas errantes que saltaba por encima de la proa, la luna fosforecía y en noches sin ella un inaprensible hálito de un jirón danzante de niebla acariciaba mi pelo.

 

Algunas noches que fraternizaban

-persiguiéndose unas a otras- con días iguales, faenábamos bajo la ubicuidad de las altas, altas estrellas como si una pléyade de velas quisieran alumbrarnos al recoger las redes.

 

Después de que las gaviotas de plata

se descolgaran del ocaso, aquellos diminutos puntos se arracimaban sobre nuestras cabezas conformando un mosaico de luz cuya  complejidad inasible por el ojo humano

 

casi alcanzaba la bidimensionalidad.

 

¿De qué país me habla?

–preguntó el muchacho- ¿Existe esa costa que me describe tan efusivamente? Sí. Es una costa recortada casi al infinito que va desde la desembocadura de un rio llamado Miño hasta algo más allá del cabo de Estaca de Bares.

 

Esa costa batida por el mar,

el viento y la lluvia donde la carretera se tuerce y retuerce en cada una de las rías y conforma el carácter de un antiguo país llamado Galicia donde cada noche se ama y se espera que el mar traiga algo nuevo.

 

¿Cuál es tu nombre muchacho?

Me gusta apuntar en mi diario a todas las personas que he conocido. Quizá algún día pueda enlazar las letras de los nombres de todas ellas como fractales de mi querida costa.

 

Pontryagin es mi nombre.

Acabo de perder la vista, pero por lo que he oído de su conferencia, vuelvo a estar en condiciones de ver más claro que nunca. Estudiaré matemáticas.
 
                                                    Johann R. Bach
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PENSAMIENTO 3. Reabsorción del tejido inflamado (del Poemario "Poemas para el Crepúsculo")

                 Pensamiento 3. Reabsorción del tejido inflamado

 

Al separar tus brazos

de los contornos que, del horizonte, bajan a los diamantes de tus días me parecieron enormes. Sentirme abrazada por ti, Carmina, mi hermana, con tus pechos ya bien cicatrizados, fue uno de mis mayores gozos.

 

En la exploración quedó patente

que el color escarlata de tus muslos había desaparecido y el oro rosa oscilaba en los espacios disidentes. De tu boca había huido el gusto metálico y tu respiración era, en la emoción el auténtico gemido milenario.

 

A partir de ahí volviste a preguntar:

¿Qué planetas romper a martillazos? ¿Qué sacrificios negros despertar? ¿Qué martirios no podrían conmoverte? En cuanto a mí sentí que tu escultural belleza me penetraba con las aguas cristalinas de lágrimas alegres y el desvarío era sólo mi alimento.

 

Sabes que cercenaste mis montañas,

que mis días se elevan ya sin difíciles cimas y que todo es calidez en mi voz, que aun puedo perderme como un vuelo y desatar los nudos de mis cánticos para sembrar la orilla de amor.

 

Sí, de un amor sin materia

ni aristas y sin definición ni conmociones. De un amor de calor negro como el cielo de la noche. Lleno de estrellas vivas me abriré a los helados campos del firmamento.

 

Ahora ya me siento segura

para ofrecer mi rostro a los tatuajes de las constelaciones intocables para que me dibujen de otro modo. Siento que mi cuerpo de humareda ha crecido inclinándose hacia la altura de la luz multicolor de páginas en éxtasis.

                                                 Arsenicum alb., Oxígeno, Kalium carb.

                                                 Secretaria: Elisa R. Bach
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PENSAMIENTO 2: La terapia contra la fermentación. (de "Poemas para el Crepúsculo")

                   Pensamiento 2: La terapia contra la fermentación

 

No estabas aquí ni allí,

Carmina, mi hermana. Estabas conmigo, sí, apartadas; podíamos salir, pero ya en tu interior estaba germinando aquel arilo de granada y una gran claridad se derramaba de su luz fucsia afuera, que no era sino un lugar abierto como una herida que no quería cicatrizar.

 

Algunos hombres

presumiendo de doctos, no sé quiénes, pasaban por ahí sin entrar sabiéndonos aquí, juntas y aparte, vestidas de blanco las dos. Tú eras la enferma que me necesitaba y yo la cuidadora que me aferraba a ti como a la tabla del náufrago.

 

Algo nos había sucedido.

Estábamos como entregadas, como habiendo reconocido todas las grietas de nuestros cuerpos; pero algo más pusimos por nuestra cuenta, algo que nadie sabía: nuestro secreto. Rozando aún los veinte años fabricábamos nuestros propios nosodes.

 

¿Te acuerdas Carmina?

Hermanas siempre, Carmina , ya lo ves. Yo fui lo mismo que fuiste tú. Pero eso estaba en el juego, ¿te acuerdas? En el juego yo era la que pisaba más veces la cuerda y las rayas trazadas en el suelo con pulso débil con yeso algo húmedo y siempre perdía.

 

En todo lo demás era más bien avisada,

pero pisaba siempre raya y a la comba no resistía más de tres saltos. Pero acostumbrada a pasar la raya, la traspasé y la volvería a traspasar si con ello consiguiere seguir lamiendo tus heridas.

 

Ahora nos reímos

de aquellas vulgares fermentaciones de los hidratos de carbono, pero realmente estábamos asustadas como en un lago de sangre y de mercurio. La luz de aquel grano de granada salía a borbotones por el drenaje practicado en tu pecho. Se me aproximaba desde el monte partido en dos mitades desde tu bella simetría.

 

Tu sexo de dragón

quería precipitarse hacía la negra roca del sepulcro, pero nuestros sueños de colores, con una tierra azul, un mar dorado y ríos tornasolados en su fondo no nos permitieron rendirnos.

                                                          Mercurius, Kreosotum, Lachesis
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PENSAMIENTO 1. El origen: Un arilo de granada

 Pensamiento 1. El origen: Un arilo de granada

 

Dime, Perséfone, incierta renacida,

¡cómo es posible que un solo arilo de una granada te impida el regreso con tu madre y con tu hermana?¿Dónde está la inmensa pesadumbre de tu manto y el sello de tu reino subterráneo?

 

¿Es el azufre

el que se bebió todas tus lágrimas, secó tus párpados y retiró de tus hombros la alegría de una primavera sin fin?¿Es ese el mineral que consumió tu piel vaciándola de poros, apergaminándola como la corteza de un árbol?

 

Tu belleza de colores

ha desaparecido y te has vuelto un ginandros de una sombra persistente y el peso de la nada puede sepultarte. Entre los silencios de las raíces secas de tus siglos y en tu corona de laurel muerto rechinan los dientes como los de los niños con lombrices.

 

La queratina ha petrificado tus cabellos

y grabado tu perfil con tinta negra sobre un estrato de pizarra negra con manchas rojas. Tus tejidos fermentados buscan asomarse al precipicio del que no es posible el retorno.

 

Tu boca de platino

se cierra y mantiene las mandíbulas apretadas, enrojecidas y tu lengua busca carbonizarse en la ceniza de brasa que se va devorando a sí misma. ¿Es posible aún un acuerdo para volver aunque sea parcialmente a la primavera?

                                                                    Comité: Sulfur, Nux, Sepia

                                                                    Secretaria: Elisa R. Bach
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20 dic. 2012

FALTAN SOLO CINCO DIAS PARA NAVIDAD. (otros poemas en el "Manual de la Soledad" en www.homeo-psycho.de)

                      HELECHOS EN EL BALCÓN

 

No hay gente por las calles,

las tiendas no abren hasta las once de la mañana. Es miércoles y parece que sea un domingo por la mañana, cuando miles de personas aún no se han peinado y arrastran penosamente las zapatillas por los oscuros pasillos.

 

Con calefacción o sin ella

sienten que no tienen gran cosa que decir. Sus bocas han enmudecido con los excesos de la última cena con especias, o con vino, o con dulces… o con las tres cosas a la vez.

 

Los mensajes publicitarios

–los únicos mensajes- entran despiadadamente uno por uno en los móviles, recordándote que para las máquinas informáticas tú eres otra máquina.

 

La casa de balcones frente a la plaza,

antigua y rodeada por otros edificios sórdidos, se parece a la luz del mes de febrero. Como la cascada de un rio seco el ascensor permanece quieto, el cauce de la calle sigue vacío de vehículos y las frías aceras se entristecen o se aburren.

 

Y, sin embargo,

sólo faltan cinco días

para La Navidad.

 

El espíritu de la casa discute

igual que un padre con su hija, por las evocaciones familiares. La palabra orgullosa de las vigas con aluminosis resiste heroicamente los años cada vez más cortos.

 

En los vestíbulos de las entradas

de los edificios se han colgado pasquines donde se expone que los sacerdotes de la Congregación Mundial han descubierto que  

 

el Quinqué Eterno del Sol

–que no es tan eterno- cada año consume menos mantequilla hidrogenada, lo que significa que el mundo se contrae y lo seguirá haciendo dentro de su propio espacio hasta alcanzar el tamaño de una avellana.

 

Plutarco ya nos había advertido

suscitando un airado gruñido en los círculos filosóficos: los días y las noches se iban acortando ya en Delfos.

 

No nos extrañemos que una rosa

arrancada al alba pierda del pánico sus pétalos; que el viento los arrastre por el barrio y que al atardecer sea sólo un quemado bosquecillo de pistilos junto a las macetas de helechos.

 

Entre el bostezo de diciembre

y la siesta de agosto transcurre apenas un instante lleno de aconteceres planificados con sosas navidades y nostalgias. Cada vez son menos las cartas, los entusiasmos, los asombros.

 

Nuestros barrios se apagan

como las luces encendidas en las calles por falta de música humana.

 

                                                                          Johann R. Bach   
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19 dic. 2012

LOS BOTONES SE REÍAN.

DIAS DE AMARANTO

 

Aquel septiembre se despidió

con alegre música mezclada con un sol lleno de vitalidad. La plaza rebosaba gente y optimismo.

 

De acuerdo con los tratados de magia

medievales, la música alegre ayudaba los exorcistas a ahuyentar los malos espíritus. Con ella se adormecían. Luego los subían a lomos del humo que se desprendía de quemar el amaranto.

 

Esa circunstancia dio origen a su nombre

-Fumaria oficinalis- que procede de la palabra latina fumus, que significa humo, y hace alusión a que el conjunto de esas plantitas, de coloración grisácea, parece una emanación de humo.

 

De la misma forma

se dice que el jugo de la planta irrita los ojos y hace llorar, como lo haría el humo del tabaco. Por esa razón en algunas regiones europeas se la denomina "la hierba de la viuda".

 

Y sin embargo aquel septiembre

se despidió con alegría y entusiasmo. No fueron días de amaranto, fúlgidos como la lanza de un urano.

 

Al contrario, fueron sus noches

las que hicieron retroceder la arterosclerosis mientras por los altavoces resonaba una suave música de swing sobre una multitud decidida a divertirse.

 

Las manos descosidas

de las tinieblas de trescientos años dibujaban rostros en el aire y los pies marcaban paso a paso una nueva alegría.

 

Los botones se reían.

No nos cosieron –exclamaban- para soportar los correajes de la esclavitud sino para ser desabrochados con suavidad.

 

                                                                                 Johann R. Bach
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EL MUÉRDAGO DE KANT Y DE LOS DRUIDAS

                                            Laboratorio alquímico

 

EL MUÉRDAGO DE KANT

 

En su taller,

que abarcaba las dos habitaciones del sótano. Kant pidió  a su Ángel, a su indeterminado Ángel, a cualquier ángel, que le enviara un discípulo en el que poder depositar su descubrimiento de cómo se formó el sistema solar.

 

Atardecía y el escaso fuego

de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Kant, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria, los párpados cedían a su propio peso y el sueño comenzaba su invasión.

 

La noche había borrado

los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta, el hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las pesadas hojas de la puerta.

 

Entró un joven desconocido.

También estaba muy cansado. Kant le indicó un banco; aquel visitante, solícito y moviéndose ágilmente se sentó y esperó. Durante un largo rato no cambiaron una palabra ni se miraron a los ojos.

 

El astrónomo fue el primero que habló.

 

-Recuerdo caras de muchos alumnos

-dijo no sin cierta pompa-, pero no recuerdo la tuya, ¿Quién eres y qué deseas de mí?

 

-Mi nombre importa poco

-replicó el otro-, tres días y tres noches he caminado para llegar aquí, a tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis ahorros.

 

Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa.

Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Kant le había dado la espalda para encender la lámpara.

 

Cuando se dio vuelta

advirtió que en la mano izquierda sostenía una ramita de muérdago con sus bolitas blancas. Aquella inflorescencia lo inquietó.

 

Se recostó,

juntó la punta de los dedos de ambas manos como formando un espacio lenticular y dijo:

 

-Me crees capaz de manejar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no puedo confiarte el secreto de los cielos,

 

-El oro no me importa

-respondió el otro-. Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la liberación de los venenos.

 

Kant dijo con lentitud:

-El camino es el veneno mismo. El punto de partida es la sustancia o cepa. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a caminar. Cada paso que darás es, en sí, una meta.

 

El otro lo miró con recelo.

Dijo con voz distinta: "Pero, ¿hay una meta a cada paso?"

 

Kant se rió.

 

-Mis detractores,

que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y dicen que soy un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que yo sea un iluso. Sé que "hay" un Camino,

 

Hubo un silencio, y dijo el otro:

 

-Estoy listo a recorrerlo contigo,

aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino,

 

-¿Cuándo? -dijo con inquietud Kant.

 

Ahora mismo

-dijo con brusca decisión el discípulo. Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán.

 

El muchacho elevó en el aire

la rama de blancos frutos. Es fama -dijo- que puedes triturar una planta y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.

 

Eres muy crédulo -dijo el maestro-

No necesito tu credulidad; exijo la fe.

 

El otro insistió.

"Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de los frutos".

 

Kant sostenía en su mano

aquellas perlas envueltas en diminutas hojas verdes, y al hablar jugaba con ellas. Eres crédulo -dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla?

 

Nadie es incapaz de destruir una planta

-dijo el aspirante a discípulo.

 

Estás equivocado.

¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer hombre en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?

 

No estamos en el Paraíso

-dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.

 

Kant se había puesto en pie.

¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees nuestro Dios o cualquier Dios nos dejaría abandonados en algún lugar que no fuera el mejor de los mundos?

 

Un fruto puede quemarse

-dijo con desafío al aspirante a discípulo. Aún queda fuego en la chimenea -dijo Kant-. Si arrojaras esta ramita a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera.

 

Te digo que esa ramita es eterna

y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que bebieras su veneno de nuevo.

 

¿Una palabra?

-dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?

 

Kant le miró con tristeza.

El atanor está apagado -repitió- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.

 

No me atrevo a preguntar

cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad.

 

Hablo del que usó la divinidad

para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.

 

El meritorio dijo con frialdad:

Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de esta ramita. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

 

Kant reflexionó. Al cabo, dijo:

Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, esa ramita.

 

El joven lo miró,

siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo: Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?

 

El otro replicó, tembloroso:

Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la ramita. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.

 

Tomó con brusquedad la ramita de blancos frutos

que Kant había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.

 

Kant no se había inmutado.

Dijo con curiosa llaneza: Todos los médicos y todos los boticarios de Königsberg afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue un precioso símbolo de la suerte y que no lo será.

 

El muchacho sintió vergüenza.

Kant era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.

 

Se arrodilló, y le dijo:

He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al cabo del Camino veré la ramita de muérdago.

 

Hablaba con genuina pasión,

pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Rotbach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?

 

Dejarle las monedas de oro sería una limosna.

Las retornó al salir. Kant lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.

 

Kant se quedó solo.

Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el  fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja, se puso sobre la lengua una pequeña porción de aquella ceniza. El vigor volvió a sus ojos y la fatiga desapareció.

 

Aquella noche Kant trabajó

como nunca, escribió con el mismo entusiasmo de su juventud su teoría completa sobre la formación de nuestro sistema solar y diecisiete poesías.  

 

A media mañana, bajo un cielo gris,

se abrigó y salió de casa, caminó por la calle abajo hasta llegar al mercado. Hacía tiempo que no sentía tanta fuerza en sus piernas. Se detuvo ante la floristería.
 
Le tendió la mano a la dependienta y le dijo:
¡Feliz Navidad Helga!
                                                                                                                                                             
                                                                                          Johann R. Bach
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18 dic. 2012

POEMA PARA INICIADOS EN EL AMOR Y EN LAS MATEMÁTICAS

         La superficie curva de una silla de montar


POEMA PARA INICIADOS



Alguien quiso poner un prólogo

a la vida de Marta Guillamón, nunca se vio en tan mal aprieto: al igual que Baudelaire redactó diversos proyectos de prefacio para LAS FLORES DEL MAL y al final decidió no poner ninguno,



la vida de esa original criatura,

hizo fracasar todos los intentos para explicar lo iniciático de su sexo. Marta G. era alérgica como un poema a prologarse: su carácter demiúrgico es un "Timeo" –obra de Platón- donde las teorías y las ideas del Cosmos conducían sólo al amor.



Materia informe y Caos

-decía Marta- resbalan sobre mis pechos; las ideas son perfectas para conseguir encajar esa almohadilla grasa de mi geometría a la del que se atreva a juntar dos sillas de montar



como dos superficies curvas

donde ambas tienen un punto –y común- que es a la vez máximo y mínimo; como el ajuste de los perfiles de rocas y playas al de ese Demiurgo que es el mar.



El espacio es el espacio

y nunca está vacío. Sólo el proceso de iniciación al amor cambia la forma de entrar en él.

                                                                                     Johann R. Bach
                                                                          

17 dic. 2012

MEISSEN CIUDAD DE PORCELANA

                     La Catedral de Meissen

 

MEISSEN CIUDAD DE PORCELANA

 

Samuel de Meissen

anhelaba alcanzar a Dios mientras trituraba, en la trastienda de la farmacia, metales y carbonatos insolubles en un mortero de porcelana cargado de paciencia,

 

cuando de pronto al atravesar la cortina

se encontró cara a cara con la hija del farmacéutico. Con toda naturalidad le dio los buenos días; estaba desnuda de cintura para arriba y sus pechos blancos hacían honor a la ciudad de la porcelana.

 

El padre había partido

muy temprano a unos asuntos que tenía en Dresden y no había de volver hasta la noche. Estuvieron hablando largo tiempo –mientras hablaban su mente y su alma se iban dilatando-, ella formulaba pregunta tras pregunta.

 

A Samuel le pareció

que Dios estaba detrás de aquella criatura. Llegó un momento en el que le dijo:

 

"Me gusta como hablas.

Esa manera fluida y hermosa de saltar desde los geométricos latinajos a tu clara sintaxis y la simetría de tus argumentaciones". Acercando su pecho a la altura de su rostro continuó diciendo: "Hablemos sin embargo de cosas verdaderamente importantes".

 

"Mira tus manos

anormalmente grandes para tu estatura. Mira como tiemblan ante el fruto prohibido. Tu vista se va deteriorando en esta oscuridad. Vistes como un pobre y comes mal y desordenadamente mientras tus pacientes no muestran generosidad alguna".

 

Samuel no pudo ser indulgente

con las flores que ella llevaba en el pelo y se comportó de acuerdo con lo esperado por la sangre que hierve. Una vez cumplido con la primera parte del pacto ella continuó su discurso:

 

"Preocúpate por los ingresos

como lo hizo tu amigo Descartes al que admiras tanto. Te pido que seas astuto como Erasmo; dedícale a mi padre un tratado sobre tus conocimientos médicos.

 

"No importa si no es muy bueno.

De todas formas no lo leerá. Aplaca la furia de tu racionalismo que por ella han de caer monarquías y ponerse negras las cabelleras de los cometas".

 

"Piensa en estos pechos

que tan dulces le han parecido a tu lengua y en mí como una mujer que te puede dar hijos; y, en la dote que te dará mi padre y en los bienes que puedes usufructuar si no me abandonas".

 

El resto es historia ya conocida:

Samuel continuó hablando de cosas importantes durante muchos años. Buscó desesperadamente ser amado por incultos y violentos que eran los únicos que tenían ansias de él.

 

Tuvo varias hijas

y aquella oscura cortina cayó quedándose sólo y nunca vio durante aquellos años ninguna nube de oro o luz que le alegrara los ojos.

 

Tuvo que esperar

a tener ochenta años para ser feliz. Esta vez sí se casó con la Dama de sus Sueños. Ella tenía sólo treinta y cinco.

 

Cosas del siempre inesperado y porcelanoso amor

 

                                                                                      Leo P. Hermes
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