2 abr. 2016

Creo que en el infierno no hacen falta torturas,


PRIMER DÍA DE VACACIONES

Perdonad queridos amigos por el desorden en que yo,
una simple araña lasiodora, narro las cosas, pero es la inmediatez de este Mundo de Arañas donde todas no sólo corremos sino que volamos acrobáticamente en el espacio que otras criaturas abandonan y donde, al escribir, demostramos nuestras habilidades dactilares.

Os voy a relatar ahora,
como una pieza que faltara para completar un puzzle, el texto que copié del cuaderno de viaje de Emilia la escritora. Tal y como yo lo copié incluido el momento en que lo hice, muy posterior por cierto, al resto de la narración iniciada con el título de "Grecia como Decorado de Fondo". Ese relato del "Primer Día de Vacaciones" de Emilia es el siguiente:

Desde que empecé a planear aquel viaje,
siempre tuve claro que iría a la península  de Mani –a Emilia le encantan las penínsulas tanto como a mí-, al sur del Peloponeso. Algunos profesores amigos y compañeros del "insti" me advirtieron de que no merecía la pena, ya que era para ellos una tierra lejana e inhóspita, pero estoy contenta de no haberles hecho caso. Al fin y al cabo de no haber hecho aquel viaje no hubiera conocido a Hector y sus infinitas caricias, la satisfacción de sentirme una mujer deseada y colmada en los placeres intelectuales y sexuales hasta lo infinito.

En efecto, los compañeros del "insti"
tenían parte de razón cuando me dijeron que en un extremo de Maní se hallaba la puerta del Hades, del inframundo mitológico. Alquilé un coche para ir hacia el sur, hacia una de las tres penínsulas que, en el extremo del Peloponeso sobresalen, como las raíces puntiagudas de una muela. La monotonía invade la carretera poco transitada y una costa bañada por las aguas del golfo de Laconia.

En kokala me dejé tentar
por una taberna con terraza a orillas del mar, protegida del sol por un cañizo medio roto. Comí pescado fresco y una ensalada griega de esas a las que añaden queso de cabra, con un vino tinto con el que pretendí celebrar la belleza del paisaje. De regreso al hotel, como un sobrecogimiento, me invadió sin saber por qué una tristeza infinita. En la cena bebí en exceso vino tinto y tres o cuatro copas de whisky.

Me fui a acostar haciendo eses
después de tanto vino (por hacer honor a la verdad; de lo contrario podría invocar el cansancio de aquel día interminable) y, tras descender titubeante un piso, volví, a encontrarme en mi habitación con el papel, las cortinas y el tapiz colorados. Encendí el televisor que, como en todas las habitaciones de hotel, colgaba aproximadamente en el techo como las arañas y, desde la cama, empecé a zapear en la oscuridad, deslumbrada por los destellos de luces interrumpidos por pantallas negras.

Zapeé durante unos minutos,
como hago siempre que, arrancada de mis hábitos, de las personas que son parte de mí en el "insti", arrojada a un lugar extraño y sofocante –una más de las cientos de habitaciones por las que he pasado y que han sido siempre la misma, deprimente y repulsiva-, no reencuentro siquiera la bruma de realidad que normalmente me arrogo.

Creo que en el infierno no hacen falta torturas,
gritos, barreños de alquitrán ni otros horrores: el baño del Inframundo –en la variante moderna de una habitación de hotel en la que tienes que vivir eternamente, sin identidad, sin pasado, sin futuro, sin compañero, sin carrera profesional, sin vida, en definitiva –resulta igualmente útil y es considerablemente más limpio en comparación.

Me dormí rayando el alba, con el televisor encendido y, cuando me desperté, me abrumó una congoja terrible: el viaje apenas había comenzado. Tendría que vagar de hotel en hotel, como Ulises de isla en isla, dos semanas más, lejos de mi península del Cap de Creus mi Ítaca particular. Sólo me animaba a seguir recordar al mirar por la ventana las palabras que con toda razón dijo el poeta griego: "Aquí el paisaje es tan agreste como el silencio".

                                                                               Johann R. Bach

Por el chapoteo en el agua de la bañera y por sus risas deduje que estarían en el baño, como niños,


EL ALMA DE CERVANTES EN EL AIRE


Cuando regresó Emilia de su viaje a Grecia
no vino como de costumbre, de vacío, solitaria y taciturna, sino sonriente, alegre y tras de sí un joven  llevando sus maletas. Aquel hercúleo mozo una figura masculina que, de quedarse quieto, sería fácil confundirlo con una estatua de un museo griego, al dejar el equipaje  en el comedor no sólo no se fue sino que entre besos y abrazos empezó a desnudarse y se metió en el cuarto de baño con la escritora.

Por el chapoteo en el agua de la bañera
y por sus risas deduje que estarían en el baño, como niños, un par de horas por lo menos. Así que me deslicé por uno de mis hilos hacia el bolso de Emilia. Por suerte estaba abierto. Estiré fuertemente de su cuaderno el cual, al caer sobre la mesa se abrió misteriosamente justo por la página que más me interesaba en aquel momento:

"Cuando en 2.004
–había escrito nuestra maravillosa escritora- se inauguró el puente de peaje de casi tres kilómetros de longitud que une el Peloponeso, con el resto de Europa, esa península perdió su "carácter isleño" para ser un eslabón más en la larga cadena viaria que acorta las distancias entre el pensamiento de Oriente y el de Occidente.

Mientras lo atravesamos,
cogidos de la mano Hector y yo, pensé, como contraste, que fue precisamente a la entrada del golfo de Corinto, en las aguas que ahora quedan bajo el puente, donde cristianos y turcos libraron el 7 de octubre de 1.571 la batalla de Lepanto, un enfrentamiento decisivo que frenó -por segunda vez- la expansión de los otomanos por el Mediterráneo y que fue calificado por Cervantes, que participó como soldado, como "la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, ni esperan los venideros". No estaba yo tan segura de esa afirmación al leer los acontecimientos actuales sobre los refugiados sirios e iraquíes.

Hoy nada hace pensar que hace más de 400 años
estas aguas fueron el escenario de una batalla histórica entre las galeras españolas y las del Señor de Argel, a las órdenes del turco Selim II, sucesor de Suleimán el Magnífico. Es más, ni siquiera el nombre de Lepanto se mantiene, ya que la población que entonces dominaba Venecia se llama hoy Naupacto, nombre que viene de la palabra atarazana en griego.

Naupacto, en la costa norte del canal de Corinto,
es hoy un pueblo tranquilo, dominado por una fortaleza veneciana, que acoge buena parte del año un turismo llegado del norte de Europa, partidario de tumbarse en la playa y de prolongar la sobremesa en los restaurantes del sombreado paseo marítimo. Hector y yo nos introducimos en ese rio de turistas y pasamos "olímpicamente" de ir a la Oficina de Turismo donde aún se da información a algún excéntrico sobre la batalla del Lepanto histórico. En aquellos momentos nuestra sed no era de conocimientos, era una sed de amor, de besos y abrazos acumulada durante un tiempo demasiado largo.

                                                                       Johann R. Bach 

1 abr. 2016

Me alegró ver que mi acompañante quería seguir a mi lado.


GRECIA COMO DECORADO DE FONDO

Durante el desayuno estuve mirando por el rabillo del ojo a Hector un joven de unos veintiocho años cuya juventud resaltaba entre todos los que estábamos en el hotel. Me preguntaba qué podía haberle impulsado a una persona de sus años a aquel rincón del mundo.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando le vi subir al autobús que nos iba a llevar de excursión a Olimpia, pero cuando noté un leve cosquilleo en mi vientre fue al ver que se sentaba junto a mí. Y cuando me dio los buenos días mientras se acomodaba junto a mí sentí como se encendían mis mejillas. Creo que en aquellos momentos me olvidé de las canas de mis sienes.

Sin saber por qué le pregunté si ya había estado antes en aquel lugar sagrado de La Antigüedad. Y mientras me miraba sorprendido y sin atinar a contestar me excusé: "es que es usted tan joven…". Sí, es mi primer viaje a estas tierras –contestó escuetamente. El haber estado cinco veces en Olimpia me autorizaba a expresar mis ideas sobre el Fabuloso Mundo de los Dioses Griegos. Así que entusiasmada de ver que alguien estaba dispuesto a escucharme me lancé a uno de aquellos monólogos que tanto me gustaba largarles a mis pobrecitos alumnos:

"La dispersión es tan grande en Olimpia –comencé a decir al tiempo que me cercioraba por su expresión que aceptaba mis explicaciones- que lo mejor que puede hacer el visitante es hacerse con un buen mapa del recinto. Mire, como este por ejemplo. Sólo así, sabiendo cómo era en el pasado el santuario, se puede reconocer entre las ruinas de Zeus y de Hera, el Gimnasio, la Palestra, las Termas, el Estadio… De este último aún impresionan el arco de entrada y las pistas de atletismo; las gradas han desaparecido, pero no cuesta imaginar una multitud enardecida, muy cerca de donde, con ayuda de un espejo parabólico que refleja la luz del sol, se enciende cada cuatro años la antorcha de los Juegos Olímpicos modernos de la Antigua Grecia…"

Me detuve para tomar aliento, pero aquel joven que aún no me había dicho su nombre excitó aún más mi delicado espíritu con su "siga, siga… encuentro muy interesante todo eso que me dice pues estoy haciendo una tesina sobre el Mundo Griego Antiguo. Eché un trago de agua del botellín que llevaba en el bolso y tomé aire profundamente antes de reanudar el relato.

"Del templo de Zeus, del siglo V a.C., sólo las bases de las columnas permiten hacerse una idea de cómo era, del mismo tamaño que el Partenón. Muy cerca –ya lo veremos al llegar-, caídas como un castillo de cartas, algunas columnas parece que aún esperen la llegada de arqueólogos modernos para completar el puzzle.

El autobús se detuvo y bajamos todos. Me alegró ver que mi acompañante quería seguir a mi lado.

"En el centro del templo había una escultura de Zeus, esculpida por Fidias hacia 430 a.C. -gritaba el guía. Medía 12 metros y representaba, tallado en perfil, al dios sentado en un trono de madera de cedro con incrustaciones de marfil y piedras preciosas. En la mano derecha tenía una estatua de Niké, la diosa de la victoria, y en la izquierda un cetro coronado por una águila".

Empecé a perder la cabeza cuando tomándome de la mano Hector me arrastraba literalmente detrás del guía de forma que sus explicaciones las oía ya lejanas.

"La estatua –continuaba incansable el guía-, de una altura parecida a la de Atenea que había en el Partenón, era tan bella que figuraba entre las siete maravillas del mundo. En 394, después de estar 800 años en Olimpia, fue trasladada a Constantinopla. Allí se perdió su rastro, pero se cree que fue destruida por un incendio. De todos modos, gracias a las monedas antiguas y a las descripciones de Pausanias –aseguró el guía-, podemos saber cómo era".

El resto de aquella explicación ya no llegaba a mis oídos. Cogida de la mano de Hector cómo si fuera un dios griego auténtico miraba toda aquella cantidad de fragmentos de mármol –columnas, capiteles, metopas, esculturas… - que se acumulaban entre pinos y cipreses a la espera de ser catalogados. Mientras los miraba, no pude evitar la sensación de que era como si estuviera contemplando, entre beso y beso, la historia desmenuzada.

                                                                                     Johann R. Bach

31 mar. 2016

Se acabó el membrillo


Traducción de la metáfora
"YA NO VEO AMOR EN TUS OJOS"

Español: Se acabó el membrillo.

Catalán: S'ha acabat el codonyat.

Francés: il n'y a plus de la pâte de coing.

Inglés: The quince is over.

Alemán: Quitte ist vorbei.

Gallego: Acabouse o marmelo.

Latín: Melino est

                                                                   Johann R. Bach

JOHANN R. BACH


Ahi lo tenéis. Cazado desnudo, como a Sansón, durmiendo.


el cielo nocturno, los bosques, las montañas azules, oliendo ávidamente el rocío tibio, el tomillo, la paja,


UN LUGAR EN EL COSMOS

Sí amigos lectores,
a pesar del mínimo tamaño de este cuerpo de araña lasiodora, reivindico un espacio y un tiempo en este Cosmos cuya mayor virtud es la de acogernos, sin excepción, a todas las criaturas.

Yo también fui joven y osada
como Emilia la escritora pues conocí la vanidad hermosa, sosegada, casi alegre;

me acurruqué en ella
o encima de ella como buena Mygale, como cuando iba de colonias en verano, observando

el cielo nocturno, los bosques,
las montañas azules, oliendo ávidamente el rocío tibio, el tomillo, la paja, el alejado humedal y sus cañaverales,

el aroma de las espigas segadas
–desde luego no con la idea del pan, del agua, de la utilidad- sólo con la idea de una siega general, aliviadora,

mientras de cerro en cerro,
de viña en viña, los perros de los labradores –hoy ya sustituidos por el chirrido de la maquinaria agrícola-

y de los pastores ladraban
a una blanquísima luna llena, Diosa de la Noche con los brazos cruzados y sus sugerentes reflejos plateados.

Embriagada de esa vanidad, casi alegre,
vivía en un tiempo que era un sabor –no sé- a un profundo azul diluido, un sabor a existencia única, subrayada a veces por el movimiento de algún gorrión enemigo como en sueños –un silencio bullicioso-

y toda yo era silencio
y era parte del silencio. Mordía una ramita de olivo para no gritar. Porque lo sentía: mi boca crecía desmesuradamente, para un gran grito, y mis dientes también se separaban para dejar salir el grito.

Por suerte, gracias a mi disciplina de araña narradora

lo contuve y se disolvió en mí. Eso era el silencio. Y yo era etérea –podía columpiarme fuertemente asida a mis finos hilos- me movía en grandes espacios “volando”. 

Sí amigos lectores,
a pesar del mínimo tamaño de este cuerpo de araña lasiodora, reivindico un espacio y un tiempo en este Cosmos cuya mayor virtud es la de acogernos, sin excepción, a todas las criaturas.

                                                                                         Johann R. Bach


30 mar. 2016

Es el mercurio que corre por mis venas el responsable de que no soporte el calor ni el frío.


EL MAR DE LOS HIELOS

Ante la oleada de calor de este verano
solo se me ocurre, para refrescarme, pensar en el viaje que hice al Mar de los Hielos.

Cierro los ojos y… recuerdo:
Me senté junto a la estatua, apoyé la cara en las manos. El bronce goteaba por mi coronilla, cubría mis mejillas, mi nariz y mis labios, se escurría por mi cuello y mis hombros.

Me cubría por completo
con la costra de la soledad y de la inmortalidad. Sentía el frío corazón de la imagen femenina de la estatua y poco a poco me iba quedando allí, glaseada por una gloria extraña de escritora rebelde, hasta que, al contacto con la armadura de bronce endurecida, mi carne se transformó en una amazona de platino.

Cuando abrí los ojos
comprendí cuan dura podía ser la vida junto al Mar de los Hielos, un mar en el que -parafraseando a Heródoto- tupida plumas de ganso caían del cielo sin cesar, de tal manera que todo era blanco en un parque siniestro.

Es el mercurio que corre por mis venas
el responsable de que no soporte el calor ni el frío.

Son los mares
–todos contaminados- los que, a pesar de todo, dulcifican el aire que respiro y no puedo pensar en otra cosa que no sea agradecer esa salinidad que constantemente inyecta sodio y vida en mi corazón.

Me desperezo y comienzo a vestirme
pues el sudor ya se ha evaporado de la superficie de mi piel.

                                                                          Johann R. Bach

29 mar. 2016

Las calles empedradas habían perdido sus adoquines de granito,


VISTAS AL MAR

En medio de un agosto sofocante
me aburría como cualquier araña lasiodora durante las vacaciones escolares: colgada en mi cómoda hamaca una telaraña de colores especialmente preparada para aguantar el calor entre dos gruesos volúmenes de geografía.

Mi mínimo corazón dio un vuelco
al oír el clásico hurgar de una llave en la cerradura: Emilia la escritora volvía a casa, a llenar el aire con el aroma de naranja propio de la crema con la que acostumbraba a embadurnarse la piel después del baño. Por otra parte ardía el sodio en mis venas por la curiosidad de saber cómo le había ido el viaje.

Lo primero que hizo Emilia al entrar en el apartamento fue abrir los grandes ventanales permitiendo así la entrada brutal de la luz del mediodía. Deslumbrada por aquella tormenta de luz sobre mis ojos no pude ver de momento que estaba haciendo, pero por el ruido de los zapatos lanzados sobre un rincón bajo la mesa pude adivinar que estaba aligerando su cuerpo. En efecto poco a poco recuperé mi aguda visión y pude comprobar que se había quitado los pantalones y la camisa empapada de sudor.

Desde mi posición la veía de espaldas
mientras pensativa observaba las fotografía enmarcadas situadas en la cómoda. Tenía un cuerpo precioso y su piel ligeramente bronceada podría ser la envidia de cualquier diosa del amor. Viendo aquella belleza escultural nadie diría la edad que tenía ni mucho menos la madurez de su intelecto.

La imagen de su madre
con un peinado de los años cincuenta destacaba sobre una pequeña foto situada en una esquina inferior de un soldado de rostro famélico… La tomó delicadamente y la situó junto al jarroncito sobre el tapete de macramé de la mesa. Se situó junto a la ventana desde donde podía ver el puerto, los astilleros con sus grúas oxidadas, con sus barcos seccionados como los motores de un museo de la técnica.

Pese a su soledad
no estaba abrumada por la tristeza, daba vueltas por el apartamento como reconociéndolo, se miraba en el espejo y se acariciaba el pecho como una colegiala que se sabe segura de que nadie la observa. Finalmente entró en el lavaba y preparó la bañera para una ducha de agua tibia.

Después de haberse bañado
se sentó frente al gran ventanal que daba al puerto y como si se le hubiese olvidado vestirse empezó a escribir. Rápidamente me trasladé por el techo hasta el dintel de la ventana y comencé a leer lo que estaba escribiendo en su diario. ¡Por fin me iba a deleitar con sus escritos de nuevo!

"He venido –comenzaba a escribir- por ver el mar, pero no me apetece ir a la playa: me conformo ver desde aquí la actividad portuaria. He estado sólo dos semanas en otro mar: miles de rollizos y rollizas, como una colonia de leones marinos, peleando por un trocito de arena. Mujeres con el pecho desnudo plantadas en el agua hasta la rodilla. Buñuelos de Pascua y cerveza, gaviotas picoteándose los dedos de los pies. Música de salsa en todos los altavoces y mujeres casi desharrapadas vendiendo maíz cocido, pistachos y coco con sus niños culo al aire rastrillando la arena".

"El mar ha envejecido terriblemente
en tan sólo dos milenios (¿o es sólo su piel la que se ha arrugado): La venus que en otra época salía de las olas en una concha es ahora una semidiosa ordinaria, con el maquillaje extendido como una máscara y la dentadura postiza hilvanada con tornillos de titanio a las mandíbulas y manchada de carmín".

"El último día salí a dar una vuelta por la ciudad,
entre edificios siempre iguales con dos ventanas por apartamento. Cuando entre ellos no se ve el .mar, puedes pensar que estás en cualquier gueto árabe de una ciudad europea. Cientos de viejos Twingos aparcados en la parte trasera de los edificios, con las barras de sacudir alfombras torcidas y cubos de basura volcados. Tomé el autobús hasta el barrio antiguo, increíblemente ruidoso. Las calles empedradas habían perdido sus adoquines de granito, las casas mostraban sus muñones y las fachadas estaban desconchadas enseñando sus ladrillos".

"En el patio de un edificio
de adobe morado recortado sobre el mar, con periódicos amarillentos en las ventanas en lugar de cristales, una maceta de lavanda florida olía embriagadoramente, señal de que allí vive, sin embargo, alguien. En una mesa alta improvisada con dos trozas de tablón, tres hombres, en pie bebían sendas cervezas en vasos metálicos mellados. Sus camisas estaban empapadas de sudor como si acabaran de mojarlas en el mar".

"Un escaparate invitaba a comer pizza:
aceitunas y medio huevo duro sobre un barniz de salsa de tomate en conserva: precisamente mis enemigos las harinas debilitantes del sistema inmunológico, el huevo origen de multitud de alergias y el tomate favorecedor del ácido úrico…". En las casas de cambio instaladas en garitas minúsculas, el cambio del día estaba escrito a bolígrafo sobre unos trozas de cartón, humedecidos ya por la brisa del mar".

De repente, Emilia dejó de escribir,
puso música rítmica, se estiró sobre la alfombra y empezó a hacer ejercicios extraños aunque su bello cuerpo al seguir el compás de aquella música excitante parecía compensar su soledad. Claro que no estaba tan sola; ahí estaba yo una modesta araña lasiodora, para contarlo todo. Espero que mañana continúe escribiendo…

                                                                                     Johann R. Bach

28 mar. 2016

“No es imposible que la calidad se deba a un accidente, ...


QUISE SER GENIAL: ESTUDIÉ FILOLOGÍA

Quisé ser genial: Estudié filología,
soñé con ser una profesora a la que se pudiera amar, entré a trabajar (no me gusta nada el altivo verbo ejercer), no impartí nunca una clase sin sentir la necesidad de bromear con los que tenía frente a mí…, siempre, indiferentemente de su grado de preparación, me llevé la misma sorpresa desalentadora. No caí nunca en gracia: Me consideraron siempre como alguien caído desde otro planeta con la pretensión de meterles en sus cerebros, a la fuerza, conocimientos que ellos no deseaban.

Me pregunto sinceramente, por enésima vez,
si quedan lectores (odio esa agresiva fórmula lectores/as) que sigan con tenacidad a un autor, a través de todo su sistema de galerías como a un zorro astuto;

que quieran entrar de verdad
en los extraños mundos de unas mentes las cuales sólo se distinguen por haber encontrado la forma de exteriorizar, bolígrafo en mano, cómo son y cómo ven el universo desde dentro de un diamante icosaédricamente tallado.

Alguien dijo que
"un escritor es una simple máquina de fabricar personas geniales". Me pregunto si queremos todavía convertirnos en personas geniales siguiendo a escritores como Cervantes o Pushkin. En mis cortas vacaciones de Pascua, en la mágica isla de Menorca anoté algunas cosas del mundo insular, pero lo que me sorprendió esta vez fue un cartel-reclamo en una tienda de abarcas escrito a mano con una caligrafía de letra de imprenta que decía:

"No es imposible que la calidad se deba a un accidente
Nuestra experiencia dice que es el resultado de un esfuerzo inteligente".

Esas palabras fueron puestas ahí,
en el escaparate de la tienda, después de un cierto proceso de maduración de alguien que sabe escribir y que ha buscado la rima. ¿Sigue siendo para una escritora la publicidad una forma más de obtener ingresos?

Por qué escribes, para quién escribes
han pasado a ser hoy en día las preguntas cruciales que me planteo como autora porque quizá los lectores contemporáneos prefieran una ducha de agua tibia, un baño relajante tras una jornada de trabajo.

                                                                       Johann R. Bach

De un salto me coloqué encima de la lámpara y su calor subía por mis patitas como rayos


EL ELIXIR DE LA JUVENTUD

Hoy os voy a contar
cómo descubrí el elixir de la juventud. Ya sabéis que una araña narradora siempre tiene cosas de las que hablar.

Fue en un día gris
de esos que parece que el sol tiene dificultades para colar sus finos hilos de luz entre las nubes. Sólo a pequeños intervalos lograba colar algo de luz plateada a través de la niebla. Emilia intentaba escribir algo sin éxito. Se levantaba, iba a la cocina, abría la nevera, la volvía a cerrar sin coger ningún alimento ni bebidas frescas.

Ya me había llamado la atención
verla cómo se sentaba de espaldas a la corriente de aire mientras ventilaba la habitación pues en aquella posición no podía ver paisaje alguno que no fuera el de un cuadro de Delvaux colgado en la pared a la altura suficiente como para levantar forzadamente la cabeza.

Deambulaba de un lado a otro
como si la tristeza le inundara poco a poco los poros de su grasienta piel. Finalmente, al parecer enfadada consigo misma, llamó al "Alquimista" sobrenombre de un viejo farmacéutico ya retirado. Aquel viejo acudió casi inmediatamente al requerimiento de Emilia. Su ropa olía a membrillo como si hubiera estado manipulando esa fruta o como si en su casa lo utilizara como elemento organoléptico para camuflar los olores de las sustancias trituradas con las que se familiarizaba. Iba acompañado de un pequeño can colocado en uno de sus grandes bolsillos dando la imagen de alguien que, a pesar de sus extravagancias, sabía lo que decía.

Casi sin decir palabra
el Alquimista observó el rostro de Emilia y, como el que ha descubierto ya el mal que la aquejaba. ¿Desde cuando tienes esa fisura en mitad del labio inferior? –le preguntó. Emilia corrió a mirarse en el espejo y, se asombró al ver que en efecto su labio inferior estaba hinchado y partido por la mitad. No sabría decirlo –contestó la escritora-, de hecho acabo de descubrirlo ahora mismo.

Te voy a dejar
a mi pequeño guardián –dijo el hombre- para que cuide de ti mientras voy a buscar agua de mar para cicatrizar esa herida que tienes en el corazón. El perrito comenzó a husmear por toda la casa como si de un sabueso experto se tratara. Yo, sentada cómodamente en mi telaraña de colores me alegré de que el animal de compañía fuera un perro y no un gato molestón. Al día siguiente el Alquimista regresó con una botella de vidrio de color topacio en la que en la etiqueta se podía leer "Aqua marina".

Con rapidez tomó con un cuentagotas
una porción del contenido de la botella y diluyó una sola gota en un vaso con agua de Vichy agitando con una cucharilla el agua. El líquido resultante era al principio turbio, lleno de burbujas flotantes en un movimiento circular desacelerándose. Al cabo de unos instantes, sin embargo, como levaduras empezaban a elevarse, en pequeños círculos de espuma diáfana, hacia la superficie, mientras en la parte baja del vaso aparecía una lente límpida y reluciente, intensa e hipnótica que crecía cada vez más. No sabía si aquella claridad subía hacia el borde del vaso o sí, por el contrario, las espirales de burbujas aterciopeladas, que parecían elevarse, descendía de hecho para disolverse en la luz.

Finalmente el agua cristalina, alquímica,
pesada, hialina llenaba todo el vaso, orlado en su superficie por los numerosos saltitos de las burbujas carbónicas. Desde entonces, en mi época cafeinomaníaca seguí siempre un ritual estricto: Mientras tomaba una taza de café iba contemplando fascinada el espectáculo de clarificación de una gota de agua de marina, de las espirales transparentes de las burbujas del gas carbónico que no dejaban de elevarse desde el fondo del vaso, creciendo en volumen a medida que ascendían a la superficie, sólo después empezaba a beber aquel elixir a pequeños sorbos.

Pero volvamos al momento
en que Emilia empezó a tomar aquella dilución de una gota de agua salada en un vaso de agua mineral. En efecto, Emilia mejoró. En tan sólo cuarenta y ocho horas volvía a ser la mujer jovial y alegre olvidándose hasta de sus años. Yo la observaba alucinada y como es natural, quise probar aquel brebaje "tan milagroso". Mientras Emilia estaba en el baño me descolgué desde la lámpara y comencé a beber a pequeños sorbos. Creo que habría bebido la mitad de una gota cuando sentí, al principio de forma subliminal, los primeros efectos.

Mi cerebro,
completamente virgen por aquel entonces, pues no conocía más que el vino tinto y el aroma de la nicotina, reaccionó ante aquel líquido místico con tanta fuerza, con un entusiasmo tan total, que pilló a mi cuerpo de araña delicada desprevenido. Empecé a sentir, simplemente, entusiasmo. De un salto me coloqué encima de la lámpara y su calor subía por mis patitas como rayos. Era un entusiasmo sin motivo, una felicidad sin causa externa, una especie de borrachera, parecida a la del éxito, que crecía a medida que pasaba el tiempo. No sé cómo será inyectarse una dosis de heroína, pero aquellos sorbos –y todos los que tomé después- de una dilución de una gota de agua marina, efectivamente, cicatrizaban las heridas del alma.

Durante los años siguientes,
cada vez que Emilia preparaba el elixir de la juventud, al primer descuido, me descolgaba del techo y llenaba mi cerebro de luz como si fuera un globo inflado con el gas carbónico del agua de Vichy; hacía que me elevara, que saliera de mí, azuzaba un deseo irrefrenable de existir de verdad en un mundo verdadero en el que nada me estaba prohibido. Le hice beber aquella pócima a varias de mis amigas arañas lasiodoras y todas coincidían: todos sus alumnos se enamorabas de ellas e hilaban fino, como nunca, al manejar las ecuaciones matemáticas. Una de ella aquanómana contaba que en la época en se "drogaba con la Aqua marina" era como si tuviera siempre, a su lado, un amante.

Yo también me sentía –lo reconozco-
enamorada de todo aquello que rodea a mil besos, como si fuera posible el amor puro, fuera de los cuerpos, sin necesitarlos.



                                                                             Johann R. Bach

27 mar. 2016

Emilia cuya mente tiene la flexibilidad de un contorsionista, estaba doblando monstruosamente la cintura


EL SURREALISMO DE EMILIA

Emilia es capaz de sorprender,
incluso a una araña chismosa como yo, hasta el delirio con su forma de escribir: pasa de un verso lírico a una descripción surrealista en cuestión de segundos.

Cuando parece que va a expresarse con una obviedad,
puede ocurrir que el bolígrafo se le retuerza en su mano como en una improvisación musical de jazz.

Sin ir más lejos, ayer, antes de la cena, se levantó de su silla casi con premura y se fue al baño. Los minutos fueron pasando para mí como una eternidad y finalmente no pude contenerme: "Voy a ver que está haciendo" –me dije- y me colé por encima de la puerta entornada del lavabo. La vi desnuda toqueteando el agua que salía de la alcachofa de la ducha. Debió de cabrearse como un político que no sale elegido como diputado pues se vistió sin meter siquiera los pies en la bañera.

Volvió a su mesa de trabajo,
encendió el ordenador y comenzó a escribir:

"Entré en la ducha,
pero del maldito grifo salía agua unas veces demasiado caliente y otras demasiado fría, así que tuve que renunciar a la idea de ducharme…"

De repente dejó de escribir y miró hacia arriba.
Por suerte yo me hallaba detrás del cordón de la lámpara pues de otra forma aquel fuego que salía de sus ojos podría haber fundido los plomos de mi diminuta cabeza.

Siete, ocho, nueve, tal vez diez segundos después empezó a aporrear el teclado dejando de lado el cuaderno de notas y el bolígrafo: Lo que escribía salía en la pantalla sin falta ortográfica alguna y su contenido hizo que todos mis músculos horripilatorios se levantaran poniéndome literalmente la piel de gallina.

Emilia cuya mente tiene la flexibilidad de un contorsionista,
estaba doblando monstruosamente la cintura mientras escribía "cómo coger con los dientes la rosa situada junto a sus talones para luego como clavándose una espina, triunfante, lanzar esa aromática rosa al público,

puesto que el agua salía
unas veces hirviendo y otras fría como el hielo; es decir, una forma de decir que no iba a tomar una ducha tibia. Todo lo cual era mucho más monstruoso que la propia imagen en el espejo de una araña como yo.

Eso sí son metáforas.

                                                                            Johann R. Bach

Emilia, la escritora de antigua soledad, reivindica para ella sola una de ellas


PENÍNSULA MÁGICA DEL CAP DE CREUS

Existe un gran número de Penínsulas
en las accidentadas costas de mares y océanos en sueños y recuerdos, en la vida real y en la imaginaria.

Emilia, la escritora de antigua soledad,
reivindica para ella sola una de ellas: La Península Mágica del Cap de Creus, fácilmente reconocible porque tiene la forma de su cerebro.

Y tiene esa forma
porque ella se lo ha moldeado, desde su niñez, a su imagen y semejanza. En su superficie hay arrugas y pliegues profundos, zonas motoras y sensoriales, áreas del habla y áreas de la comprensión.

Pero no hay ni un palmo cuadrado
donde no brote la vida con su música, ni la luz iluminando el paisaje lleno de viento y de mar; ni en ninguna  parte muros de hormigón, telones de acero, ni fronteras.

                                                                      Johann R. Bach