27 abr. 2013

LAS EDADES DE LA VIDA

       MÚLTIPLOS  DE  SIETE

 

Siete años tardaste en aprender

a hacer el lazo de los zapatos heredados de tu hermano. Los cordones ya desgastados por el uso resbalaban fácilmente sobre los calcetines y su forma de ocho horizontal crecía y crecía como el espacio.

 

Hasta los catorce no te fue necesario

dibujar ese signo y otros sobre un cuaderno de hojas con fondo cuadriculado llenas de ecuaciones de segundo grado. En esos momentos crecías y crecías como las hojas de un guisante germinando.

 

Las chapucillas con cilindros

y cónicas y las reflexiones sobre los péndulos de compensación para medir exactamente el transcurrir de los minutos, formaban parte de una sed inextinguible de conocimientos. Tu imaginación despertaba a impulsos de intensidad irregular, pero imparable.  

 

A los veintiuno descubriste la noche

y la Banda de Moebius que completó tu colección de figuras construidas con delicada papiroflexia. Empezaste a frotarte las manos porque las piezas del puzle de la vida empezaban a encajar.

 

Entretanto el amor llamaba

a tu ventana como la zarpa del helor de un crudo invierno. A partir de rombos, triángulos y pirámides construiste un jardín inteligente a falta de un diamantino edén en el que hasta los insectos pudieran acudir al festín de la miel.  

 

A los veintiocho te atreviste

a decir tímidamente para tus adentros: ¡Eureka!. Creíste haber encontrado la piedra filosofal, pero no querías parecer ridículo y no comentabas públicamente las locuras filosóficas que se te ocurrían;

 

las otras, las de la especie,

ya no estabas a tiempo de ocultarlas: ya te habías convertido en padre y habías inventado la palabra ser –palabra dura e incolora.

 

A los treinta y cinco sólo

los cambios de domicilio te salvaban de la hoguera que los vecinos preparaban pacientemente.

 

No les gustaba tu forma

de apartar las hojas cálidas con manos vivas y cómo pisoteabas las estampas que ellos consideraban sagradas.

 

Los viajes

y el perfeccionamiento de varios idiomas a la vez te ocupaban horas y horas. Te cultivaste como si fueras a vivir toda la vida. Aún te costaba romper a llorar y diluir en tus propias lágrimas el espacio y al igual que el tiempo, no detendrías tu enloquecida carrera.

 

A los cuarenta y dos años

no viste amor en sus ojos. Empezaste a sentir aquella lluvia de reproches sobre tus hombros como la humedad de la niebla. Tus versos, tus besos, tu sueldo eran insuficientes.

 

La atracción newtoniana

ya no funcionaba como cuando erais unos perfectos desconocidos. Tuviste que tomar la decisión de ganar dinero como la imitación de un proceso que conduce al suicidio.

 

Tus cabellos te iban abandonando,

eran cada vez menos abundantes en la cabeza mientras el vello brotaba en todos los poros de tu pecho. La sensibilidad de tu piel quería evitar el vacío a tu alrededor que era cada vez más fuerte.

 

En esos años

ya no confiabas en tus cinco sentidos: el mundo podría quedar reducido al tamaño de una avellana mientras que pequeños planetas cegados por su propia sangre podrían crecer y dar paso al nacimiento de un sol.

 

A los cuarenta y nueve el exilio

te salvó el pellejo, la modestia volvió a tu corazón, empezaste la larga travesía del ecuador de tu vida y a saber lo que querías. El listón quedó fijado en los ochenta y cuatro por los cálculos de Quetelet.

 

A los cincuenta y seis comprendiste

a tu padre y a tus hijos; supiste de sus limitaciones y los reconociste como seres humanos que sufrieron lo suyo. Y en cuanto a tu madre pensaste que ella nunca cambió:

 

esperó siempre vuestro regreso

vestida con su blusa blanca moteada de lunares azules y sus ojos grises en el umbral de todas las puertas, con la sonrisa haciendo juego con las perlas de su collar.

 

Comenzaste a recordar

que le gustaba el café, la tranquilidad y las películas de Humphrey Bogart; y, como si los estuvieras viendo, sus movimientos de cabeza desaprobando tus primeros versos.

 

A los sesenta y tres escribías

sin parar con la locura del que cree que no va tener tiempo suficiente en los veintiún años restantes para amar y al mismo tiempo explicar cómo la primera parte de tu vida te pareció huérfana de caricias.

 

A los setenta… ¡Por fin la luz!

A partir de átomos, puntos de coordenadas que se doblan en los espacios, cabelleras de cometas que se peinan una vez cada setenta y cinco años, púlsares que presumen de medir el tiempo,…

 

puedes construir la infinitud

y entregarte de lleno al amor y erigir puertos y cabañas rodeadas de naranjos y viñas, de frágil duración, lugares donde el tomar el café entre sonrisas amables permite ver la vida desde un ángulo desconocido.

 

A los setenta y siete te pudiste

permitir el lujo de renunciar a la fama y concentrarte en escribir, durante los siguientes siete últimos años –que no es poco-, todo aquello que los demás no pudieron o no quisieron ver.

 

Sobre una tabla con siete cuerdas

depositaste tus lagrimitas ya disecadas y con tu rígido puño de rebelión y temblorosa caligrafía sobre papel inmaculado en una noche fría estuviste escribiendo

 

tu amarillo y ridículo testamento ológrafo.

Secreto, aún sin fecha, pero con la rúbrica extendida al margen de cada hoja, lo guardaste en un cajón de la cocina. Abogados y jueces se desvivirán por desentrañar su validez. ¡La voluntad sobre todo! (la Willenstheorie de Descartes). ¡Faltaría más!

 

¡Ah! ¡Ese listón de los ochenta y cuatro!

Tan duro de pasar, pero qué suerte haber llegado entero.

 

                                                                                         Johann R. Bach

LAS MARGARITAS UNA GRAN FAMILIA

              FIBONACCI

                        Y

         LAS MARGARITAS

 

Azucenas, ranúnculos, caléndulas

bellis perennis, girasoles y árnicas todas hijas o hermanas de las compuestas margaritas, van de la mano como una sucesión de Fibonacci.

 

Ya no dan la impresión de originales

porque son numerosas. Y llaman la atención con ese bulto de estambres aceitosos graduado y amarillo. Los pétalos lo enfocan: ahora las pestañas se hacen anchas.

 

¿Por qué no las podemos

llevar a un funeral? Y en la noche, como niños, sin ansiedad encierran sus conciencias con los pétalos blancos.

 

Alegres, individuales

como la sufrida Arnica que resiste en pie vendavales, lluvias y nieves; su maltrecho pelo muestra su soledad.

 

Su hermano mayor el infatigable girasol amarillo cubre la hierba con versiones de un ojo. La fuerza de su mirada plena, sencilla, sólida, contenta. Giratoria y doméstica como el vino.

 

Algunas margaritas

son como multitudes que esperan una palabra cada una, cada una una mirada… una caricia sobre la piel quemada;

ésas son las alegres y ardientes caléndulas que sólo se ponen tristes cuando una nube oscura le priva de los hilos de oro del dios Sol.

 

Si eso ocurre se encierra en sí misma;

una gota de cristalino jugo como una lágrima evita las cenizas de su cabellera y no se marchita.

 

Cuando se van,

te arrancan las margaritas una expresión de exaltada simpatía. Ricas hasta el último intervalo con sus tubos diminutos de polen, de aceite.

 

Para el ojo,

-las margaritas de los campos- son simplemente para el ojo, y sin olor alguno. Para el espíritu es, su órgano invisible. Cada orgullo necesita su Bellis perennis… esa sensible cosa.

                                                                                          Leo P. Hermes

EL MIEDO A CRECER EN LAS NIÑAS

     EL MIEDO A CRECER

 

Aquella tarde habíamos salido del Colegio

mis dos amigas Nicole, Jenny y yo para recoger de la guardería a Georg, el hermanito de la Nicole. Era un niño agradable, más obediente que alegre, pero muy fácil de complacer. La Guardería estaba en Dammweg, una travesía muy importante de Kiefholzstrasse porque por ella se llega, después de atravesar Sonenallee (la avenida del sol) a la autopista.

 

Yo me sentía fascinada

de poder alcanzar, esa altura de la misteriosa calle para mi, Kiefholzstrasse. Desde esa altura, mirando hacia el norte, en dirección siempre en línea recta con la calle, se divisa a lo lejos el pirulí de la torre de comunicaciones, rodeada habitualmente de una neblina cuyo origen es la salida de vapor de agua de la central térmica.

 

En ese cruce

nos encontramos con Sabina, la profesora de ciencias naturales; fuimos con ella un tramo de Kiefholzstrasse arriba, a una distancia que para mí ya era una osadía, pero como íbamos todas juntas no me atrevía a negarme a acompañarlas. Pero por dentro sentía una especie de inquietud indefinida. 

 

Llegamos a un bloque de viviendas

cerca de Plänterwald, la estación de tren de superficie del S Bahn (tren). La puerta era un arco bien diferenciado del arco de medio punto de las casas de mi barrio, pero realmente se respiraba un ambiente de monasterio parecido al de mi escalera.

 

En general todo Alt Treptow me parecia un barrio salido de un cuento de hadas y al mismo tiempo misterioso y solitario como su parque.

 

Sabina era una mujer un poco huesuda,

con caderas anchas, la cara agradable, con anchas cejas negras, pero con unas sombras sobre la barbilla fruto de un cuidado rasurado. Era muy inteligente y culta. Era un poco la mujer independiente que yo soñaba ser algún día.

 

Nos invitó a un café.

El primero de mi vida. Nos enseñó unas diapositivas de unas excavaciones que se estaban realizando en Perú, país para mi exótico e inalcanzable, al objeto de encontrar rastros de civilizaciones antiguas. Nos despedimos y volvimos sobre nuestros pasos por Kiefholz Straße abajo.

 

Todo parecía muy normal,

pero yo me sentía nerviosa, como si hubiera cometido un crimen, me temblaba la mandíbula, necesitaba moverme con la sensación de que si me paraba también lo haría mi corazón.

 

No podía comprender

qué me había alterado de esa manera, pero tenía miedo y rogué a mis amigas que nos apresuráramos. Debía llegar pronto a casa. ¿Me había alterado el café?

 

Cuando llegué a casa

fui derecha al baño y dejé fluir una abundante micción que, curiosamente, acabó con mi inquietud. Todo lo que habíamos hecho aquella tarde perdió interés para mí por banal, pero cuando empezaba a dormirme me venían a la cabeza todas las historias que Sabina nos había contado sobre el Perú y medio dormida soñé con ella, mi primer sueño erótico:

 

"Estábamos desnudas

en una habitación Sabina y yo. En esos días mi pubis empezaba a cubrirse de vello y ello era motivo de observación de todas las niñas del colegio; las mayores exhibían sus pubis más poblados que los de las jovencitas. Pero el vello pubial de Sabina era descomunal, alcanzaba el ombligo y por la parte baja se extendía por las ingles hasta mitad del muslo".

 

En mi sueño Sabina

me decía que había pensado en rasurarlo todo, pero que finalmente no le molestaba el tenerlo ni el exhibirlo cuando se presentaba la ocasión. Me cogió la mano y me la puso en su bajo vientre para hacerme notar su espesa piel de astrakán. Tuve mi primer orgasmo en ese sueño.

 

Me desperté inmediatamente

y aun sentía los calambres que partían de mi bajo vientre; llegaban hasta los pezones. Me costó volver a conciliar el sueño. Di por olvidado lo que había sentido (¿ocurrido?). Nunca se lo conté a nadie.
 
                                                                      Elisa R. Bach

26 abr. 2013

TODAS LAS COSAS SUFREN Y AMAN COMO NOSOTROS

      VIOLETA Y SU PAISAJE

 

 

Violeta siempre se aferró a su nombre

porque a diferencia de su sombra nunca la abandonó.

 

Ya no podía mover su cadera.

Deseaba que alguien entrase en la habitación y le tirara hacia arriba los hierros. Con un pequeño movimiento bastaría para evitar las llagas de decúbito. Se sentía como una mariposa moribunda al amanecer.

 

No quería morfina –les repetía a las enfermeras-

Tenía la boca pastosa y soñaba, más que desear, con racimos de uvas y regaliz. Escribió en un sobre en el que había depositado algo de dinero, un ruego: Háganme una misa con estos billetes.

 

Ya ves. No somos nada.

Tú un simple ramillete de violetas inmóvil en esa mesita mirando el agua de un vaso tapado con un pañuelo de papel, dando color a cuatro paredes que no son más que una mazmorra lejos de los campos llenos de luz donde naciste.

 

Te han segado, como a mí, las raíces.

 

Media vida dando fragancia

a mis padres, a mi esposo, a mis hijos… y ahora… sólo tú estás cerca para regalarme tu último aroma para consolarme.

 

Ya sé que me miras y te asombra

ver mis labios tintados de tu mismo color. Ese es un placer del cual muchas hermanas tuyas nunca conocerán.

 

Nadie me ha mirado, como tú, con tanto amor

desde que me rompí el fémur. La Medicina ha certificado de antemano mi derrumbamiento. Han colocado –lo sé- en la pizarra como una sentencia el diagnóstico: "Síndrome algo-neuro-distrófico".

 

Es una forma ampulosa más que elegante

de decir que mi fémur no sólo rechaza el tornillo de titanio destinado a sujetar las dos partes del hueso sino que no se puede soldar.

 

Todos creen que desconozco el resto,

como si no tuviera ya oídos para oír y ojos para leer en sus rostros un rechazo hacia mí mucho mayor que el del ligero metal.

 

Noto, por otra parte,

cómo mi tuétano se deshace y se diluye en mi sangre arrastrando hacia todos los rincones de mi esqueleto esos fragmentos que harán que en pocas horas emprenda contigo el viaje hacia el Ápex.

 

Respiro hondo

para sentir el precioso aroma que surge de tus pétalos única cosa que me ha de ayudar a cruzar esa puerta. Sé que ya se han preparado las silenciosas ruedas plegables para deslizar mi cuerpo por los pasillos.

 

¡Mira ramillete mío!

a mi hermana como se abanica. Tiene calor, suda, le falta el aire, y, sin embargo, yo tengo los pies fríos como tus tallos en ese jarrón; y, ni tú ni yo los podemos mover.

 

Todos se acercan al hospital

diciendo que vienen a verme, pero no es verdad: permanecen fuera de la habitación hablando de sus negocios, del último partido de fútbol o del último hombre del que se han separado.

 

Temen que mi aura tintada de fucsia les arrastre

a ellos también y hablan con el cura paseando arriba y abajo por los pasillos de esta Séptima Planta: la de los desahuciados.

 

¡Oh ramillete mío!

 

Permanece aquí junto a mí.

No tardaré mucho en irme. No pares de enviarme tu fragancia y graba en tu ADN mi rostro y mis lágrimas como último regalo. Cuando algún día nos volvamos a encontrar prometo plantar junto a ti decenas de margaritas.

 

Tú que estás junto a la ventana,

dime si ves una diminuta lechuza encaramada en el árbol más alto. Hace dos noches que está ahí como si se entregara ciegamente a la miel del sol del amanecer.

 

Dime ramillete mío si oyes como yo

a los ángeles cómo desatan con sus dientes los cielos, cómo respira el funcionario de gruesas cejas mientras aguarda pacientemente el momento en que el vuelo de la lechuza

 

le dé para pulsar el timbre

que ha de poner en marcha la maquiavélica máquina, engrasada, con los depósitos de combustible llenos y los frenos recién revisados.

 

De la misma forma que yo respiro

impregnada de tu aroma, aspira la esencia de mis cabellos recogidos con mi última diadema. Imagina que mi olor es como el perfume sutil del naranjo.

 

Me he pasado la vida

oyendo nombres desconocidos –ninguno como el de Violeta-, soñando con paraísos, con nuevas tierras y paisajes, con nuevas locuras de los hombres que demostrasen su amor a las mujeres o de los dioses mientras me conformaba con ser una humilde vendedora de flores;

 

con una ciega voz

que, a tientas en la memoria anochecida, palpaba mejillas y ademanes que no me atrevo a decir que fueron besos.

 

Mi nombre –como su variedad tricolor-,

frágil como una mariposa, resuena ya en mis sienes como la música que me lanzas tú mi ramillete de violetas.

 

Avísame cuando se replieguen tus pétalos

para dejar caer también mis párpados.                      

 

                                                                                                Violeta P. Campos                                                                       

 

LA MAGIA ALCANZA HASTA LOS ZAPATOS

   LOS ZAPATOS MAGICOS

Cuando tú eras niña,

la escasez de viviendas obligaba a una cierta promiscuidad familiar; y, vosotros no erais una excepción. Además de tus padres y hermanos vivían bajo vuestro mismo techo,

 

un matrimonio  con una hija

muy presumida a causa de que su ya anciano padre era de buena familia. La mujer cuarenta años más joven que él había sido una de sus empleadas de una zapatería de su propiedad,

 

una prima de tu padre

que trabajaba en la compañía municipal de aguas y una tía, hermana menor de tu madre, empleada del hotel Ritz de Barcelona. El aire en esos años era frío y triste y cientos de desempleados se concentraban en la Plaça d'Urquinaona por si alguien acudía allí con alguna oferta de trabajo.

 

Ambas solteras,

buscaban sin éxito algún novio para poder formar sus propias familias, pero a juzgar por lo que tú oías eso era muy difícil. Los hombres deambulaban de un lado para otro, desesperados, por no poder ofrecer nada (material) a una mujer y ellas, ante tal situación, preferían seguir siendo solteras.

 

Las  jóvenes no podían salir de casa

sin el permiso paterno hasta cumplidos los veinticinco años y las mayores de esa edad debían andar con cuidado para no coger mala fama.

 

Eran años en que estaba mal visto

que una mujer entrara en los bares que, por otra parte, no eran más que cochambrosas y malolientes tabernas y fumar era un hábito de mujeres de dudosa moral. 

 

En medio de aquellos días

la habitación de tu tía –como un oasis-

fue siempre para ti como un lugar sagrado. Nadie entraba allí sin su consentimiento.

 

Era muy celosa de sus cosas;

escasas cosas, que no conseguían llenar aquella estancia de ocho metros cuadrados aunque el techo era altísimo y en una especie de altillo se guardaban todas las maletas como dispuestas a viajar de nuevo.

 

En el enorme y antiguo armario

guardaba sus cuatro o cinco blusas con sus correspondientes vestidos, unas catorce o quince cajas de zapatos llenas de libros, cartas de antiguos amores y objetos que, como reliquias, estaban encintadas con betas azules.

 

La habitación olía a libro viejo

mezclado con colonia de lavanda como si el suave perfume que usaba ella no quisiera salir de allí. Era un lugar acogedor en el que ella solía poner flores junto a la ventana y a su manera era feliz en su rincón.

 

A veces te hacía entrar

en aquel refugio destinado a guardar su intimidad y sentadas sobre el antiguo sofá cama de hierro hablabais de la vida en la escuela, y de las vicisitudes de su trabajo. Pero en general tus padres y tus hermanos no entraban nunca en su habitación.

 

Recuerda aquella tarde

que tu tía acababa de salir de casa en dirección al hotel donde trabajaba; entraste en su habitación; te pusiste sus zapatos –que conservaban aún la tibieza de sus pies- llenos una tibieza ajena te pintaste los labios con su carmín.

 

Calzada con aquellos zapatos

destinados a bellos pies te asomaste a la ventana. Te sorprendieron, de repente, los largos dedos oscuros y sarmentosos, vueltos hacia arriba, de los árboles de la calle como manos de bruja o candelabros donde la cera se ha secado y ennegrecido hace mucho.

 

Creciste de golpe,

como si te hubieras enterado de un pecado desconocido. Tus pies se calentaron súbitamente y el calor negro ascendió por tu cuerpo hasta alcanzar las sienes como una música de percusión.

 

De repente viste

como la luz del día amarilleaba y afuera te pareció ver en ese aire recién lavado cómo las formas sin hojas de los árboles recobraban su condición extravagante como si miraras el paisaje con unas gafas de esquiar amarillas

 

Durante toda la semana

no te atreviste a mirarle a los ojos. Te ocultabas en las cortinas del pasillo o me encerrabas en tu cuarto como esperando un castigo. Tu cara se encendía cada vez que te decía alguna palabra cariñosa como si se hubiera percatado de tu ignominiosa acción.

 

Pero las semanas fueron pasando

y aquello pareció olvidarse dentro de ti, pero aquella sensación de ponerte aquellos perfumados zapatos no se borró nunca de tu memoria.

 

Durante muchos años

resonaron en aquel reducido espacio voces pegadas a las paredes y la escasa luz que caía de aquel inalcanzable techo te pareció de hermosos augurios.

 

En tu imaginación

allí habitaba un dios marino que absorbía los ecos y protegía el corazón sensible de tu tía porque durante toda tu vida la viste guapa en sus ojos y amorosa en su alma.

                                                                                   Johann R. Bach

 

 

¿LA MELANCOLÍA DEL HUMO O EL HUMO DE LA MELANCOLÍA?

EL HUMO DE LA MELANCOLÍA

 

Como en una locomotora de vapor

que resopla y echa humo, ordena al ingeniero y sus ayudantes echar carbón en abundancia; cerrar las válvulas y pasar lo más deprisa que se pueda sobre el puente del Leteo.

 

Repite en tu interior

con la misma presión del vapor sobre la caldera: ¡No vayas, no vayas hacia el olvido! No exprimas la Capucha del monje (el Acónito), tenaz en sus raíces,

 

el vino ponzoñoso,

empecinado en sobrevivir en las cumbres nevadas amparado solamente en el color azul de sus pétalos.

 

No expongas tu pálida frente

al rojo beso letal de la belladona o al dolor de la dulcamara sin antes asegurarte que las válvulas se abrirán para dejar escapar la fiebre agazapada a su humo.

 

Quizá te puede apetecer alejarte

del agitado mundo de hoy en día y hacer un viaje lento y relajado a lomos del Viejo Tren de los Sueños. En ese caso, cierra los ojos y súbete a los antiguos silbidos que flotan sin necesidad de catenaria.

 

No hagas tu rosario

de escarabajos de té -Blatta orientalis- escondidos en las plantaciones de Ceilán ni le expliques tus penas a los murciélagos pues las sombras se acurrucan junto a tus sombras como un sueño excesivo.

 

Ármate de valor.

Aprovechando la breve parada en la llanura, cuando el acceso de melancolía caiga y desde el cielo la humedad, como de llorosa nube, atraviese el humo que se disipa bajo las ruedas de la locomotora

 

reanima tu abatida cabeza

cargada de flores con una gota de vinagre sobre tus labios y oculta el verdor de la colina, aunque sea momentáneamente con una rosa de la mañana.

 

Envía a la melancolía

a su residencia de verano. En este año ya no tiene lugar desde donde contaminar tu fino paladar después del estallido de las Uvas de la Alegría sobre tu lengua.

 

Copia la actividad

del único tren de vapor que funciona casi todo el año -a pesar de la invasión de las catenarias conectadas a las centrales nucleares-, en la compañía privada Ferrocarriles Oigawa, en la prefectura de Shizuoka.

 

Ese tren, como el Viejo Tren de los Sueños

va lleno incluso en días laborables de familias y aficionados a este tipo de transporte.

 

A ti poco te importa que los vagones de pasajeros

no tengan aire acondicionado, así que, durante el viaje, al abrir las ventanillas se puede contemplar

 

la mezcla de paisajes reales

con las victorias virtuales arrancadas a la melancolía de los campos de té, típicos del paisaje de Shizuoka.

 

Aspira el aire en el interior de los vagones

y siente como la locomotora de vapor desata su poder secreto que consiste en crear un sentimiento de camaradería entre los viajeros, aunque estos no se conozcan. Embriágate de él.

 

A la hora de la salida

suena un silbido, las alegrías se desatan, salen nubes de humo, y las grandes ruedas de hierro comienzan a rodar desde la estación de Kanaya. Es otro de tus viajes placenteros.

 

En el camino,

cuando el tren retumba sobre los puentes de hierro, los adultos y los niños de las riberas del río, miran hacia arriba y dicen adiós con sus manos al aire como desde el primer día que vieron un tren.

 

Los pasajeros les contestan

y el silbido de la locomotora mezclado con el humo también les envía saludos mientras se aleja de su vista.

 

El final de trayecto

está en la estación de Senzu, a 39,5 km., un viaje de 82 min. por el valle del río Oi un paisaje idílico.

 

Entrando en la estación de Shin-Kanaya,

donde muchos pasajeros y aficionados a los trenes están esperando como tú, deshacerse de los malos presagios, después de haber tocado sus sueños.

                                                                                            Johann R. Bach

 

EUCLIDES Y EL SUEÑO DE LAS ABEJAS

                            EUCLIDES

                         Y

  EL SUEÑO DE LAS ABEJAS

 

Se despertó sudando

con gran agitación; el nombre de Euclides y su estrecho espacio zumbaba sobre sus sienes; sacó de la mesita de noche su cuaderno de color miel en el que, a forma de diario, anotaba meticulosamente todo lo que le acontecía desde el momento mismo de despertarse.

 

(Aquel día escribió) "Todos los rayos

que los dioses lanzan los tengo en mi garganta. No creo que sólo deba esperar continuamente la visita de la desdicha; y, no quiero, pasivamente, sentir cómo acude a mi lecho y a mi ya bastante amargo corazón, y que se acumulen ingentes penas mezclándose con afrentas dolorosas."

 

"Siento que la úvula

está inflamada como un bolo alimenticio a punto de ser engullido. Sé por experiencia que cuando eso ocurre el color granate invade las fauces y ese badajo cargado de agua puede ahogarme."

 

"Una sed insaciable me persigue.

En momentos como éste nada me satisface. Mi soledad pretende convencerme de que no me honran los dioses ni los hombres; y, que me hallo destinada a vivir en la odiosa tristeza, lo mismo que una fiera a quien los duros hierros y la cólera hieren"

 

Aún no había amanecido.

Se levantó, fue al baño, se miró en el espejo y no vio nada de particular excepto su piel pálida, transparente hasta el punto de que las venas de sus sienes fueran visibles y las bolsas llenas de líquido bajo sus ojos.

 

En su sueño volaba,

caía desde lo alto de un edificio cargado de viviendas como un panal, pero no llegaba al fondo porque asombrosamente su vuelo era suave aunque consistía en dibujar hexágonos continuamente.

 

Aquello le devolvía la alegría

a sus dorados hombros y hacía planes para pasar en vuelo rasante sobre los campos de girasoles de forma que el color amarillo pudiera coserse a su piel; y, el aroma del néctar de las flores pudiera ser recogido, como alimento de todo el año, en la cesta de mimbre colgada a su espalda.

 

¡Oh noche!

 

¿Puedes explicarme –se preguntaba con angustia- por qué he tenido ese sueño?¿qué sentido tiene el moverme continuamente sobre hexágonos?¿Debo ser amable con esas criaturas y corresponder a esos regalos cargados de flores y miel?

 

¡Oh noche!

 

¿Es cierto lo que me parece

oírte decir? Te escucho atentamente. De acuerdo, de acuerdo. Todo el verano me he estado bañando en ese precioso mar que me aliviaba del penoso calor, he libado hasta saciarme del cántaro sagrado del amor y mis hombros se han bronceado hasta sentirme dichosa.

 

¡Oh noche!

 

No me riñas por haber sido feliz

este verano. Te prometo tomar miel y romero para mis anginas. Ya sabes que soporto mal el calor, que después de las largas vacaciones junto al mar acostumbro a encontrarme mal y que mi mejor tiempo se halla anclado en las constelaciones y en las estrellas de la primavera.

                   

                                                                                              Johann R. Bach