21 mar. 2014

los escritos de Johann son poesía para vivir

La apología de Johann R. Bach

 

Poesía y verdad

-para muchos escritores-

son sinónimos.

 

A veces Johann es hermético

en defensa de su poesía.

 

La oscuridad no es una ley

necesaria de la poesía y sin embargo algunos “científicos” de la literatura tachan sus escritos de “herméticos”.

 

Lo hacen por su carga de extrañamiento,

cosa que obliga al lector –a lo que él no renuncia- a enfrentarse críticamente consigo mismo,

 

porque en sus escritos

se desbaratan los estereotipos, les aparta de los caminos trillados –de los contenidos masticados- donde se demora demasiado.

 

En efecto, hay una poesía que halaga los gustos

y vanidades del lector intocable y otra que le intima a cambiar, descubrir sus latencias, explorar sus posibilidades.

 

Llamar “hermético” a lo que escribe Johann,

o, simplemente, a lo que se aleja de los poco ventilados hábitos propios, “el pequeño placer del día y el pequeño placer para la noche”, parece un poco presuntuoso.

 

Para mí –y creo que también para Johann-,

el hermetismo verdadero está en la naturaleza de las cosas y el poema es a veces hermetismo porque la poesía expresa lo que, sin ella, sería inefable

 

(como inefables los sentimientos

que provoca el amor en las personas)

 

A fin de cuentas,

lo que en poesía importa –creo- es aproximarse al misterio de manera no indigna: poco a poco.

 

Hay en los escritos de Johann

un nervio ético porque durante años ha buscado la verdad. Sí, sí, con las limitaciones que se quiera; porque

 

los escritos de Johann aspiran a la vida

en su totalidad (y no a tal o cual “fragmento descarnado” de la vida). Ahí está, por ejemplo,

 

el poema en prosa “Violeta y su Paisaje”

en el que se da aliento al ser humano y alquímicamente mejora las emociones en un momento en que la “Ciencia” quiere anularlas.

 

Todo lo humano

está permanentemente amenazado de falsificación y ante esa realidad Johann propone la Ética como movimiento que se opone a esa falsificación.

 

Yo, Marta Guillamon,

estoy orgullosa de encontrarme en el núcleo de Johann R. Bach –para muchos un desconocido, para otros un amigo con el que se puede contar- y certifico que

 

los escritos de Johann son poesía para vivir;

 

poesía comprometida con la vida,

con la existencia humana concreta. Relámpago habitable.

 

Y es que la voz de la flor

exige al hombre una promesa.

 

                                                        Marta Guillamon

20 mar. 2014

Fue una tragedia, pero sobrevivieron creando una nueva especie...

EL PEZ GRANDE YA NO PODÍA COMERSE AL CHICO

 

Cuando el pez grande

ya no podía comerse al chico

se produjo la gran tragedia.

 

Todo empezó con un gran banquete

en honor a los novios recién casados:

 

enormes platos cargados de carne asada

precedieron a las recargadas parrilladas de pescado adornadas con gambas sentadas en el borde de las fuentes como si estuvieran observando a los comensales.

 

Con la carne es protocolario el vino tinto,

con el pescado, vino blanco de aguja (con gas producto de la fermentación de los azúcares destinados a comerse el color natural del vino). El blanco entraba mejor por estar frío, por su menor grado alcohólico y por la sed del banquete salado.

 

Miraste, alzando los ojos,

al resto de los invitados y viste en sus rostros el comienzo de las náuseas.

 

Toda clase de remedios

para la acidez de estómago afloraron a las mesas: agua mineral con gas, bicarbonato sódico, medicinas especiales para el estómago y hasta el auténtico sorbete “Trou Normand” a base de Calvados helado hizo su aparición en abundancia.

 

La piel de aquellos comensales –pensaste-

ya era tan gruesa que no podría seccionarse ni con un bisturí, la sangre caliente y roja subida a sus rostros no podía salir adecuadamente con alguna hemorragia nasal de aquellas propias de la juventud.

 

Aquella sangre transitaba a toda velocidad,

hirviendo por todos aquellos cuerpos, impulsada por sístoles enfurecidas, ascendiendo luego por las venas con más ardor que los gusanos de seda cuando trepan el muro lenta y pesadamente.

 

Cada uno de aquellos llamados al banquete

se servía de aquel ardor para cautivar, perseguir algo, juntarse entre ellos,

 

besarse o abrazarse mutuamente;

cada uno de aquellos rostros con ojos chispeantes por el efecto del alcohol se servía de su ardor para conquistar la gran alegría de vivir, la alegría que los embriagaba.

 

Cada uno de aquellos aspirantes a la obesidad mórbida

penetraba, al llenar su estómago, en la gran alegría de la vida, en la gran alegría del que toma el cielo por asalto.

 

Algunos algo más moderados

salieron a pasear después de tomar un café negro, es decir, sin azúcar y como el cachalote que asoma su cabeza a la superficie llena de estrellas en la fría noche, aspirando el aire, comprendieron que algo había llegado a su fin:

 

El pez grande ya no podía comerse al chico

porque se le indigestaba.

 

Comenzaron a envidiar a los gusanos

que trepaban por los árboles alimentándose de hojas frescas del moral y premonitoriamente vieron con horror cómo las hormigas levantaban las cabezas de pescado, se engalanaban y dejaban caer las manos en el vacío.

 

Al día siguiente,

muchos de aquellos comensales, después de haber vomitado durante la noche todo el pescado revuelto en un líquido con olor a agua de mar, se reunieron y tomaron la única decisión posible:

 

Abandonar el mar su hogar,

colonizar la tierra, sembrarla de algas adaptadas al agua dulce, es decir, menos salada,

 

cambiar su dieta diaria a base de pescado,

por una más variada de verduras, legumbres, apetitosas raíces y carne tierna de aves.

 

Fue una tragedia –según nos cuentas-

pero sobrevivieron creando una nueva especie cuyas características fueron la de una baja necesidad de oxígeno y de nutrientes junto con una ansiedad sin límites de amor.

 

Todo ocurrió

cuando el pez grande ya no podía comerse al chico: la gran tragedia

 

                                                         Johann R. Bach

Me he olvidado de tal forma del mundo que el regreso me parece un viaje extraño

 

Querida Margarida

 

Me sorprende verme

sobre la cubierta de este Ferry atravesando un apacible lago rumbo a Brienz.

 

Ahora viajo de vuelta

después de una preciosa excursión a la Jungfrau. Todo ha ido de maravilla: el tren cremallera, la visita a la ciudad de Interlaken, preciosa incluso con niebla.

 

Me he olvidado de tal forma del mundo

que el regreso me parece un viaje extraño. Un día, siendo casi una niña, dije que haría este recorrido. No me equivoqué al imaginarme este aire, fresco y húmedo.

 

Allá arriba en la Jungfrau

no reinaba el silencio de los valles. Junto a los silbidos del viento sonaba el ritmo de mis pies, un reloj sin números.

 

Junto a las paredes de la montaña

vi pájaros marrones cuyo nombre desconocía; sobre mi cabeza viajaban nubes de color de cinc y gris plomizo como si me acompañaran en el camino.

 

En un recodo del camino

el agua había arrastrado pequeñas ramas que brillaban rojas como oxidadas.

 

Ha habido un momento

en que parecía que iba a llover, pero pronto una fría ventisca se ha llevado las amenazadoras nubes a otro lado.

 

Tranquiliza saber

Que, en caso de mal tiempo, todo está preparado para pernoctar allá arriba, pues se cierra el tráfico del tren cremallera.

 

De todas formas

no me hubiera gustado que eso pasara. No sé decirlo de otra manera. Una habitación de hotel anónima no se convierte en mi habitación gracias a una contingencia.

 

Viajan conmigo dos libros en la mochila,

mi gorra de beisbol, las gafas oscuras, un fular de seda y las llaves del Wrangler que he dejado en el puerto.

 

A pesar de todo lo que ha sucedido,

nada parece haber sucedido. Este Thünersee es muy viejo y la piel de sus aguas agradecen su origen tectónico.

 

Me gustaría que pasara algo de importancia

para ser explicado, para escribirlo, para hacerte partícipe de una parte de mi vida.

 

Por encima de mi hombro izquierdo

veo a dos monjas sentadas como dos jugadores de ajedrez: sus caras asoman desde sus hábitos, como buenos bebés en sus cochecitos.

 

Sin discriminación el viento les empuja

los manguitos dejando al descubierto sus muñecas. Casi desnudas, veo lo que queda: la santa muñeca cubierta de vello masculino.

 

En mi imaginación,

he visto a esas dos monjas soltándose las botas y de sus sillas de madera ascendiendo sobre esta cubierta gris, sobre la baranda de hierro, inclinando a un lado sus cabezas rosas, con las bocas abiertas y redondas,

 

respirando juntas como peces:

¡Aleluya! ¡Aleluya!

Cantando sinsonido.

 

Vuelvo a casa sin haber visto milagros,

sin rabia o inusual esperanza, que se ha vuelto áspera y arrugada por la edad incurable.

 

Tengo sobre mis párpados superiores,

las mismas bolsas de agua. Siguen siendo mis ojos: las letras naranjas que dicen INTERLAKEN en el salvavidas colgado junto a mis rodillas;

 

El bote salvavidas

color siena envuelto en su sucia funda de lona; la borrosa señal en su depósito que dice STEP VERBOTEN.

 

Todo en orden,

me digo a mí misma: sobreviviré.

 

                                                  Johann R. Bach

19 mar. 2014

El cielo de Cadaqués, con su ojo de oro me miró mientras fui niño...

EL CIELO DE CADAQUES

 

El cielo, el cielo de cadaqués,

con su ojo de oro me miró mientras fui niño, y comprendió mi humildad, y lanzó mi cuerpo fugitivo por la sombra como quien

 

despistado y desolado huye

de un vigilante que en sí mismo lleva.

 

¡Oh sed de amor!

-¡oh Cadaqués, prendado de cuanto vives, el Universo te admira!- No comprendo

 

el porqué de mis quejas

ya que demasiado bien me ha tratado el mundo permitiéndome

 

mojar mis pies en tu mar.
 
                                               Johann R. Bach

Los vapores del mar las rocas ciñen

UN DIBUJO DE SANTIAGO RUSIÑOL

 

Ruge el cielo:

las nubes se aglomeran, y se aprietan, y ennegrecen.

 

Los vapores del mar

las rocas ciñen. Angustia sagrada y horror mis ojos comen; dientes secos y paladar piden a mi lengua socorro.

 

Mi boca y mi espíritu demandan agua.

Bebo y mi sed no se extingue; sólo el verso amigo acude como el hijo diligente que

 

sirve con amor el vaso colmado

de agua fresca a su padre.

 

Dadme un libro de Cervantes,

de Dostoievski o el “Universo Tetradimensional” de Minkowsky,

 

la ópera Aida de Verdi…

Spiegel im Spiegel de Arvo Pärt

 

Dadme mi cielo azul…,

la pura, la inefable, la plácida, la eterna alma de mármol que al soberbio Louvre dio, cual su espuma y flor, Milo venus famosa.

 

Dadme simplemente

un dibujo de Santiago Rusiñol

 

Ruge el cielo

sobre mi cabeza y mi sed de belleza no se extingue.

 

                                                           Johann R. Bach

No os olvidéis de felicitar a las josefas y finas, pepes y josés

SE LLAMABA JOSEFINA

 

Se llamaba Josefina.

¿Cómo olvidar cuando dejé de recibir el himno de su palabra?

 

¿Cómo olvidar

que de repente ya no volvió a aparecer íntegra a mi lado?

 

Lo que aprieta ahora mi mano

no es el huso nervioso de su muñeca sino la rama hueca de un arbolillo cualquiera muerto y ya aserrado.

 

Ya no pongo nombre a nada sino al escalofrío.

 

Es de noche.

Espero la luz del día para felicitarla frente al espejo porque no quiero que los artificios que se encienden me sorprendan ciego.

 

Creo que no he llorado de verdad

más que una sola vez.

 

Al desaparecer,

el sol había cercenado su rostro en mi enferma imaginación, su cabeza había rodado a la zanja del cielo y

 

yo ya no creía en el mañana.

 

¿Cuál de los hombres soy?

¿El de la mañana o el de las tinieblas?

 

Ciertamente se llamaba Josefina.

 

                                                              Johann R. Bach

 

NOTA: Cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia

...siento un aroma de lavanda que perfuma el viento -aire de libertad-, que me enciende la carne, ...

ENTRE LA OBEDIENCIA Y LA LOCURA

  

Una pequeña senda sobrevive

-sobre las rocas- a las embestidas del mar:

 

Escapar a la coacción vergonzosa

de la elección entre la obediencia y la locura,

 

esquivar el aguacero del hacha del déspota

que sin cesar retorna, contra la cual no tenemos medios de protección, y no obstante combatir sin tregua;

 

así se justifica nuestro destino.

 

Como junco que se agacha cuando hay viento,

es menester franquear el cercado de lo peor, despedazar lo inocuo, y por último desaparecer sin demasiada pacotilla encima.

 

Un leve agradecimiento oído y nada más.

 

A veces ruge el mar,

y revienta la ola, en la noche negra, contra las rocas donde nos agazapamos ensangrentados:

 

a veces susurra la abeja,

merodeando entre las flores.

 

Así nacen mis escritos,

nacidos de grandes miedos, o de grandes esperanzas.

 

Ahora parece que corren vientos

que liberan tantos pecados míos escondidos, y tantas pruebas ingenuas y rebeldes de literatura.

Ahora me atrevo a decir

por qué repito que no soporto la rima, ni soportan repujos mis ideas tumultuosas.

 

Y porque amo la sencillez

y creo en la necesidad de poner el sentimiento en formas llanas y sinceras.

 

A mis años es fácil,

demasiado fácil, gruñir. Ya se sabe, ¡son cosas de viejo!

 

¡A ver qué tienen

las cáscaras de almendra por dentro!

 

¡No he bebido vino!

Es que me siento libre y siento un aroma de lavanda que perfuma el viento –aire de libertad-,

 

que me enciende la carne,

que me anubla el juicio a tanta costa trabajado.
 
                                                      Johann R. Bach

 

Aquel año, por primera vez, no iría a Cadaqués,...

17.  Los hombres de mi vida (Arsenio)

                                                            Antiguos Baños de San Sebastián en La Barceloneta

 

Después de haberme peleado

con la sintaxis latina durante todo un curso lleno de satisfacciones y colmado por las buenas notas obtenidas, la euforia se me había subido a las cejas. Veía un futuro próspero a pesar de tener sólo quince años

 

Con los hombros fortalecidos

me dispuse a disfrutar del verano mediterráneo. Aquel año, por primera vez, no iría a Cadaqués, pues mis hermanos habían comenzado a trabajar y todo indicaba que aquéllas serían mis últimas vacaciones de escolar.

 

Iba, sin prisas, cada día a los Baños de San Sebastián.

En la bolsa azul de deporte no llevaba ni libros ni pensamientos; sólo una toalla llenando su vacío y dos bocadillos para pasar el día tendido al sol pegado a una cálida arena gruesa.

 

En aquellos años pocos turistas

–por no decir ninguno- visitaban las playas de la Barceloneta o de Badalona. Los pocos extranjeros que nos visitaban preferían la Costa Brava o Sitges.

 

Era raro, pues, encontrar

más de una veintena de personas tanto en la arena como en la piscina. Entre los habituales destacaba el “Tarzán” denominado así porque en cierta ocasión sacó a rastras un enorme tronco del agua porque amenazaba con su vaivén a los bañistas.

 

El Tarzán era un individuo

al que su juventud, su bello y bronceado rostro orlado con una cabellera rizada y su fuerza física le salvaban de calificarlo como un mendigo. No trabajaba en nada y pasaba todo el día en la playa.

 

Muchas mujeres le invitaban

a comer en pago de favores sexuales, pero ninguna de ellas se lo tomaba en serio. Él pacifico como nadie, se mostraba pasivo y hasta cierto punto tímido.

 

Cierto día al ir al bar

a tomar una naranjada asistí a una escena que nunca supe cómo calificarla. En la barra estaba el Tarzán con su pequeño bañador habitual con una mujer a cada lado. Su conversación parecía normal, sin altibajos, pero las dos mujeres se reían burlándose ostensiblemente de él.

 

Por la parte superior de su bañador

asomaba la punta de su pene en una incontenible erección y las mujeres se reían señalando los genitales de El Tarzán. Aquella escena me encendió. Salí del bar para no seguir viendo la escena.

 

Por la tarde intentaba olvidar aquello,

pero cuantas más vueltas le daba más me excitaba. Me puse a ver una película de Perry Mason en la poco atractiva televisión en blanco y negro cuando la vecina del piso de abajo vino a ver, como todas las tardes, junto a mi madre y a mí la película.

 

El simple roce de su brazo me excitaba más y más.

Otra vecina llamó a mi madre por algún asunto que no recuerdo. Aprovechando su ausencia puse al descubierto por mi bragueta abierta todo lo que podía aflorar de mis genitales.

 

La vecina enfurecida

con una mirada de disgusto y ofendida por mi actitud me dio un solemne bofetón que me obligó a abandonar el comedor y encerrarme en mi habitación.

 

La vecina siguió mirando la televisión

a la espera de que volviera mi madre. Con las mejillas encendidas más por la vergüenza que por el bofetón temblaba de miedo por la posibilidad de que le contara todo a mi madre.

 

Algo extraordinario debió pensar Amelia

para guardar silencio sobre lo ocurrido. Era una mujer algo delgada, vestida siempre de negro y con un moño que parecía rejuvenecerla.

Sus ojos brillaban de una forma extraña

cada vez que se hablaba de otras personas.

 

Amelia tenía cinco hijas.

La mayor, Fernanda, algo entrada en carnes perseguía a mi hermano porque era el único chico de su edad al que tenía acceso.

 

Recuerdo que siempre alardeaba de sencillez

en sus aspiraciones y su conformismo al decir que prefería una rebanada de pan con aceite y sal a cualquier manjar, pero la verdad es que tragaba todo lo que se le ponía delante como si fuera una lima nueva del cincuenta.

 

María la que le seguía

era bastante desagradable en el trato y sólo recuerdo de ella una mueca de disgusto en su boca que me hacía bajar la mirada y eludir todo lo que podía su presencia.

 

La tercera, Maribel, era de mi edad,

pero su dura musculatura apartaba de mí cualquier deseo libidinoso. No hacía más que hablar de correr y competir en carreras. Por otro lado eran chicas que no estudiaban y sólo pensaban en colocarse a trabajar en cualquier cosa sin más proyecto que cobrar una semanada.

 

Las dos más pequeñas

unas preciosas niñas de pelo de oro rizado casi no salían de casa y yo tenía entonces la impresión de que no eran hijas del mismo padre, pues el  marido de Amelia era un tosco funcionario de jardines municipales que estaba más en las tabernas que en casa.

 

No era mala persona,

pero le faltaba un ojo y eso me impedía mirarle a la cara como si al hacerlo pudiera ofenderlo.

 

Durante unos días Amelia evitaba venir a casa

si yo estaba presente. Esa actitud me llevó a pensar en si debía hacer algo como pedirle perdón o decirle que no volvería a suceder nada nunca más y rogarle que lo olvidara todo.

 

Pero algo me decía

que, de momento, era mejor el silencio; aunque en mí crecía la sospecha que tarde o tempranos surgiría algún comentario. Eso me hizo meditar en hacer algo que neutralizase esa posibilidad.

 

Leyendo “Diario de un cura rural”

de Georges Bernanos se me ocurrió algo que me marcó profundamente. Pensé en hacer correr la voz de que me sentía llamado a la fe cristiana y que había decidido ingresar en el seminario para alcanzar el sacerdocio.

 

Empecé por Gracia,

la vecina del mismo rellano de la escalera. Era una mujer de semblante sombrío que siempre hablaba de las desgracias de los desposeídos, de los pobres, de los perseguidos. Al igual que su marido tenía ya cumplidos los sesenta años.

 

Cierto día coincidí con ella en el ascensor

y cuando me preguntó –como solía hacerlo- por mis estudios, aproveché la ocasión y le dije que había pensado en hacerme sacerdote, sabiendo que a una persona espiritualista como ella no la dejaría indiferente y poco a poco correría la voz al resto del vecindario.

 

De repente su rostro cobró vida

como la estatua de Pigmalión, sus ojos se abrieron como nunca yo los había visto, los clavó en los míos y me dijo que quería comentar más a fondo esa opción por considerarla de una seriedad extraordinaria.

 

Gracia antes de entrar en su casa

me dijo que si me iba bien hablar del asunto al día siguiente. Bueno –le dije- cuando vuelva de los Baños de San Sebastián.

 

Me preguntó,

asombrándome en extremo, si me parecía bien acompañarme a la playa y así tendríamos toda la mañana para hablar del tema.

A las nueve de la mañana

tomábamos el metro que después de hacer transbordo en Sagrera y Plaza de Catalunya. Me intrigó más aun aquel vivo interés sobre mi futuro sacerdocio. Tenía por piadosa a Gracia, pero no hasta tal punto de acompañarme a la playa.

 

Su habitual vestimenta gris

había desaparecido en aquella mañana soleada del mes de junio. Se había puesto un jersey playero de rayas azules que hacían juego con su pantalón azul marino y sus wambas blancas. Tocada con un gorro de paja y su rostro embadurnado con una olorosa crema parecía haber rejuvenecido veinte años.

 

Durante el trayecto me explicó

una y mil cosas de cuando en su juventud iban las muchachas de los talleres a la playa donde jugaban con un artilugio que ella denominaba “diabolo”, algo desconocido en los ambientes juveniles de mi época.

 

Desde la estación de Fernando

hasta la playa se colgó de mi brazo, cosa que me pareció normal. Al llegar a los Baños me hizo entrar a cambiarme primero en la caseta donde dejábamos la ropa y el resto de cosas.

 

Luego entró ella

y cuando salió me di cuenta que su cuerpo no era lo mismo en traje de baño que vestida. Tenía unas piernas que podrían ser la envidia de cualquier jovencita: limpias de venas y bien formadas.

 

A primera hora el sol no alcanzaba

el agua de la piscina y a la sombra el ambiente allí, a comienzos del verano, era demasiado fresco por lo que fuimos directamente a tumbarnos en la arena.

 

Poco a poco el sol iba calentando toda la playa.

Yo estaba tumbado de lado y ella sentada con las piernas cruzadas como en una posición de yoga frente a mí me hizo un discurso verdaderamente apologético sobre las inmensas posibilidades sociales de la función sacerdotal. Casi me olvido del motivo que nos había llevado hasta allí.

 

En un momento en que pasó

por delante nuestro el Tarzán, ella interrumpió el discurso y al ver que me saludaba me preguntó por él. Le expliqué lo poco que sabía sobre él, pero me sorprendió que Gracia halagase mi capacidad empática, virtud según ella necesaria en un sacerdote.

 

Fuimos al bar a comer un bocadillo

y a tomar un zumo de naranja. Estábamos solos y me dijo en voz baja como haciéndome una confidencia que el único inconveniente de ser sacerdote era que al aceptar el celibato la única solución era la masturbación.

 

De repente vino a mi mente la escena de El Tarzán

con su pene erecto por encima de su bañador. No pude evitar la erección. Para despistar le dije que desconocía esa palabra. Ella asombrada abrió aún más sus ojos y algo incrédula me preguntó si yo me masturbaba.

 

Mi sorpresa fue mayúscula

al ver cómo había girado la conversación. Dentro del bañador la presión de mi pene crecía y crecía. Yo seguí insistiendo en que no sabía qué era eso de la masturbación.

 

Se levantó fue a pagar las bebidas

y me llevó a la caseta. Entramos los dos y me dijo que me pusiera de cara a la pared para no verla. Creí que se iba a desnudar, pero en lugar de eso me hizo apoyar mis manos en la pared de madera y sorprendentemente me dijo que me iba a enseñar a masturbarme.

 

Me bajó el bañador

y me hizo abrir un poco las piernas. Con una mano me acariciaba los testículos mientras que con la otra rodeando la cintura me masturbaba.

 

En un momento dado empezó,

como sollozando, a emitir unos gemidos ahogados y la mano que tenía entre mis piernas desapareció buscando otro lugar donde colocarse y yo, a pesar de estar de espaldas sabía hacia donde se había dirigido.

 

A pesar de la fuerte erección

la intensa excitación no me dejaba eyacular. Me giré hacia ella y vi una cara desencajada con las mejillas pálidas y lacias y la saliva fluyendo sobre su pecho; su respiración entrecortada y a punto del desmayo. 

 

Me asusté al verla temblar,

la abracé y la besé. Aquel día comprendí cómo era de maligna su soledad y desde entonces siento simpatía por las mujeres maduras.

 

Aquella confesión

de mi intención de hacer correr mi inclinación a hacerme sacerdote se convirtió en uno de nuestros más dulces secretos.
 
                                                                       Johann R. Bach