25 ene. 2014

la entropía ese calor interno que me quema las entrañas, que me envejece, ...



UN POETA FORMAL



Y bien, estoy en la recta final.

He pasado más de cincuenta años retorciéndome a veces como un gusano herido mientras otras me complacían las lagartijas tomando el sol sobre un muro.



He tratado de no perder el tiempo

en aprender el uso de las palabras. Y cada intento ha constituido un nuevo principio y un tipo diferente de fracaso.



Para ocultar mis deficiencias

podría decir por ejemplo que uno sólo aprende a dominar las palabras para decir lo que ya no tiene que decir.



O en una forma tal

que algunos lectores fueran impelidos a una suerte de lástima elegante. Muchos esperan que diga obviedades para poderme aplaudir.



Se espera

que en un momento u otro salgan de mi pluma lo que nunca salió. Verbis gracia:



"Hogar es el lugar del que partimos.

A medida que envejecemos el mundo se nos vuelve irreconocible, más compleja la lista de muertos y vivos que han dicho luchar por la libertad.



No el denso paquete de momentos aislados,

sin un antes ni un después, sino la historia entera que arde en cada momento.



Y no la vida entera de una sola hormiga

sino de viejas piedras esculpidas por el viento y por hombres que en su desesperación grabaron en ellas sus propias limitaciones.



Muchos esperan que mi derrota

me obligue a escribir que hay un tiempo para el anochecer bajo las estrellas -como un verso tan y tan gastado- y



un tiempo para el anochecer

a la luz de la lámpara –mirando un álbum de fotos- y aspirando el olor de naftalina de los armarios.



Sí. Podría hacerlo

y así les daría una excusa para decir de mí que era un gran poeta y sin embargo me cae mucho más simpática la locura de Van Gogh que



no vendió un solo cuadro en su vida.

Y lo único que puedo concluir respecto de la edad es que no soy un pintor formal como Monet,



la entropía ese calor interno

que me quema las entrañas, que me envejece, que me mata lentamente me coloca una ceniza sobre mi piel de forma que el amor se acerca más a sí mismo, y,



que hay un momento

en que la propia ceniza hace que la combustión sea mucho más lenta causando una sensación de que no importa el aquí o el allá o en qué mar.



El grito de Poseidón moviendo los vientos,

el estruendo de la ola golpeando la roca, las grandes aguas borrando las huellas de las batallas de la arena.



Sí. Todo eso -tan y tan gastado-

aun puedo escribirlo. Sólo espero que me den una buena excusa para hacerlo.



                                                   Johann R. Bach

Como carbón vegetal ya consumido, su luna se deshizo en otros cielos...

UN ÚLTIMO ADIOS EN EL MONASTERIO

 

Había ecos de plegaria

y música de piano que recortaban su silencio, abreviaturas sordas de música en sus sienes y sus párpados temblaban todavía.

 

 

En un claustro sonrosado

con las piernas desnudas y manchadas del mismo color rosa que los arcos, las lágrimas abundaban como el frío.

 

Pensé en su corazón

lleno de tesoros, excepción en un mundo falto de latidos, en su vientre tatuado por espinos, en sus muslos pintados de azul claro.

 

En aquellos días viví entre su imagen,

su sexo borrado del tiempo y un jardín lleno de letras grises y gemidos como un humo de nombre solitario;

 

su respirar con los ojos;

cómo en su musitar rogaba un nuevo hogar distinto de aquel donde la cera y la ceniza son los ángeles.

 

Vi cómo su quietud se pronunciaba

descomponiendo el árbol de su ser, ablandando sus delicados miembros, cómo lo gris deshizo el vívido amarillo y cómo se iban perdiendo los aromas en el ascenso de un olor impuro, hipocrático.

 

Sus pétalos eran lívidas caricias.

 

Su torso se transformaba en un tallo

y en sus ojos la sombra del no ser miraba suplicando bajo las rojas grietas de su frente.

 

En aquellos últimos minutos vi

su presencia abrirse y deshacerse y sus ojos perderse entre las frutas funestas de pasados intocables.

 

Como su única hermana

recogí en las mías, sus manos de sierra y de coral.

 

Repartida en visiones

y en instantes, su estatura se quebró en infinitos fragmentos dispersados. Sus ojos como en un puente; sus senos se abismaron con su voz y sus palabras fueron en aquel día de otoño

 

como agua de una lluvia más oscura,

más doliente. Solamente su vientre se elevaba bajo la red azul de las estrechas distorsiones del grito de la luz.

 

Sus labios se fueron ocultando

poco a poco en las hojas y en las raíces secas sus silencios traspasaban pálidas orquestas.

 

Su cuello siempre fue una tétrica magnolia.

Como innobles madreselvas las venas habían recubierto, hasta las orejas, su piel de adolescente en delirio.

 

Sus pies

habían sido, durante años y años, como dos piedras olvidadas, mientras que su nombre, fue como una cadena desprendiendo cada eslabón untado de sentido.

 

Había sido su vida como una antorcha

de oro y cera, como una catarata de momentos, como de mármoles un choque.

 

Como carbón vegetal ya consumido,

su luna se deshizo en otros cielos…, se borró como su sol.

 

                                                              Johann R. Bach
(de la novela "Las Puertas del Monasterio")

24 ene. 2014

Un perfil fino con la boca entreabierta.

Los ojos y la fina voz de Felisa    

 

Lo que más destacaba de Felisa

era su voz extremadamente fina, casi infantil a pesar de sus cuarenta años y,

 

por su sensibilidad general para la música era

-probablemente su canto y perfeccionismo- una de las mejores del grupo.

 

Cuando su amante la conoció,

ella iba en el séquito de varios hombres de negocios y sólo le llamó la atención su perfil:

 

un perfil fino con la boca entreabierta.

 

Tenía el aspecto

de ser mucho más joven de lo que en realidad era y además su forma modesta de vestir le daba un aire de colegial como el de tantas y tantas mujeres que prefirieron plantarse en la edad del final de la pubertad.

 

De pronto todo cambió en aquella reunión.

Felisa volvió el rostro hacia la mirada de su actual amante, mostrándole los ojos: unos ojos en los uno podía ahogarse.

 

Según Simone el único problema

que presentaba Felisa cuando se trataba de cantar fuera, era su pertinaz estreñimiento.

 

Cuando viajaba su estreñimiento era total.

 

Morfológicamente, Felisa era una mujer delgada

de cintura hacia arriba y más ancha de caderas. Me refiero a una desproporción importante en cuanto a esa característica.

 

Su cuello era delgado

y se le adelgazaba en primer lugar cuando sufría una pérdida de peso.

 

Simone decía de Felisa

que sus manifestaciones psíquicas, y a la vista de lo que ocurrió en cierta ocasión esta mujer pertenece a la diátesis diencefálica –término que yo desconocía hasta ese momento-:

 

cuando no puede mostrar,

liberar, sus emociones, excitaciones; cuando no se puede liberar de un dolor o desahogar una cólera, responder a una vejación,

 

objetar a una contradicción

o vencer una ansiedad y un miedo, entra en una fase depresiva de la que es difícil superarla porque no permite que se la consuele.

 

Cuando permanecía oculta bajo esas emociones,

Felisa asistía al nacimiento de ciertos resentimientos. Se trataba, en realidad, de restos de resentimientos patógenos, porque

 

se encontraba en una situación de inferioridad

frente a los demás a causa de sentimientos que le habían herido y lo que era peor: lo descargaba sobre ella misma.

 

Felisa -según Simone

que la conocía desde hacía muchos años-, era una persona que somatizaba explícitamente todas sus preocupaciones; así era relativamente frecuente que dijera:

 

¿que no puedo superarlo?

entonces me provoco una enfermedad real. Ella pensaba que era ficticia, pero la respuesta al problema se conviertía en una cefalea, una metrorragia, una parálisis, un aborto, un insomnio, una convulsión.

 

En cierta ocasión –me explicaba Simone-

la hermana, Yolanda, me llamó con urgencia a las 11 de la noche porque Felisa estaba sufriendo un "ataque de nervios"

 

al igual que en otras ocasiones

y la tenían inmovilizada en la cama, sujetándola entre todos (familiares y vecinos). Era una noche de tormenta y el aguacero no remitía en absoluto.

 

Cuando llegué –proseguía Simone-, después de atravesar medio Val de Marne y medio París, el cuadro que me encontré era casi kafkiano: varios familiares sujetaban a Felisa que deliraba diciendo cosas absurdas,

 

sacando espuma por la boca

y pidiendo que se le agujerease el abdomen (¿pedía un neumotorax?) para que pudiera salir el cáncer por allí, pedía insistentemente unas tijeras. El labio inferior estaba hinchado y con una fisura profunda en el medio.

 

Aquel triste episodio se superó con nota

y Felisa continuó recibiendo las visitas habituales de su amante.

 

Aquel amor era de un equilibrio admirable

y si además les cuento que aquel hombre era casado, con una posición envidiable, y que,

 

Felisa era jorobada

el lector podrá fácilmente imaginarse aquella relación de pura pasión.

 

                                                         Johann R. Bach

 

23 ene. 2014

la risa en el jardín eco de éxtasis, no perdido sino exigente...

SUEÑOS DE POETA

 

En este oficio

–como en muchos otros- a veces uno está tentado de decir que

 

la poesía no importa,

 

que no es (para recomenzar)

lo que uno se había imaginado.

 

¿Cuál es –surge la duda-

el valor de lo que tanto tiempo anhela el escritor:

 

la calma tan esperada,

la serenidad otoñal y la sabiduría de la vejez?

 

¿Hay engaño o fraude

en lo que los ancestros de voces tranquilas nos legaron?

 

Cada vez es más difícil escuchar

a aquellos que hablan de la sabiduría de los ancianos. Es preferible oír la pasión de los que hablan de su locura,

 

su miedo al miedo y al delirio,

su miedo a la posesión, a pertenecer a otro, a otros o a Dios.

 

Es obvio que la sabiduría deseable

es la sabiduría de la humildad: la humildad infinita. No importa si pudo prender en el alma de un anciano o en la de un tímido y joven poeta.

 

En no pocas ocasiones

hay que lidiar con la idea del espacio vacío: El hueco entre los astros es recorrido por millones de fotones a una velocidad de vértigo y constatan millones de paisajes "vistos" en sus trayectorias,

 

paisajes que aparecen

y desaparecen en un instante.

 

Es como si el espacio estuviera lleno

de militares, desalmados banqueros, hombres de letras no eminentes, algunos mecenas generosos como neutrinos,

 

funcionarios que complican la vida

a otros funcionarios,

 

presidentes de comités

que ignoran o han olvidado para qué se les paga y exigen respeto a sus canas,

 

señores de la gran industria

que pretenden hacernos creer que sus beneficios llueven del cielo cuando los hay…

 

cayendo todos en la materia oscura.

 

Como en un teatro

se apagan las luces para cambiar el decorado, con un hueco rumor de bastidores,

 

movimientos de sombras entre sombras

y todos sabemos que enrollan y se llevan la colina, el árbol y el paisaje, las altivas fachadas imponentes.

 

En los espacios abiertos

o semiabiertos el poeta se introduce en el susurro de corriente y relámpagos invernales,

 

aspira el aroma del indómito tomillo no visto

y dibuja las diminutas manchas rojas que las fresas silvestres han ocupado sus pequeños lugares en el paisaje:

 

la risa en el jardín,

eco del éxtasis, no perdido sino exigente, que indica el esfuerzo de la partida hacia el Ápex y el nacimiento.

 

                                                     Johann R. Bach

22 ene. 2014

Cuanto más invisible es algo, más cierto es que existió ...

                   LESBIA

 

Lesbia. Busto, lugar de origen,

glúteos, rulos de cabellos.

 

Arcilla moldeada con los dedos

y cocida por el cielo -el fruto que se ha tornado eterno como el torso anónimo de una diosa sin brazos.

 

Tú eres fuente de inmortalidad:

el que te vio desnuda se convirtió en Cátulo estatua para un jardín.

 

¡Oh Diosa temporal!

 

¡Es más placentero creer en ti

que en una diosa eterna: gloria al vientre redondeado, al abdomen de piel fina!

Blanco sobre blanco,

como el sueño del pintor ruso Kazimir, yo, la más mortal de las paseantes, entre las ruinas que sobresalen como las costillas del mundo, bebo vino con los labios impacientes del hueco de una clavícula;

 

cielo de mejilla pálida con un peca dorada.

 

Y las copas de los árboles miran hacia arriba

como cúpulas de antiguos monumentos, como la ubres –ya convertidas en pezones humanos- de la loba que, habiendo alimentado a Remo y Rómulo, se tiende en la arena y se adormece.

 

Acércate, que te he de decir algo al oído:

Estoy agradecida por todo: por el cartílago del cordero, por el corte del cincel, que ya me hizo a medida el vacío. Tu vacío

 

No me importa si es negro

como el de Gargallo. No importa si no tiene ni manos, ni el oval gracioso de la cara.

 

Cuanto más invisible es algo,

más cierto es que existió en algún momento sobre la tierra, y aún es más cierto que se halle expandido por todas partes.

 

¿Acaso vas a ser tú la primera persona

a la que le pasó eso? No se pueden sujetar dos planchas de aluminio con un vulgar tornillo: se produciría un par galvánico que las convertiría en polvo blanco. Se deben soldar al argón para evitar residuos.

 

He estado en Empuries,

me ha inundado la luz de una tormenta de sol y nieve, la de un mar homérico.

 

¡Tal como sólo una ruina puede soñarla!

 

Sobre mi pupila

ya veo la mácula del tamaño de una antigua moneda de oro. Aún gozaré de tiempo suficiente para ver cómo se deshacen las tinieblas y cómo tú, Lesbia, sigues siendo nuestro sueño.

                                                       Johann R. Bach

 

21 ene. 2014

Mi nombre -como su variedad tricolor-, frágil como una mariposa, ...

      VIOLETA Y SU PAISAJE

 

Violeta siempre se aferró a su nombre

porque a diferencia de su sombra nunca la abandonó.

 

Ya no podía mover su cadera.

Deseaba que alguien entrase en la habitación y le tirara hacia arriba los hierros. Con un pequeño movimiento bastaría para evitar las llagas de decúbito. Se sentía como una mariposa moribunda al amanecer.

 

No quería morfina –les repetía a las enfermeras-

Tenía la boca pastosa y soñaba, más que desear, con racimos de uvas y regaliz. Escribió en un sobre en el que había depositado algo de dinero, un ruego: Háganme una misa con estos billetes.

 

Ya ves. No somos nada.

Tú un simple ramillete de violetas inmóvil en esa mesita mirando el agua de un vaso tapado con un pañuelo de papel, dando color a cuatro paredes que no son más que una mazmorra lejos de los campos llenos de luz donde naciste.

 

Te han segado, como a mí, las raíces.

 

Media vida dando fragancia

a mis padres, a mi esposo, a mis hijos… y ahora… sólo tú estás cerca para regalarme tu último aroma para consolarme.

 

Ya sé que me miras y te asombra

ver mis labios tintados de tu mismo color. Ese es un placer del cual muchas hermanas tuyas nunca conocerán.

 

Nadie me ha mirado, como tú, con tanto amor

desde que me rompí el fémur. La Medicina ha certificado de antemano mi derrumbamiento. Han colocado –lo sé- en la pizarra como una sentencia el diagnóstico: "Síndrome algo-neuro-distrófico".

 

Es una forma ampulosa más que elegante

de decir que mi fémur no sólo rechaza el tornillo de titanio destinado a sujetar las dos partes del hueso sino que no se puede soldar.

 

Todos creen que desconozco el resto,

como si no tuviera ya oídos para oír y ojos para leer en sus rostros un rechazo hacia mí mucho mayor que el del ligero metal.

 

Noto, por otra parte,

cómo mi tuétano se deshace y se diluye en mi sangre arrastrando hacia todos los rincones de mi esqueleto esos fragmentos que harán que en pocas horas emprenda contigo el viaje hacia el Ápex.

 

Respiro hondo

para sentir el precioso aroma que surge de tus pétalos única cosa que me ha de ayudar a cruzar esa puerta. Sé que ya se han preparado las silenciosas ruedas plegables para deslizar mi cuerpo por los pasillos.

 

¡Mira ramillete mío!

a mi hermana como se abanica. Tiene calor, suda, le falta el aire, y, sin embargo, yo tengo los pies fríos como tus tallos en ese jarrón; y, ni tú ni yo los podemos mover.

 

Todos se acercan al hospital

diciendo que vienen a verme, pero no es verdad: permanecen fuera de la habitación hablando de sus negocios, del último partido de fútbol o del último hombre del que se han separado.

 

Temen que mi aura tintada de fucsia les arrastre

a ellos también y hablan con el cura paseando arriba y abajo por los pasillos de esta Séptima Planta: la de los desahuciados.

 

¡Oh ramillete mío!

 

Permanece aquí junto a mí.

No tardaré mucho en irme. No pares de enviarme tu fragancia y graba en tu ADN mi rostro y mis lágrimas como último regalo. Cuando algún día nos volvamos a encontrar prometo plantar junto a ti decenas de margaritas.

 

Tú que estás junto a la ventana,

dime si ves una diminuta lechuza encaramada en el árbol más alto. Hace dos noches que está ahí como si se entregara ciegamente a la miel del sol del amanecer.

 

Dime ramillete mío si oyes como yo

a los ángeles cómo desatan con sus dientes los cielos, cómo respira el funcionario de gruesas cejas mientras aguarda pacientemente el momento en que el vuelo de la lechuza

 

le dé para pulsar el timbre

que ha de poner en marcha la maquiavélica máquina, engrasada, con los depósitos de combustible llenos y los frenos recién revisados.

 

De la misma forma que yo respiro

impregnada de tu aroma, aspira la esencia de mis cabellos recogidos con mi última diadema. Imagina que mi olor es como el perfume sutil del naranjo.

 

Me he pasado la vida

oyendo nombres desconocidos –ninguno como el de Violeta-, soñando con paraísos, con nuevas tierras y paisajes, con nuevas locuras de los hombres que demostrasen su amor a las mujeres o de los dioses mientras me conformaba con ser una humilde vendedora de flores;

 

con una ciega voz

que, a tientas en la memoria anochecida, palpaba mejillas y ademanes que no me atrevo a decir que fueron besos.

 

Mi nombre –como su variedad tricolor-,

frágil como una mariposa, resuena ya en mis sienes como la música que me lanzas tú mi ramillete de violetas.

 

Avísame cuando se replieguen tus pétalos

para dejar caer también mis párpados.     
 
                                                  Johann R. Bach