23 mar. 2017

Durante toda la tarde estuve meditando sobre mi lugar en el Mundo.


LA FRIALDAD DE UN MARIDO (fragmento)

Cuando Francis y yo llegamos al camping
el recibimiento que nos dispensó mi marido fue más frío de lo que cabría esperar: se limitó a decir que se alegraba de que la cosa no hubiera sido grave (¡sólo faltaría!) y agradeciendo a Francis su ayuda lo despidió como el que despide al cartero.

Durante toda la tarde
estuve meditando sobre mi lugar en el Mundo. Mi marido jugaba su partida de dominó con los amigos como si nada hubiera pasado. Una sola idea pasó por mi mente, le di el encargo a mi hija de que, discretamente, averiguase el teléfono móvil de Francis. En cuanto lo tuve medité largamente qué mensaje le iba a enviar:

¡Ven conmigo amor a cojear en el futuro!

                                                                               Johann R. Bach

22 mar. 2017

Y otra vez volvía a sentir sus dedos precavidos


UNA RODILLA HERIDA

Caí bajando por la tartera:
primero la rodilla, la palma de la mano, en seguida todo el cuerpo sobre la tierra pizarrosa empapada de lluvia,

pero aquella lluvia era tibia,
como un don que se nos otorgaba y fue así cómo uno contra el otro, muy cerca, y… allí se produjo el comienzo del deseo.

Con su brazo en mi cintura
y el mío en su hombro iniciamos la penosa salida de aquella zona tan resbaladiza.

Sin darnos cuenta
perdimos de vista al resto del grupo, la sangre que manaba de la rodilla se estaba coagulando bajo el pantalón hasta el tobillo.

Fuera ya de la tartera,
Francis quiso examinar mi rodilla y para ello me desabroché el pantalón dejando al aire unos muslos fatigados por la caminata. Él tocaba con el dedo la pierna herida, pero mi imaginación lo situaba bastante más arriba: tuve que girar el rostro para que no viera mis mandíbulas apretarse del intenso placer de aquella caricia y mis gemidos pudieran simular dolor. En veinticinco años de matrimonio no había tenido nunca un orgasmo que se extendiera por toda la columna vertebral cuyas punzadas llegaban hasta alcanzar el cráneo.

Una vez vendada la rodilla herida
pude comprobar que la cosa no había sido tan grave pues continuamos casi con normalidad el descenso y el paisaje acaso de ajedrea de jardín, de menta, daba igual todos aquellos arbustos juntos existían confundidos con nosotros mismos. Francis era un muchacho tímido que hablaba poco –cosa que gusta a muchas mujeres- y cogida de su brazo sentía la presencia del Hombre con sus ventajas sobre mi miedo.

Habíamos entrado en una zona de campo
de inclinación suave y, de nuevo, aunque más lejos, aquel estrépito del cielo de antes, otra vez con relámpagos, un poco menos seguidos y entre arbustos algo más crecidos que parecían estar al acecho de unos rumores, aquella vez más ligeros, como de alas que se agitan, como de minúsculas vidas invisibles, pero que no nos inquietaban, que nos rodeaban más bien como un nuevo sueño sobre la tierra.

Nada había ya inmóvil entre el aire y la tierra.
Intenté pensar en mi marido en su preocupación por nuestro retraso, pero la sensación de flotar en el viento, invadida de placer, era más fuerte. Cojeando al andar iba apoyada del brazo de Francis el improvisado compañero hasta aquel momento un desconocido, precisamente, en el momento en que el dolor parecía estar desapareciendo

de repente empezó a caer sobre nosotros
una tormenta de granizo. La temperatura estaba descendiendo y protegiéndonos a modo de escudo la cabeza con nuestras mochilas, el caminar se hizo tan penoso que obligué a Francis a detenerse. Él, como dándome esperanza, me señaló unas rocas diciéndome que debíamos buscar abrigo en ellas.

En efecto, allí, en un recoveco suficiente
para descansar nos acurrucamos, Francis sacó de su mochila una manta térmica que nos permitió, en parte, librarnos del frío, tapándonos hasta la cabeza de forma que nuestro propio aliento nos calentaba las mejillas. Nuestra situación pareció menos desesperada aunque el granizo y la ventisca continuaban.

Intenté pensar otra vez en mi marido
y en mi hija para evadirme de la proximidad de su boca. Pensé en cómo deberían estar preocupados por mí, pero mis labios se sentían atraídos por suyos con una fuerza ajena a mi voluntad. Con sus besos volvía a sentir aquellas punzadas en la vagina que ascendían hasta los pezones como corrientes eléctricas sutiles y placenteras.

"Escucha -le dije- no sé quién eres… el Ángel Montserrat que ha acudido en mi ayuda o el mismísimo diablo que no ha parado hasta haberme penetrado. Nunca he estado con otro hombre que no fuera mi marido y por ello dudo de que seas realmente un hombre aunque mi mano comprueba aferrada a tu miembro viril que eres de carne y hueso".

Me miraba los dedos
y jugaba a abrirlos y cerrarlos mientras los suyos continuaban acariciando mi pubis y buscaba en medio de aquel placer un nombre a todo lo que estaba sucediendo. La noche estaba cayendo cuando la tormenta cesó, el campo parecía un mar plateado, brillante, la oscuridad iba invadiendo el paisaje cuando apenas veía sus ojos abiertos como nunca los había visto en ningún otro hombre, cuando me quedé dormida sobre su pecho.

Él debió dormir también pues al despertar vi su rostro relajado y con su dulce besar me fue dando la pista de que no había ninguna otra cosa allí, como diciéndome que no había nada más. No me intranquilizó estar allí a su merced: en sus ojos no vi más que amor… Cuando se puso en pie, miré el reloj y sólo eran las seis de la mañana, lo cogí por la manga y casi le supliqué que yaciera junto a mí, que me penetrara otra vez, pues necesitaba saber que todo aquello no era el sueño de una cincuentona con un amante veinticinco años más joven.

Y otra vez volvía a sentir sus dedos precavidos
que me hacían olvidar la Tierra real y que nada, ni siquiera el hambre, era capaz de sacarme de aquella locura. A lo lejos sentí cómo seguían rugiendo los truenos hasta desaparecer en la lejanía mientras en mi tuétano se hacían sentir los torbellinos de color. El resto es fácil de imaginar: el cielo regresó sobre aquello que las palabras habrían de convertir en una especie de barro como en el Origen.

                                                                             Johann R. Bach

21 mar. 2017

Vida y amor trabados llenos de alegría distantes de los sonetos de mediodía:


Ni sonetos ni madrigales de mediodía

De los sueños y pesadillas de infancia,
difíciles de conjugar con el cuerpo expandiéndose como un punto imantado por el campo magnético de nuestro planeta,

nace el erotismo puesta en marcha
de un funcionamiento más profundo y más rico del humanismo biológico y de aquel gran conocimiento que parte del propio cuerpo.

Según los biólogos humanistas
la chispa de la vida no son los sonetos de mediodía, ni de los madrigales cantados a media voz bajo una sombrilla;

sino del sodio inyectado en corazón
por la succión de la diástole, camuflado en la sangre antigua agua de mar oxidada.

Sin embargo las cosas vuelven y vuelven a inscribirse,
unas en otras, en un universo movido por clústers paquetitos de luz cargados de corpúsculos memorizados desde el inicio de los tiempos.

Vida y amor trabados llenos de alegría
distantes de los sonetos de mediodía:

No hay equilibrio posible…
igual que el movimiento la vida necesita de la locura del amor, experimentar un beso de sol, brevísimo, al atardecer de joven exceso y el abrazo en la sombra de la noche.

                                                           Johann R. Bach

20 mar. 2017

la piel del mar... oculta bajo su manto de olas y espuma mucha más agua


EL PESO DE ESTE MUNDO

Para soportar el peso de este mundo, a diferencia de cómo lo hace Atlas el titán, sólo es posible hacerlo postrado de rodillas.

Las soluciones en filosofía son como la piel del mar, que oculta bajo su manto de olas y espuma mucha más agua.

No obstante sus caviladas respuestas son mucho mejor que las soluciones científicas que no remedian ningún problema humano sino que sólo solucionan los propios problemas de la ciencia.

Y de vez en cuando hay que recordar al lector que antes de menospreciar un mensaje, es conveniente leerlo detenidamente varias veces, pues toda metafísica tiene que trabajar con metáforas.

                                                                                                            Johann R. Bach

LA TIERRA SIGUE GIRANDO ALREDEDOR DEL SOL ...


QUE NADIE SE INQUIETE

¡Calma! ¡Calma!
Que nadie se inquiete: los observantes de los cielos dicen que 
La Tierra sigue girando alrededor del sol y que 
sigue acompañándole en su viaje hacia el Ápex.

                                                                                  Johann R. Bach