7 may. 2016

En aquellos momentos bajo aquella oscuridad todo me pareció dominado por el vicio


RONDA NOCTURNA A AGNÉS

Esta noche he tenido un extraño sueño.
Lo he atribuido a una larga conversación que tuve ayer, después cenar, en la que Agnés me explicó sus decepciones amorosas. Cassia se había retirado a dormir como todos los otros huéspedes.

Me afectó mucho
el ver cómo resbalaba, deslizándose por la mejilla, junto a la nariz, una lágrima de su ojo derecho y cómo brillaba reflejando la luz de una de las lámparas.

En el sueño, me hallaba yo mirando,
por la ventana, los cielos rosa-liliáceos, repletos de estrellas como jarrones de flores. Bajo aquellas estrellas la calle estaba llena de barro y la oscuridad era muy densa, a lo lejos se oían ladridos y las sombras de un par de cojos que se habían desecho de sus muletas se deslizaban calle abajo caminando bien derechos.

En aquellos momentos
bajo aquella oscuridad todo me pareció dominado por el vicio… y las casas se me presentaban como nidos de víboras. En un portal, al otro lado de la calle unas viejas como espantajos leían la buenaventura en el mango de una sartén. Únicamente en una ventana frente a la mía titilaba una luz. De repente, tres músicos se situaron bajo la ventana de Agnés. Se distinguían claramente bajo la farola que iluminaba sus rostros. Eran estudiantes, probablemente alumnos suyos, que le daban al arco del violín mientras se mordisqueaban los bigotes.

Uno de ellos, el más alto,
se cubría la coronilla con una capucha de terciopelo y lucía sobre los hombros unas cintas de colores. Un policía se acercó corriendo para pedir silencio a los estudiantes, pero al ver a Agnés en la ventana se alejó más rápido todavía: era policía, sí, pero no era tonto.

Con gran pesar me he despertado,
sin saber cómo acababa –si es que un sueño debe acabar- aquella secuencia capaz de mantenerme en vilo.

                                                                   Johann R. Bach

Callejeábamos, entrando y saliendo del metro como en un juego ciudad


EN EL INVIERNO DE PARÍS

Cassia y yo, en invierno,
salíamos a la calle con el mal tiempo a sentir el París, inalterado y melancólico por la nevisca que difuminaba un poco los edificios macizos, idénticos, y que brillaban a izquierda y derecha heridos por algún rayo de sol. Tomábamos un café, comprábamos varias baguettes de pan –la mitad llegaban a casa mordisqueadas cuando no consumidas totalmente- …

Nunca nos habíamos sentido tan libres
ni nos habíamos sentido tan asombradas por lo que nos rodeaba: hasta el aire helado en la cara lo recibíamos como una caricia. ¿Acaso habíamos soñado con ver alguna vez el Boulevard Saint Michel, la Place de La Concorde y El Louvre?

Callejeábamos,
entrando y saliendo del metro como en un juego ciudad, y descubriendo siempre algún lugar bien conocido por las novelas y los álbumes de fotos. Nombres como Porte d'Orléans, Billancourt, Pont de Sévres, Gare d'Austerlitz, Châtelet… se habían transformado como por arte de magia en realidades ante nuestros sentidos.

Durante meses salimos a diario
a cualquier hora del día y sólo los domingos eran melancólicos y aburridos en los que los viejos ponys de Les Jardins de Luxembourg paseaban, pacientemente, sobre sus lomos a unos niños sin sonrisa, pues en París escasean los niños.

                                                                     Johann R. Bach

6 may. 2016

Los colmillos no eran de marfil, sino de plástico aunque su color estaba bien logrado;


PRIMER DÍA DE FIEBRE

Aquella fue una noche terrible.
La fiebre se había apoderado de mi hipotálamo. Los gases aprisionados en gran cantidad en mi vientre eran los responsables de la sensación de volar. Me desperté varias veces. En todas y cada una de ellas la angustia era patente; sólo la presencia de Clara en mitad de aquellos sueños alucinantes me tranquilizaba. Recuerdo perfectamente que, como si todo hubiera sucedido realmente, Clara y yo nos elevábamos a gran velocidad y París empequeñecía con la distancia y se iba difuminando tras una niebla gris.

Rápidamente, nuestras miradas abarcaban espacios mucho más bastos. Extensiones azules y verdes, rectángulos amarillos atravesados por los hilillos de los ríos, nubes de algodón cubrían pueblos del tamaño de una mano que de no ser por el dolor abdominal podría haber sido un sueño fantástico y en cierto modo placentero.

Para no marearme le pedí a Clara volver a la cama
como queriéndome asir a la tierra del planeta. Me retiró, distraída el termómetro de la axila y lo miró después de voltearlo varias veces para ver la rayita de mercurio. "Marca diecisiete grados –me dijo-, de seguir bajando pronto llegarás a la temperatura de solidificación del agua; es decir, a cuatro grados, pero no temas las sustancias alcohólicas de la sangre impedirán su congelación".

No pude pensar demasiado en aquella afirmación de Clara pues la habitación estalló en pedazos tras una explosión seca. Las paredes y el techo desaparecieron, y, la sensación era como si estuviéramos  rodeadas por el océano de aire gélido sobre una montaña del color del cadmio. Aún no había reflexionado sobre aquella situación cuando me vi sobre el lomo de un inmenso elefante de trapo, cosidas sus orejas con hilo de oro. "El paisaje –me decía Clara- se parece al pirenaico, concretamente a la Pica d'Estats". La montaña, en efecto, un pico rocoso afilado como una cuchilla y en sus laderas las tarteras abundaban. Un poco más debajo de la cumbre unos pequeños lagos alegraban el paisaje sobre unas mesetas que verdeaban junto al gris pizarra de las rocas.

Alucinante, inaccesible para alguien que no fuera Clara, el elefante en la cima se alzaba sobre un mundo plano, adivinándose a través del aire transparente como si estuviéramos metidas en una botella azul. Los colmillos no eran de marfil, sino de plástico aunque su color estaba bien logrado; la trompa enhiesta le daba al animal de textura blanda un aspecto belicoso y real.

Arremolinadas sobre la cama, con las manos entrelazadas, no nos cansábamos de contemplar el mundo. Porque desde las alturas veíamos con una claridad absoluta, a pesar de la distancia todo lo que deseábamos ver en la tierra. Contemplábamos un pueblo entre olivos y veíamos su iglesia blanca, antigua, con un campanario de hojalata y sobre la hojalata veíamos un gato que dormía hecho un ovillo. En otro lado, junto al mar, en una taberna, veíamos una mesa con cuatro jugadores de cartas como escapándose del calor del verano y apreciábamos incluso los hilillos de tabaco quemado que escapaba de la pipa que un marinero –con el mandil, pues había ido allí solo a fisgar- fumaba lentamente. Era como si quisiéramos volver a Cadaqués.

Veíamos barcos, como naves helénicas detenidas sobre el mar esmeralda como si estuvieran descansando ante un horizonte interrogativo. En la cubierta de uno de ellos, dos marineros zurcían sus calcetines de algodón. En la playa un cura que acariciaba la pierna de una feligresa, mientras una urraca contemplaba, entre las blancas gaviotas, desde el borde de su cochecito a un bebé y a una mujer pintándose los labios. Cerca de aquella urraca distinguíamos a un juez que miraba sardónicamente al acusado y a un cirujano que le extirpaba un diente a un caballo con ayuda de unas vulgares tenazas. Mirando la escena con curiosidad unos niños se compadecían del caballo.

Aquella fue una noche terrible. La fiebre se había apoderado de mi hipotálamo. Los gases aprisionados en gran cantidad en mi vientre eran los responsables de la sensación de volar.
                                                                                                                                                                                                                             Johann R. Bach

5 may. 2016

El tiempo “muerde” y deja la marca de su diente.


LO BREVE

Lo breve aunque no sea bueno...
se agradece.

El tiempo "muerde"
y deja la marca de su diente.

La carcajada es un terremoto
que viene después del silencio después del chiste.

El hombre se cree obligado
a simular que es distinto del que es.

El alma de las cosas
no tiene en cuenta el tiempo.

No hablo solo,
hablo conmigo mismo.

La inmortalidad
haría muy desgraciados a los suicidas.

Nada es más exagerado que la soledad.

Resumiendo: No entiendo nada.

En el espejo habita alguien de quien reírme.

Escribo por la tarde
lo que debería haber pensado por la mañana.

Creía que tenía madera de poeta:
era sólo una astilla.

Ansiedad por volver a echar los dados,
herida que no cicatriza.

Lo breve aunque no sea bueno...
se agradece.

                                                      Johann R. Bach

sólo las letras de las canciones y su música son capaces de escribir la noche eterna del Universo en el diccionario de las verdades.


LAS RAICES DEL MANZANO

Buenos días amiga. Has madrugado mucho hoy –me dijo amablemente el lagarto- y no tienes muy buena cara a pesar de que el tiempo de este otoño es menos frío que en otras ocasiones por esta fechas.

No he dormido en toda la noche –contesté al viejo lagarto que se iba acomodando sobre el muro-, he paseado de un lado a otro para aplacar mis nervios y ya ves: la luz de la luna no me ha hecho más joven. En otoño mis sienes se blanqueaban y luego en primavera se oscurecían un poco aunque yo a eso no le daba importancia. Estoy un poco triste porque el manzano que planté el año pasado no ha echado raíces. Ya sabes que no espero a nadie y mucho menos a los hombres, esos salvajes que pelean lejos, en la frontera. Cuando vuelvan encontrarán en mi lugar a una anciana, peinando los cabellos de alguna niña que quiera aprender a manejar su rostro. ¿Quién deseará mi cuerpo? ¿Quién leerá mis poemas? ¿Quién recordará mis diálogos contigo?

¿Qué puede decirte un simple lagarto para disminuir tu pena? Sólo puedo hacer que me escuches un minuto. Lo justo para señalar que en el calor que nos llega del sol no todo es de polvo, soledad y ausencia. No todo es niebla, oscuridad y miedo. En el balanceo sutil del aire, sobre la tierra suena una melodía. Tus manos dejan de estar vacías al acariciar el viento y tus ojos miran y lo ven todo.

Somos y somos lo que no sabemos y es que hay en nosotros una llama viva o su reflejo que es casi lo mismo. Caen los días en un otoño que parece eterno y pasan las cosas entre sueño y sueño. Llega la noche con sus bellos sueños y calla nuestro silencio. ¡Ah! ¡Qué sol tan precioso! Amarillo y mate como un membrillo. Siento mucho lo de tu arbolillo, pero ya hace tiempo que abandonamos el Paraíso del manzano. Déja que te diga cómo lo veo yo:

Todo empezó cuando las inquietas manos del Alfarero crearon un mundo de barro, luego vendría la era del aluminio rojo, la del platino desprendido de las estrellas moribundas y la del grafeno limpiando la mala fama de la negritud del carbón y de las razas. Pasamos del Paraíso del manzano al vientre del desierto donde las gacelas corretean contra el viento para refrescarse; del mar y la luz reflejada en sus olas al espacio exterior sin ruidos y sin aromas, exento del viejo olor del lápiz y sólo las letras de las canciones y su música son capaces de

escribir la noche eterna del Universo
en el diccionario de las verdades.

Pasamos casi sin continuidad de los saberes intranscendentes a los conocimientos tardíos. ¿Es posible que el Alfarero se haya tomado una copa de Calvados?

Lo cierto es que ahora urge pasar de los esfuerzos por calmar la angustia, el miedo y las lágrimas del niño a vivir la ternura de la madurez para reescribirnos aunque sea en el refrito de un nuevo disco duro.

                                                                                                       Johann R. Bach

4 may. 2016

No me asustó el Ángel Montserrat al pintarse a sí mismo en sí mismo


EL MISTERIO DEL ÁNGEL MONTSERRAT

El dios antiguo
en su montón de estiércol no despertó mi miedo.

No me asustó el Ángel Montserrat
al pintarse a sí mismo en sí mismo. Al contrario, noté que salía fuego de mis dedos y comencé a dibujar.

Desconfiada,
yo me volví salvaje al conocer el mundo de los hombres.

Delante de nosotras, Ermessenda, amor…,
todo lo que la nostalgia tiene de duradero en el misterio desea ser descrito con poemas y dibujos.

                                                                                                 Cassia

pechos que abandonaron bocas conocidas por besos desconocidos


LA METÁFORA TIENE NOMBRE DE MUJER

La noche y su eterno futuro,
de hito en hito incita a lo mismo con lo mismo: de pronto el recuerdo meridiano en la leche de la mujer, brotada del horror ante la muda perversión rojiza del entornado ojo del gallo.

¿Qué mujer no sintió alguna vez el sexo
como un corte sin compasión
en la rama fundamental del Árbol de la Ciencia?

Chirría por su columna arriba
un destello de hierba o de hombre maduro y ella, espléndida, con las cejas pintadas con un trozo de costilla quemada del último animal achicharrado por un rayo

con los pechos que abandonaron bocas conocidas
por besos desconocidos, y los muslos en camino por los calvarios de la tentación, se estrecha contra sí como dentro de una almendra: esquiva, estremecedora, astuta, inconstante y compasiva…

¿Qué mujer no sintió alguna vez el sexo
como un corte sin compasión
en la rama fundamental del Árbol de la Ciencia?

Las estrellas y las palabras no carecen de relación…
Son las alas de los pies, como las del dios Mercurio, las que sirven al amante, pero es la serpiente la que está al servicio de los genios…

                                                                             Johann R. Bach

2 may. 2016

París era, en sí mismo, una realidad que parecía someterse al mito del eterno retorno


PORT VENDRÉS

Envuelta en frío
caminé ayer por la playa, los árboles del paseo marítimo y los mástiles del puerto temblaban con el viento.

Hubo momentos
en que tuve que caminar de espaldas al viento y me guiaba en medio de la desnudez hacia la añoranza cerca del fuego.

Desde la ventana del hotel vi,
al otro lado de la calle, unos hombres agazapados detrás de un camión, como fabulosas estatuas, sin lucha, inmóviles, como árboles abatidos por el viento y por el fuego.

Siempre ha sido así en Port Vendrés.

Está lejos de mí
toda fragancia de naranjales en fruto, pero nada temo a la noche, ni al viento.

El sueño, junto a Cassia,
esconde una nostalgia desgarradora; sólo su compañía me libra al amanecer, de un alba engañosa de fríos y oscuros pensamientos.

Cuando me despierto
alargo mi mano hasta tocar la suya.

Siempre ha sido así en Port Vendrés.
…………………  ………………….   ……………………   …………………….  

París era, en sí mismo,
una realidad que parecía someterse al mito del eterno retorno como la necesidad de un baño esa necesidad de volver al agua, al lugar de donde hemos partido.

Fuéramos donde fuéramos,
al final siempre volvíamos a Paris, siempre al número 13 del Boulevard Raspail, siempre a la casa de huéspedes de Clementine, siempre a aquellas habitaciones rojizas para tener un sitio del que partir de nuevo.

Para aquellos que se obsesionen o simplemente se pregunten quién fue Raspail les diré que yo me topé con ese nombre mientras leía un libro sobre ecuaciones cuánticas. Raspail, joven revolucionario implantó la teoría celular en biología. Además del Boulevard Raspail, su nombre se encuentra en multitud de ciudades, entre las cuales no podía faltar una plaza en el contestatario barrio de Gracia en Barcelona.

La misma casa, sin embargo, no sería la misma sin aquella dulce dama, a veces callada, a veces parlanchina sobre cosas que no tenían nada que ver con la conversación: eran viejos recuerdos, deformados por la lógica de la nostalgia y del sueño, tan rotundos y coherentes que bien podrían ser poemas ensartados como perlas en fino hilo de platino del silencio.


Sus ojos se abrían de par en par como si hubieran descubierto un misterio y en ellos brillaban las lucecitas de las velas que, después de pasarse el fuego unas a otras, adornaban la mesa todas las noches.

                                                                                    Johann R. Bach

1 may. 2016

los alguaciles ya no hablarán la lengua de esos sacrificados lugares.


EL MONÓLOGO DE PAUL LAFITTE

Pocas noches de lunas me gustaron
durante mi encierro en ese humilde cobertizo. El alfabeto de las estrellas que silabeaba cuanto me permitía el cansancio del día y del que sacaba otros conceptos y otras esperanzas me indujeron a escribir.

Pocas noches de lunas me gustaron,
sin embargo, fueron suficientes para grabar en mi memoria la conjunción, como en un eclipse de sol, la tristeza, la soledad y la esperanza.

¡Suba abuelo! ¡Suba al camión!

Comprendo muy bien que no quiera abandonar su querido pedazo de tierra, pero piense que gane quien gane esta guerra su jardín de alfalfa y trigo será confiscado; gane quien gane esta guerra le enviarán a un campo de concentración el tiempo suficiente para debilitar su vigor y los nuevos propietarios de su hacienda se habrán consolidado como personas honestas.

¡Suba abuelo¡!Suba al camión!
Su verdadero tesoro son esas tres orgullosas margaritas que lamen sus propias heridas para que cicatricen pronto. Derrochan amor porque es su única oportunidad de sobrevivir.

Lo peor de la guerra está aún por llegar:
las fuerzas de ocupación violaran a millones de mujeres; encarcelarán  y torturarán a millones de hombres por el sólo placer de verlos sufrir;

En los países vencedores la vida no será mejor:
en las calles de París, por haber dado amor a soldados enemigos, se arrastrará a miles de mujeres desnudas, rapadas e insultadas; se les duchará en pleno invierno con los hidrantes públicos a los que sólo tienen acceso los bomberos.

Los pequeños países
serán borrados de los mapas y sus lenguas prohibidas durante decenas de años o quizá siglos y las bocas de sus habitantes serán tapadas con la palabra libertad; en nombre de la democracia se les condenarán a ser ciudadanos de tercera y miles de funcionarios serán expulsados de sus puestos: los alguaciles ya no hablarán la lengua de esos sacrificados lugares.

¡Suba abuelo!¡Suba al camión!
¿Quién enseñará a sus hijas, aunque sea de forma parcial, a regar los campos?¿Quién les enseñará a sortear las dificultades que se le vienen encima?

¡Suba abuelo!¡Suba al camión!
Se hace tarde y las princesas no deberían ver el infierno que nos va a caer encima. Le necesitamos para que nos conduzca por los caminos que sólo Vd. conoce palmo a palmo; le necesitamos para que nos aliente con su sabiduría; para que con sus palabras crezca nuestra esperanza; le necesitamos para sobrevivir.

¡Suba abuelo! ¡Suba al camión!
¡Coja el volante y no pare hasta sacarnos de este mar de fuego y odio!

                                                                  Johann R. Bach

Poseidón, sonriendo, trabaja en las playas llenas de cuerpos impregnados de cremas,


LA HIJA DE CLEMENTINE

No està:
Poseidón se la llevó en una de sus mareas –me comentaba Clementine.

Cada vez que voy al mar
miro hacia el agua y cada vez más me entra miedo de las grandes rocas, de la raya del horizonte, roja de tan azul, de la infinita, para mí, lejanía inmóvil.

Poseidón, sonriendo,
trabaja en las playas llenas de cuerpos impregnados de cremas, ante un sol que gotea sangre.

Después de que el sol se apague
y nuestra galaxia La Vía Láctea se desintegre y se produzca la muerte térmica de los infinitos sistemas solares, sin duda volverá mi hija a recitar versos, con ritmo elegíaco, sobre los rizos de las damas elegantes y sus cajitas de marfil con esencias de lavanda.

Por supuesto que sí Clementina,
por supuesto que sí. Volverá cuando el Caballo de Platino haya resurgido en un espacio distinto al del polvo y el olvido.

                                                     (de la novela "Dibujos y paisajes de Cassia")
                                                                                 Johann R. Bach

Custodio de noche y día mi conjunto histórico de muebles


CLEMENTINe SIEMPRE VIGILA

Soy como el vigilante de la viña, siempre despierta:
Custodio de noche y día
mi conjunto histórico de muebles

que con su reposo, sin moverse de sus rincones

miran, como yo la noche, en silencio,
el suave resbalar de las aguas del Sena,
que reverberan con las luces del Pont de La Concorde.

Afortunadamente ha regresado
a la casa la alegría durante el día…
y la paz bajo las estrellas.

Miro de noche el firmamento.
Bien abrigada desde la ventana abierta,
no tardaré nada en dormir.

                                                           Johann R. Bach

Los labios, finos, estaban suavemente veteados de densas arrugas verticales


AGNÉS LA PROFESORA DE INGLÉS

El consuelo que Cassia le dispensaba a Agnés
se mostraba insuficiente y por ello la joven profesora se volvió a encerrar en su habitación. Recurrió a una estratagema que había utilizado muchas veces para tranquilizarse: dibujó con la pintura roja de un pintalabios un círculo sobre el espejo de la puerta del armario.

Se miró intencionadamente
en aquel óvalo del espejo en la puerta de caoba, abriendo sus brillantes ojos sin lágrimas. Autorretrato. Un autorretrato en el que se mostraba cautelosamente atenta, flaca, no muy alta, de nariz estrecha y boca burlona. Su largo y abundante cabello oscuro, aunque con brotes rojizos.

Sus ojos eran rasgados y de color negro,
y refulgían bajo sus cejas triangulares. Su tieso mentón era limpio y redondo y (quizá también) algo pequeño. Hondos arroyuelos que nacían a ambos lados de la nariz discurrían hasta más debajo de los labios lo que indicaba una cierta discrasia grasa y justificaba su frilosidad.

Los labios, finos,
estaban suavemente veteados de densas arrugas verticales –denominado ese detalle eufemísticamente "código de barras". Detrás de su cabeza, los rombos brillantemente iluminados del papel de la pared descolorida colgaban como el traje raído de un arlequín.

Apaciguada por la creciente embriaguez
al ver su propio rostro relajado, Agnés apagó la luz, descorrió luego la cortina por la parte del radiador eléctrico y abrió la ventana. Una desbordante oleada de olor a almendras amargas irrumpió con el aire frío y húmedo de la calle, donde el radiador apenas había logrado rematar ningún cambio en la frialdad habitual. Sacó una mano hacia la noche en calma y creyó sentir una tenue lluvia brumosa.

Escuchó.
Persistía un sonido espantosamente familiar: el murmullo de las gotas de agua del tejado al caer sobre el balcón. Las nubes debían haber cubierto por completo el cielo privando a la noche de su luna. Cerró la ventana y se desplomó sobre la cama y se quedó profundamente dormida al instante, dejando encendido el radiador. Cuando despertó por la mañana, alguien lo había apagado.

                                                        (de la novela "Dibujos y Paisajes de Cassia")
                                                                                      Johann R. Bach.

El hombre es espíritu, pura sed de ciencia, una noble vasija llena de sabiduría.


LAS CENAS CON CLEMENTINE

Normalmente los jueves Clementine nos invitaba a todos
a "degustar su cuscús". En aquellas cenas corría el buen humor como el vino y la cerveza. Clementine solía tomar la palabra aparentando seriedad e iniciaba algún monólogo con una cierta sonrisa burlona en sus labios. 

Simulando severidad en la mirada nos decía por ejemplo:
                      
"El hombre no sólo tiene una tripa
que debe atiborrar de asados, pasteles y membrillos, de morcillas y pollo frito;

el hombre no es un odre de vino,
no es un eritema, no es una sanguijuela que chupa la sangre hasta llenarse la barriga, no es un piojo que esconde sus huevos en la costura de las mantas.

El hombre es espíritu, pura sed de ciencia,
una noble vasija llena de sabiduría.

La Ciencia y la literatura -ambas entrelazadas-
son el verdadero oro, la verdad es el auténtico tesoro, el mecanismos que hace girar los mundos. Pero no insisto más pues creéis que no soy más que una pobre vieja y que cada día estoy más ida.

Por cierto
¿sabéis –nos dice- cuándo se sabe que una persona se está envejeciendo? Yo os lo diré: Cuando no se le puede llevar la contraria, cuando lee las esquelas cada día y cuando el arco senil se apodera de tus pupilas…

¿Cómo se os ha quedado el cuerpo?

Cassia, con buen humor contesta
como si se hubiera puesto de acuerdo con ella previamente: un poco jorobados.

No guapa –respondió con rapidez Clementine-,
tú ya viniste a esta casa con la joroba puesta…

                                                                             Johann R. Bach

Dedos a la obra

                              

                                              UNA YEMA DE MIS DEDOS

Dedos a la obra

Llovió vino en las entrañas de San Esteban.

Como en las de él 
el fuego del viernes noche nos llama al martirio. 

Te doy una yema de mis dedos 
para que toques lo que toca. Así te abrirás. 

Dedos a la obra

                                                                Johann R. Bach

Puedo hacer que pierdas la cabeza, puedo hacer que vueles,


RECONOCIMIENTO A CASSIA

Déjame Cassia,
déjame que haga ondear tu cabello y que centelleen tus ojos, que haga que se te humedezcan los labios con la punta de la lengua, que encienda también, amigos míos, en vuestras coronillas nimbos como los de iconos antiguas, queridas criaturas de papel.

Cassia, quiero que pienses
en la rotunda faz de nuestros mares, en los bramidos de las olas que alcanzan el cielo. Piensa en la libertad siquiera tú, en este relato de dibujos y paisajes que intento escribir desde hace más de dos años sobre un mantel de colores.

Puedo hacer que pierdas la cabeza,
puedo hacer que vueles, pero ¿qué voy a hacer yo? Yo, que llevo una vida dispersa como el polvo entre esta casa de huéspedes y mi trabajo narrativo. A mí sólo me queda cederte la voz a ti, como un ventrílocuo. Sabes que ya hace tiempo que dejé de hablarles a los escolares sobre conjunciones, sobre la sintaxis de la yuxtaposición y sobre aquellos genitivos con los que no han soñado jamás.

No voy a quejarme de mi maldita suerte
porque habiéndote conocido a ti Cassia, amor, doy por bien pagada mi vida. Pero calla, tú, Cassia de mi vida, y sigue dibujando la historia.

                                                                 Johann R. Bach