20 jul. 2013

La actividad para una fuga en toda regla había comenzado

   LA EDAD DE LA LUZ. Paul Lafitte  (Poema IV)

 

A Paul Lafitte le parecía que la luz tenía edad:

nacía, maduraba, envejecía y moría en la noche escondida tras la propia sombra del planeta.

 

La espera excavaba en aquellas noches

un insomnio vertiginoso sobre los campos de alfalfa vigilados por escuadrones de valeriana. La combinación de ambas plantas daba vigor a sus músculos y tranquilidad a su alma.

 

Entretanto, en el cobertizo,

bajo la paja, se acumulaba poco a poco gasolina en espera de la deseada fuga. En el almacén de abonos de Hof conoció a un grupo de prisioneros que trabajaban allí desde hacía dos años.

 

Uno de ellos le dijo en voz baja

"si conocía Grenoble". Sus ojos se empequeñecieron para evitar el chorro de luz que estaba iluminando sus pupilas. Esa era la consigna del maquis provenzal.

 

Le contestó que "él no pero su hijo sí"

a modo de contraseña. En un momento dado Firmin le colocó en su bolsillo un papel doblado que no leería hasta llegar la noche. Simulando decirle algo sobre las ruedas, le indicó una pequeña cavidad entre las ballestas y le nombró la palabra correo.

 

La camioneta iba dos veces por semana a Hof

con lo que se estableció un correo regular entre todos los componentes del maquís en la zona. La información pasaba a través de la vía checa de la resistencia.

 

La actividad para una fuga

en toda regla había comenzado. El peligro de ser descubiertos también, pero saber que contaban con la ayuda de los sudetes les animaba como una aurora.

 

Durante tres semanas el correo funcionó

a las mil maravillas, luego quedó interrumpido sin saber por qué.

 

A las cinco de la mañana

el runruneo del motor de la camioneta despertó a Paul; pocos segundos después la puerta de su prisión se abrió y sorprendentemente era Monique, la mujer de Dieter, la que requería sus servicios.

 

Paul se sentó en la amplia cabina

junto a ella. A pesar de la oscuridad de aquel amanecer adivinaba su perfil: era hermosa, algo corpulenta y con cierto aire empático en sus movimientos.

 

La camioneta avanzaba lentamente

por aquel camino helado y lleno de socavones. Paul la notó excitada por su proximidad y no pudo evitar acariciarle la rodilla con suavidad.

 

Todo, absolutamente todo

se puso patas arriba. Lo que no habían conseguido los continuos bombardeos o el goteo de pérdidas humanas se despertó entre dos enemigos irreconciliables:

 

La madre, en casa,

la que puso tranquilamente los platos en la mesa para la cena durante tantos años se esfumaba bajo el calor de una amorosa mano.

 

La madre de palabras dulces,

inmaculados su gorra y traje que habían exhalado el olor sano de su persona, pasaba a pensar en las mariposas que revoloteaban en su vientre.

 

La figura del padre, Dieter, fuerte, arrogante,

viril en las formas, mezquino, colérico, injusto, con su golpe y palabra violentos, con su pacto estricto y sus añagazas se hundía ante una acaricia de la música de una viola de gamba entre las piernas.

 

Las costumbres, el lenguaje educado de los visitantes,

los muebles familiares… Todo, absolutamente todo se tambaleaba.

 

Sólo el efecto que no permite contradicción,

el sentimiento de lo que es real, la idea de que pueda al cabo no ser real como el corazón anhelante y amoroso, se mantenía en pie en aquel paisaje helado.

 

Las dudas del día y las dudas de la noche,

el sí y el cómo extraños de una pasión, dentro de una cabina de una camioneta varada al borde de un camino de una llanura llamada a convertirse en un infierno eran en su conjunto

 

destellos de lo que nunca

se debió haber modificado: hombres y mujeres apretujándose en rincones nunca pensados para ello en el instante, bellísimo, en que la luz comienza a nacer.

 

                                                                                         Johann R. Bach 

 

 

Pensó en saltar y escapar...

EN LA GRANJA (Poema nº 3)

     

Durante dos días le hicieron cambiar

cinco veces de tren. Sin comer nada durante el trayecto, el estómago se le retorcía como su rabia.

 

Pidió a los guardianes ir a orinar,

aquéllos, mofándose de él, lo sacaron al aire libre. Orinó ante las risas de sus captores en la plataforma formada por dos planchas de hierro entre los vagones de aquel tren que podría ser el último.

 

Pensó en saltar y escapar,

pero desconocía dónde se hallaba y a juzgar por la hora ya debían estar en suelo alemán. Por otra parte le habían quitado su documentación, y con la escasa ropa no resistiría mucho tiempo perdido. Prefirió esperar a que el Destino le diera otra oportunidad.  

 

Cuando Paul Lafitte bajó del tren

leyó "Hbf Gera" en un gran letrero. Desconocía el nombre del lugar y dónde se podría hallar. Su obsesión por los mapas cobró nuevos bríos.

En la misma estación fue entregado a tres hombres vestidos de paisano que a juzgar por su aspecto podrían ser abuelo, hijo y nieto.

 

Lo subieron a la parte trasera

de una camioneta, junto a unos postes de madera. El viaje duró unos veinte minutos. Su primera tarea de prisionero fue la de descargar la madera.

 

Oscurecía ya cuando le condujeron

a un pequeño cobertizo junto a una nave enorme donde mantenían a cientos de pequeños cerdos. En su interior había un montón de paja que le señalaron como sitio para dormir.

 

Le dieron dos mantas

y una marmita llena de patatas crudas con dos trozos de carne magra. Cuando la puerta se cerró tras él oyó como la llave chirriaba en la antigua cerradura y se lanzó desesperadamente sobre "aquellos manjares".

 

Paul Lafitte se encontraba al borde

de la desnutrición y se comió la primera patata a grandes mordiscos. Su estómago protestó por la acidez y pasó a devorar la carne. Buscó por todo el cobertizo algo que le pudiera ser de utilidad.

 

Mientras se calmaba algo su estómago

pensó que aquella tierra quizás recibiera las semillas con tristeza. Las semillas que tanto arriesgaban en medio de los campos arrasados por el fuego probablemente no se preguntarían si eran felices;

y, sin embargo, brotaban.

 

Desde el primer momento

que Paul Lafitte vio los campos de aquella granja le vino a la cabeza el concepto de maldición; una maldición que no se parecía a ninguna otra.

 

Aquella maldición azul parpadeaba

con una especie de pereza como queriendo dar el aspecto de una naturaleza afable; los hilos de luz que se iban perdiendo en la noche ofrecían una cara de rasgos tranquilizadores.

 

Pero una vez acabado el fingimiento

surgían del amanecer el nervio y el malhumor de Dieter quien parecía ser el que mandaba sobre toda la familia.

 

Durante los siguientes días, Paul Lafitte

ayudó sin rechistar en todas las tareas de la granja y vio cómo su esfuerzo era compensado con arroz hervido, algún que otro muslo de pato, tres salchichas diarias y de vez en cuando un pie de cerdo extremadamente salado y que en realidad era de vaca.

 

De lejos veía a tres damas

de las que no podía apreciar ni su edad ni su aspecto. En realidad no podía quejarse: dormía sobre un lecho cubierto por una manta, estaba ganando peso y a pesar de estar vigilado todo el día, en su mente se iban encajando los datos para una posible fuga.

 

A veces, la silueta de un caballo joven

en el horizonte montado por un niño lejano avanzaba exploradora frente a sus ojos y la excitación, ante esa estampa de libertad, se desbordaba con lágrimas humanas.  

                                                                               Johann R. Bach

Eras una mujer de agua

    VERANOS DE BROMUM EN SOLLER

Recuerdo que nos hablabas

de amores y de tristezas, de versos de poetas que en secreto admirabas.

 

Los ojos se te encendían

cuando íbamos a tu roca preferida; entonces no lo comprendíamos, pero las historias que explicabas y que nos llenaban las tardes nunca supimos si eran imaginadas, leídas o vividas.

 

Eras una mujer de agua.

Frágil y tierna, tuyas eran las horas, tuyas las largas abrazadas, tuyos los recuerdos del invierno y la sombra de una mirada triste cuando el poniente moría, y sé que

 

nos querías mucho más

de lo que creíamos, y que tu amor era como ahora son los corazones que te lloran en la distancia.

 

Ahora estás en otro mar, es cierto,

pero tu frescura sigue aquí entre estas rocas que tuvieron el privilegio de tu presencia, tus palabras como rosas sobre ellas, y tus pensamientos llenos de música.

 

Cuando llega el verano

nos preguntamos ¿dónde estás que ya no vuelves? Hemos decidido que cada año, mientras viva alguno de nosotros, tendrás tu poema y una rosa roja frente a la roca que fue como tu casa donde sanabas tus tristezas del invierno.

                                                                      Johann R. Bach

 

19 jul. 2013

La poesía para él ... era dialogar con la palabra libertad,...

       LA POESÍA DE RILKE

 

Lo que te llegó de él –La Pantera-

hace tiempo está pegado al imán de tu corazón y no lo sueltas:

 

"Los poemas no son sensaciones, son experiencias".

 

Lo que fue llegando después

tuvo que lidiar con intermediarios y sentiste el tirón de lo que se te acumulaba encima, hasta el punto de que tus cimientos, al menos en parte, amenazaban con venirse abajo de un momento a otro

 

ante tanta belleza escondida tras el sufrimiento.

 

La poesía para él -y ahora también para ti-,

entre otras cosas, era dialogar con la palabra libertad, era como escapar por la puerta trasera de la disciplina militar.

 

Pero nunca como en un poema

se percibe que las cosas se parecen a su nombre. De ahí empezaste a sospechar, tal vez, que en libertad las palabras tienden a caminar hacia aquello que nombran.

 

No todo lo que salía de su alma

te gustó, pero se lo perdonabas por ser humano. Entre las cosas que más te molestaron de su etapa sonetista fue esa soberbia de gran maestro que busca el jaque mate en catorce jugadas planificadas en cuartetos y tercetos encadenados.

 

A ti no te apetece que el poema se rinda

antes de tiempo, tirando su rey, a fin de arruinar ese gran final  que hace relamerse al autor sin darse cuenta que ha construido los barrotes con forjadas rimas y lo condena a ser prisionero de su talento.

 

Todo estaba a su alcance,

y sin embargo, se ahogaba en sus propios versos. Demasiado pronto olvidó Rilke aquel verso, lleno de amor, que le escribió a la Dama de sus Sueños –Lou Andreas Salomé-:

 

"sólo tú eres real"
                                                       Johann R. Bach

18 jul. 2013

Miraba las velas en el horizonte

                 TRISTEZA

En el pueblo así la recuerdan.

Fruncidas las cejas, la más bella entre las bellas subía cada mañana la persiana y desde la sombra, con sus párpados medio cerrados guardando los ojos húmedos,

 

miraba las velas en el horizonte.

 

Las huellas de tantas lágrimas

habían escocido sus mejillas formando con su rojez la forma de una mariposa y dos profundos surcos, por falta de sonrisa arrastraban sus labios hacia una mueca de profundo disgusto.

 

¿A quién le debía

la más bella del pueblo tanta tristeza?

 

Por la noche –todos lo sabíamos-

desabrochaba despacio su blusa de seda y subía sola a la barca. ¿Quién, desde las nubes blancas, le enviaba mensajes de amor?

 

Su nostalgia

jamás fue compartida con nadie que no fuera su amado.

 

En el pueblo así la recuerdan.

                                                                                     Johann R. Bach

Carmiña se desvive por nosotras

 RUTINARIA CARTA DE AMOR A IVETTE

 

Hola mi amor,

 

Hoy he pasado un día de esos que una se enfada con el mundo, pensando en sus excepciones para aliviar el peso de la desidia. Ya sabes que no me gusta quejarme de nada, pero a veces…

 

La lógica de los libros del Registro Civil quiere imponerse por encima de cualquier razonamiento. Notarios, jueces, policías, funcionarios y amigos se han puesto de acuerdo en borrarte de este mundo, pero yo sé que tú permaneces en todo lo que me rodea.

 

Dicen que estoy loca sólo porque necesito hablar contigo y ya sabes Yvette, que esta noche me he quedado conversando contigo hasta muy tarde. En algunos momentos me reía recordando los chistes que durante estos años me has ido contando. En esos chistes iba también tu sonrisa de oro.

 

¿Recuerdas?¿Cuántos dedos hay? Preguntaba el oftalmólogo. Dos y uno que no veo respondías, sin cambiar el tono que suponen las certezas. En otros momentos me sentía satisfecha de guardar en mi memoria tantas y tantas cosas que me explicabas, pero para evitar la tristeza saco a flote mi orgullo, orgullo por saber que signifiqué algo importante para ti.

 

No quiero entristecerme porque a ti no te gustaría que lo hiciera aunque muchas veces, al recordar el fatal accidente que te separó de Catherine y de mí no puedo evitar que corra una lágrima hasta mis labios y su sabor salado llene mi boca de melancolía, pero déjame que te cuente como en una carta antigua cómo vivo, cómo me las arreglo con la dulce compañía de Catherine, cómo deshago día a día ese ovillo financiero en el que tú y yo nos metimos hasta el cuello, cómo caminamos acompañando a la Tierra –girando como en un vals- alrededor del sol.

 

En primer lugar tengo que decirte que Catherine y yo estamos bien y que aquí en Gracia, como ya sabes la vida es apacible y los problemas que se suelen padecer en el barrio son los típicos debidos a la antigüedad de los edificios. La semana pasada, sin ir más lejos tuvimos una avería en una de las conducciones de agua.

 

El piso que está a la misma altura que el nuestro de la finca contigua tuvo un escape de agua que ha llenado una de nuestras paredes de una humedad que se ha comido toda la pintura. Pero el perito de la compañía de seguros ya ha aprobado el presupuesto para que nos pinten la habitación una vez se haya secado. Anteayer tuvimos un apagón que nos dejó sin luz durante ocho horas. Esta vez fue una avería en un transformador que nos dejó a oscuras a medio barrio.

 

En general, debido a la crisis económica, se cierran algunos comercios, pero se abren otros que parecen también interesantes. Hace un par de semanas descubrí una tienda nueva en el Torrent de l'Olla especializada en productos italianos. Entré buscando vinos de baja graduación (ya sabes que a mí me encantan los Beaujolais y los Côtes du Rhône de 12 grados). Me atendieron con gran entusiasmo al ver que seguía el hilo de todas las informaciones que me estaban dando.

 

Me ofrecieron un vino siciliano tinto de 12 grados que según me contaron salía de unas viñas que no fueron atacadas por la filoxera y han sobrevivido hasta ahora. Ese vino, debo decir que es excelente y que si tu tuvieras la oportunidad de probarlo acabarías a cuatro patas sin ninguna duda. El vendedor me contó que están buscando tierra adecuada en Catalunya para replantarlas, porque están convencidos de que esas cepas son las auténticas catalanas.

 

También me he aficionado a preparar algunas conservas de la que se confitan en este país, sobre todo a preparar la carne de membrillo que como ya sabes aquí se llama codonyat. No se me olvidan tampoco las recetas que me enseñaste de la cocina normanda como los "pies de cerdo al Calvados", "la chevaline à la crème" o el delicioso sorbet de Calvados denominado "le Trou Normand". 

 

En cuanto al pescado o marisco debo decirte que ya no nos sientan bien ni a Catherine ni a mí y que raras veces los comemos. El vino blanco ya no lo usamos ni para cocinar a excepción del turbio gallego que nos encanta con el "lacón con grelos" que de vez en cuando nos prepara una vecina que es simpatiquísima y oriunda de Noia.

 

Carmiña se desvive por nosotras y se siente muy honrada cuando Catherine le pide que la acompañe a pasear a hacer gestiones porque necesita saber que puede valerse por ella misma y que no quiere interrumpirme mientras escribo. De la misma manera que Carmiña el resto de los habitantes de nuestro inmueble nos aprecian y se sienten felices de tenernos como vecinas.

 

Con Carmiña hemos hecho un par de excursiones que nos han resultado muy agradables. En la primera fuimos a Santa Fé del Montseny donde dimos un paseo delicioso entre las secuoyas y junto al estanque y en la segunda fuimos a visitar el Monasterio Montserrat.

 

Estamos preparando otra excursión a la Serra del Cadí. Pero esta la vamos a hacer como los valientes alpinistas o mejor dicho como pirineistas. Se han apuntado varios amigos excursionistas amigos de Carmiña y pensamos pasar tres días caminando para atravesar todo El Cadí y tres noches que dormiremos en tienda de campaña. Catherina y yo confiamos en que esos excursionistas amigos de Carmiña sean auténticos expertos. Ya te contaré como nos ha ido.

 

Por otro lado ya sabes que a las que nos consideran solteras nos llega todo tipo de ofertas de viajes y excursiones por tierra y apetitosos cruceros por el Mediterráneo, pero ya sabes que nos gusta estudiar milímetro a milímetro los lugares que visitamos y así, luego, la descripción de los paisajes se nos queda mejor grabada en nuestra memoria. Eso puede parecer a algunas personas que somos unas estrechas, pero es preferible que piensen eso a que nos tengan por unas descocadas.

 

Catherine me exhorta a que te explique cómo le gusta ahora ir a la peluquería de Sants a pesar de que no puede mirarse en el espejo y mirar la obra de arte que sus peluqueros realizan a menudo con sus cabellos. Ni qué decir que nuestros amigos los peluqueros encuentran a faltar tu generosidad.

 

Catherine quiere que te cuente sus avances en el conocimiento de multitud de rincones del barrio y que camina cada vez más segura por las calles sin compañía de la misma forma que lo hacía en París y que sus progresos en el idioma son constantes hasta el punto de poder escuchar todas las tertulias radiofónicas… y que te manda muchos besos y abrazos… y que se acuerda mucho de ti… y que cuando nos visites te acuerdes de traernos Calvados y un "pull marin" (le vrai, es decir azul sin rayas) de esos que se llevan en Normandía.

 

¿Te acuerdas de Dominique? Ha vuelto a Barcelona después de estar dando clases de francés en Vietnam. Ha estado diez años y parece que fue ayer. Me ha dado recuerdos para ti. También me han dado recuerdos para ti las chicas de la farmacia y la chica de la zapatería del Carrer Gran, Elvira, que se ha casado y ya tiene una niña preciosa que parece una pepona. Quien me pregunta también mucho por ti es la panadera del horno de la calle Asturias.

 

¡Ah! Y aunque no te lo creas uno de los mozos de la Ferretería Pagés del Carrer Gran me dijo que eras muy simpática a pesar de que eras algo "pejigueras" porque nunca quedabas contenta con los tornillos que comprabas y que le diste bastante la tabarra con el aspirador que compraste y que les obligaste a cambiarlo dos veces.

 

También me preguntan por ti los camareros de la Cafetería Salambó de la calle Torrijos, esa que acostumbrabas a tomar un té a primera hora de la tarde antes de entrar en el cine Verdi pues se habían acostumbrado a tu compañía, sobre todo a aquellas tardes de los lunes de invierno en las que nadie o casi nadie va al cine.

 

Por mi parte te diré que he comenzado a escribir otro libro, una especie de diario parecido a aquel libro que me aconsejaste leer ¿te acuerdas? Se titulaba "Choses vues" de Victor Hugo. El hecho de que sea como un diario me permite expandir mis pensamientos indefinidamente, sin la angustia de esperar o buscar un final a mi propia conveniencia. Es un libro permanentemente abierto, como la vida misma.

 

En mis próximas cartas te iré enviando todos y cada uno de los capítulos de mi nuevo libro. Con mis mejores deseos me despido de ti enviándote un fuerte abrazo y mis mejores besos.  

                                                                                             Johann R. Bach

 

Agradezco tu visita

    EL REGRESO A LA LUZ DE UNA VELA

 

Conocí a muchas personas

que paulatinamente las dejé ir y me asombró verlas tan confiadas, tan pronto como en el olvido, tan justas, tan distintas a su fama.

 

Pero sólo tú, tú regresas;

me rozas, me rodeas y quieres darme algo que quieres que guarde: ¿una cajita de plata tal vez en la que otra diosa del amor, Gudrun, depositó un único beso?

 

Déjame conservar lo que consigo lentamente.

Por una vez, creo que tengo razón; y tú te equivocas si, enternecida, sientes nostalgia por alguna cosa. No estás aquí pues vivimos en mundos distintos, pero aún más lejos te imaginaba.

 

Y me desconcierta que seas justamente tú

quien yerra y viene como una luna…  llena de Arenys de Mar; tú que me has transformado más que cualquier otra mujer.

 

Creí que mi ausencia no te alteraba,

y el que tu poderosa voluntad nos interrumpiera oscuramente, desgarrando hasta el más vacío de los espacios no te quitaba el sueño:

 

sólo yo debería estar entristecida:

ese es nuestro asunto, y ordenarlo será la labor que debemos hacer con todo. Pero que tú misma te entristecieras aún ahora allí donde no tiene validez tristeza alguna1;

 

que de tus vastos territorios del inframundo

pierdas algunos horas, que vengas a esta humilde Barcelona nacida entre granados donde todo son sueños.

 

Que tú, dispersa,

dispersa y escindida por primera vez, no hayas acogido el surgimiento

de otros mundos, infinitesimales quizá, como los mediterráneos te sientas arrastrada por la silenciosa gravitación de una inquietud cualquiera me despierta a menudo por las noches como el asalto de un loco noruego disfrazado de policía.

 

Me gustaría creer que vienes

por generosidad y exuberancia, porque estás tan segura de ti misma como como el olivo de la vida; pero no: tú suplicas. Y eso me penetra hasta los huesos atravesándome como el ruido de una sierra.

 

Si tú cual un fantasma,

me hicieras llegar algún reproche que me atormentara  cuando de noche me recojo a mis pulmones, a las entrañas, o a la más débil aurícula de mi corazón, tal reproche no sería tan cruel como este ruego.

 

¿Tú qué pides?

Dime, ¿Debo viajar? ¿Has olvidado algo como mis libros o mis medicinas que sufren y me reclaman? Sabes que me gustaba el uso que hacías de las frutas plenas. Las ponías frente a ti y equilibrabas su peso con colores y así como a las frutas veías también a los niños.

 

Finalmente te viste a ti misma como fruta,

te arrancaste de tus vestidos, te pusiste ante el espejo y te dejaste hundir en él, hasta la mirada; ésta quedó asombrada; pero no dijo: esto soy yo, sino: esto es.

 

Así deseo conservarte,

así como tú te colocaste en el sillón, con mi aliento profundamente

dentro de tu ambarino cuenco y más allá de todo. Pero, ¿por qué vienes ahora tan distinta? ¿De qué deseas retractarte? Si vienes, hazlo a la luz de una vela.

 

No temo mirar a los ángeles ni a las diosas

en mitad de noches consteladas. Cuando vienen, ellas también tienen derecho, como todo, a permanecer en nuestros ojos.          
 
                                                                                                                                                                    Johann R. Bach

libertad, justicia, amor, trabajo, creatividad...

    EL NIÑO QUE SOÑABA CON CRECER  (II)

 

EL NIÑO QUE SOÑABA CON CRECER

 

El acento suave de las erres,

propio de los marselleses, disimulaba su origen ampurdanés.

 

Él ignoraba su destino

y sólo la banda azul en su brazo le distinguía de los demás. De momento se sentía a salvo comprimido entre los desnutridos cautivos. La ausencia de hombres viejos impregnaba de esperanza todo el vagón.

 

El traqueteo de las ruedas metálicas

al saltar las ranuras de dilatación entre vías no era precisamente un vals, pero si lo suficientemente monótono para adormecer a Paul Lafitte –el más despierto entre todos aquellos pechos y espaldas.

 

Entre sueño y sueño observó

que entre los prisioneros destacaba, a pesar de un andrajoso vestir, un joven rubio de ojos tan azules que hacían sospechar que era un alemán infiltrado.

 

Aquello le impulsó

a cruzar algunas palabras con los compañeros de infortunio al solo objeto de demostrar que él era un auténtico francés.

 

No le fue difícil adoptar

aquella nueva personalidad puesto que en su raigambre había también una tierra,  l'Empordá mediterráneo, un viento, la Tramontana, y, una lengua, el catalán.

 

Todo ello muy similar

al conjunto de adopción de la Provenza con su Mistral, cazador de nubes, y el francés sibilante de la Côte d'Azur.

 

Paul estaba convencido

de que en épocas de falsificación e hipnosis generalizadas hay que empecinarse en preservar la lucidez y mantener abierto un prudente diálogo acerca de las dimensiones esenciales de la condición humana:

 

libertad, justicia, amor, trabajo, creatividad…

 

Paul era uno de esos hombres

que habían derrochado generosidad en su juventud y eso era la causa de su ruina. Todos aquellos actos de liberalidad realizados al objeto de llevar una vida coherente eran los responsables de su situación.

 

Lo había perdido todo absolutamente:

amigos y compañeros abandonados en las cunetas de las carreteras o en los bajos bosques, amores desaparecidos en las continuas huidas y hasta su nombre desapareció en un asalto a una columna de invasores.

 

Aceptó la consumación del ciclo de la mercancía

y reconoció que nuestra civilización se había internado resueltamente en el ciclo del excremento, pero no quería renunciar a oponerse a un auténtico vendaval inhumano que quería reducir la Naturaleza a unos pocos parques naturales.

 

Nunca aceptaría –se decía a sí mismo-

que el hombre se convirtiera en jardinero de pequeñas parcelas verdes de un mundo arrasado.

 

Paul era, en efecto, un niño

que siempre soñó con crecer al mismo tiempo que los olivos: lentamente, sin prisa, pero sin pausa.

 

Dispuesto para el brote,

el porvenir le cedía todo el esplendor de la fe profunda. Su mirada llena de intención fundía la nieve y le protegía de toda destrucción:

 

la parte de la naturaleza

contenida en su pecho esperaba el momento oportuno para romper el cascarón como una nuez antes de convertirse en nogal.

 

Los crímenes que se estaban cometiendo

no hacían más que aumentar la rabiosa voluntad de enseñar a millones de almas a despreciar a los dioses fríos como el hierro que llenaban los uniformes de los soldados del ejército ocupante.

 

El porvenir parecía querer crear

otro ejército de pesimistas: en el curso de aquel viaje en el tren, los prisioneros veían cómo se realizaba el objeto de su recelo.

 

Sin embargo, el racimo que sigue a la siega,

por encima de su cepa, a pesar de la guerra, llegaba a concluir. Aquello también lo percibían los pesimistas.

 

Paul Lafitte, poco a poco investido

por su nueva personalidad, sabía que, a veces, lo real apaga la sed de la esperanza. Por eso es por lo que, contra toda espera, en su pecho sobrevivía la idea de un futuro mejor.

 

Aquél no era un tren

que fuera a ninguna parte: tenía un destino y un objeto.

 

                                                                                  Johann R. Bach

 

ICTUS CEREBRAL

AGNÉS SE ENAMORÓ DE MÍ

 

Me ingresaron en el hospital

con la sospecha de sufrir un Ictus cerebral, también llamado accidente cerebrovascular (ACV o ACVA), que es la interrupción del flujo sanguíneo al cerebro y la consecuente falta de aporte de oxígeno que necesita para funcionar.

 

Tardaron setenta y seis horas

en descubrir que de las junturas occipito-temporales se desprendía un líquido viscoso que rápidamente  colocaron en el "porta" de un microscopio electrónico.

 

La sorpresa de Agnés

-la bióloga encargada del caso- fue mayúscula: Llegó rápidamente a la conclusión de que se trataba de una hemorragia de erratas: las bes, las uves, las haches, las tildes bailando sobre enes juguetonas caían sobre mi cogote.

 

Se enamoró de mí.

 

Ajena al desprendimiento tipográfico

y a la metástasis gramatical

me besó con ternura en los ojos.

 

Realmente el síndrome

–a falta de otro nombre- se trataba de un estallido parecido a la ebullición de una sopa de letras que en número impar se sale de la olla.

 

A partir de aquel día

Agnés y yo fuimos felices

                                                                                                   Johann R. Bach